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miércoles, 7 de septiembre de 2016

"EL MERODEADOR": LAS HERIDAS DE LA EXISTENCIA





El merodeador

Vicente Muñoz Álvarez

ACVF Editorial, Madrid, 2016, 105 páginas



   El pasado año, al comentar Regresiones, por ahora su última pieza en el terreno de la narrativa, tuve la ocasión de afirmar que Vicente Muñoz Álvarez (León, 1966) es un escritor esponja y todoterreno que, además de su labor como editor, antólogo, creador de fazines como Vinalia Trippers, frecuenta la poesía, el ensayo y la narrativa en sus diversos formatos, entre ellos el relato breve como El merodeador que vio la luz en 2007 en la Editorial Baile del Sol, y alcanza ahora la segunda edición en ACVF Editorial. He calificado El merodeador como un libro de relatos y he dicho mal ya que los dieciocho relatos de esta entrega narrativa le dan forma realmente a una novela. Una novela fragmentada en distintas secuencias que comparten el mismo protagonista y, a través de sus angustias, miedos y menguadas esperanzas, podemos captar con inusitada dureza las heridas de la existencia, consubstanciales de la vida moderna. Porque El merodeador es un itinerario a los mundos de las psicopatías, neurosis y obsesiones, de las que, en mayor o menor medida, solemos ser víctimas la mayoría de los que hoy habitamos un mundo preñado de ansiedades, propicio a generarlas. Denuncias de baja intensidad de las que ni siquiera se libran las vacas.

   Las pequeñas cápsulas -relatos de mediana extensión, algunos efectivos microcuentos- que tejen en sus historias vitriólicas, estremecedoras y, al mismo tiempo, tiernas y generadoras de empatía con el protagonista-víctima de todas ellas, tienen la capacidad de generar una novela breve, híbrida en su estructura compositiva, pero capaz de permitirnos adentrarnos en un estado de quiebra mental, o como escribe el mismo autor, el retrato de un narrador “enfrentado en soledad a sus propios fantasmas”, en un entorno, en este caso rural, ya que el protagonista-narrador había huido del agobio y del esplin  de la ciudad.

   En coloquio con una tradición literaria que recrea esas denuncias de baja intensidad (Pessoa, Pavese, Carlos Castaneda, Osho, Céline, Unamuno, Kerouac, Sartre, entre otros.  Y especialmente Bernhard, un escritor cuya dureza y frialdad hielan la sangre. Vicente Muñoz Álvarez luce las armas de excelente narrador, capaz de levantar una estructura novelística con los ladrillos de pequeños relatos.

  El medodeador está relatada por un narrador omnisciente que lo hace en primera persona y es al mismo tiempo el protagonista, o mejor dicho la víctima, de miedos atávicos, del reino inclemente de la soledad y de la incomunicación, un laberinto de tinieblas o el desasosiego bernhandriano, como confiesa el mismo autor. Un personaje roto, sobre todo por el mundo interior de sus propias obsesiones que le hacen percibir pasos imaginarios en sus noches de insomnio. Los fantasmas a los que le da mil vueltas hasta quedar desgarrado por dentro, provocados por unas tarjetas a su nombre que nadie pidió. La frustración que destruye sus nervios, generada por el cartero que pasa de largo. Tampoco el paseo que raramente se permite, remedia su obsesión, y su cabeza no se libera de la oposición que está preparando y de sus temas. El monólogo delirante de un paciente que se sienta a su lado en la sala de espera de un centro médico, pero muy certero cuando le comenta que los médicos se limitan a recetar medicinas contra los síntomas, “en lugar de atender a su origen, el estrés, la depresión, el vacío interior, la falta de miras…” (página 31). El terror de las horas en blanco, sin lograr dormir que hacen surgir en la mente insomne la presencia de la muerte como consumación de la vida. También la metaliteratura hace acto de presencia en “El relato”: el relato terrible sobre un vagabundo y el relato de la escritura del relato. La ruptura sentimental fruto de los fantasmas de la incomunicación, las frustraciones y los desengaños. La necesidad de terminar un artículo que ha de enviar al periódico, pero el ruido  ensordecedor, incluso en el pueblo, lo enerva y lo confunde. Lo que logará escribir será una mera reseña sin fondo. O la muerte concebida como destripar un pez que el narrador ha pescado: un vaciamiento. En “La calera”, el autor, a través de su protagonista, le rinde homenaje a Bernhard y a su novela La calera, mas, en la visita al espacio donde esta se desarrolla, lo único que encuentra son preguntas sin respuesta. No falta un microcuento de terror y crueldad: los gatos arrojados a un contendor en un bolsa de plástico que maúllan desesperados. Cuando el camión de la basura vacía en su interior la carga del contendor, los maullidos lastimosos de los gatos seguirán repiqueteando en su cabeza. En fin, “El merodeador”, con un personaje creación del narrador, pero que deja su existencia ficcional y entra en su casa: “Resuenan los pasos dentro, atravesando lentamente el pasillo…” En esta novela de relatos tiene así mismo cabida la micronovela del pintor suicida. Un reflejo literario de la existencia deprimida que aboca en el suicidio.

