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lunes, 7 de noviembre de 2022

"EL ESTRECHO DE BERING" O COMO ALEJARSE DE LA UCRONÍA

El estrecho de Bering

Emmanuel Carrère

Traducción de Encarna Castejón

Editorial Anagrama, Barcelona, 2022, 154 páginas.

 
     

 

   Emmanuel Carrère (París, 1971) es ciertamente un gran escritor, celebrado internacionalmente. Pero sobre todo descuella en su producción de novelas de no ficción: El adversario, De vidas ajenas, Limónov, El Reino, Yoga. Ha publicado además textos de reportajes periodísticos y las novelas de sus inicios en la narrativa que nada tienen que ver con la no ficción.

   El estrecho de Bering es un ensayo de Carrère que escribió entre los años 1980 y 1985. Y que Anagrama publica, sin pasar por otras colecciones en “Compactos”. El maestro inigualable de la no ficción juega en este pequeño volumen con la ucronía. Un ensayo breve que se desarrolla en el subgénero del no-tiempo, una trama que transcurre de forma divergente.. Es decir estamos ante una historia alternativa de lo que pudo ser y no fue. Por consiguiente, no está en ningún tiempo. Algo, algún acontecimiento histórico desarrollado a partir del pasado y que sucedió de forma diferente a como ocurrió en realidad; por ejemplo que el nazismo hitleriano hubiera sido el vencedor de la Segunda Guerra Mundial.

   Es el punto de divergencia que aleja lo que pudo ser de lo que fue. Una ucronía es pues una altérnate history, como dicen los ingleses. Pero un estudio que, en opinión de Carrère está muy retrasado. Es un iceberg literario, el ensueño de un vegetal, como diría Aristóteles, si bien Carrère piensa que toda obra de ficción, anticipe o no acontecimientos, modifica de alguna manera el pasado. Carrère nos permite contemplar varios ejemplos de narrativa ucrónica, algunas obras maestras del subgénero, y varias de ellas centradas en un Napoleón apócrifo.

   Pero la narración de Emmanuel Carrère hace relación a su título cuando aborda los regímenes totalitarios, Especialmente el de la Unión Soviética. Non recuerda los minuciosos recortes que en 1924 acompañaron la desaparición de Trotski, de las fotografía en las que acompañaba a Lenin. Mas el caso más llamativo fue el de Beria, jefe de la policía y del servicio secreto de la Unión Soviética desde 1935 a 1953. Acusado de traición, terrorismo y contrarrevolución, fue detenido y fusilado el 23 de diciembre de 1953. Beria ocupaba una entrada preeminente en la Gran Enciclopedia Soviética,  cuyos nuevos fascículos recibían los miembros del Partido. Pasado un mes de la caída en desgracia de Beria, los abonados recibieron, con la nueva entrada, una circular que les ordenaba que recortaran la entrada de Beria y la sustituyeran por otra que se refería al estrecho de Bering. Son los trampatajos, instrumentos de los poderes dictatoriales. En otro boceto ucrónico recuerda Carrère un cuento de Edgar Morin, “El camarada de Dios”, en el que relataba que Stalin no había muerto en 1953 y que las purgas habían continuado, y que en 1961 se había reconocido que Stalin era Dios.

   No son los únicos casos de ucronías que pueblan el libro. El autor nos ofrece muchas más tomadas del terreno literario como Échec au temps, novela repleta de sueños ucrónicos y de mundos divergentes. Otro ejemplo lo recogió Borges en un relato titulado “La otra muerte”. Son ucronías quizás  demasiado melancólicas. Sin embargo, hay ucronías cuyo motor no es la desilusión, sino el alivio retrospectivo, por ejemplo la derrota de los aliados en  en 1944. La ucronía sería imaginar el espantoso desenlace alternativo: el triunfo del Reich. Philip K Dick, el gran novelista norteamericano, en El hombre y el castillo,  imagina una ucronía semejante: las tropas del Eje han ganado la guerra y los Estados Unidos se han convertido en un protectorado japonés.

     

                                         

                                            Emmanuel Carrère

  

   Carrère analiza en profundidad el libro  Ucronía del filósofo francés Charles Renouvier (1876). Una obra de reflexión más que de invención novelesca.

