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domingo, 28 de diciembre de 2014

RELATOS PENSINSULARES E INSULARES




Angelica archangelica y otros relatos

Ramón L. Fernández  Suárez

Opera prima, Madrid, 2013, 129 páginas.



   A través de una mano amiga, puedo leer esta colectánea de relatos de Ramón L. Fernández  Suárez, profesor jubilado de la Universidad Politécnica de Madrid, tras haber impartido igualmente docencia en la Universidad Politécnica de Mikkeli (Finlandia).

   Angelica archangelica y otros relatos es su debut, no en campo de la escritura -ha publicado varios estudios relacionados con su especialidad académica y profesional-, pero sí en el ámbito de la narrativa ficcional. Un debut para el que el autor reúne doce relatos rotulados con el título de uno de ellos: “Angelica anchangelica”. Presenta Ramón Fernández y Suárez su primer empeño en el terreno narrativo dividido, desde el punto de vista editorial en tres grandes secciones, tomando como criterio, en las dos primeras, la espacialización  de las historias: “Peninsulares”, “Insulares” y “Otros relatos”.

   Si algo, en mi opinión, caracteriza esta primera incursión narrativa del autor en el campo de la ficción de formato breve, es la disparidad de temas, de marcos escénicos, de formatos -al lado de relatos de quince o más  páginas, conviven otros que consumen su carga diegética en una o dos. Y por supuesto, también la calidad. Desde el punto de vista diegético o del significado esencial de los mismos, derivado de las historias narradas, son relatos, reconoce el autor, que recogen vivencias y experiencias de épocas y escenarios disímiles, y muchos de ellos se mecen en un claro transfondo histórico, y también en el presente, en la cotidianeidad complicada en la que se mueven algunos protagonistas y que en ciertos casos (“Memorias del conde Mijail”, por ejemplo) lo que predomina no es la ficción sino “memorias adobadas con un toque de fantasía” (página 112).

   La espacialización de los relatos de la primera parte (“Peninsulares”) tiene que ver con España. Es este país su marco escénico. El primero de ellos, “Angelica archangelica” es un relato de solidariedad con un joven desconocido por parte de una misteriosa mujer, que da comienzo con la preparación de una infusión -el título sugiere que con hierbas del Espíritu Santo, la angelica archagelica-, que le proporciona al joven herido, preso más tarde en las cárceles franquistas y posteriormente exiliado en Francia. “El pan bendito”, el relato que le sigue, es un reflejo de cómo la actual crisis actúa sobre una pareja y sobre su hijo de cortos meses. Una escena familiar y ruptura de una pareja por culpa de la lacra del desempleo en el que se ve sumido el protagonista masculino. Relato doliente provocado por las inclemencias de nuestro tiempo. En “Herodiano” somos testigos, a través de la voz vicaria de una mujer en feliz armonía con su pareja, de las atrocidades de todo tipo incluidos los abusos sexuales, que otra pareja comete con sus propios hijos menores. Un relato que ahuyenta cualquier optimismo, inteligentemente desarrollado a través de la presentación de facetas antagónicas: la felicidad de una pareja y la sevicia de otra. “Kale borroka” es un encuentro con la dura realidad  que se abre ante los ojos de un joven vasco condenado en Francia y que, en prisión se entera un día de que la mujer que le había amado, decide olvidarlo. Finalmente en “Tres episodios musicales” la prosa de de Ramón L. Fernández presenta el mundo de las emociones que un día brotaron de la audición de tres conciertos, recuperados ahora con un poso de nostalgia y como contrapunto, un presente con el veintiséis por ciento de parados.

   En los tres relatos de la sección “Insulares”, la acción se traslada a Cuba. La Isla caribeña sirve como marco referencial de los mismos. Es interesante el subtitulado “Cuba y Merced” por el buen retrato de Cuba cuando ya se sienten los aires independentistas, promovidos por terratenientes criollos y por sus esclavos liberados. Así como la historia de amor entre la devota terrateniente española y su confesor. Por el contrario, en las otras dos historias de la calle Cuba, el autor abandona el mundo ficticio y su discurso se centra en reflejar una visión  de la isla en 1961 con la persecución de los disidentes, y en una relación de agravios achacables al régimen castrista en los primeros tiempos de la revolución. Esta misma visión negativa del régimen político imperante en la Isla antes de la revolución, es el telón de fondo del relato “Los felices 50”, en mi opinión, el más logrado de la colectánea. La prosa de Ramón Fernández  visibiliza de forma  inteligente y sugestiva los prejuicios racistas de una mujer viuda americana que se enamora en Cuba de un hombre casado y con dos hijos -circunstancias que no le importan-, pero sí, en cambio el miedo a una sociedad que le hará el vacío, tras el conocimiento, sobrevenido al enamoramiento, de que el hombre que la estaba haciendo feliz, también en la cama, era descendiente de esclavos negros llevados a la Isla. Por último, en “Memorias del conde de Mijail. Biografía fragmentaria de un libertino tropical”, el lector se “divertirá” con la historia patética de un casanova especialista en reenamorar en vano  a antiguas amantes o amigas.

   De la sección “Otros relatos”, destaco “Indianos y moriscos”, una buena historia de los tiempos de la conquista/colonización en Perú, con trata de esclavos, relaciones sentimentales, infidelidades y abusos cometidos en los cuerpos y en las almas de jóvenes indígenas.

  
Plantación de Angelica archangelica
Una colección interesante de relatos en los que prima la variedad diegética y de marcos escénicos y temporales, como ya se ha indicado. En el debe de algunos de estos relatos figura, en mi personal lectura, un ritmo demasiado lento. El cuento o el relato no admite divagaciones, pinceladas largas, perderse en detalles o descripciones prolijas, porque es fundamentalmente síntesis  y concisión. Por eso mismo considero que algunos de los relatos de Ramón Fernández, más que cuentos, dan la impresión de ser esbozos inconclusos de novelas cortas. Así mismo, algunos desenlaces (“Cuba y Merced”, por ejemplo) se producen de una forma demasiado abrupta. Ganarían enteros con un mayor desarrollo porque en el desenlace está precisamente el clímax. También en mi particular óptica, alguno de estos relatos es abiertamente moralizante. No me refiero a las frecuentes críticas hacia el régimen castrista, sino a esa necesidad de arrepentimiento implícita en la parte final de “Kale borroca”, que sería más efectiva, desde el punto de vista narrativo, transmitida en un tono más sutil. Y en el haber de este debut narrativo, señalo una atractiva ambientación, especialmente en aquellos en los que el tiempo de la historia se sitúa en épocas pretéritas. El estilo de la prosa con la que Ramón Fernández nos acerca a sus historias, es sencillo y preciso, como demanda la misma naturaleza contística, pero, en ciertos momentos, nos impacta con artificios brillantes y muy logrados (“Nostalgia, esa especie de gasa incolora”, página 53). Considero por último muy válidos y eficaces el contrapunteado o la confrontación de facetas o conductas antagónicas que el autor emplea en algunos de los relatos, porque visibilizan de una forma poco menos que plástica la esencia de la trama.



