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jueves, 13 de julio de 2017

DESDE EL OTRO LADO DEL ESPEJO




En tierras de ficción
Recorrido por la narrativa contemporánea.
De Edgar Allan Poe a Evan Dara
Robert Saladrigas
Menoscuarto  Ediciones (Ed. Cálamo), Palencia, 2017, 411 páginas.

   En el año 2013, Robert Saladrigas (Barcelona, 1940) publicó en esta misma editorial y colección el volumen recopilatorio de sus artículos de crítica literaria y ensayos que habían visto la luz con anterioridad en varios medios barceloneses. Para ceñirse a la extensión razonable de un volumen de estas características, se decantó por “uno de los caminos reales de la ficción contemporánea”. Ahora publica  un segundo volumen paralelo al anterior y que bucea igualmente en la ficción moderna y contemporánea ampliando el campo de su procedencia: a textos extraídos de La Vanguardia, se unen otros que fueron publicados en otros medios (Revista de Libros, TeleXpres Literario y El País).  Otra novedad es que en esta recopilación aparecen artículos o reseñas sobre libros de autores españoles y latinoamericanos (Max Aub, Camilo José Cela, Luis Goytisolo, José María Guelbenzu, Jorge Luis Borges, Julio Cortazar, Pablo Neruda, entre otros).
   Noventa y siete autores le dan vida a este segundo volumen. Abre las puertas del libro un “clásico”: Edgar Allan Poe. Las cierra Evan Dara, “uno de los autores posmodernos americanos”. Un apéndice, prescindible desde mi punto de vista, que apareció publicado originalmente en la revista Quimera y que recoge un amplio diálogo entre Robert Saladrigas y José María Guelbenzu, moderado por Fernando Valls, sobre cómo entender y practicar la crítica literaria, clausura la publicación.
   El propósito del libro, además de homenajear a autores predilectos, es el de contagiar el entusiasmo por la lectura literaria, por la magia de la lectura de obras de escritores de nuestro tiempo repleto de incertidumbres, a lectores de nuestro tiempo y a potenciales lectores de generaciones futuras.
   La publicación se estructura en cinco secciones que representan otras tantas tradiciones literarias. Y en su conjunto, viene a ser una buena representación de referencias literarias imprescindibles, no solo para “letraheridos”, sino también para lectores corrientes.
   Sería descabellado dudar de las capacidades de discernimiento literario de Robert Saladrigas, un crítico muy experimentado, uno de los analistas españoles más conspicuos e independientes, poseedor además de una amplia información que transmite al lector; no la información de una publicación académica especializada, sino la que corresponde a un periódico que conjuga contenidos esenciales y amenidad. Además Robert Saladrigas conoce por dentro el mundo de la ficción, ya que él mismo es autor, desde los años 70, de varias piezas de narrativa ficcional como Memorias de Claudi  M. Broch (1986), Premio de la Crítica, o El sol de la tarda (1992), Premio Sant Jordi y Joan Cruxells. Pero en este libro, como en su día hiciera Henry James, trabaja desde el otro lado del espejo y, desde ese envés, ve los textos literarios con ojos independientes y no supeditados a intereses editoriales. Mas sin excluir por ello la admiración y el entusiasmo de un lector privilegiado.
   Por eso mismo, en ambas publicaciones de Saladrigas hallamos criterios claros para acceder a obras fundamentales de la narrativa moderna y contemporánea. Es por ello que, de cara al lector, cabe entender este libro como brújula orientadora entre la vorágine  de publicaciones de nuestros días, de universos ficcionales que quizás superen a un lector corriente -el mismo Saladrigas confiesa haberse sentido vencido por más de un título, entre ellos el Ulises de Joyce-.
  Son indiscutibles la calidad y sutil penetración, acompañadas por la amenidad, con las que Robert Saladrigas nos familiariza con algunos de los grandes maestros de la prosa moderna y contemporánea, especialmente con aquellas novelas por las que siente una atracción irresistible, porque expresan la ambición de conquistas, una supuesta totalidad posible que no significan un debilitamiento  de la lectura crítica, sino su reforzamiento. Al margen de normas y supuestas reglas para ejercer la crítica literaria, ya que en el mundo del arte no hay reglas, y así mismo a  años luz del mito de la autocomplaciente objetividad, el crítico barcelonés pretende entender las claves del ejerció escritural de cerca de un centenar de escritores; dejar constancia de las sensaciones que en él, como lector, han producido y trasladárselas a otros lectores. Ese es en el fondo el porqué de la existencia del crítico, y también la de esta publicación, porque los libros aquí analizados, aunque sea en textos de hace treinta años, son imperecederos.

