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miércoles, 21 de marzo de 2018

"MANDÍBULA": PARA UNA ESTÉTICA DE LO FEMENINO-MONSTRUOSO




Mandíbula

Mónica Ojeda

Editorial Candaya, Avinyonet del Peneès (Barcelona), 2018, 285 páginas.



   

    A raíz de la publicación de su segunda novela, Nefando (Editorial Candaya, 2016), Mónica Ojeda (Guayaquil, 1988) ha sido considerada por algún medio de comunicación como una de las escritoras representativas del llamado “nuevo boom de la literatura latinoamericana”. Y a su autora y a su novela se las ha etiquetado “ad infinitum”. Confieso que yo mismo lo he hecho. “Libro estomagante”, “un puñetazo, una mala digestión”, “Un descenso a los abismos más oscuros del ser”, “novela…brutal en su planteamiento…profundamente perturbadora”, “un navajazo que hace aflorar las profundidades más abyectas del ser humano, la esencia de la aberración”, “Se aventura en lo revulsivo y logra articularlo”… Pienso que estas etiquetas, muy elogiosas para el gusto de determinadas tribus de lectores, son en el fondo un cerco, una demarcación para una escritora en expansión creadora y en cuya trayectoria, apenas iniciada, hubo, como en Gabriel García Márquez, un cuento. “Duboc, el director de escritores”. Etiquetas, así mismo, anticipatorias posiblemente de lo que se escribirá sobre Mandíbula, una historia a la vez terrible y fascinante.

   En este comentario-reseña, tras reproducir la breve sinopsis argumental de la casa editora, optaré por hacer visibles algunas de las razones para leer Mandíbula

   “Una adolescente fanática del horror y de las creepypastas despierta maniatada en una cabaña en medio del bosque. Su secuestradora no es una desconocida, sino su nueva profesora de Lengua y Literatura, una mujer joven a quien ella y sus amigas han atormentado durante meses en un colegio de élite del Opus Dei. Pero pronto los motivos de ese secuestro se revelarán mucho más oscuros que el bulling a una maestra: un perturbador amor juvenil, una traición inesperada y algunos ritos secretos e iniciáticos inspirados en esas historias virales y terroríficas gestadas en Internet.” Una sinopsis argumental que, como debe ser, apenas dice nada de lo que es la novela. Pero aún es mucho más escueta la definición de Mandíbula, que, como cruce de obras literarias y cinematográficas, aporta la autora en una entrevista: “Sería una mezcla de creepypastas con Las chicas de Emma Cline y El anticristo de Lars von Trier”

   Sin censurar ni alabar, dos operaciones que según Borges  (Pierre Menard, autor del Quijote) nada tienen que ver con la crítica, intentaré aportar algunas razones para que los lectores que aún no lo han hecho, se dejen atrapar por el gancho y el hechizo de esta novela.

Primera: No cabe duda de que las dos novelas de Mónica Ojeda, Nefando y Mandíbula, se pueden encuadrar en un extraordinario y rico florecimiento de la literatura escrita últimamente por mujeres, aunque no solo, en Latinoamérica. Mandíbula entra pues en la nómina del nuevo boom de la literatura latinoamericana creada por narradoras menores de cuarenta años. De hecho, Mónica Ojeda fue seleccionada el pasado año en la lista de Bogotá 39 de Hay Festival. Una narrativa, sin embargo, que nada tiene que ver con el boom de los años 60. Con la aclimatización de lo insólito, con el inventario de prodigios (magos realizadores de maravillas, levitaciones tras tomar una taza de chocolate…), ni con seres míticos legendarios (niños que nacen con cola de cerdo…). En Mandíbula lo que hallará el lector es un total desplazamiento de la retórica tropical, una aclimatización de lo espeluznante. Frente a la imaginería, por ejemplo de Gabo por la que cruzan gallinazos, en la de las protagonistas alumnas de Mandíbula atraviesan alacranes. Una estética de la violencia en la que no se mutila a balazos, ni se rompen puertas a culatazos. Es una violencia mucho más sutil y refinada: la de un thriller psicológico para acentuar el rechazo mental, y también físico,  que tiene lugar entre alumnas y profesoras, entre madres e hijas. La estética de lo “femenino-monstruoso”, palabras usadas reiteradamente por la misma autora, en la que hay secuestros, bulling larvado, pasiones lésbicas, experiencias peligrosas con el propio cuerpo o con el de la amiga que penetran en los territorios de la abyección. Y sobre todo, horror y adicciones intensamente tóxicas.

