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viernes, 12 de febrero de 2021

CÓMO CONVERTIRSE EN GENOCIDA

Ruta de escape

Philippe Sands

Traducción de Francisco J. Ramos Mena

Editorial Anagrama, Barcelona, 2021, 552 páginas.

 

    

 

   Como ya señalé en su día en la reseña de Calle Este-Oeste, Philippe Sands no es un escritor de ficción, sino un prestigioso  jurista, profesor de Derecho Internacional en la University College de Londres; y abogado con relevantes intervenciones en el Tribunal de Justicia de la Unión Europea y en la Corte Penal Internacional de La Haya, sobre todo en casos de genocidio. En este libro, vuelve a escribir sobre acontecimientos y casos reales. Estamos pues ante un libro non-fiction, y que sin embargo despliega en muchas de sus secuencias ciertos elementos detectivescos, investigaciones y espionaje sobre personajes que tuvieron un papel importante en la Segunda Guerra Mundial y en el Holocausto.

   En este caso, lo que investiga Philippe Sands es sobre la figura de Otto Wächter (Viena, 1901- Roma, 1949). La verdad sobre este jerarca nazi, responsable de miles de muertes, sobre todo de judíos y polacos. A base de una concienzuda investigación, reconstruye la vida del que fue conocido como “El carnicero de Lamberg”, porque en los procesos de Nuremberg quedó demostrado que, durante el primer año en el que fue gobernador de las regiones polacas de Cracovia y Galitzia, fueron asesinados más de ciento treinta mil judíos. Pero al final de la Guerra, se esfumó. Oculto durante tres años en las montañas alpinas, en 1949, con el nombre falso de Alfredo Reinhardt, consiguió llegar a Roma, y allí protegido por el obispo pro nazi Alois Hudal, rector del Colegio teutónico Santa Maria dell’Anima, una dama prusiana y un médico, falleció, mientras esperaba un pasaje para incorporarse a la ruta de las ratas que le llevaría a Latinoamérica.

   A diferencia de Calle Este-Oeste, Philippe Sands no pone el foco de su investigación en las víctimas del Holocausto, sino que se centra sobre todo en los verdugos. Por algo el subtítulo de este libro es “Amor, mentiras y justicia en la senda de un fugitivo nazi”

   Gracias a una minuciosa investigación que el autor documenta en la novela, en perfecta simbiosis con intriga y tonalidad novelesca, Sands reconstruye la vida de Otto Wächter desde sus estudios de Derecho en Viena, a cuyos profesores destituiría más tarde, su estancia en Berlín, ciudad en la que se convierte en jerarca nazi y su destino final en Polonia como mano derecha del gobernador general Hans Frank. Allí su firma de asesino genocida quedó registrada en numerosos documentos.

   El resultado es la  reconstrucción de la historia de Otto Wächter y de su esposa Charlotte Bleckmann, un matrimonio feliz, que tenía el maligno pudor de abstenerse de  una ansiada reunión en Lamberg porque le dice el marido “mañana tengo que mandar fusilar públicamente  a cincuenta polacos”. O que con desfachatez le comenta a su amante esposa como los judíos están siendo transferidos al Este en cantidades cada vez mayores, mientras lamenta la escasez de buena tierra para su cancha de tenis. Pero el libro de Sands es mucho más: es la historia de una huida -la ruta de escape- (The Ratline, la línea de ratas) patrocinada por Estados Unidos y el Vaticano, de cientos de fugitivos nazis, tras el final de la Guerra, un complejo periplo, con paradas en ciertos monasterios y en Roma. Y con destino final en Latinoamérica.

