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martes, 14 de diciembre de 2021

VIVIR A CONTRAFÍO

En las catacumbas

Evangélica memoria

Xavier Alcalá

Ézaro, Santiago de Compostela, 2009, 471 páginas.

(Libros de siempre)

 

  

 

 

    En las catacumbas es el segundo volumen de la Trilogía evangélica (Evangélica memoria) que en clave ficcional y a través del discurso narrativo, permite recuperar las voces hasta hace muy poco marginadas u olvidadas, como la de los protestantes gallegos en las épocas de la  Guerra y de la posguerra. Ellos y ellas, con leyes o sin leyes, se vieron obligados a vivir a contrafío, en las catacumbas, como topos en las toperas. La Trilogía tuvo su inicio en lengua gallega con la novela Entre fronteras y concluiría con Unha falsa luz. Su autor, Xavier Alcalá, un acreditado y experto narrador del sistema literario gallego, creador de algún de los “best-sellers” o  “long-sellers” como él prefiere calificar a su obra quizás más conocida, A nosa cinza.

   Con este magno proyectó, Xavier Alcalá se sumó a aquellos escritores y estudiosos que pretenden recuperar la memoria, el mejor antídoto contra la barbarie. Hasta no hace mucho, daba la impresión que las tramas de la Guerra o de la posguerra en Galicia o bien no interesaban, o existía un acuerdo tácito entre los escritores de no remover en el asunto. No obstante, la tendencia parece haber cambiado en los últimos años y muchos discursos de la narrativa gallega más reciente, de forma semejante a la que se escribe en catalán, euskera y castellano, nos empujan para que se produzca un compromiso con la historia y con la verdad.

   En esta línea se sitúa la  trilogía memorialística de Xavier, Alcalá, y en particular la presente publicación. En la misma, sirviéndose del mismo protagonista de Entre fronteiras, personaje arquetípico, suma de tantos “herejes” anónimos y olvidados que resistieron la intolerancia religiosa del franquismo, Xavier Alcalá recupera una década de resistencia de los evangélicos gallegos que soportaron estoicamente los años duros del hambre y convivieron, sin renunciar a su fe, en una villa rebosante de fanáticos franquistas y guerrilleros ateos.

   El autor, en efecto, coloca a su protagonista en un lugar aislado, al norte de la provincia de A Coruña. Él, su familia y la comunidad evangélica de la que se convierte en guía, quedan anclados en el medio del fuego cruzado de los dos bandos: los fanáticos de franquismo (falangistas, guardia civil, clérigos corruptos e inquisidores, beaterío), y por otra, los guerrilleros comunistas que pretenden adoctrinarlos en su ateísmo. La navegación por este mar tenebroso convierte la novela de    Xavier Alcalá, a la vez en un relato testimonial de una epopeya de resistencia y en una verdadera novela de aventuras.

    

                                                


                                           Xavier Alcalá

 

   La acción avanza a buen ritmo, hilvanando los avatares y resistencia de los evangélicos con los acontecimientos sociales y políticos de España y de Europa, como por ejemplo la promulgación del “Fuero de los Españoles”, la “Ley de sucesión”, o la visita a España de Eva Perón. Y entre todos esos acontecimientos, los protestantes condenados a vivir  sin decir que existían. Hasta que el dragón muestra su verdadera naturaleza: la conspiración de las sotanas y del beaterío que intenta poner a la gente en contra de ellos.

   En las catacumbas es una novela sólida, de largo recorrido, en la que no sobran historias, ya que en el fondo estamos ante una novela de aventuras, con intenciones testimoniales, que precisa nutrirse de historias. Mas una cierta poda de reiteraciones y ramificaciones haría que el relato ganase agilidad. No obstante todo eso, este ejercicio narrativo convierte la intrahistoria en historia, historia “inventada”, aunque con base real, extraída sobre todo de las conversaciones que el autor mantuvo con los ancianos de la comunidad evangélica. La novela permite una lectura grata y placentera, debido a la maestría narrativa del escritor, a su dominio de los  registros lingüísticos, a la perfecta reconstrucción de ambientes, a la pericia en la creación de personajes arquetípicos. Y del mismo interés temático de una trama que sigue ahí, en las catacumbas de la memoria que es preciso recuperar. Es una deuda con los que en otro tiempo fueron silenciados.

