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miércoles, 22 de julio de 2015

EN EL FALLECIMIENTO DE DOCTOROW



E.L. Doctorow (foto de Mary Altaffer, AP)

  Ayer fallecía en su ciudad natal, Edgard Lawrence Doctorow (Nueva York , 6 de enero de 1931- Ibidem, 21 de julio de 2015), conocido como E.L Doctorow, uno de los grandes escritores anglosajones del siglo XX, referente indiscutible dentro del subgénero de la novela histórica en la que mezcla crítica social. Formaba parte junto con Cormac McCarthy, Philip Roth, Don DelLillo y Thomas Pynchon del quinteto de los grandes narradores norteamericanos de la segunda mitad del siglo XX. Sus veinte obras entre novela, teatro y ensayo fotográfico -la última Andrew’s Brain (El cerebro de Brain, Roca Editorial) se publicó el pasado año- le proyectan como uno de los grandes de la literatura contemporánea. Conocido a  nivel mundial a raíz de la publicación de Ragtime (1975) que sirvió de guión para la película del mismo nombre dirigida por Milos Forman. Otras de sus novelas más conocidas son Billy Bathgate (1989), El libro de Daniel (1971), La ciudad de Dios (2000) o La gran marcha (2005).

   Eterno candidato al Nobel de Literatura, ganó los premios literarios más importantes de su país desde el National Book Adward en 1986 hasta el Premio Faulkner en 1990. En este Cuaderno de crítica literaria he reseñado cuatro piezas ficcionales de E.L Doctorow. Hoy, como merecido homenaje al recuerdo imborrable de la narrativa ficcional de Doctorow, reproduzco a continuación la reseña de El libro de Daniel, publicada el 30 de junio de 2012.





El libro de Daniel

E. L. Doctorow

Traducción de Carlos Milla e Isabel Ferrer

Miscelánea Editores (Roca Editorial del Libro), Barcelona, 2009, 383 páginas.



   Algunos de los críticos más reputados, entre los que cabe citar a Frederic Jameson o Edward Said, han dicho que Ewdard Lawrence Doctorow (Nueva York, 1931) es uno de los pocos y auténticos escritores de izquierdas que existen en nuestro tiempo, si bien las implicaciones políticas de sus narraciones nunca son obvias, claras y contundentes. El libro de Daniel no es una excepción, porque Doctorow es capaz de casar su ideario político (“pensar en términos de lo que es justo e injusto”) con algo que es consustancial  con el mundo de la ficción: la ambigüedad, amago para eludir una literatura panfletaria.  En lo que no cabe ninguna duda es que Doctorow es uno de los grandes escritores del siglo XX en lengua inglesa y que en EE.UU lo consideran un patrimonio nacional. Ganador de todos los premios y eterno candidato al Nobel igual que Philip Roth, Thomas Pynchon o Cormac McCarthy. Él ha sabido reflejar en su prosa, quizás como nadie, la cara oculta de Norteamérica y, bajo esa perspectiva, sus novelas son un sustituto de la memoria colectiva de una nación no carente de mitos a pesar de ser un país ahistórico. Doctorow aborda esos mitos y como efecto colateral los devuelve al terreno de la historia.

   El libro de Daniel (1971) figura en el canon occidental de Harold Bloom y, como muchas de las otras obras de Doctorow, es una recreación literaria de personajes y de acontecimientos históricos. La novela, en efecto está basada en las figuras de Ethel y Julius Rosenberg, condenados a cadena capital por traición (acusados de espionaje) y ejecutados en 1953. Los Isaacson son sus alter ego en la novela, recreación literaria del libro Atom Spy Trials. Ambos formaban parte  de la “Young Communist League”. El origen del juicio que terminó con la condena a muerte, se sitúa en la filtración de secretos nucleares a los rusos en plena guerra fría. Mas el juicio a que ambos fueron sometidos, distó de ser justo. Se buscaba a toda costa chivos expiatorios en un momento en que el ambiente anti-comunista y el miedo, generado por el “Mccarthismo” y la guerra fría, a un inminente  enfrentamiento con la Unión Soviética hacía furor en los EE. UU.

   Paul Isaacson, un pequeño comunista de barrio y reparador de radios, fue capaz, según la acusación, de dibujar complejos y elaborados planos nucleares, reducirlos hasta el punto de poder acomodarlos a la lámina de una radiografía dental y hacérselos llegar a los soviéticos. Los historiadores actuales, sin embargo, en su gran mayoría, están convencidos de que estas acusaciones fueron falsas, pero en su día el Departamento de Justicia hizo que tomase fuerza la imagen de Paul como jefe de espías. Una cita textual, apócrifa por supuesto de Max Krieger, nos permite conocer el punto de vista de Doctorow: “La historia recoge con vergüenza la persecución y la infame condena a muerte en los Estados Unidos de América de dos ciudadanos estadounidenses, marido y mujer, padres de dos niños pequeños, que a lo sumo eran culpables de cruzar la calle imprudentemente por sus ideas izquierdistas sostenidas con orgullo”.

   Sin embargo, la figura central de la novela no son los Rosenberg/Isaacson, sino su hijo Daniel Lewin (apellido del padre  adoptivo). Desde su infancia, su carrera cursada con una beca y su matrimonio con una mujer que lo ama profundamente y la redacción de sus tesis de final de carrera, recuperamos todos sus recuerdos y sobre todo los fundamentales: la vigilancia de FBI a su padre, la detención de sus progenitores, el juicio, el alejamiento y la traición de los amigos, la visita a sus padres en el corredor de la muerte y la crueldad de la ejecución en la silla eléctrica.

