Mostrando entradas con la etiqueta Ángela Álvarez Sáez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ángela Álvarez Sáez. Mostrar todas las entradas

lunes, 16 de septiembre de 2019

"LA CASA SALVAJE": ASÍ ES VIVIR


“LA CASA SALVAJE”: ASÍ ES VIVIR


La casa salvaje
Ángela Álvares Sáez
Editorial CELYA, Toledo, 2019, 43 páginas

    



   Hace dos años. Ángela Álvarez Sáez escribía que “hay cosas, personas, voces poemas, canciones que te hace sentir como si todo pudiera ocurrir. Como si se abriera un vórtice y el corazón te diera un vuelco y te sientes extasiado por tanta belleza”. Palabras inspiradas, pues eso es lo que me ha ocurrido con la lectura de los cuatro poemas de este libro. Su lectura, en efecto, ha provocado en mi una especial y gozosa turbación, a pesar de la amplitud de estos poemas que le dan forma a este libro, La casa salvaje con el que la autora se hizo merecedora del XVII Premio Internacional de Poesía León Felipe. Uno más a añadir a su ya amplia colección de galardones. La casa salvaje se nutre de poemas muy reflexivos y sentimentales, mas, en mi  opinión más apelativos que elegíacos tal como los valoró el jurado. Quizás también elegíacos, pero solo en cuanto nos pueden exhortar a la reflexión, respondiendo a motivos íntimos y también a algunos públicos, pero no de lamento, sino  de reconocimiento y gozo por el hecho de vivir, de sobrevivir.
   La poeta, en efecto, se sirve de íntimos universales poéticos que articula en poemas largos, manteniendo en cada verso la tensión poética y resolviéndolos en la circular perfección reflexiva, evocativa y sentimental.
   En el primer poema “Génesis” escuchamos la voz de un “futurible” -hablando con palabras mentecatas- de algo que no ha llegado a nacer. Su madre, un útero que le impide respirar el mar; el agua en la que nada es líquido amitótico. Sin tener ojos, sabe lo que es ver, sin tener oídos, escucha el canto materno. La voz del padre cose la aridez de sus huellas. E invoca a la madre: “Siento tu calor, madre. Siendo el tacto de tus cicatrices” (página 12), y se empapa de la sangre que lo alimenta. Y sigue el poema invocando el no nacido todo lo que una madre es para un feto: caricias, miedo, dolor que las manos maternas activarán. Algo semejante, aunque con una tonalidad no tan íntima, ocurre con el padre: “No estás conmigo, pero te siento una parte de mi” (página 13). Pero el futuro no es la tranquilidad del vientre materno. Y todo lo que ahora siente: la placenta, el útero… llegará un día en que se habrá escindido del poema y también de la vida.
   Reflexiona igualmente todo lo que en sus venas se conserva de sus antepasados. Hasta que llega el momento de abandonar el poema raíz. Por eso invoca a la madre para no nacer. Pero prorrumpirá en este mundo y caminará hacia la tierra de sus antepasados. El linaje está salvado. Intenso y hermoso poema en el que la poeta cede la voz al que va nacer y que ya presiente que la vida no es una mar de rosas.
   La existencia prosigue tras el nacimiento, y la poeta la representa en el poema “Luz y sombra”. La luz y las sombras que se perciben en la tierna infancia con sus juegos, con los cantos de la madre al llegar la noche. Los monstruos del sueño acechan a la niña, pero ahí está Mamá. Es una bebé recién nacida que aún no ha hundido sus raíces en la tierra. El padre acude de noche cuando gimotea. Aprende palabras en su niñez todavía incipiente y dorada, y se vuelve arena en el poema.
Un giro radical se produce en el tercer poema, “Amor y violencia”. Un muestrario espantoso de ese “homo homini lupus” en los tiempos actuales: con ejércitos bombardeando ciudades, niños desplazados, el horror desgranado en el silencio, mujeres asesinadas en México, el atentado en los trenes de Madrid… Y la naturaleza sangrando con una quebradura constante: animales desangrados, asados, cocidos vivos… Y en medio de tanta violencia, el amor: con tu hija recién levantada corriendo hacia ti.  El amor y la maternidad como una pulsión dorada y roja. Sí, el amor, pese a la violencia, porque es el que nos salva.
    