   La novela es en buena medida anacrónica entre el orden cronológico de los acontecimientos. Comienza por el final, con un paciente apellidado Reinhardt, muy enfermo en un hospital romano. Pero su verdadero apellido e era Wächter, un alto mando nazi, acusado de genocidio y crímenes contra la humanidad. Su esperanza era llegar a Sudamérica por la ruta de las ratas. Figuraba como soltero, pero en realidad estaba casado con Charlotte Bleckman. En Roma había vivido en la clandestinidad, protegido por el obispo Alois Hudal, en la celda de un monasterio de Vigna Pia. Se encuentra grave pero recibe tres visitantes en su estancia en el hospital: el obispo mencionado, muy cercano a Pío XII, un médico que durante la Guerra realizó funciones diplomáticas en la embajada alemana en Roma. Y una dama prusiana. Fallecería en manos del obispo, no sin antes identificar a la persona que presuntamente lo había envenenado. El autor visita, poco después a uno de sus hijos Horst Wächter que considera que su padre había sido un hombre decente, que intentaba hacer el bien, pero que se vio atrapado en los horrores ocasionados por otros. De este encuentro, nace el interés de Philippe Sands de conocer mucho más de Otto Wächter.

    

                                

                                           Phippe Sands

 A partir de este momento, nos encontramos con una lectura lineal. Otto Gustav Wächter nació en Viena el 8 de julio de 1901. Relata su infancia, juventud, sus estudios en la facultad de Derecho de la Universidad de Viena, su participación en las manifestaciones  contra los judíos. Es un partidario convencido de Adolf Hitler. Refiere igualmente la  vida de Charlotte, poco interesada en política, pero muy ocupada en buscarse un marido decente y rico. También como Otto se enrola en las filas nacionalsocialistas. Vendrán después todos los acontecimientos que siguieron a la instauración de Hitler como canciller de Alemania, el asesinato de Dollfuss, un golpe planeado por miembros de las SS austriacas, y Ottto es acusado de alta traición; la invasión nazi de Austria (el Anschluss), un acontecimiento que cambiaría radicalmente la vida de Otto y Charlotte. Tras años de ostracismo en Austria, ahora iban a saborear el poder absoluto.

   La historia novela de Philippe Sands recorre todo el sanguinario trayecto de Otto Wächter durante la Segunda Guerra Mundial y también la de su familia, especialmente la de su esposa Charlotte, consumada ladrona de joyas y obras de arte. Una historia de amor, mentiras y justicia, con frecuentes encuentros con el hijo de ambos que sigue convencido de que su padre fue un peón de una maquinaria de genocidio, pero que, pese a todo, era un buen hombre. El libro es pues una historia del auge y caída  de un jerarca nazi, contada con miles de detalles y desde la intimidad.

   Quizás el corazón del libro, tal como lo asegura el autor, es Charlotte: la esposa apoya a su marido a toda costa, siendo consciente incluso de alguna infidelidad.

   Una historia víbrate que se complica con la intervención del Vaticano a través del obispo Alois Hudal que obtuvo dinero y pasaportes falsos para esa ruta de escape. Sands, con gran tiento se pregunta qué sabía realmente el Papa Pío XII sobre todo esto. Pero si sobre algo nos hace interrogar la novela es cómo un hombre considerado bueno y decente, padre, esposo y nazi perfecto, llega a convertirse en un criminal. Eso nos hace pensar que los nazis no fueron monstruos, sino seres humanos que hicieron cosas monstruosas. En el fondo, la banalidad del mal en palabras de Hannah Arendt. La línea que separa los hechos de la ficción, lo real de lo imaginario, no está del todo clara en esta historia ficción sobre Otto Wächter.

 

Francisco Martínez Bouzas

 

miércoles, 10 de enero de 2018

LA CULPA QUE JAMÁS SERÁ BORRADA



Calle Este-Oeste

Philippe Sands

Traducción de Francisco J. Ramos Mena

Editorial Anagrama, Barcelona, 2017, 601 páginas.