   Doctorow escribió esta novela en 1971 y en ella se muestra como una adelantado del fragmentarismo  vanguardista. Su narración es discontinua, se dejan sentir varias voces (abuelas inmigrantes, negros que viven en sótanos, comunistas hippies, policías, jueces, fiscales, judíos ortodoxos…). Una prosa envolvente, pero en esta novela cortada, desquiciada, seca, a veces brutal, violando la gramática, rompiendo párrafos, enlazando múltiples oraciones subordinadas, sin detener la progresión narrativa para profundizar en esta herida abierta y todavía no cerrada, en un país donde la culpabilidad o la inocencia se situaban y se siguen situando en horizontes utópicos.



Francisco Martínez Bouzas



                                       
Ethel y Julius Rosenberg



Fragmentos



Descuartizamiento. Esta particular forma de ejecución era la preferida del gobierno monárquico inglés para todos excepto el círculo aristocrático más cercano, al que se concedía la dignidad de la simple decapitación. Para todos los demás, el método era el siguiente: el transgresor era ahorcado y descolgado antes de morir. Entonces lo castraban y destripaban, y echaban sus entrañas al fuego ante sus ojos. Si el verdugo era misericordioso, extraía el corazón del cuerpo, pero en cualquier caso se llevaba a cabo el último acto del ritual, cortar el cuerpo en cuatro partes, y los cuartos se arrojaban después a los perros. La traición era el delito habitual para este castigo, establecida su definición por los tribunales del rey y a conveniencia del rey”



…..



“Cuando fue vista por última vez, vestía su abrigo negro con el dobladillo suelto y su casquete negro. Cuando mi madre fue vista por última vez, lucía su minúsculo reloj en la muñeca, una muñeca delgada y bonita con su prominente hueso y unas preciosas venas finas y azules. Dejó atrás una casa limpia, y en la nevera un bocadillo de mantequilla de cacahuete y una manzana para la comida. Por la tarde, me tomé la leche y las galletas. Y ella no volvió”



…..





“Tampoco la muerte es lo que parece. Cuando la clase dominante impone la muerte a quienes teme, descubre que la propia muerte pude vivir. Es una paradoja. Ma Ludlow vive. Joe Hill vive. Crispus Attucks vive. Incluso Leo Frank, ¿por qué me viene  a la cabeza Frank colgado de su árbol en Georgia, balanceándose? Pero vale, incluso Frank. Los dos italianos hablan y se mueven y sonríen y levantan el puño en la mente de la historia. Soy su camarada, es a mi a quien hablan, es a mi a quien Sacco dirige su declaración.

Sócrates fue juzgado. Lo declararon culpable. Lo obligaron a beber cicuta. Mediante esta acción, sus acusadores lo elevaron a la vida eterna y se relegaron a la muerte real y a la total oscuridad de los perseguidores de todas partes”



…..



“Pocos minutos después de retirar el cuerpo de mi padre en una camilla, y fregar el suelo, y camuflar el olor orgánico de su muerte con el aroma amoniacal del detergente, condujeron a mi madre a la cámara. Llevaba el vestido gris y amorfo de la cárcel y unas zapatillas de toalla. Sabía que mi padre estaba muerto. En su rostro se dibujaba una sonrisa irónica, estudiadamente serena. Dirigió una mirada tranquila a cada uno de los testigos hasta que apartaron la vista. Algunos, al ver que su mirada se acercaba a ellos, sencillamente la eludieron. De pronto mi madre posó los ojos en el rabino de la cárcel. Era el mismo cuyas atenciones había rechazado durante las últimas cuarenta y ocho horas.

-No lo quiero aquí- dijo (…)

Poniéndose de espaldas a la silla, mi madre rechazó con desdén toda ayuda. Abrazó a la celadora que la había custodiado durante su solitaria estancia  de dos años en el corredor de la muerte de mujeres. Habían entablado una estrecha amistad. La celadora  lloró y salió corriendo de la cámara. Mi madre, todavía con su peculiar sonrisa, se sentó en la silla eléctrica y observó el proceso de sujeción de correas como un pasajero en un avión preparándose para el viaje. Cuando le pusieron la capucha, tenía los ojos abiertos. Cuando accionaron el interruptor, inició la misma danza, enarcándose, zumbando y chisporroteando. Desconectaron la corriente. El médico se acercó al cuerpo desplomado y auscultó el latido con su estetoscopio. Manifestó su consternación. El verdugo salió de su nicho e intercambiaron unas palabras. El alcaide estaba muy nervioso. Los tres periodistas conversaron en susurros apremiantes. El verdugo regresó detrás del muro y volvió a recibir la indicación, y volvió a activar la corriente. Después dijo que la primera «dosis» no había bastado para matar a mi madre, Rochelle Isaacson”



(E.L. Doctorow, El libro de Daniel, páginas 53, 168, 327, 377- 78)

sábado, 30 de junio de 2012

"EL LIBRO DE DANIEL", HORROR VACIO "EN UN TIEMPO DE ANGUSTIA"


El libro de Daniel
E. L. Doctorow
Traducción de Carlos Milla e Isabel Ferrer
Miscelánea Editores (Roca Editorial del Libro), Barcelona, 2009, 383 páginas.