Francisco Martínez Bouzas





Ramón L. Fernández y Suárez

Fragmentos



“-A ver…trae acá ese crío, que si no lo hago ahora, luego me dará pereza.

-Déjale dormir ahora hasta que despierte por su cena. Luego le coges en brazos hasta que se rinda.

-Entonces déjame que te coja yo a ti en brazos y te dé un buen magreo -respondió el marido mientras se acercaba para sobar sus posaderas.

Ella entonces dio un breve respingo, pero, reaccionando, buscó ansiosa con su diestra el paquete genital que le ofrecían. Media hora más tarde, aún en la cama, sintieron cómo Luisito despertaba moviendo sus pequeñas piernas fuera de mantillas y pañales. Esta vez no comenzó a llorar, pero en cambio, al ver asomar los rostros de sus padres, una minúscula sonrisa desdentada les dio la bienvenida.

Paco extrajo al crío de su cuna mientras Mamen ataba a su cintura el cordón de la bata de lana que había rodado al suelo al tumbarse afanosamente en pos de su marido. Fue un momento de tierna felicidad que bien podía compensar otros inconvenientes del presente.”



…..




“Si entre sus amigos alguien descubriese que tenía un amante, posiblemente se encogería de hombros y de seguro pensarían: «Bueno, siendo viuda, no hay derecho a criticarla» Pero si se conociese que dicho amante descendía de remotos esclavos africanos, entonces, seguramente, se le haría un vacío alrededor imposible de superar siendo, como era, una viuda respetable. Si fuera un hombre a quien se le supiese compartiendo lecho con una mujer del mismo origen, entonces todos lo comentarían irónicamente durante las partidas dominicales del country y mirarían displicentes a otro lado. Pero no era éste el caso y ella sabía que no la excusarían.

Pero, ¿y sus propios sentimientos? ¿No pertenecía ella misma a una raza secularmente maltratada y perseguida? ¿No sentía por aquel taxista negro un auténtico entusiasmo que pocos días antes le hiciera abordar el primer avión que le acercase a él? ¿Eran sus sentimientos realmente auténticos o sólo falsas ilusiones incapaces de sostenerse ante el prejuicio? Una vez más no halló respuestas. Quizás tampoco tenía fuerzas para ahondar en un intento por localizar el reducto racional de su intimidad. Debía tomar alguna decisión y así, tres semanas más tarde, compró un billete de ida a New York, desalquiló el apartamento y nunca regresó.”



(Ramón L. Fernández y Suárez, Angélica archangelica y otros relatos, páginas 36, 94)

jueves, 1 de marzo de 2012

AMALGAMA DE MONSTRUOS Y OUTSIDERS

Antes de las jirafas
Matías Candeira
Editorial Páginas de Espuma, Madrid, 2011, 141 páginas.


Matías Candeira (1984) no es una joven promesa de la narrativa en español, sino un autor ya consolidado y con un caudal bien surtido de originalidad y calidad. Dos libros en su haber a pesar de sus pocos años: La soledad de los ventrílocuos, 2009 y Antes de las jirafas, editado por Páginas de Espuma hace ahora unos meses. Quizás lo de menos, a pesar de la permanente reiteración, es que Matías Candeira cuente con la admiración de Vargas Llosa que le considera una “víctima del vicio de escribir”. Lo realmente relevante en su narrativa es su originalidad. La hechura de sus relatos es inédita, no se parece a la de ningún otro cuentista. Consecuencia quizás de todo ello es que uno de los relatos de este libro, “Exploradores” fue seleccionado para la antología de relatos “Aquelarre”. El relato de Matías Candeira fue el único escogido de un escritor nacido con posterioridad a la década de los 70.
Son dieciséis los relatos que conforman Antes de las jirafas, un verdadero mosaico híbrido de piezas de distinta textura pero cimentados en una propuesta estética con varios elementos en común: la celebración de los extraño, de la otredad, del desarraigo, de individuos outsiders propios de la literatura pulp o de la novela negra. “El libro -así lo define el autor- es un compendio de monstruosidades o personajes que hablan desde la periferia vital porque son asesinos o no encajan en su entorno. Extrae códigos de la serie B, el terror o el pulp entre el homenaje y la parodia”. Por eso en la mayoría de las tramas el lector tendrá que lidiar con ambientes obscenos, primitivos, anteriores ciertamente a esas jirafas del titulo. Y otra coordenada: la escritura de Matías Candeira se halla preñada de efectos visuales, de imágenes, construidas además con sutil ironía, fruto seguramente de su educación sentimental y profesional. Un libro que bebe de la querencia anglosajona por los fascines y de la cultura audiovisual del escritor.
Los personajes de estos relatos, desplazados de su propio ser, viven historias como mínimo inquietantes, repletas de símbolos que se originan en el lado oscuro y se desarrollan en parajes cotidianos a los que la imaginación del autor ha convertido en geografías densas y frecuentemente sórdidas.
Fijo mi atención en aquellos relatos que más me han impactado. “El extraño” abre el libro con la historia de un hombre transformado en monstruo debido a la mordedura de un pequeño anélido. A pesar de su forma de bestia antidiluviana, poco a poco es aceptado por su hijo y por su mujer que experimenta con él intensos e insólitos momentos de sexo. El mismo logra casi olvidarse de su nueva condición. Una historia de metamorfosis, de triunfo sobre los extraño y de enaltecimiento de lo monstruoso, de la otredad, preferida a la verdadera identidad.
Al personaje principal de “Jimmy” le nace el instinto de matar personas cuando, como ascensorista, sube  a un hombre que le confiesa que había olvidado su antifaz en el coche y que sin él, no podía dar azotes a su mujer en su décimo aniversario en el petrolero en el que viajan. Pero Jimmy está enamorado y su carta de amor, lanzada al viento nocturno, hace que el barco se vaya a pique. En “Unos ojos vacíos”, un relato sumamente frío, gélido, blanco y duro como la helada presenciamos a la madre agujereando los ojos del padre en las fotos de familia. El padre aparece ante el hijo con las cuencas de los ojos huecas. Son agujeros que, como un río silencioso, recorre toda su historia. “Manhattan Pulp” es un relato interferido por la cultura visual del autor que nos permite contemplar la disección ficcional del malvado Dr. Octopus y sus tentáculos.
“La dimensión del ojo” es un monólogo asfixiante de un personaje en un ambiente extraño, helado, entre las brumas del terror y del miedo, como si procediera de un sueño. En “Ese señor de ahí” sale a flote la vena humorista e irónica del escritor. Se mueren y con mucho dolor todos los que intentan describir al protagonista, hasta que él mismo prueba a suicidarse describiéndose a si mismo. “Exploradores” es un cuento extremo, desasosegante, asfixiante, preñado de violencia. En su trama nos encontramos con un padre  y su supuesto hijo que protegen un manzano cargado de frutas de los conductores que por allí pasan. El final rompe las expectativas lectoras y nos deja un sabor agrio en el paladar de nuestros sentimientos.
Finalmente, “Fractura”, una reivindicación de la imaginación. El protagonista se gana el pan dejando que conviertan su cuerpo en mueble/estatua ornamental en las casas de los adinerados, desde donde ve el mundo, colmado de máscaras e hipocresías.
En la lectura de Antes de las jirafas salta a la vista el trasfondo de crítica social que el autor despliega en sus diégesis, tejidas con una lengua exquisita, que permite vislumbrar una voluntad poética y un gran talento, capaces de suturar complejas apelaciones existenciales con imágenes y texturas cinematográficas.

