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viernes, 20 de abril de 2012

"COMPOSICIÓN Nº.1", UN ARTEFACTO HIPERTEXTUAL


Composición nº 1
Marc Saporta
Traducción de Jules Alqzr
Presentación de Migel Ángel Ramos
Capitán Swing Libros, Madrid, 2012, 344 cuartillas sin paginar.


En el prefacio de Composición nº 1, señala su autor Marc Saporta: “Se ruega al lector que mezcle las páginas como una baraja de cartas. Que las corte si lo desea con la mano izquierda igual que una echadora de cartas. El orden en el que salgan las hojas después de hacerlo orientará el destino de X (…) Del encadenamiento de las circunstancias depende que la historia acabe bien o mal. Una vida se compone de elementos múltiples. Pero el número de composiciones posibles es infinito” La pregunta que de inmediato surge en la mente lectora,  no puede ser otra: ¿De qué se trata? ¿De una nueva o vieja audacia experimental, un intervención artística, una performance libresca opaca, clausurada en si misma, pero incapaz e transmitir nada, como no sea la novedosa fiebre experimentadora?
Sin duda que la caja, excelentemente diseñada en la que Capitán Swing nos presenta estas más de trescientas páginas sueltas, sin numeración, encierra algo más que una simple fiebre vanguardista que Marc Saporta concibió en el año 1962. El autor de este libro caja o artefacto hipertextual es uno de los precursores más conspicuos de los textos no lineales, de los discursos fragmentados que hoy son el gran paradigma de la literatura hipertextual en la que cada lector crea su propio libro. Marc Saporta y ahora Capital Swing Libros lo que nos ofrecen es el azar, un juego estocástico que rompe la estructura de la novela decimonónica (inicio, desarrollo, desenlace), puesta en entredicho por los escritores de Nouveau Roman -Marc Saporta es un miembro de esta corriente-  y nos introduce de lleno en el paradigma de la hipertextualidad al que nos han acostumbrado las nuevas tecnologías (un único clic sobre un enlace hace que un texto nos lleve a otro).
Otros rasgos de este libro caja puesta en manos del lector no son tan novedosos como pudiera parecer. Me refiero a su estructura fragmentaria, ensayada igualmente por el Colectivo Oulipo (Raymond Quenau, Cien Trillones de Poemas, sobre todo) por  Rayuela de Cortazar, Por Max Aub (Juego de Cartas), Italo Calvino (El Castillo de Destinos Cruzados) o el mismo Julian Ríos (Larva). A algo muy semejante remite cierta línea de cultivo filosófico: la pluralidad de conexiones que desarrollan Deleuze y Guattari, la interacción de opiniones simultáneas de las que habla Michel Foucault en El orden de las cosas, o la metodología de la descomposición (fragmentos que remiten a otros) desarrollada de Derrida.
Los cierto es que el lector tiene en sus manos no un texto lineal, sino una “baraja literaria”, cuya mezcla de páginas dará lugar a que los personajes de esta composición tengan uno u otro destino, dependiendo de esa “ars combinatoria” de la que nos habla el prologuista, Miguel Ángel Ramos.
La escritura tradicional mayoritaria nos brinda un molde que nada tiene de laberinto, ya que todos conocemos la salida: el desenlace o la última página. Marc Saporta, contrariamente, nos encierra en un sinuoso laberinto en el que hallamos historias  de Marianne, de Helga, de Dagmar, de Mamá o de Robert…, episodios escuetos que no ocupan más de una cuartilla. Acto seguido las desordenó y publicó como páginas sin encuadernar y sin numerar, dispuestas de forma azarosa.
Le compete al lector activo ordenar el libro trastornando las cartas de esta baraja literaria, siendo así la contingencia la que decide lo que el libro va a resultar al final.
De este modo, como en la cartomancia, nuestro corte y barajado de cuartillas representa un conjunto de acontecimientos. La azarosidad pues y no el orden canónico como conductor de los juegos literarios. Y hablo de juegos literarios porque las cuartillas de Marc Saporta no están habitadas por la nada, sino por una narrativa excelente en forma de breves relatos, rebosantes de agudos matices psicológicos, estampas en las que se deja sentir una inequívoca voluntad de contar, con una clara inclinación hacia el poema en prosa. Lo que diferencia la escritura de Marc Saporta lo recapitula la forma lúcidamente clarificadora el prologuista: “El libro de Saporta propone una liberación de lo encuadernado hacia el sorteo, creando una suerte de contrainte oulipina, una nueva regla de juego que al desestabilizar el tablero non obliga a reconsiderar, revisar lo que posee un exceso de naturalidad previsible. Poner entre comillas cualquier continuidad, poner en cuestión cualquier regla inherente al juego desde el juego mismo”

