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viernes, 5 de abril de 2013

UNA MIRADA A LA CONVULSA SOCIEDAD DE LA INDIA



La Casa de los Mangos Azules
David Davidar
Traducción de Damián Alou
Editorial Anagrama, Barcelona, 569 páginas)
(LIBROS DE FONDO)


   Esta novela, La Casa de los Mangos Azules, supuso el debut como narrador de David Davidar. D. Davidar, periodista y escritor, fue el director de la principal editorial de la India, Peguin Books India, en la que tuvo la oportunidad de publicar obras de los autores de la India más conocidos (Vikram Seth, Arundhati Roy, R. K. Narayan, Shashi Tharoor, Vikram Chandra, Romila Tapar, entre otro). Se estrena  con esta novela que ha conocido el éxito, tanto en su versión original inglesa (año 2002) como en las traducciones a numerosos idiomas. Con posterioridad, publicaría The Solitude of Emperors (2007) e  Ithaca (2011). La publicación en España de esta novela de David Davidar es una muestra más de que lo hindú está de moda. Davidar se suma a escritores como Vikram Seth o Arundathi Roy, que ya habían aterrizado en el panorama literario español.
   La Casa de los Mangos Azules es una novela sobre una familia y sobre una aldea, unidas casi de forma indisoluble. Son los últimos años del siglo XIX, y en la aldea de Chevathar, situada al sur de la India, en la costa de Coramandel entre templos, una fortaleza arruinada, una iglesia cristiana, la gran casa de la familia Dorai, una playa y frondosas arboledas donde crecen los mangos azules, Solomon Dorai, el jefe de Chevathar, intenta desesperadamente conservar las tradiciones y la cohesión social. Pero el espectro de la maldición de las castas amenaza todo lo que el protagonista ama profundamente: la vida familiar, la tierra, la prosperidad de los suyos en definitiva.
   Como líder de la casta de los Andavar, se verá obligado a enfrentarse a la otra casta, igualmente poderosa en el pueblo. El enfrentamiento culmina en una verdadera guerra civil y en el exilio forzado del linaje de los Dorai.
   A partir de aquí, la fabulación de David Davidar deriva en el relato de las diferentes batallas que los descendientes de Solomon ganarán y perderán para recuperar la aldea. Tres generaciones de Dorai entran y salen en Chevathar en la lucha por la recuperación de sus raíces y para encontrar su lugar en el mundo.
   La Casa de los Mangos Azules se convierte así en una verdadera saga familiar que repasa la historia de la India desde finales del siglo XIX hasta la independencia, a mediados del XX. Una parábola sobre las raíces culturales y una mirada a la historia de la India que nos enfrenta con diversos modos de concebir la realidad: desde el fanatismo en defensa de las tradiciones y la lucha por la conservación de los verdaderos valores familiares, hasta la ruptura traumática con el pasado. Una novela, por consiguiente, sobre el conflicto entre las pautas de la vida tradicional y la modernidad.
   El autor aprovecha esta narración ficticia, aunque con grandes dosis de substrato autobiográfico, para escenificar la manera como la historia puede afectar a las personas. Y no solamente la historia con mayúsculas, sino también la pequeña historia, las propias relaciones con la realidad y los acontecimientos más cercanos. La ocasión también era propicia para criticar la colonización británica, que nunca tuvo un verdadero interés en acabar con los conflictos de casta, lo mismo que ocurre en la actualidad. Así mismo, a través de su extenso relato, nos podemos acercar al cúmulo de ultrajes y humillaciones que tuvo que soportar la mujer india, debido a las leyes tradicionales que imperaron y todavía imperan en el país. Un universo ficticio complejo, alejado de cualquier tipo de folclorismo que encierra simbólicamente en cerca de seiscientas páginas la historia moderna de la India.

Francisco Martínez Bouzas



David Davidar



Fragmento

“- ¿Cuál es la casta más peligrosa que habita entre nosotros, más peligrosa que la cobra, más destructiva que un ciclón?- preguntó Neelakantha Brahmachari a los aproximadamente cincuenta aldeanos que se habían reunido bajo un pipal.
No hubo respuesta, y el orador comenzó a trabajarse al público.
-¿Podrían ser los brahmanes? Yo soy brahmán, ¡y ya sabéis lo letales que podemos ser!
La multitud soltó una carcajada ante ese comentario, y Aaron se dijo que era maravilloso que un miembro de una comunidad que había sido acusada de opresión y discriminación durante siglos se burlara de sí mismo. ¡Desde luego, esta revolución era algo portentoso! El orador, un joven de complexión recia que tendría unos veinticinco años, esbozó una sonrisa agresiva.”

(David Davidar, La Casa de los Mangos Azules, página 205)

viernes, 18 de enero de 2013

MR. GWYN


Mr. Gwyn
Alessandro Baricco
Traducción de Xavier González Rovira
Editorial Anagrama, Barcelona, 2012, 184 páginas.

  
   Traducida recientemente a varias lenguas peninsulares, tenemos en estos días la posibilidad de disfrutar de la novela del escritor italiano, Alessandro Baricco, Mr. Gwyn, un texto cristalino y transparente. El narrador italiano es sin duda uno de los mejores estilistas actuales. Su escritura es vocación, no profesión y hay quien afirma que no se puede escribir de forma más hermosa de la que lo hace Baricco.
   Mr. Gwyn es un “thriller poético”, una novela metaliteraria sobre el oficio de escribir y sobre esos gestos que hacen que una hermosa historia empiece a tener vida. Es pues preciso gozar pausadamente de cada palabra que leemos en este libro, en el que un escritor semeja cambiar de profesión, dejar de escribir libros, pero no para olvidarse de la escritura, sino para crear la magia y sumergir al lector en la esencia del asombro desde una propuesta metaliteraria y contándonos una historia muy sencilla y, a primera vista irreal, pero que llegará a atraparnos con los garfios de la intriga.
   Se trata de la historia ilógicamente fácil de Japer Gwyn, un autor de éxito que decide dejar de escribir libros, porque se da cuenta de que eso no le sentaba bien. Pero, al poco tiempo, hecha en falta el guiño de escribir y le viene  a la cabeza la idea de un posible oficio: convertirse en copista, no de actas notariales, sino de personas, escribir retratos de gente. Y es entonces cuando comienza lo insólito, la historia que poco a poco nos va fascinando. Hombres y mujeres posando para el escritor y la novela incrustándose con fuerza en la metanarrativa. Una reflexión sobre el acto de escribir y algo más, porque Baricco nos introduce de lleno incluso en el taller del escritor y nos muestra sus mínimos detalles.
Alessandro Baricco
   Pero Mr. Gwyn escribe relatos maravillosos sobre gente muy dispar. Retrata a las personas escribiendo escenas, segmentos de historia, páginas de libros que nadie escribió jamás. Y al mismo tiempo la novela profundiza en los misterios de los ritos de la experiencia que, por ejemplo, arrastran a una mujer desnuda  a dejarse mirar por un hombre loco, siendo capaz de reordenar esa experiencia hasta transformarla en un refugio para ambos, haciendo además que surja el deseo de algo físico.
   El desenlace del libro, sea cual fuere la manera como se enfoque, es sorprendente, porque al final un escritor jamás deja de serlo, solamente cambia de perspectiva: deja a un lado el arduo trabajo de la inspiración y se deja llevar por la magia. Es por eso, nos recuerda Baricco, que existen muchos retratos ocultos, circulando por el mundo, cosidos secretamente á las páginas de los libros.