Francisco Martínez Bouzas

                                                
Robert Saladrigas

Fragmentos


MALCON LOWRY (1909-1957)

Bajo el volcán

“Nacido en Inglaterra, Malcom Lowry murió ahogado en mezcal y barbitúricos a los 48 años de edad –el juez de la pequeña localidad de Ripe, en East Sussex, dictaminó: «muerte por desventura»-, eligiendo la única forma de morir que resulta aceptable para un hombre contemporáneo enfermo de lucidez: afirmando por última vez su voluntad de ser frente a la impetuosa corriente de lava que escupe el volcán de la vida y que, por supuesto, acabará arrastrándolo. Diez años antes, en 1947, Lowry había conseguido difundir una gran novela que contenía las claves de los ritmos ocultos de su vida y su destino. Se dice que Under The Volcano fue aclamada por la crítica e ignorada por el público. En cierta manera es lógico. ¿A quién seduce la oportunidad de asistir  a los misterios de la pasión -calvario incluido- de un hombre que es a la vez víctima y verdugo, protagonista y testimonio de una tragedia existencial y por consiguiente colectiva?”

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RAYMOND CARVER (1938-1988)

Principiantes

“He aquí una histórica reparación literaria que debería abrir un sustancioso debate. Un día recibimos perplejos la noticia de que Raymond Carver, icono de lo que se conoce por realismo minimalista, no fue exactamente lo que se nos hizo creer que era, sino la inspiración de un editor de talento -a su vez escritor- llamado Gordon Lish (Hewlet, Nueva York, 1934). El caso es ejemplarizante. En la primavera de 1980 Carver pasó a Lish, editor de ficción de Esquire, una colección de cuentos recientes. Este se empleó a fondo en la tarea de remodelarlos según su criterio. Así mutiló los textos en más de un cincuenta por ciento -trabajo de cirugía fina-, modificó los finales de diez de ellos (de un total de diecisiete), cambió los nombres de algunos personajes (por ejemplo Mel por Herb), los ordenó por secuencias, rehusó poner al volumen el título del penúltimo de los relatos, «Principiantes» («Beginners») y lo sustituyó por una frase del texto, aquella que decía De que hablamos cuando hablamos de amor (What We Talk When We Talk About Love, 1981), sin duda el libro más famoso de Carver y que mejor ha definido el código estético fundamentado en el despojamiento y la gelidez.”

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EVAN DARA

El cuaderno perdido

“Imposible decir ni averiguar quién es, de dónde procede  o dónde para el estadounidense que se hace llamar Evan Dara, autor de tres novelas, El cuaderno perdido (The Lost Scrapbook, 1995) (Editorial Pálido Fuego) The Easy Chain (2008), cuya traducción está programada para 2016, y Flee (2013) que se tiene el proyecto de que aparezca en español en el 2017. Esos son los datos que se conocen. Evan Dara forma parte de la generación de Jonathan Franzen o David Forster Wallace, fieles a la vocación experimentalista de autores de referencia como Thomas Pynchon, John Barth, Donald Barthelme, Richard Brautigan o William Gass, pero por encima de todo al magisterio de William Gaddis, el símbolo más sólido y radical del posmodernismo literario norteamericano. Ahora bien, el inconveniente de Dara -interesa no perder el prólogo de Stphen J. Burn de la Universidad de Glasgow- es que sus tres obras nunca han sido bendecidas con los atributos comerciales de los libros de Franzen. No obstante, Dara, a quien acabo de descubrir con franco alborozo, creo que con toda certeza bien merece ocupar un lugar destacado en el canon de la novela norteamericana que para algunos supone algo parecido a la palabra Evangelio para los católicos.”