Francisco Martínez Bouzas



Marc Saporta


Fragmentos

“MARIANNE, una joven casada, enervada bajo sus velos, vuelve del altar entre la doble fila de amigos y parientes. Tropieza y durante un instante apoya todo su peso sobre el brazo que la sujeta. Después se endereza, con la mirada perdida en la puerta que debe alcanzar y avanza con pasos rígidos, como un soldado mecánico en el desfile de juguetes del trágico cuento de Andersen.
Su mirada surge de sus ojos negros como un trazo. La bajada de la iglesia es interminable. Deseaba ese matrimonio con avidez, pero el resultado no parece haber satisfecho esa especie de ferocidad de la que se ha valido para conseguir sus objetivos. Tal vez piensa ya en las consecuencias de una unión conseguida mediante amenazas mezcladas con un intento de suicidio como chantaje (…)
A su paso, los invitados se esfuerzan por sonreír, pero la alegría se paraliza, y los comentarios cesan al ver a esa joven afeada por la tensión. No queda ya nada ni de la elegancia natural, ni del paso ligero que constituyen el encanto habitual de Marianne.
Suiza se extiende ante el pórtico abierto de par en par. El sol rebota sobre el porche blanco y salta al rostro. Los fotógrafos hacen su trabajo. Marianne fija un rictus que le frunce los morros como si fuera a tener que pelearse por una presa; pero, al parecer, ya sabe que la presa se le va a escapar, que otros se la arrancarán”.

…..

“DAGMAR avanza con su abrigo de piel leonado, y su soberana elegancia, en medio del frío. El viento la escolta. Delante de ella, torbellinos de hojas secas le abren camino, como los motoristas al paso de una princesa. Despliegan a su paso una alfombra roja en las alamedas. El rostro rubio está helado. Con una risa perlada, en la que brillan los dientes, Dagmar toma posesión del invierno.
Cubierta con el vestido verde y ajustado que dibuja maravillosamente su cuerpo, Dagmar recorre la alameda con toda la primavera. Sus brazos brotan como agua viva del vestido sin mangas. Lo senos hinchan la blusa. Cuando se detiene ante la estatua, sus pies calzados con zapatillas de bailarina se sitúan instintivamente en la 3ª posición de las bailarinas (…)
Dagmar es el deseo. Su cuerpo huele al verano y sus frutos Parece caída al pie de la Alhambra, cuando las granadas maduras hacen estallar su corteza endurecida, en los jardines del Generalife. Y su boca rosa tiene el sabor fresco de los granos que se roban a la sombra de los granados andaluces. Dice:
-¿Para qué sirve ser mujer…?”

…..

“HELGA se debate entre las manos como un bengalí prisionero. Intenta en vano estirarse. Los puños la sujetan con fuerza contra la cama con ambos brazos abiertos hacia atrás. Se produce un momento de calma en el que todo es aún posible. Aplastada contra el diván, apretujada sobre sí misma con todo su peso, la joven parece intentar abrir bajo su espalda una vía de escape. Espera sin decir nada, y sus grandes ojos rehúyen la mirada como los de un pájaro (…)
Los miembros frágiles están al borde de la ruptura. El antebrazo, sujetado hacia atrás contra la cama, ofrece su blancura indefensa a los labios que lo recorren, y que, a lo largo de su recorrido, suscitan un estremecimiento. La carne es elástica y se hunde bajo la boca. Una brizna de piel se queda pillada entre los dietes que dibujan una huella apenas roja, que rápidamente se borra.
Con un movimiento de cadera, Helga intenta escaparse sin convicción. La marejada evoca ya los movimientos del placer. Presionado es fácil inmovilizar el vientre de la joven, que cede, se resiste y, finalmente, responde al abrazo.
La suerte está echada. El seno late muy fuerte bajo la mano. La mano liberada de Helga acaba de abatirse sin fuerza por encima de esa otra mano que engulle el joven pecho”

(Marc Saporta, Composición nº 1, sin paginación)

lunes, 12 de marzo de 2012

"LOS LIVING", DE LA FARSA AL DISPARATE SURREALISTA EN EL TRASFONDO DE UNA TURBULENTA ARGENTINA

Los Living
Martín Caparrós
Editorial Anagrama, Barcelona, 2011, 430 páginas.


