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domingo, 25 de diciembre de 2016

LOS NIÑOS NO ENTIENDEN LA GUERRA



El agua que mece el silencio
Rose Mary Salum
Vaso Roto Ediciones, Madrid, 2016, 82 páginas

   A partir de los personajes que protagonizan su primera historia, la que le da el título al libro, “El agua que mece el silencio”, y otorgándoles voz y jugando con ellos, Rose Mary Salum le confiere vida a dieciséis cuentos que Vaso Roto Ediciones publicó en España y en México. El agua que mece el silencio es una colección de cuentos interconectados con intervención en varios de ellos de los mismos personajes, y desarrollados en similares escenarios, de tal modo que no sería descabellado leerlos como una novela de cuentos.
   La autora, descendiente de familia libanesa afincada en México, aunque ella reside en la actualidad en Estados Unidos, es una de las escritoras latinoamericanas que han decidido recuperar sus orígenes, y en este caso lo hace recobrando la memoria histórica de muchos acontecimientos traumáticos que tuvieron lugar durante el conflicto de 2006 entre Israel y el Líbano. Sus personajes son, en efecto, adolescentes que se ven inmersos en la guerra de Medio Oriente en el periodo de su despertar erótico y en el de las turbulencias de su mundo interior. Y en ese entrecruzarse  tanto de conflictos externos como internos, se suceden, posiblemente de forma inconsciente, varios contrastes. El territorio de los adolescentes choca con el mundo de los adultos, el mundo de la paz, con el de la violencia, “lo que los niños creen y lo que les imponen creer, el despertar sexual de un niño frente a un mundo donde está presente la muerte”.
   Si existe un propósito consciente y subyacente en esta amalgama de cuentos, no es otro que el intento de de reflejar la mirada de un niño que se está abriendo al mundo y lo percibe por primera vez. El niño deja al margen la guerra, la política. Lo que realmente le interesa reflejar a Rose Mary Salum es la visión que ese niño tiene del mudo en el momento en el que toma conciencia de su existencia en un contexto de gran violencia.
   El tema central en el que pivotan, de una forma u otra, todos los cuentos-novela de Rose Mary Salum es, como ya quedó apuntado, el enfrentamiento bélico entre Líbano e Israel, percibido desde la perspectiva de los niños de ambos bandos, víctimas de sus consecuencias, pero sin lograr entenderlas, ni tampoco el porqué del conflicto. En efecto, un grupo de niños en las puertas de la adolescencia, desconocedores de que son víctimas de un conflicto bélico provocado por los adultos, se ven de pronto arrojados en medio de la violencia, heridos por el  dolor, por el desarraigo y con un futuro cargado de interrogantes. Pero las distintas historias también se pueden leer como la narración del despertar adolescente, un despertar sexual con el descubrimiento de sí mismos, sus fugaces amoríos platónicos, su cotidianeidad sencilla e inocente frente a un mundo convulso en el que están arrojados.
   En el primer relato la voz narrativa es la de un niño judío amigo de Ismael, igualmente niño pero musulmán, que reproduce en su conciencia el frenesí de un bombardeo. El niño musulmán es alcanzado por una bomba que le arranca las piernas. Yace en el suelo pero nadie le socorre. El niño judío grita inútilmente pidiendo ayuda, pero sus gritos rebotan en el agua de una pecera. Los únicos ruidos que se escuchan, son los del agua que mece el silencio. En el segundo relato, “Alguien me llama”, es la voz del niño musulmán la que nos introduce en su historia alterada  por su mundo onírico: sueña que está en un barco azotado por un temporal, y ahora las bombas son las incesantes trombas de agua. Todo el mundo chilla como en un bombardeo. En el tercer cuento. “Tuberías”, un niño presencia un control policial en el que registran a una mujer, la madre de su amigo Alberto. La fantasía infantil metaforsea a agresores y víctimas, especialmente a un policía judío al que percibe como una serpiente bífida. En “La hora”, otro adolescente hace referencia a la escuela, a las clases a las que odia. En una de ellas, muy cerca de su pupitre se sienta Ivette. Ella le mira y el corazón le sube  a la boca, y junto con las pantorrillas y los senos de la profesora, alteran su libido, y así deja de interesarse por la historia y por la guerra.
   La mayoría de los demás relatos desarrollan su diégesis  por cauces semejantes: protagonizados por adolescentes, por voces inocentes, con amores platónicos que cambian al pasar de las páginas, rodeados de gritos, de carreras, estallidos, locura, terror en las pupilas, baños de sangre y en un crisol de creencias en ese martirizado Medio Oriente y más en concreto en el Líbano. Sin embargo, en “La tía”, el relato que clausura la colectánea, la trama prescinde de la voz testimonial infantil y un narrador omnisciente nos traslada al pasado de Zeina, una mujer a la que una bala alojada en sus cerebro le cambió radicalmente la vida, sumergiéndola en el agujero negro de la demencia. El narrador recrea los hechos importantes de la existencia de esta mujer: su boda gracias a una dote sustanciosa, el ambiente familiar, hijos enfermos, un marido posesivo. Su forma de pensar y de ser al margen de los chismes y banalidades, capaz de llamar  a las cosas por su nombre. Un infame proyectil fue su desdicha y, en su obsesión por contar las cosas, causa escozor entre los que la rodean. Finalmente, el descanso secreto de los hijos con la muerte de Zeina, nunca aceptada, excepto una vez muerta.
   La estrategia narrativa de la autora se sirve en la mayoría de los relatos de la voz infantil  y lo hace en primera persona porque su uso le facilita la posibilidad de colocarse en la situación vital del personaje, ser como su voz vicaria. La autora, emplea generalmente una tonalidad intimista porque le interesa mucho más el acontecer de los mundos interiores que el de las geografías externas. En algunos relatos, principalmente en aquellos en los que la voz infantil cede el paso a la adulta, los textos se visten de un moderado lirismo. Una constante en la mayoría de los relatos es el juego de oposiciones de contrarios: la confrontación de Eros y Tánatos; el sueño de una madre y de su hija por ir a Jerusalén, aunque con intereses y caminos separados: la madre irá a conocer el huerto de los olivos y la hija visitará el muro de las lamentaciones. En el caso de un niño, la madre le enseña unos rezos y el padre otros.  La confrontación, en definitiva, de culturas y credos religiosos.
   En todos los relatos el silencio actúa como mudo protagonista. Todos callan ante el conflicto bélico. Silencio a nivel internacional, silencio de comunidades de distintos credos religiosos. Mutismo así mismo de los niños ante lo que supera sus razonamientos: la realidad violenta que les rodea y que no entienden. Un silencio omnipresente que expresa el doloroso aturdimiento de los personajes ante una absurda violencia.