   

    El autor de este libro, Phippe Sands (Londres, 1960) no es un escritor de ficción sino un prestigioso jurista, profesor de Derecho Internacional en el University College de Londres, abogado con relevantes intervenciones en el Tribunal de Justicia de la Unión Europea y en la Corte Penal Internacional de La Haya; entre ellas la invasión de Irak, Guantánamo y varios casos de genocidio. En el libro, Calle Este-Oeste, que en los últimos meses editó en España Anagrama, escribe sobre acontecimientos y casos reales. Un libro pues non-fiction, y que, sin embargo, despliega algunos de sus elementos: ciertos tintes detectivescos, thriller judicial y, sobre todo, un profundo y muy completo relato histórico sobre el Holocausto -el autor mantiene que es sobre la memoria y los secretos- y acerca de aquellos personajes que consiguieron que los conceptos de Crímenes contra la Humanidad y Genocidio entrasen a formar parte del Derecho Internacional frente a la barbarie. Quizás por eso Anagrama publica este libro en la colección “Panorama de Narrativas”, ya que, como escribe Antony Beevor, “ninguna novela podría plasmar la verdad con tanta precisión.”

   La obra surge como resultado de una invitación. El autor fue invitado, en el año 2010, a impartir una conferencia sobre crímenes contra la humanidad y genocidio en la ciudad ucraniana de Lviv (Leopolis , Lemberg cuando en el siglo XIX pertenecía al imperio austrohúngaro o Lwów a raíz de la Primera Guerra Mundial al pasar a formar parte de Polonia). En esa ciudad que tantas veces cambió de nombre, había nacido su abuelo. También Hersch Lauterpacht, y en ella vivió así mismo el abogado y fiscal Rafael Lemkin, los dos juristas que lograron que los conceptos de Crímenes contra la Humanidad y Genocidio adquirieran carta de naturaleza en el Derecho Internacional. Y en la misma población dejó su huella Hans Frank, abogado y gobernador general nazi de Polonia, responsable de millones de muertes, entre otras las de los familiares de los tres personajes. Philippe Sands siguió investigando y convirtió aquella conferencia en este libro monumental. La coincidencia de esos personajes en la ciudad de Lviv le impulsó a investigar las posibles conexiones entre ellos, sin olvidar la peripecia personal del abuelo que se casó con la abuela Rita y que, más tarde, acabaría en París como amante de un hombre; un secreto convertido en tabú familiar y del que no se hablaba. El abuelo Leon Buchholz jamás habló de aquel período ni de los familiares ausentes. Vivió en la oscuridad de los acontecimientos para resurgir con la dignidad intacta tanto en las “tierras sangrientas” de Lviv, como en Francia.

   También reconstruye Sands parte de las vicisitudes de la abuela Rita, una mujer que jamás sonríe en las fotografías y que nunca intercambió con el marido sentimientos afectuosos, al menos en la correspondencia epistolar. Otro tabú familiar: el hombre de la pajarita: la abuela Rita y un desconocido, posiblemente un nazi alemán -en una foto aparece con calcetines blancos, dato revelador- habían sido amantes en aquella Viena tan hostil a los judíos.

   Acto seguido Philippe Sands sigue el rastro de dos jóvenes que vivieron y estudiaron en Lviv y cuyas ideas han tenido una resonancia capital en el ámbito del Derecho Internacional: Lauterpacht y Lemkin. El primero heredó de Hans Kelsen, su profesor en Viena, la idea de que los individuos tienen derechos constitucionales inalienables frente al concepto conservador del derecho dominado por la idea de que el derecho estaba al servicio del soberano. Su gran aspiración, especialmente a raíz del exilio en Inglaterra, será articular un derecho que concrete los poderes del estado. En Inglaterra llegará a obtener la cátedra Derecho Internacional en la universidad de Cambridge mientras el ruido de fondo del nazismo resultaba cada vez más amenazador. De hecho los nazis arrestan y asesinan a varios de sus familiares. Su gran logro: en el Estatuto del Juicio de Núremberg consigue introducir el concepto de Crímenes contra la Humanidad. Sus argumentos sobre los crímenes del estado contra el individuo se incorporaron así al Derecho Internacional.