Francisco Martínez Bouzas

(Este texto es la traducción al español de una colaboración con el mismo título publicada el día 18 e enero de 2013 en el periódico El Correo Gallego de Santiago de Compostela. Para ver el original, pinchar aquí)

miércoles, 20 de junio de 2012

"EL LADRÓN", UNA MUESTRA TURBADORA DEL EXPRESIONISMO LITERARIO ALEMÁN

El ladrón
Georg Heym
Traducción de Eduardo Knörr Argote
Amaranto Editores, Madrid, 147 páginas
(LIBROS DE FONDO)



La obra literaria de Georg Heym es un anticipo de las catástrofes de la primera Guerra mundial, servido con imágenes estremecedoras y violentas. Un anticipo así mismo de la alineación que  se alimenta en el seno de la civilización moderna. Georg Heym fue un notable representante del expresionismo más temprano. Nacido en Silesia en 1887 en el seno de una familia de terratenientes y funcionarios públicos, desde su adolescencia manifestó un comportamiento hostil frente al convencionalismo y al conformismo de la sociedad Guillermina. En 1900 se traslada con su familia a Berlín al ser nombrado su padre fiscal del Tribunal Militar Imperial. Allí reemprende los estudios, pero fue expulsado del instituto debido a su pobre rendimiento. Sin embargo, para contentar a su progenitor, consigue terminar la carrera de derecho en 1911 y obtiene el título de abogado. Es destinado a un juzgado de primera instancia pero a los once días solicita una excedencia y se matricula en el Seminario de Lenguas Orientales de la Universidad de Berlín, con la intención de convertirse en “drogomán”. Simultáneamente su padre había solicitado su ingreso en calidad de alférez en un regimiento de artillería de campaña, pero fallece en enero de 1912 a la edad de veinte y cuatro años, ahogado en el río Havel mientras patinaba acompañado por un amigo, el también poeta Ernst Balcke.
Heym se inicia en la escritura a muy corta edad. Escribe sus primeros poemas a los doce años echando mano de un estilo naturalista. Más tarde, sin embargo, su escritura deriva hacia imágenes visionarias y apocalípticas en las que recrea un universo demencial regido por el caos, la angustia y la violencia psicopática. Mientras preparaba la edición de lo que él consideraba cinco novelas cortas, fallece, patinando sobre el hielo, como he señalado. A pesar de la oposición de su padre, aparecen publicadas finalmente en 1913 bajo el epígrafe de uno de los relatos, Der Dieb (El ladrón). Desde hace unos años, tenemos la ocasión de leerlos, traducidos por primera vez al español y coeditados por Amaranto y Sipiente.
Tanto El ladrón como la mayor parte de los relatos de Georg  Heym son muestras singulares del expresionismo literario alemán. También en el campo literario se guían los expresionistas por el principio general del movimiento estético de que es la expresión la que define a la forma y, por consiguiente, las manifestaciones artísticas pertenecen al ámbito de la subjetividad. Defensores a ultranza de la función social del arte, los expresionistas reaccionaron contra el positivismo burgués y contra la alineación que presidía las relaciones humanas debido a la creciente industrialización que experimentó la sociedad alemana entre los años diez y veinte del pasado siglo. Evidencia al mismo tiempo el expresionismo la crisis de valores morales e intelectuales de la Europa de preguerra, crisis puesta de manifiesto de forma muy clara ya en 1916 en estas palabras de Hermann Bahr: “Jamás existió una época más turbada por la desesperación, por el horror de la muerte. El arte grita en las tinieblas, pide socorro e invoca el espíritu”. La etiqueta “expresionismo” fue aplicada en su origen a las artes plásticas y utilizada por primera vez por el pintor Julien  Auguste Herve para definir el estilo de Matisse, Cézanne y Van Gogh. En ese ámbito de las artes pláticas, hay que destacar la importancia de los grupos Die Brücke, deudor de las aportaciones de Van Gogh, Munch y James Ensor, y Der Blau Reiter, en el que, entre otros participaron Kandinsky, Paul Klee y Georg Gras.
Hallamos el sello del expresionismo literario así mismo en la exaltación de lo subjetivo e irracional a través del empleo de un lenguaje deformado, agresivo, que rechaza el estatismo descriptivo y se apoya en la exploración de la visión interior, marcas todas de la escritura de Georg Heym. El gran narrador expresionista alemán fue sin duda Alfred Döblin (Berlin Alexander-platz, 1929 ). En el campo de la lírica destaca la aparición de una poesía metafísica, no referencial, que llega a los lectores alemanes de la mano de Hölderlin y Novalis teñida de nihilismo y de un pesimismo apocalíptico en relación con los avances de la ciencia.
Incitado por los poetas presimbolistas, sobre todo por Rimbaud y Baudelaire, Heym refleja en efecto en su prosa el nuevo estilo, opuesto al realismo y al naturalismo, y en el que la realidad queda dislocada y llega hasta nosotros por medio de visiones personales llevadas a la escritura con una fuerza extraordinaria. Y para eso, nada mejor que utilizar como protagonistas a  personajes enfermos, locos, alucinados o a seres en situaciones existenciales extremas. Nos sumergen, pues, los relatos de Heym  en un mundo extraño, infestado de enfermedad o locura. Con su fijación por el horror, intenta hacer aflorar toda la inquietud y todo el desconcierto, recluidos en el substrato de la sociedad y que es preciso hacer explotar como un grano de pus para que supure toda su podredumbre.
En el relato que le da título a la colección, el protagonista, un individuo solitario, se considera elegido por Dios para extirpar el mal del mundo. En sus alucinaciones, la divinidad le revela que la mujer es la raíz de todos los males, el mal primigenio que hace inútil la obra redentora de Cristo. Su demencia le lleva a la conclusión de que la Mona Lisa de Leonardo encarna a la mujer por antonomasia. Por consiguiente, debe perecer y el mismo será el ejecutor del plan. En “El loco” relata las acometidas visionarias de un enfermo mental que sale del manicomio poseído por la obsesión de vengarse de su mujer. Su furia delirante le empuja a asesinar a mujeres y a  niños. Ciertos acontecimientos de la Revolución Francesa inspiran otro de los relatos, impregnado de fuerza, “El cinco de octubre”: el pueblo hambriento marcha sobre Versalles en busca de pan: “La palabra pain penetró con toda su blancura y su pringue en el cerebro del populacho y permaneció allí como una piedra de sal, gigantesca, hinchada, crujiente, lista para recibir el primer tajo”. Se consuma así una revolución que revienta  como un inmenso río que todo lo arrastra: “naves divinas gobernadas por los espíritus de la libertad”.
En la misma línea, si bien alimentándose en manantiales imaginativos  del propio autor, los restantes relatos de este verdadero artesano del horror. En “La disección” un muerto sueña mientras le practican la autopsia. En “Jonathan” es un enfermo desahuciado el que delira por la fiebre. “El barco” no muestra el ambiente fantasmagórico que se cierne sobre los vivos con la muerte a sus talones. La obra corta de Georg Heym tiene sin embargo suficiente espacio para que el arte grite en las tinieblas, pida socorro e invoque al espíritu.