Algunos de los críticos más reputados, entre los que cabe citar a Frederic Jameson o Edward Said, han dicho que Ewdard Lawrence Doctorow (Nueva York, 1931) es un de los pocos y auténticos escritores de izquierdas que existen en nuestro tiempo, si bien las implicaciones políticas de sus narraciones nunca son obvias, claras y contundentes. El libro de Daniel no es una excepción, porque Doctorow es capaz de casar su ideario político (“pensar en términos de lo que es justo e injusto”) con algo que es consustancial  con el mundo de la ficción: la ambigüedad, amago para eludir una literatura panfletaria.  En lo que no cabe ninguna duda es que Doctorow es un de los grandes escritores del siglo XX en lengua inglesa y que en EE.UU lo consideran un patrimonio nacional. Ganador de todos los premios y eterno candidato al Nobel igual que Philip Roth, Thomas Pynchon o Cormac McCarthy. Él ha sabido reflejar en su prosa, quizás como nadie, la cara oculta de Norteamérica y, bajo esa perspectiva, sus novelas son un sustituto de la memoria colectiva de una nación no carente de mitos a pesar de ser un país ahistórico. Doctorow aborda esos mitos y como efecto colateral los devuelve al terreno de la historia.
El libro de Daniel (1971) figura en el canon occidental de Harold Bloom y, como muchas de las otras obras de Doctorow, es una recreación literaria de personajes y de acontecimientos históricos. La novela, en efecto está basada en las figuras de Ethel y Julius Rosenberg, condenados a cadena capital por traición (acusados de espionaje) y ejecutados en 1953. Los Isaacson son sus alter ego en la novela, recreación literaria del libro Atom Spy Trials. Ambos formaban parte  de la “Young Communist League”. El origen del juicio que terminó con la condena a muerte, se sitúa en la filtración de secretos nucleares a los rusos en plena guerra fría. Mas el juicio a que ambos fueron sometidos, distó de ser justo. Se buscaba a toda costa chivos expiatorios en un momento en que el ambiente anti-comunista y el miedo, generado por el “Mccarthismo” y la guerra fría, a un inminente  enfrentamiento con la Unión Soviética hacía furor en los EE. UU.
Paul Isaacson, un pequeño comunista de barrio y reparador de radios, fue capaz, según la acusación, de dibujar complejos y elaborados planos nucleares, reducirlos hasta el punto de poder acomodarlos a la lámina de una radiografía dental y hacérselos llegar a los soviéticos. Los historiadores actuales, sin embargo, en su gran mayoría, están convencidos de que estas acusaciones fueron falsas, pero en su día el Departamento de Justicia hizo que tomase fuerza la imagen de Paul como jefe de espías. Una cita textual, apócrifa por supuesto de Max Krieger, nos permite conocer el punto de vista de Doctorow: “La historia recoge con vergüenza la persecución y la infame condena a muerte en los Estados Unidos de América de dos ciudadanos estadounidenses, marido y mujer, padres de dos niños pequeños, que a lo sumo eran culpables de cruzar la calle imprudentemente por sus ideas izquierdistas sostenidas con orgullo”.
Sin embargo, la figura central de la novela no son los Rosenberg/Isaacson, sino su hijo Daniel Lewin (apellidos del padre  adoptivo). Desde su infancia, su carrera cursada con una beca y su matrimonio con una mujer que lo ama profundamente y la redacción de sus tesis de final de carrera, recuperamos todos sus recuerdos y sobre todo los fundamentales: la vigilancia de FBI a su padre, la detención de sus progenitores, el juicio, el alejamiento y la traición de los amigos, la visita a sus padres en el corredor de la muerte y la crueldad de la ejecución en la silla eléctrica.
Ethel y Julius Rosenberg
Doctorow escribió esta novela en 1971 y en ella se muestra como una adelantado del fragmentarismo  vanguardista. Su narración es discontinua, se dejan sentir varias voces (abuelas inmigrantes, negros que viven en sótanos, comunistas hippies, policías, jueces, fiscales, judíos ortodoxos…). Una prosa envolvente, pero en esta novela cortada, desquiciada, seca, a veces brutal, violando la gramática, rompiendo párrafos, enlazando múltiples oraciones subordinadas sin detener la progresión narrativa para profundizar en esta herida abierta y todavía no cerrada, en un país donde la culpabilidad o la inocencia se situaban y se siguen situando en horizontes utópicos.

Francisco Martínez Bouzas



E. L. Doctorow


Fragmentos

“Descuartizamiento. Esta particular forma de ejecución era la preferida del gobierno monárquico inglés para todos excepto el círculo aristocrático más cercano, al que se concedía la dignidad de la simple decapitación. Para todos los demás, el método era el siguiente: el transgresor era ahorcado y descolgado antes de morir. Entonces lo castraban y destripaban, y echaban sus entrañas al fuego ante sus ojos. Si el verdugo era misericordioso, extraía el corazón del cuerpo, pero en cualquier caso se llevaba a cabo el último acto del ritual, cortar el cuerpo en cuatro partes, y los cuartos se arrojaban después a los perros. La traición era el delito habitual para este castigo, establecida su definición por los tribunales del rey y a conveniencia del rey”

…..

“Cuando fue vista por última vez, vestía su abrigo negro con el dobladillo suelto y su casquete negro. Cuando mi madre fue vista por última vez, lucía su minúsculo reloj en la muñeca, una muñeca delgada y bonita con su prominente hueso y unas preciosas venas finas y azules. Dejó atrás una casa limpia, y en la nevera un bocadillo de mantequilla de cacahuete y una manzana para la comida. Por la tarde, me tomé la leche y las galletas. Y ella no volvió”

…..