Francisco Martínez Bouzas
               
                                                  
Rose Mary Salum

Fragmentos

“Observo a la gente que corre entre los ruidos sordos de las banquetas. Allá cerca del horizonte, en donde la tierra se esconde del cielo, veo el fuego. Mi abuela dice que el cielo y la tierra tienen sus diferencias, pero esto es algo más, y yo sin poder moverme, flotando dentro de este cristal de aumento que convierte mi cuarto en una cámara de vacío, en un océano que vibra callado.
Mis ojos se encierran. Nado hacia la ventana y recargo mi incertidumbre sobre la cornisa. Veo a la gente circulando, mujeres con niños en los brazos, personas moviéndose encorvadas por el miedo.
Regresa la sensación de parálisis, como de una descarga eléctrica en las rodillas. A lo lejos veo a Ismael corriendo, creo que se acerca, de seguro que ya se enteraron. Su madre viene por delante y lo toma abruptamente de la mano. Ella no trae el velo ¿por qué? Jamás la había visto sin él. Su cabello es muy largo y de color rojizo. Es hermoso. Con razón Ismael insiste en que no lo use.”

…..

“Cuando oscurece y me quedo solo en mi recámara, miro  a mi alrededor y veo los ojos de una serpiente que se arrastra por la alfombra, su cabeza está cubierta con una capota de policía. Sus ojos fulguran igual que los brillantes que mamá guarda en su armario; parecen los de un gato y buscan mi mirada. De su hocico cuelga un pedazo de velo de una mujer. La tela es de color durazno y unas hojas de parra adornan sus bordes. De pronto el reptil asciende por la pata de la cama y se desliza a través de mi colchón. Se acerca. Mi corazón se inflama y se pone redondo como las bombas que estallan  a diario. Ahora siento que tengo una alcancía dentro de mi cabeza y que las monedas me golpean con fuerza. Trato de arrancar la tela de su boca. El animal se enfurece dilatando su pecho hasta que en un instante duplica su tamaño. Me levanto alarmando y salto de la cama porque quiere arrancar un pedazo de mi pierna. Corro hacia el armario y trato de cerrar la puerta, pero es inútil porque el animal recupera su forma de culebra, se desliza y no me permite cerrarla.”