Una vez más un escritor latinoamericano se hizo merecedor del Premio Herralde de Novela en su vigésima novena adición. En efecto, un narrador ya consagrado, Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) con la novela Los Living, una propuesta narrativa ambiciosa y brillante, un texto profundamente argentino, mas a la vez universal, fue el ganador de uno de los más selectos certámenes de narrativa en lengua española.
Los Living, un proyecto narrativo consolidado, es muchas cosas a la vez: novela de formación, novela picaresca y de humor negro desde la primera página hasta la última, excepción hecha de esas páginas que el narrador nos regala a modo de epílogo y que alguien puede leer a la vez en clave fantástica o como una inmensa sátira y disparate surrealista. Y al mismo tiempo, una continua presencia y connivencia con la muerte. Y todo esto reflejado en la Argentina turbulenta de las tres últimas décadas del pasado siglo.
La novela, relatada en primera persona, apunta de una manera y acaba de otra. Comienza con el nacimiento del protagonista, Nito Remondo, en julio de 1974, el mismo día en el que se produce la gran muerte, la muerte del siglo, la de Juan Domingo Perón. De ahí el nombre, Juan Domingo, con el que le bautiza su padre, una venganza, un “chiste torcido” contra el General. Durante su niñez y adolescencia Nito sufre la pérdida de dos seres queridos: su padre y su abuelo. Desde entonces se siente cada vez más acosado por el significado de la muerte.
Mas antes de que esos interrogantes  entren en la escena novelesca, el narrador nos divierte con varios capítulos de lo que él mismo ha llamado “picaresca contemporánea”, que nos permiten conocer al protagonista incluso desde los años previos a su concepción y en los que va desgranando la presencia y la historia de cada uno de los personajes que tienen que ver con el protagonista: su concepción con el final del sexo placentero y el inicio del sexo con sacrificio, la educación en las telenovelas, el descubrimiento en la escuela de que es un niño y no un amorcito de mamá. La ausencia del padre que comienza a inquietarle. La vivencia de la guerra de las Malvinas. La llegada de la adolescencia, retorcida, cruel, hecha de aprendizajes, los escarceos sexuales, la iniciación en el sexo con mujeres de “revistas” que lo convertirán en un artista del pajoleo. Y sobre todo, su caminar en el filo del abismo, enfrentado con la muerte del abuelo y con la desaparición de su padre.
En la mente del adolescente se hace cada vez más porfiada la pregunta ¿cuál es nuestra relación con los muertos? Es a partir de aquí cuando los difuntos comienzan a acaparar todo el protagonismo hasta el punto de que la muerte se convierte literalmente en la forma de vida del protagonista, aunque sin desprenderse el relato de ese sabor de humor negro y sin abandonar la platea de una convulsa Argentina.
Cuando Nito descubre al hombre que había atropellado a su padre, brota en él  la idea de predecir la muerte, primero como venganza y posteriormente como timo muy productivo al servicio  del Pastor protestante Trafálgar que le convierte en un pronosticador de muertes futuras para atraer clientela masculina para su iglesia. Se transforma así en un ángel exterminador, en una estrella de rock predicando la muerte, lo que le permite ganar mucho dinero y descubrir el placer de pajearse no por obligación, sino por elección.
Hasta que revienta, cae del caballo y en su revelación en la que entra en escena de forma definitiva el artista Pitu Carpanta, se arrastra al lector de forma concluyente hasta la pirotecnia esperpéntica final: el invento de los linving. Los muertos no se ven, pero están con nosotros. Nos deshacemos de ellos porque nos dan miedo y porque la muerte es gratis, es dar un paso hacia ninguna parte. Mas nosotros mismo somos nuestra muerte. Víctimas y beneficiarios. Por esos es preciso tener a los muertos en los living. Surge así la Movida Living y el florecimiento de la industria del embalsamiento.
De este modo, una narración que se inicia en clave picaresca, concluye con un gran esperpento surrealista, no carente de simbolismo y de acerba crítica al país  que vio nacer al escritor. Los argentinos que solo hablaban de futbol y de que el país se va a la mierda, convivirán ahora no solo con la memoria de los familiares fallecidos sino con sus cuerpos embalsamados.
Martín Caparrós ha señalado que su abigarrado conjunto novelesco no ha sido escrito con una notación político-social  explicita. No obstante, la novela alberga en grandes dosis un calidoscopio de un país turbulento: la guerra de las Malvinas, un embole que desaparece tan pronto como había aparecido, la benevolente acogida a ciertos fugitivos alemanes, los saqueos, los desaparecidos, convertidos únicamente en incómodos comentarios marginales, las referencias al alfonsismo, al comienzo del menismo con su fiebre de privatizaciones, el desencanto o ese dejarse llevar, como sucede cuando el anuncio del inicio de la guerra.
Desde una perspectiva formal, lo más relevante, en mi estima, dejando a parte un estilo quizás demasiado reiterativo, es el dominio que muestra el autor de una estética carnavalesca, preñada de picaresca en buena parte del relato, hasta la bifurcación final en una grotesca sátira, en una acre contemplación sobre un país y sobre su gente. La maestría de Martín Caparrós para cuestionarse, a medida que avanza el relato, las claves que definen Argentina, es incuestionable. Creo finalmente que es de justicia agradecerle al editor la conservación de los abundantes argentinismos, muy eficaces e una novela que pretende revelar al menos una porción de la argentinidad.