Francisco Martínez Bouzas




Fragmentos

“Pero el muerto dormía. Pacientemente se dejaba zarandear y que le mesaran los cabellos. El muerto dormía.
Y mientras los golpes de martillo retumbaban en su cabeza, en ella se desperezaba un sueño, un resto de amor, como una antorcha que ilumina el interior de su noche (…)
La sangre negra del muerto fluyó por la podredumbre azul de la frente. Se evaporó bajo el intenso calor formando un tremenda nube, y la descomposición de la muerte reptó sobre la frente con sus garras multicolores.
La piel comenzó a resquebrajarse, el vientre se tornó blanco como el de una anguila bajo los ávidos dedos de los médicos, que embutían los brazos hasta el codo en la carne húmeda (…)
La descomposición distendió la boca del muerto: parecía sonreír. Soñó con unas radiantes estrellas y con una tarde fragante de verano. Sus labios expirantes temblaron como tiemblan ante un fugaz beso (…)
Y el cadáver temblaba de dicha sobre su mesa blanca de muerto, mientras las manos de los médicos le reventaban con trépanos de hierro los huesos de las sienes”

…..

“Ocultó el libro, se levantó y pasó otra vez por todas las salas: todo estaba vacío.
Regresó, volvió a colocarse tras el sillón e hizo acopio de todas sus fuerzas.
¿Vencería o sería destrozado?
No obstante, estaba tranquilo, ya no tenía miedo, por mucho que ella se abalanzara sobre él y lo destrozara. Se inclinó de nuevo ante Dios frente a la ventana superior, le encomendó su alma y avanzó con lentitud reclamando en voz alta a cada paso que el cielo le enviara su auxilio.
Se acercó al cuadro. Nadie se movía. Miró a su alrededor. Entonces, en la obscuridad del crepúsculo pareció que en un rincón se balanceaba una gigantesca sombra informe.
Aún no se atrevía a tocarla, pero estaba cara a cara y la contempló. Hundió su mirada en los ojos de ella para entablar la última batalla. Y ella respondió. El infierno había aceptado el desafío.
Allí estaban frente a frente, el loco y la mujer, una tormenta desgarrada y un silencio eterno”.

(Georg Heym, El ladrón, paginas 58-6, 127-128)

martes, 8 de mayo de 2012

"SIETE AÑOS", CRÓNICA DE ABISMOS Y DERROTAS

Siete años
Peter Stamm
Traducción de José Aníbal Campos
Acantilado, Barcelona, 2011, 262 páginas.



Es imposible que sea de otro modo: la literatura que jamás desperdicia nada no podía dejar de tematizar el amor y el desamor, la condición no estática ni definitiva de los sentimientos, las relaciones interpersonales que siempre han estado en el subsuelo, alimentando los manantiales de la ficción. Pero también algo más novedoso y tan actual como la crisis económica y laboral de nuestros días que enturbia e incluso sepulta esas relaciones entre seres humanos más profundas como pueden ser las relaciones sentimentales.
Todo ello, unido a la dicotomía de una relación con dos mujeres, es aprovechado por Peter Stamm (Weinfelden, 1963) para construir no solo una novela muy actual, sino una buena novela. Una novela sobre seres humanos y sus mutuas relaciones.
La novela  en la que se producen alteraciones de tiempos y se desarrolla en el Munich de finales de los 80 y comienzos de los 90 del pasado siglo, con unos protagonistas que estudian, flirtean, se enamoran -o eso parece-. Y en la actualidad, víctimas, villanos o héroes, de la crisis económica, siempre inmersos y a veces superados por marañas y cascadas de sentimientos y pulsiones eróticas, destinados al fracaso.
En Siete años Peter Stamm le concede la voz a Alex que, como narrador autodiegético, nos cuenta en primera persona la confesión que le hace a una
amiga de su esposa durante una visita. En esta confesión, el lector se encuentra con la historia de una pareja de jóvenes, brillantes y exitosos arquitectos, alejados sin embargo entre si por aspiraciones vitales dispares y con un caos interior difícil de llenar.
La vida del protagonista masculino discurre sometida a la atracción de dos mujeres: Sonja, una bella mujer y brillantes arquitecta -la mujer perfecta- con la que se casará y con la que crea un exitoso estudio de arquitectura. E Ivona, una emigrante irregular polaca, paradigma del desorden y de la vulgaridad. Sonja adopta frente al enamoramiento una actitud fría y racional: baraja  como posibles parejas hombres en los que vislumbra posibilidades de realización profesional. Ivona, en cambio, es sumisa, se conforma con las pequeñas alegrías, desperdicia su vida por un hombre que no la ama, alimenta la necesidad de una vida mejor con novelitas rosa, le ama incondicionalmente y en eso consiste su felicidad. Para Alex, el protagonista masculino, es únicamente una obsesión sexual y una sensación de libertad, de entrega absoluta que no ha podido encontrar en Sonja.
La novela de Peter Stamm discurre alternando dos tiempos: el presente del relato en el que el matrimonio parece haber resuelto sus problemas profesionales y conyugales y el pasado que se remonta a los años estudiantiles en los que el azar hace que se encuentren Alex e Ivona. Cada mirada retrospectiva significa un cruel purgante que le hace experimentar un macabro sentimiento de culpa y le presenta una memoria  rebosante de culpas y de vejaciones. A través de sus palabras salen a flote las mutuas infidelidades de la pareja, el humillante trato al que somete a la ocasional amante polaca, el egoísmo del  acaudalado matrimonio que fuerza a la inmigrante polaca a realizar la oblación más dura para una mujer.
No es sin embargo la dicotomía de las dos mujeres, sino la tensión y la insatisfacción personal y profesional de Sonja, unidas a la crisis económica lo que hacen que la novela experimente distintos giros autodestructivos y bajadas a los infiernos, antes de un final que significa tanto un vacío como una liberación.
Siete años es un drama contemporáneo que plantea múltiples incógnitas. Entre otros, la naturaleza de las relaciones amorosas. Alguien dice en la novela que el amor pasional es una forma inferior de amor. Pero el gran interrogante es el  concepto y el ideal de felicidad. ¿Consiste en alcanzar constantemente  objetivos materiales, sabiendo que una vez logrado uno ya se está perfilando otro? ¿O en las pequeñas alegrías, en los pálpitos de quien cree con fe ciega en el enamoramiento incondicional? La novela es además un perspicaz retrato sociológico de la clase media alta alemana, con su búsqueda desenfrenada del éxito, la ausencia de moralidad, su caos existencial, la decepción, la abulia, la ruina de las pasiones.
Peter Stamm construye con maestría sus personajes, sobre todo el del protagonista masculino. Tanto él como su esposa Sonja no son personajes planos, evolucionan a lo largo de un relato que Peter Stamm escribe de forma concisa, con gran claridad, sin afectaciones. Una vía perfecta para que sus interrogantes hieran nuestras conciencias y nos fuercen a meditar sobre este maremágnum  de abismos y derrotas.