   Rafael Lemkin, dos años más joven que Lauterpacht, otro importante jurista, así mismo formado en Lviv. Siendo estudiante se atrevió a discutir con uno de sus profesores sobre el concepto de soberanía del estado, rechazando el argumento del docente de que si un hombre que tiene gallinas puede hacer con ellas cuanto le apetezca, lo mismo puede hacer el estado con sus súbditos. Dedicó su vida a la defensa de su gran obsesión: desarrollar normas internacionales para proteger a los grupos. Los actos de genocidio, en la definición de Lemkin, son aquellos “dirigidos contra individuos no en su calidad de tales, sino como miembros de grupos nacionales. Conocedor así mismo de que sus familiares habían sido aniquilados por aquellos a los que en Núremberg estaban juzgando, tuvo el consuelo de que la palabra genocidio se incorporase finalmente al Proceso en las intervenciones de varios fiscales, pero quedó desolado por la omisión del término genocidio en la sentencia. Sin embargo, unas semanas más tarde, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó una resolución señalando al genocidio como un crimen del Derecho Internacional.

   El otro personaje que estuvo en Lviv, recibiendo allí honores absolutos, fue Hans Frank. Nombrado por Hitler gobernador general de la Polonia ocupada por los nazis, actuó como un soberano, trató de disolver la idea de que Polonia fuera un estado constitucional en el que la gente, especialmente los judíos, tuviera derechos. Asumiría además el control absoluta sobre la vida y la muerte. Philippe Sands investiga su brutal trayectoria. La de el criminal de guerra, el carnicero de Varsovia, apelativo del que se sentía orgulloso. La convergía de las vidas de Hans Frank, Lauterpacht y Lemkin se hizo real cuando en Núremberg el primero fue acusado de crímenes contra la humanidad y de genocidio.

   Y como telón de fondo, el escenario de Núremberg: la primera vez en la historia en la que se llevaba a un juicio a los líderes de un estado por crímenes contra la humanidad y genocidio. Dos delitos nuevos. Protección de los individuos como postulaba Lauterpacht y de los grupos nacionales o raciales en el pensamiento de Lemkin. En ese escenario de Núremberg, y a pesar de ser contrario a la idea de Derecho Internacional, resuenan las palabras de Hans Frank en una de sus respuestas en los interrogatorios:”Pasarán mil años y esta culpa de Alemania aún no se habrá borrado”.

   El dilema entre crímenes contra la humanidad y genocidio, que hoy ya no lo es, actúa como hilo conductor en la obra de Sands. Philippe Sands no es un novelista sino un académico. No obstante el valor más relevante del autor de Calle Este-Oeste es haber convertido una obra de no ficción que se debería limitar a reproducir existencias y acontecimientos reales, en un texto que reúne  todos los ingredientes de la ficción. Profusamente documentada (casi cien páginas de fuentes y citas), sin desviarse un ápice del periplo vital de los personajes reales presentes en el libro. Philippe Sands no inserta ficción en la realidad. A pesar de ello, la habilidad compositiva con la que está escrito este libro, incita a leerlo como una pieza de intriga y eso, a pesar de que el hilo conductor teórico esté formado en base a conceptos del Derecho Internacional. A ese ambiente de suspense contribuye un cierto tinte detectivesco al indagar, con escalofriantes ejemplos, las conexiones entre Hans Frank y la desconocida señorita Tilney, una enigmática misionera que ayudó a varios judíos, entre ellos a la madre del autor, a escapar de los alemanes.

   La obra además bucea en los silencios y secretos de su propia familia a través de la figura del abuelo Leon Buchholz. Historias que permanecían escondidas. Otras como la de Niklas, el hijo de Hans Frank que no tuvo reparo en decirle: “Soy contrario a la pena de muerte, excepto en el caso de mi padre” (página 492). O declaraciones personales del trato recibido por los deportados enviados al este que hielan la sangre. Una de ellas registraba el siguiente testimonio sobre Auschwitz: “cuelgan a la gente sin razón alguna, mientras suena la música” (página 87).