…..

“Zeina, mujer perchero, mujer mesa, mujer invisible. Zeina, la personalidad de una silla, el carácter de un marginado, la voz de Sherezade. Zeina, nombre de contadora de cuentos, voz de melodía, colega de la imaginación desbordada.
Su locura fue diagnosticada el día que llegó a su casa tras su operación y contó su primer cuento. Sin más rodeos que una buena historia, aquel invierno comenzó  a relatar los eventos más extraordinarios. La familia poseía entonces un consorcio económico gracias a la comercialización de las banquetas del centro histórico  -solider, como lo habían bautizado después de la guerra civil- y las avenidas principales de la ciudad. Lidiaban con la gente de clase más baja y con las mafias más recalcitrantes de la urbe, pero el dinero sobraba y al final eso era lo importante. El día que Zeina salió con el primer hombre y contó sus historias, Ivette y el resto de sus sobrinos fueron los primeros en escucharla y celebrar su imaginación. Pero muy pronto, una sombra oscura cubrió su territorio cuando tuvo a mal confesar que eran «las voces» las que le dictaban tal o cual suceso. En un principio sus comentarios pasaron desapercibidos, pero al cabo de un tiempo, la gente comenzó a volcar su odio contra ella cuando dentro de esos relatos encontraban su propia imagen satanizada o ridiculizada.”

(Rose Mary Salum, El agua que mece el silencio. Páginas 10-11, 21, 78-79)

