martes, 1 de noviembre de 2022

COLOMBIA: CRÓNICA DE UNA PARANOIA SUTURADA DE HORROR

La guerra que perdimos

Juan Miguel Álvarez

Editorial Anagrama, Barcelona, 2022, 270 páginas.

 

  

 

 

 

 

   Colombia, a pesar de los Acuerdos de Paz entre el presidente Santos y la histórica guerrilla de las FARC, todavía no ha ganado la guerra ni la paz. En el país andino sigue actuado otra guerrilla, el ELN y los disidentes de las FARC que siguen matando y a los que siguen matando. Quizás a aquellos acuerdos de paz no les faltó no lo que pronosticaba el ex presidente Uribe y sus seguidores, sino humanidad y la tentativa de hacerla efectiva. De todo esto nos hablan estas once crónicas que integran este libro de Juan Miguel Álvarez, y que van desde 2014 a 2021, seguramente no lo años más duros que vivió Colombia, aunque varios de ellos no solo nos dejan mal sabor de boca, sino que nos aterrorizan, y lo que relatan es anterior a 2014..

   El autor, Juan Miguel Álvarez (Bogotá, 1977) es un reportero independiente en temas de cultura y derechos humanos. Nos ofrece once crónicas y cuatro “Trampas de esta guerra”, reflexiones en las que el cronista se aleja de la voz de sus interlocutores para amalgamar, con el inventario del horror y del dolor, una pizca de humana fragilidad, y permitirnos vislumbrar lo que se esconde tras las lágrimas de algunos de sus protagonistas con el testimonio de madres violadas o con los episodios de  “los falsos positivos”.  Porque este es su propósito: mediante la narración, y aunque sea a posteriori, hacer justicia con esas personas a las que la justicia de los tribunales no se la hizo. Y las fuerzas armadas “la hizo” con unos adolescentes que, con el señuelo de un trabajo fueron alejados de sus familias, vestidos de guerrilleros y eliminados con un tiro en la nuca o en la espalda (los falsos positivos), lo que suponía gozar de un ascenso o de una recompensa por parte de sus mandos, y en definitiva del uribismo.

 

   Hechos muy duros, crueles, que el autor expone a un tercero que somos todos sus lectores. Hechos de los que el autor nos informa en tiempo pasado, porque en los últimos años se ha dedicado a recorrer el país para entrevistar a víctimas y víctimarios. Todos ellos, de una forma o de otra participaron en esa masacre colectiva en la que los colombianos y colombianas se estuvieron matando durante sesenta años, con la peculiaridad de que la guerra la libraron o libran las fuerzas militares del estado y los guerrilleros, pero los muertos los puso y sigue poniendo la sociedad civil.

   Una de las mejores definiciones del conflicto aparece ya en la primera crónica: Martha es una mujer que es víctima de una violación y de la desaparición de dos de sus hijas, secuestradas por un grupo de las FARC. En Colombia el catálogo del terror comienza con detenciones arbitrarias, interrogatorios bajo tortura, homicidios de índole política, creación de grupos paramilitares, agrupados bajos las AUC, para llevar a cabo lo que la fuerza pública prefiere no hacer. Masacres de comunidades, desaparición de los restos de las víctimas, tierras arrasadas, captura de rehenes, secuestro político, ataques terroristas, emboscadas, minas antipersona, asaltos a caseríos, tráfico de drogas que lo empeoró todo.

   Todo ellos generó más de 262.000 muertos (el 78 % víctimas civiles). Y como la referida, once crónicas: el secuestro de Cristina, la hija de doña Paulina por los paramilitares, una joven que desplegaba una ética profesional al servicio de la comunidad, declarada por ello objetivo a eliminar por los paramilitares. En algún lugar del Guaviare reposan sus restos. La mina quiebrapatas que rasga en girones la piel de  Nirvardo y le quema los lacrimales en Guacamayal, retaguardia de un frente de las FAR

   El ejército convertido en máquina de matar civiles inocentes, “los falsos positivos”, crimines que jamás condenó el presidente Uribe. Formas perversas de justificar asesinatos: algo hizo, algo debía.

    

 

                                                  

                                          Juan Miguel Álvarez

 

   He mencionado el caso de “los falsos positivos. El autor dedica una crónica a relatar estos crímenes de estado cometidos por ciertos militares, por ejemplo en Soacha; asesinatos de jóvenes civiles, ajenos totalmente a la guerrilla. Asesinatos cometidos por el ejército y legalizados como  bajas en combate de la guerrilla. La finalidad no era otra que inflar de cifras de bajas del enemigo y recibir recompensas. Los soldados que ejecutaron a  esos jóvenes inocentes están presos, pero los coroneles que lo ordenaron gozan de libertad.

   Crónicas de un reportero ajeno al miedo que se asemejan a relatos, a una narrativa de la barbarie más cruel e inaudita y en la que se muestra que la vida humana no vale nada. Crónicas de la impunidad más absoluta en un país que durante los pasados años era sinónimo de paranoia nacional. Crónicas relatadas con una vertiginosidad narrativa en la que brillan por igual el rigor de la pesquisa y el brillo del periodismo literario. Y que demanda que Colombia llore lo que hasta ahora no ha llorado. Quizás eso mueva a que actúe de una vez por todas la justicia estatal, consciente de que en esa paranoia nacional no hay malos absolutos: un victimario antes pudo ser víctima y después puede volver a ser victimario.

 

Francisco Martínez Bouzas

 

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