Francisco Martínez Bouzas

Matías Candeira

Fragmentos

“- Ruge, papá. Ruge para mí.
Sin embargo, después de besarla en la frente (ay papá, cuidado con los cuernos) se pregunta cómo es posible, cómo puede ser que lo haya aceptado tan rápidamente; y mucho más al volver a su habitación, donde invariablemente su mujer lo espera ataviada con su mejor lancería. Unas cuantas noches consiguió resistirse a sus insinuaciones eróticas. Seguía sin comprender mucho de todo eso. Aunque bajo la cama de matrimonio corría un vientecillo helador, bastante insufrible, al menos allí estaba a salvo, podía pensar. En ese lugar era posible tratar de hallar una explicación al hecho de que su mujer pareciera sentir un nuevo afecto por él, a todas luces incomprensible. ¿Acaso a ella le gusta el peligro? ¿Le seduce la posibilidad de que a él, sin previo aviso lo atraviese un estertor de fiera? ¿De ser desmembrada, a lo mejor? ¿Qué ve cuando lo mira?  ¿Qué exactamente? Hace una semana, ella lo consiguió por fin. Los masajes, todos esos susurros apremiantes y lascivos, han surtido su efecto. Ningún hombre puede resistirse a un asedio de caricias como ésas. Desde entonces hacen el amor, salvajemente, con saña y la luz encendida, igual que dos cocodrilos extraños. El hombre de la cola mortífera se abalanza sobre ella, trata de no pensar, le araña el vientre con las garras y la penetra violentamente. A su mujer parece gustarle mucho. Agarrándose al cabecero de la cama, le pide que ruja con fuerza, toda la posible. Y él lo hace. Ruge con sus gritos de bestia prehistórica, con desesperación, tan fuerte que las paredes del dormitorio tiemblan”
…..

“Estás en nuestro sótano, le digo, y con lentitud voy señalándole la bombilla huesuda que cuelga sobre  nosotros, los contornos de las vigas, la herrumbre luminosa de los rincones (…) He decidido no hablarle de la pequeña montaña de huesos que hay al lado de la puerta verde, donde ni siquiera yo me atrevo a mirar. Él suspira, aprieta los dientes. Debe de dolerle muchísimo. No sé bien por qué, pero me atrevo a acercarme hasta donde está y me siento en el borde de la bañera. En realidad quizás lo hago esperando que se aparte bruscamente y así pueda golpearle la cabeza con la palanca con toda la fuerza que tengo. Partirle  la mandíbula sin más. Estallarlo. Abrirle un agujero en la nuca y así no tener que mentir si me pregunta por qué lo he esposado, qué es lo que hace mi padre ahí arriba con el sonido del cuchillo cada vez más denso, pulcro, sonido y miedo, el que reconoce cualquiera que esté esposado en un sótano y mire su boca y su saliva. Piedra. Piedra. Un golpe. La raspadura del metal. Y él se queda inmóvil al reconocer mis facciones”

(Matías Candeira, Antes de las jirafas,  páginas 17-18, 107-108)


domingo, 23 de octubre de 2011

"LA CASA DEL ARRAYÁN": LA IMAGINACIÓN HIPERBÓLICA DE ROSY PALAU

La Casa del Arrayán
Rosy Palau
Editorial El Colegio de Sinaloa, Culiacán (México), 108 páginas.