                                           
Ángela Álvarez Sáez
 
   Cierra el libro el poema, en mi opinión, menos vitalista: “Eternidad”. Un canto a la tierra de los ancestros a la que volveremos; y así retornaremos al poema inicial. La vida será un volver. “Volver a sembrar el poema para ver florecer el almendro de la infancia” (página 39). Retornar a los sitios amados, gozados, incluido “el límite metálico de Madrid” (página 41). Volver a los miedos, también al miedo a no ser. Volver a todas las experiencias vitales hasta cerrar los ojos y no ver nada porque la eternidad “ha hundido sus raíces en mi carne” (página 43)
   Poesía de nuevo existencialista del autodescubrimiento de los enigmas del ser, de la vida y del mundo. De las grandes incógnitas que fustigan el corazón del hombre, que diría Dámaso Alonso. Poesía ajena a las medidas métricas y rítmicas pero no carente de forma. Un libro muy breve pero rebosante de sustancia, de vida, de carnalidad. Formando los cuatro poemas una gran metáfora sobre los que es vivir.

Francisco Martínez Bouzas

sábado, 29 de junio de 2019

"PALABRA VEGETAL": POEMAS CON OJOS COMO LOS DEL PAN


Palabra vegetal

Ángela Álvarez Sáez

Fundación Devenir. Poesía y Ensayo

Torrejón de la Calzada (Madrid), 2019, 74 páginas.



    


   Ángela Álvarez Sáez es una de las poetas más prolíficas en lengua española. Sin haber alcanzado todavía los cuarenta años, ha publicado diez libros de poemas, todos ellos premiados, siendo además cuatro veces finalista del Premio Adonáis. La lírica no es su profesión, pero como si lo fuera. Ángela Álvarez no es una poeta de brocha gorda, ni de superficiales regalos pseudo estéticos, sino una poeta muy afinada  en todas sus palabras, versos y estrofas, porque se toma en serio la definición de poiein: causar, crear, trabajar un género literario, considerado como manifestación de la belleza, del sentimiento estético. Los avances tecnológicos del siglo XXI han permitido que muchas personas se sientan poetas y como tal actúan, con poemas eróticos o amorosos, fabricados como churros.

   En la actualidad se suele entender como poesía la poesía lírica, frente a la dramática y a la épica, pero en su evolución formal, la poesía ha traspasado el empleo de la métrica y de la eufonía, evolucionando hacia el verso libre y a la poesía en prosa. En esta línea se mueve el poemario Palabra vegetal de Ángela Álvarez: poemas en prosa, la mayoría de los mismos muy cortos -cinco líneas-, pero que nacen generando su propi forma rítmica y su eufonía, tomando en cuenta solo la finalidad de su propia expresión. Y esto ha de ser así porque sin forma no hay poesía. Diría que en Palabra vegetal, Ángela Alvarez hace un uso poético de la lengua, al margen de la métrica y de la rima.

   El poemario logró ser galardonado con  el XI Premio de Poesía Blas de Otero Villa de Bilbao. Y  a juicio del jurado, lo más relevante del mismo es “la plasticidad de una escritura indagatoria, en donde la palabra se presenta como generadora de la realidad. Son palabras que nacen de la tierra, del cielo, del fuego y del mar.” O mejor dicho, son su memoria y a la vez las interrogan.