sábado, 9 de julio de 2016

"ANSINA": POEMAS DE HOY EN LA LENGUA DEL EXILIO



Ansina
Myriam Moscona
Vaso Roto Ediciones, Madrid, 2016, 71 páginas

   Columpiada, como ella escribe, en los siglos que se mecen entre el ladino y el español, Myriam Moscona nos ofrece un poemario excepcional por muchas razones. La primera y más obvia, por el hecho de que está escrito en judeo-español, el idioma hablado por las comunidades judías, descendientes de los hebreos que vivieron en la Península Ibérica hasta 1492, y fueron expulsados por los Reyes Católicos después de la apoteosis de la conquista de Granada. El ladino, una lengua sin patria ni academia durante más de quinientos años, pero utilizada todavía hoy por 150.000 hablantes. Tras la expulsión, los sefardíes españoles fueron recibidos en su mayoría en el Imperio otomano por el sultán Bayecid II. Otros se establecieron en Marruecos, Holanda y algunos países de la Europa central, llevando consigo su lengua que, excepto en algunas características específicas como el empleo ocasional del léxico hebreo, no difiere mucho del español de la época, aunque también es posible identificar el influjo de otras lenguas y dialectos peninsulares: gallego, catalán, portugués, asturiano…Actualmente el ladino tiene presencia en comunidades de Latinoamérica, en países como México, Cuba, Colombia, Bolivia, Brasil. También en Israel y Turquía que acoge a la comunidad sefardí más numerosa.
   A una de estas comunidades establecidas en México pertenece Myriam Moscona, hija de una familia búlgara sefardí. Poeta de amplia trayectoria, narradora y traductora al inglés, pretende con Ansina (Así es) recuperar sus señas de identidad, no solo a través de la memoria, sino también por medio de los biervos (palabras) que la unen, en simbiosis, a la vez afectiva y estética, con sus ancestros. Porque la lengua también es una patria, quizás más patria que el mismo territorio.
   Por ese motivo, escribe Myriam Moscona su poemario en ladino, con excepción del exordio y los epígrafes que preceden a cada una de las cinco partes del libro. Conviven, de este modo, en los poemas de Myriam Moscona dos grandes protagonistas: la función estética inherente a la lírica y esa lengua que nos permite retroceder al “tiempo que tiembla”, en afortunada expresión de Juan Gelman. Es convincente el razonamiento que la autora hace en el exordio para justificar el empleo del ladino: hay cosas que solamente pueden ser dichas en una lengua y no en otra, ya que “la connotación lúdica del asombro coloquial perdería su huella”. El ladino le permite a la poeta enlazar con la dimensión del tiempo: un espacio más íntimo, familiar y `primitivo. Leemos pues en ladino, no los temas tradicionales de la poesía sefardí, sino los argumentos de siempre, incluidos los de la poesía actual. Como podemos leer en uno de los poemas de Ansina, “no se topa la lingua / solo para servir / kantikas o para enlazar /ermanos / la lingua sirve / para el rakonto / de estreyas / para studiar / insektos…” (página 54).
   Poesía de hoy rebosante de cotidianeidad (la muela del juicio, por ejemplo), pero también de humor y hondura sentimental, amorosa. Estructurada en cinco grandes secciones, pautadas por epígrafes de Marcel Proust, Edmond Jabés, Zohar Libro del Esplendor, Albert Einstein y Marcel Cohen.
   La primera parte, “De empolvaduras”, es el recobro evocativo de la memoria personal y familiar, la recordación de los seres queridos como la figura paterna (“kizo / facer de mi / una / leona”); las recomendaciones maternas (“el amor eterno / no es un bomboniko de dulsor”, página 22 ). En la segunda sección, “De morideros”, rescata la poeta, en versos nostálgicos, a aquellos que “se fueron / con prestor”: el padre, la madre, recuperadas sus voces (“vozes / vinieron / empués / tomaron ayre” (página 35); a las dos madres que siente hablar (“en distintas / kantikas /avlan las dos”, página 41). En la tercera parte, “De kreaziones i undimientos”, nos regala la poeta  el único poema escrito en prosa: la letra beth: el muro: “la forma que tiene la primera letra de la kreazion”. Myriam Moscona echa mano de la sabiduría rabínica y nos propone  reordenar juntos el olvido para mejor morir en la lengua santa.
   Una cita de Albert Einstein introduce al lector en la cuarta sección, “De sensya”. Myriam Moscona evidencia que también el ladino puede ser lengua de la ciencia, y esta, sobre todo la "matematika", puede ser convertida en poesía, y conectarnos con el ojo de Dios que “mos amasó con shejina (principio femenino de Dios  en hebreo). Finalmente, la última sección, “De eskrivideros”, es una reflexión sobre la escritura y el habla, los biervos (palabras) con los que la poeta crea sus “kantikas”. Bellos poemas como “Serrada” o “Klaze de djudeo-espanyol”, preñados de montajes interactivos de varios sonidos y de anáforas en los comienzos versales sobre todo.
   Advierte la autora de la profusión de la letra “k” y la explica debido a razones históricas: muchos de los judíos expulsados de España en el siglo XV se refugiaron en el imperio otomano. El ladino se escribía entonces con letras hebreas. Pero el presidente turco Kamel Ataturk, en su afán de occidentalizar Turquía, impuso el alfabeto latino. Y la lengua turca obligó a la escritura judeo-española a pasar por la misma criba.
   Poemas muy  contenidos porque el vocabulario limitado obliga a la poeta a la concisión. Pero un poemario que es memoria y testimonio de una lengua hermosa que está muriendo. Solo memoria y testigo. No rescate, porque las lenguas no se rescatan con libros; son necesarios hablantes que las practiquen a diario, niños que las mamen con las caricias  maternas, que las valoren, las amen y las usen a diario.

Francisco Martínez Bouzas
                                                   
Myriam Moscona

Selección de poemas

De trokamientos

“trokar al kojo manko
trocar  al manko surdo
trokar al surdo siego
trokar al siego tuerto
trokar al tuerto en ojo
trokar al ojo en rizas
trokar la riza en lavios
trokar la boka en linguas
trokar la lingua en bezos
trokar el bezo
en tus de tis

korasonatripados
todos tornamos
a trokar al kojo en manko
al manko en surdo
al surdo en tudro
i despues a durmir
i despues a morir
i despues tomar ayre
ke la kreyensa no falta…
ke de la agua
trokada en viento
trokada en polvo
trokada en luvia
                     kontigo trokada

komo gato mojado
tenme te pido agora
en todos tus preziados
tus de tis”

.....

