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jueves, 1 de octubre de 2020

INSUMISA A LAS LEYES DE LOS MACHOS

La insumisa


Cristina Peri Rossi

Menoscuarto  Ediciones (E. Cálamo), Palencia,2020, 238 páginas.

 

    

 

 

   Todos los libros de Cristina Peri Rossi contienen retazos de su vida. La amistad amorosa imposible con Julio Cortázar, por ejemplo, en Julio Cortazar y yo. Pero es en La insumisa donde el texto se transforma plenamente en biografía, en un balance de la vida de la escritora uruguaya-española, en su niñez y adolescencia. Novela pues que recupera su años de infancia y temprana juventud, y lo hace con perplejidad y extrañeza ante el mundo que la suerte le deparó, y que no comprende, porque, en las páginas del libro se percibe un constante conflicto  entre el deseo y la realidad.

   Cristina Peri Rossi es una escritora prolífica, y en sus renglones percibimos no solo una voz femenina, sino posiblemente la única voz femenina vinculada al boom de la narrativa latinoamericana. Ha publicado novela, relatos, poesía, ensayo y también autobiografía, como en este caso. Su escritura encierra un grado inabarcable de humanismo y carnalidad  fielmente expresado por esta frase de Elena Poniatowska: “Leer a Cristina Peri Rossi siempre me da ganas de hacer el amor.”

   La insumisa esta tejida con los mimbres con que entrelazó su vida desde que, exiliada de su país natal, reside en Barcelona: su infancia, su adolescencia, su primer amor que curiosamente fue su madre, su familia, el amor hacia los animales…. En definitiva, las marcas de su identidad, sobre todo las circunstancias de ser mujer.

   De este libro, reconoce la autora, está ausente la ficción, salvo lo que no puede recordar como el viaje de sus bisabuelos desde Génova a Montevideo. Pero la autora intenta reconstruirlo con verosimilitud. Se trata pues de una novela autobiográfica. En el resto de su confesión, la autora  recuerda su niñez, su adolescencia, su precoz juventud, desde el deseo y la beligerancia hacia la norma y el amor hacia las mujeres. Desde el feminismo, pero nunca excluyente.

   Escritora audaz que no tiene reparo en iniciar el libro con una declaración de amor hacia su madre: “La primera vez que me declaré a mi madre tenía tres años”. Una declaración con propósitos serios: “pretendía casarme con ella”. Como animal doméstico que se considera a esa edad, comprendió instintivamente el fracaso del matrimonio de su madre, su tristeza y sus angustias. Fue el primer encontronazo de Cristina Peri Rossi con las normas del mundo: había innumerables cosas, sordas al dolor y al deseo, que no pueden ser.”

   En otro relato nos hace saber cómo las madres y abuelas les enseñan a las niñas que a ellas “les falta algo entre las piernas”. Y por esa carencia se siente incompleta, no terminada. Será el marido, el amante o los hijos quienes la completen. Pero tan pronto como descubrió su clítoris, entendió de inmediato para que servía: “Para proporcionar placer independientemente, sin esperar a ningún príncipe azul.”

   La insumisa es no solo autobiografía sino la puerta de entrada al universo de Cristina Peri Rossi. En este texto, están presentes los interrogantes, las reflexiones, los adiestramientos, la curiosidades, los temas de fondo, sostenidos y profundizados de forma tan obsesiva que permiten reconocer su ego personal, desde sus inicios hasta el día de hoy. Una rica experiencia vital.

   La autora es capaz de reestructurarse  como personaje del relato de su vida: como niña, adolescente y joven. Y lo hace como en su literatura: de forma inquisitiva, cuestionadora, porfiada, inmensamente apasionada.

    

 

                                  

                                    Cristina Peri Rossi

 

Uno de los mimbres que tejen esta autobiografía novelada es el erotismo lésbico, aunque no de forma exclusiva, ya que en más de una secuencia también se cuestiona por la eroticidad masculina. En ella, sus indagaciones de las pasiones eróticas no son en realidad una sola celebración lúdica de los sentidos, sino una vía hacia una honda reflexión filosófica en relación con el deseo, entendido como motor de la vida.