   Aunque la escritura de Vicente Muñoz Álvarez está preñada de una fuerte carga que parece testimonial, ignoro lo que, en este sacar a flote las heridas existenciales, puede haber de biográfico, si bien en el relato “Alta tensión” hay una secuencia que parece un calco de la existencia personal del autor que incluso comienza a escribir un libro titulado El merodeador.

   Las citas de los autores con los que dialoga Vicente Muñoz marcan el tono de cada relato. Dos de ellas, sin embargo, una de Osho (“Cada vez estamos más fragmentados”) y otra de Omar Jayam (“Pero una voz severa me advierte: el Cielo y el Infierno están en ti”) describen con bastante precisión el centro neurálgico del libro: el individuo, en las sociedades actuales, no solo está fragmentado. Es víctima de la misma angustia y del dolor de vivir. La maestría de la que hace gala el autor en el empleo de diversas técnicas literarias, permiten que este pequeño libro fantasmal se convierta a los ojos del lector, en una pequeña joya literaria que se lee, quizás con desazón, pero de un tirón.



Francisco Martínez Bouzas



                                                 
Vicente Múñoz Álvarez

Fragmentos



“Voy a pensar en otra cosa, me digo, o mejor no voy a pensar, de tanto pensar me estoy agotando, estresando, así que voy  a centrar la atención exclusivamente en mi entorno…Pero no pensar, en el fondo, es complicado. Mantener la mente en blanco, receptiva y limpia estando solo, caminando solo, es complicado: ves un rostro y piensas, ves un perro y piensas, ves un coche, un parque, un vagabundo y piensas, la ciudad te lleva y trae consigo si tú vas con ella, si la observas, si la recorres, si la analizas… Todo mejor que pensar en los temas. Pero qué difícil, de todos modos, dejar la mente en blanco…Esa máquina en constante movimiento que es mi cabeza, un mecanismo imparable, un reloj que incesante y sin cuerda marca las horas, aunque yo no quiera, aunque intente pararla, la máquina de mi cabeza sigue marcando las horas…Eso pienso, porque no puedo dejar de hacerlo, intento no pensar en nada, pero una y otra vez me sorprendo pensando.”



…..



“Por eso venimos a verlos una y otra vez…Todo es un montaje, créame, el sistema entero, la política, la religión, la burocracia y las leyes, los medios de comunicación…Nos manejan, subliminalmente, como a marionetas…Manipulan nuestra conciencia, nuestros hábitos y sentimientos, y manipulan, más que ninguna otra cosa, nuestra salud. Para curarnos una enfermedad nos dan medicinas que nos provocan otras más graves, hasta degenerar en la muerte…Ésa es, una y otra vez, su mentira y su trampa… Pero ¿qué podemos hacer al respecto? Dígale esto a la gente, a los médicos,  a los políticos y a los sacerdotes, que nos manipulan, y verá qué le contestan…Seguramente le tacharán de hipocondríaco y loco y se reirán de usted…Eso es lo que hará conmigo el doctor cuando llegue mi turno y le comente que me sigue picando el lunar y que me parece que sigue creciendo…”



…..



“Y venga otro trago de vino, bamboleante en plena noche, borracho hacia su casa desolada en la estación, con las nalgas de aquella chica bailando en sus ojos y cien estrellas rojas, verdes y amarillas a su alrededor, preguntándose por qué no ha podido él tener suerte, como el resto, una mujer, una casa, hijos, coches, libros, planes de jubilación… por qué, por qué él no y otro cualquiera sí…Se va tambaleando a la estación, decía, tropezando en los bordillos de las aceras y en las alcantarillas y haciendo grandes eses sin saber que yo le sigo, que llevo detrás de él todo el día desnudando su cabeza, ese montón de curvas locas, sus neuronas, sus secretos, el horror de su padre muerto o el miedo a esa paliza gratuita a cargo de los diablos que arroja la noche, encarnación del mal, con cadenas, botas de colores, esvásticas y todo el odio concentrado de su generación de falsos sueños…”