(Robert Saladrigas, En tierra de ficción, 94-95, 361, 373-374)

jueves, 27 de agosto de 2015

RUMBOS DE LA CRÍTICA LITERARIA





      La palabra “crítica”, al menos en las principales lenguas occidentales, tiene el significado de “examinar, analizar, discernir, evaluar o dictaminar”. La excepción es seguramente el alemán, idioma en el que el término “crítica” arrastra una carga semántica peyorativa o despectiva: evaluar equivaldría a devaluar, y dictaminar, a emitir una condena, lo que dificultó la labor de críticos como Lessing o Marcel Reich-Ranicki que se comprometieron a hacer alegatos a favor de la crítica como institución, defendiéndola y luchando por su reconocimiento, a pesar de que, en opinión de Reich-Ranicki, la crítica alemana “languidece y se consume lentamente”.

   Por mi parte siempre pensé que el crítico, el que es verdaderamente crítico, practica un género de opinión con la finalidad pragmática de orientación del lector. Mediante el empleo de bases e instrumentos de delineación literaria, el crítico orienta su labor crítica hacia la emisión de un juicio orientativo más o menos profundo, claro y explícito que ilustre al lector sobre las bondades o maldades de un determinado producto literario.

   La crítica, como elemento decisivo e imprescindible en cualquier forma de vida intelectual, como apunta Reich-Ranicki; nunca debería de estar en crisis ni ser cuestionada. Entrará en crisis si deja de ser crítica y se convierte en otra cosa. Hace apenas tres meses, la narradora Sara Mesa publicaba un breve artículo en El País  que hace saltar todas las alarmas: “Todo está en crisis, dicen, y la crítica literaria no se salva de la quema. La inmediatez periodística, las reglas del mercado -¡los libros son mercado!-, las condiciones de trabajo -no pagar, o pagar muy poquito-, todo contribuye a que muchos críticos hoy día critiquen sin leer. O más bien, sin leer el texto -el libro-, pero sí lo que viene a llamarse el paratexto -la solapa, la contraportada, la nota de prensa, las entrevistas y las críticas previas- , a ver qué dijeron otros antes, a ver por dónde va la cosa.” Por cierto, algo similar, aunque con una connotación totalmente positiva, escribió Virginia Woof del crítico romántico William Hazlitt: “Es uno de esos raros críticos que han pensado tanto que pueden prescindir de la lectura.”

   En este estado de cosas, me parece oportuno recordar algunas de las funciones o caminos que se le han atribuido a la crítica literaria, o que se le han propuesto como rutas. Así como formas -algunas canónicas, otras no tanto- de practicarla. Un texto de referencia será la obra  Sobre la crítica literaria que Marcel Reich-Ranicki (1920-2013), conocido como el “papa de la crítica alemana”, escribió en 1970, traducida al español y editada el pasado año por la barcelonesa Editorial Elba. Los juicios de Reich-Ranicki como crítico  eran temidos por editores y escritores, entre ellos Günther Grass, Martin Walser o Peter Handke.                                                                          


   Comienzo por los llamados por Reich-Ranicki “los domingueros de la crítica”, es decir, la crítica sumamente benevolente. Reseñas o comentarios que aparecen, por lo general, en los suplementos de fin de semana y en ellas  sus autores se dedican a describir elogiosamente las obras de sus amigos o colegas, o las de las editoriales con las que tienen una especial relación, cayendo en la sobrevaloración desmedida y en la impertinencia del elogio inmerecido. Ya en 1755 detectó este tipo de crítica Christopher Friedrich Nicolai: “Los errores de la crítica -escribía- no han sido ni de lejos tan dañinos como los elogios que se prodigan los autores entre ellos”. Lo haría más tarde Robert Musil  que en 1933 se quejaba de que se ha dejado la crítica de libros en manos de gran parte de literatos que se elogian entre sí. “Sociedades de elogios mutuos”, llamaba a este tipo de crítica Kurt Tucholsky. Y similar es la tesis de Georg Lukács: “En general para el escritor una «buena» crítica es aquella que lo elogia a él o censura a sus rivales; una «mala» crítica, la que reprocha algo a él o favorece a sus rivales”. No todo el mundo, sin embargo, está de acuerdo  con la falta de objetividad profesional de un escritor a la hora de ejercer cómo crítico. Menciono, por ejemplo, a un prestigioso crítico español, Robert Saladrigas, cuya opinión reproduzco en uno de los fragmentos conclusivos.