   El autor se extiende de formas profunda, pero al mismo tiempo fácilmente legible, en el análisis de las ucronías, casi siempre instrumentos del poder. Un ensayo a la vez  penetrante y ameno, plagado de ejemplos de textos ucrónicos. El título del libro, El estrecho de Bering es atrayente, pero solamente transcribe una de las anécdotas que pueblan el libro. Y con una conclusión llena de sabiduría y de sentido común: hay que alejarse de la ucronía, de los universos paralelos y sus añoranzas y vivir en un país y en un tiempo real.

Francisco Martínez Bouzas 

miércoles, 9 de junio de 2021

EMMANUEL CARRÈRE, PREMIO PRINCESA DE ASTURIAS DE LAS LETRAS 2021

 El escritor francés Emmanuel Carrère acaba de ser proclamado ganador del Premio Princesa de Asturias de las Letras 2021 El  escritor galo es conocido sobre todo por su novelas no ficcionales, cercanas al reportaje novelesco, aunque en su inicios, escribía ficción. En este Cuaderno de crítica literaria  he reseñado y valorado varias de su obras, la última Yoga, pero también, Bravura, El bigote, Una semana en la nieve, Limonov. Con motivo del galardón  publico de nuevo aquí la primera novela de Emmanuel Carrère que me impresionó, hasta el punto de conmocionarme De vidas ajenas, reseñada en esta bitácora el 8 de septiembre de 2011.

 

 

 

De vidas ajenas

Emmanuel Carrère

Traducción de Jaime Zulaika

Editorial Anagrama, Barcelona, 2011, 260 páginas.

 

    

 

   En pocas ocasiones como en esta se hace preciso un acercamiento a la génesis de esta novela, De vidas ajenas. Lo demanda la naturaleza non ficcional de la misma y las profundas raíces de dolor real que la generaron y de las que Emmanuel Carrère fue testigo. El mismo escritor francés, que se consagró como narrador, acercándonos la figura criminal de  Jean-Claude Romand en su novela El adversario, reconoce que en De vidas ajenas narra experiencias vitales de gran dureza, pero que las encaró con cierto confort psicológico porque le amparaba la legitimidad. Todo lo que aquí narra Carrère es absolutamente verídico. La certeza y la claridad de la vida frente a la brutalidad de la muerte transformaron al escritor hasta permitirle narrar a corazón abierto todo aquello que contempló: dos dolorosas muertes.

    Emmanuel Carrère es escritor, guionista y realizador de cine y televisión. (Con el título D’autres vies que la mienne y dirigida por Philippe Lioret acaba de adaptar su novela al cine). En el año 2004 se encontraba de vacaciones con su esposa en Sri Lanka. El matrimonio hacía aguas, pero allí fueron testigos del brutal desbordamiento de otras aguas: las del tsunami que arrasó el Sudeste Asiático. Ellos estaban a salvo en su hotel, pero vieron de forma muy directa la hecatombe y la desgracia de una pareja de compatriotas cuya hija de cinco años había sido tragada por la ola. Y les acompañaron en su recorrido por las diferentes morgues del país para encontrar el cadáver. A los pocos meses, ya de regreso en Francia, otra ola: Juliette, la hermana de su mujer fallece víctima de un cáncer. En esos momentos, un familiar le propone relatar esas historias, pero le pareció “obsceno y fuera de lugar”. Sin embargo visitó a un juez Étienne, amigo de su cuñada, que en su juventud también había padecido un cáncer que le provocó la amputación de una pierna. El juez le habló de su amistad con su cuñada, del trabajo en común y de las experiencias de la enfermedad y le convenció de que todas esas experiencias extremas debían ser contadas.

   Fue Susan Sontag quien postuló el requisito de la necesidad para la literatura. De vidas ajenas cumple con esa exigencia más allá del cien por cien y en todos sus polos o centros de interés narrativo. Y cumple porque todo eso aconteció y Emmanuel Carrère lo cuenta de forma objetiva y honesta.

   La catástrofe natural, el gigantesco tsunami en Sri Lanka fue algo que pasó. La ola arrastrándolo todo, la pareja francesa que presencia la desaparición de su hija entre miles de muertos. Sin poder hacer nada. Y el escritor y su esposa Hélène, sintiéndose débil ante una experiencia que les unirá: “Estuvimos un largo rato frente  a  frente, bajo el débil chorro de agua. Sentíamos frágiles nuestros cuerpos. Yo miraba el de Hélène, tan hermoso, tan aplastado por la fatiga y el pavor. Yo no sentía deseo, sino una piedad desgarradora, una necesidad de cuidarla, de protegerla, de conservarla. Pensaba: hoy podría estar muerta. Hélène me es preciosa. Preciosísima. Quisiera que un día sea vieja, que su piel sea vieja y desvastada y seguir queriéndola” (página 58).