(Vicente Muñoz Álvarez, El merodeador, páginas 24, 31-32, 51)

viernes, 29 de enero de 2016

"REGRESIONES": LA RECUPERACIÓN DE UN TIEMPO QUE NO VOLVERÁ



Regresiones

Vicente Muñoz Álvarez

Ediciones Lupercalia, La Romana (Alacant), 2015, 235 páginas



   Además de editor, Vicente Muñoz Álvarez (León, 1966), es un incansable cultivador de la entera gama genérica: poesía, narrativa corta y larga, ensayo. Un escritor esponja o todoterreno, como se considera él mismo. El pasado año publicó la “novela” de los años 70, 80 y 90 de la capital leonesa, en la que, con indudable acierto, amalgama su propia biografía y el retrato de su generación, reflejados en el trasfondo, para la mayoría de los lectores poco conocido,  de una ciudad: León. Un libro que era una deuda pendiente con su propia conciencia literaria, escrito desde una distancia temporal suficiente, que le otorga al escritor la necesaria perspectiva para valorar con criterio ajustado y al mismo tiempo relativista, los acontecimientos de aquellos años en la ciudad vivida, gozada o padecida, que de todo hay en cualquiera experiencia vital.

   El libro es lo que dice el título: regresiones a los espacios de la infancia y de la juventud, sobre todo. Memorias de un superviviente en una ciudad gris, hecha color gracias a los comics, las viejas arquitecturas, los cromos y las teleseries, como se ha escrito.

   Regresiones no es narrativa fácil de encasillar. Algo así como un híbrido entre novela y libro de memorias. Crónica de vivencias reales y sentimentales en la ciudad de uno: León, la de Vicente Muñoz Álvarez. Una crónica que echa a andar extrañamente con el primer contacto con la muerte, en una tarde-noche invernal, a la edad de cuatro o cinco años, con una terrible sensación de náusea y desconsuelo, tras escuchar de sus padres qué era morir. A continuación, una medida sucesión de secuencias vivenciales en las que el escritor recupera su infancia, vivida y soportada con inocencia infantil durante la dictadura: los sabores de las manzanas de caramelo de los años 70; los juguetes que desarrollarían sus tendencias ensoñadoras; el intercambio de cromos al pie de la Casa Botines, el palacio mítico y tenebroso donde se instalan los abuelos, y que retorna con frecuencia en estas regresiones; la particular Casa Usher del niño al lado del siniestro cine Mari, siempre presente en las pesadillas del escritor y germen de la afición por la literatura y cine de terror; la deuda pendiente con el colegio de los Agustinos y su terrible dinámica educacional; las series de televisión, partes entrañables de una educación sentimental; la fascinación por Cría cuervos, la película de Saura que “me traslada empáticamente a otro mundo y tiempo, una infancia/adolescencia de penumbra imprecisa” (página 51), con el tristísimo tema de Jeanette Por qué te vas, que se instalará para siempre en su corazón; los terrores difícilmente asimilables en la infancia, como los que le generó la casona de la descuartizadora del Portillo.

   Las recuperaciones de la “fiesta” de la Transición, para los adolescentes de entonces con el desmadre del punk, el destape, el cine alternativo, el underground… y la  Pura Vida (Movida). Y los ojos del adolescente que navegan todavía por un maravilloso mundo poblado de tritones, salamandras, monos marinos…E incontables héroes y superhéroes que, más que ninguna otra cosa, serán lo que deje en el cerebro adolescente la llamada Transición. También la lluvia de aquellos días percibida desde la penumbra de las aulas y pasillos del colegio frailuno, “metáfora del tedio infinito”; los festivales de Eurovisión, “sangre para la máquina de la dictadura, nueva carne para la de la Transición” (página 83); aquellos primeros latidos de cine erótico y pornográfico que disipaban la libido de la pandilla de adolescentes; las revistas que rulaban cargadas de lujuria por las manos adolescentes; el inicio cabrón en la vida adulta.

   Y con los 80, la explosión de la Movida que en León comenzó con los Cardiacos. Y acto seguido llegarían en tromba incontables grupos que atruenan la noche leonesa e imponen los acordes de la iniciación musical del autor; el enganche a la lectura con H. P. Lovecraft y el inicio de la escritura de los primeros relatos también bajo el influjo del gran innovador del relato de terror.

   Y así, regresión tras regresión, Vicente Muñoz Álvarez, desocupa el baúl de sus recuerdos y visibiliza, para todos aquellos que nos acercamos a las páginas de este libro, lo que fue su despertar a la vida, su educación, también la sentimental y, en el último capítulo, “Días extraños, lo que sería una apuesta suicida por la literatura. En una Coda final veinte escritores y músicos de la generación del escritor nos ofrecen su testimonio de lo vivido y de lo compartido.

   Un libro pues de recuperación del tiempo ido, de “los tiempos maravillosos y lejanos que (salvo en mis regresiones) no volverán” (página 33). Escrito con tonalidad nostálgica, aunque al autor no le guste ese estado de ánimo escritural, pero sobre todo con mirada lúcida, evocadora, en un plausible ajuste de cuentas con los héroes y mitos personales del escritor, desde un tiempo que emerge de la dictadura, pero que muy pronto se transforma en un espacio mucho más abierto, libertario y creativo que el actual.