   Es por eso que en la literatura de Cristina Peri Rossi prima y transciende las reivindicaciones identitarias. En su libro lo masculino y lo femenino aparecen analizados como formas de deseos de identidades.

 

Francisco Martínez Bouzas

 

domingo, 11 de marzo de 2018

EL AMOR, SEDUCCIÓN POR LA DIFERENCIA





Todo lo que no te pude decir

Cristina Peri Rossi

Menoscuarto Ediciones, Palencia, 2017, 194 páginas.



    

   Reconoce Cristina Peri Rossi (Montevideo, 1941) que su pasión por la vida no tiene límites, es un verdadero frenesí. De ahí, sus numerosas obras tanto en narrativa como en poesía, porque una forma privilegiada de vivir es una existencia dedicada a la escritura. En los dos últimos años han coincidido en el tiempo varias obras de su autoría. Una de ellas, este libro de relatos/novela, Todo lo que no te pude decir, una novela al margen de las pautas canónicas (inicio, nudo, desenlace), pero muy consecuente con lo que demanda el texto. Y con el tema de fondo de la escritura de Peri Rossi: la exploración de las relaciones personales del amor hacia el otro, sus obscuras razones y las asimetrías que nos diferencian y nos unen, comenzando por la más relevante: la asimetría sexual, un verdadero abismo generador de conflictos, mas también de seducciones, que es preciso franquear. Muy oportuna desde esa dinámica asimétrica que son las existencias humanas, una de las citas iniciales que inaugura el libro: “No hay mayor asimetría que la diferencia sexual y de género” (Julia Kristeva).

   El libro se inicia con una historia a primera vista jocosa, pero no carente de ternura: la historia de dos chimpancés enamorados, Bubú y Elisa, huidos  del zoo, que buscan un bosque lleno de árboles y frutos dulces. Su particular paraíso. Pero el mundo exterior, comenzando por el comisario Fonseca, se opone a que arribe a buen puerto esta búsqueda de un paraíso simiesco. Un desenlace trágico, narrado con acentos patéticos, pone fin a esta búsqueda de la felicidad por dos chimpancés enamorados que Suárez, el experto en monos del zoo, confirma. Estos dos personajes, Fonseca y Suárez, prestan continuidad a los siguientes relatos entrelazados. Ellos son el hilo conductor, aunque irán apareciendo más.

   Suárez, el cuidador del zoo, tiene en Claudia una amante excelente, pero por las noches vive maritalmente con la mona Lucila: la sienta a la mesa a comer hamburguesas; es testigo de sus ronquidos, de sus sueños. Y la mona emplea la estrategia habitual entre los de su especie: le ofrece su trasero, la señal de intercambio: sexo por comida. El agujero de la mona invitaba a ser penetrado virilmente, sin prolegómenos como los que demandaba Claudia, la novia. Y en efecto, una noche clava su miembro, penetra a la mona. Y tal como hizo con Lucila, hará con una joven prostituta cuando se llevan a la mona. Es el bestialismo, una relación profundamente asimétrica que, sin embargo, seduce a Suárez.

   Algo semejante le acontece al comisario Fonseca: una relación exclusivamente profesional con Silvia, una bella prostituta uruguaya. Paga sus servicios sexuales dos veces por mes. Un ancla Tyzak que lleva tatuada en el tobillo, es el detonante  de una tenebrosa historia en el Uruguay de la dictadura militar. Silvia había sido elegida por la guerrilla tupamara para seducir al jefe de los servicios de Inteligencia y Enlace encargados de la represión. Allí conoce las catacumbas de la represión, el inframundo, pero la mirada de un oficial salva a Silvia de ser subida al avión de la muerte para ser lanzada al mar. Mas también aquí funciona la ley del intercambio: se verá obligada a convertirse en la amante de ese oficial, si bien ese relato forma parte de un todo que no se puede decir.

   Fonseca pretende ampliar el contrato, invitar a Silvia con la que tiene sexo, a algo que a ella le guste. Ella se niega y extingue el contrato porque se va a vivir con una mujer, con Laura, una mujer de teatro que dirige La muerte y la doncella en la versión de Ariel Dorfman. Sin embargo, tampoco en el amor de Silvia y Laura, esta llega a saberlo todo a pesar de estar unidas como la lapa a la piedra.