   Pero la mayor parte del libro está consagrado, a través de los testimonios de las personas próximas, a recuperar a su cuñada y su especial relación profesional y amical con un colega, con Étienne. Ambos jueces, ambos compartiendo una cojera secuela de sendos cánceres sufridos en sus juventudes, ambos apasionados por la justicia, una pasión nada revolucionaria. Simplemente luchaban a favor de la gente con problemas de crédito y sobreendeudamiento, para construir una sociedad un poco más justa. Hasta que surge otra vez la catástrofe. Esta vez una catástrofe íntima: el cáncer que de nuevo hace que Juliette, con poco más de treinta años y madre de tres niñas que todavía no habían alcanzado la adolescencia, comience a morirse.

   Emmanuel Carrère narra este veloz deslizamiento hacia la muerte no como una historia triste, aunque no aporte esperanzas ni existan referencias a la fe religiosa. Pero su escritura,  a la vez que supone un estremecedor acercamiento antropológico a la manera occidental de asumir la muerte, ensalza la vida que late con fuerza por debajo de ese río imparable que es el morir. Por eso al concluir la lectura de este texto, sentimos el confort y la alegría ante la parte de felicidad de la que nos hemos podido apropiar, sin dejarla escapar.

   Al leer la relación profesional y de amistad entre la pareja de jueces, una relación no amorosa, exclusivamente amical y su pasión “no revolucionaria” por la justicia, me resulta imposible impedir que en mi memoria surjan las palabras con las de Jorge Herralde, director y editor de Anagrama, definió a estos dos jueces: “santos laicos”. Es aquí donde la novela cobra una indudable dimensión social y política. La pasión de ambos jueces por la justicia, vinculada quizás a las injusticias que ellos habían sufrido y a la constatación de cómo las grandes entidades crediticias engañaban a la gente sencilla. Por eso los dos eran capaces de consagrar decenas de horas para demostrar que los intereses y penalizaciones practicadas por algunos bancos sobrepasaban el límite de la usura y que aquella manera de sangrar a la gente no solo era inmoral, sino también ilegal. Y todo ello sin ser nada extravagantes  ni jueces estrella. Simplemente aspiraban a un mundo en el que se tenga derecho a violar la ley y a hacerla respetar como jueces. Absoluto liberalismo, como comenta Étienne.

   De vidas ajenas no es una novela siniestra, pero si espeluznante y al mismo tiempo estimulante. Un libro sobrecogedor que profundiza en la tragedia y en el dolor pero huye de la sensiblería y de los recursos lacrimógenos. De la lectura de este texto non-fiction, desnudo y sin efectivismos, pero escrito con gran vitalidad narrativa y que se sirve de los más eficaces recursos ficcionales para contar hechos reales, brota la misma experiencia que el psicoanalista y “canceroso” Pierre Cazenave extrajo de su arte: “una solidariedad incondicional con la congoja insondable que entraña la condición humana”

 

Francisco Martínez Bouzas

 

 

                                        Emmanuel Carrère
 

 

 

Fragmentos

 

“(…) Hombres, mujeres, niños, ancianos, nativos y occidentales, con el rostro enmarcado, deteriorado, tumefacto y los ojos abiertos o cerrados, desfilaron decenas, la pantalla dedicaba unos segundos a cada foto y después, automáticamente, pasaba la siguiente, y por fin apareció la de Juliette. Hélène estaba al lado de Jérôme. Le vio mirar la foto de su hijita muerta. Vio cómo la miraba. Cuando otra foto sustituyó a la de Juliette, Jérôme enloqueció. Se precipitó sobre el ordenador, pidió a gritos que volviese atrás. El empleado pulsó el ratón y consultó la ficha que acompañaba a la foto: Juliette ya no estaba allí, la habían trasladado la víspera a Colombo. Su foto fue reemplazada de nuevo y Jérôrome sucumbió de nuevo al pánico y le pidió que volviera atrás: no conseguía separarse de la pantalla ni aceptar que Juliette desapareciera. El empleado pulsó varias veces seguidas para detener el desfile automático. Jérôme miraba ávidamente la cara de su hija, sus cabellos rubios, los tirantes del vestido rojo sobre los hombros redondos y bronceados. Cada vez que aparecía una nueva foto suplicaba: again! Again, again”.