Sodrera

“veremos a ver
si la kavesa
de lenio
entiende kozas
ke el korason
de suyo se guarda”

 .....

Para mejor morir

“raví ben izmir dijo:
si plazieras tu lingua al fuego
         i la lingua no se kemara
si plazieras tu lingua a el agua
            i tu lingua recia kedara
si plazieras tu lingua al viento
         i no se adgirara tu lingua
dunke tenesh una lingua santa
                 i kale morir en ella”

.....

Klaze de djudeo-espanyol
            (El puerpo)

“el kulo es posterior
la tripa es anterior
el bofe es anterior
el rinyon es posterior
el karkanyal está en el pie
el diz en la patchá
los kaveyos koronan la kavesa
la kaniya te sale de los pies
tener korason es por un kardiak
tener ijada es infeksion de urina
la durera es konstipasion
la chuchurela es koza de mal güesmo
el párparo poedes tener serrado
ama el tino siempre abierto
-entenditesh la klaze, pasha?
-i si i no”

(Myriam Moscona, Ansina, paginas 20-21, 26, 48, 65)

sábado, 11 de junio de 2016

DIALÉCTICA EN LOS METALES



Fiebre y compasión de los metales
María Ángeles Pérez López
Vaso Roto Ediciones, Madrid, 2016, 44 páginas