   Personalmente inicié la lectura de Palabra vegetal por “Palabra de mar”, un largo poema libre en el que podemos hallar ciertas claves para entrar en las otras partes en las que la poeta estructura su libro. En este largo poema, en el que la autora deja al margen la prosa, descubre los ámbitos metafóricos y sensoriales del mar en el recuerdo de la infancia, en el eterno retorno de nacer y morir: la nada de la que somos presa. En el mar están los arrecifes soñados, el ritmo sonoro de las olas. Pero el mar también tiene sus sombras, sus zarpazos. Un mar bravío que, a veces, se transforma en horror. Y el yo poético recuerda su infancia, sus seis años al final del verano en ese ambiente marino, en ese mar “que fue siempre”, antes de ser querida por su madre. Y al lado del mar, la casa repleta de risas filiales.

    En ese marco marino o en la casa que lo bordea, nacer sigue siendo un acto de amor. Ahora ese mar solo es recuerdo en el cielo de Madrid. Y la rueda no para de girar: nacer-morir. No se olvida la poeta de que en otros mares hay niños que sobreviven con agua y pan duro, en ciudades bombardeadas. Un homenaje al mar en un excelente poema, sin concesiones, con su hermosura y con los que esconde el mar de fondo de tantos países y ciudades. Finalmente una invocación a la Madre, porque ha nacido y también ella, la poeta, ha amado, ha parido y ha cicatrizado con el sol sus heridas.

   Un poema con el mar, mas también con eso que se ha llamado el lenguaje “criatural”, que logra extraer  de la poeta lo más libre, profundo y amoroso.

   “Tierra” es  la primera parte del poemario. Se ha dicho que la poesía tiene ojos como el pan. Por esos ojos, sale y entra lo más libre y profundo, el riesgo y lo arcano. Y si existe algo de arcano, son las palabras te la tierra. Esa tierra que también son nuestras ciudades, y contienen el lodo de las cicatrices. La tierra que horadó el abuelo en la infancia de la niña. El huerto que eclosiona lleno de frutas y de la acidez de los recuerdos. Un retrato de la tierra, sin apenas metáforas, sin oxímoros, pero en  el que brota el poema que abre sus alas. Y al final, un anuncio optimista: el yo poético encuentra el terreno apropiado donde construir su casa. Y entre los metales florecerá el limonero.

   La poesía indagatoria también cierne sus ojos en esa otredad que es el cielo. No el cielo transcendental, sino el cielo físico, azul, nublado. Veinte poemas que nos adentran en los que habita o depende del cielo: el agua, el aire, la arena, la luna, las nubes miradas desde abajo, buscando formas de animales. Y debajo de ese firmamento, el recuerdo del amor (“ponerlo en una vasija de barro cocida… y desmenuzar su carne”) para que resurja el poema. Palabras de cielo que se transmutan en palabras de amor en alumbre de vida.

“Palabras de fuego” es la penúltima parte de este poemario. El fuego devastador pero al mismo tiempo creativo: Escribes el poema y en su búsqueda el amor te da a conocer el fuego ( página 57). Por eso para la autora el fuego es el centro incandescente de todo poema. Y a continuación el otro poema largo de Palabra vegetal. Con la maternidad, una de las grandes constantes y pulsiones de este libro, haciendo acto de presencia. Un poema, en mi opinión autobiográfico: el cuerpo gestante, el fruto ya maduro, compartiendo espacio con otras madres en el hospital, el incendio de las cuchillas. Un conmovedor poema sobre el hecho de ser madre, posiblemente primeriza. Sobre el acto de parir con dolor: “coser la carne”, pero “ebrio de vida”. En definitiva el poema como cartografía del dolor y de la fruición.

   Ángela Álvarez indaga en varias realidades de nuestro mundo con tonalidad introspectiva, alejada del aforismo. Escribe sobre los que vive, sobre la existencia como vía de arraigo a la realidad. Poesía existencialista, pero buscando también la esencialidad de la palabra en su sugestión verbal, sin adornos excesivos, quizás algunas sinestesias.