   Esto es algo de lo que planea en este libro: abismos existenciales y familiares en la historia europea del pasado siglo, la banalidad del mal en palabras de Hannah Arendt, una convergencia desquiciante y diabólica de asesinatos masivos de judíos, gitanos y miembros de otras minorías que finalmente, gracias al esfuerzo y empeño de algunos de los personajes a los que el autor da vida en este libro, desencadenarán la gran revancha que, al menos aparentemente, nos ha hecho más humanos o más temerosos, en algunas zonas de nuestro planeta,  y ha significado el fin del estado soberano con poder absoluto sobre la población.







                                                  
Philippe Sands


Fragmentos



“Pero la soberanía, replicó Lemkin, se había concebido para otros fines, como la política exterior, o la construcción de escuelas y carreteras, o la garantía del bienestar de las personas. No para dar a un Estado el «derecho a matar a millones de personas inocentes». Si lo hacía, el mundo necesitaba una ley contra aquel tipo de conducta. En el relato que hace Lemkin de una conversación con un profesor, que no se pudo verificar, el nivel de la discusión se fue intensificando hasta dar lugar a un grandioso momento de epifanía.

«¿Acaso intentaron siquiera los armenios hacer detener al turco (Pashá) por la masacre?»

«No había ninguna ley conforme a la cual se pudiera detener», respondió el profesor.

«¿Ni siquiera por desempeñar un papel en el asesinato de tanta gente?», repuso Lemkin.

«Tomemos el caso de un hombre que tiene unas cuantas gallinas», replicó a su vez el profesor. « Va y las mata. ¿Por qué no? Eso no es un asunto de usted. Si interfiere, es una injerencia ilegal.»

«¡Los armenios no eran gallinas!», dijo Lemkin secamente.

El profesor ignoró el comentario del joven, y luego cambió de enfoque.

«Cuando uno interfiere en los asuntos internos de un país, está infringiendo la soberanía de dicho país.»

«Entonces ¿es un crimen que Tehlirian se cargue a un hombre, pero no lo es que este se haya cargado a un millón de hombres»?, preguntó Lemkin.

El profesor se encogió de hombros. Lemkin era «joven y vehemente».



…..



“Frank se sentía orgulloso de que el New York Times le identificara como un criminal de guerra. A comienzos de 1943 anunció en una reunión oficial: «Tengo el honor de ser el número uno.» Aquellas mismas palabras fueron consignadas en su diario sin el menor sentimiento de vergüenza. Incluso cuando el curso de la guerra se volvió desfavorable para los alemanes, él siguió creyendo que el Tercer Reich duraría mil años, sin sentir la menor necesidad de mostrar contención en relación con el trato dado a polacos y judíos o las palabras que había pronunciado sobre ellos.«Tienen que marcharse», había declarado a su gabinete. «En consecuencia, voy a abordar los asuntos judíos con la perspectiva de que los judíos desaparezcan.»



…..



“Habló con voz comedida y tranquila del viaje desde el gueto de Varsovia en agosto de 1942, del transporte en tres en condiciones inhumanas: ocho mil personas apretujadas en vagones de ganado. Él era el único superviviente. Cuando el fiscal ruso le preguntó por el momento de la llegada, Rajzman le explicó cómo les habían hecho desnudarse y aminar a lo largo del Himmelfahrtstrasse, el «camino al cielo», un corto paseo hasta la cámara de gas, cuando de repente un amigo de Varsovia lo sacó de la fila y se lo llevó: los alemanes necesitaban un intérprete; pero antes le hicieron cargar la ropa de los muertos en trenes vacíos que partían de Treblinka. Pasaron dos días; luego llegó un transporte procedente de la pequeña población de Vinegrova en el que venían su madre, su hermana y sus hermanos. Él los vio caminar hacia las cámaras de gas, sin poder intervenir. Varios días después le entregaron los papeles de su esposa, junto con una fotografía en la que aparecía esta con su hijo.”



(Philipe Sands, Calle Este-Oeste, páginas 213, 340-341, 405)