…..

 

“(…) Habló de la justicia, de la manera como Juliette y él administraban justicia. En el tribunal de Vienne se ocupaban sobre todo del derecho al sobreendeudamiento y del derecho a la vivienda, es decir, de asuntos en los que existen pudientes y desposeídos, débiles y fuertes, aunque a menudo es más complicado (…) Étienne decía que a Juliette no le habría gustado que dijeran que estaba del lado de los desheredados: sería demasiado simple, demasiado romántico, sobre todo no sería jurídico, y ella se obstinaba en ser jurista. Ella habría dicho que estaba en el bando del derecho, pero llegó a ser, los dos llegaron a ser virtuosos en el arte de aplicarlo realmente. Para ello eran capaces de consagrar decenas de horas al estudio de un plan de reembolso, a descubrir una directiva en la que otros nunca habrían pensado, capaces de apelar al Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas (…) Sus sentencias fueron publicadas, discutidas, violentamente atacadas”.

…..

 

“(…) Le pidió que le llevara en coche a casa de Aurélie, que también vivía en Sceaux, y que pasara a recogerle más tarde. Salía con Aurélie desde hacía dos años y habían tenido juntos su primera experiencia sexual. Ella era muy bonita, muy fina, y él todavía piensa hoy que muy bien podrían haberse casado. Se acostaron en la cama y él le dijo: el lunes van a cortarme la pierna, y por fin rompió a llorar. Mientras iba anocheciendo, se quedaron horas abrazados, o más bien él permaneció en los brazos de ella, que le estrechaba con todas sus fuerzas y le acariciaba el pelo, la cara, el cuerpo entero, quizá hasta la pierna que pronto ya no existiría. Ella le decía en voz baja palabras tiernas, pero cuando él le preguntó si le seguiría queriendo con una sola pierna, ella fue honesta: no lo sé”

…..

 

“(…) Hubo aún otro silencio y luego Juliette dijo que no quería que la desposeyeran de su enfermedad, como habían hecho a los dieciséis años. Sus padres habían puesto todo su amor, toda su energía, toda su ciencia para protegerla, si hubieran podido habrían sufrido el cáncer en su lugar, pero ella ya no quería que otros sufrieran por ella. Quería vivirlo plenamente, hasta la muerte, si es lo que la esperaba al final, como parecía probable, y contaba con Étienne para que la ayudase”

 

(Emmanuel Carrère, De vidas ajenas, páginas 46-47, 88, 110, 214)

 

martes, 16 de marzo de 2021

DEL YOGA A LA KETAMINA

Yoga

Emmanuel Carrère

Traducción de Jaime Zulaika

Editorial Anagrama, Barcelona, 2021, 320 páginas

 

    

 

En este libro, y quizás más que en ningún otro, Emmanuel Carrère riza el rizo de la ficción, dejando en la distancia el corsé de los géneros en los que suele suturar un sinfín de reportajes, crónicas y biografía. Ya lo había experimentado con El adversario, De vidas ajenas o Limónov. Libros de no ficción, pero que no dejan de ser novelas. Pero en Yoga avanza un paso más y, al igual que en Una novela rusa, se explora a sí mismo. Por consiguiente, lo que nos ofrece es autoficción, la de su existencia durante tres años (2015-2018).

   Lo que en un principio iba a ser un libro condescendiente, y hasta simpático, sobre el yoga, terminó convirtiéndose en una crónica personalísima de una depresión, con un divorcio e internamiento en un hospital psiquiátrico, con un diagnóstico preciso: bipolaridad con alternancia entre estados de euforia y otros de profunda depresión..

   Yoga es pues un híbrido, un Frankenstein, según reconoce el autor con un cinco a un diez por ciento de ficción. El resultado es una especie de monstruo que refleja los que el escritor fue en esa tríada de años. Y sobre todo, un libro de una honestidad sin filtros, el narcisismo de la sinceridad. Emmanuel Carrère escribe no ficción, y por consiguiente se enfrenta a lo real, en el que el eje principal es su propia existencia y las relaciones con personajes con los que ha interactuado.

