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jueves, 21 de diciembre de 2017

NARRACIONES TRENZADAS CON LA LÓGICA DE LOS SUEÑOS


Un médico rural y otros relatos pequeños

Franz Kafka

Traducción de Pablo Grosschmid

Editorial Impedimenta, Madrid, 160 páginas

(Libros de fondo)



    

   Para abordar estos textos, el lector debe de tener en cuenta que las narraciones que tiene delante de sí forman parte de la obra que Kafka quiso publicar y de hecho publicó. Los tres libros de narraciones titulados respectivamente Contemplación (1913), Un médico rural (1919), Un artista del trapecio (1924), más otras narraciones publicadas de forma aislada, tales como La metamorfosis, La sentencia, En la colonia penal o el relato Ante la ley. Su legado póstumo en el que se encuentran otros esbozos de relatos y aforismos o su Diario (1910-1913) más las tres grandes novelas: El proceso, El castillo y América han llegado hasta nosotros gracias a que su amigo y testamentario, Max Brod, no quemó todos los escritos inéditos que Kafka consideraba a medio hacer.

   Los relatos que nos ofrece Impedimenta, en traducción de Pablo Grosschmid, reúnen un material muy diverso. El mismo Kafka empleó distintas denominaciones para referirse a ellos: piezas, trozos, fragmentos, historias, narraciones. Algunos como “El deseo de ser piel roja” o “Los árboles” dan la impresión de ser simples aforismos de unas pocas líneas. Otros, en cambio, son historias de más de cincuenta páginas. En algunos se perciben huellas autobiográficas del autor. Un claro ejemplo es “La sentencia”, un cuento extraño que se cierra con el suicidio de un joven, incapaz de entenderse con un padre irascible y estrafalario. Otros, al contrario, resultan refractarios a tal interpretación y el calificativo que mejor les sienta es precisamente el adjetivo kafkiano: el hombre, víctima de engranajes burocráticos y totalitarios que es incapaz de comprender.

   Una pesadilla radical que cuestiona el sentido del lenguaje y de la misma realidad. El estilo conciso, equilibrado y exacto, con leves concesiones a la ironía, es en estos relatos una copia del lenguage detallista y al mismo tiempo preciso de la vida laboral del escritor como redactor de informes sobre mutilaciones sufridas por los trabajadores. Kafka era consciente de que su destino vital le exigía una entrega casi que fisiológica al acto de escribir. Pero el gran obstáculo para esta dedicación era “das Bureau” (la oficina). En sus escritos, especialmente en su época inicial, se refleja esta contraposición entre la escritura y el rutinario trabajo oficinesco. Pero es preciso interpretarlo no como una huida hacia ensoñaciones edénicas, sino como liberación de una obligación repetitiva y absurda.

   En gran medida, esa evasión se produce en la obra de Kafka mediante una peculiar lógica de los sueños. Despertamos bajos los imperativos de la normalidad diurna, pero todavía seguimos sumergidos dentro del tejido de los sueños, no menos lógicos que el período de vigilia, mas gobernados por otro tipo de coherencia.

   Además de esta ambivalencia entre semisueño y semivigilia, se hace presente otro elemento en estas narraciones y en general en toda la obra kafkiana:el desenvolvimiento “ad absurdum” de una hipótesis o de una idea en consonancia con su lógica interna. Las narraciones recogidas en el libro nos ofrecen múltiples ejemplo de la presencia de este elemento, juego de paradojas e hipérboles extremas y absurdas. Destaco entre ellas el relato “Sobre la construcción de la muralla china” y el más absurdamente cómico, “Informe para una academia”, en el que un mono que aprende  a hablar y cuenta lo bien que lo pasa aprovechándose de sus propios educadores. En estos relatos, el Kafka pertubador deja paso al narrador ingenioso, hiperbólico, más divertido que inquietante.

