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lunes, 23 de octubre de 2023

DE LA CATARSIS AL DRAMA

Elías Portolu

Grazia Deledda

Editorial Losada, 2022, 224 páginas.

(Libros de siempre)

 

   

 


 

   Una buena traducción nos permite disfrutar de esta novela de la escritora sarda Grazia Deledda, posiblemente poco conocida a pesar de haber sido galardonada con el Premio Nobel de Literatura en 1926. Gracia Deledda había nacido en 1871 en la localidad sarda de Nuoro, y hubo de enfrentarse a múltiples y difíciles situaciones personales, culturales y políticas, especialmente en los años anteriores a su consolidación como escritora ya que Grazia era una chicha sarda llena de inquietudes que chocaban y ponían en cuestión tradiciones, idioma y el mismo entorno en que se inició su vida. En su educación no contó además con el apoyo familiar. Al casarse y lograr otra residencia distinta de la Cerdeña natal -se instaló con su marido en Roma- y allí publicó la mayoría de sus obras entre ellas Elías Portolu.

   Poco mencionada, pese a la notoriedad que adquirieron muchos de su libros, Deledda destaca sobre todo por una escritura brillante y por su capacidad  con que representa al campesinado y a los aldeanos de una isla periférica y alejada de los centros urbanos. También por el estilo y el tratamiento de los temas que superan los tópicos del relato costumbrista rural.

    

                                              

                                          Grazia Deledda
 

 

   Elías Portolu (1903) es una de sus obras más representativas. La escritura de Grazia Deledda está todavía distante en el tiempo, pero a la vez presente con relación a los temas que se desarrollarán en el Novecento literario. Al mismo tiempo en su narrativa hay una fuerte huella del regionalismo, del naturalismo y del decadentismo. La historia de Elías Portolu se convierte en esta novela en emblema de la lucha entre la vida y la moral. Distintivo que la autora nos acerca mediante una honda introspección de la conciencia de los personajes. Elías Portolu regresa de la cárcel deseoso de iniciar una nueva vida. Pero se enamora de Maddalena, la esposa de su hermano y con ella comete adulterio. Sucumben de forma reiterada a la tentación y, tras el placer, sienten la aflicción del pecado. La mujer queda embarazada y Elías, entre angustias y dudas, se hace sacerdote: Más tarde la muerte del hombre de Maddalena y del hijo  fruto del amor incestuoso  señalan la catarsis que concluye en drama.

   En la novela no solo encontramos una historia de amor apasionado. Junto a esa historia, es fundamental la ambientación, la descripción del entorno en el que predomina una religiosidad popular, en la que no faltan las consultas a los espíritus y las oraciones. La autora refleja con maestría los conflictos internos de los personajes, las luchas entre la pasión y la visión religiosa de la vida. Sus personajes son seres vivos, al mismo tiempo ideales y reales, sumergidos en una cultura arcaica regional en evolución hacia el individualismo burgués

 

sábado, 12 de noviembre de 2022

LOS ANTIDRAMAS

La cantante calva

La lección

Eugène Ionesco

Editorial Losada, 2008, 179 y 175 páginas.

(Libros de siempre)

  

   

 

   Eugène Ionesco (Slatina, Rumanía, 1909 – París 1994) es uno de los padres del Teatro del Absurdo, el movimiento estético con el que la acción darmática rompe totalmente con las corrientes precedentes, y que fijan algunas de las coordenadas en las que se sitúa la geografía del teatro contemporáneo. El estreno de La cantante calva significó para el teatro moderno algo comparable al que tuvo la puesta en los escenarios, en el siglo XIX, del Hernani de Víctor Hugo, que marcó el inicio del teatro romántico.

   Todas las obras de Eugène Ionesco, incluidas las más conocidas como (Le Rhinocéros, Les chaise, Le roi se meurt) están fundamentadas en los mismos principios ideológicos y estéticos en los que se basa el Teatro del Absurdo. Por una parte, la falta de sentido de la condición humana -el desierto, la soledad en la que  se desenvuelve el individuo-; y por otra la ruptura del lenguaje que se convierte, no en instrumento de comunicación, sino en un medio petrificado de aislamiento entre los seres humanos.