Ante libros como esta como esta colectánea de relatos de Rosy Palau, surge una pregunta primordial: ¿Por qué desconocidos peldaños somos capaces de ascender hasta esos hornos donde se quema una innominada lumbre que incendia nuestras noches de fantasía y que es siempre nueva, siempre se está renovando con llamas inéditas e inverosímiles?  Hay ocasiones en las que nos da la impresión de que ya todo está inventado, de que la creatividad ya no es capaz de brindarnos nuevos amaneceres,  capaces de sorprendernos con nuevos y esenciales resplandores. Este pequeño libro de prosas, fruto de la voz esencialmente poética de Rosy Palau, testimonia justamente lo contrario: que los manantiales del gran río de la fabulación no están agotados. Un poeta gallego, Luís Pimentel escribió en su día que la poesía es la gran verdad del mundo. Rosy Palau cree al contrario que la literatura es la más hermosa de las mentiras, aunque sus frutos surjan todos ellos de verdades emocionales, de los recuerdos de la infancia o de nuestros sueños de todos los días.
Con palabras ampliamente instruidas en la poesía que cultiva desde el año 1990, la autora nos fascina con sus colección de historias que posiblemente son mosaicos o absorciones de otras historias -lo es cualquier historia, si le hacemos caso a Julia Kristeva-, pero cuyo núcleo desencadenante fue mamado junto con las experiencias vitales de la escritora. Por eso las fantásticas imposturas plasmadas en este volumen de verdades emocionales y de recuerdos imaginados que surgen de la memoria, convierten la lectura de los relatos de Rosy Palau en una experiencia sumamente placentera.
Rosy Palau
Y así, acompañados por las almas que andan por ahí sueltas y que le hacen pena a la escritora, leemos los dieciséis relatos de La Casa del Arrayán. Somos espectadores, a través de la voz vicaria de la autora, de la llegada del circo venido de la China. Es el circo de las sombras que se presta a hacer su función con la Majei y el Manolo que hablan de casamiento. Escuchamos a la Lupita que se levanta de la tumba para que no sigan diciendo mentiras de que si estaba loca, que nació cuando las estrellas echaban chispas queriendo salir del cielo, que piensa que el amor no tiene mancha cuando es amor del bueno y después de la muerte le agarra el habladero y nos cuenta la promesa que la llevó al hoyo donde la tierra se junta con la tierra. También la cantinela del Dr. Singer: los fantasmas no son almas sin descanso de los muertos, sino los disfraces de nuestros deseos. Y cuando sorprende a Mercedes atravesar la pared de su cuarto, se da cuenta de que los deseos adquieren el poder de tener deseos. Y de nuevo a la Lupe que retorna en el cuento que rotula el libro para decirnos: “No se preocupe niña, al cabo todos estamos muertos” (página 63).
Y de esta guisa, dieciséis relatos, guiados por el mismo hilo conductor, excepto el titulado “Desde la luna”, una querencia de Rosy Palau, acrecentada en este caso por la intertextualidad. Historias nutridas en la tradición oral, núcleos diegéticos explícitamente anclados en es cultura mexicana en torno a  la muerte, en esa amalgama entre el aquí y el más allá que se complementan y que muchas veces confundimos con el surrealismo. Es esa sin duda lo que explica la cercana familiaridad  con los muertos en los relatos de Rosy Palau. “Los muertos ya sean alegóricos o reales de lo único que de verdad se mueren es del olvido”, piensa Rosy Palau. Y en esa interconexión entre los vivos y los muertos, cobija la narradora la mayoría de sus relatos, que nos llegan aderezados con una expresión de belleza y de colorido absorbida y expresada lingüísticamente.  Prosa muy sensual, lúbrica, cercana a la poesía y, a pesar de ello, my expresiva. Y con un plus añadido que yo siempre aplaudo: la presencia de los usos locales del español que son tan enriquecedores del idioma común. Una lengua exuberante, preñada de cromatismo, perfecto cauce expresivo para una imaginación sin límites.
                            

Fragmentos


“Con el sol brillante en la punta de los tabachines, los había visto venir. El carromato se abrió paso entre bolas de rama seca y ventarrones de polvo. Muñecos de trapo, bules, cazuelas, mecates enroscados, alborotaron el silencio al paso de las ruedas sobre los hoyos del camino. Ya en la entrada del pueblo, aminoraron la marcha y encendieron las bocinas. Un sonido de mil radios descompuestos sofocó la voz del anunciante, provocando que los que no estaban ahí, salieran de sus casas como si escaparan del fin del mundo. Luego se aclararon las palabras y todos pudieron entenderse. A las 5 del otro día, venido directamente de la China y aclamado por todas las naciones, el circo de las sombras daría su función”.

…..

“Me llamo Guadalupe y estoy aquí, levantada de la tumba, para que no sigan diciendo tantas mentiras, para que nadie crea esas historias de que si estaba loca, de que si andaba por las calles contando las bolitas del rosario por uno que me dejó vestida de matrimonio a las meras puertas de la iglesia. Si alguna locura me quieren achacar, es la de haber nacido ese día del eclipse en que todo se puso oscuro, como los ojos de aquellos que esperaban lo peor, esos ojos que más querían oír que ver, pegados a las paredes como los perros a las patas de los catres, deshilachándose en las sombras. A todo el espanto se le arrimó otro espanto, el de los gritos de mi madre que eran, dicen, un ventarrón que hacía temblar la lumbre de los braceros. La Dolores que salió corriendo a traer agua del patio, sólo abrió la boca para decir que por allá fuera echaban chispas las estrellas queriéndose salir del cielo. Luego, yo lloré de hambre bajo el sol entero, enterito como los mangos y la guayaba que colgaban de los árboles llenos de trapos rojos (…)
La casa siempre estuvo llena de mujeres prietas, mitoteras de querer lo que no les pertenecían. Les bastaba doblar la hoja de un tamal para armar un cuento. A mi me tenían envidia, se les veía de lejos porque yo era blanca, porque a mi me consentían hasta por no hacer nada y sin que nadie se los pidiera, se dieron a la tarea de medirme el ocio. –Se va a tullir, queriendo sacarle una canción al cacarear de las gallinas, murmuraban. Mi madre las dejaba decir y luego a las seis cerraba la tienda, tejía mis trenzas, me hacía en la frente la señal de la cruz y nos íbamos a la misa para que no nos ensuciaran los pecados”

(Rosy Palau, La Casa del Arrayán, páginas 13, 17-18)

miércoles, 28 de septiembre de 2011

ANA MARÍA SHUA, EQUILIBRISTA DE LA MINIFICCIÓN


Fenómenos del circo
Ana María Shua
Páginas de Espuma, Madrid, 2011, 190 páginas.