   En mi opinión uno de los relatos más notables de este volumen es  “La colonia penitenciaria”. Como en El proceso, este relato invita a una lectura metafórica, como símbolo de las torturas que en nuestro tiempo han alcanzado un refinamiento tecnológico especialmente espantoso, si bien en la narración la tortura aparece descrita como una especie del “arte por el arte”, alejada progresivamente de la realidad en la que al comienzo parecía presentarse. Otra narración digna de mención es la que le da parte del título al volumen, “Un médico rural”. Un relato en el que se alternan estampas sonambulescas con coherentes desenvolvimientos de las ideas kafkiana llevadas hasta el extremo, y en algún caso en forma de una verdadera parábola, como “Ante la ley”, que más tarde aparecerá en El proceso  como prédica en la catedral. “Todo puede ser escrito” afirmaba Kafka. Escrito de forma directa, concisa, en engañosa sencillez para acercarnos seres angustiados y fantasmales extraídos de los sueños. Este volumen es una muestra de esta forma de escritura continua que, no obstante, solamente se puede transmitir de forma fragmentaria.





                                                
Franz Kafka



Fragmentos





“-Es un aparato singular -dijo el oficial al explorador, y contempló con cierta admiración el aparato, que le era tan conocido. El explorador parecía haber aceptado sólo por cortesía la invitación del comandante para presenciar la ejecución de un soldado condenado por desobediencia e insulto hacia sus superiores. En la colonia penitenciaria no era tampoco muy grande el interés suscitado por esta ejecución. Por lo menos en ese pequeño valle, profundo y arenoso, rodeado totalmente por riscos desnudos, sólo se encontraban, además del oficial y el explorador, el condenado, un hombre de boca grande y aspecto estúpido, de cabello y rostro descuidados, y un soldado que sostenía la pesada cadena donde convergían las cadenitas que retenían al condenado por los tobillos y las muñecas, así como por el cuello, y que estaban unidas entre sí mediante cadenas secundarias. De todos modos, el condenado tenía un aspecto tan caninamente sumiso, que al parecer hubieran podido permitirle correr en libertad por los riscos circundantes, para llamarlo con un simple silbido cuando llegara el momento de la ejecución.

El explorador no se interesaba mucho por el aparato y se paseaba detrás del condenado con visible indiferencia, mientras el oficial daba fin a los últimos preparativos, arrastrándose de pronto bajo el aparato, profundamente hundido en la tierra, o trepando de pronto por una escalera para examinar las partes superiores. Fácilmente hubiera podido ocuparse de estas labores un mecánico, pero el oficial las desempeñaba con gran celo, tal vez porque admiraba el aparato, o tal vez porque por diversos motivos no se podía confiar ese trabajo a otra persona.

-¡Ya está todo listo! -exclamó finalmente, y descendió de la escalera. Parecía extraordinariamente fatigado, respiraba con la boca muy abierta, y se había metido dos finos pañuelos de mujer bajo el cuello del uniforme.

-Estos uniformes son demasiado pesados para el trópico -comentó el explorador, en vez de hacer alguna pregunta sobre el aparato, como hubiera deseado el oficial.

-En efecto -dijo este, y se lavó las manos sucias de aceite y de grasa en un balde que allí había-; pero para nosotros son símbolos de la patria; no queremos olvidarnos de nuestra patria. Y ahora fíjese en este aparato -prosiguió inmediatamente, secándose las manos con una toalla y mostrando aquél al mismo tiempo. Hasta ahora intervine yo, pero de aquí en adelante el aparato funciona absolutamente solo.

El explorador asintió y siguió al oficial. Éste quería cubrir todas las contingencias, y por eso dijo:

-Naturalmente, a veces hay inconvenientes; espero que no los haya hoy, pero siempre se debe contar con esa posibilidad. El aparato debería funcionar ininterrumpidamente durante doce horas. Pero cuando hay entorpecimientos, son sin embargo desdeñables, y se los soluciona rápidamente. ¿No quiere sentarse? -preguntó luego, sacando una silla de mimbre entre un montón de sillas semejantes, y ofreciéndosela al explorador; éste no podía rechazarla. Se sentó entonces; al borde de un hoyo estaba la tierra removida, dispuesta en forma de parapeto; del otro lado estaba el aparato.

-No sé -dijo el oficial- si el comandante le ha explicado ya el aparato.

El explorador hizo un ademán incierto; el oficial no deseaba nada mejor, porque así podía explicarle personalmente el funcionamiento” (La colonia penitenciaria)

…..