Francisco Martínez Bouzas


Peter Stamm


Fragmento

Había confiado en que algún día me aburriría de Ivona y podría librarme de ella, pero aunque el sexo con ella me interesaba cada vez menos, y aunque a veces sólo hablábamos y ni siquiera nos acostábamos, no conseguía librarme de ella. No era el placer lo que me unía a aquella mujer, sino una sensación que no había vuelto a tener desde la niñez, una mezcla de protección y libertad. Era como si el tiempo no transcurriera cuando estaba junto con ella, pero, precisamente por eso, aquellos momentos tenían tanta importancia. Con Sonja me sentía construyendo algo que jamás quedaba terminado del todo. Pretendíamos construir una casa, tener un hijo, contratábamos empleados, comprábamos un segundo coche. Apenas alcanzábamos un objetivo, ya se perfilaba otro, y jamás conseguíamos estar tranquilos. Ivona, por el contrario, no parecía tener ambiciones. Ella no tenía citas de trabajo, su vida era sencilla y regular. Se levantaba por las mañanas, desayunaba y se iba al trabajo. Que fuera un día bueno o malo dependía de muchas pequeñas cosas: del estado del tiempo, de ciertas palabras amables en la panadería o en algunas casas en las que hacía la limpieza, de la llamada de una amiga con la que iba a tomar algo o al cine después  de trabajar. Cuando yo estaba con ella participaba durante una hora en esa vida y me olvidaba de todo: las presiones de las citas, mi ambición, los problemas en las obras. También el sexo, debido a ello cobraba un cariz distinto. A Ivona no tenía que hacerle un hijo, ni siquiera tenía que dejarla satisfecha. Ella me aceptaba sin expectativas y sin exigencias”

(Pter Stamm, Siete años, páginas 148-149)

martes, 17 de abril de 2012

MIDDLESEX, LA EPOPEYA DE UN HERMAFRODITA

Middlesex
Jeffrey Eugenides
Traducción de Benito Gómez Ibáñez
Editorial Anagrama, Barcelona, 673 páginas
(LIBROS DE FONDO)


Jeffrey Eugenides (Detroit, 1960) es el autor de una de las mejores novelas cortas de los últimos veinticinco años, Las vírgenes suicidas, llevada al cine por Sophia Coppola. Con Middlesex  retornó  a la arena literaria y ganó el Premio Pulitzer del año 2003, hecho que demuestra que en Estados Unidos las grandes sagas genealógicas llevan la delantera a la hora de concurrir en los certámenes literarios más prestigiosos. Es el gran tópico de la novelística americana que siente la necesidad de incubar pormenorizadas sagas familiares como consecuencia de su condición de nación joven que precisa excavar en sus raíces y en el carácter fundacional del país.
Pero Middlesex encierra además otra historia, una historia hermafrodita, la epopeya de un hermafrodita que busca su identidad sexual y personal. De hecho la novela arranca con fuerza desde sus primeras líneas: “Nací dos veces: fui niña primero, en un increíble día sin niebla tóxica de Detroit, en enero de 1960; y chico después, en una sala de urgencias cerca de Petoskey, Michigan, en agosto de 1974”. En efecto, el héroe de Eugenides (Cal / Calliope) es una criatura mitad hombre, mitad mujer que nació en América de familia griega y que ahora vive en Berlín como agregado cultural de la embajada de sus país.
Enamorado de una mujer, se siente asustado, sin embargo, ante lo que pueda acontecer en el momento de la verdad cuando caen por tierra todas las vestiduras y máscaras y decide narrar su historia, revelar su secreto. Contarnos ese viaje en montaña rusa a través del tiempo, hablarnos de la mutación recesiva unida al quinto cromosoma, en la falda del Monte Olimpo, de cómo prosperó en la otra orilla del océano hasta caer en el fértil terreno del vientre de su madre.
En esta historia de historias, Cal Stephanides comienza narrándonos su vida. Postrer anillo de una larga cadena tejida con incestos y relaciones consanguíneas. Porque, como Tiresias, Cal vivió como mujer y como hombre, fruto de una historia que se inicia en 1922 cuando sus abuelos, dos hermanos enamorados, pertenecientes a la comunidad griega de Turquía, huyen del caos de la guerra con documentos falsos. Olvidan el tabú fundamental, ese que según Claude Lévi- Strauss supone el tránsito de la naturaleza a la cultura, se casan en el barco que les lleva a América y sus hijos, en un triple juego de consaguinidad, lo hacen a su vez con parientes también consanguíneos. Serán los padres de Cal, que al nacer fue inscrita como Calliope.
Jeffrey Eugenides comprime en esta profusa e inmensa novela, una especie de Odisea laica, todo el acervo de su memoria histórica. Middlesex prolonga la gloriosa tradición de la novela total que en el siglo XIX elevó la narrativa hasta cimas panópticas de indudable eficacia. Una obra que se inscribe en la esquela de la tradición épica, aunque quizás desprovista del sentido apocalíptico necesario para salir del trasfondo iluminista que exige cualquier acercamiento cauto al mito.
Al escribir Middlesex Eugenides es consciente de que la utopía de la gran novela americana demanda hablar de la nación y de su formación sin cortapisas. Sabe que no es suficiente posesionarse de la memoria emotiva o de las gloriosas palabras que se fueron acumulando a lo largo de los siglos. Es igualmente necesario asumir sus silencios, sus letras impronunciables. Desencanto, sin embargo, en el ojo lector al comprobar que los ecos épicos y trágicos de Middlesex no hallan en la construcción de la novela un tratamiento apropiado. Porque la voz narradora no sabe cómo fundir las dos novelas que se despliegan en el texto: la historia íntima de un hermafrodita que busca su identidad y la saga épico familiar a través de varias generaciones.