   Anoto ya de entrada que esta no es la versión original del libro. La ex mujer de Emmanuel Carrère, la periodista Hélène Devynck le obligó, debido a un contrato firmado, a eliminar del texto toda referencia a ella y al matrimonio común.

   La novela se inicia con el relato autobiográfico sobre la relación del escritor con el yoga y con la confesión de su ego molesto, despótico, “cuyo poderío aspiraba a reducir”. Con conferencias que le parecen un lavado de cerebro hasta el punto de que imagina estar en Corea del Norte. Un inicio más bien tedioso. Pero pronto  comienza a hablar de sus amigos, por ejemplo de Emmanuel B Guilhen, lector asiduo de Charlie Hebdo y de los relatos fantásticos que leía en la adolescencia. Todo ello junto con los comentarios sobre el yoga y el taichí. Hasta que comprende que tiene que sondear en el interior de sí mismo para alcanzar la realidad. Y comienza a pensar como Van Gogh que “la tristeza durará siempre” y a desear estar un poco menos lastrado por su ego.

   El relato da un giro radical cuando se entera del atentado de Charlie Hbdo y que entre las víctimas está su amigo Bernard  Maris. El lector entra acto seguido en la parte más interesante de esta autoficción: “Hostoria de mi locura”. Es el abismo del hueco de la vida de Carrère, que lleva por nombre depresión y trastorno bipolar. Todo comienza con una relación secreta con una mujer de la que no conoce nada. Es el inicio del desastre. En el resto del libro, aborda directamente las consecuencias psíquico y psiquiátricas de su crisis, de su desastre, de su tendencia hacia la autodestrucción, de su trastorno bipolar. Y repasa su vida como un documento clínico, incluidos sus libros.

    

                                      

                                        Emmanuel Carrère

 Una hospitalización de cuatro meses en un centro psiquiátrico, tratamiento con antidepresivos que le colocan en una situación semejante al  a las near deth experiences, hasta que llega la fase más dura con petición de la eutanasia. Electrochooks con anestesia general, la artillería pesada, hoy llamada TEC, terapia anticonvulsiva. La alternativa era la muerte.

  Una novela que partiendo de una amplio análisis del yoga y su experiencia, que a veces se convierte en intranscendente, desemboca en una historia en la que Emmanuel Carrère da cuenta de lo peor que hay en él. Dramatismo y dolor en muchas secuencias y episodios, que revelan, sin embargo, que a Emmanuel Carrère se le da mejor escribir no ficción sobre otros personajes que arriesgarse en la autoficción y hacernos llegar su combate interior contra la depresión. Todo ello partiendo de esa religión laica que es el yoga, y usando la narrativa -así lo reconoce- para recubrir diligentemente las cosas como son, en lugar donde no se miente. El estilo claro y envolvente hace más llevadero la lectura de ciertas secuencias de este libro que, además del yoga y la depresión, contiene otros ejes de interés: el terrorismo yihadista, el peregrinaje de los emigrantes que llevan años llegando a Europa o muriendo en el Mediterráneo.

 

Francisco Martínez Bouzas

 

jueves, 16 de febrero de 2017

REESCRIBIR A POLIDORI Y A FRANKENSTEIN



Bravura
Emmanuel Carrère
Traducción de Jaime Zulaika
Editorial Anagrama, Barcelona, 2016, 355 páginas.