“Excelentísimos señores académicos:

Me hacéis el honor de presentar a la Academia un informe sobre mi anterior vida de mono. Lamento no poder complaceros; hace ya cinco años que he abandonado la vida simiesca. Este corto tiempo cronológico es muy largo cuando se lo ha atravesado galopando -a veces junto a gente importante- entre aplausos, consejos y música de orquesta; pero en realidad solo, pues toda esta farsa quedaba -para guardar las apariencias- del otro lado de la barrera.

Si me hubiera aferrado obstinadamente a mis orígenes, a mis evocaciones de juventud, me hubiera sido imposible cumplir lo que he cumplido. La norma suprema que me impuse consistió justamente en negarme a mí mismo toda terquedad. Yo, mono libre, acepté ese yugo; pero de esta manera los recuerdos se fueron borrando cada vez más. Si bien, de haberlo permitido los hombres, yo hubiera podido retornar libremente, al principio, por la puerta total que el cielo forma sobre la tierra, ésta se fue angostando cada vez más, a medida que mi evolución se activaba como a fustazos: más recluido, y mejor me sentía en el mundo de los hombres: la tempestad, que viniendo de mi pasado soplaba tras de mí, ha ido amainando: hoy es tan solo una corriente de aire que refrigera mis talones. Y el lejano orificio a través del cual ésta me llega, y por el cual llegué yo un día, se ha reducido tanto que -de tener fuerza y voluntad suficientes para volver corriendo hasta él- tendría que despellejarme vivo si quisiera atravesarlo. Hablando con sinceridad -por más que me guste hablar de estas cosas en sentido metafórico-, hablando con sinceridad os digo: vuestra simiedad, estimados señores, en tanto que tuvierais algo similar en vuestro pasado, no podría estar más alejada de vosotros que lo que la mía está de mí. Sin embargo, le cosquillea los talones a todo aquel que pisa sobre la tierra, tanto al pequeño chimpancé como al gran Aquiles. Pero a pesar de todo, y de manera muy limitada, podré quizá contestar vuestra pregunta, cosa que por lo demás hago de muy buen grado. Lo primero que aprendí fue a estrechar la mano en señal de convenio solemne. Estrechar la mano es símbolo de franqueza. Hoy, al estar en el apogeo de mi carrera, tal vez pueda agregar, a ese primer apretón de manos, también la palabra franca. Ella no brindará a la Academia nada esencialmente nuevo, y quedaré muy por debajo de lo que se me demanda, pero que ni con la mejor voluntad puedo decir. De cualquier manera, con estas palabras expondré la línea directiva por la cual alguien que fue mono se incorporó al mundo de los humanos y se instaló firmemente en él. Conste además, que no podría contaros las insignificancias siguientes si no estuviese totalmente convencido de mí, y si posición no se hubiese afirmado de manera incuestionable todos los grandes music-halls del mundo civilizado.

Soy originario de la Costa de Oro. Para saber cómo fui atrapado dependo de informes ajenos. Una expedición de caza de la firma Hagenbeck -con cuyo jefe, por otra parte, he vaciado no pocas botellas de vino tinto- acechaba emboscada en la maleza que orilla el río, cuando en medio de una banda corrí una tarde hacia el abrevadero. Dispararon: fui el único que hirieron, alcanzado por dos tiros.

Uno en la mejilla. Fue leve pero dejó una gran cicatriz pelada y roja que me valió el repulsivo nombre, totalmente inexacto y que bien podía haber sido inventado por un mono, de Peter el Rojo, tal como si sólo por esa mancha roja en la mejilla me diferenciara yo de aquel simio amaestrado llamado Peter, que no hace mucho reventó y cuyo renombre era, por lo demás, meramente local. Esto al margen.