   Las dos obras sobre las que hoy vuelvo, son muestras en efecto de ese teatro en el que el absurdo domina el comportamiento cotidiano de los mortales. Los personajes hablan sin decir nada en las once escenas de La cantante calva. Y en la única de La lección. Son en realidad monigotes burlescos y extravagantes balanceados en un universo asfixiante en el que resulta imposible una verdadera relación social. Miradas absolutamente pesimistas sobre la existencia humana, de las que están ausentes los desenlaces, retornando todo siempre al mismo punto de partida. Como en un eterno retorno.

   La cantante calva -figura a la que solamente se alude en la escena XI y sin que sepamos el motivo- transcurre entre el absurdo grotesco y el humor. Avanza en efecto la acción entre silencios pertinaces, guiños de la lengua y una realidad en la que todo funciona al revés (por ejemplo, un reloj que unas veces toca veinte y nueve veces, otras una y otras tantas como les da la gana), y un hablar incoherente de unos personajes que se llaman a sí mismo de la misma manera, sin distinción de sexos. Asombros absurdos y sin embargo repletos de humor.

   Los personajes se admiran, por poner un ejemplo, de que un hombre inclinado de bruces y con las rodillas en el suelo, esté atando los cordones de sus zapatos; de que otro, sentado en su banqueta, lea tranquilamente el periódico; o de que en la rúbrica del estado civil, los diarios pongan siempre la edad de las personas fallecidas y no la de los recién nacidos.

   La pieza, en mi opinión, tiene su culmen en las escenas VIII y IX en la que se produce un verdadero estampido del sin sentido: palabras y más palabras, controversias, afirmaciones en la que nada se dice: uno de los personajes, el capitán de los bomberos, se ofrece a contar anécdotas, pero les pide a sus oyentes que le prometan que no lo van  escuchar, mientras estos discuten si, cuando llaman a la puerta, hay o no hay alguien detrás. En otros momentos la obra se adorna con grotescos juegos lingüísticos, sin tino ni rumbo, guiados únicamente por el hilo del humor (“Siempre es obscura la sombra del cura”). La obra concluye en un auténtico babel, con griterío generalizado y frenético de todos los personajes, unos en las orejas de los otros, con la luz apagándose, y al prenderse de nuevo, se reinicie de nuevo la misma acción. Como en un eterno retorno y, en una expresiva metáfora, de que son vanos nuestros esfuerzos por conocer la verdad. Dejemos entonces las cosas como están, como afirma la criada.

   

 

                                          


 

    En la segunda pieza, La lección, Ionesco nos presenta, también en clase absurda y desintegradora, el desarrollo de un proceso de destrucción de una víctima por el poder. Un profesor de aspecto tímido e inofensivo al inicio de la acción, se muestra cada vez más seguro de sí mismo, prepotente y dominador, hasta someter absolutamente a su alumna, convirtiéndola en un pobre objeto. La misma evolución de la voz del profesor da testimonio de este proceso de destrucción. Débil  y pusilánime al principio, se metaforsea en una voz cada vez más fuerte, logrando al final una tonalidad extremadamente potente.

   Todo esto se desarrolla a la par con el cambio que se produce en el transcurso del drama, de su comportamiento personal. Entremedias, un diálogo extravagante en el que las palabras pierden su acepción real para significar lo contrario. Esclerosis de nuevo del lenguaje, con entrada en el juego de la  contradicción y ausencia de papel de la razón, con los que despertamos en un mundo en el que no es posible entenderse y la vida humana acaba por ser engullida por la desintegración. En el desenlace, de nuevo un auténtico caos en el que las matemáticas llevan lleva a la filosofía y esta al crimen. Y otra vez volver a empezar con la llegada de una nueva alumna. Y la impresión en la mente del espectador/lector de que todo se repetirá de nuevo.

 

Francisco Martínez Bouzas

 

lunes, 24 de octubre de 2022

¿LA ÉTICA, UNA FORMA MÁS DE IDEALISMO?

El engranaje

Jean Paul Sartre

Trducción de Raúl Navarro

Editorial Losada, Buenos Aires-Madrid, 167 páginas.

(Libros de siempre)

 

    

  

   La histórica Editorial Losada, la editorial de los exiliados republicanos españoles que, según se lema, hace libros que perduran en el tiempo, publicó en el año 2017 la traducción al español de L’engranage de Jean Paul Sartre. Una pequeña obra que sin embargo tiene la virtud de hacernos pensar y reflexionar sobre las relaciones entre ética y política.