“Tampoco la muerte es lo que parece. Cuando la clase dominante impone la muerte a quienes teme, descubre que la propia muerte pude vivir. Es una paradoja. Ma Ludlow vive. Joe Hill vive. Crispus Attucks vive. Incluso Leo Frank, ¿por qué me viene  a la cabeza Frank colgado de su árbol en Georgia, balanceándose? Pero vale, incluso Frank. Los dos italianos hablan y se mueven y sonríen y levantan el puño en la mente de la historia. Soy su camarada, es a mi a quien hablan, es a mi a quien Sacco dirige su declaración.
Sócrates fue juzgado. Lo declararon culpable. Lo obligaron a beber cicuta. Mediante esta acción, sus acusadores lo elevaron a la vida eterna y se relegaron a la muerte real y a la total oscuridad de los perseguidores de todas partes”

…..

“Pocos minutos después de retirar el cuerpo de mi padre en una camilla, y fregar el suelo, y camuflar el olor orgánico de su muerte con el aroma amoniacal del detergente, condujeron a mi madre a la cámara. Llevaba el vestido gris y amorfo de la cárcel y unas zapatillas de toalla. Sabía que mi padre estaba muerto. En su rostro se dibujaba una sonrisa irónica, estudiadamente serena. Dirigió una mirada tranquila a cada uno de los testigos hasta que apartaron la vista. Algunos, al ver que su mirada se acercaba a ellos, sencillamente la eludieron. De pronto mi madre posó los ojos en el rabino de la cárcel. Era el mismo cuyas atenciones había rechazado durante las últimas cuarenta y ocho horas.
-No lo quiero aquí- dijo (…)
Poniéndose de espaldas a la silla, mi madre rechazó con desdén toda ayuda. Abrazó a la celadora que la había custodiado durante su solitaria estancia  de dos años en el corredor de la muerte de mujeres. Habían entablado una estrecha amistad. La celadora  lloró y salió corriendo de la cámara. Mi madre, todavía con su peculiar sonrisa, se sentó en la silla eléctrica y observó el proceso de sujeción de correas como un pasajero en un avión preparándose para el viaje. Cuando le pusieron la capucha, tenía los ojos abiertos. Cuando accionaron el interruptor, inició la misma danza, enarcándose, zumbando y chisporroteando. Desconectaron la corriente. El médico se acercó al cuerpo desplomado y auscultó el latido con su estetoscopio. Manifestó su consternación. El verdugo salió de su nicho e intercambiaron unas palabras. El alcaide estaba muy nervioso. Los tres periodistas conversaron en susurros apremiantes. El verdugo regresó detrás del muro y volvió a recibir la indicación, y volvió a activar la corriente. Después dijo que la primera «dosis» no había bastado para matar a mi madre, Rochelle Isaacson”

(E.L. Doctorow, El libro de Daniel, páginas 53, 168, 327, 377- 78)

martes, 20 de diciembre de 2011

LAS GLORIAS Y LAS AMARGURAS DE LA EMIGRACIÓN EN LEGUAJE "KHEMÍRICO"

Montecore
Un tigre único
Jonas Hassen Khemiri
Traducción de Martin Simonson
Miscelánea (Roca Editorial de Libros), Barcelona, 2011, 380 páginas.


Jonas Hassen Khemiri es un escritor nacido en Suecia en 1978 (padre tunecino, madre sueca) que forma parte del boom de las letras nórdicas o escandinavas. Basta con fijar nuestra mirada en la novela negra de estos países para sorprendernos gratamente por la riqueza y profundidad con que germina la noir entre los fríos nórdicos. No resulta aventurado pensar que durante el pasado siglo, especialmente en su primera mitad, la literatura de los países escandinavos vivió una auténtica edad de oro. Los nombres de Karen Blixen. Mika Waltari  o la narrativa de propedeutica filosófica de Jostein Garrder  así lo confirman.
Jonas Hassaen Khemiri prosigue en esa estela con Montecore, una novela-testimonio o biográfica, ganadora de diversos e importantes galardones y traducida a no pocos idiomas.
En una breve sinopsis cabe decir que el “superhéroe” del libro, el mejor padre del mundo, afamado fotógrafo y progenitor de un joven escritor, llamado precisamente Jonas Hassen Khemiri, celebra su cumpleaños en una lujosa azotea neoyorkina. Es Abbas. Le acompañan en la celebración celebridades del mundo de la música, de la cultura, de la fotografía y de la política, como Bono, Kofi Annan, Salman Rushdie, Cartier-Bresson, Richard Avedon. El incipiente escritor se pregunta cómo fue posible que un humilde tunecino emigrante en Suecia haya podido alcanzar un éxito de tal magnitud. Viajemos al territorio del libro y hallaremos la respuesta, nos responde el autor, hijo del padre afamado, pero con el que apenas se relaciona.
La voz que teje el relato y alter ego de Hassen Khemiri nos ofrece en efecto una mordaz y brillante historia en la que se juegan muchas cosas: la identidad y el racismo, el ascenso social, la amistad y la vida familiar. La novela se elabora y ofrece una primera respuesta a ese interrogante que quedó en suspenso, mediante e-mails de un viejo amigo de la familia, Kadir, que llevan agregados documentos Word y que relatan la infancia de Abbas en Túnez. Un intercambio epistolar entre ambos irá reconstruyendo la trayectoria vital de Abbas desde su infancia en Túnez hasta su etapa como exiliado político y padre de familia en el país escandinavo.
Nos convertimos así en asombrados testigos de una vida narrada en tercera persona y magnificada hasta la caricatura en el altar del mito en el que cree sobre todo Kadir y por eso redacta sus e-mails como si lo fueran: “una historia contada de generación en generación se transforma en mito”, afirma Jonas Hassen Khemiri, aunque ahora aquellas luchas e ideales de la juventud hayan quedado engullidas en un acomodaticio aburguesamiento.
Jonas Hassen Khemiri
Narrativa pues en la que las relaciones humanas actúan de  hilo conductor, dando lugar a episodios y reflexiones a través de las que se revela la figura poliédrica del padre y tiene lugar una subversión de los tópicos y clichés acerca de las identidades (personal, familiar, nacional).
Una agradable  sorpresa que nos regala esta novela, es el lenguaje con el que el autor hilvana la historia. Una lengua intencionadamente anárquica que se sirve de las expresiones lingüísticas deformadas por los emigrantes y jergas juveniles tan logradas que hoy en día se ha bautizado como “khemírico” este tipo de escritura.
Todo ello, junto con un sutil sentido del humor, un logrado perfil de los personajes y un inteligente uso de las estructuras narrativas dan como resultado un ingenioso producto literario, que, sin embargo, resultaría beneficiado mediante una reducción de las páginas y una contención en la ejecución de algunos aciertos. Porque, en definitiva, la brevedad, acompañada de calidad es la mejor moneda literaria.