El segundo tiro me atinó más abajo de la cadera. Era grave y por su causa aún hoy rengueo un poco. No hace mucho leí en un artículo escrito por alguno de esos diez mil sabuesos que se desahogan contra mí desde los periódicos "que mi naturaleza simiesca no ha sido aplacada del todo", y como ejemplo de ello alega que cuando recibo visitas me deleito en bajarme los pantalones para mostrar la cicatriz dejada por la bala. A ese canalla deberían arrancarle a tiros, uno por uno, cada dedo de la mano con que escribe. Yo, yo puedo quitarme los pantalones ante quien me venga en ganas: nada se encontrará allí más que un pelaje acicalado y la cicatriz dejada por el -elijamos aquí para un fin preciso, un término preciso y que no se preste a equívocos- ultrajante disparo. Todo está a la luz del día; no hay nada que esconder. Tratándose de la verdad toda persona generosa arroja de sí los modales, por finos que éstos sean. En cambio, otro sería el cantar si el chupatintas en cuestión se quitase los pantalones al recibir visitas. Doy fe de su cordura admitiendo que no lo hace, ¡pero que entonces no me moleste más con sus mojigaterías!

Después de estos tiros desperté -y aquí comienzan a surgir lentamente mis propios recuerdos- en una jaula colocada en el entrepuente del barco de Hagenbeck. No era una jaula con rejas a los cuatro costados, eran mas bien tres rejas clavadas en un cajón. El cuarto costado formaba, pues, parte del cajón mismo. Ese conjunto era demasiado bajo para estar de pie en él y demasiado estrecho para estar sentado. Por eso me acurrucaba doblando las rodillas que me temblaban sin cesar. Como posiblemente no quería ver a nadie, por lo pronto prefería permanecer en la oscuridad: me volvía hacia el costado de las tablas y dejaba que los barrotes de hierro se me incrustaran en el lomo. Dicen que es conveniente enjaular así a los animales salvajes en los primeros tiempos de su cautiverio, y hoy, de acuerdo a mi experiencia, no puedo negar que, desde el punto de vista humano, efectivamente tienen razón.

Pero entonces no pensaba en todo esto. Por primera vez en mi vida me encontraba sin salida; por lo menos no la había directa. Ante mí estaba el cajón con sus tablas bien unidas. Había, sin embargo, una hendidura entre las tablas. Al descubrirla por primera vez la saludé con el aullido dichoso de la ignorancia. Pero esa rendija era tan estrecha que ni podía sacar por ella la cola y ni con toda la fuerza simiesca me era posible ensancharla.

Como después me informaron, debo haber sido excepcionalmente silencioso, y por ello dedujeron que, o moriría muy pronto o, de sobrevivir a la crisis de la primera etapa, sería luego muy apto para el amaestramiento. Sobreviví a esos tiempos. Mis primeras ocupaciones en la nueva vida fueron: sollozar sordamente; espulgarme hasta el dolor; lamer hasta el aburrimiento una nuez de coco; golpear la pared del cajón con el cráneo y enseñar los dientes cuando alguien se acercaba. Y en medio de todo ello una sola evidencia: no hay salida. Naturalmente hoy sólo puedo transmitir lo que entonces sentía como mono con palabras de hombre, y por eso mismo lo desvirtúo. Pero aunque ya no pueda retener la antigua verdad simiesca, no cabe duda de que ella está por lo menos en el sentido de mi descripción.

Hasta entonces había tenido tantas salidas, y ahora no me quedaba ninguna. Estaba atrapado. Si me hubieran clavado, no hubiera disminuido por ello mi libertad de acción. ¿Por qué? Aunque te rasques hasta la sangre el pellejo entre los dedos de los pies, no encontrarás explicación. Aunque te aprietes el lomo contra los barrotes de la jaula hasta casi partirse en dos, no conseguirás explicártelo. No tenía salida, pero tenía que conseguir una: sin ella no podía vivir. Siempre contra esa pared hubiera reventado indefectiblemente. Pero como en el circo Hagenbeck a los monos les corresponden las paredes de cajón, pues bien, dejé de ser mono. Esta fue una magnífica asociación de ideas, clara y hermosa que debió, en cierto sentido, ocurrírseme en la barriga, ya que los monos piensan con la barriga.