La consideran la reina del microrrelato y no falta quien la haya proclamado la emperatriz del género en un país como Argentina que engendró esta nueva categoría. No ya una modalidad del relato, sino un género independiente. Allí en Argentina y en general en América Latina están los reyes, los grandes de las pequeñas ficciones: Borges, Bioy Casares, Cortázar, Augusto Monterroso. Un género muy exigente que demanda un lector imaginativo, participativo y que hoy en día sigue teniendo en Latinoamérica su semillero privilegiado. El microcuento, que es sumamente exigente, tiene sus propias leyes que, en una minidefinición, Ana María Shua resume así: “un texto que contenga algún elemento narrativo y no más de veinticinco  líneas”. Pero, ojo, advierte la narradora: un mal narrador puede tener un momento de talento y hallar una frase genial. Mas la gran escritora argentina (poeta, novelista, autora de literatura infantil, guionista de cine) supera con creces la prueba del algodón de la minificción, no solo por sus cuatro libros anteriores de microrrelatos, sino, sobre todo, porque es capaz de mantener el aliento y fabricar, con aparente facilidad, cientos de frases geniales en un libro monotemático: todo es circo en los más de ciento treinta microcuentos que le dan forma y vida a este libro. Y la autora, la gran malabarista que consigue  hacernos ver el circo como una nueva metáfora de la vida, de las cientos y miles de acrobacias y piruetas existenciales que el ser humano es capaz de hacer para obtener el aplauso.
Pasemos pues y veamos / leamos esta fabulosa caterva de magos y magias que, entre el brillo de los oropeles, el humor, la ironía y grandes dosis de patetismo y melancolía, montan el circo de la vida. En el microcosmos del circo, podemos dirigir nuestra mirada al circo en su conjunto, a los oficios, a los freaks a los animales o contentarnos con perdernos en la fabulosa historia circense. Son las cinco  grandes secciones de una historia poco menos que infinita, en las que Ana María Shua estructura su libro, anclado entre la realidad, la investigación y la imaginación.
Ana María Shua
Tras su inauguración, se nos permite penetrar en las interioridades del circo: el circo soñado, el circo fantasma, al que nunca han limpiado con aserrín y viruta y donde el trapecista hace de mono amaestrado y los elefantes trabajan de acomodadores. Es un circo pobre, pero nos rodea, nos invade, se filtra por los intersticios en una función en la que el público es de piedra. Y después de poner nuestros pies en la arena de este circo, desfilan ante nuestros ojos los artistas con su perentoria necesidad de sorprender a los espectadores: los acróbatas que repiten siempre las mismas figuras y hasta hay un ganador, “un delicado artista húngaro…que sorprende al tribunal con un salto mortal fuera de la realidad, pero no consigue volver para recibir el premio” (página 44). Los tragasables que viven en una constante desventura: el público solo puede ver una parte de su número, pero alguno ha habido que se tragó a un espectador escéptico. Trapecistas que se plagian a si mismos  y, en busca de la originalidad, se lanzan por el aire sin red, sin cable de seguridad, sin trapecio. En los circos reales también actúan los freaks  a los que no les basta su deformidad para entretener al público. Precisan de una actuación en la que su monstruosidad se destaque y se supere y en el circo del minicuento también realizan su número. Al igual que los animales, a veces actores disfrazados u hombres amaestrados. Las historias del circo, unas un derroche de fantasía, otras que no dejan ningún resquicio para la imaginación (página 162), clausuran las minificciones de Ana María Shua, pero no el libro que se prolonga en un apéndice de datos fehacientes y comprobables de las personas mencionadas en los microrrelatos.
Este es el microcosmos del circo, plagado de trucos como la vida misma, que Ana María Shua ha logrado condensar, a pesar de su riqueza y proteica variedad, en un libro de buena literatura, la de la recompensa inmediata, gobernado, sin embargo, por exigentes leyes propias.

                                         
Crestomatía de Fenómenos del circo


Magia

“Un macho y una hembra de la misma especie (homo sapiens incluido) unen ciertas zonas de su cuerpo, aquellas por las que más se diferencian. En el interior del vientre de la hembra se fusionan a su vez el principio femenino con el masculino y de esa unión comienza a formarse un nuevo ser que nacerá en un tiempo variable de acuerdo con la especie: casi dos años en el caso de los elefantes, nueve meses en el caso de los seres humanos, mucho menos en los insectos. Exige paciencia porque es un número lento, pero resulta muy impresionante, sobre todo para los niños. Se conocen muchos de los procesos físico-químicos concomitantes, pero hasta ahora nadie ha logrado descubrir el truco, ni copiarlo”

Demostración

“Los trapecistas, los payasos, los contorsionistas, los acróbatas, los caballistas, los forzudos, exhiben alegremente sus habilidades. Pero los tragasables, que no pueden mostrar más que una parte de su número, se pasan la vida tratando de demostrar que la otra parte es auténtica. A los demás nos pasa lo mismo. Nuestra vida transcurre tratando de demostrar que no fingimos, que es realmente así, que nos tragamos la aguja de tejer, el bastón, los cuchillos, la espada hasta la empuñadura misma. A diferencia de los tragasables, todos sabemos que es un truco”.

Ventajas femeninas

Quién si no las mujeres, siempre dispuestas a doblarnos (los hombres son tan derechos), con nuestro estilo complicado y retorcido (los hombres son tan simples), con nuestras articulaciones laxas (las de los hombres son tan rígidas), quién si no las mujeres y las serpientes para contorsionistas, empecinadas en ese nudo obsceno, tentador, reprobable, que sin embargo non exigen, nos aplauden”

(Ana María Shua, Fenómenos del circo, páginas 65, 75, 88)

domingo, 28 de agosto de 2011

LOS RELATOS "INOLVIDABLES" DE EDUARDO BERTI

Lo inolvidable
Eduardo Berti
Editorial Páginas de Espuma, Madrid, 2010, 124 páginas.


Heredero de una buena parte de la tradición literaria argentina (Borges, Cortázar, Bioy Casares…), pero también de ciertas vetas del romanticismo europeo, a Eduardo Berti (Buenos Aires, 1964) le es aplicable lo que alguien ha afirmado de sus connacionales: tienen un misterio por desvelar. Su último libro de cuentos, Lo inolvidable, así lo pone de manifiesto. En los once relatos que le dan forma al volumen, unos de corte fantástico, otros con un pie en la realidad, en lo cotidiano, el misterio, lo paradójico, lo inexplicable echa raíces en sus tramas para, desde allí, florecer con fuerza.
Eduardo Berti, en efecto, autor de varios libros de cuentos y finalista de premios tan selectivos como el Premio Herralde de Novela, compila en este volumen once cuentos, escritos a lo largo de la última década, que respiran atmósferas diferentes y se visten igualmente de distintos formatos, pero están surcados por temas comunes y reiterativos: el miedo, el olvido, la memoria, la soledad, la extranjería y una variada panoplia de obsesiones. Cuentos, no obstante, de tonalidades diversas, muy dispares en sus enfoques narrativos y en sus desenlaces, pero amalgamados por un sutil filamento que los atraviesa: la irrupción de lo fantástico en lo cotidiano y la presencia de lo inexplicable asentado en la médula de las tramas. El inesperado final hace que salga a flote y nos sorprenda ese secreto sumergido y apenas sospechado en el acto de lectura.
Acontece ya en el primero de la serie y uno de los más breves, “El inicio”: un padre acompaña a su hijo el primer día de la escuela. Es el bautismo escolar (“la palma suda y los dedos tiemblan un poco”, pagina 13). Una estampa cotidiana en cualquiera latitud, que sin embargo, en su brevedad, nos agasaja con un final inopinado. Y sin reposo, el lector se enfrenta a la historia de los dos trabajadores que sobreviven en una triste zona pedregosa haciendo constantemente lo mismo: juntar piedras sin que nadie les explique la finalidad de su monótona labor, hasta que una carta provoca entre ellos el drama.
Eduardo Berti
También con relatos inverosímiles como “Formas de olvido”, en el que la amnesia musical se alarga hasta paralizar las manos del compositor, rival en los aplausos. Eduardo Berti ensaya así mismo formas poco habituales de contar historias, como en “Retrospectiva de Bernabé Lofeudo”. Un formato no literario, el programa de una retrospectiva de cine, con sus fichas técnicas, le sirve al narrador para crear el personaje de un director de cine, contar su vida y su obra y una historia de amor a través de una filmografía apócrifa. Me detengo, por último, en el relato que rotula este volumen. Un cuento de corte fantástico en el que una dentadura postiza una noche, desde la mesita al lado de la cama donde la deposita su dueña, comienza a recitar versos, hasta el punto de hacerle sospechar a su usuaria de que una trama unía los textos.
Prosas pues muy variadas en sus planteamientos, moviéndose entre lo posible y lo que solo cobra vida en la imaginación, pero unidos por la fina sutura de un estilo impecable. Berti pule la expresión hasta convertirla en un excelente material literario. La pulcra fortaleza de su escritura, esa combinación de finales cerrados y otros abiertos, y tramas originales, deudoras de un gran poder imaginativo, hacen de la lectura de esta colectánea de cuentos, edificados sobre moldes distintos, una experiencia inolvidable, como promete su título.
                             

