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domingo, 19 de septiembre de 2021

TRES POEMAS DE ANTONIA POZZI


 

  Se suicidó con veintiséis años  con barbitúricos. Su nombre, Antonia Pozzi (Milán 1912-1938). Fue una de las voces más originales de la literatura italiana moderna. Una gran poeta que, tras su muerte tardó muchos años en ser reconocida. Nunca publicó ningún libro, pero dejó tras su muerte varios cuadernos con poemas, diarios y cartas. Un año antes de su fallecimiento dejó escrito un poema que tenía todos los indicios de una premonición: “…brillrás lume branco / falando aos vivos da miña norte”. Formaba parte de la clase privilegiada en la Italia de Mussolini y de la vida cultural de Milán. Pero sobre todo leía y escribía.

   El dolor por la ruptura amorosa con su profesor de latín es el motor de sus primeros poemas. Mas su poesía va mucho más allá de esta relación amorosa truncada. Escribía poesía como quien se enfrenta a una necesidad inexorable, porque los miembros del grupo cultural del que formaba parte no valoraban sus textos líricos y le aconsejaron que se dedicara otros géneros.

   Sus primeros poemas los compuso con diecisiete años, en 1929. Su escritura se fue transformando con el paso de los años. Sin embargo, ciertos elementos de su universo poético se mantuvieron a lo largo del tiempo: la presencia constante de la soledad y de la muerte, el paso de las estaciones… Una poesía que aspira a la perfección bajo las apariencias de una gran simplicidad.

   A partir de 1935, su universo poético se amplia y perfecciona notablemente: mira al exterior y en sus composiciones tienen cabida los labriegos, los obreros, los niños hambrientos, las mujeres que tienen a sus hombres en la guerra, los exiliados debido a las leyes raciales del fascismo.

   El hecho de ser mujer y sus temas centrados sobre todo en los excluidos, en los habitan la periferia, tanto geográfica como política, hicieron que sus poemas fueran escasamente valorados. No obstante, su poesía es una ventana abierta a la lírica que se escribirá en los años sucesivos en Italia.

   Será Onorina Dino, sobre todo, la que rescate y revise en profundidad la obra de Antonia Pozzi, y la que publique ediciones y estudios sobre la obra de esta joven poeta, que la colocarán definitivamente en el gran escenario de la gran poesía italiana. Una poesía que una joven italiana en sus veintiséis años de vida fue capaz de componer.

(Texto basado en el prólogo de Lara Dopazo Rial a la edición gallega “Lume branco” de Rinoceronte Editora. La prologuista es así mismo responsable de la traducción)

 

Francisco Martínez Bouzas

 

 

                                              Antonia Pozzi
 

 

TRES POEMAS EN ITALIANO Y GALLEGO DE ANTONIA

POZZI

 

Le donne

 

“In urlo di sirene

una squadriglia

fiammante spezza il cielo.

 

Rotte tra case affondano

Le campane.

 

S’ affacciano le donne

a tricolori abbracciate;

gridan coraggio

nel vento

i loro biondi Capelli.

 

Poi,

occhi si chinano spenti.

 

Sella será

guardan laggiù il primo morto

diteso sotto le stelle”

( 3 ottobre 1935)

 

As mulleres

 

A un grito de sirena

una escuadrilla

acendida corta o ceo.

 

Rotas entre as casas afúndense

as campás.

 

As mulleres asómanse

abrazadas  ás bandeiras triricolor:

berran coraxe

ao vento

os seu cabellos loiros.

 

Despois,

os ollos agáchanse apagados.

 

Ao serán

miran alá o primeiro morto

tendido baixo as estrelas”

 

Fine

 

Ritorno ed è ancora su greto

orma di mare,

mentre l’onda si esilia.

E m’imbarca

e saluto le rive e i colori,

sfumo nel dolce morente

tramonto,´con te mare,

 

ora vasta

della mia fine notturna”

(8 ottobre 1936)

 

Fin

 

Regreso e aínda permanece na area

a pegada do mar,

mentres a onda se exilia.