Francisco Martínez Bouzas



Fragmento

“El segundo recuerdo viene de los tiempos en que padres acaba de empezar a conducir metros y vigilar torniquetes y despertar borrachuzos dormidos en las estaciones terminales. Es en esta época cuando padres sella billetes y guía a turistas alemanes hacia la salida desde el laberíntico andén de Kungsträdgärden. Es padres quien encuentra los vespertinos olvidados y hace sonar su manojo de llaves que tiene la solución para todo, donde la llave L abre la puerta a los compartimentos de los conductores entre los vagones cuando los trenes están demasiado llenos y la llave del cuadrado abre las trampillas de las escaleras mecánicas cuando los gamberros han pulsado el botón de parada de emergencia. Padres gira la llave, pone las escaleras en marcha con un empujón y devuelve la sonrisa de los agradecidos padres con sillas de bebé”

(Jonas Hassen Khemiri, Montecore, página 112)

lunes, 15 de agosto de 2011

"EL LAGO" DE DOCTOROW: AÑICOS DEL SUEÑO AMERICANO*

El lago
E. L. Doctorow
Traducción de Iris Menéndez
Miscelánea Editores (Roca Editorial), Barcelona, 2011, 314 páginas.

Fue Susan Sontag quien calificó Loon Lake (El lago) como la obra más prodigiosa de Doctorow: maravillosamente valiente, cautivadora. Una ponderación quizás excesiva si no nos olvidamos de Ragtime, El libro de Daniel o Billy Batghate, las grandes novelas de E. L. Doctorow, o incluso la accesible, pero cautivadora Homer y Langley. Sin embargo, Miscelánea Editores, el sello de Roca, hace justicia al incluir El lago en la Biblioteca Doctorow, que poco a poco va poniendo sus obras a disposición del lector en lengua española. Porque estamos hablando de un autor imprescindible, un must, dentro del panorama narrativo universal. Edgar Lawrence Doctorow, una de las voces fundamentales de la literatura norteamericana, traducido a más de treinta idiomas, ganador de los más importantes galardones literarios de EE.UU. y año tras año candidato al Nobel. Sin embargo la escritura de Doctorow se encuentra en una galaxia muy distante de la que en la actualidad se deja ver en los escaparates de la literatura. Pero esta lejanía de lo que actualmente se lleva, no le impide ser un gran escritor, sobrado de recursos literarios y sus novelas no son productos de usar y tirar. Cumplen con el requisito de la necesidad, que diría también Susan Sontag; es decir, encierran una historia o una serie de historias que hay que contar y Doctorow lo hace de una forma amena, inteligente y a veces irónica en su creación de mundos ficticios. Por eso mismo, cada una de sus novelas es un mundo: una abundante y feraz multiplicidad de elementos y, a la vez, una unidad, un cuerpo autodefinido.
El lago, no obstante, no es la novela de Doctorow que nos ofrezca una fácil lectura. Inmediatamente posterior a Ragtime, se incrusta, como esta, en la senda abierta por John Dos Passos en su trilogía sobre EE.UU. No es una novela lineal, sino la más experimental de Doctorow. El lector se enfrenta a saltos en el tiempo y a una información que, a veces, le llega de forma intencionadamente confusa y relatada por distintas voces; transitada además por unos peculiares y largos poemas que, en algunas ocasiones, reflejan sentimientos y en otras, informes biográficos o mercantiles. La habilidad del escritor le permite, con todo, llevar a buen puerto una historia que, como todas las suyas, eleva la narrativa a la categoría del arte de la fantasía.
La historia oculta de Norteamérica, no exenta de mitos a pesar de parecer un país extremadamente ahistórico, suele cimentar las novelas de Doctorow y en El lago juega así mismo un papel crucial, especialmente el periodo de la Gran Depresión y el auge de una sociedad emergente en la primera mitad del siglo XX, en la que miles de vagabundos, como Joe, el joven héroe de El lago, se desplazan de un lugar a otro en busca de sustento y de esperanzas, sobre todo.
En efecto, la trama discontinua de El lago nos aproxima a la figura de Joe, un joven vagabundo que huye del hogar familiar y con unos feriantes aprende la dura realidad de la vida. Una noche, intentando dormir al lado de unas vías de ferrocarril en las montañas de  de Adirondack (estado de Nueva York), ve pasar un vagón privado. En su iluminado interior, varios hombres bien vestidos y, en otro compartimento, una bella y joven mujer desnuda, sosteniendo en sus manos un vestido blanco mientras se miraba en un espejo.
E. L. Doctorow
A partir de ese momento, Joe sigue las vías del tren hasta desembocar en una misteriosa propiedad de Loon Lake, donde hallará a la chica y  a sus acompañantes: un magnate de la industria del automóvil, un aviador, un poeta y un grupo de gángsters. Es el inicio de la verdadera historia, de una inquietante historia de sueños, deseos, fascinaciones y pesadillas que se despliegan a través de una peculiar road movie, de una huida disparatada, a través de la América profunda, hasta las fronteras californianas.
Un periplo en el que Doctorow retrata y desnuda la vida americana, con una cautivadora historia de intrigas, misterio, amenazas, ambiciones, sexo y amor sin contrapartidas. Un mundo violento, individualista, ultraliberal y cruel, en el que un personaje como F. W. Bennet, el magnate de la industria automovilística, lo mismo rompe con sus matones un intento de huelga, como acoge de forma paternalista a un pobre diablo como Joe, que simboliza el self-made-man a partir de la nada.
La narrativa de Doctorow suele fundamentar su éxito en la estructura sumamente simple de sus novelas, que facilitan una lectura fácil y cómoda. No es este el caso de El lago, como ya quedó señalado, porque Doctorow construye una suerte de cajón de sastre, con saltos espaciales y temporales y acopio de materiales diversos. Todo ello exige activar el pacto narrador-lector. El ritmo de su prosa, sin embargo, es el característico de su escritura: construye con gran habilidad atmósferas humanas, sin golpes de efecto, con un ritmo sin pausas y una prosa minuciosa, evolvente, capaz de enlazar múltiples oraciones subordinadas, sin detener la progresión narrativa. Virtuosismo técnico para hacer añicos del sueño americano, dominado por prácticas mafiosas y poblado por un lumpemproletariado vagabundeando por el país.