Francisco Martínez Bouzas


Fragmento

“Cuando este relato salga a luz, quizá me convierta en el hermafrodita más famoso de la historia. Otros me han precedido. Alexina Barbin fue a un internado femenino en Francia antes de convertirse en Abel. Dejó una autobiografía que Michel Foucault descubrió en los archivos del Ministerio de Sanidad francés. (Sus memorias, que se interrumpían poco antes de su suicidio, dejan mucho que desear, y al acabar de leerlas hace unos años, fue cuando se me ocurrió escribir las mías.) Gottlieb Göttlich, nacido en 1798, vivió con el nombre de Marie Rosine hasta los treinta y tres años. Un día Marie fue al médico a causas de unos dolores abdominales. El médico la examinó para ver si tenía una hernia y, en su lugar, se encontró con testículos que no habían bajado. A partir de entonces Marie se vistió con ropa masculina, se puso el nombre de Gottlieb y ganó una fortuna viajando por Europa, exhibiéndose ante profesionales de la medicina.
En cuanto a los médicos se refiere, yo soy aún mejor que Gottlieb. En la medida en que las hormonas fetales afectan a la química cerebral y la histología, yo poseo un cerebro masculino. Pero me educaron en sentido femenino. Si hubiera que concebir un experimento para evaluar las respectivas influencias de la naturaleza y la educación, no podría encontrase nada mejor que mi vida. Cuando me examinaron en la clínica hace más de dos décadas, el doctor Luce me sometió a una batería de tests (…)
Lo único que se es lo siguiente: pese a mi androgenizado cerebro, en la historia que voy a contar hay una innata cicularidad femenina. Es una historia genética. Yo soy la última cláusula de una oración periódica, cuya primera frase se escribió hace mucho tiempo, en otra lengua, y hay que leerla desde el principio para llegar al final, que es mi nacimiento”

(Jeffrey Eugenides, Middlesex, páginas 31-32)

sábado, 14 de abril de 2012

EL SALARIO DEL MIEDO

El salario del miedo
Georges Arnaud
Tradución de Encarna Castejón
Prólogo de José Giménez Corbatón
Editorial Contraseña, Zaragoza, 2011, 2002 páginas.


El salario del miedo fue publicado en 1950. Más de sesenta años después el relato de Georges Arnaud, pseudónimo de Henri Girard, no ha perdido fuelle, sigue suscitando el interés del lector que busca saciar en la literatura su sed de aventuras. Y si el lector es un cinéfilo  y tuvo la oportunidad de ver en una pantalla aquella adaptación en blanco y negro que de la novela hizo Clouzot en 1953, con Yves Montand de protagonista, ganadora de la Palma de Oro de Cannes y del Oso de Oro del Festival de Berlín, la lectura de la novela de G. Arnaud debería significar el regreso a las fuentes escritas por un novelista tan subversivo como el cineasta francés.
Georges Arnaud se convirtió con la publicación de El salario del miedo en un escritor debutante. Precedido de oscuros sucesos (el asesinato de su familia del que fue acusado y finalmente absuelto), bohemio generoso que dilapida la fortuna familiar, emigrante en el continente latinoamericano donde desempeñó dispares oficios, entre ellos el de camionero. A su regreso a París publica El salario del miedo que se convirtió de inmediato en un gran éxito editorial.
Georges Arnaud patentiza en El salario del miedo lo que él mismo llama “la poética del riesgo asalariado”, sobre todo cuando el salario es la recompensa de un trabajo sumamente peligroso: conducir un camión cargado de nitroglicerina desde un supuesto poblado guatemalteco (Las Piedras) hasta un pozo de una compañía petrolera norteamericana que ha explotado y no cesa de arder. Urge llevar la nitroglicerina hasta el lugar de la explosión ya que se considera que su detonación es la única forma de sofocar las llamas. Al anuncio en el que se solicitan camioneros expertos, se presentan numerosos voluntarios dispuestos a jugarse la vida por los mil dólares (el salario del miedo) que la compañía petrolífera ofrece por cada viaje. Son aventureros que malviven en lo que antes era un pequeño y limpio puerto de mar y ahora es un lodazal, rodeado de desolación, traficantes, prostitutas, alcohólicos… que esperan en vano una oportunidad.
Cuatro son los elegidos, no entre conductores expertos sino entre suicidas, entre tipos dispuestos a afrontar cualquier vicisitud con tal de lograr el dinero y escapar de aquel lugar.
Encerrados en los camiones, este cuarteto de perdedores transportan la nitroglicerina por carreteras erosionadas y territorios abruptos, imposibles. Uno de ellos es Sturmer. Viaja en compañía de un rumano, asesino confeso de su mejor amigo, que solo le ocasiona problemas. Las jornadas del viaje se harán interminables, obligados a luchar contra mil adversidades, pero sobre todo contra el miedo.
Georges Arnaud
Porque, aunque en esta novela hay múltiples actantes, seres amorales que basculan entre la bajeza y la camaradería, lo que realmente se deja sentir es el protagonismo prácticamente exclusivo del miedo, como con acierto apunta el prologuista. En una narración sin resquicios, el miedo se hace omnipresente. El miedo, un miedo unas veces líquido, incoloro, insípido, otras, un miedo sólido, que pesa, aplasta, petrifica, modula y gobierna la conducta de los personajes. Se anuncia tan pronto como el cartel de la Crude and Oil Limited reclama camioneros expertos. Se reitera en la tasca prostíbulo del poblado de Las Piedras cuando alguien que consume sus días al margen de cualquier perspectiva, señala como “muertos” de antemano a los camioneros seleccionados. Y el miedo despliega sus alas y aprieta sus garras sobre todo en el viaje, en el transporte del explosivo.
A la par del miedo conviven en la narración de Georges Arnaud la insensibilidad y la degradación moral, así como un retrato muy crítico del capitalismo feroz de las empresas extranjeras que explotan Latinoamérica, buscando márgenes de rentabilidad al margen de cualquier consideración ética y de los posibles daños colaterales que su insaciable hambre depredadora provoque.
El pequeño y túrbido  microcosmos en el que nos introduce Arnaud es una amalgama de egoísmos entre explotados, despojos viriles, marginación, desgracia. Con escasos personajes femeninos si exceptuamos la omnipresencia de la muerte y la de la sumisa prostituta nativa que también está en la cola de las redenciones imposibles.

Los más de dos millones de ejemplares de El salario del miedo vendidos en Francia dan fe de las apetencias de un argumento para un lector interesado en la aventura, cuando esta se encuentra acompañada de calas meditativas, exentas no obstante de moralismos, erguida a través de una estructura en la que tiene cabida una perspicaz presentación de la acción, con las oportunas pausas para incrementar la tensión y una prosa sobre todo efectiva, intencionadamente descuidada, poblada con buenas dosis de argots del hampa de estos perdedores que, en su bajada a los infiernos, nos demuestran que pueda haber una poética del pico y pala, tesis que Arnaud sostiene en la “Advertencia” que precede al texto.