E embárcame:

e saúdo a ribeira e as corres

esvaezo no doce murcho

ocaso

contigo mar,

 

hora inmensa do meu fin nocturno”

 

Amor fati

 

“Quando dal mio buio traboccherai

di schianto

in una cascata

di sangue-

navigherò con una rossa vela

per orridi silenzi

ai cratèri

della luce promessa”

(13 maggio 1937)

 

Amor destinos

 

Cando na miña escuridade rebordes

de súpeto

nunha fervenza

de sangue-

hei navegar cunha vela vermella

por silencios terribles

nos cráteres

da luz prometida”

 

Antonia Pozzi, Lume branco, páginas 28-29, 68-69, 90-91

domingo, 30 de julio de 2017

UN ASESINO DISECCIONA LAS FALSAS IDENTIDADES



Apoteosis de las perchas

Xesús Constela

Traducción de Belén Poutón

Pulp Books (sello de Rinoceronte Editora), Cangas do Morrazo, 2017, 98 páginas.



    
   
   Ya en As humanas proporcións, la colectánea de relatos ganadora del Premio de Narrativa Torrente  Ballester  en el año 2003,  Xesús Constela le ofrecía al lector un relato, “Algorítmos”, subtitulado “Divertimento alfanumérico”. Otro “divertimento”, esta vez “napolitano”, es el que aprovecha el autor para encuadrar la trama de esta breve novela. El término “divertimento” se suele aplicar en literatura a los microrrelatos o a una serie de textos, de diversa naturaleza, en los que la brevedad, la ironía y el humor navegan a sus anchas. En efecto, en Apoteosis de las perchas, cobran una cierta primacía, si bien sin excluir otras dimensiones, la del thriller por ejemplo, situaciones y tonalidades aparentemente humorísticas y absurdas que a veces llegan al esperpento.

   Apoteosis de las perchas es una novela corta cuyo principal protagonista, Tommaso Bonnano,  cuenta la historia del mendigo Tommaso Bonnano que arrastra su existencia por los barrios napolitanos. Los vecinos lo consideran inofensivo; jamás había intentado hacerle mal a nadie. Pero un buen día, le propina una descomunal paliza a un desconocido. Los carabinieri  le esposan sin que oponga resistencia y, en el interrogatorio, desmiente que esté muerto como pensaban los agentes, porque “desaparecer y estar muerto son cosas muy distintas” (página 18). Bajo otra identidad, la de Ernesto Basile, había trabajado un  lujoso crucero del que había desaparecido sin dejar rastro, instalándose en Via dei Tribunale, donde vive a cuerpo de rey debido al buen trato que le proporcionan los vecinos. En un interrogatorio, en el que es él quien lleva la batuta y el ritmo, descubre su pasado a bordo del Spirit of the Seas en el que realiza diversos trabajos hasta llegar a ser camarero del salón de primera clase. Su máxima  callar, observar y obedecer le había permitido alcanzar ese puesto. En primera clase, se impone sobre otros olores, el del dinero.

   En una de las travesías, en marzo de 2009, descubre las “odiosas perchas”: los nuevos ricos, míseras perchas sin otra substancia que el vacio material que sostiene lujosos vestidos y joyas. Tommaso parece poseer un sexto sentido para descubrir esas falsas apariencias, las dobles identidades (“patatas que quieren parecer piñas”), de las que se venga: en un primer momento con laxantes, detergentes y escupitajos como especial aderezo para los cócteles que prepara.

   Sobresalen por encima de las demás cuatro perchas que lo que quieren es estar juntas; maniobran para tener sexo hasta desplegar la gran apoteosis triunfal: la ceremonia que, rememorando a los antiguos romanos, las consagre al nivel de los dioses o héroes del dinero.

   En ese mismo viaje, unos operarios descubren en el barco los cadáveres de cuatro pasajeros. Y que un camarero, Tommaso Bonnano, alias Ernesto Basile, se encuentra en paradero desconocido. Los asesinatos y su desaparición lo convierten en sospechoso ante los ojos de los carabinieri. Mas la narración, en un giro radical, descubre que las apariencias engañan y, desde ese momento, adquiere el marchamo de un thriller cuyo desenlace descubre el lector en las páginas finales.

   Xesús Constela ofrece al lector una historia sencilla con un final imprevisto que logra las metas propias del divertimento: recrear mediante una trama sin grandes complejidades pero que, con humor e ironía, descubre y deshilvana las falsas identidades, la hipocresía social, las engañosas y ostentosas apariencias. Y lo hace mediante la confesión de un tipo que se escapa de la casa familiar siciliana porque no soporta, ni el olor ni las escamas, ni las tripas del pescado. Inventa un nombre con el que cruza Italia y acaba como camarero en el salón más lujoso de un barco de crucero. Desde esa atalaya privilegiada, clasifica a los personajes como personas de verdad o como perchas. Crítica despiadada, en definitiva, de las aparentes identidades, del barniz que puede proporcionar el dinero, pero también de los cruceros de lujo, de la explotación laboral de los empleados que en ellos trabajan, de los salarios en negro… Todo ello dosificando el autor la confesión del protagonista que rompe los esquemas y las premisas de la policía. Al lector le resta la satisfacción de descubrir que el camarero y el mafioso asesino coinciden en la descripción de las perchas.