Francisco Martínez Bouzas


Martín Caparrós


Fragmentos

“La situación, sin embargo tenía –como todas- flancos débiles. Hubo momentos en que mi padre pensó que su mujer era una puta porque hacía cosas de puta -lo que él llamó en principio, cosas de puta- como agarrarle la pija entre sus dos manos entrelazadas y apretarla con un movimiento lento, suave, acompasado hasta que él le pedía por favor que lo dejara porque le daba miedo acabar en sus manos como un chico, o decirle al oído, en voz muy baja y aniñada, que le gustaba que se la metiera muy adentro porque era muy grandota, y alguna vez hasta le lamió el glande con la puntita de la lengua, como si quisiera meterle la puntita en el agujero de su pija y mostrarle que ella también podía entrarle en el cuerpo”
…..

“Mamá se había convencido de que no quedaba embarazada porque su marido disfrutaba demasiado de esos polvos. Ah, sí, ¿y vos no disfrutás? Yo sí, pero eso no es lo que importa: si queremos tener un hijo tenemos que hacerlo de otra forma, insistió mamá diez y cien veces y terminó por convencerlo; para marcar el cambio, cubrió el espejo de la cómoda y colgó una cruz con Jesús doliente a la cabecera de la cama: ahora no estamos haciendo nada malo, nada que el Señor no pueda ver.”
…..

“Leí, busqué, aprendí. Pero creo que tenía una aptitud innata para saber la muerte. Porque nací ese día, por mi padre, por alguna forma de destino: cualquier razón es posible y ninguna termina de ser satisfactoria. Algunos saben jugar al fútbol, otros cantan, otros resuelven logaritmos; yo sé pensar la muerte. No era una bendición; era más bien una desgracia pero gracias al Pastor, se trasformó e una desgracia afortunada: yo fui, de pronto, un inútil con don -y pude utilizarlo. Tanto tiempo sin saber qué hacer y de repente lo había descubierto”
…..
“Que todas las chicas punkies, dark, new romantic y demás de Morón Haedo Palomar Ituzaingó y alrededores enloquecieran por mí en un santiamén: mi saber sobre la muerte era imbatible para enamorar rebeldes suburbanas. Cada sábado,  a la salida del teatro, diez o veinte, me esperaban con flores pintadas en negro; me las daban y, a veces, había números de teléfono escondidos en los pétalos. Yo no las llamaba: era un elegido del Señor y no podía andar llamando a rebeldes suburbanas. Se espera de mi cierta conducta -y ésa era una razón perfectamente presentable. Pero fue entonces cuando descubrí, por fin, el placer de pajearme no por obligación sino por elección: por preferir mis manos. Nunca en mi vida -digo nunca en mi vida- tuve tan buen sexo como esos días”
…..

“Tenemos que tener a nuestros muertos con nosotros, quedarnos muertos junto a nuestros vivos, ser la presencia de la ausencia en los living de todas nuestras casas, ser los living. ¡Vamos a ser los living, los de siempre! ¡Vamos a estar ahí, junto a lo nuestros! Vamos a ser la conexión entre los mundos, sentaditos en un sillón cuando ya no haya sillones y las personas se sientan en campos de energía que les ciñan las nalgas y no se manchen ni se gasten”

(Martín Caparrós, Los Living, páginas 38-39, 50, 314, 368-69, 417-18)

martes, 21 de febrero de 2012

UNA FICCIÓN TRANSGRESORA DEL CONTRATO SOCIAL

grupo abeliano
Cid Cabido
Tradución de Sara Cid Cabido
Alianza Editorial, Madrid, 154 páginas
(LIBROS DE FONDO)