Segunda: Con sutil y a la vez veraz realismo, la autora hace de Mandíbula una novela de desenfreno adolescente, o de “perversión adolescente”,  como se la ha definido, que explora las relaciones de poder entre amigas que asisten a un colegio elitista y son lideradas por dos de ellas. Son enfants terribles que se reunen en una guarida antipadres, antiprofes, antinanas. Allí, un lugar sin adultos ni reglas, exploran lo que pueden hacer, cuentan historias de terror, leen creepypastas para inspirarse a la hora de componer sus propias historias de terror. La relatora de cada una de ellas acepta el rito elegido por sus compañeras. La primera: levantar la falda y enseñar el culo. Hacen pijamadas  cuando los padres están ausentes. Y como nadie las vigila, se adentran en iniciaciones sangrantes y medio locas como juegos de estrangulación. Concuerdo pues con el juicio de la primera presentadora de Mandíbula (Anabel G. León): novela de formación y deformación. Mas Mandíbula profundiza así mismo en otro tipo de violencia, la que se produce entre madres e hijas.

Tercera. Llama la atención la profundidad con la que, en la novela, se tematizan estados anímicos como la ubris, la desmesura, proyectada en forma de bulling, de canibalismo que unas alumnas púberes hacen de la autoridad de su profesora. La intensa e inestable afectividad de las chicas de 5º B convierte sus relaciones en efectivas historias de terror. Nínfulas turbadoras en cuya crueldad Mónica Ojeda profundiza acertadamente: no son grotescas ni físicamente violentas como los chicos, mas, a pesar de su apariencia delicada, ejercen con la profesora de Literatura una agresividad distinta pero igual de cruel. Su responsabilidad y obediencia son solo máscaras para atraer a sus presas. “Eran más inteligentes -como solían serlo quienes tenían que diseñar tácticas para sobrevivir en condiciones hostiles- y sabían disfrazar su hambre de violencia con ingenuidad fingida” (página 162). Estudian a la profesora “como un juguete en una caja” y, acto seguido, la única autoridad de la docente es la que aquellas chicas le cedían. Sibilinas  insolentes en grado sumo que pretenden logar que la profesora transpire anzuelos y llore leche.

Cuarta: Con igual ojo clínico, se relata en la  novela la ansiedad de la profesora. La ansiedad humana tiende a hacer aparecer como ajeno y peligroso el mundo circundante. El temor al castigo y la interiorización de la culpabilidad -real o imaginaria- produce en la profesora Miss Clara  angustiosas congojas e incertidumbres. Ella que llega traumatizada al colegio por una experiencia previa, sabe que sus alumnas, chicas de la clase alta, son intocables ya que los que tienen el verdadero poder fuera del colegio son los padres. Por eso siente pavor desde el inicio de las clases y su ansiedad es somatizada por su cuerpo y, de ese modo, siempre termina mostrando a sus alumnas sus debilidades, incapaz de poner en práctica el consejo de su madre: “Tienes que protegerte de tus alumnas, Becerra” (página 235). Lo hace en el inicio, en el intermedio y en la conclusión de la novela, con el secuestro de una de las cabecillas.

Quinta: En contadas ocasiones se ha descrito con tanta verosimilitud  la dinámica de una clase escolar. En el grupo que canibaliza a la profesora, todas eran inquietas, habladoras, sacaban la lengua, pegaban mocos debajo de los pupitres, olían a sudor y a menstruación. Hay un grupúsculo dominante (las amigas), pero sus compañeras de aula pugnaban igualmente por el poder territorial, “hasta cuando bajaban sus hocicos al suelo” ( página 192).

Sexta: El sexo es una parte fundamental de esta novela, porque también es uno de los temas primordiales de la existencia humana, piensa la autora. El sexo entre alumnas en el colegio y en sus domicilios, hasta el punto de que una de las docentes se pregunta si eran ratonas hambrientas de deseos. Las dos grandes amigas, que con frecuencia duermen juntas, no son realmente lesbianas, pero hacen algo sexual (masturbaciones) que les da vergüenza. Sobresale la crudeza y al mismo tiempo la pulcritud con las que Mónica Ojeda relata los episodios escabrosos por su erotismo: sin eufemismos se dice que las chicas flirteaban entre ellas, cómo la somatización del placer incita a la amiga que duerme a su lado, a iniciarse en la masturbación; alguna llega a lamer la menstruación de una de las líderes.  Pero todo lo que se narra está perfectamente cocinado, con frases sucias ciertamente  -Mónica Ojeda se empodera del lenguaje vetado sobre los cuerpos-, mas sin caer en la vulgaridad y en la comicidad involuntaria; reitero, no obstante, que algunas prácticas sexuales forman parte de la perversión adolescente de las protagonistas: una de ellas, Fernanda, llegará a masturbarse con el cepillo de dientes de su madre para vengarse de ella.