Temo que no se entienda bien lo que para mi significa "salida". Empleo la palabra en su sentido más preciso y más común. Intencionadamente no digo libertad. No hablo de esa gran sensación de libertad hacia todos los ámbitos. Cuando mono posiblemente la viví y he conocido hombres que la añoran. En lo que a mí atañe, ni entonces ni ahora pedí libertad. Con la libertad -y esto lo digo al margen- uno se engaña demasiado entre los hombres, ya que si el sentimiento de libertad es uno de los más sublimes, así de sublimes son también los correspondientes engaños. En los teatros de variedades, antes de salir a escena, he visto a menudo ciertas parejas de artistas trabajando en los trapecios, muy alto, cerca del techo. Se lanzaban, se balanceaban, saltaban, volaban el uno a los brazos del otro, se llevaban el uno al otro suspendidos del pelo con los dientes. "También esto", pensé, "es libertad para el hombre: ¡el movimiento excelso!" iOh burla de la santa naturaleza! Ningún edificio quedaría en pie bajo las carcajadas que tamaño espectáculo provocaría entre la simiedad.

No, yo no quería libertad. Quería únicamente una salida: a derecha, a izquierda, adonde fuera. No aspiraba a más. Aunque la salida fuese tan sólo un engaño: como mi pretensión era pequeña el engaño no sería mayor. ¡Avanzar, avanzar! Con tal de no detenerme con los brazos en alto, apretado contra las tablas de un cajón.

Hoy lo veo claro: si no hubiera tenido una gran paz interior, nunca hubiera podido escapar. En realidad, todo lo que he llegado a ser lo debo, posiblemente, a esa gran paz que me invadió, allá, en los primeros días del barco. Pero, a la vez, debo esa paz a la tripulación.” (Informe para una academia)





lunes, 5 de diciembre de 2016

LOS CUENTOS COMPLETOS DE KINGSLEY AMIS: ENTRE EL HUMOR Y LA MORDACIDAD

Cuentos completos
Kingsley Amis
Traducción de Raquel Vicedo, 
Editorial Impedimenta, Madrid, 570 páginas