   Poemas muy breves que desembocan en una lectura meditativa o intuitiva. Poesía de la experiencia, con una actitud a veces apelativa e indagatoria de la otredad, del yo y de sus experiencias, que interroga así mismo el vacío, la incógnita, la perplejidad de la vida. Pero no poesía seca, descarnada. Poesía finalmente que es preciso degustar con tiempo y en el reposo, con la esperanza del goce  estético y conceptual.



Francisco Martínez Bouzas






Ángela Álvarez Sáez


Selección de poemas



“Miro las manos del abuelo horadando la tierra. Mis pasos de niña bajan las escaleras que separan la casa del huerto. Las manzanas están recogidas en cestas. Mis pies saltan a una losa y grito tu nombre. El sol alto en junio cae sobre los limones, mientras el poema eclosiona en la acidez del recuerdo.”



…..



“Nuestro amor ha crecido al sol como las semillas de los pastos. Pasan los aniversarios, extendiendo ramas hasta tocarnos los ojos. La vida ante el azadón que no respeta lo más tiernos. Nuestro amor tiene algo de muerte. Nace para hacernos visibles.”



…..



“En el cielo se forman se semillas de poemas que nacen dentro de cáscaras de lluvia. Caen estériles sobre la tierra. Algún cuerpo las acoge y de sus ojos nacen los acordes más bellos. Todo lo que mira se convierte en música.”



…..



Palabras de fuego (fragmento)



(…) “Eras pájaro. Estabas suspendida en luz.

La quietud y el silencio de la nieve.

Luego todo ardió y con el fuego vino

el poema.

y las madres en los hospitales

y los hijos al borde de las madres

y tu, mi niña, con cenizas

detrás de los ojos. Ojos sobre ojos.

Cenizas sobre vientres. Mamá. ¿Quieres a mamá)

Tienes miedo de los monstruos y de las escaleras.

Mamá.”



(Ángela Álvares Sáez, Palabra vegetal, paginas 24,42, 50, 60)

jueves, 11 de mayo de 2017

"LA COLUMNA ROTA": ÉCFRASIS DE FRIDA KAHLO



La columna rota
Ángela Álvares Sáez
Huerga y Fierro Editores, Madrid, 2016, 89 páginas.

   Ya desde las retóricas clásicas se conocía con el nombre de écfrasis a la figura equiparable a la hipotiposis, es decir, una descripción vívida e intensa, capaz de evidenciar e incluso de materializar visualmente la realidad representada en el discurso. A partir del siglo XVIII, el término restringe su significado, mas sin perder nunca esa marca de sugestión visual, capaz de colocar delante de los ojos algo ausente, descripción especialmente de una pieza artística de naturaleza plástica, por ejemplo, una pintura. Este proceso de restricción conceptual remite al sofista Filóstrato de Lemos, y sobre todo al tópico de Horacio, considerado canónico: “ut pictura poisis”. Pero fue, principalmente, un trabajo de Leo Spitzer el que representa el momento definitivo en el que los teóricos acotaron el término y comenzaron a indagar en la mímesis desde el texto écfratico, por cuanto este incorpora una representación de una representación, priorizando además a la poesía como arquigénero ecfrático privilegiado. Sin embargo, en el tratamiento de la écfrasis, la poesía contemporánea promueve una cierta discontinuidad entre la pieza artística y el texto literario, disminuyendo la correlación descriptiva en beneficio de una consideración estética. Un impulso crítico-hermenéutico sobrepasaría así al simplemente mimético. La écfrasis funcionaría así como objetos tonales, como constructos verbales, ontológicamente equivalentes a una obra artística de carácter plástico.
   Es en este sentido como una joven poeta, Ángela Álvarez Sáez, que tiene en su haber varios poemarios y ha cosechado no pocos premios -entre ellos, finalista en tres ocasiones del Premio Adonais- reescribe verbalmente un buen número de piezas pictóricas de Frida Kahlo, permitiéndonos observar, sobre todo a través de la imaginación convocada, múltiples connotaciones de las pinturas más emblemáticas de Frida.
   Los cuarenta y nueve poemas más dos textos epilogales de La columna rota más que describir interpretan las pinturas de la artista mexicana. Ese fue su propósito tras su regreso de México y la visita a “La casa azul”: “…soñé que la pintura de Frida Kaholo se convertía en un organismo que iba creciendo célula a célula, trepando como un animal arcaico por la raíz  de los poemas que yo iba escribiendo” (página 15). Y ciertamente el organismo y el entero yo de la pintora de Coyoacán se presta para esa hermenéutica ecfrática, porque Frida Kahlo, en todos sus cuadros, refleja su vida, su amor incombustible por el ogro devorador de mujeres que fue Diego Rivera. Sus tristezas y sufrimientos suelen ser interpretadas como símbolos del dolor que Frida sufría en todo su cuerpo y también en su alma.
   Por eso, a pesar de la tonalidad onírica de algunos de sus cuadros, Frida, como ella misma decía, nunca pintó sueños o pesadillas. “Pinto mi propia realidad”, solía repetir.
   A través de una arquitectura poética cuadripartita, los textos poéticos de Ángela Álvarez convocan e interpretan las pinturas de Frida Kahlo, permitiéndonos ver más de lo plasmado en los cuadros que se ajustan en general a las etapas existenciales y vivenciales de la pintora. El nacimiento, el conjuro del verbo nacer, con el “cuerpo que se sostiene como muerte” (página 19); las raíces, la herida inevitable, la inútil oferta a Diego Rivera de la fertilidad con el dolor “como cientos de pisadas de caballo” (página 25).
    