El lector que se acerca a los primeros párrafos de grupo abeliano, comprenderá de inmediato que en la novela de Cid Cabido acontecen cosas inauditas. Y si a continuación sigue leyendo y entra en el universo propio y singular e esta propuesta narrativa, en su atípica lógica, pacta con el autor y se mantiene fiel a la alianza, disfrutará con este libro como pocas veces habrá tenido ocasión de hacerlo. Su autor, Xosé Cid Cabido, o simplemente Cid Cabido es uno de los creadores de ficción más singulares del sistema literario gallego, padre del “Evidencialismo”, uno de los pocos movimientos literarios “made in Galicia”. Panificadora fue la primera novela evidencialista, “una novela evidencialista de clase”. De la misma forma grupo abeliano es preciso interpretarla dentro de las coordenadas del evidencialismo que no es ciertamente una colectánea de “paridas” , más o menos risibles, sino una forma de escritura que, subrayando de forma humorística y corrosiva lo que se oculta, tiene que ver con el desenmascaramiento social. Escritura por supuesto nutrida de evidencias de las que grupo abeliano es una excelente muestra, que debemos situar, en su plano diegético, en el universo propio de la novela y en la peculiar dialéctica narrativa de su autor.
Con relación a ese plano diegético, las 154 páginas de esta “novela larga de tipo breve” deberían producir en el lector una de las sensaciones más exultantes y divertidas que se pueden experimentar, como ya quedó apuntado. Este libro encierra en su mundo ficticio una historia revolucionaria, por ser absolutamente imprevisible, como diría Alain Badiou, y porque quebranta -y para colmo de forma exitosa y a la luz del día- nuestras convenciones sociales más sagradas. Una acción revolucionaria  y desconcertante, narrada en la bruma de una cierta incerteza y que tiene éxito sin que haya respuestas, como si los poderes establecidos quedasen paralizados ante tanto atrevimiento paradójico.
La trama argumental de la novela narra seis o siete días -tampoco esto queda claro- en la vida de un grupo definido por el anonimato e por la conmutatividad entre sus miembros. Seis o siete días vagando por las calles y durmiendo en cualquier cama prestada de una ciudad cualquiera y, como dije, actuando contra toda norma social. Se trata de un grupo indefinido, seis o siete hombres a los que alguna vez se les junta una rara lavandera, nombrados únicamente por la acción. En la novela, en efecto no hay nombres sino expresiones que remiten a acciones (“Aquel de nosotros que tiene el vicio de consumir cigarros puros”, “El de nosotros que destaca por su fuerza de convicción”…). En el interior del grupo funciona una solidariedad preconsciente e instrumental, especialmente a la hora de actuar, mas no como una forma de contestar el mundo de islas de la modernidad, porque en las acciones del grupo no existe ningún plan, se dejan llevar por la intuición. Todos andan al unísono sin haberse puesto de acuerdo, convencidos de que se puede sobrevivir sin programaciones previas, sin ninguna filosofía, excepto ciertas ideas de grupo afianzadas en las más diáfanas evidencias. Por ejemplo, que sin trabajar no se vive, pero hay mucha gente en el mundo que  lo pasa de maravilla sin dar un palo al aire; que comer de la basura da mucho trabajo, casi tanto como trabajar, o que atracar tiene sentido porque todo cuanto nos rodea, funciona sobre esa base.
Esta lógica atípica divertirá al lector, sobre todo al comprobar que el grupo obtiene excelentes resultados actuando con un cinismo inocente. Dos ejemplos: cogen “prestado” un coche de la policía y posteriormente les parece increíble que se puedan tergiversar de tal manera las cosas que les acusen de robo. Entran en un cine sin pagar -para relajarse con la máxima relajación- y le argumentan al portero que la cinta se iba a proyectar tanto si ellos entraban como si no. Sin embargo, protestan del mal estado del film en nombre de los consumidores, que tienen sus derechos, para eso pagan, pues, si solamente se quejan de las guerras los que las padecen, estas no terminarían nunca. La ficcionalización de este comportamiento tan marginal como insólito, concluye con un final surrealista, igualmente genial. Sucede una vez lo increíble porque el caos se convierte en esta novela en cosmos. El mundo no es coherente ni incoherente. Es una nube irreducible a la irracionalidad.
Para  comprender y gozar plenamente con las “proezas” de estos personajes anónimos, que tienen únicamente una identidad grupal, práxica y verdaderamente abeliana (son conmutables entre si), quizás es necesario situarse en un dominio de inteligibilidad de la realidad distinto del clásico, basado, por decirlo de alguna manera, en el principio de la causalidad lineal. En la narración de Cid Cabido funciona un tipo de dialógica en la que se integran recursivamente los eventos aleatorios, el orden y el desorden. Por eso mismo, grupo abeliano nos recuerda los universos del absurdo, mundos kafkianos pero al revés, sin que en el relato se deje de cuestionar, como quien no quiere la cosa o de forma explícita y combativa, los poderes establecidos, llámese Telefónica, las autopistas o el modo de producción capitalista.
Poco que observar con relación a los elementos estructurales y formales de la novela. Una estructura canónica, en absoluto compleja que se desarrolla de forma lineal en una secuencia diaria. Una curva descendente de “proezas”, como prólogo del clímax del final de la narración. Un registro lingüístico alejado de todo lirismo y artificio. Cid Cabido no describe, solamente narra. Pero en mi opinión, eso precisamente es lo que exige el corazón de la historia que nos quiere contar. ¿Cómo se va a detener el relato en la descripción de ambientes y personajes cuando, por definición, la trama novelesca sucede en una ciudad cualquiera, sin espacios privilegiados y sus héroes son seres anónimos que se definen únicamente por la acción. Con otra técnica y otros recursos grupo abeliano dejaría de ser lo que es: una novela insólita, transgresora, pero cautivadora.