   También la lírica, uno de los géneros mayores de la literatura, lo aprovecha todo, sin excluir de su espinazo a los metales, elementos físico-químicos aparentemente poco propicios para ser cantados por los poetas, con excepción de los metales nobles que tienen nula presencia en este poemario de María Ángeles Pérez López. Existen, en efecto, algunos poetas que han descubierto los metales, o revelado algunas de sus características. Desde  metales sonámbulos o hechiceros en “Noche de metales” de Gabriela Mistral, hasta la Poesía química de María Mendoza Cruz, o Metales pesados de Carlos Marzal, Premio Nacional de Poesía y de la Crítica, un libro de poesía metafísica y meditativa en el que los metales tienen existencia en el título, mas no en los versos y estrofas del poemario. Pero fue, sin duda, Federico García Lorca, uno de los poetas con los que dialoga María Ángeles Pérez, quien, bajo sutiles y tímidas sugerencias o símbolos agudizados y punzantes, asocia los metales con la muerte. Así por ejemplo, en “Romance del emplazado” los ojos del condenado a muerte “…miran un norte / de metales y peñascos, / donde mi cuerpo sin venas / consulta naipes helados.”
   Mas no me cabe duda de que el gran paradigma de la poesía de los metales y de los objetos con ellos relacionados, será este libro de la profesora de la Universidad de Salamanca, María Ángeles Pérez, una poeta que, sin prisas pero sin grandes pausas, nos está obsequiando con una obra poética de espléndida y soberbia calidad. De ese atributo da fe su último libro Fiebre y compasión de los metales, prologado por Juan Carlos Mestre, con un texto que es en sí mismo un hermoso poema en prosa, una alianza con las palabras, con las viejas palabras.
   Son  veintiocho poemas los que le otorgan forma y contenido a un poemario intenso y poderoso. Fuertísima poesía, elaborada con la precisión del minucioso y experto artesano, del platero que trabaja, no con el oro y la plata, sino con el acero o el hierro. Y entre las múltiples lecturas que tienen cabida en Fiebre y compasión de los metales me decanto por las dos palabras axiales del título: “fiebre” y “compasión”, enlazadas dialécticamente, tal como la dialéctica se entiende a partir de Kant. Si la naturaleza de todas las cosas comparte una oposición de contrarios, y ese es el modo de ser de la realidad, los metales y los múltiples objetos que en el poemario se relacionan (tijeras, cuchillo, bisturí, cuchilla, aguja, martillo, guillotina, punzón, hoz, flecha, anzuelo…) existen y proceden en una marcha dialéctica, en una confrontación de dos puntos de vista, de dos principios en lucha. Contradicciones que, a su vez, requieren una resolución o conciliación. Serán la “fiebre” (la violencia, el daño, las heridas…) y la “compasión” (“la sintaxis de lo misericordioso”, que escribe el prologuista), presentes en la mayoría de los poemas, comenzando por el poema que inaugura el libro: las tijeras que “…cortaron días y raíces…los mechones de los niños de la inclusa / y el fino filamento del wolframio”, pero “…que no quieren ser tijeras / y acercan hasta el fuego su pesar / para romperse ardiendo contra el yunque / y al disolver su nombre en los rescoldos / abrir el corazón y sus ventanas” (página 13). Los opuestos, los contrarios, la dureza de los objetos metálicos, y en las entrañas de su mismo ser, el  envés, la compasión, explosiones o al menos destellos de humanidad, piedad y ternura en los objetos acerados. Y ¿la síntesis, la conciliación? La hallamos sin duda en la esencia misma del poema. Cada poema  reasume, conserva y concilia, en su forma y brillante arquitectura, en sus versos bruñidos como el metal, lo que de positivo hay en las contradicciones.
   Porque María Ángeles Pérez usa con acierto la emotividad de las palabras, esa tonalidad afectiva que se adhiere  a su significado ordinario. Palabras, las suyas, dotadas de una especial carga expresiva derivada de ese rechazo (fiebre) o aceptación (compasión). También los metales y los objetos que con ellos fabricamos denotan un poder emocional, referido a su uso tradicional, en el que frecuentemente se les asocia un significado valorativo. Por eso, en estos poemas, hallamos palabras que engloban, posiblemente en cada verso, aspectos de orden afectivo y sensorial constituyendo, por lo tanto un contorno sentimental, un acréscimo que dirían los diccionarios de mi tierra.
   El lenguaje poético de Fiebre y compasión de los metales no es un desvío, ni una violencia organizada contra la lengua común, como defendían los formalistas rusos. El estrato sonoro de los poemas  (métrica y rima versales) son en ellos la fuente de su expresividad literaria. Tampoco impera en ellos la “antigramaticalidad”. Es verdad que su lengua no puede ser catalogada como la norma o el grado cero del castellano en nuestros días. Son poemas que nos sorprenden por la maestría y habilidad de la poeta en el manejo de los metros clásicos, del endecasílabo bien medido, predominante en el libro; por las rimas asonantes, un arte de difícil temple en un tiempo tan a contracorriente de estos algoritmos versales. Poemas en los que alienta la dicción clásica de ritmos compasados y armonías musicales, también algún topoi literario. Mas sin ser esclava la autora de las regularidades formales y sistemáticas, tanto en los poemas como en las estrofas, elegidas no caprichosamente, pero sí con una clara conciencia innovadora.
   La autora usa con pericia, quizás también con esfuerzo porque en los territorios líricos pocas cosas son innatas, los mecanismos de estructuración de la materia poética, aplicando con rigor técnicas lingüísticas, pero sin olvidarse de la sensibilidad necesaria para la apreciación de la belleza estética. Es por ello que los versos de Fiebre y compasión de los metales rebosan “poeticidad”, aquellos que convierte una pieza literaria en un mensaje artístico.
   Uno de los aciertos más destacados del poemario es la perfecta adecuación entre el fondo temático y la expresión lingüístico-literaria, un trabajo rítmico y métrico impresionante, para conformar una isotopía, en la que la omnipresencia de la materia tiene su correlato en las depuradas elecciones lingüísticas, con predominio de los sustantivos, en la musicalidad repetitiva, en la heterometría imperante en algunos de los poemas, en la permanente persecución de la palabra exacta, en la rima asonante equilibrada, tan alejada del ripio, el pecado y la penitencia de los malos poetas, hoy que hasta hay diccionarios de rima on line,
   Más como elogio que como acusación, se ha escrito que los poemas de Fiebre y compasión de los metales orquestan ritmos barrocos. Asiento si ese barroquismo se refiere a la plausible sonoridad, lograda con esa trabajada instrumentación de palabras, versos y estrofas. Pero son ajenas a estos poemas la mayoría de los recursos barrocos: abuso de metáforas forzadas, de cultismos, de términos parónimos. Son contados los hipérbatos, construidos los que hay con leves dislocaciones sintácticas y semánticas (“Siete metros de lava y de ceniza / izaron en Pompeya la desgracia”, página 20)
   Libro construido con. Con otras voces, “en la fulguración de otros lenguajes y otras bocas”, nos advierte la autora. Ecos y complicidad de poetas a los que María Ángeles Pérez cita (Lorca, Alejandra Pizarnik, Juan Carlos Mestre, Álvaro Mutis, Claudio Rodríguez, Nuno Júdice, Agustín Fernández Mallos, Antonio Colinas, Eugenio Montejo, Roberto Bolaño, Ezra Pound, Cesar Vallejo…). Con sus textos y/o incluso alguna circunstancia vital, pero sin llegar a ser intertextos. Tal es el caso de Juan Carlos Mestre, el hijo del panadero, destinado a repartir panes en las calles de Villafranca del Bierzo, y autor del poemario La bicicleta del panadero (“El hacha silba su canción de agravio / y detiene los trenes, los rotores, / las ruedas impacientes de la bici /  en que canturreaba el panadero / su entrega -melodía y cereal, / amor más absoluto que el del trigo-.” página 17).
   Esta es mi modesta y subjetiva lectura, pero reconozco que la riqueza semántica del magma lírico de este libro justifica otras que ya han sido desarrolladas: descubrir una mirada primigenia en los objetos, captarlos representando la vida o las metamorfosis a las que aspiran, las conexiones entre seres vivos (las naranjas y los peces). Pero también las heridas del presente, la violencia del morir, o los mataderos en los que nuestra especie ha convertido la Historia, como rememora la poeta en ese canto elegíaco, “La sinagoga” (“la sala de oración de las mujeres / en despensa de carne desollada / que gotea despacio su temor”, página 15). Todo ello tiene cabida en un poemario de gran expresividad, comprometido con no pocas causas humanas, pero también con la belleza.