Francisco Martínez Bouzas



                                                 
Xesús Constela


Fragmentos



“Fue el frutero, don Giusseppe Montanari, quien, nervioso a más no poder, llamó por teléfono a los carabinieri. Vengan rápido, por favor. Nunca he visto una desgracia tan grande. Un mendigo que lleva varios meses viviendo en el soportal junto a mi negocio, aquí en Via dei Tribunali, acaba de darle una paliza monumental a un hombre. (…) Sí. Está tumbado en la calle en medio de un charco de sangre enorme. (…) No, por supuesto que no. (…) Nadie se ha atrevido a tocarle, lo único que hicimos fue alejarlo del mendigo. No tuvimos tiempo de hacer nada. ¡Vengan pronto, por lo que más quieran! (…) No les puedo contar mucho más, porque no vi lo que pasó, que estaba descargando unas cajas de fruta que había traído en la furgoneta cuando escuché los gritos de mi señora llamando por mí. ¡Giusseppe!, ¡Giusseppe!, ¡corre, ven! Parecía aterrorizada. Me di la vuelta para saber lo que estaba sucediendo y no daba crédito a lo que veía. El mendigo le estaba pegando a un tipo que pasaba por la calle, un hombre con un abrigo negro muy largo, con una barra de hierro que uso yo para bajas la persiana de la frutería. Y menuda forma de atizarle.”



…..



“La primera vez que vi una percha fue hace alrededor de cuatro años, puede que cinco. El Spirit of te Seas acababa de partir de la Terminal Crociere del puerto de Génova y, para mi horror, vi entrar en mi salón a la pasajera más espantosa que puedan concebir. Llevaba una peluca rubia y los labios pintados de un rojo chillón y verdaderamente nada elegante. ¡Parecía un semáforo diciendo peligro, peligro! Viajaba acompañada de otra percha que a todas luces no estaba en el lugar que le correspondía y se hacía pasar por su pareja. ¡Por favor! ¡Si ni siquiera sabía desenvolverse con los cubiertos en la mesa! Fíjense: la primera vez que les vi cenar fue precisamente mientras el Spirit of the Seas viajaba de Génova hacia esta ciudad de Nápoles para la primera escala, ¿y saben lo que pasó? Pues que cuando acabaron la cena él pidió que le llevase un palillo. Madonna mia! ¡Un palillo! ¡Pretendía limpiarse la dentadura allí mismo, en mi salón, delante de todos los demás pasajeros! ¡Qué vergüenza!”



…..



“Un día me montó una escena absolutamente intolerable delante de la barra de cócteles del salón. ¡Este brebaje repugnante que me ha servido en la copa no tiene nada que ver con lo que ponía en la carta! ¡Hágame otro de inmediato! Gritaba como un loco enfurecido. Le pido mil disculpas, caballero, le contesté. No hay motivo para preocuparse, le dije con la mejor cara de buena persona que pude poner. Ahora mismo le preparo una especialidad mía que a buen seguro será de su agrado. Fue lo único que se me pasó por la cabeza para contestar a tamaña grosería. Lo agasajé con una de mis mejores sonrisas, le retiré la copa, me di la vuelta para darle la espalda y comencé a echar en la coctelera los ingredientes para hacerle una nueva combinación. Le preparé un cóctel delicioso inventado por mí para casos como este, que gracias a Dios no eran abundantes: dos medidas de vodka, un tercio de menta blanca, un cuarto de curasao rojo y, lo más importante, un más que generoso chorro de jabón de fregar los platos y un buen escupitajo de producción propia. Aquí tiene, caballero, e insisto en reiterarle mis disculpas. ¡Le encantó! ¡Se relamió de gusto! Incluso se acercó a la barra para pedirme otro que yo le hice con mucho placer. Mi cóctel había desactivado completamente la detonación de furia del muy gandul. No se imaginan ustedes la cantidad de veces que se lo volví a servir en todos los días que duró el crucero. Copo de Nieve bebió más detergente lavaplatos que el propio fregadero donde yo ponía las copas que tenía que lavar. ¡Todavía no puedo entender cómo no echaba burbujas por la boca al hablar!”