   Libro eminentemente leonés, escrito con un estilo de prosa intenso, a veces furioso, esponjoso y dilatado siempre, y que, no obstante su localismo, no desagrada a aquellos lectores capaces de disfrutar con las recuperaciones vivenciales, escritas desde una cruda honestidad. Porque todos o casi todos nos hemos iniciado a la vida padeciendo y gozando de las mismas caricias y de similares cicatrices.



Francisco Martínez Bouzas

                                                     
Vicente Muñoz Álvarez



Fragmentos





PP. AGUSTINOS

(My generation)



“aquella fortaleza inmensa de ladrillo rojo…con ella más que con ninguna otra estampa o visión infantil tengo una deuda pendiente…el ying y el yang, el aprendizaje y la duda, lo austero y lo sórdido, lo mágico y crepuscular, la caspa y el cielo…comenzando por un recuerdo insignificante, aunque para mí imperecedero: la pólvora: aquella arenisca pardusca que recogíamos cuidadosamente de entre las junturas de los ladrillos de la fachada, mezclada con telas de araña y saber qué otros residuos, pólvora, la llamábamos, que atesorábamos para cargar nuestras pistolas imaginarias, primeros ensayos de ensoñación…para seguir por aquellos inmensos y tenebrosos pasillos que conducían a las aulas, el eco distorsionado de nuestros pasos en la penumbra, el latido acelerado de nuestro corazón, y el laboratorio de fósiles e insectos empalados y cabezas reducidas de jíbaro y animales disecados y minerales y microscopios, mi lugar de ensueño favorito, y la enfermera y la enfermería y las dolorosas vacunas en el brazo y el gimnasio y los curas, adustos, siniestros, sombríos, enfundados en sus túnicas negras, con aquellas correas de cuero con las que nos fustigaban a la menor ocasión, grises y contenidos, macilentos y reprimidos, irascibles y abrasados por qué sé yo qué fuego interior.”



…..





CUANDO ÉRAMOS REYES

(Brillaba la Perla)



“más que nunca huelo estos días a carne quemada, los 80 más que nunca renacen en mí, lo siento, compis de los 90, sé que estáis hartos de oírlo, pero hubo allí algo muy grande que os perdisteis y fue lo mejor que se ha vivido en este país, a saber qué, porque ni siquiera nosotros, los supervivientes de entonces, lo teníamos muy claro, qué pasó en la Transición, justo después de que el Innombrable muriera, cómo y cuándo comenzó la fiesta y por qué aquella eclosión de fanzines y grupos (un reciclaje castizo de lo que nos venía de fuera: punkis, chulapos, flamencos progresivos y psicotrópicos a mansalva), qué sé yo, pero aquello fue una fiesta sí que lo tengo claro, cuando éramos reyes, todos a nuestra santa bola, sin más careta que nuestra propia piel…recuerdo luego, durante mucho tiempo, cómo renegué de aquella movida, grupos americanos, australianos, franceses, ingleses, cómo me parecía un pastiche todo lo nuestro, pero lo cierto es que reviso ahora aquellos temas (o mejor dicho: vuelven ellos a mí) y me erizan como escarpias los pelos al recordar todo aquello…”



…..



BOYS BOYS BOYS

(Pezón furtivo)



“pocas cosas hicieron vibrar tanto la España de los 80 (al margen del 23 F) como los pechos de Sabrina Salerno en la Noche Vieja de 1987, aquella horterísima canción, Boys, aquel diminuto pantalón ajustado…repitieron el vídeo en los medios hasta la saciedad (incluso a cámara lenta), un pezón furtivo y un instante de éxtasis y arrebato para todos los españolitos de a pie, y de indignación para todas las madres y esposas de este beato país…veintiún años tenía yo entonces y recuerdo aquella canción como un acontecimiento nacional que dividió a media España, millones de hombres babeando frente  a la pantalla del televisor con los ojos como platos y millones de mujeres echando espumarajos y pestes por la boca, hasta el punto de generar casi una guerra civil (sin Tejero de por medio) entre ambos sexos…cuántas discusiones y peleas originó aquel dichoso vídeo, cuántas fantasías y exorcismos, yo fui testigo de unos cuantos, todo por un pezón rebelde escapándose de un corpiño ajustado (cuando había pasado ya el boom del destape setentero y los videoclubs rebosaban de películas X y los quioscos de revistas pornográficas de todo género y tipo)…”



(Vicente Muñoz Álvarez, Regresiones, páginas 42, 123, 141)