Francisco Martínez Bouzas

Cid Cabido



Fragmentos

“Solicitamos audiencia con el gobernador y nos la concedió, no íbamos armados, de modo que fue muy fácil superar los controles de seguridad que había en el vestíbulo.(…)
Nos sentamos ante el escritorio del gobernador, rodeando su ángulo de visión en un semicírculo de radio variable; detrás de la puerta había gente armada, eso lo sabíamos. Tal vez reconoció a uno de nosotros, que es lo que se dice un chico de buenas familias, también contábamos con eso como tarjeta de presentación.(…)
El  primero en hablar fue uno de los nuestros, quiero decir que el gobernador no inició la conversación con cualquier frase hecha; nos quedamos un momento en silencio después de tomar todos asiento, reuniendo las sillas que había repartidas por el despacho, y de repente escuchamos la voz de alguien que dijo:
   Señor gobernador, qué le parece se abandona su puesto y lo deja todo en nuestras manos.
Él no reaccionó, en apariencia, se limitó a recostarse contra el respaldo del sillón al mismo tiempo que cruzaba las manos sobre el pecho y nos observaba uno a uno con mucha serenidad.(…)
Alguien de nosotros habló de nuevo:
   Señor gobernador, recoja sus cosas y váyase. Haga el favor, abandone el Gobierno.
No sucedió nada, pero al cabo de unos segundos respondió el gobernador:
   ¿Debo entender que tienen ustedes autoridad para destituirme?
   Por supuesto, dijo uno de nosotros, con firmeza, está usted destituido, querido amigo.
Se produjo entonces uno de esos largos paréntesis de tensión que un director de cine avezado aprovecharía para sacar el máximo partido a la capacidad interpretativa de sus actores. (…)
Finalmente, el gobernador inclinó la cabeza en un gesto leve, casi imperceptible, y los hombres se retiraron.
Empleó  poco más de una hora en recoger los bártulos y al despedirse nos rogó que si encontrábamos algo suyo tuviéramos la deferencia de enviárselo a casa”
…..
Llegamos a unos minicines y estuvimos dando un vistazo a la cartelera, que, la verdad, no nos resultó muy atractiva, pero al final como no teníamos ganas de estar sentados (…) decidimos entrar a ver la película que nos pareció  menos repugnante.
El pequeño inconveniente que se nos presentó fue que el portero del cine quiso impedirnos la entrada porque decía que primero había que pasar por taquilla y pagar siete u ocho entradas, a lo cual uno de nosotros respondió que sólo pretendíamos sentarnos con la máxima relajación (ese jacket de butaca) y ver una película que de todas formas iban a proyectar tanto si nosotros entrábamos como si no, y que así también ayudábamos a crear ambiente en el cine y que siendo como era día del espectador bien podían hacer una excepción. Finalmente accedió el portero a dejarnos entrar con la condición de que al menos durante los primeros quince minutos no ocupáramos ningún asiento fuera de la primera fila de butacas..Entonces lo que hicimos fue comprar palomitas de maíz y meternos en la sala a entumecer las piernas -quinta fila por supuesto-, por otra parte la película era tan mala que algunos de nosotros aprovechamos para descabezar un largo y profundo sueñecillo. Al terminar la sesión, la lavandera y el nuestro amigo -los únicos que la habían visto entera- nos comentaron que la película podía pasar(…) . Solamente se quejaban del efecto que producía en la vista permanecer atentos noventa minutos a una imagen que no dejaba de vibrar y además estaba muy desenfocada, así que al salir se lo comentamos al portero que nos remitió al maquinista (… ) le dijimos que por aquella vez podía pasar pero que en lo sucesivo se abstuviese de proyectar copias defectuosas, o con máquinas viejas o en mal estado, porque los consumidores tenían sus derechos, y que por eso pagaban. Esto último lo escuchó el portero y se acercó al grupo para decir que ya era el colmo que después de pasar gratis aún tuviésemos la cara de protestar, a lo cual uno de los nuestros respondió que protestábamos por nosotros y por cualquiera, tanto si había pagado como si no, porque la obligación de la empresa propietaria del cine era dar las películas en buenas condiciones, cosa que el portero acabó reconociendo pero añadió que tampoco era muy razonable por nuestra parte insistir en la queja cuando los que habían pagado no habían dicho ni mu, a lo cual respondió uno de nosotros que si únicamente se quejaban de las guerras los que las padecían así se explicaba que continuase habiendo guerras, y entonces el portero se retiró y no volvió  a decirnos nada”
…..
“Sois muy jóvenes, decía Xaquín (a él se lo parecíamos), y por eso no sabéis aún lo que queréis.
Suponiendo que lo supiéramos, dijo uno de nosotros, el que mejor especula y polemiza -losdemás nos callamos y permanecimos atentos a la evolución de la charla-, suponiendo que prefiriéramos no saber lo que queremos o incluso sin querer nada, ¿en que cambia eso las cosas?
Un hombre, dijo Xaquín, tiene que hacer algo en la vida. Xaquín  no estaba influido por las nuevas corrientes de igualación hombre-mujer en el habla, o simplemente no las conocía, y por eso decía hombre para refereirse en general a cualquier persona.
¿Por qué?, preguntó el nuestro
Porque si no hace nada es un inútil.
Por definición, creo que pensé yo
¿Y qué más da?, el nuestro
¿Qué más da ser un inútil?, pero si estáis en lo mejor de la vida ( Por un momento pensé que, gustándole tanto el vino, Xaquín diría «en la flor de la vida».) Yo, en cuarenta años, no hice otra cosa que trabajar, y no me daba pereza (…)
Trabajar hay que trabajar, dijo Helena
¿Pero por qué? El nuestro
Porque si no trabajas no comes, hijo
Nosotros comemos y no trabajamos
Porque trabajan vuestros padres, argumentó Helena (…)
Estuvimos dándole vueltas a lo mismo durante un buen rato. Y ninguno de nosotros, excepto el que polemiza, intervino demasiado en la conversación, porque todos coincidíamos con lo que él estaba diciendo. Sin trabajo no se vive, ¡pero hay tanta gente en el mundo que vive de maravilla sin trabajar! De manera que nosotros decidimos, por otra parte sin haberlo comentado ni mucho no poco, esperar a que todos trabajen para sumarnos. Mientras haya quien vive mal trabajando y quien vive como un rey sin dar golpe, somos partidarios de mantenernos a la expectativa”