* Una versión abreviada y en gallego de este texto fue publicada el día 20 de agosto de 2011 en el periódico El Correo Gallego de Santiago de Compostela. Para ver el original, pinchar aquí
                                                


Fragmentos

“Fanny era auténticamente sensible a los hombres, les tenía verdadero afecto. No sabía que ganaba dinero, nunca vio un céntimo. Extendía los brazos y los amaba y no le importaba cómo ocurrían las cosas, si se corrían en los pliegues de sus nalgas o en las hendiduras de los costados de su cuerpo, que se prolongaban como acolchados sobre la estructura de su tronco; siempre gritaba como si hubiesen encontrado su centro exacto.
Llegué  a la conclusión de que entre estas monstruosa prostituta retrasada y la chusma que hacía cola para follarla se celebraba realmente un sacramento importante, una manera de mantener la esperanza, un juramento ritual de vida que no se desgastaba sino que crecía con su rememoración en los bares y las tabernas de las montañas, atrapando su imagen en el serrín que se elevaba a través del rayo de sol en los talleres o que permanecía como la bruma matinal sobre los lagos cristalinos”

“Al alba proseguimos el viaje. El cielo es rosa. Seguimos la senda de un sorprendente arroyo tan lleno de rocas que el agua se descompone en millones de gotas, que caen con repique del granizo y rebotan como perdigones. Raspo la corteza de un pequeño pino torturado por el viento para crecer en forma de rayos solares hacia la tierra. Dejo secar este musgo polvoriento verde lima durante cuatro minutos en la palma de mi mano. Entonces lamo el polvo e inmediatamente mi joven amada se convierte en una gigante que me mira sorprendida desde lo alto. La piso y cae de espaldas resquebrajando la tierra, corro hacia su vulva y por ese camino continúa mi búsqueda de toda la vida tras la divinidad. Es una especie de glándula que está en algún sitio. El camino se vuelve resbaladizo. En esta viscosa oscuridad uso las rodillas y las manos como una araña de agua. El camino se estrecha. En breve soy aplastado, atraído como una mota de polvo hacia un poderoso ojo brillante iluminado. Siento que me ensancho. La luz cegadora. Recupero mi tamaño y la casco como si fuera un huevo.
Piensas que es un sueño. No es un sueño. Es el relato en inútil traducción lineal del interminable amor de nuestras vidas simultáneas pero diacrónicas”
(E. L. Doctorow, El lago, paginas 27 y 308-309)

sábado, 25 de junio de 2011

DOCTOROW: EL DÍA A DÍA DE NUEVA YORK Y LOS GRANDES ACONTECIMIENTOS

La feria del mundo
E. L. Doctorow
Traducción de César Armando Gómez
Miscelánea Editores, Barcelona, 2010, 344 páxinas.