Fragmento

“Hijo y padre caminan en silencio hacia la escuela, a menos de quince minutos de su casa. La mano de uno, más pequeña, va como perdida en la mano del otro; la palma suda y los dedos tiemblan un poco. Es el primer día de clase. Las dos siluetas avanzan recortadas contra un cielo crepuscular. La escuela es un viejísimo edificio, antes blanco, ahora grisáceo, semioculto tras un par de árboles torcidos y flacos.
(…) A medida que se acercan el movimiento es mayor. Unos entran y otros salen de la escuela; chicos de siete, ocho, diez años; adultos con un par de libros bajo el brazo. Los alumnos avanzados escrutan a los novatos sin el menor disimulo. Los novatos, por su parte, tienen el raro instinto de reconocerse, no así el valor o el impulso de saludarse.
(…) Los dos siguen caminando, sin volver a unir las manos, sus pasos son tan iguales que uno parece el reflejo joven del otro.
(…) Sonriéndole desde lejos, el hijo saca un libro que tenía guardado en el bolsillo y hace, abriéndolo, la mímica de leer, una mímica que nunca osó efectuar por un antiguo prurito, el mismo que aún impide a él y a las mujeres del hogar leer delante del padre una revista, un libro o lo que sea.
La mímica no ha caído mal, por el contrario. De modo que el hijo se aproxima al café blandiendo el libro, bien visible, como quien carga con orgullo algún trofeo, como quien carga con cuidado algo valioso.
En este libro, se dice, están las letras que su padre finalmente va a aprender”

(Eduardo Berti, Lo inolvidable, páginas 13-15)

viernes, 12 de agosto de 2011

"DIALOGO DE TIGRES": LA MICROFICCIÓN DE LILIAN ELPHICK

Diálogo de Tigres
Lilian Elphick
Mosquito Editores, Santiago de Chile, 2011, 120 páginas.

Aunque poco conocida en España -sus libros han sido editados en Chile-, Lilian Elphick es una de las voces más potentes y singulares de la narrativa hiperbreve  en lengua española. Directora de talleres literarios, editora de la página web  Letras de Chile, ha demostrado sobradamente su experiencia y buen hacer en el género de la distancia corta y la recompensa inmediata, con varios libros de sus autoría, publicados entre los años 1990 y 2011, así como en antologías de cuentos y relatos breves que vieron luz, tanto en Chile como en otros países.
Diálogo de Tigres es su más reciente aportación a la microficción en lengua española, merecedora, por la agudeza e ingenio de sus historias y por su prosa briosa, teñida de colores líricos y destellos de reflexión filosófica, de figurar en la nómina de las más selectas antologías del relato breve. Y, por supuesto, de una lectura atenta e inteligente, generadora de ese sublime placer estético que prende en nuestra mente cuando la belleza y el ingenio nos posee a través de la palabra.
Un cuento, escribió Andrés Neuman, se juega la vida en las primeras líneas. En la última tiene la posibilidad de resucitar. Las fronteras del microcuento son mucho más angostas y muchas veces la primera línea es también la última. En un simple guiño, en una rápida mirada, es preciso encerrar  toda una historia. El microcuenta se sustenta, pues, en la parquedad de la formulación verbal y en la absoluta excepcionalidad. Escribir lo mínimo, pero constriñendo al lenguaje y hacerlo además con esa precisión y con esa intensidad, de forma que en la mente lectora su denotación sea a la vez amplia, rica y profunda.
En la microficción, los ciento veinte relatos de este volumen de Lilian Elphick, como diría Cesar Aira, suben la apuesta, se lo juegan todo. Pero los riesgos que asume la autora resultan ser a la vez sedante, bendición y estímulo. Sobre todo estímulo para el lector porque la narrativa breve de Lilian Elphick desarrolla al máximo la teoría de la alusión, “to write on the principle of the iceberg” (E. Hemingway). Escritura alusiva o insinuante que afecta al nivel simbólico sumergido debajo del lenguaje, como el iceberg bajo el agua. Microcuentos, pues, que en su dimensión conceptual no dejan asomar más de un tercio de su magnitud, correspondiéndole al lector activo, a su imaginación, la tarea de bucear para descubrir la epifanía de los dos tercios restantes. En algún caso es la propia  escritora la que incita al lector a hallar esa parte invisible del témpano sumergido: “Tigre le ofrece una manzana para que ella sea una, sólo una, pero Fábola es la manzana acribillada de lujuria. ¿Se entiende?”(página 26). Por eso mismo, los relatos de Lilian Elphick son témpanos en la imaginación que ilustran la disimulación, artificio que resulta muy eficaz tanto en los cuentos independientes, como en aquellos otros que forman series (“Diluvio I-V”, “Fábulas”, “Diálogos de tigres” I-X).
Lilian Elphick
Me detengo en estos últimos, en su hilo conductor, tal como lo reconstruye mi imaginación, porque de ese hilo surge una verdadera historia. Los tigres heridos por flechas que no son flechas cualquiera, sino flechas que detienen corazones, enamorados y sueñan sueños imposibles, sin leer a Borges, solo escuchando boleros. O prometen verse de nuevo cuando no dejen huellas y el amor sea un olvido, un dejarse ir. En su último salto en el vacío, sus colas llevan atadas la cuerda de la escritura. Y cuando decidan estar solos y tomar cada uno su rumbo, treparán la pared, pero a la tigresa le costará mucho más porque está preñada de sueños” (páginas 7-16).
En los ajustados parámetros en los que Lilian Elphick concibe sus piezas breves hay, sin embargo, lugar para la fábula, para la reflexión filosófica, para el deseo y para un sutil erotismo, escondido en esos tercios sumergidos de la condensación del hiperbreve. Encierra eficazmente la autora estructuras narrativas completas en muy pocas líneas, diseñadas generalmente  a través de un lenguaje sencillo, conciso, elíptico,  mas sin renunciar por ello a los exquisitos regalos de una prosa primorosa, rebosante de tensión, fuerza, sorpresa, belleza e incluso musicalidad. Prosa torrencial que se amalgama a veces con otro tipo de escritura: sensual, lúbrica, capaz de seducirnos. Es el personalísimo acento de Lilian Elphick expresado lingüísticamente.