   El año 2011 la editorial inglesa Penguin  Books publicaba, reunidos en un solo volumen, los relatos completos de Kingsley Amis (Complete Stories). El olfato de Enrique Redel, editor de Impedimenta, permitió hace unos meses su recopilación y publicación en español en una edición singular: un volumen de tapas duras que reúne veinticuatro relatos, algunos de dimensiones considerables. Historias que son un reflejo de las ideas creativas del autor, y que, según sus mismas palabras, guardan una notable afinidad con su hermana mayor, la novela. Cuentos publicados entre 1955 y 1993, escritos a lo largo de cincuenta años con el marchamo característico del escritor inglés: entre los humorístico, lo satírico y lo conmovedor; y que nos remiten a la prosa de uno de los diez mejores narradores británicos posteriores a 1954, aunque no ajeno a controversias. Miembro destacado de los Angry Young Men (Jóvenes Airados) junto con Philip Larkin, Harold Pinter o Allan Sillitoe. Poeta, autor de más de veinte novelas -la más conocida Lucky Jim (Premio Somerset Maugham)-, de libros de memorias y de una interesante prosa epistolar, Letters of Kingsley Amis.
   Su vida personal proporcionaría un buen argumento para ese tipo de narrativa, hoy tan de moda, en la que novelistas novelan a escritores. Estalinista en sus años de juventud, con notable sensibilidad hacia la clase obrera, crítico con la dominante. Mas,  a raíz de la invasión de Hungría por las tropas soviéticas, se produjo en Kingsley Amis un giro copernicano, derivando hacia un feroz anticomunismo hasta convertirse en un verdadero reaccionario que adoraba a Margaret Tatcher y a la reina que aparecía, según su hijo Matin Amis, en sus sueños eróticos. Tras conseguir una plaza de profesor en la Universidad de Cambridge, renuncia a los dos años  a la misma (“Después de tres tutorías en un día no me veía capaz más que de poner el gramófono”, fue su justificación). Su vida familiar, rebosante de alcohol, de boutades y de mujeres. Casado en dos ocasiones y divorciado otras tantas. A pesar de su misoginia tenía, a las mujeres entre sus debilidades. Su segunda esposa, la escritora y modelo Elizabeth Jane Howard, harta de sus infidelidades y desplantes, lo abandonó en 1983. Y entonces el camino que toma fue irse a vivir con la que fuera su primera mujer y el tercer marido de esta. Martin Amis cuenta en su libro de memorias que su padre murió hinchado por el alcohol.
   Lo anterior es un pequeño flash a la vida culposa de Kingsley Amis, pero tengamos en cuenta, como escribe Juan Tallón, que sin basura no hay biografía y posiblemente tampoco literatura, añado yo. Por eso, más allá de una existencia extremada y licenciosa, permanece la literatura de Kingsley Amis, en la que por cierto deja constancia de su irresistible amistad con el alcohol y de una crítica social cercana a la política-ficción (The Alteration, 1976), escrita desde un punto de vista cercano al fascismo.
   Los relatos, no obstante su cercanía con las novelas breves, -en el fondo son novelas condensadas- son para Kingsley Amis, como apunta en el Epílogo, como trabajar en vacaciones; una labor que además lo libera de la angustia. La contrapartida es que, para abrirse hueco entre los lectores, el relato “debe destacar entre múltiples culos y tetas impresas en papel couché” (página 567). Sea como fuere, y a pesar de la opinión de su creador, algunos de los cuentos reunidos en este volumen son piezas narrativas de gran calidad, repletas de ingenio, componentes satíricos y dotadas de las suficientes cualidades para divertir al lector. En un amplio abanico temático, Kingsley Amis conjuga  relatos que da la impresión de estar extraídos de su propia geografía biográfica, con otros en los que critica la deplorable eficacia de los servicios sociales, caricaturiza la crítica literaria, ofrece parodias de Sherlock Holmes, eternas historias de amor y desamor, reflexiones en torno a un funeral, o giran en torno a la ciencia ficción asociada a la bebida. En esta última línea, destacan por su capacidad para producir abundantes carcajadas, “El clarete de 2003”, protagonizado por unos personajes que crean un artilugio -TIOPEPE son sus siglas-  capaz de predecir el sabor de la bebida del futuro. Su continuación en “Los amigos del morapio” e “Inversión en futuros” tampoco tienen desperdicio: los tipos de la clase alta deben darse por satisfechos con beber simple cerveza, mientras que los trabajadores degustan el mejor vino. Memorable así mismo, “El secreto del señor Barret” por las razones con las que el padre de Elizabeth intenta evitar su boda con el poeta Browing, así como por su desenlace.
   Cuentos presentados en esta edición de manera cronológica, lo que nos permite comprobar la evolución narrativa del autor, cuyo talento como escritor es innegable. Domina las estructuras narrativas breves y el arte de la palabra, y todo ello se hace presente en cada historia y en cada párrafo, cargado de humor, causticidad, sátira o desvarío. Por todo ello su lectura se convierte en una experiencia literaria tan breve como viva y penetrante.

Francisco Martínez Bouzas


Kingsley Amis


Fragmentos

“En realidad, es cierto que los trabajadores sociales son necesarios, igual que son necesarios los guardas de prisiones, los oficiales de los gobiernos locales, los policías, los policías militares, las enfermeras, los clérigos, los científicos, los encargados de los hospitales mentales, los políticos y -por el momento, en cualquier caso, Dios perdone a todos- los verdugos. Pero eso no significa que uno tuviera que sentirse predispuesto a confraternizar con cada una de esas personas, excepto quizá con alguna que otra enfermera y, en cualquier caso, solo basándose en lo que uno podría llamar fundamentos extrínsecos.
Aunque, por supuesto, uno no debería haber perdido el tiempo pensando en Mair. En lo que a mí respecta, Mair, con su credo de arremángate y-ponte-manos-a-la-obra (sin importar qué sea la «obra»), podía desaparecer del mapa en cualquier momento, en la medida de lo posible después de haber sido atada, amordazada y obligada a escuchar todo lo que Betty tuviera que decirle. Y qué si algo debía o podía hacerse con Betty, y qué si alguien debía o podía hacerlo y cómo: a eso se reducía todo. Me apenaba pensar en que para mí era imposible aparecer en la cárcel el gran día, llevando un ramo de flores y un paraguas de plástico nuevo.”

…..