   La ley del intercambio funciona así mismo entre el deprimido Fonseca y la joven dominicana sin papeles: él necesitaba una mujer y la joven dominicana, un hombre.

   En la novela, hecha de relatos, no existe un desenlace. Simplemente un cierre de amores y rencores: los del represor Mauricio, ahora necesitado de ayuda psicológica, que sigue buscando a Silvia con una amalgama de amor y resentimiento.

   Desde el punto de vista formal y estructural, al libro de Cristina Peri Rossi se le pueden imputar más de un defecto. El principal es sin duda el intento de hacer una novela de relatos, apenas sin otra trabazón que la del hecho de compartir los relatos ciertos personajes, si bien el artificio escritural puede ser interpretado de otra forma: como una historia coral. En ella los diversos protagonistas nos narran su relato. En todos ellos subyace el gran tema de fondo de este libro: las asimetrías, las diferencias entre los sexos, entre hombres y mujeres y las secuelas que eso provoca. Entre ellas, la seducción. ¿Por qué a un hombre le seduce fornicar con una chimpancé más que con la hermosa novia que lo ama? ¿Por qué aman las mujeres? ¿Por el poder que tienen algunos hombres o por su profunda debilidad?, se nos interroga en el texto.

   La novela está repleta de análisis y reflexiones sobre la conducta humana en la que se pueden producir actos de bestialismo. Reflexiones sobre el amor, la posesión, la soledad, el deseo, que en el fondo no son más que manifestaciones de la insondable esencia humana y de sus relaciones con los de su especie.

   Hay otros rasgos que caracterizan el texto de Cristina Peri Rossi: la sutileza, la ausencia de juicios de condena o enaltecimiento, aunque en este caso con una excepción: el elogio de las relaciones lésbicas -no del lesbianismo- entre dos de las protagonistas femeninas. La mixtura de humor, ironía, ternura, lucidez, transgresión de múltiples convenciones sociales. Y por supuesto, abundantes secuencias de elevado erotismo, nostalgia por Montevideo, la ciudad natal de la escritora, y el tema del exilio. Todo ello lo va dejando caer la autora al pasar por la lupa de su prosa, rica en hallazgos expresivos, el gran tema de fondo de la novela: la forma en la que los seres humanos, pese a las asimetrías, nos relacionamos entre nosotros.









Cristina Peri Rossi

Fragmentos



“Se había sentado, como él, para comer las flores, y entonces Fonseca, siempre reptando, consiguió llegar hasta la improvisada sepultura del mono muerto; con ambas manos y brazos apartó la tierra, el lecho de hojas y el cuerpo inmóvil del mono apareció, inmensamente vacío, como solo los muertos pueden estar vacíos. Vacío y quieto aunque los pelos superficiales de color negro anaranjado temblaban con el viento. Se quedó al lado del mono, esperando. Elisa dejó de comer súbitamente y lanzó un grito áspero, intenso, larguísimo. Él la imitó, procuró lanzar al aire un grito semejante. Durante un rato que no supo o no pudo contar, ambos estuvieron así, gritando, no de manera simultánea, sino alternada, como un lamento de amor, como el aria de amor y de muerte de Tristán e Isolda, recordó Fonseca, extrayendo esa reminiscencia de un área de su memoria poco frecuentada. (Había tenido una novia, en su juventud, a la cual le gustaban las arias.)”



…..



“Lucila dejó de chillar cuando vio esos preparativos y él abrió la puerta de la jaula y se dirigió a la mesa.

Había un plato para ella, con su hamburguesa chorreando mozzarella y brincó varias veces, emitiendo cortos gritos de alegría. A Suárez le gustaba esa espontaneidad, parecida a la de los niños, que no ocultan sus emociones, que no las domestican.

Lucila chillaba, brincaba, gritaba, protestaba, reía, le arrojaba a veces objetos a la cara y estaba alegre o malhumorada sin contemplaciones, sin ocultar sus emociones, aunque era consciente de los roles y jerarquías, como todos los simios, y sabía con claridad que era hembra, o sea, subordinada, que era mona, o sea, inferior a Suárez, y que en caso de conflicto agudo, debía obedecer, le gustara o no.”