   En el año 1946, Jean Paul Sartre escribió una especie de guión cinematográfico o esbozo teatral que titulo en aquel momento Las manos sucias. Este bosquejo jamás alcanzó su concretización teatral ni cinematográfica, y dos años más tarde, una de las obras teatrales más emblemáticas del pensador francés (Les mains sales) heredó este título. Pero en el año 1962 y con el rótulo de L’engranage, se editó el bosquejo primitivo, que nada tiene que ver, en su tema y trama argumental, con la pieza, Las manos sucias de 1948. Desde hace cinco años, la Editorial Losada nos ofrece la posibilidad de leer en español esta obra menor de Jean Paul Sartre, que por cierto ni siquiera aparece relacionada en la mayoría de las listas bibliográficas de las obras del escritor y pensador francés.

   En una primera visual, El engranaje no es otra cosa que la historia de Jean Aguerra Tirano -dictador de una democracia socialista, tras haber hecho la revolución-, de su corrupción y de su  redención final por el amor de Helene, la única persona que lo cree y que lo perdona, frente a la muchedumbre que lo depone, juzga y condena.

   

                                             

                                       Jean Paul Sartre

 

   Sin embargo la obra de Sartre suscita un verdadero torrente de ideas e interrogantes, muchas de las mismas de rabiosa actualidad. Ideas y preguntas que toman cuerpo y se entretejen  a lo largo de las páginas de este esbozo.

   En especial, la vivencia dramática de la cohabitación ética-política. ¿No será la ética una forma más de idealismo que, como tal, no debería entremeterse en la política, donde la pureza semeja un lujo imposible y precisa de individuos –los habitantes de las cloacas y sumideros- que se manchen las manos, carguen con  los lodos sobre su espalda e incluso asuman el “supremo” heroísmo de matar y asesinar?  En definitiva, el utopismo revolucionario sobrado y enfajado por el relativismo de las situaciones tácticas. Y la violencia presente continuamente como condena y engranaje, en la que, habiendo entrado, es imposible salir. Ninguna novedad la de Sartre. Al fin y al cabo palabras parecidas ya figuraban en los escritos (El príncipe) de Nicolás Maquiavelo, el padre de la ciencia política moderna.

Francisco Martínez Bouzas 

miércoles, 19 de agosto de 2015

BAJO EL ENGRANAJE DEL PODER BUROCRÁTICO Y TOTALIZADOR



  Primera edición en español, Editorial Losada (1939)

El proceso

Franz Kafka

Editorial Losada, Buenos Aires, 1939 (1ª edición), 268 páginas

(Libros de fondo)



   El proceso (título original alemán, Der Prozess) es una novela inacabada de Franz Kafka, publicada de manera póstuma en 1925 por Max Brod, basándose en el manuscrito inconcluso de Kafka. Es sin duda una de las obras de la literatura universal que ha logrado más traducciones y ediciones en la mayoría de los idiomas de todo el mundo. La portada de El proceso que aparece en este comentario está tomada de la mítica primera edición de la bonaerense Editorial Losada del año 1939, hoy muy difícil de encontrar.

   La redacción de El proceso data de 1914, coincidiendo con los primeros meses de la Gran Guerra, cuando todavía no se presentía el terrible caos ni el mundo de los campos de exterminio nazis, a los que serían conducidas las hermanas del autor. Estamos, eso sí en la cumbre de la “era de la burocracia”, la misma en la que Franz Kafka desenrollaría un papel destacado como inspector de una entidad de seguros de accidentes que lo obligará a redactar una infinidad de informes sobre medidas preventivas. En la redacción de los mismos, este “judío de excepción”, se familiarizó con un mundo regido por los burócratas y con ese estilo que le es propio: exacto, conciso, muy ramificado no obstante, pero al mismo tiempo construido  con un léxico muy limitado.

   Nace así El proceso, una pieza narrativa cuya lectura nos sumerge en una de las experiencias más extraordinarias por su complejidad e intensidad. No, en cambio, porque su autor, a pesar del carácter “kafkiano” de El proceso se hubiese propuesto envolver la realidad en el misterio, mistificándola, sino justamente  porque fue capaz de penetrar en la esencia y escritura de la misma con tanta profundidad que “existen pocos escritores -como escribió H. Luckas- que hayan representado con tanta fuerza como Kafka la originalidad y la elementalidad de la concepción y representación de este mundo y el asombro ante lo que jamás ha existido”.