(Cid Cabido, grupo abeliano, páginas, 11-13, 31-32, 101-103)


jueves, 2 de febrero de 2012

LA CARA OCULTA DEL HORROR EN AMÉRICA LATINA

La hora azul
Alonso Cueto
Editorial Anagrama, Barcelona, 303 páginas
(LIBROS DE FONDO)

 Desde los orígenes inmemoriales de la ficción y a nivel planetario, las contiendas humanas en general y de forma especial aquellas que generan violencia, han sido un perfecto caldo de cultivo en el que han nacido y crecido grandes relatos novelescos. Cuando la violencia se traduce en guerras civiles o en conflicto en el interior de los estados -llámese lucha contra el terrorismo, contra la guerrilla-, el fenómeno sin duda se acrecienta debido, entre otras razones a los elementos trágicos, al resoplar de los odios y a la gran virulencia que suele acompañarlo. En la novelística moderna y contemporánea se cuelan las sombras de los muertos, el doloroso silencio de las violaciones, las venganzas inhumanas, el nulo respeto de la vida y de la dignidad humana; y se convierten en temas cruciales de múltiples relatos ficcionales. Y América Latina no es una excepción. No son pocos los narradores latinoamericanos que, sin renunciar a los propósitos artísticos, han decidido desvelar la cara oculta del horror, el lado oscuro de los seres humanos, el reino de la maldad en América Latina.
Hoy nos referiremos a uno de ellos.  Nos trasladaremos al Perú y a la guerra civil de Sendero Luminoso (1980-1992), porque el escritor limeño Alonso Cueto obtuvo en el pasado mes de noviembre el prestigioso Premio Herralde de Novela con su obra, La hora azul que acaba de ser puesta a la venta por la Editorial Anagrama de Barcelona. Con esta novela, basada en hechos reales -las consecuencias perversas del enfrentamiento del ejército peruano contra la guerrilla de Sendero Luminoso- Alonso Cueto suma su nombre a la nómina selecta de escritores de culto de la “factoría” Anagrama, premiados con el galardón emblemático de la editorial de Jorge Herralde. Desde  Álvaro Pombo a Juan Villoro, pasando por Javier Marías, Enrique Vila-Matas, Sergio Pitol o Roberto Bolaño.
 No es la primera vez que de forma  directa o idirecta se convierte en tema ficcional la lucha del ejército del Perú y aquella interpretación dogmática, sectaria y violenta del marxismo-leninismo creada en el Comité Regional “José Carlos Mariátegui” del Partido Comunista en Ayacucho por Abimael Guzmán. El mismo Alonso Cueto en Grandes miradas se acerca al pasado pero aún reciente conflicto de la sociedad peruana, desvelándonos el terror sobre el que fundamentó su poder el fujimorismo en su combate contra Sendero Luminoso, al margen de cualquier exigencia del estado de derecho. Abimael Guzmán está así mismo presente en la pantalla grande, en la película Pasos de baile, dirigida por John Malcovich e interpretada por el español Javier Bardén. Una versión demasiado libre de la captura de Abimael Guzmán, hecha al gusto de Hollywood y de la estrategia antiterrorista de Bush.
Alonso Cueto utiliza una historia de amor en La hora azul para narrar el drama vivido en Perú. Una historia de amor que cristaliza al final de la novela y que va precedida por una revelación de hechos inesperados, tanto a nivel privado y familiar, como social y político. La historia que narra Alonso Cueto en La hora azul gira alrededor de la obsesión de un hombre que busca desesperadamente liberarse de la culpa familiar, o al menos esclarecer cómo los actores del presente pueden hallar sendas para limpiarse de las culpas de las guerras pasadas. Como telón de fondo, como ya se ha señalado, la guerra civil de Sendero Luminoso. En ese telón de fondo se incrusta la trama que el escritor define como un cuento de hadas al revés, una exploración en la maldad, en lo prohibido.