“-¡Pues me están dando arcadas! -dijo el hombre con violencia-. Esto es un Château La Bouygue de 2003, de uva recolectada antes de la Phulloxera, por supuesto. Eso sí, ligero y libre, no rico en asociación, pero con completa garantía de su honestidad; instrumental mientras que los de 2001 son sinfónicos; la delicadeza de un Braque más que la audacia de un Matisse. ¿Eso es lo máximo a lo que puedes aspirar? ¿Amor y poesía lírica, de verdad? Nunca en mi vida he escuchado una bazofia semejante. No tienes el nivel suficiente para venir aquí, amigo. Mejor será que te vayas a uno de esos pubs con tus compañeros de clase alta: ese es tu sitio.”

(Kingsley Amis, Cuentos completos, páginas 125, 222)

sábado, 17 de septiembre de 2016

"UNA CHICA EN INVIERNO": SUEÑOS MALOGRADOS EN TIEMPOS DE GUERRA



Una chica en invierno

Philip Larkin

Traducción de Marcelo Cohen

Impedimenta, Madrid, 2015, 297 páginas



   Philip Larkin (1922-1985) es conocido sobre todo por su poesía que recibe las influencias de Thomas Hardy, T. S. Eliot, W.H Auden y W. B Yeats. En el año 2008 el periódico The Times lo calificó como el mejor poeta inglés de la posguerra. Sus incursiones en la narrativa produjeron cinco novelas; tres de ellas fueron destruidas por el autor antes de su publicación. Se salvaron Jill (1946) y la que sería una obra maestra, A Girl in Winter, publicada en 1947 y traducida al español y editada a finales del pasado año por la editorial Impedimenta. Una chica en invierno es una novela que explora con inusitada agudeza  los vericuetos de los sentimientos, especialmente el desfallecimiento del amor adolescente. Es uno de los motivos por los que Larkin suele ser considerado un narrador antiromántico. Un encasillamiento a todas luces injusto, ya que Una chica en invierno es una propuesta narrativa intensamente pasional, aunque huye del sentimentalismo vacío de una juventud ofrendada a la deidad de un amor adolescente y a unos ideales enajenados en el embelesamiento

   Basándose en experiencias posiblemente autobiográficas, Philip Larkin es capaz de ofrecer, el recuento de las experiencias de la principal protagonista de la novela, Katherine, -uno de los personajes femeninos mejor logrados por una pluma masculina- en una sola jornada, doce horas en la vida de esta mujer joven en las que está concentrada toda una vida. Con una estructura compositiva tripartita, Larkin bucea en las experiencias vitales, especialmente sentimentales, de Katherine: una mujer a la que una historia terrible, en plena Segunda Guerra Mundial, había obligado a abandonar su país, que sospechamos se trata de Alemania. La hallamos viviendo  en una innominada pequeña ciudad inglesa, sufriendo las penurias de la contienda: el hambre y primordialmente el frío, cuya presencia real y simbólica, en la primera y tercera parte, contribuye a crear la atmósfera  opresiva, la desazón del tiempo de guerra. La protagonista había conseguido un empleo como asistente en una biblioteca: un trabajo tedioso, bajo la férula de un jefe repugnante e infame. Una noche que tarda en dormirse, lee la carta de Robin Fennel, un adolescente inglés con el que había cruzado correspondencia en un programa de intercambio epistolar.

   La lectura de la carta traslada su mente a las tres semanas que pasó en la casa familiar de Robin. Es la parte de la novela dominada por la luz vacilante del verano inglés, del surgimiento de un amor pasional, del primer beso y de la pérdida de la inocencia. Mas la tercera parte volverá a estar dominada por las sombras, el frío y los sentimientos congelados del invierno inglés en tiempos de guerra. Y sobre todo, por el desvanecimiento de la ilusión amorosa adolescente: “Lo que una vez había sentido por él se había desvanecido mucho tiempo atrás dejando tan solo un vacío” (página 273). Porque, después de conocerse y tras un período breve de intercambio epistolar, daba la impresión de que cada uno había perdido el interés por el otro. Un desenlace árido e implacable confirmará este desinterés.