Séptima: Con una oportuna cita de Lovecraft (“el horror está en la atmósfera”), la autora nos introduce en los fantasmas que impregnan las actividades de las adolescentes, y que son uno de los núcleos temáticos fundamentales de la novela. Los relatos sobre la edad blanca, sobre el horror blanco que se aproximan al horror cósmico de Lovecraft. En el fondo, las protagonistas adolescentes forman una especie de secta. En sus reuniones, no solo cuentan horror stories; en ellas aparecen teofanías espantosas, con apariciones del Dios Blanco, y entonces comienzan a hacer o a soñar cosas horribles y morbosas. No se trata de la posesión demoníaca, sino del despertar de la infancia que conecta la pubertad a una naturaleza que no es benigna ni maligna. Simplemente es, y su color es blanco como Moby Dick, el Ártico o la Vía Láctea.

Octava: Creo que pocos y pocas escritores y escritoras pueden presumir de una plasticidad tan prodigiosa en las descripciones y en la profundización en el psiquismo de las principales protagonistas. Con breves pinceladas sobre lo que piensan o hacen, hace visible de forma creíble, por mucho que nos perturbe, la personalidad de Miss Clara, Annelise y Fernanda. Miss Clara, decente correctora de textos y profesora indecente, como le dice su madre, atormentada por trastornos de ansiedad y pánico. Annelise y Fernanda, paradigmas de la crueldad inteligente, usuarias de vídeos de psicópatas. Una de ellas “en ocasiones descubre una sonrisa oculta, equinada, retenida en las comisuras de Annelise mientras aparentaba escucharla”. Difícilmente se puede  revelar tanto en tan pocas palabras.

Novena: La novela tiene la virtud de relatar la trama haciendo progresar la acción de forma bien dosificada. Gran habilidad de la escritora para mantener el ritmo e ir acrecentándolo a medida que avanzan las páginas, hasta llegar al clímax que, en mi lectura, situaría en el capítulo XX y siguientes, sin que desfallezca hasta el desenlace. Y junto a ello, una buena selección de algunas características de la posnarrativa: debilitamiento de las barreras entre los géneros, ya que en Mandíbula hay relato, comunicaciones verbales, un ensayo en forma epistolar, diálogos con la literatura, con citas expresas de Lacan, Lovecraft, y referencias a Edgar Allan Poe, Robert William Chambers, Arthur Machen, Mary Wollstonecraft Shelley o Stphen King.

   Y como considero que Mónica Ojeda también comulga con la idea de que la novela es el reino de la libertad, me parece coherente que no renuncie a las formas experimentales de narrar. Novela proteica y abierta que, aunque se sutura en muchas secuencias con la literatura de género, con el thriller psicológico, rechaza la linealidad narrativa, introduce saltos en el tiempo, y exige por consiguiente un lector activo. Un estilo de prosa muy elaborado, un español exuberante y vigoroso, que incorpora algunas expresiones lingüísticas de Latinoamérica, y múltiples hallazgos expresivos, abundante metaforización y originales comparaciones (“pubis de gato de calle”, “temblaba de frío, de hambre y de vulva”…) que, aunque alejadas de la retóricas tropicales, engalanan el tejido narrativo.

Décima: Finalmente, un título muy pertinente con lo que es la novela. “Mandíbula” aparece, en una de las primeras veces, cuando las adolescentes protagonistas hablan de que los cocodrilos guardan a sus bebes dentro de sus mandíbulas. Pero con la mandíbula que es bella -lo bello anticipa el horror, se nos dice en la novela- es con lo que se muerde, como muerde el cocodrilo. Las dos amigas también se muerden, incluso bajo las axilas, en los pezones, en el clítoris. Y en el desenlace también hay una mandíbula: la mandíbula volcánica de la profesora que augura quizás la mordida definitiva, la irreversible entrada en el miedo, el miedo blanco, en el terror y en el pánico.