   En el polo opuesto, al menos en términos lingüísticos, si situaría la llamada crítica negativa, cuyo representante más emblemático es precisamente Marcel Reich-Ranicki, aunque la legitimidad de tal postura a la hora de criticar libros ya fue defendida entre otros por C. F. Nicolai, Goethe o  Friedrich Schelegel: “La crítica es el arte de matar en la literatura lo que vive solo en apariencia”.  Es verdad que las críticas de Reich-Ranicki destrozaron a algunos libros, El tambor de hojalata de Günter Grass entre otros. El judío polaco, crítico de cabecera del Frankfurter Allgemeine Zeitung, escribía en realidad y como norma general críticas ponderadas, con un marchamo individual y subjetivo, como cualquier otro crítico, pero no ocultaba la obligación del crítico, y él la ponía en práctica,  de “diagnosticar epidemias y expedir partidas de defunción”. Y en efecto, muchas de sus críticas fueron demoledoras, pero otras muchas, elogiosas, entre ellas a un libro de Günter Grass, Encuentro en Talgte (1979). Reich-Ranicki creía en la misión profiláctica de la crítica y para ello comenzó a criticar libros diciéndole a la gente de forma simple y llana lo que pensaba de un determinado libro. No obstante, en la elevación de su gusto subjetivo a un juicio de valor estético, nunca cupieron  ni el varapalo gratuito, ni la ambigüedad elusiva, ni las reseñas abstractas, ni tampoco la cortesía ecuménica.

   
                                                     


 Otro de los rumbos que marcan las rutas de algunos críticos, es el comentario contracanónico o desacralizador, que está tomando carta de naturaleza en nuestros días. Vienen a mi mente el libro de Frédéric Beigbeder, Último inventario antes de liquilación y el más reciente, Libros peligrosos de Juan Tallón. F. Beigbeder comenta de una forma personal, libre y desacralizada, frecuentemente con frivolidad, inconsecuencias y humor (“para superar el efecto intimidatorio que producen las grandes obras de arte”) los cincuenta libros del siglo XX escogidos por los lectores de Le Monde y FNAC. Quizás obras maestras, pero que, a su juicio, odian ser respetadas, prefieren vivir, es decir, “ser leídas, machacadas, contestadas, manoseadas.” Mucho más inteligentes, aunque no exentas de una mirada cínica y a veces un poco golfante, son las cien reseñas que Juan Tallón hace de otros tantos libros. Comentarios muy lúcidos, más también desacralizados, desenfadados, escritos con mucha chispa, mas también con rigor, que tienen la virtud de poder encerrar en una sola línea o en un par de ellas la esencia de una obra (“La escritura de Carver transita por pasadizos inciertos y hábilmente accidentados”, “Cada comienzo de sus relatos es una invitación a temblar” -escribe sobre Catedral de Raymond Carver, una misa para muchos.)

   Y entre unos y otros nos situamos aquellos que estamos unidos por el común denominador de pretender ser intermediarios entre el libro y los lectores, ofreciendo nuestro punto de vista, juicios siempre subjetivos, huyendo a la vez del ajuste de cuentas y del slogan que se puede apreciar en solapas, contraportadas o bandas con las que las casas editoras pretenden ganar lectores. Los textos de Fernando Aramburu y Armando Requeixo que reproduzco, señalarían esos rumbos.


Francisco Martínez Bouzas


Textos


“Detesto las normas, los cánones y los consejos vengan de donde vengan. ¿Quién los dicta, desde qué pretendida altura y con qué propósito? Lo que es útil para uno puede no serlo para otro. ¿Qué tiene en común Updike con Edagar Allan Poe, con Foster o con Coetzee? Cada uno representa un concepto distinto de la estética literaria. En el mundo del arte no hay reglas. Por fortuna es un espacio de libertad que es, o debería ser, de libertad absoluta. Por otro lado, no creo en el mito de la objetividad. ¿Desde cuándo he de ser objetivo ante una tela de Matisse o leyendo e intentando desentrañar los significados de un poema de Verlaine? Y ¿quién mejor que un escritor para intentar, eso sí, mediante un ejercicio de honestidad, entender las claves de otro escritor?”