   Philip Larkin da muestras de una sagaz madurez sobre todo en el diseño de su protagonista, a la que dota de una gran capacidad para analizar sus propias emociones y sus búsquedas, poco menos que desahuciadas de antemano del sentido de la existencia, entreverado por las contradicciones que anidan en los seres humanos. El escritor inglés tiene además la capacidad de convertir los pequeños detalles, por ejemplo un partido de tenis, en minúsculas aventuras, en hechos preñados de significado. Domina además la descripción de los entornos que dejan de ser meros decorados y se convierten en verdaderos protagonistas. Y lo mismo cabe decir de la oportuna administración de los silencios y de la contención a la hora de ofrecer información. Pero sobre todo es reseñable la facilidad para crear atmósferas que tiñen con coherente oportunidad todo el tejido narrativo. La voz narrativa, aunque no es la de la principal protagonista, se confunde, por el uso del discurso indirecto libre, con las cavilaciones, añoranzas, dudas y frustraciones de Katherine. La condición de gran poeta modula las páginas de esta novela, a pesar de que su diégesis no hace más que reflejar el tedio cotidiano en días de penumbra invernal y bélica y en la luz de un tibio verano inglés, en el fondo un verano crepuscular, como se afirma en la presentación editorial de una historia que es ya un verdadero clásico sobre la fugacidad de los sentimientos.



Francisco Martínez Bouzas



                                                 
Philip Larkin

Fragmentos



“Katherine se sentó. Sus tres semanas de vacaciones, casi intactas aún, se extendían ante ella como aguas brillantes. Allí, con los Fennel, el tiempo adquiría una cualidad diferente. Era como si sintiese su curso lento, lujurioso, como el de una crema espesa derramándose de una jarra de plata. Contempló a Robin mientras aflojaba la red y cerraba la puerta de la pista con la raqueta y el tubo de pelotas bajo el brazo y pensó que era típico de él ordenar todo después del partido. En cierto sentido parecía el mayordomo ideal. Pero cuando él subió los escalones de un salto y su rostro elegante, fatigado, se acercó de nuevo a ella, volvió a turbarse profundamente y la imagen que de él tenía en la mente se embrolló aún más. Su cabeza de oscuros cabellos ondulados se irguió con tal independencia y atención (atención, para colmo, dedicada  a ella) que fue a Katherine a quien le pareció ocupar de pronto el sitio de la criada.”



…..



“Más que tonta, porque, en el fondo, aunque inexpresadas, se había creado otras fantasías. Cómo sería arrastrada por los Fennel, dejando una sumaria dimisión dirigida al responsable de bibliotecas, para ser útil en aquella casa fascinante hasta que el señor Fennel le encontrara un empleo bien remunerado que ella desempeñaría sin dejar de vivir allí. Y, luego, por supuesto, la lenta maduración que trasformaría su amistad con Robin en amor, un amor más firme y recíproco pero tan fervoroso como su primer encuentro. O bien, si era muy difícil tragarse esto último, al menos la aparición de algún amigo de la familia que le daría amor, seguridad, felicidad y un pasaporte inglés. Pero, más allá de las náuseas que todo esto le producía, la verdad pura y dura de que él no iría a verla bastaba para oscurecerle la mente. Expulsada una vez más a la intemperie de su propia vida, toda su naturaleza protestaba contra la negativa de Robin y suplicaba que la admitieran de nuevo en la tranquila alegría que había estado recordando. Se sentía abandonada entre los derruidos pilares del día.”



…..



Así, remotamente, siguieron hablando un rato. No obstante, la mirada de él era íntima y escrutadora, como si fuera consciente de que ella solo lo reconocía vagamente. E, invadida por esa desconfianza, Katherine pensaba a toda velocidad y se repetía: «¡Es Robin! ¡Robin, el que esperabas! Ha venido. Y pronto se marchará, así que más te vale aprovecharlo». Pero las palabras no le encendían ninguna chispa. No lograba intoxicarse con la presencia de él y olvidar todo lo demás. Sí, estaba allí, ruborizándose, guapo, cohibido (aunque con surcos bajo los ojos), pero también estaba lo demás: la tetera con la funda de felpa, la señorita Green, el señor Anstey, la señorita Parbury, cada cual en su mundo horrible y separado, y no faltaba mucho para que todos se fueran a dormir. Además, él no le parecía abierto ni afectuoso. Su alegría era automática, inquieta, lastimera y, sin embargo, la miraba una y otra vez como si quisiera contarle algo.”



(Philip Larkin, Una chica en invierno, páginas 120, 254-255, 279)