   Y si algo hay en esta novela de violencia acumulada y no reprimida, de terror a la medida de nuestro siglo, pero sin masoquismos, es una trama que se halla extraordinariamente bien tejida y relatada con prosas primorosas. Palabras, estas últimas, que no son un cumplido, sino una obvia constatación.









Mónica Ojeda (Fotografía de Carlos Bello)


Fragmentos



“-Hola, mi nombre es Anne y mi Dios es una luciérnaga escarchada -cantó Annelise menándose con una mano en la cintura-. Dice que es mi amante y usa tacones altos de aguja. Se pinta los labios para besarme en la garganta y bailarme una lambada roja cuando estoy triste. Su traje brilla en las madrugadas: sus uñas arrastran los cadáveres de los insectos estrellados que sacó de mi cabeza. Si necesitan saberlo, lo conocí una noche sobre el escenario chico de mi habitación. Cruzó sus piernas y me lamió la axila con sus pestañas. Su vestido soltaba leche y diamantes negros mientras arañaba los insectos más profundos de mi cráneo. Me llamó «hija» y yo lo llamé «madre» por su sonrisa vaginal abierta de ojos. Me dijo: «Sólo las caderas anchas pueden parir las dimensiones del universo». Sus pestañas levantaron toda la tierra mojada de mi corazón. «Aprende» dijo. «El padre de la creación es una madre que usa peluca y huele a Dios».”



…..



“Ninguno de sus padres sabían que desde hacía años usaban la excusa de la pijamada para beber el vino de la madre de Ximena, tocar la colección de revólveres del padre de Annelise, fumar los cigarrillos de la Charo y ver hentai en XVVideos y PornTube. «¿Por qué le echa semen en la cara?». «¡Qué asco!». «Mi vagina no es así». «¡Cuántas venas!». «¡Eso es un pezón?». A veces también usaban la escusa de la pijamada para escaparse a fiestas de universitarios que tenían permiso de conducir y rasgos similares a actores de Hollywood, pero nunca les contaban nada del edificio ni de lo que hacían allí.”



…..



“Fernanda escuchaba y veía a Annelise absorber las palabras bíblicas que utilizaba para perfeccionar su historia: «El Dios Blanco no tiene rostro ni forma, pero su símbolo es una mandíbula que mastica todos los miedos», decía en la habitación blanca del edificio. «Quien lo ve y no está listo para verlo, morirá, pues su aparición es como la muerte: le quita el color a todas las cosas».

A Fernanda le había gustado protagonizar uno de aquellos relatos de revelaciones macabras: ser desbordada con la teofanía del Dios Blanco de Annelise, que el cabello se le blanqueara por el horror de la aparición y que eso le diera la fuerza que necesitaba para sacarse las esposas y matar a Miss Clara. Después de todo, si la mataba, nadie la castigaría.”



…..



“Desde  siempre he escuchado cosas terribles respecto a la masturbación. De alguna forma había llegado a pensar que hacerlo me convertiría en un animal o en una criatura despreciable. Tenía la intuición de que, si lo hacía, los cambios en mi cuerpo se cerrarían como en un circulo macabro de forma irreversible. No hice nada esa noche, pero el deseo de tocarme nació allí, junto a Fernanda apretando sus músculos bajo su sábana de ponis rojos. La sensación que tuve durante los días siguientes fue extraña porque, me miraba al espejo, desnuda, primero sentía un rechazo parecido al odio hacia cada una de las esquinas de mi cara, hacia el tamaño de mis pezones, hacia mi estatura, mi piel, mis pecas y, luego, un horror asfixiante hacia ese cuerpo que, a veces, parecía el de otra criatura que quería sacarme de mí misma.”



(Mónica Ojeda, Mandíbula, páginas 15, 105-106, 155, 225)

domingo, 18 de marzo de 2018

SUBRAYADOS DE "MANDÍBULA" DE MÓNICA OJEDA


   En el clímax de la novela Mandíbula, que en mi opinión se inicia en el capítulo XX, su autora, Mónica Ojeda pone en boca de una alumna, o mejor dicho se las ingenia para que componga un largo ensayo-confesión que, como trabajo de clase, le envía  Annelise Van Isschot, una de las alumnas que aterrorizan a la profesora Miss Clara. De ese texto entresaco estos subrayados. Son un breve adelanto al manjar a la vez apetitoso y fustigante -“frases sucias manchadas de poesía”- como escribe la autora, consciente quizás de  que sin basura no hay literatura, como subraya Juan Tallón. Una exquisitez  que les espera a los que lean Mandíbula y cuya reseña publicaré muy pronto.