 

Francisco Martínez Bouzas

 

martes, 15 de diciembre de 2020

MEMORIAS DE ADRIANO

Memorias de Adriano

Marguerite Yourcenar

Traducción de Julio Cortázar

Edhasa, Barcelona, 2005, 376 páginas.

(Libros de siempre)

 

   

 

 “Bajé esta mañana a la casa de mi médico Hermógenes…”  Estas son las palabras introductorias de una obra clásica de la literatura del siglo XX; un verdadero paradigma de esa novela histórica que pretende ser mucho más de los que habitualmente se entiende, o se entendía en el siglo XIX, por novela histórica; es decir textos melodramáticos o folletines de capa y espada. Para Marguerite Yourcenar la novela histórica debe sumergirse en un determinado tiempo recuperado y tomar posesión de un mundo interior. Es esta una de las razones del éxito de estas Memorias de Adriano.

   La gestación de esta autobiografía apócrifa constituye por sí misma una verdadera aventura, un acto de creación, entendido como lucha interminable en la que la autora empleó docenas de años, desde 1924 a 1951. Fue una frase de Flaubert, leída repetidas veces la que encendió la llama y la pasión por el acto creador: “Cuando los dioses ya no existían y Cristo todavía no había aparecido, hubo desde Cicerón hasta Marco Aurelio un momento histórico único en el qie solamente estuvo el hombre”. Marguerite Yourcenar -lo confiesa ella misma- pasará la mayor parte de su vida seducida por la necesidad de definir y después retratar a ese hombre solo y sin embargo emparentado a todo el mundo exterior de su tiempo. Y fue en la figura de un hombre, no en la de una mujer, en la que Yourcenar condensa sus obsesiones, porque la vida de las mujeres es para la autora más limitada, demasiado secreta. Una mujer no puede hablar de sí y, si lo hace, se le echa en cara que no es  mujer.

   En esta excepcional novela histórica, por clasificarla en algún subgénero, un hombre en efecto habla de sí mismo. De ahí que Memorias de Adriano sea algo así como el fotograma de toda una vida. Escrita en primera persona para evitar cualquier mediación, incluida la de la propia autora, Adriano habla de sí mismo y de su vida con más firmeza y sutileza de lo que nadie lo podría hacer. Es por eso que más que novela histórica Memorias de Adriano es el descubrimiento de la identidad y del interior de un ser humano que divisa la vida desde la situación del mejor cuidador de enfermos terminales, pero con la muerte llamando a su puerta. Es entonces cuando le concede audiencia a sus recuerdos para recuperar, por ejemplo, los olores de las carnes asadas, el ruido de las ollas al ser sustraídas en las celebraciones del ejército.

   Recuperamos pues la memoria de un emperador que solamente muy tarde se dio cuenta de que era divino y que pensaba que el amor es una gloria, un misterio y también un juego, el único juego que amenaza anular el alma, y el jugador se abandona necesariamente al delirio del cuerpo.

   Novelar la vida de un hombre que llegó a ser emperador sin acto de adopción, sin nacer en Roma en contra de la tradición oficial, simbiosis del ascetismo y del hedonismo, que posee una imagen del mundo basada en la humildad, en la felicidad y en la libertad, y que se considera superior a la mayoría de los humanos solamente en una cosa: en el hecho de sentirse  al mismo tiempo más libre y más sumiso que nadie.

                                     

                                 Marguerite Yourcenar
                                     

 

 Y como paño de fondo, Roma, crisol pero también hoguera, la prueba visible de los cambios y reinicios de la historia, el lugar del universo donde la humanidad vivió de forma más tumultuosa. Como final de una obra maestra, una frase ciertamente redonda en forma de deseo y testamento: entrar en la muerte con los ojos abiertos.