(Robert Saladrigas, Entrevista concedida al diario Público, 26 de octubre de 2013)

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Ignacio Echeverría

“¿Cómo han reaccionado sus amigos ante críticas demoledoras?

Nunca reaccionan bien. Dependiendo de la categoría humana del escritor, hay quien se lo toma con deportividad y hay quien no te lo perdona. En este sentido, el plano en el que resulta más difícil sostener la independencia del crítico es personal. Un crítico, al fin y al cabo, es un tipo que circula en el medio literario, que es pequeño. Si eres crítico, hay cierta apuesta por la misantropía. Cyril Connolly, en Enemigos de la promesa, lo formula muy bien. Un crítico solo puede serlo hasta los treinta y pico años porque, a partir de entonces, el tejido de las relaciones que tiene en el mundo literario le impiden ejercer su independencia, ya no por un problema intelectual sino por un problema moral y afectivo. Pero creo que eso se puede sostener, todo depende de habilidades propias.”

(Igancio Echeverría, Entevista concedida al diario Público, 22 de noviembre de 2012)



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Quien se pronuncia públicamente sobre el trabajo de otros y no lo encuentra todo bello y bueno provoca que otros se froten las manos, pero de inmediato levanta la sospecha de ser un tipo malicioso que se deleita en enmendar la plana a sus congéneres.

En todas partes, es decir, también allí donde se reconoce plenamente la importancia de la crítica y se ve en ella un elemento decisivo de cualquier forma de vida intelectual, se la trata con cierta susceptibilidad, con un malestar más o menos encubierto; la relación con aquellos que critican o que incluso han hecho de la crítica su oficio no está en ninguna parte exenta de resentimiento y desconfianza. «Porque, del mismo modo que, para convertirse en un autentico mendigo, el más rico de los aspirantes deberá desprenderse de hasta el último centavo, así nadie podrá tampoco iniciarse como un autentico critico si no dilapida antes todas las buenas cualidades de su espíritu; lo cual, tal vez, aun por un precio menor, podría considerarse una mala inversión», afirmó Jonathan Swift en torno al año 1700.»

(Marcel Reich-Ranicki, Sobre la crítica literaria, Editorial Elba, Epílogo de Ignacio Echeverría, Barcelona, 2014, 144 páginas)



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“¡Basta ya de purismos! Sólo cuatro letras separan esta palabra del puritanismo. Aunque sepamos que en arte la competición no existe («Lo hermoso no devora lo hermoso. Ni los lobos ni las obras maestras se devoran entre sí», Victor Hugo dixit) nada nos impide divertirnos un poco clasificando, comparando, enfrentando entre sí a algunos genios que, en vida, se declararon frecuentemente la guerra. Un crítico es un lector como los demás: cuando da su opinión, favorable o desfavorable, sólo se representa a sí mismo, y ni siquiera eso, sólo a una de sus múltiples facetas contradictorias.”
(Frédéric Beigbeder, ¨Último inventario antes de liquidación, Editorial Anagrama, Barcelona, 2002, página 13)

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“Hace tiempo, José Martí Gómez me preguntó delante de cincuenta personas, por redondear, si los escritores éramos todos gilipollas. Ni siquiera dijo «casi todos», para salvarme. Me cogió en calzoncillos, y me derrumbé entre la multitud. Confesé que, si no todos, al menos en mi caso se podía afirmar que sí. Lo era. En cierto sentido es importante ser un poco gilipollas y creerse el mejor escritor del mundo, aunque  esa categoría no existe. Necesitas, muchas veces, perseguir sombras para llegar a algún lugar. Esa fe y constancia en tus sueños pueden ayudarte a alcanzar los puestos del medio. No es poco.”
(Juan Tallón, Libros peligrosos, Larousse Editorial, Barcelona, 2014, página 12)