   Que quede claro, ya desde ahora, que Mandíbula no es un producto literario de usar y tirar, sino una novela que huele a siempre, un buen modo de resistir a la triunfante rutina de la cultura, como diría Susan Sontag. Una ficción que justifica su existencia en la línea forzosamente intempestiva en el sentido nietzscheano. Es decir ¡inesperada!





Mandíbula

Mónica Ojeda

Editorial Candaya

Avinyonet del Penedès (Barcelona), 2018, 285 páginas.





“Cuando la idea del bien y del mal desaparece, lo único que queda es la naturaleza y su violencia. Pienso que si existe un solo Dios, es decir, un Antiguo, una criatura eterna, todopoderosa, que podría desaparecernos con un pestañeo, este tendría que ser alguien a quien no le importáramos en lo absoluto y que jugara con nosotros como si fuéramos un entretenimiento más dentro del vasto universo. Piénselo, Miss Clara: con todas las cosas que pasan día a día en este mundo, ¿tiene sentido que exista algo parecido al Dios cristiano? Cada mañana, cuando voy al colegio, veo a través de la ventana a decenas de niños pidiendo limosna junto a los semáforos. He leído que cada minuto mueren cientos de personas por hambruna en distintas partes de la Tierra y que para que yo use la computadora con la que ahora escribo esto, hay otras tantas que mueren en minas de coltán. En este mismo momento, en alguna parte del globo terráqueo, hay mujeres a las que se les está cortando el clítoris, niños vendidos, personas estallando en pedazos o ahogándose en el océano, y nada de esto tiene que ver con el mal, sino con la naturaleza humana fracasando en su autodomesticación. Sé que es reconfortante creer que hay alguien o algo superior que nos cuida y que tiene un maravilloso plan para nuestras vidas, pero si lo pensamos seriamente ni los discursos más profundos de Mister Alan podrían hacer que ese Dios fuera creíble”  

(La autora, pone en palabras de la alumna una enunciación muy actual del argumento del mal, formulado desde la antigüedad hasta Albert Camus (La peste) y hasta nuestros días. ¿Cómo conciliar el sufrimiento y la muerte de los inocentes con una deidad que sea omnisciente, omnipresente, omnibenevolente? El arduo problema, sobre todo para creyentes no exageradamente providencialistas, del silencio de Dios).



…..



“Yo, sin embargo, lo descubrí en mi propio cuerpo. Después de todo, si mi horror no fuera parecido al suyo, si el blanco no fuera la metáfora ideal, si no hubiese leído ese capítulo de Moby Dick, jamás habría podido entenderla como ahora porque jamás habría podido entenderme a mí misma. Intentaré explicarme mejor: para mí, el miedo a la edad blanca empezó mientras mi cuerpo cambiaba. Primero un olor rancio. Después unos pezones como hematomas levantándose y doliendo al roce. Luego, los fluidos vaginales iguales a mocos frescos y blancuzcos. El pelo retorcido. Las estrías. La sangre. Eso incompleto e indefinido que le repugna de nosotras es igual de repulsivo para mí. La infancia termina con la creación de un monstruo que se arrastra por las noches: un cuerpo desagradable que no puede ser educado. La pubertad nos hace hombres y mujeres lobo, o hiena, o reptil, y cuando hay luna llena, vemos cómo nos perdemos a nosotros mismos (sea lo que sea que seamos).

Hace poco escribí un poema sobre esto:



Al fondo de mí hay una madre sin cara:

un Dios

de tentáculos aéreos

atravesando la estación más blanca de la naturaleza.



Su pecho es un patio de hortalizas mordidas;

un estanque madre de las anacondas

un útero deambulante

una mandíbula

que moja mi corazón

con su perfecta leche.”



…..