   El proceso forma parte del legado póstumo de Kafka, consistente en no más de quinientas páginas, que tendrían que haber sido destruidas por su amigo y testamentario, Max Brod. Porque Kafka las veía como piezas incompletas, a medio hacer. Las vicisitudes de Josef K., detenido y juzgado sin que nadie le diga de qué lo acusan, y por un código penal que resulta ser un libro pornográfico, pueden ser interpretadas, como de hecho se hizo en más de una edición, en clave biográfica y social. En efecto, el protagonista de El proceso, más que símbolo de una absurda tragedia, preanuncia muchos de los conflictos del hombre contemporáneo, víctima de los engranajes del poder burocrático y totalitario. Sin embargo, también es posible otra interpretación: considerar la novela como el fruto de la lógica de los sueños. Tanto el protagonista de El proceso como el de La metamorfosis abren los ojos en la cama, al iniciar sus relatos, y nunca llegaremos a saber si despiertan de verdad o siguen sumergidos en el sueño, amalgamando así las narraciones lo onírico con lo real. Hasta que mueren en la desmesura de esa ambigüedad.

Der Process, primera edición, 1925
   Mas este Kafka profundamente perturbador, que desenvuelve “ad absurdum” una hipótesis o una idea, deja paso con frecuencia al escritor ingenioso, hiperbólico, humorista y más socarrón que turbador. El mismo autor se partía de risa cuando les dio a conocer a sus amigos el primer capítulo de la novela. La misma necesidad emerge en nosotros cuando leemos algunos capítulos de la obra, por ejemplo aquel en el que hace una caricatura de la justicia, a la que describe como una jungla en la que se hunde el procesado, sin saber de qué es acusado, ni dónde se halla su expediente, entre un numeroso grupo de abogados y jueces. En el mismo capítulo, un pintor le explica a Josp K. que solamente podemos aspirara una absolución aparente, jamás a la absolución real que solo puede ser otorgada por un supremo tribunal, inaccesible a todos, y del que nadie sabe ni quiere saber nada. Un proceso, pues, que resulta ser increíblemente inofensivo comparado con los procesos y condenas de la vida real, que no se hallan gobernados por el signo del absurdo, sino por el odio y las ojerizas más ensañadas.

   El estilo conciso, exacto, equilibrado de Kafka, con ciertas concesiones a una ironía contenida, avanza en El proceso sin que se corresponda con una verdadera progresión dramática, sino con una sencilla acumulación de escenas y episodios. Un eje conductor que se alimenta en una “reflexión interminable”, sin necesidad de un verdadero final, convierte a esta novela en un testimonio desesperado de la absoluta deshumanización del mundo histórico que le tocó vivir a Franz Kafka, como mantiene alguno de sus más reputados intérpretes.



Francisco Martínez Bouzas



                                                      
Franz Kafka

Fragmentos



“Era un largo pasillo al que se abrían algunas puertas toscamente construidas que daban paso a las oficinas instaladas en el piso. Aunque en el pasillo no había ventanas por donde entrara directamente la luz, no estaba completamente a oscuras, porque algunas oficinas, en lugar de presentar un tabique que las separara del corredor, tenían enrejados de madera que llegaban hasta el techo, a través de los cuales se filtraba un poco de luz, y podía verse a unos cuantos funcionarios, que escribían sentados a una mesa o que, de pie junto al enrejado, miraban por sus intersticios a la gente que pasaba por el corredor. En el pasillo no se veía a muchas personas a causa, seguramente, de que era domingo. Todas tenían un aspecto muy decente y estaban sentadas a intervalos a lo largo de una fila de bancos de madera dispuestos a ambos lados del corredor. Había dejadez en el vestir de aquellos hombres, aunque a juzgar por su fisonomía, sus maneras, su corte de barba y otros pequeños detalles imponderables, pertenecían obviamente a las clases mas altas de la sociedad. Como en el corredor no existían perchas, habían dejado sus sombreros sobre los bancos, siguiendo posiblemente cada uno de ellos el ejemplo de los otros. Cuando los que estaban sentados cerca de la puerta vieron venir a K. y al ujier, se pusieron de pié cortésmente, visto lo cual sus vecinos se creyeron obligados a imitarles, de modo que todos se levantaban a medida que pasaban los dos hombres. Pero ninguno de ellos se ponía derecho del todo, pues quedaban con las espaldas inclinadas y las rodillas dobladas dando la sensación de ser mendigos callejeros."