Francisco Martínez Bouzas

                                                     
María Ángeles Pérez López
Selección de poemas

El bisturí

“El bisturí inocula su dolor.
En el corte limpísimo florece
el polen que envenenan las avispas,
su aguijón turbulento y ofensivo.
La mesa del quirófano está lejos
de la luz y la tierra del jardín,
su amor desesperado por la vida
y el material mohoso del origen,
lejos de la pasión de los hierbajos
y la piedra porosa en la que sangra
la desgastada edad de las vocales
que escribieron verdad y compañía.

En la asepsia que exige el hospital
el bisturí recorta el corazón
de la página blanca del poema,
la sábana que tapa el cuerpo enfermo.
No queda ni memoria ni alarido,
tan solo un hueco rojo en el lenguaje.
En la mano que empuña la salud
hay sin embargo un corte diminuto,
una línea de sangre y su alfabeto.”
                       con Álvaro Mutis
                       también con Gambarotta

…..

Cada aguja

“En cada aguja gime su puntada
la lágrima metálica que moja
con su piedad, su acero luminoso,
lo quebrado, lo enfermo, lo mendigo.

Su compasión empapa los quirófanos,
la disidencia herida de la piel
que se restaña con cordial violencia
en los guantes quirúrgicos de látex.

Su compasión moja también el viento,
los costureros ralos de la guerra,
las fábricas de lana y zapatillas
los tiempos del agravio y la sutura
para iniciar después la misma noche
en cada noche abierta sin dedal.

Por la lágrima bajan la morfina
y el hilo enrojecido de la sangre
que une el dedo meñique al corazón
como vena que el ojo de la aguja
transformó en hilatura y en vivir.
Filamento de luz en lo invisible,
libélula y metal cada puntada.”

…..

El punzón

“El punzón reconcilia los oficios.
Sobre el cuero y la piel, en la hojalata,
en la lámina ardiente del metal
el punzón atraviesa las tareas,
la matriz que sostiene los objetos
como cobijo firme y silencioso,
expoliación, entrega del vivir.

Percute con violencia amabilísima
en el botón del sastre y su cansancio,
su redonda manera de decir
que noche y madrugada son lo mismo
cuanto canta, agotada, la pobreza.

Percute en las insignias, las medallas,
los  broches que apaciguan su altivez
con el beso de acero, con su herida.
Percute en el troquel del beneficio,
también en las monedas que mancharon
el pan envilecido y harapiento
si lo amasó la usura, y no el amor.

Cuando el lucro emponzoña la mañana
el punzón pide a gritos la alegría
con que las manos aman el trabajo
como el surco que hiere y restituye.”
                              con Ezra Pound

(María Ángeles Pérez López, Fiebre y compasión de los metales, páginas 18, 23, 28)