“De pequeña, mi mamá solía bañarme. Lo hizo hasta que cumplí diez años porque, según ella, yo sola no me limpiaba bien. A decir verdad siempre se quejó de mi higiene, pero le aseguro, Miss Clara, que yo fui una niña muy limpia. En cualquier caso, mi madre solía hablar de todo tipo de cosas mientras me bañaba (del colegio, de la iglesia, de mis tías, del fin de semana, de las empleadas domésticas, del numerario Tito, de la prelatura) y siempre, de una u otra manera, acababa por contarme horribles casos de niñas secuestradas, violadas y asesinadas que veía, con cierta fascinación, en un canal de televisión que solo emitía este tipo de crimines (…) Me decía: «Si un día estás perdida y alguien te dice que te va a llevar a casa con nosotros, no le creas, porque puede ser un hombre malo. Tampoco puedes confiar en las mujeres, porque existen mujeres malas y Anne, cariño, solo puedes confiar en tu familia; el mundo está lleno de personas malas que quieren hacerle cosas terribles a niñas guapas como tú. Hay hombres enfermos que quieren meter sus dedos y otras cosas en ese lugar secreto y delicado por el que haces pipí. (…) Es muy importante que te sientas bien. Si no te sientes bien, hombres malos podrían ver tu lugar secreto y tener ganas de raptarte para hacerte cosas malas. Tampoco debes mostrarle la lengua a nadie porque podrías darle ideas extrañas a hombres malos, muy malos. Así que, Anne, cariño, debes sentarte bien y cerrar bien la boca, ¿entiendes?». Pero sus palabras eran fastidiosas y no significaban nada para mí. En realidad detestaba que me bañara porque su anillo de matrimonio se metía entre mis nalgas y en mi vulva y la sensación era fría y desagradable, justo como imaginaba que se sentiría si un hombre malo me metía sus dedos más gordos y toscos que los de mi madre. Fue mucho después, cuando mamá decidió que ya era lo suficientemente grande para bañarme sola, que empecé a preocuparme por la forma en la que me sentaba delante de mis profesores, tíos, primor o amigos.”



(Mónica Ojeda, Mandíbula, páginas 216, 217, 220-221

domingo, 20 de noviembre de 2016

"NEFANDO": EN LAS ENTRAÑAS DE LO ABOMINABLE



Nefando
Mónica Ojeda
Editorial Candaya, Avinyonet del Penedès (Barcelona), 2016, 206 páginas.