Edgar Altschuler, apenas un bebé al inicio del relato, nueve años cuando concluyen las 344 páginas en las que se narra sus vivencias en el Nueva York de los años 30. Y sin embargo, no estamos ante una muestra de literatura juvenil, sino ante una gran novela de E. L. Doctorow, el genial escritor norteamericano, uno de esos narradores que nacen de vez en cuando, capaz de iluminar toda una época y otorgar nuevos sentidos a las experiencias de un niño en su aprendizaje de la vida.
El escritor que ha sabido reflejar como nadie la cara oculta de Norteamérica  y dotar de memoria colectiva a un país ahistórico, aunque no exento de mitos, nos regala en World’s Fair, no una de sus narraciones más conocidas, esas que han sido llevadas al cine o han merecido el honor del best-seller (Ragtime, Billi Bathgate, El libro de Daniel), pero si quizás la más clásica de sus novelas, merecedora de ser incluida por Harold Bloom en el canon occidental. Escrita en 1985, traducida seis años más tarde por Planeta, Miscelánea Editores la ha reeditado de nuevo hace unos meses.
No han sido pocos los escritores que han intentado atrapar eso que mil veces se ha dicho que es Nueva York: un estado de ánimo. En la nómina de los más emblemáticos se encuentra sin duda E. L. Doctorow y sus descripciones de las costumbres urbanas neoyorquinas. Doctorow, uno de los tres grandes de la literatura judeo-neoyorquina, junto con Henry  Roth e Isaac Bashevis Singer. Los tres han homenajeado a la ciudad con textos poblados por alta literatura.
En La feria del mundo Doctorow narra la historia de un niño, Edgar, rescatando sus primeros recuerdos, su temprana y paulatina apertura al mundo que le rodea, a su familia, a su madre Rose, al hermano Donald, a la tía Frances, que entran y salen de la narración, pero ofrecen detalles, cuya amalgama acumulativa permite al lector completar la imagen de conjunto. El escritor logra así entretejer el retrato de Edgar, pero también el de una ciudad, el de sus habitantes, el de una época, los difíciles años 30, cargados además de negros presagios bélicos. Muestra así Doctorow el perfil de una sociedad que intentaba superar los efectos de la gran Depresión del 29, que fraguaba mitos, como la Exposición Universal, las hazañas de Lindbergh y el recibimiento que los neoyorquinos le rinden en la Quinta Avenida, la llegada del dirigible Hindenburg, surcando los cielos para gloria de Hitler y su incendio en la torre de amarre. Un pasado recobrado con inmensa nostalgia, porque, en el fondo, La feria del mundo es la autobiografía parcial del escritor. El nombre E(dgar) y la fecha de nacimiento(6 de enero) gualan al protagonista y al narrador.
Y con melancolía leemos sus experiencias infantiles: el gusto seductor por dormir en la cama de sus padres, percibir sus respectivos  olores de macho y hembra; la vida del Bronx, en cuyas calles el niño prefería su propia compañía a la de cualquier congénere de su edad; los trucos del tío Willy; las chispas que sacaban del acero los afiladores de cuchillos y tijeras, fenómenos sugestivos que al niño le provocan asombro; el contacto con la muerte en el hospital; las discusiones de los padres que el niño escucha desde la cama; sus relaciones sexuales que no entiende porque las percibe como costumbres furtivas… Así, poco a poco, se va dilatando su horizonte, entran en escena los jóvenes de la esvástica y, entre susurros, comienza a enterarse de lo que está sucediendo en Europa con los judíos; los ecos bélicos, las imágenes de Londres bombardeado y su casas en llamas… llegan muy nítidas, aunque son percibidas como algo lejano.
Finalmente el despertar de la adolescencia, las dulces pero innombrables sensaciones del primer amor completan el aprendizaje de la vida: “Hasta entonces me había preocupado sin tregua por ponerme al corriente de la vida, por encontrarla, sentirla y comprenderla; pero lo único que tenía que hacer era estar en ella y ella, me instruiría y me daría cuanto necesitaba” (páginas 322-323).
El éxito de la narrativa de Doctorow se fundamenta en buena medida en la arquitectura sumamente simple de sus novelas. Apenas algún flashback puede distorsionar el hilo argumental cronológico, marcado por  el devenir de la vida de Edgar. Su ritmo es muy fluido, huyendo siempre de los golpes de efecto. Doctorow parece gozar describiendo los pequeños detalles de la vida familiar, por ejemplo, el ruido raspante de la brocha en la piel del rostro del padre. Pero nada tiene preponderancia sobre los demás. Minuciosidad y sencillez expositiva que configuran un estilo envolvente, rítmico, capaz de amalgamar múltiples oraciones subordinadas sin provocar distracciones o dificultades y sin congelar el ritmo  de la acción, evocando, sin embargo, en el lector múltiples sensaciones. El virtuosismo técnico de unos de los grandes maestros de la narrativa actual.
                    

                 Fragmento                      
                                         
 Las “costumbres” furtivas de los        padres

“Pero ellos tenían sus costumbres furtivas: yo estaba secretamente afligido por las cosas oscuras y misteriosas que mi padres hacían en la intimidad de sus relaciones. No sabía del todo qué cosas eran, pero sí que eran vergonzosas, que necesitaban la oscuridad. Era algo de lo que nunca se hablaba, que jamás se reconocía a la luz del día. Este aspecto de la vida de mis padres ponía una especie de sombra en mi pensamiento. A mi padre y a mi madre, soberanos del universo, los acometía algo que escapaba a su control. Qué problemático era esto, qué inquietante. Como mi abuelita con sus ataques, ellos se veían afligidos por  una especie de posesión, y después parecían volver a ser normales. No podía hablarle de eso a nadie, y mucho menos a mi hermano. Tenía suerte si lo ignoraba. La desconsoladora verdad era que había ocasiones en que mis padres no eran mis padres, en que no pensaban en mí para nasa. Yo no era un tema del que valiese la pena ocuparse. Me ofendía lo temprano que tenía que irme a la cama, en parte porque era antes que nadie, y en parte porque con ello venía aquel vasto período de oscuridad en el que ocurrían esas cosas de las que tenía un conocimiento insuficiente”
(E. L. Doctorow, La feria del mundo, páginas 99-100).
E. L. Doctorow (Foto: El País)

miércoles, 20 de abril de 2011

DOCTOROW INTERPRETA LA MITIFICACIÓN DE LOS COLLYER

Homer y Langley
E.L. Doctorow
Miscelánea Editores, Barcelona 2010, 203 páginas.