…..



“Ella comprendió enseguida. Eso era lo que a Fonseca le gustaba más de Silvia: su comprensión sin palabras. Qué bien dotada estaba para el amor físico y qué bien dotada estaba para comprenderlo. O quizás comprendía a todos los hombres. Estaba seguro (y su profesión se lo confirmó) de que las mujeres comprendían a los hombres mucho mejor que los hombres a las mujeres. Quizás porque ellos no estaban dispuestos a hacerlo: tenían el poder, y quien tiene el poder no necesita comprender, basta con no perderlo. No era su caso. A él el dinero -el otro gran poder, además del sexo- le confería la posesión, quizás porque se hubiera avergonzado de tenerlo o por la culpa. La culpa de no haber amado verdaderamente ni a su mujer, ni a sus hijos, ni a nadie.”



(Cristina Peri Rossi, Todo lo que no te pude decir, páginas 27, 34-35, 113)

sábado, 9 de enero de 2016

AMORES EQUIVOCADOS



Los amores equivocados
Cristina Peri Rossi
Menoscuarto Ediciones, Palencia, 2015, 137 páginas

   Cristina Peri Rossi (Montevideo, 1941), buena poeta y novelista, es así mismo una de las más notables cultivadoras del subgénero del relato, y la habilidad que demuestra en estos once cuentos que giran todos ellos en torno a las dificultades y ambigüedades con las que se vive el amor en nuestro tiempo, es una prueba inequívoca de  lo que acabo de afirmar. Una colectánea de cuentos, de mediana extensión, que exploran todas las vertientes, variantes y recovecos del amor como emoción anímica y como impulso carnal. La autora hispano-uruguaya confiesa que se deja seducir por las emociones y por el subconsciente; se cierra a influencias ajenas y escribe. Resultados de su escritura son, entre otros, los cuentos de Los amores equivocados, que, si algo demuestran, es la complejidad  a la hora de vivir el amor en nuestros días. El amor y el componente físico, el erotismo y la carnalidad a los que suele ir ligado. Y quizás algo más, al menos eso se palpa en este libro: el deseo, los encuentros inesperados, a veces clandestinos, la delicadeza, las traiciones conyugales y extraconyugales. Todo eso y la perturbación, lo imprevisto, la fragilidad de las relaciones de pareja o su carácter incendiario, explosivo a veces, se convierten el hilo conductor que lleva de la mano las historias de estos relatos.
   Con alguna notable excepción, el equívoco es la regla que mide los amores que, en su escritura, visibiliza Cristina Peri Rossi. No obstante, la autora piensa que “amar nunca es equivocado” porque, junto con la racionalidad, constituye la quintaesencia del “homo sapiens sapiens”. “El que ama, afirma la escritora, vive la mayor intensidad emocional, sentimental y sensorial, por eso los cobardes y egoístas nunca aman.”
   Esos amores asimétricos y socialmente inaceptables echan a andar en la presente edición, con “Ironside”. Más que amor, lo que late en el relato es carnalidad y agradecimiento de la chica menor de edad que es recogida por un camionero y se empeña en ser puta para poder alimentar a su familia. Un cuento desprovisto de amor, pero no de sexo iniciático y suplicado por la protagonista femenina. En el cuento que rotula el libro, la autora transmite la sensación de desencanto que siente el protagonista por el hecho de permanecer al lado de una mujer que siempre lo había amado, para pagar la deuda contraída  en una noche de pasión en Montevideo. Un amor ciertamente equivocado. El encuentro real con la mujer inmensamente hermosa con la que lleva soñando desde la adolescencia y con cuya imagen se masturba, hace que el protagonista se sienta horriblemente feo, lo mismo que el narrador que le imita en su huida. Una cita ocasional en la que la protagonista suplica ser llamada puta al ser penetrada. En “De noche, la lluvia”, un relato especialmente luminoso, a pesar de la oscuridad y la incesante lluvia, se crea un vínculo afectivo entre dos mujeres que se encuentran por azar. La pulsión de hacer miles de fotografías a la mujer amada para perpetuarla, para impedir que se escape. Una forma de lucha contra la fugacidad ciertamente, pero también un amor equivocado. Un hombre está a punto de asfixiarse  al tragar un pelo del pubis de su amante en una relación clandestina. La joven universitaria que se acuesta con una profesora a la que tiende una trampa para ahuyentar a su amante. En fin, las dos hermanas del último relato, “Un cuento de Navidad”, que discuten porque ninguna de las dos quiere hacerse cargo de su madre en Navidad, y una de ellas además no encuentra una buena fecha para separarse. Son algunas de las líneas que reflejan las sinopsis de estos cuentos.
   Cristina Peri Rossi retrata hábilmente múltiples formas de vivir el amor en las ciudades de nuestro tiempo -las tramas de estos relatos se desarrollan en ambientes urbanos en los que la soledad impone su imperio- amalgamando lo emocional y lo corpóreo. No obstante, el lector puede llegar a la conclusión de que la mayoría de estos once cuentos están habitados por sexo, por largas sesiones de cama, por orgasmos en todas sus modalidades. ¿Será que las múltiples variedades del amor, sin excluir las familiares, se reducen en el fondo a encuentros fugaces? Encuentros que Cristina Peri Rossi muestra con ese cuidadísimo estilo suyo, “combinación de poesía y de prosa”. Una actitud lírica, pero al mismo tiempo, un lenguaje muy preciso para darle vida escrita a alago, a la vez tan humano y tan misterioso, mágico e irracional como la emotividad y la carnalidad y sus caracteres explosivos.