   Editorial Anagrama recupera una vez más una de las novelas estrictamente ficcionales de Emmanuel Carrère (París, 1957). Ya lo había hecho con El bigote y con Una semana en la nieve. Bravura no es lo último de Carrère. El original francés (Bravoure) fue editado en 1984 y es una de las primeras novelas del escritor antes de que se decidiese a retratar la realidad como en las ficciones, desarrollando ese estilo tan característico que le ha consagrado como uno de los narradores más leídos de todo el mundo.
   Bravura es una tentativa de rescate literario de la figura de John William Polidori - “El pobre Polidori” como lo definió Shelly- médico y secretario de Lord Byron y escritor menor y olvidado a la sombra de aquel. En el arranque de la novela encontramos a Polidori, en una penosa madrugada, “atrincherado” como un vagabundo en el Soho londinense, consumido por el láudano que le proporciona una joven prostituta, junto con un mendrugo de pan. Su vida, desde que se unió a Lord Byron, no ha sido más que un lento derrumbamiento, un envejecer a sacudidas periódicas, con una existencia muy alejada del Polidori rico, célebre por sus poemas y tragedias ávidamente leídas. Ese ha sido su sueño: destacar en el campo de las letras, no en el de la medicina. Pero ya no es más que un encadenado al opio, tras un suicidio frustrado. Sumido en esa postración, repasa su vida desde el viaje al continente ejerciendo de médico / fámulo de Byron. Tenía veinte años. Tras reivindicar inútilmente la autoría de El vampiro, vagó borracho por Londres, convencido de que su reputación es la de un payaso, un iluminado sin brillo. Y recuerda que cuatro años antes le había soplado a Mary Wollstonecraft la idea central de Frankenstein. En efecto, una noche de junio de 1816, en Villa Diodati, para  consolarse del frío verano del siglo, provocado por la erupción de un volcán en los Mares del Sur, Lord Byron propone a sus invitados Percy Bysshe Shelly, su amante Mary Wollstonecraft, Claire Clairmont, hermanastra de Mary y a John William Polidori escribir cada uno un relato de terror. Todos inician la tarea, pero solamente Mary y el médico la concluyen. Crearán respectivamente Frankenstein o el moderno Prometeo y El vampiro.
   Polidori ve publicado su manuscrito de El vampiro pero atribuido a Lord B, y se siente doblemente resentido porque el triunfante Frankenstein del que todo el mundo habla es el fruto de la utilización de una idea suya por Mary Wollstonecraft. Incapaz de sobreponerse a la amargura y a la frustración por lo ocurrido aquella noche en Villa Diodati, su vida transcurre en caída libre: un fracasado que solo halla consuelo en el opio.
   En este paria se centra la novela de Emmanuel Carrère al que sigue y sobre el que novela en un penetrante juego de espejos. Contemplamos a Polidori ridiculizado por Mary, una arpía que le humilla como autor de El vampiro. Rumia su humillación y le observamos en su derrota tras la inútil lucha por un reconocimiento literario negado y una vida malgastada y reducida a la nada, víctima de una mascarada en la que le habían colocado, y que oculta, en un juego de espejos, al verdadero Polidori. Pierde así mismo el favor de Byron y asume el papel de chivo expiatorio.
   Es aquí cuando la novela de Carrère da un giro de ciento ochenta grados y nos presenta a Polidori transformado en un personaje recreado por la pluma de una especie de su alter ego, un escritor, el capitán Walton que está ideando una versión alternativa de la historia de Frankenstein. Comparece así en la novela el monstruo, Victor Frankenstein, en variaciones distintas de la historia escrita por Mary Wollstonecraft. Y es entonces cuando Carrère sitúa al lector en el presente en el que aparece Ann, una escritora de novela rosa dispuesta a investigar lo ocurrido durante la lejana noche en Villa Diodati. Con ese propósito visita a Walton y de este modo se inicia una novela de novelas. Se multiplican las variaciones; el autor despliega un juego de muñecas rusas: relato gótico de cuyo interior brota una novela rosa y de esta un relato detectivesco y de ciencia ficción.
   Bravura es una construcción novelesca que se aproxima al concepto de “novela ramificada” o al libro infinito que Jorge Luis Borges, el gran precursor de los caminos de la postnarrativa, planteara ya en el lejano 1941 en Examen de la obra de Herbert Quain (El jardín de las sendas que se bifurcan): un modelo narrativo que pretende acercarse al infinito. Ese orden binario por el que optarán los demiurgos y los dioses: infinitas historias infinitamente ramificadas. Estructuras arborescentes de las que ya había hablado Walter Benjamin; o el libro rizoma que asumen Deleuze y Guattari: el uno, el árbol raíz que deviene dos, y este deviene cuatro…
   Bravura se acomoda en buena medida a este modelo: una historia, la de Polidori que se divide en fragmentos, en una miríada de eventos. El resultado es una pieza narrativa de gran complejidad formal, especialmente a partir de las primeras setenta páginas cuando Carrère gira el manubrio de una vuelta de tuerca radical, y el capitán Walton esboza las primeras palabras de la versión alternativa de Polidori, y se pone en marcha el juego de espejos que retuercen el argumento de forma, a primera vista, artificial y de difícil comprensión para un lector normal, incapaz quizás de comprender la ligazón existente entre esas historias ramificadas. Sin embargo, una lectura perseverante y cierta querencia hacia la literatura más vanguardista permitirán comprender el gran virtuosismo que en Bravura despliega Carrère: habilidad para multiplicar las variaciones, como anotó en su día Le Figaro; la indagación que el narrador efectúa en los mecanismos de la creación literaria o la relación del escritor con su obra y especialmente con sus personajes.
  Un claro ejerció metaliterario, un desafío, por lo tanto, a la inteligencia y a paciencia lectora con esa ramificación de historias, con tramas cuyos engranajes no son fáciles de captar y que, podríamos decir, ofrecen un gran tributo a la fantasía, mediante la que Carrère resucita a Polidori y le concede el lugar literario que la Historia le negó. Pero Bravura no deja de ser un edificio narrativo con habitáculos tan variopintos que probablemente confundirán al lector y le harán naufragar en una estructura rebosante de virtuosismo, pero también propicia a provocar confusión.