Crestomatía de Diálogo de Tigres

Diálogo de tigres III
“Luego de caminar por las extensas planicies de la escritura, los tigres llegan al río del silencio. Ahí se bañan y olvidan que están hechos de tiempo y de sangre. A sus pieles mojadas se adhiere la palabra ’pez’. La tigresa puede nadar debajo del agua a gran velocidad; el tigre da brincos contra la corriente. Juegan a acariciar burbujas.
-¿A quién le contaremos nuestra historia?- pregunta ella.
-¿Cuál historia?- pregunta él.
Los tigres jadean bajo el sol implacable y sus patas se hunden en la arena. Tienen sed. Saben que morirán si no encuentran una mano que morder, aquella que los escribe en la mitad de la noche”.

Fábula del tiempo
“Fábola y Tigre han decidido tomarse un tiempo. Él es el primero en beberlo. Ella tiene un poco de miedo, pero Tigre la incita a coger la copita y tragarse el líquido de una sola vez.
-Amargo
-Más bien ácido.
-Como el limón.
- Pero con un toque de cicuta.
- Oh, sí.
Y así hablaban hasta que el tiempo surte efecto. Los devora de inmediato, sin el trivial acto de canibalismo.
Fábola y Tigre se miran. Son un par de desconocidos en la enormidad de las praderas amarillas”.

Sic gloria transit mundi
“Y cuando despertó, Dios le dijo. «Quiero que estés en el pesebre». Entonces el dinosaurio fue y se acomodó como pudo entre la vaca y el burro. El Niño nunca más olvidó esa bucólica escena.

Final feliz
“Nos amamos desde el lugar de las palabras; el deseo era una escritura que iba y venía, ataviada de un presente compacto.
Nos amamos con furia, siempre indagando en la perversión que tiene toda historia ficticia.
Nos buscamos en libros y cartas; fuimos el papel y la tinta, unidos por ojos que nos leyeron.
Por eso lo maté: para amarnos más y eternizar el mejor de los finales”.

Balada de la piedra
“Qué  curioso es ver el viento en su transparencia de pelo revuelto. Y qué inquietante esta inmovilidad inquebrantable frente al mar convulso, y las agujas de agua fatigándome, los pequeños crustáceos cerca de mi, arriba de mi, silenciosos y activos. Qué decir de las gaviotas graznando asesinatos: me abraza la sangre que poco a poco se evapora. El pañuelo voló hace mucho.
Y por ser piedra, lloro”.
(Lilian Elphick, Diálogo de Tigres, paginas 9, 27, 42, 100, 111)

miércoles, 6 de julio de 2011

MICROSUEÑOS HECHOS PALABRAS

Microsueños
María Elena Lorenzin
Ediciones Asterión, Santiago de Chile, 77 páginas.

Desde la antípodas australianas, vía Singapur, me llegó hace unas semanas este pequeño pero exquisito obsequio literario. Su autora, María Elena Lorenzin. Argentina de Jáchal, con residencia en Adelaide (Australia del Sur). Enseña lengua y literatura española en la Universidad de Flinders, donde, sin duda, sus alumnos y alumnas levitan con sus sueños convertidos en primoroso verbo español.
Setenta y cinco relatos recompilados en un pequeño volumen dan fe del dominio superlativo que la autora posee sobre el arte de la compresión, en el género de la recompensa inmediata. A María Elena Lorenzin, cualquier cosa o pequeño detalle le provoca una historia que su imaginación convierte en sueño y su habilidad con la lengua en hermosas palabras que nos ayudan a nosotros a recuperar nuestros sueños.
Puede ser el viejo reloj que un día se queda dormido y se despierta aterrado, sin que nadie hubiera reparado en el pequeño retraso. Pueden ser los zapatos que solo esperan la hora de marchar, metáfora del inamor, o el cazador que, frustrado por no haber logrado cazar ninguna pieza, se sitúa a la sombra del manzano, se queda dormido y nunca tuvo mejor caza, pero ahora no sabe qué hacer con Eva. Sueños en blanco y negro, reflejo de vidas anodinas. Hasta sueñan los koalas, sueñan que tienen alas que les permiten volar, pero el golpe a tierra les quiebra esos miembros soñados.
Sueños de escritores a los que les falla la memoria, porque acarrean demasiadas soledades juntas. ¡Hasta cien años de soledad! O de ángeles con alas ortopédicas que les obligan a renunciar a su condición angélica. También sueños encerrados en jaulas para que no se nos escapen.
La fantasía de María Elena Lorenzin se entretiene así mismo con realidades cotidianas. Son unos zapatos, un gato, una rana, una liebre que saltan de los microrrelatos de un joven escritor y le hacen soñar que pertenece a esas especies animales, pero hay días que se siente gata y eso le preocupa. O los consuelos de la mujer infeliz a la que el Espíritu Santo la gratifica con maltratos maritales solo los fines de semana y feriados.
María Elena Lorenzin
Y así hasta la página final, derrochando imaginación, ingrávidas y agudas ocurrencias, juegos de palabras… porque la autora, aunque se alimenta de sueños, no se le escapan los manjares de la fantasía, ni precisa robarlos para vivir y no morir de anemia.
La brevedad, la concisión, el ingenio que fluye  a borbotones, marcan la línea de esta antología de relatos breves, escritos con un personalísimo acento. María Elena Lorenzín, desde la brevedad, homenajea al idioma. Su dominio de la gramática del microrrelato (títulos que ejercen eficazmente su función orientadora, economía lingüística, núcleos diegéticos explícitos o implícitos altamente condensados) suscitan en el lector la sorpresa, la sonrisa, la placidez y el deseo de elaborar su propia historia a partir de las bellas condensaciones de esta perseguidora de sueños, contratada  incluso para atrapar pesadillas.