Francisco Martínez Bouzas

                                                       
Cristina Peri Rossi
Fragmentos

“Le prometió que iría a buscarlo, aunque él se rió de manera condescendiente: tenía treinta años y la suficiente experiencia como para saber que aquello que se dice en una noche de amor es tan apasionado como frágil, escrito en la marca del deseo. Además, él quería huir solo de esta ciudad de múltiples aguas y vientos desbocados; le dijo que no lo intentara, no sabía cómo sería su vida en Barcelona, no tenía dinero ni amigos: era un viaje al azar, más por malestar que por ilusión.”

…..

“Todo iba bien, hasta que ella, en medio del ardor impetuoso de la refriega amorosa le suplicó que la llamara puta. «Dime puta, puta, puta, por favor», reclamó. Él, que estaba a punto de penetrarla, súbitamente se detuvo. Disimuló como pudo, pero aquel órgano rebelde, no sujeto a la voluntad, pareció desconcertado, tan desconcertado como él mismo. Siguió besándola, pero en un giro imprevisto de los miembros, en lugar de seguir encima, aprovechó para colocarse de costado.
-¿Qué te pasa? -preguntó  ella, asombrada. A él no le pasaba nada, nada especial, solo que no le gustaba hablar cuando follaba y, aún menos, que le exigieran ciertas palabras. Ni guarra, ni puta, ni ninguna de esas cosas lo excitaban. Lo excitaba muchísimo más penetrarla silenciosa y férreamente, sin decir palabra, dejando que los pensamientos de cada cual fluyeran libremente y fuera un acto mudo, poderoso, bélico, pero sin estruendo de palabras.
-No me gusta hablar –dijo, rencoroso, mientras ella se erguía levemente, de costado, y lo miraba a la cara.”

…..

“Claudia se negaba a depilarse, decía que de esa manera era más natural y a él le parecía bien, le gustaba muchísimo ese felpudo mullido, ese triángulo oscuro donde había pelos rizados como caracolas, pero hete aquí que a veces uno se le atragantaba, como ahora, y no atinaba ni a tragárselo ni conseguía empujarlo hacia los labios, donde podría desembarazarse más fácilmente  de él. ¡Así, así, asiiiiiii!  Chillaba Claudia y él no podía, decididamente no podía interrumpir para decirle «me he tragado un condenado pelo», ni siquiera se lo había tragado, estaba ahí, a medio camino, intentó aspirar pero el clítoris se contrajo, «¿qué demonios estás haciendo?», protestó Claudia, él tenía que seguir succionando, seguir succionando aunque estuviera a punto de morir de asfixia, enseguida se imaginó lo que podía ocurrir: moriría ahogado entre las piernas de Claudia, amoratado por falta de aire, con el pelo metido entre la glotis y el esternón, cuando ella se diera cuenta sería demasiado tarde y habría muerto, luego vendría el rigor mortis, además Claudia no podría avisarle a nadie, nunca le había dado el número de teléfono de su mujer para evitar pistas, ambos estaban de acuerdo, aquello no era más que sexo, sexo, sexo.”