   
"La columna rota" cuadro de de Frida Kahlo

    “Amor y dolor”, la segunda parte que explica las pinturas en las que Frida refleja sus heridas, convertida quizás en presa. Es aquí donde encontramos “La columna rota”, los versos que rotulan el poemario, y que encarnan la representación seguramente más conocida de Frida Kahlo: desnuda desde la cintura para arriba, usando un corsé de acero que envuelve su cuerpo, con una dramática abertura que nos permite ver una columna hecha pedazos. Es la gran metáfora del dolor y de la soledad de la artista que “inventa monstruos sobre la superficie de la tierra”, con una “tempestad de clavos” atravesando todo su cuerpo. La écfrasis de Ángela Álvarez se detiene en varios de los autorretratos de Frida (“Autorretrato con collar de Espinas”, “Autorretrato con el pelo cortado, “Autorretrato con el pelo”…). Frida pinta autorretratos, múltiples autorretratos, debido a su soledad: “Pinto autorretratos, escribió, porque estoy mucho tiempo sola.”
   En la tercera parte se transforma en poema la memoria que también nutre algunas pinturas de Frida: el clan familiar concibiendo “el útero materno como el lugar donde se concentra toda la memoria” (página 49; el camino de la paz de Doña Rosita Morillo; viva presencia de la memoria azteca que puede ser restaurada para regresar al origen. Y más autorretratos que son también una forma de conservar la memoria.
   Finalmente la auscultación de la muerte, esa muerte que “se deshace en materia líquida”, “el  instante en el que fermentan / imágenes oníricas de seres emplumados”
   Si los cuadros de la pintora arrancaron algo  a la muerte, los poemas de Ángela Álvarez son igualmente una conjura contra el tiempo porque no solamente expresan la emoción de una pintura sino que la absorben lingüísticamente. Y aunque, como escribió Walter Benjamin (Tesis de filosofía de la historia o sobre el concepto de historia) la construcción histórica se consagra a la memoria de los que no tienen nombre, la voz poética de Ángela Álvarez lo hace en estos versos, estrofas y poemas a alguien que sí tiene nombre, un nombre vapuleado por el dolor y por los innumerables abismos por los que transcurrió la vida de Frida Kahlo, y que pudo sortear gracias a su pintura, esos cuadros tantas veces pintados en el lecho. Hay seres prácticamente anónimo relacionados con Frida Kahlo a través de Diego Rivera (Angelina Beloff o Lupe Marín que con sus guisos le alegraba la vida del gran panzón en la Casa Azul), merecedores igualmente de recobrar vida a través de la poesía. Lo han logrado en la prosa gracias a Elena Poniatowska. Mas honrar la memoria de de los seres anónimos es tarea mucho más ardua que hacerlo con los célebres.
   Poesía, la de Ángela Álvarez, quizás dura, áspera en algunos momentos. Radiografía del dolor que nos perfora no solo los sentimientos sino también la conciencia. Poemas cuadros concentrados, en los que conviven harmónicamente  versos, estrofas, poemas de distintas tonalidades y hechuras, con presencia de prosas poéticas, si bien tendiendo a tonos versales y compositivos clásicos. Poemas que, a pesar de su intenso componente melódico, no se descoyuntan como un terremoto. En general, el volcán versal con el que la voz poética de Ángela Álvarez se deja sentir en este poemario, se transforma en suave sinfonía.
   Un poemario cuya riqueza semántica y su expresión lingüística se adecúa perfectamente al fondo temático: esa pintora mexicana, víctima de los padecimientos que marcaron su vida, y una obra símbolo del sufrimiento que la lectura de los poemas de Ángela Álvarez nos permiten conocer mejor.