Crestomatía de Microsueños

Atrapada
“La mujer intentó con mucho esmero construir un enorme cazador de sueños. El suyo sería diferente de todos los que había conocido en su larga vida. Consumió años en la búsqueda de sus preciados materiales, plumas de quetzal, de cacatúas, de kiwuis, pero le faltaba la imprescindible: la pluma de águila. Su cazasueños aguardaba ahí, en el centro, incompleto. Un día, debilitada, decidió terminarlo aún sin la pluma de águila. Desde entonces, en algunos de estos atrapasueños se puede vislumbrar en el fondo la silueta de la mujer”

El secreto de confesión
“Esto de ser mujer y encima virgen, es algo tremendo, te lo puedo asegurar, María Magdalena. No se lo deseo ni al más pintado. Fíjate que ni siquiera figuro en los diccionarios. En los altares soy segundota, primero está siempre el Hijo y los santos y demás beatos. La virginidad pasó a la historia. Tú sí que tienes posibilidades”

DefiSueños
“El sueño de Dios es un sueño eterno. El de los hombres un eterno sueño”

Allium ascanolicum
“La escogió con esmero, ni tan grande ni tan pequeña que no pudiera cumplir su función. Cuando llegó a casa, sin hablarle, la tomó con las dos manos y comenzó a quitarle el ajustado ropaje. Finalmente, después de mucho forcejeo, el hombre la cogió con voluptuosidad y la puso así desnuda como estaba, encima de una gran tabla en la mesa de la cocina. Ella no pudo hacer nada, sólo hacerlo llorar mientras la picaba con destreza de un chef”

Estatua
“Que hoy me caguen las palomas. Que hoy no me caguen las palomas. Que hoy no me caguen las p…”
Consecuencias
“Se casaron un lunes de luna llena. Ahora no saben qué hacer con tantos lunares.”

(María Elena Lorenzin, Microsueños, páginas 11, 28, 34, 47, 49, 57)

lunes, 23 de mayo de 2011

EL PERRO QUE COMÍA SILENCIO

El perro que comía silencio
Isabel Mellado
Editorial Páginas de Espuma, Madrid 2011, 126 páginas.

La autora, Isabel Mellado, es una ciudadana chilena becada para estudiar con el Concertino de la Orquesta Filarmónica de Berlín. Actualmente comparte su espacio vital entre Granada y otras ciudades europeas en cuyas orquestas actúa con frecuencia como violinista.. En su debut como narradora en solitario, los pentagramas, filigranas y arpegios musicales dejan su impronta en la trama de algunos de sus relatos breves y quizás también en las melodías formales, especialmente en las numerosas sinestesias que convierten su estilo en una constante armonía, no exenta, sin embargo, de solos y de solistas que nos tramiten el placer de la lengua. Porque también en prosa es dado hacer arte con las palabras.
Isabel Mellado articula su opera prima, esta antología de textos de recompensa inmediata, en tres partes:”Mi primera muerte”, “La música y el resto” y “Huesos”. Las dos primeras se nutren de prosas en las que la autora deja constancia de sus sueños, su especial relación con la realidad y las querencias de su profesión como música.
Los quince relatos de la primera secuencia están transitados por un cierto animismo: los objetos y los animales hunden sus raíces en una esencia semejante a la nuestra. Así el cuento que le sirve de rótulo al libro: el perro bautizado como Croqueta, pero al que todo el mundo llama chucho, que reflexiona sobre el significado y veracidad de los silencios humanos. No olvidemos que sus silencios preferidos son los de los huesos y los de los enamorados, que huelen a bistec y a anhelos, mientras que los de los cónyuges son turbios y estrechos. “Carne de espejo” es la historia de amor entre el protagonista y su espejo, al que trata como su alter ego, como un ser humano. A veces, más que reflejarle, se vacía en él, se hunde en su carne, lo siente, lo suplanta. En “Cuatro horas al cubo” la escritora reflexiona sobre los cambios de identidad en función de los acompañantes y de los trenes que se toman. Y es que cuatro horas al cubo dan para ser algo y su contrario, en una terapia, como si mudásemos de piel. En “Eternidad 77 x 53” nos compadecemos de una Gioconda vencida por el cansancio de tantos siglos de soledad, “Mona solita como la una”. Tan derrotada está, que ha aprendido a dormir con los ojos abiertos. Paradigma, pues esta Gioconda, de la absoluta soledad, a pesar de tantos visitantes y admiradores, algunos incluso celosos y posesivos. Destaco, por último en esta primera parte  los relatos “Me enamoré de un pez” y “Ombligo o(m)bligar”. El primero nos enfrenta con una prosa surrealista que radiografía ciertas historias de amor y de sexo: sin darte cuenta, te acuestas con alguien resbaladizo como un pez. Al final, comprendes que no queda nada, solo una historia de sábanas y de escamas. El segundo es un “divertimento”  sobre los ombligos. Lavar  el ombligo produce vértigo, ya que es como enjabonar el origen. Múltiples son sus anatomías: pentatónicos, herméticos, quijotescos, en los que, al escarbar, no solo se halla hollín, sino también viejas corcheas, minutos que se creían perdidos, lágrimas fosilizadas.
En los relatos de la segunda parte, aflora la pluma eminentemente musical de Isabel Mellado. Son todos ellos protagonizados por músicos, instrumentos o notas musicales. Un brevísimo esbozo de dos de ellos, muetra su peculiar aire de familia. En “La nota larga”, Isabel Mellado nos permite conocer al violinista que ha perdido a su esposa y toca sin parar – la nota larga -, como si pretendiese enseñarle piedad a Dios. “El concierto (La otra historia)” nos acerca a la experiencia sentida, sufrida y gozada de los músicos de una orquesta, antes y después del concierto. Sus horas previas preñadas de miedo, de rituales (“nada de café, ni de sexo, eso si, la patita del conejo en el bolsillo”). Después, el tránsito del miedo al gozo catártico, al concluir la sinfonía.
El libro se completa con una tercera parte, prescindible a mi juicio, compuesta por una constelación de frases cortas, catalogables entre el aforismo, la greguería y el haikus. Algunas ingeniosas (“El que ríe último, ríe solo”). Otras que en mi non han sido capaces de dejar la huella de ninguna emoción.
Isabel Mellado
En una valoración del conjunto de esta narrativa breve de Isabel Mellado, yo diría, ante todo, que no estamos ante relatos excesivamente narrativos. Lo más importante en la mayoría de estas prosas no es la carga diegética, el mundo ficticio que constituye la historia narrada. Tampoco la condensación. Isabel Mellado apenas acepta el reto del microcuento, del hiperbreve. Encerrar estructuras narrativas completas en muy pocas palabras. Su acento personal, con el que pretende conseguir del lector el efecto perseguido, lo esconde bajo el manto de la invención, de su hacer literario entre lo melifluo y lo melancólico y en el que las referencias musicales y los hallazgos formales (metáforas, sinestesias, comparaciones insólitas) construyen un juego poético que nos produce asombro, una lágrima o una sonrisa.