   Candaya, un sello editor muy selecto, con una especial sensibilidad para captar la buena literatura, esa que supera con creces la narrativa o la lírica golosina, con empatía por lo que se escribe en Latinoamérica, abre las puertas a la narradora y poeta Mónica Ojeda (Guayaquil, 1988) que nos sorprende agradablemente desde el punto de vista escritural con Nefando, un convite literario inquietante, pero rebosante de buena y vanguardista literatura, que se atreve a explorar los límites del lenguaje ante determinadas e inquietantes experiencias del dolor y del placer. Y algo más, porque, por encima de ese acto registral que es la esencia de la novela, Mónica Ojeda entiende la literatura - son sus palabras- como un intento de imaginar lo que hay más allá de nuestro reducido campo de experiencias. El resultado: una novela no apta para mojigatos, pero plato regalado para esa especie de lectores capaces de mirar lo que potencialmente nos puede incomodar, aquello que, como la pornografía infantil, el incesto, lo abusos sexuales, ciertas filias, la violencia en sus distintas versiones, tienden  a repeler o esquivar las personas que se consideran normales.
   En un durísimo relato, Mónica Ojeda presenta a seis personajes, jóvenes veinteañeros, que comparten piso en Barcelona, cada uno con inclinaciones muy particulares (escritura pornoerótica, hacker, mutilaciones corporales…), estigmatizados por oscuros sucesos de los que fueron víctimas en su niñez. La hostilidad del mundo empezó para todos ellos en su propia casa, y esas devastaciones los irán configurando, reconoce en las páginas finales uno de ellos. Artífices de un videojuego on line que difunde contenidos extremados que basculan entre lo poético y la monstruosidad inmoral, y que cuelgan en la Deep Web. La novela, en cada una de sus secuencias y con diversos registros lingüísticos, intenta hallar el lenguaje apropiado para enfrentarse a lo abominable, a lo repulsivo,  a las profundidades abisales más lóbregas de los seres humanos.
   La autora teje Nefando desde el fragmentarismo; con una arquitectura compositiva compleja, pero talentosa y muy productiva para este tipo de narrativa: varios de los convivientes en el apartamento barcelonés refieren, con relatos autónomos o con entrevistas, el origen y el porqué del videojuego Nefando, diseñado por tres hermanos ecuatorianos y subido a la Deep Web con la ayuda de El  Cuco Martínez, un hacker y diseñador autodidacta de vídeos. Nefando surge de una idea extraña, utiliza imágenes escalofriantes y pretender hacer de la mierda algo lúcido. Así mismo, dentro de la novela se incrusta otra novela: una pornonovela hype, cuyos tres capítulos, repartidos a lo largo del libro, son de la autoría de Kiki Ortega, una chica mexicana que convive en el piso.
   A través de la coralidad que le da forma  a la trama, nos vamos sintiendo no solo incómodos, sino incluso aterrados por las experiencias que nos transmiten estos personajes frágiles y extremados: las primeras experiencias amorosas y sexuales de El Cuco con su primera novia, tan facha como su padre militar que abusó de ella cuando era niña; los deseos sexuales hacia el compañero a los doce años; experiencias corporales sadomasoquistas; la devoción por el placer del cuerpo lesionado/humillado, la entrega al BDSM; sexo entre adolescentes, pederastias brutales. La violencia del instinto sexual del depredador; relaciones incestuosas de padres con hijos y de hermanos entre sí. Violaciones en el seno familiar que los ecuatorianos hermanos Terán muestran con entusiasmo porque habían aprendido a lidiar con el pasado y no se consideraban víctimas; vídeos de personas autolacerándose o automutilándose; zoofilia, bestialismo, sadismo sobre  animales. Pero al fin y al cabo, como reconoce uno de los personajes, no hay erotismo que se niegue al horror; el erotismo es violento como la naturaleza y también lo revulsivo merece ser articulado, y para ello alguien  debía ensuciarse en el lenguaje, aunque hay ciertas experiencias, tanto de dolor como de placer en las que el lenguaje solamente se queda en los aledaños. Solo encarnándolo se llega  a saber cómo es el dolor ajeno.
   Todo esto son testimonios y experiencias al margen del videojuego Nefando. Del mismo, eliminado pronto de la red, únicamente sabemos lo que era a través de la recopilación de posts y crónicas de diversos gamers. En esta parte de la novela, la autora abandona cualquiera concesión y nos enfrenta de nuevo con el horror: zoofilia, sadismo sobre animales, necrofilia, pornografía infantil… Un videojuego abominable alojado en la Deep Web, la internet profunda, oculta e invisible de la que, según El Cuco Martínez, se puede aprender mucho, porque todos los problemas sociales y humanos de nuestro mundo tienen su correlato en la red oculta: robo, pederastia, pornografía, narcotráfico, crimen organizado, sicariato, cibercrimen, explotación sexual, documentación falsa, secretos de estado, paquetes de virus… Un verdadero inframundo que constituye más del 90% de todo el contenido de internet, invisible, amparado en el  anonimato, ya que esos contenidos no están indexados a los motores de búsqueda. ¿Dónde queda la humanidad de las personas? En otra moral como se responde en una de las entrevistas.
   La novela es un navajazo  que hace aflorar las profundidades más abyectas del ser humano, la esencia de la aberración. La autora, experta en la literatura pornográfica latinoamericana  durante las dictaduras, pone en las manos lectoras una obra incómoda, pero a la vez luminosa. Y lo hace con valentía y oficio, suturando con pericia los múltiples mosaicos-fragmentos que tienen vida propia  en la novela. Con una amalgama de registros lingüísticos con los que revela y se ajusta al origen de los protagonistas. Y una gran versatilidad narrativa, con componentes metaliteraios e intertextualidad; pensamientos profundos que verbalizan algunos de los personajes. Reflexiones no banales sobre la existencia humana y el ánfora oculta de nuestros deseos. Para muestra, un botón: “La erradicación final de la animalidad -esa que obliga a hombres y mujeres a afrontar el lado salvaje y violento de sus deseos- era simultáneamente utopía y distopía” (página 50).