…..

“La miré. Sentada tenía un fuerte parecido a la Venus de Willendorf. De pie, también. Pero desnuda y sentada, el parecido aumentaba porque los pliegues del vientre se acentuaban, las piernas, menudas y regordetas, parecían más cortas y, además, su estatura disminuía. El parecido que yo encontraba entre ella y la antigua Venus de Willendorf había sido, sin duda, uno de los motivos de mi deseo. El deseo habla de quien lo siente, no del objeto, como el amor habla de quien ama, no del amado. Posiblemente yo era la única persona -y quizás su marido también, aunque tratándose de un experto en economía, dudo mucho de que hubiera visto alguna vez una reproducción de la famosa Venus- a quien Carmina hacía evocar la Venus de Willendorf, pero era justamente yo quien había hecho el amor con ella.”

(Cristina Peri Rossi, Los amores equivocados, páginas 29, 47, 83-84, 119-120)

martes, 26 de agosto de 2014

"JULIO CORTÁZAR Y CRIS", LA MUTUA FASCINACIÓN



Julio Cortázar y Cris
Cristina Peri Rossi
Ediciones Cálamo, Palencia, 2014, 126 páginas.

  
(En recuerdo de Julio Cortázar que hace cien años, el 26 de agosto de 1914, inicio su vida física.)                                  

   Lo primero que Cristina Peri Rossi nos dice en esta crónica de su irrepetible e imposible amistad amorosa con Julio Cortázar es que no fue a su entierro. Se negó a compartir la dudosa complicidad de los supervivientes, los precariamente vivos. Y lo segundo es una revelación que contradice lo que habitualmente se cree: Julio Cortázar no murió de cáncer, sino de una enfermedad en aquel entonces todavía no diagnosticada, sin nombre específico, conocida únicamente como “pérdida de defensas inmunológicas”, que ya se había llevado a la tumba a Carol Dunlop, la segunda esposa del escritor. Enfermedad que Julio Cortázar contrajo debido a una masiva transfusión de sangre contaminada de sida, recibida a raíz de una hemorragia estomacal. Este libro, no escrito precisamente en los meses anteriores a su publicación, sino casi todo él en el año 2000, es la contribución de Ediciones Cálamo y de la escritora nacida en Montevideo en 1941 al “año Cortazar” (centenario de su nacimiento, treinta años de su muerte).
   Cristina Peri Rossi conoció a Cortázar en la última década de la vida del escritor argentino. Tras el encuentro, vivieron una relación intensa, repleta de connivencias y complicidades, literatura, seducción  y de un amor imposible dada la identidad sexual de la joven uruguaya que excluía no solo a Cortázar sino a todos los hombres. No obstante, eso no se interpondría entre ambos, en la profunda amistad que cultivaron, fruto de la cual es la mejor poesía que escribió el Gran Cronopio, los Quince poemas de amor a Cris, escritos y enviados de forma privada a Cristina Peri Rossi y que aparecieron reunidos y editados póstumamente en Salvo el crepúsculo.
   En esa íntima y profunda amistad, cómplice y complicada, ahonda  Cristina Peri Rossi en esta crónica confesional y sentimental; un relato ameno y emotivo, rebosante de situaciones, diálogos, anécdotas que revelan la auténtica cara de Julio Cortázar en la intimidad, y que, según la escritora, no se diferenciaba demasiado de la de su figura pública como escritor, ya que en Cortázar vida y escritura se fusionan y se retroalimentan mutuamente. Visión sobre todo cercana del Cortázar más cotidiano, la persona de carne y hueso alejada del mito literario.
   El texto de Cristina Peri Rossi revela, como he dicho, esa íntima e intensa relación: desde el encuentro epistolar (Fue Cortázar el que descubre a Cristina a través de la lectura de la primera novela de la uruguaya, El libro de los primos, y a raíz de ese hallazgo le escribe una carta que ésta recibe en el exilio barcelonés), el encuentro físico en la gare Austerliz de París, la común afición por los dinosaurios, la fascinación por los caleidoscopios. Las “provincias”  no compartidas, como el gusto de Cortázar por el boxeo. Otras en las que eran plenamente afines, como el amor  por la poesía, por Barcelona, el común rechazo de la homofobia del castrismo cubano y de la triunfante revolución sandinista en la persona de su ministro de Interior, Tomás Borge. El amor de Cortazar hacia otra persona, Carol Dunlop, la fraternidad que nace de inmediato entre ambas mujeres. Cris convertida en la musa de los poemas que Cortázar le envía por carta en 1977.
   En la segunda parte de la publicación, la autora nos revela la trayectoria editorial de los Poemas de amor a Cris y nos permite leer algunos de los textos por ella escritos sobre Cortázar y publicados después de la muerte física de éste.
   Fiel retrato pues del Cortázar íntimo y de la propia Cristina; reflejo de una amistad que pervive más allá de la muerte física  del argentino. También de la mutua fascinación. Lectura agradable, un texto que tira del lector y es a la vez un excelente medio de acercarse o de recuperar al Gran Cronopio que tal día como hoy cumple cien años y que “como escritor de ruptura, eternamente joven, persiste en la memoria” (página 122).