Francisco Martínez Bouzas



Fotograma de la película "El salario del miedo" dirigida por G. Clouzot


Fragmentos

“Las voces resonaban con fuerza en el salón del Corsario Negro, el antro de Las Piedras, y no obstante parecían provenir de un altavoz. Al oírlas nadie pensaba en el espectáculo de los aficionados de pie en los tendidos; había que buscar con la mirada el aparato de radio que captaba, entre interferencias, la retransmisión de una corrida. Quizá era por culpa de la húmeda niebla que flotaba tanto en la ciudad como dentro del local. Los habitantes de Las Piedras la llamaban aliento de caimán, a causa de los innumerables cocodrilos que infestaban el delta”

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“El irlandés exhaló una gran bocanada de humo y continuó:
-He querido hablaros personalmente para que no haya malentendidos. Necesito cuatro conductores para llevar a la torre Dieciséis dos camiones cargados con mil quinientos kilos de nitroglicerina. Los camiones son corrientes, sin amortiguadores compensados, sin dispositivo especial de seguridad, en excelente estado, nada más.
Los hombres escuchaban son prestar demasiada atención. Hasta el momento, se estaban aburriendo. Estos yanquis eran todos iguales: locos por los discursos familiares redactados según los métodos de Dale Carnegie para una entrega de premios. El colmo…”

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“Ha caído la noche sobre Las Piedras, sobre las playas y orillas del Guayas. En el campamento de la Crude se han apagado las luces de los despachos y se han encendido, al unísono, las luces de los bungalós privados.
La ciudad tiene miedo. Al caer la tarde ha corrido el rumor del transporte previsto para la noche, y las casas que bordean la carretera han quedado vacías. Luego el pánico se ha apoderado del resto de la población, y se ha iniciado un éxodo hacia las partes altas. Solo se han quedado algunos viejos.
-Si pasa algo, será el fin del mundo. No vale la pena irse, será igual en todas partes”

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“El miedo. Está ahí, sólido, presente y estúpido, no hay manera de escapar. Fuego en el culo y  no poder correr. Solo que el miedo se puede rechazar; una carta de recomendación del Diablo, y se rechaza. Pero sigue esperando en el umbral. Se acomoda detrás en el tanque de nitroglicerina, y acecha desde allí. Se lleva bien con esa sopa de muerte repentina. Como un par de gatos, una pareja de tigres  que fingen dormir para elegir mejor el momento. Pero, si el explosivo salta primero, el miedo se verá burlado, tendrá que irse con las manos vacías, habrá llegado demasiado tarde. Y sin embargo allí está, agazapado a tu espalda, con las ruedas traseras bajo su vientre de  animal azul, de verdadero Apocalipsis; allí está, dispuesto a saltar”

(Georges Arnaud, El salario del miedo, páginas 51, 76-77, 96-97, 104)

jueves, 5 de abril de 2012

"EL TEMBLOR DEL HÉROE", UNA NOVELA SOBRE LA FALTA DE SUSTANCIA

El temblor del héroe
Álvaro Pombo
Ediciones Destino, Barcelona, 2012, 222 páginas


¿Puede ser la literatura ese territorio donde plantear los grandes asuntos que atarean o agobian al ser humano, tales como la traición, la culpa, el arrepentimiento, la cobardía o el mismo sentido de la existencia? Estamos ante una pregunta claramente retórica. Un personaje de Milan Kundera se servía de una sola arma para defenderse del mundo, de la zafiedad que le rodeaba: los libros que le prestaban en la biblioteca. Al igual que dicho personaje, la novela de Álvaro Pombo ganadora del Premio Nadal 2012, que profundiza en los mecanismos del engaño, en las consecuencias trágicas de pasar por el mundo resbalando, deslizándose sobre la superficie de la realidad, sin comprometerse con nada, es una nueva prueba de que la literatura es una infinita cosmografía en la que cabe todo, si detrás de la pluma que escribe está esa rara avis que es Álvaro Pombo con  su “poética del bien”. Álvaro Pombo, filósofo empedernido -esta novela es una prueba fehaciente-, contorsionista de las palabras, defensor de la libertad e inventor de tramas que encauza a través de un peculiar método literario, por él mismo bautizado como psicología-ficción, cuyo primer postulado es la falta de sustancia, abordado de forma magistral en esta novela.
Pombo es un creador superdotado, un creador pleno como lo definen los académicos, aunque quizás más para ser leído por escritores que por el gran público. Ya en 1992, cuando aún no estaban amasadas sus grandes obras (Donde las mujeres, La cuadratura del círculo, El cielo raro, Contra natura…) hubo críticos que catalogaron a Pombo junto con Javier Marías como los dos narradores más interesantes de los últimos veinte años. La lengua prodigiosa, mezcla de barroquismo, espontaneidad y capacidad inventiva de este genio que anda suelto (Jorge Herralde) hacen de Álvaro Pombo el mejor estilista, el gran fascinador verbal y uno de los grandes creadores contemporáneos en lengua española.
El temblor del héroe es una prueba sobreabundante de cuanto digo y confirma además la querencia del escritor por explorar en el interior de los universos humanos. Sin embargo, que nadie se confunda: El temblor del héroe no es una novela comercial, de consumo rápido. Se trata, al contrario de una pieza narrativa compleja, densa, rebosante de reflexiones y disquisiciones filosóficas, también de citas en latín y en otros idiomas, pero no una pieza obscura, sobre todo a medida que se avanza en la lectura. Tampoco experimental a pesar de algún que otro comentario metanarrativo de un narrador omnisciente.
Pombo, como ha escrito Ángel Basanta, solo se parece a Pombo, se ha especializado -y en esta novela lo hace de forma brillante- en la fabricación de estructuras narrativas penetradas de cultura, de ideas, combinando sabiamente reflexión, narración, descripción y diálogo, con la presencia de personajes complejos que el escritor explora en sus más ocultos recovecos y sinuosidades.
En una breve sinopsis argumental, cabe decir que la novela nos presenta de entrada a Román, un profesor universitario jubilado, invadido por la nostalgia de los días luminosos de la pedagogía en los que fascinaba a sus alumnos, inculcándoles el amor  a la sabiduría y estimulándoles para alcanzar una vida más noble y más alta. Todo aquello se evaporó de repente. Dos de ellos, sin embargo, una pareja de médicos, comparten su amistad y con ellos ha entablado complejas relaciones intelectuales y sentimentales. En un momento determinado, entra en su vida un joven periodista (Héctor), arrastrando una niñez de abuelos aturdidos por los hijos drogadictos y una adolescencia torturada por las violaciones de un pederasta (Bernardo), un ser demoníaco, una rémora vampiresca, que consigue así mismo incluirse en la vida de esta celebridad menor con perfil de Wikipedia.
Es  a partir de este momento cuando los fantasmas del pasado reaparecen a la vez que los mecanismos del engaño, la cobardía, la insensibilidad y la falta de compromiso para reaccionar ante el dolor ajeno provocan un trágico final en una novela cuyo núcleo diegético se reduce sin embargo a un trío con un conflicto amoroso no resuelto en un ambiente de relaciones homosexuales, amores líquidos y chaperos, con sentimientos de culpa y muchos vaivenes. Con vidas agobiadas por lo que el autor llama una razón aburridamente posmoderna: la falta de sustancia en seres incapaces de sustentar una ética autónoma, aletargados que pasan por la vida patinando, deslizándose, sin involucrase en nada más allá de lo que les dicta la cobardía.
Una novela con trasfondo turbulento, perturbador que se desarrolla en un burdo tiempo democrático y sin héroes, con un gran problema verbalizado en las palabras del profesor jubilado: no sentimos nada y por eso mismo somos insensibles ante el dolor y el sufrimiento ajenos. Y si alguna vez lo percibimos, la cobardía, la inacción o ese insustancial escurrirse por el mundo, nos impide comprometernos con los demás.
Novela pródiga de comentarios y digresiones filosóficas (el motor inmóvil aristotélico, el entendimiento agente medieval…), con citas y referencias de numerosos pensadores desde Platón a Roland Barthes, pasando sobre todo por Kierkegaard; con el uso de variados registros: un nivel culto sobreabundante en terminología filosófica y otro que se alimenta de jergas juveniles y de neologismos (por derivación y acronimia sobre todo) y expresiones de propia cosecha, sin que falte la barroca pedantería de alguna frase típicamente pombiana (“Tenía el don predigital del uso transtextual de los textos”, página 130)