…..



“Intentaré ser honesto con usted, dijo K. No te engañes, dijo el sacerdote. ¿En qué podría engañarme?, preguntó K. Te engañas en lo que se refiere al tribunal, dijo el sacerdote, en la introducción a la Ley se ha escrito sobre este engaño: "Ante la Ley hay un guardián que protege la puerta de entrada. Un hombre que viene del campo que se acerca a él y le pide permiso para acceder a la Ley. Pero el guardián dice que en ese momento no le puede permitir la entrada. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde podrá entrar. "Es posible" responde el guardián, "pero no ahora". Como la puerta de acceso a la Ley permanece abierta, como siempre, y el guardián se halla a un lado, el hombre se inclina para mirar a través del umbral y ver de ésta manera qué hay en el interior. Cuando el guardián advierte su intención, ríe y dice; "Si tanto te tienta, intenta entrar a pesar de mi prohibición. Pero ten en cuenta que soy poderoso y que, además, soy el guardián más insignificante. Ante cada una de las salas permanece un guardián, cada uno más poderoso que el otro. La mirada del tercero ya resulta para mí insoportable". El hombre procedente del campo no había imaginado tantas dificultades. La Ley, piensa, debe ser accesible a todos y en todo momento, pero al considerar ahora con más exactitud al guardián, cubierto con su abrigo de piel, al observar su enorme y prolongada nariz, la barba negra, fina, larga, tártara, decide que es mejor esperar hasta que reciba el permiso para entrar. El guardián le da un banquillo y deja que tome asiento a uno de los lados de la puerta. Allí se queda sentado días y años. Hace muchos intentos para que le permitan entrar y agota al guardián con sus súplicas. El guardián lo somete frecuentemente a cortos interrogatorios, le pregunta de su hogar y de otras cosas, pero son preguntas indiferentes, como las que hacen los grandes señores, y al final siempre repetía que aún no podía permitirle la entrada. El hombre, que estaba muy bien provisto para el viaje, utiliza todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Éste lo acepta todo, pero al mismo tiempo le repite: "Sólo lo acepto para que no creas que has omitido algo". Durante todos los años que permaneció allí, el hombre observó al guardián de forma casi ininterrumpida. Se olvidó de los otros guardianes y éste le terminó pareciendo el único impedimento para tener acceso a la Ley. Los primeros años maldijo la desgraciada casualidad, más tarde, ya envejecido, sólo murmuraba para sí en un rincón. Finalmente se vuelve senil, y como se ha sometido durante tantos años al guardián en una larga contemplación, termina por conocer a una de las pulgas que habita en el cuello del abrigo de piel del guardián, por lo que solicita a la pulga que le ayude a cambiar la opinión del guardián. Por último, su vista, ya débil, no sabe reconocer si oscurece a su alrededor o si son sólo sus ojos los que lo engañan. Pero ahora advierte en la oscuridad un brillo que irrumpe indeleble a través de la puerta de la Ley. Ya no vivirá mucho más. Antes de su muerte se concentran en su mente todas las experiencias pasadas, que toman forma en una sola pregunta que hasta ahora no había hecho al guardián. Entonces le guiña un ojo, pues ya no puede mover su cuerpo entumecido. El guardián tiene que agacharse mucho porque la diferencia de tamaños ha variado en perjuicio del hombre de la provincia. «¿Qué quieres saber ahora?» pregunta el guardián, «eres insaciable». «Si todos buscan la Ley», dice el hombre, «¿Cómo es posible que durante todos estos años, sólo yo haya solicitado la entrada». El guardián comprende que el hombre se encuentra en sus últimos instantes de vida y, para que su débil oído pueda percibirlo, le grita: «Ningún otro podía haber recibido permiso para entrar por esta puerta, pues está entrada estaba reservada sólo para ti. Me iré ahora y la cerraré»”. 


(Franz Kafka, El proceso, sin paginación debido a las numerosas ediciones)