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Fernando Aramburu

“Merece algo más que aplauso, merece agradecimiento el crítico que hace apetecible las obras valiosas; aquel que no se limita a descifrarlas con adusta terminología de profesor, sino que se toma la molestia de transmitir entusiasmo, humanizando generosamente sus textos críticos por la vía de exponer una parte de su condición de lector sensible; aquel, pues, que explica con precisión y claridad las razones por las que considera que una obra determinada repercute positivamente en él. Nada de lo cual es compatible con eslóganes del tipo: «lean sin falta la novela, no se la pierdan» y demás clichés del redactor de reseñas metido a mercader. Ni con la dejación intelectual de quien, para ponderar la calidad de un autor, menosprecia a otros. Ni con el lanzamiento de cohetes artificiales del tipo: «el mejor de su generación, el más grande de su época» y demás hipérboles de improbable demostración que, además, contribuyen a difundir y fijar los tópicos.”
(Fernando Aramburu, “Crítica de la crítica”, artículo publicado en el periódico El País el 13 de julio de 2013).

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“El crítico literario es un lector autorizado, que tiene una competencia lectora superior que proviene de su experiencia y / o conocimientos técnicos en la materia. Su visión del texto literario se sirve de elementos de descripción científico-literaria pero puestos al servicio de la emisión de un juicio de valor, de una valoración más o menos subjetiva del texto. La suya es, por lo tanto, una crítica inmediata, una crítica pública cuya misión es, fundamentalmente, la de informar y analizar panorámicamente, pero también la de valorar -con argumentos y justificación, por supuesto- los textos a los que se refiere, pues en la orientación del potencial público reside buena parte de su razón de ser.”

(Armando Requeixo, Tradución de un párrafo del trabajo “Crítica literaria galega: problemática y actitudes”, publicado en la revista Grial, octubre-diciembre, 2005, páginas 123-127)

lunes, 4 de noviembre de 2013

UN RELATO SOBRE UN SIGLO DE NARRATIVA CONTEMPORÁNEA



De un lector que cuenta
Impresiones sobre la narrativa extranjera contemporánea
De Thomas Mann a Jonathan Franzen
Robert Saladrigas
Menoscuarto Ediciones, Palencia, 2013, 296 páginas.