Francisco Martínez Bouzas

                                                        
                                                      
Ángela Álvarez Sáez

Selección de poemas de La columna rota

La columna rota

“Es el dolor el artífice de esta pesadilla,
quien inventa monstruos sobre la superficie de
      la tierra.
Como una tempestad de clavos, irrumpen las bestias de mi
       carne,
con  sus collares de heridas congénitas.
El Minotauro está en el bosque.
Cuando los hombres duermen, rompo la placenta,
lamo las húmedas escamas de la ausencia de cuerpo,
y salgo a cazar animales inexistentes.”
(página 33)

…..

Autorretrato con pelo suelto

“En Coyoacán, Méjico, las imágenes llevan inscritos los
       signos del desamparo.
Seres insonsistentes atraviesan los gruesos muros que
       rodean la herida.
La tierra creó mi cuerpo en un acto de silencio.
Y ahora mis facciones se han transformado en un luto de
      dimensiones abisales.
En Coyoacán, Méjico, me pinté a mí misma, al otro lado
      del tiempo donde quiebra el desconsuelo y la memoria.”
(página 37)

Materia y memoria

I

“He vuelto al mismo lugar del que partimos. Delante de mí hay una puerta sobre la que destacan unas letras rojas. «Santuario». Luego  aparece Frida con un hacha y rompe los cerrojos de la habitación donde nos habían encerrado. Frida se refugia como un animal herido debajo del objeto-cuerpo. Yo miro por la ventana y veo aparecer un lobo que enseña los dientes y avanza hacia donde estamos.

II

Quien habla es el lenguaje inventando superficies y contornos. Sin embargo, la memoria perteneces al fondo último de las cosas. Su latido originario abre y cierra cicatrices, y nos obliga a encadenar nuestras palabras al monstruo voraz del tiempo.

III

La materia extiende sus raíces como una cartografía del interior del poema. Su herida en movimiento crea arrecifes  y huracanes. Mi cuerpo está vacío de emociones, y aún así, noto en mi pulso un temblor lleno de escamas.”
(páginas 62-63)

…..

Recuerdo de la herida abierta

“Bajo la atenta mirada de guerreros aztecas,
la noche guarda una herida de alacranes
en el recinto cerrado del miedo.
Dios ha abierto sus alas tentadoras
y nos conmina a entrar en el territorio de los vivos.
Dentro del corazón del presente fermentan los cuervos
      amarillos del pecado.
Dios ha abandonado sus dominios.
Y tal vez algún día seamos perdonados por ello.”
(página 75)