(Xesús Constela, Apoteosis de las perchas, páginas 13, 37, 50-51)

miércoles, 7 de junio de 2017

EL MAR DE FONDO DE UNA FAMILIA



El ocaso de la familia Portela
Noa Pérez González
Traducción de Belén Poutón
Pulp Books  (un sello de Rinoceronte Editora), Cangas do Morrazo (Pontevedra), 2017, 124 páginas.

   Pulp Books es el sello editorial que en la actualidad más ficción traduce del gallego al español. Libros por lo general de pequeña o mediana extensión que, sin embargo, albergan tramas muy atractivas. Uno de los dos últimos es El ocaso de la familia Portela de Noa Pérez González  que vio su primera luz en gallego en el año 2015. Con esta pieza ficcional debutaba la autora en el género novelístico. La novela es una pieza ficcional de formato breve que posiblemente no se convertirá en bestseller, pero que puede tener un digno recorrido por las letras españolas, como hace dos años lo tuvo en la narrativa gallega.
   La autora nos sumerge en el mar de fondo de una familia de buena posición social y también de buen patrimonio, que vive en Vigo y en el Bajo Miño. Pinta las interioridades y secretos de esta familia, los Portela, en el periodo que va desde la Guerra Civil hasta los años setenta del pasado siglo. Y, a la vez que realiza esa inmersión, nos deja percibir con gran realismo y verismo los distintos climas humanos y sociales de la época.
   Noa Pérez González le otorga el protagonismo y la voz narradora a una de las primas Portela, Guadalupe, que recuerda el cenit y el ocaso de los Portela, y también su fatalismo. Escribe la crónica familiar para que sus sobrinos, hijos de la prima que se rebeló, sepan que, en el pasado, la familia Portela había venerado un puñado de flechas. Y así mismo para que conste que todos, incluida ella misma, habían sido cobardes. También para revelarles sus calumnias de falsarios. De esta manera, la historia de los Portela se transforma en un verdadero ajuste de cuentas con una familia que puede ser vista como un paradigma de los núcleos familiares tradicionales y poderosos en los años de la dictadura franquista.
   La autora describe con trazos firmes, basándose sobre todo en sus actuaciones, a los distintos miembros de la familia Portela, comenzando por el abuelo Elías, el primer amo del gallinero que fallece debido a una enfermedad de transmisión sexual, contagiado por una viuda experimentada. Al tío Pascual, apodado Santísima Trinidad porque había conseguido tres licenciaturas, tan mujeriego como su padre, pero alejado para siempre del género femenino por obra y gracia de una moza  medio hermana con la que estuvo a punto de cometer incesto. Al tío Francisco, un invertido, un delito repugnante en aquel tiempo, que durante toda su vida estuvo mal casado. Mas el relato se centra de una manera privilegiada en la manzana podre y estigmatizada, la prima Clara María, la única valiente de la familia, y en la vida insípida de la tía Emilia a la que el clan familiar le había cortado las alas, obligándola a alcanzar la asepsia sentimental mediante el olvido.
   En la familia Portela, confiesa la voz narradora, era difícil ser niño, y mucho más ser niña. La educación de las niñas era muy rígida sobre todo con relación a los contactos con el sexo masculino. Fueron algunos de los grilletes que atraparon las adolescencias femeninas porque los Portela forman un clan que rechazaba a los miembros que no siguen las normas del propio clan, impuestas por los más viejos. Y si bien ninguna de las mujeres de la segunda generación quiso emular los comportamientos de la primera, la voz de la protagonista retrata con maestría la perversidad y la hipocresía de las cinco primas Portela: todas ellas se limitan a sonreír cuando era preciso sonreír y a asentir cuando la ocasión lo exigía. Tímidas y recatadas en sociedad, mas verdaderas harpías, siguiendo el ejemplo de los mayores, si las azuzaban contra alguien. Y tal como solía acontecer en aquellos años, las adolescentes Portela habían interiorizado, en buena medida por los sermones torrenciales de un tío cura y las  mojigaterías de  las monjas del colegio, que el cuerpo femenino era pecado. Sin embargo, por las filtraciones de los adultos, las primas sabían de los adulterios, amantes, crímenes pasionales, concubinatos, abortos clandestinos, de los habituales desórdenes en las conductas masculinas o de la existencia de mujeres malas.
   A pesar de su brevedad, la novela reconstruye una buena parte de la memoria histórica en los primeros días de la Guerra Civil en el Bajo Miño: los huidos fusilados, las delaciones y traiciones, la represión brutal que provocó el asesinato de muchas personas; lo mensajes de miedo, el alejamiento de la escuela, por desafecta con el régimen, de la tía Emilia, a la que le aniquilaron la esperanza, pero que fue uno de los pocos miembros de la familia Portela que tuvo alas para volar.
   Acierta la autora con el estilo de la prosa, teñida a veces con tonalidades expresionistas, otras fascinada con resplandores líricos. Anoto en el debe de la novela el hecho de que el relato se extravía en ocasiones en historias secundarias de alguno de los miembros de la familia, por ejemplo, la convivencia de Leonora, amiga de madre de  Guadalupe, con sus dos maridos. Historias que solamente de forma circunstancial tienen algo que ver con el hilo narrativo principal, la crónica de la familia Portela. Una circunstancia, no obstante, que no dificulta la lectura, ni empaña el debut de una nueva narradora en el género novelístico.