Francisco Martínez Bouzas

                                                 
Emmanuel Carrère

Fragmentos

“Teresa ejerce la prostitución ocasional que le permite sobrevivir con una especie de donaire infantil, un poco bobo, piensa Polidori, y aunque se vea obligada a plegarse a los caprichos de sus clientes, que reclaman las caricias menos inocentes, muchas veces les añade una delicadeza de chiquilla, una carantoña más adecuada para seducir a un tipo viejo que te mima que a un hombre de brega sexualmente frustrado. Durante las tres semanas que llevan cohabitando en la casa vacía sólo ha hecho el amor una vez con Polidori. Ni a ella, para quien constituye su sustento, ni al joven, al que el abuso del opio y el odio vuelve impotente, les interesa realmente la experiencia y no la han repetido. Pero a él le reserva las caricias tenues que sus clientes rechazan a menudo, y cuando están juntos se empeña en enroscar los rizos de su cabello alrededor de los dedos de los pies de Polidori, en roerle las uñas e incluso en ejecutar lo que parece ser su zalamería preferida, que ella llama el beso de la mariposa.”

…..

“El verdadero Polidori, portador de la máscara que le habían puesto para que no le reconocieran, veía en el espejo que completó la galería especular de sus noches a un falso Polidori que llevaba una máscara representando al verdadero. Todos los espejos hacían muecas, ninguno podría ya nunca reflejar la imagen del Polidori ideal, el que sería famoso y adulado a los veinticinco años. Y si aquel Polidori, incluso proyectado en un futuro cada vez más lejano, había perdido todas las posibilidades de realizarse algún día, no era simplemente por culpa del Polidori impotente, sino también por culpa del mundo que le había vestido con un ropaje de payaso, de tal modo que si alguna vez llegaba a escribir la obra tan soñada, aunque superase en grandeza a Shakespeare, no le reconocerían nunca esta gloria. Antes incluso de leerla, los editores verían la firma y se partirían de risa.”

…..

“Mientras se viste él también, titubeando para introducir los pies en los mocasines que el empeine ya maltratado deforma, la lleva hacia la ventana y le señala con el dedo la pequeña terraza que ella ha visto la víspera. Es casi de noche. Como no hay nadie en el paseo azotado por la lluvia, parece aún más aislada, protegida por una techumbre liviana cuyo saliente no impide ver una de las tumbonas ni la mesa en la que han depositado un candelabro cuyas cinco velas agitan sobre el suelo de baldosas las sombras de los árboles que baten en el parapeto. Dos formas blancas, eléctricas, atraen la mirada: son las perneras del pantalón de un hombre que se estiran sobre el posapié de la tumbona y luego se entrecruzan. Desde su puesto Ann no ve nada más, pero adivina que el hombre es Julián. Ella pronto tendrá que bajar a la terraza. Está muy tranquila.
-Villa Diodati -anuncia Allan con el tono de un recién casado que muestra a su esposa su residencia ancestral-. La suerte del planeta está entre tus manos -añade.
En este momento llaman a la puerta de comunicación que da a la habitación contigua.
-Ah -dice Allan-, es el capitán, vamos a poder empezar en serio.
Descorre el cerrojo para abrir la puerta detrás de la cual se encuentra, por supuesto, el capitán Walton, vestido con un pantalón de tela ligera y, a falta de una camiseta, un polo de manga corta por el que asoman unos brazos endebles de adolescente. Su sonrisa es infantil, expresa una sobreexcitación benévola.”

(Emmanuel Carrère, Bravura, páginas 10, 34, 257)