   La pertinencia del título de esta reseña sobre el libro de Robert Saladrigas  se deriva de las propias palabras del autor en un prólogo de esos que no le sobran a ninguna publicación porque la iluminan con luz propia y majestuosa, me atrevería a decir. Escribe en efecto Robert Saladrigas: “(…) este libro sobre los tejidos del arte de la narrativa contemporánea se fundamenta en su propio relato. Para ser más preciso, es en sí mismo un relato” (página 15). Y después de recordarnos que fue desde niño un lector cegado y rotundamente anárquico, concluye el crítico literario barcelonés expresando la fortuna que ha tenido a lo largo de su vida, de disfrutar de miles de historias imaginarias extraídas de la lectura. Y que desde finales de los años sesenta, y casi sin darse cuenta, se descubrió escribiendo en la prensa diaria y en semanarios sobre literatura, o mejor dicho, sobre sus lecturas de la literatura.
   Fruto de esta pasión por la crítica literaria periodística que Soladrigas diferencia acertadamente de la académica, son cuatro décadas de crítica literaria, una prestigiosa trayectoria de comentarista literario en la prensa diaria que aparecieron en periódicos catalanes como Tele/eXprés (desde finales de los sesenta) y La Vanguardia a partir de 1981.
   El volumen que comento, reúne una selección personal de artículos, críticas y ensayos publicados en este último medio (Suplemento “Libros” y “Cultura/s” en los últimos treinta años), con excepción de algunas introducciones para los libros del Círculo de Lectores.
   Una recopilación que aglutina ochenta y nueve textos, sin ninguna pretensión canónica, correspondientes a lúcidos comentarios sobre novelas, cuentos y libros de ensayo de la autoría de sesenta narradores que desplegaron su obra desde los inicios del siglo XX hasta la actualidad. Una sugerente y muy útil guía de lectura que encauza al lector por una de las sendas reales y más fructíferas de la ficción contemporánea.
   El panorama personal de Robert Saladrigas de la narrativa extranjera moderna y contemporánea se halla distribuido en seis secciones, al margen sin embargo de criterios cronológicos.
   Así pues en este volumen que edita Menoscuarto, Robert Saladrigas, autor él mismo de ficción como Memorial de Claudi M. Broch (1986) que se hizo merecedor del Premio de la Crítica, trabaja, como en sus día hiciera Henry James, desde el otro lado del espejo y elabora desde ese envés textos críticos o simplemente divulgativos en los que amalgama el rigor de unos de los críticos españoles más conspicuos e independientes, con una abundante información para el lector; no la que correspondería a una publicación académica, sino a un periódico. A todo eso se añade un valor impagable: la amenidad.
   La calidad y la sutil penetración de Saladrigas, con la que el autor se acerca a algunos de los grandes maestros de la prosa moderna y contemporánea, significan no un debilitamiento de la lectura crítica, como escribió José Ángel Valente en 1988, sino su reforzamiento. Huyendo de normas y reglas para ejercer la crítica literaria -en el mundo del arte no hay reglas- y sin la autocomplaciente creencia en el mito de la objetividad, R. Saladrigas pretende comprender desde la honestidad las claves del ejercicio de no pocos escritores, las sensaciones que le han producido obras de autores, imprescindibles del siglo pasado como Thomas Mann, Hermann Broch, Robert Musil, Willian Faulkner, Thomas Bernhard, E. Hemingway , Saul Bellow, Italo Calvino… así como de notables autores actuales ( W.G. Sebald, Claudio Magris, J. M Coetzee, Anthony Powell, Cormac McCarthy, Philip Roth, Don DeLillo, Alice Munro, Ian McEwan, Patrick Modiano, Michel Houllebecq, entre otros).
   Soslayando influencias, buscando libros que sobre todo remueven por dentro, reivindicando el derecho a equivocarse, Robert Saladrigas nos acerca de una forma amena y documentada a algunas de las obras literarias más significativas del siglo pasado y del actual. Un volumen pues imprescindible para no extraviarse en uno de los caminos más reseñables y fructuosos de la narrativa actual y en la del siglo XX. Es el relato de Saldrigas que comparte cada semana con sus lectores y ahora también en este libro.

Francisco Martínez Bouzas

 
 
Robert Saladrigas


Fragmento

MICHEL HOUELLEBECQ (1958)
El mapa y el territorio

“¿Por dónde empezar? Es lo que plantea,  a la hora de hacer balance, una poderosa novela de clara ambición global, cosmogónica o como se la prefiera llamar, de un autor -por supuesto deicida- que suplanta a Dios, no para hacer suyo el reto de construir un mundo, sino para diseccionar el que tenemos en su progresivo declive, con el propósito (visionario) de predecir que se encamina hacia el triunfo (absoluto), si bien no apocalíptico -como sucedía en La carretera de Cormac McCarthy- de lo vegetal sobre lo humano. El autor es Michel Houellebecq (isla de la Reunión, Francia), y la obra El mapa y el territorio (Le map et le territoire) (Anagrama), su última novela con la que obtuvo el Premio Goncourt del 2010.
En contra de lo que cabría suponer en una obra de tal magnitud que parece no imponerse límite ni restricción alguna, no hay  pasajes crípticos en el texto. Por decirlo de una manera llana, se lee con la fluidez y las expectativas de una novela de género, apasionada, cuyo ritmo, pese a la densidad conceptual, no desfallece en tramo alguno del recorrido. El mérito debe atribuirse a la formidable construcción del artefacto literario, que nunca cruje, y a la alta calidad de la prosa, que mantiene el mismo pulso de la primera a la última línea. Ahora bien, El mapa y el territorio es una de esas novelas de gran calado que, no siendo polifónica pero sí poliédrica, en la que conviven géneros diversos y sus respectivos afluentes, rechaza que, tras la experiencia de su lectura, sea condensable para otro futuro lector. Es como si exigiera de forma imperativa -insolente- ser leída tan solo, sin admitir más opciones.”

(Robert Saladrigas, De un lector que cuenta, página 285)