Francisco Martínez Bouzas

Noa Pérez González


Fragmentos

“No está de más conocer que a Elías Portela le entraba un apetito descomunal después de hacer el acto amatorio, hasta el punto de que Inés, en sus años al servicio como cocinera en la casa de la calle Soutelo, había decidido cerrar con llave cada noche la puerta de la despensa para ahorrarse disgustos. Y escondía la llave de esta dentro de la artesa, entre la harina. En la calma serena de la noche, después de sentirse, llegados desde el dormitorio del matrimonio, los rugidos concupiscentes del señor, y luego los estertores con los que se ponía fin a estos deleites nocturnos, se oía el crujir  de los pasos del abuelo hacia la cocina. La avidez del abuelo Elías era tal que el muy glotón, pensaba Inés, podría devorar después de aparearse un cerdo entero y sería capaz de de beberse una cuba de vino. Al encontrase con la puerta cerrada, el gigante regresaba bajo las mantas con los pies fríos, provocando los lamentos de la señora Mercedes, que ya entonces padecía de reuma.”

…..

“El propietario del balneario, el actual patrón de aquella casa, los odiaba porque le hacían concebir lúbricos desvaríos con su querida esposa y el difunto marido como protagonistas. Los celos lo habían enloquecido, y ya que estos no atienden ni a las leyes del paso del tiempo ni a las de la muerte, amparado por la más mínima excusa, Mauricio descargaba duros golpes en el lomo de los dos animales, que lo miraban con ojos apesarados, incapaces de comprender su culpa. Para él aquellas criaturas selváticas encarnaban el pecado de la fornicación. Y aquel extraño adulterio de su señora de carnes firmes con una sombra del más allá, forjado por su ardiente invención, lo mantenía siempre en guardia, con los nervios quebrados.
Al contemplar la exótica animalia, cobraban vida en su imaginación provocadoras estampas de su mujer medio denuda en la selva, con las blancas carnes entregadas a las caricias de un par de manos morenas y peludas, que pertenecían sin duda al legitimo esposo, el primero de los dos. Mauricio había visto su rostro en dos pequeños álbumes que Leonora atesoraba en el dormitorio, y que luego él se ocuparía de hacer quemar, con el falso argumento de que las cubiertas de cartón estaban estropeadas por las polillas.”

…..

“La tía Emilia tenía siempre los ojos llorosos, y nosotras pensábamos que era por culpa del moño, demasiado tirante, que restaba belleza a su rostro de rasgos delicados. No fue hasta mucho más adelante, cuando cayó en mis manos una correspondencia cursada entre mi madre, Margarida, y unos parientes de Puerto Rico, los Quintela, comerciantes de quincalla que habían hecho emerger un auténtico emporio al otro lado del mar, que supe algunas cosas que nos habían sido ocultadas sobre esta mujer de apariencia apática.
Mamá había escrito a sus familiares puertorriqueños sobre su hermana, Emilia, y ella misma, describiendo lo que hacían en la época en la que dejaron atrás la casa familiar de la calle Soutelo, para irse a estudiar. Parece que como las hermanas se llevaban apenas un año, habían cursado juntas magisterio, en Pontevedra, durante un par de grados. En este tiempo habían vivido las dos en una pensión para señoritas, situada encima de un almacén de ferretería, detrás del Teatro Principal.”

(Noa Pérez González, El ocaso de la familia Portela, páginas 16, 33-34, 67)