   Leer Memorias de Adriano, escrita por Yourcenar con una escritura diáfana que avanza sin resistencias y sin sobresaltos, y es capaz de detallarnos, sobre todo la aventura interior de un hombre solo y sin embargo vinculado a todo, sigue siendo todavía hoy un privilegio y un orgullo imposibles de cuantificar.

 

Francisco Martínez Bouzas

 

miércoles, 28 de noviembre de 2018

HUÉRFANOS Y HUMILLADOS DEL SUBPROLETARIADO



Una vida violenta
Pier Paolo Pasolini
Monte Ávila Editores, Caracas, 284 páginas
(Libros de siempre)

   

   Una vida violenta está considerada como la novela que ocupa la cúspide de la narrativa de Pier Paolo Pasolini. Y como uno de los principales títulos de la narrativa de posguerra. La novela es sin duda una de las más poderosas representaciones de la realidad, porque el  escenario narrativo que nos ofrece Pasolini, en la construcción de un mismo  drama, lo encontramos todo: el día y la noche, los actores y sus sombras, el deseo y la frustración. Y todo eso lo logra Pasolini haciendo del lector testigo de las peripecias, romances, desengaños y tragedias de Tommaso Puzzilli, un joven que vive en una barriada de barracas de Pietralalata, en la periferia de Roma. Él, junto con sus compañeros, convive con el hambre y con la delincuencia, diseña y realiza robos, se prostituye, y se envilece a cada paso que da con comportamientos cada vez más violentos y embrutecedores. Y cuando el amor llama a su puerta y se convierte en la oportunidad de redención, no la puede aprovechar porque su pasado delictivo o la tuberculosis no le permiten proyectar un rayo de esperanza sobre su existencia.
   La obra de Pasolini es ante todo un texto fundamentado en la veracidad. Su fuerte carga de expresiva verosimilitud proviene del hecho de que los episodios descritos están extraídos de la vida diaria de un grupo de delincuentes de Roma en los años cincuenta; ambientes marginales que Pasolini conoció en toda su crudeza.
   Es así mismo una novela de formación que muestra el crecimiento interior del personaje principal que llega a transformarse de pequeño delincuente en un chico maduro y responsable del barrio INA Case. Y es finalmente una novela con grandes dosis autobiográficas porque está sacada  de las experiencias vitales del autor.
   
                                              
Pier Paolo Pasolini
   
                                                 

    Con relación a la técnica narrativa, es preciso anotar que Pasolini, en pleno respeto de la verosimilitud, deja que sean sus personajes los que hablen, sin intervenir con juicios valorativos explícitos ni con moralidades, pero situándose detrás de los mismos. El resultado es una narración con una focalización interna múltiple ya que las acciones llegan a los ojos lectores filtradas por los mismos personajes. El lenguaje es el apropiado para la recreación de la vida marginal: dura, violenta y a veces incluso obscena, escabrosa y mal hablada. El idioma que escuchaban y hablan todos los días los huérfanos y humillados del capitalismo de posguerra.

Francisco Martínez Bouzas

martes, 20 de noviembre de 2018

CONTRA EL UNO


Discurso de la servidumbre voluntaria
Étienne  de La Boétie
Traducción y estudio preliminar de José de la Colina
Editorial Tecnos, Madrid, 160 páginas
(Libros de siempre)

   