Francisco Martínez Bouzas



Álvaro Pombo


Fragmentos

Román está en su sesión de meditación. Lleva años practicando. Hace la mayoría de los ejercicios muy automáticamente, con considerable perfección, elasticidad… pero puede hacerlo sin prestar atención o reflexionar. Esto no está bien. Hoy es uno de esos días. Puede desbaratarlo todo ahora mismo. Desbaratarse y desahuciarse. Y desea darse esta extremaunción, el descabello. No, no está muerto aún. Aún no es inane, pero le ronda la inanidad como una mosca cojonera. Recuerda las clases que él daba. Y cómo se fue adrede desligando de las relaciones.Fue debido todo a una elemental decencia de maestro, de profesor, rodeado de gente muy joven”
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“Una vez más, al hablar ahora con Héctor acerca de Bernardo, en estos nuevos términos amistosos, Román da vueltas a lo que ha dado en llamar, para su capote, el misterio de la víctima. Cómo es posible que Héctor, víctima de la violencia sexual de Bernardo cuando era un niño todavía, haya, en poco más de quince años, trasformado todo aquello en admiración y afecto  por su victimario. A Román no le ha convencido del todo la explicación que Héctor ha dado desde un principio, que le quería, que no tenía familia propia y que Bernardo hizo las veces de su familia, su madre, su padre, sus hermanos. La sexualidad no tenía ningún perfil específico, era parte de la ternura que los dos sentían el uno por el otro”
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“- ¿De dónde has sacado ese dinero?
  -Se lo he sacado a un tío que me ligó la otra noche.
  -Déjate de bromas.
  -Es la verdad, no son bromas.
  -¿Qué le diste a cambio?
  - Lo normal, lo que suele venderse en estos casos: mi cuerpo. Fue agradable. Fue una experiencia agradable, me hubiera dado el dinero de cualquier manera, el pobre maricón, pero yo le garanticé la mercancía. Hice lo que me pidió, ¿te parece mal?
  -No te creo.
 - Dirás que no quieres creerme. Que si me creyeras tendrías que aceptar que he hecho lo correcto dentro de un mundo absurdo. Reconoce que eres tú quien más gana con mi chapa. No Bernardo, sino tú. Si yo no te hubiese traído los 1.600 euros, hubieras tenido que tomar una determinación, montarle un pleito a Bernardo, echarle de casa”
(…) – Esa pena tuya, Román, es desagradablemente buenista. ¿Qué quieres decir con que si fuera verdad te daría pena? ¿Te parece mal la prostitución masculina? ¿Te parece mal la prostitución en general?¿Crees que somos víctimas insalvables de un sistema económico salvaje, un antiquísimo sistema de compra-venta, que tiene sus encantos, dependiendo, claro está, del precio que se asigne cada cual? El mío, por cierto, es muy alto. En el alterne siempre se ha considerado que el alto alterne es menos puterío  que el bajo. ¿No vende la gente otras cosas? ¿Dónde está la degradación? Hay mucho paro, tío. Mejor puto que insolvente, digo yo”.
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“En el momento en que los dos se levantan tras apurar sus bebidas, Héctor se da cuenta de que ha cometido una gran equivocación. El bareto les amparaba: la comunidad gay, por artificial y absurda que parezca, les contenía, aunque solo fuera superficialmente, les alojaba en su seno equívoco, en su bienestar campechano, provinciano, minitransgresor  hoy en día, reasegurado, a diferencia de la calle y los automóviles de lujo y el dinero y el intercambio comercial entre viejos y jóvenes. Todo lo incalculable estaba fuera: the truth is out there. La verdad es interior como el tiempo. Héctor sabe que lo verdadero y lo falso intercambian papeles ahora en su conciencia: lo inauténtico y lo auténtico: el no poder creer que alguien le amaba (excepción hecha de Bernardo) y el creer a pie juntillas que cualquiera le amaba. Todo el mundo le deseaba aquella tarde de otoño a la salida del bareto de Chuecas: se sintió sin embargo, indeseado, el indeseado, el jovenzuelo equívoco, que jamás lograría distenderse y desanudarse y correr los 1.500 y hacer una marca razonable”

(Álvaro Pombo, El temblor del héroe, paginas 21, 109, 178-179,198)

domingo, 25 de marzo de 2012

"TRISTANO MUERE", UNA ELEGÍA TRÁGICA EN LA MUERTE DE ANTONIO TABUCCHI*

Tristano muere
Antonio Tabucchi
Editorial Anagrama, Barcelona, 2004, 192 páginas.