   Es sin duda uno de los grandes escritores anglosajones del siglo XX. Desde hace tiempo en EE.UU le consideran un patrimonio nacional, uno de esos pocos genios que, con su escritura, nos permiten resistir ante la triunfante ruina de la cultura, porque, como diría Susan Sontag, cumple con el requisito de la necesidad: transmite una historia o una serie de historias que hay que contar, y lo hace además de esa manera, con esa precisión de lenguaje, esa cadencia, esa intensidad y madurez. Es E. L. Doctorow  (Nueva York, 1931), ganador de todos los premios y distinciones de la literatura norteamericana y eterno candidato al Nobel. Él ha sabido reflejar como nadie la cara oculta de Norteamérica y, bajo esa óptica, sus novelas son una especie de sustituto de la memoria colectiva de toda una nación, un país ahistórico, pero no exento de mitos. La narrativa de Doctorow aborda esos mitos, los interpreta incrustándolos en el espacio de la historia. Dos de sus libros (The book of Daniel y World’s Fair) figuran en el canon occidental de Harold Bloom y su autor es calificado por críticos de la talla de Edward Said y Frederic Jameson como uno de los pocos escritores de izquierdas que existen en la actualidad. Sin embargo, las implicaciones políticas de sus obras nunca son obvias porque, en opinión del mismo escritor, es consubstancial a la ficción vivir en un mundo de ambigüedades. Doctorow se limita a pensar en términos de los que es justo o injusto, a hacer de sus textos una denuncia de los procesos de envilecimiento en el que está inmerso el ser humano en las sociedades deshumanizadas.
   En esta obra, como ha hecho en otras ocasiones, Doctorow novela hechos reales. La vida de los hermanos Collyer, cuya historia real nos precipita inexorablemente en el territorio de la ficción. Hijos de una familia acomodada, la vida y, sobre todo las secuelas de la primera guerra mundial (la metralla y el gas mostazas habían cavado  cicatrices no solo en el cuerpo, sino también en la mente de uno de los hermanos) los hizo víctimas de un diogenismo desmesurado. En su mansión de la Quinta Avenida acumularon toneladas de periódicos y de los más variopintos cachivaches, incluido un Ford Modelo T instalado en el inmenso comedor, hasta que deciden autoexiliarse  del mundo y de los usos sociales, viviendo como ermitaños  en su propia casa, sin luz ni agua corriente. A principios de 1947, el desplome de una parte de la montaña de periódicos acabó con la vida de uno de los hermanos. El otro, ciego y paralítico, moriría de inanición a los pocos días.
   Doctorow escribe una biografía novelada a partir de los dos hermanos. Y lo hace precisamente porque sus vidas se han convertido en mitos. Los mitos no precisan investigación, solo interpretación. Y Doctorow lo hace ofreciéndonos su punto de vista. En esta interpretación altera la historia real para enfatizar ciertos significados. Los hermanos Collyer en la ficción de Doctorow viven hasta la década de los 80. El autor decide prolongar sus vidas para  contrastarlos con el hippismo, con el flower power, porque, al fin y al cabo, los mitos son inmortales. Cambia así mismo deliberadamente la ubicación del caserón para dejar constancia de que no pretende reflejar con exactitud la vida de los hermanos, sino introducirnos en el corazón de la leyenda que comenzó a tejerse tras su muerte. La acumulación de todas las ediciones de los periódicos de Nueva York durante treinta años que, en la mente perturbada de Langley, surge con la intención de que en el momento en que Homer, el hermano ciego, recupere la visión, se pudiera poner al día, la presenta el escritor como un intento de crear el periódico único para todos los tiempos, en el que quedaría fijada definitivamente la vida americana en una sola edición y por categorías, como Google. Un absurdo y gigantesco Internet elaborado con papel y alojado en la casa que, sin embargo, prolonga la existencia del mito hasta nuestros días.
E L. Doctorow
   En la narración de Doctorow no hay rastros de mordacidad hacia los hermanos. No los caricaturiza, sino que se limita a narrar el largo camino que ambos emprenden hacia la autonomía autoexcluyentes. Deciden vivir vidas originales y autodirigidas, sin dejarse intimidar por las convenciones. Esta es la idea que sirve de hilo conductor de la novela. No obstante, y aunque Doctorow huye de cualquier propósito moralizante, en las páginas finales, la mente del hermano ciego, pero lúcidamente cuerda,  se ve a si mismo y a su hermano no como reclusos excéntricos, sino como fantasmas (página 193), convertidos en un chiste mítico (página 195). “Todos y cada uno de nuestros actos de oposición y reafirmación de autonomía, toda nuestra creatividad y toda firme expresión de principios por nuestra parte, estaban al servicio de nuestra ruina” (páginas 195 – 196).
   La arquitectura de la novela es extremadamente simple: unos hechos como punto de partida y la imaginación que los interpreta. Sin ningún tipo de experimentalismo. Una sola voz que le da vida a la historia y dibuja numerosos personajes secundarios en una narración lineal. Finalmente esa manera de narrar, un estilo envolvente, una cadencia rítmica, personal, inimitable, capaz de enlazar múltiples oraciones subordinadas sin congelar el ritmo de la acción, pero si evocando un florido semillero de sensaciones, que surgen al hilo de las historias. El virtuosismo técnico de un gran maestro. Eso es E.L. Doctorow.


La policía entra en la mansión de los Collyer (21 de marzo de 1947)