   El Discurso de la servidumbre voluntaria o contra el UNO es un acto de escritura acometido hace más de cuatro siglos por un joven estudiante de apenas dieciocho años, nacido en el seno de una familia acomodada, circunstancia que le permitió escapar del analfabetismo en un momento en el que las naciones-estado europeas se hallaban en su máximo auge, y en una época de apogeo de las monarquías absolutas. Fue así mismo contemporáneo del desarrollo de las estructuras administrativas en Francia, que establecen una nueva forma de gobernar: el arte de la servidumbre voluntaria, en la que probablemente pensaba Michel Foucault cuando definía la actitud crítica como “el arte de la inservidumbre voluntaria”.
   Son múltiples los aspectos merecedores de nuestra admiración en este breve ensayo y que conviene destacar. Entre ellos, la erudición y la solidez argumental, sobre todo si se tiene en cuenta la juventud de su autor, que impresionará a Montaigne que quiso conocer de inmediato a Étienne de La Boétie, al que por cierto rinde homenaje en sus Ensaios. La precoz genialidad, tanto del autor como de su texto, hizo que uno de los más ilustres comentaristas del mismo, Pierre Clastres, se preguntase si La Boétie no sería en el pensamiento político lo que Rimbaud era en la poesía. Otro rasgo que llama la atención es la actualidad de un texto, no solamente precursor intelectual y germen del anarquismo, sino también de los actuales movimientos sociales de la desobediencia civil y de la resistencia pacífica. Reseñable así mismo es el sólido y erudito alegato que La Boétie supo ver en el hecho de la dominación política, sin duda uno de los problemas fundamentales de las relaciones humanas.
   Las sociedades humanas se hallan surcadas por estructuras de poder que cristalizan en lo que Edgar Morin llama el tercer nacimiento del hombre: la máquina estatal entendida como “monopolio de la violencia física legítima” (Max Weber). Tal maquinaria estatal se transformó en las sociedades históricas en instituciones absolutistas, como los reyes y emperadores, hasta el punto de que en el siglo XVI, para la conciencia de los occidentales, tener fe, tener leyes y tener rey era el criterio de distinción entre las sociedades civilizadas y las salvajes.
   El Discurso de la servidumbre voluntaria es claramente un discurso político y sobre la política, ya que presenta la cuestión de la autoridad  sobre el pueblo y analiza las razones de las relaciones de dominación y de servidumbre. Aunque la época de La Boétie se halla muy alejada de la fundamentación contractualita del poder (la dominación derivada de un contrato entre personas libres), sus ideas prefiguran, no obstante, ese contrato social al invitar al lector a estar vigilante, teniendo siempre la libertad como referencia.
   La Boétie expresa con el lenguaje de los lógicos de su tiempo (con definiciones negativas y por lo mismo incompletas) este mal desorbitado: la irrupción de lo inhumano (el poder absoluto) en lo humano. Solamente nos dice de lo que no depende. Sin embargo, varios de los grandes lectores del Discurso de la servidumbre voluntaria corrigen esa ambigüedad, haciendo hincapié en  la promesa utópica de la “Tríada”, una reforma social basada en la igualdad más absoluta (Pierre Lerroux), o afirmando que la libertad voluntaria no es una utopía y la alienación no es necesariamente un destino (Pierre Clastres).
   Escribió Norberto Bobbio que toda la teoría del pensamiento político puede ser dividida en dos grandes territorios, según donde pongamos el acento: bien en el deber de obediencia civil, bien en el de resistencia, en el que es preciso inserir  la desobediencia  civil, en su significado de no consentimiento con la ley, con la finalidad de demostrar públicamente su injusticia. La desobediencia cívica, pasiva o activa, es un concepto moderno, nacido en el siglo XIX. Pero no cabe duda de que El discurso de la servidumbre voluntaria participa de esta modernidad, puesto que nos incita a rebelarnos contra el tirano. El lector de nuestros días de Étienne de La Boétie sabe que las tiranías de nuestro tiempo no solamente se encarnan o toman la forma de personas, sino que se incrustan sobre todo en las instituciones y mecanismos que dominan este orgulloso mundo global tan injusto.
    
                                                
Étienne de La Boétie
    

   La misma modernidad que el lector encuentra cuando La Boétie hace coincidir el republicanismo y el derecho natural. Si bien el autor renuncia a ocuparse directamente de la “controvertida cuestión”, república o monarquía, no tiene ningún reparo en preguntarse si la monarquía es merecedora de jugar algún papel, puesto que es bien difícil creer que tenga nada de público un tipo de gobierno donde todo es de uno. He aquí pues algunas razones que no substancian la genialidad y la actualidad de este breve texto, pero que pueden servir de acicate para leerlo una vez más.

Francisco Martínez Bouzas