Antonio Tabucchi (Vecchiano,1943-Lisboa 2012 ), profesor universitario de literatura portuguesa, ha sido conocido sobre todo por sus relatos, por sus novelas y también por su producción ensayística. Enamorado de la literatura portuguesa, hasta el punto de haberse nacionalizado portugués, traductor y comentador de Fernando Pessoa, Tabucchi ha recogido en su narrativa la tendencia del poeta portugués a multiplicar los planos de la realidad, a añadir constantemente nuevas presencias, a extender las situaciones hasta el punto de hacerlas inconmensurables.
Pero si ha habido un escritor versátil, éste es por antonomasia Antonio Tabucchi. Conocido sobre todo por Sostiene Pereira, el narrador italiano es mucho más que ese paréntesis de novelas fáciles, populares, epopeicas como la citada o La cabeza perdida de Damasceno Monteiro. Tabucchi es sobre todo el delicado y exigente refinamiento de Dama de Porto Pim, Nocturno hindú, Sueño de sueños & Los tres últimos días de Fernando Pessoa. Así como su novela epistolar, Se está haciendo cada vez más tarde y el monólogo desencantado de Tristano muere, seguramente su novela más ambiciosa y en la que el maestro italiano, el mejor escritor de su generación, trabajó doce años y que vio  la luz en la mayoría de las lenguas del mundo, incluidas las minoritarias. El mismo autor ha manifestado que Tristano muere es la novela de su vida, auque no le resultará fácil superar el éxito de Sostiene Pereira, con más de 200.000 ejemplares vendidos sólo en España. En ella, más que en ninguna otra, Tabucchi cultiva la tendencia a multiplicar los planos de la realidad representada, a añadir constantemente nuevas presencias, a ampliar las situaciones hasta el punto de hacerlas inconmensurables, prácticamente infinitas.
Diremos de manera esquemática que Tristano muere es la historia de un viejo partisano, un luchador antifascista que está muriendo en el último agosto del pasado siglo y hace acudir junto a su lecho a un escritor, que ya había escrito una versión novelada de sus vivencias, para transmitirle con el poder de la palabra, en la agonía, oprimido por la  gangrena  y con el ritmo cadencioso que la morfina le otorga a su voz, el equívoco cuadro de su vida, hecho de contradicciones, omisiones, dudas, falsos recuerdos, imaginaciones, deseos incumplidos. Un cuadro que puede ser visto como la biografía moral del siglo XX o, como confiesa el escritor, como la tarjeta de identidad donde se perciben las huellas digitales de la pasada centuria
Tristano esta agonizando en un agosto toscano, un agosto que parece que nunca va a terminar, entre el dolor y la canícula, pero en su interior existen muchas cosas de las que quiere liberarse. Muchas cosas que necesita contar y comprender y entender al recordarlas. Por eso convoca a este personaje, al que siempre llamará escritor y que nunca habla, no actúa como interlocutor. Está allí, a su lado como un fantasma para ser el fiduciario de unas palabras, de una larga confesión que será una especie de testamento en el que Tristano, al no tener nada que dejar, lega, como en la Edad Media sus llagas y heridas.
En la novela están presentes algunos de los grandes interrogantes merecedores de ser formulados en nuestro tiempo. El protagonista llega por ejemplo a preguntarse si, después de haber luchado por la democracia y por la libertad, mereció realmente la pena. En buena medida se siente amargado, escéptico y no halla respuestas. Cuando luchaba en las montañas, todo estaba claro. Ahora en cambio, todo es oscuridad. Ni siquiera queda claro y patente el sentido de la civilización occidental. Occidente, un faro de luz en una mano y una bomba atómica en la otra. ¿Mereció la pena haber combatido, haber matado para vernos inmersos en este frágil hoy, en esta alba del tercer milenio, construida de mil tragedias y falsos pasos adelante, hasta la irrupción del dios supremo, el  fuego eléctrico, el “tontintolín”, la nueva tiranía televisiva superior a cualquier clase de ismo? Inteligente, audaz y esclarecedora la forma como Tabucchi representa la crisis de la civilización occidental, de sus valores  e ideales, de sus principios morales.
Y la gran pregunta que palpita en toda la novela: ¿puede ser contada una vida? ¿O simplemente se vive y nada más? ¿Es la vida un juego de espejos? Seguir su rastro no resulta fácil ya que la vida no nos viene dada en orden alfabético. Se muestra un poco aquí y un poco allá, como migajas, y el gran problema es poderlas recoger. Algunas veces la pregunta adquiere tintes más radicales: ¿qué es la vida? Tristano no busca tanto el sentido de su vida como el de la vida en general, pero se encuentra con muros infranqueables porque la realidad se confunde con el sueño, lo que ha acontecido con los deseos. Y la vida, en definitiva, más que una suma de hechos, es una catarata de  preguntas sin respuesta, algo indecible.
Tristano muere tiene como subtítulo “Una vida”. Sin embargo la novela no es en ningún momento la crónica de una existencia. Al final del libro, lo que de Tristano sabemos, es muy poco y este poco se nos presenta confuso, recuerdos acuosos que se apoyan unos en otros. Sin embargo este profundo monólogo sobre lo indecible nos hará reflexionar sobre los meandros de la historia, esa historia que llega hasta nuestros días, en un viaje a través de la memoria, densa indagación sobre el sentido del heroísmo  y de la vileza en una cara a cara con la muerte.
Todo esto y mucho más es Tristano muere, un título que nos recuerda a Malone muere de Samuel Beckett y que Tabucchi quiere que se respete en las versiones a otras lenguas. Un título que rinde homenaje a Leopardi, al Tristano de las Operette Morali, una figura que observa el mundo con pesimismo y amargura. Y el empleo de un presente muy especial: elástico, dilatado. Un presente que dura un mes entero, que se prolonga para indicar que Tristano muere en cada página del libro, pero que sabe al final del mes de agosto que será definitivamente expulsado de la vida. Mientras tanto respira y habla reafirmando la superioridad de la palabra, de la voz sobre la tradición escrita. “De todo lo que somos, de todo lo que fuimos, quedan las palabras que hemos dicho...”
Novela compleja, dura, despiadada, de la que el lector sale  como mínimo perturbado y confuso, como el siglo que Tabucchi pretende contar, corroído también por la gangrena. Fragmentalismo, prosa selecta, novela -poema. El desarrollo del libro es dilatado, pero a la vez fragmentario. Lo que acontece lo hace a trechos, se detiene, se reinicia, se interrelaciona, se superpone. Una novela, pues, que se construye como un rompecabezas y emplea la técnica del monólogo interior de Joyce y del desdoblamiento de Pessoa. Una pieza de ficción muy alejada de los productos literarios de simple consumo, pero muy rica en todos sus planos, que funcionan como un juego de espejos, como retratos que son de la realidad y llega hasta nosotros como un monólogo desilusionado y formalmente muy fragmentado.

Francisco Martínez Bouzas

Antonio Tabucchi
                                                    
* Este texto, con leves variantes, fue publicado el día 9 de enero de 2005 en el suplemento  Gaceta Dominical del periódico El País de Cali (Colombia). Hoy lo reproduzco en homenaje a Antonio Tabucchi, uno de los grandes referentes literarios de Europa, fallecido en este día en Lisboa a los 68 años de edad.