Francisco Martínez Bouzas


Julio Cortázar y Cristina Peri Rossi

Fragmentos

“Cuántas veces, caminando por Barcelona, por Paseo de Gracia o por la Gran Vía, algún lector, alguna lectora, lo reconocían y se acercaban, emocionados a saludarlo. Julio tenía una admirable cortesía perfectamente distanciadota («¿Dónde aprendiste vos esa politesse tan medida? ¿La traías puesta de Buenos Aires o es una adquisición francesa?», le preguntaba yo.) Siempre admiré esa sabia distancia justa que conseguía de manera espontánea. (Años después de su muerte, Julio, yo escribí un poema que empieza así: «En el amor y en el boxeo / todo es cuestión de distancia». Solo entonces me di cuenta de que la distancia justa no la habías aprendido ni en Buenos Aires ni en París, sino en el ring, de los boxeadores admirados.”

…..

“Ambos amábamos la poesía. Julio, siempre quiso ser poeta, aunque era muy severo con sus poemas.«Por suerte -me escribió una vez- tengo una idea muy clara del lugar que ocupa mi canasto de papeles, y solo acepto los poemas que escribo muy pocas cosas, cada vez menos.» En 1979, me hizo un regalo muy íntimo: me envió una cinta con los poemas de mi libro Lingüística general leídos por él. Me causó una emoción tan honda que hasta el día de hoy no he permitido que casi nadie los oyera. Cuando estoy o muy nostálgica, sin embargo, coloco la cinta en la grabadora y su voz melancólica, pausada, con las erres inconfundibles, me instala en la eternidad sin tiempo de la memoria, allí donde Bergson («leí a Bergson cuando era muy joven y su concepción del tiempo me impresionó mucho») instaló los sentimientos. Desde entonces pienso que tendríamos que conservar la voz de nuestros seres queridos como conservamos las fotografías o los objetos fetiches. Pero mientras la fotografía es plana, la voz guarda, siempre, el aliento de la vida, nos devuelve mucho más entera a la persona añorada.”

…..

“Somos los últimos románticos, te dije un día, y vos que te creías surrealista, asentiste con picardía. En una época que todo lo consume (asesinatos, violaciones, terremotos, diásporas, campeonatos, celuloide, mucho celuloide) resistimos como Noé en su barca. Cuando escribí aquel verso («En toda generación hubo un diluvio») me dijiste que los cronopios siempre sobrevivían, aferrados a un mástil en forma de poema, aferrados al ambivalente goce de escribir, amar y, especialmente, sonreír. «Tenemos un ángel de guarda», dijiste, y yo te contesté: «De la guardia».

(Cristina Peri Rossi, Julio Cortázar y Cris, páginas 33-34, 45, 100)