Francisco Martínez Bouzas

                                                
Mónica Ojeda

Fragmentos

“A lo que voy es que muchas cuestiones que consideramos perversas se pueden volver sublimes, para algunos, en el arte de la iconografía cristiana, y para otros en obras literarias o plásticas o perfomáticas. Santas como Margarita María Alacoque, con la escusa de tener éxtasis místicos, comían vómito y mierda de enfermos, o incluso su propia mierda. María Alacoque sentía que  a través de este tipo de actos Dios le hablaba y entraba en ella. Estaba convencida de que por el tormento de la carne accedería a la santidad, a un estado cercano a la divinidad, y esto, no nos confundamos, le producía placer. Y ahora te estarás preguntando, ¿cómo puede un cuerpo torturado sentir placer? (…) El placer no está en las heridas de la carne, sino en la idea de las heridas de la carne, en su significado, ¿y cuál es su significado? te preguntarás, pues el de la absoluta entrega, el de la completa sumisión. Para las santas que se infligían todo tipo de castigos físicos no había nada más excitante que sacrificar su cuerpo por su amor: amo y señor (…)
En la religión cristiana hubo BDSM mucho antes que Sacher-Masoch escribiera La Venus de las pieles,  pero todo esto es sólo considerado perverso cuando no está vinculado a la religión cristiana. ¿Qué diferencia hay entre una santa mística y una mujer que le pide a su pareja que le eche cera caliente en la espalda y que le meta el puño por el culo? Tal vez la diferencia entre ellas radica en que la santa mística, como los crucificados en semana santa, es capaz de autodestruirse para alcanzar su éxtasis, mientras que muchas mujeres y hombres BDSM tan solo juegan a que se entregan.”

…..

“Durante el segundo semestre del curso, Diego y Eduardo creyeron notar que el profesor de Educación Física tenía una inclinación especial hacia ellos. Cuando hacían sentadillas, corrían por el campo de fútbol o jugaban al baloncesto, él los observaba de una forma peculiar, como si quisiera atravesarlos con un lenguaje de expresiones silentes y taciturnas. Una noche lo siguieron al interior del bosque que cercaba el lado oeste del colegio. Llevaba consigo a un pequeño y escuálido alumno de primer año que temblaba igual que una lavadora. El chico usaba una pijama limpia que se parecía a la luna (…) Se introdujeron en el bosque hasta que la oscuridad se les metió en los pulmones como un torrente de agua sucia. Entonces el profesor se detuvo y tomó al chico de primero de la cadera para bajarle el pantalón hasta los tobillos. Diego y Eduardo escucharon,  entre el ruido de los insectos nocturnos, los ruegos del niño que sollozaba: «Por favor, no», decía. «Por favor, no». El profesor se arrodilló frente a las nalgas del muchacho, redondas y aduraznadas, las apartó con sus manos Kingman y metió su lengua babosa, del tamaño de una culebra, en el ojo ciego (…) Unos minutos más tarde, después de escupir y untar de saliva el ojo ciego de su amante, el profesor le hizo ponerse en cuatro patas y, antes de penetrarlo de una sola embestida, tomó un puñado de tierra con sus manos Kingman y la estrelló contra la cara húmeda del chico.”

…..

“¡Si supieras todo lo que hemos estado leyendo!, le dijo Cecilia, podríamos escribir una novela mejor que la de Kiki a partir de las historias que pululan en los foros. Narrar nuestros horrores, ¿para qué servía la ciencia si no era para narrar nuestros horrores?, pensó El Cuco, ¿para qué servía la tecnología si no era para narrar nuestros horrores? ¿Para qué servían los lenguajes, los gritos, las teclas, los pozos si no era para narrar nuestros horrores? El deseo de decir el deseo no se mitiga hablando, le dijo una vez Emilio, a veces tenemos que hacer y dejar que lo hecho pronuncie nuestro vértigo. Te necesitamos para crear Nefando, le dijo Irene con una sonrisa delgada. Las luces del auditorio se encendieron.”

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“Veo a Ely. Tiene siete años. Su padre le sirve su esperma en una cuchara de palo. Veo a Jenny. Tiene diez años. Su collar de púas parece una planta en medio del paisaje de cuerpos que se destiñen. Veo a TommyG. Tiene trece años. Veo a su padre ordenándole que le lama el pene a un perro. Veo a Landa. Tiene siete años. Veo a Elizabeth. Tiene quince años. Las veo ayudando a su padre  a violar a su hermana pequeña, Mandy, que llora enrojecida en el balde de una camioneta negra. Veo a Maryanne. Tiene cinco años. Le mete el puño a su padre en el culo con los ojos cerrados. Veo a Pae. Tiene cuatro años. Su madre le introduce la lengua en la vagina y el dedo índice en el ano. Veo a Veronika. Tiene doce años. La veo penetrada por su padre y su hermano al mismo tiempo. Veo todo lo que ha sido consumado. Veo a papá meneándosela con los videos. Veo sepulcros de risas, llanuras de miedo. Polvo. Viento. Veo mi necesidad de contar que veo paisajes de cuerpos que destiñen el color todas las noches. Veo un montón de cuerpos que son el mío: lo único. Dientes.”

(Mónica Ojeda, Nefando, páginas 35-37, 55-56, 106-107, 127-128)