Ambientada en Lima a finales de los 90, La hora azul es la historia de un exitoso abogado, Adrián Ormache, que descubre el terror al morir su padre, que había sido el comandante de un cuartel en la zona de Ayacucho en los años de la lucha entre el ejército y los “terrucos” de Sendero Luminoso. Las informaciones de los ex – lugartenientes de su progenitor le permiten conocer que él mismo dirigía las sesiones de tortura, violaba y ordenaba violar a las prisioneras, muchas veces inocentes indígenas, a las que después ejecutaban. Pero en una ocasión le perdona la vida a una de estas prisioneras y mantiene con ella relaciones hasta que aquella mujer consigue huir (“Pero una se le escapó. Al mejor cazador se le va la paloma”). Esta revelación obsesiona al protagonista de tal modo que decide encontrarla. La búsqueda, el encuentro y el posterior romance entre el abogado limeño y la misteriosa mujer son el  eje de una historia llena de intriga, secretos y giros inesperados. En efecto, siguiendo las pistas de la india ayacuchana, hecha prisionera sin ningún motivo y violada, la novela efectúa un viaje hacia el pasado, descubriendo episodios y personajes que por vergüenza o comodidad habían sido ocultados hasta entonces. Mas el protagonista que destapa el mal oculto en su familia, realiza así mismo un viaje interior por los parajes más profundos de su propia personalidad. Como en Salman Rushdie, el horror es en La hora azul una vía esencial del conocimiento del otro lado de los seres humanos. “Creo -confiesa Alonso Cueto- que una persona nunca sabe la capacidad que tiene para la crueldad, para la violencia,  para el sadismo, para soportarlos o ejercerlos hasta que se encuentra en la situación donde esto ocurre”.
Así pues, más que novela política, La hora azul es un relato sobre personas que sufrieron los efectos de la política, puesto que los protagonistas no son políticos, sino sus víctimas, gente sencilla y muchas veces, inocente.
En esta historia sobre ciertos individuos que asumen sus personales rumbos y direcciones, laten sin embargo varias ideas-eje. En primer lugar, una de las grandes cuestiones de la actual literatura latinoamericana: cómo escribir sobre la violencia de forma que sea soportable para el lector. En el contexto de la violencia en la que viven los oficiales del ejército peruano, oficiales que no parecen especialmente crueles, salen a la luz identidades hasta entonces desconocidas, monstruos del horror en estado puro. La literatura con su manto estético nos aleja del escalofrío que el horror produce, pero no lo escamotea. Y esta función -testimoniar la barbarie desde la estética- es fundamental en La hora azul.
 Novela dotada de un ritmo vertiginoso y de la que no está ausente la esencia del género, la intriga y el suspense que el lector percibe a medida que pasan las páginas. No obstante, la preocupación principal del protagonista no es la investigación detectivesca, sino otra de naturaleza moral: cómo liberarse de la culpa, porque los hijos -idea judeocristiana- heredan la culpa de sus padres.
Los temas centrales de La hora azul son de gran actualidad. Ante todo la naturaleza de los así llamados crímenes de guerra, expresión en si misma redundante, puesto que en la guerra no hay muertes que no sean crímenes por mucho que sus ejecutores sean aquellos que, en expresión webberiana , detentan el monopolio legítimo de la violencia. Tampoco, por supuesto, cuando el ejecutor es un “santo maligno” como Abimael Guzmán. Así mismo, la legitimidad del instrumento hoy en día reclamado por muchos poderes públicos y ejercido siempre a lo largo de los siglos y no exclusivamente en América Latina, de la así llamada guerra sucia: ¿Es legítima la tortura, la violación o el asesinato para luchar contra el terrorismo? Con estos mimbres y la particular historia de unos individuos atormentados, construye Alonso Cueto una pieza narrativa rica, compleja, aunque de fácil lectura, y de gran actualidad.
                                       
Francisco Martínez Bouzas


Alonso Cueto

Fragmentos


Y bueno, lo que pasó fue que una vez le llevamos a su papá una indiecita de un pueblo que encontramos y nos la dio a la tropa y nos la tiramos y después la eliminamos. Y después hicimos lo mismo con otras, pues. A ellas les decíamos que si aceptaban acostarse entonces las íbamos a soltar. Así les decíamos. O sea que consentían nomás en hacerlo con los oficiales. Dos o tres veces hicimos. Por lo menos a esas las matábamos con un tiro en la cabeza. Los terroristas eran más mierdas, ejecutaban con una piedra grande en la cara
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“Los oficiales botaban los cuerpos de los muertos en un barranco de basuarales para que los chanchos se los comieran y los familiares no pudieran reconocerlos. Una vez tres soldados mataron a un bebe delante de su madre y luego la violaron junto al cuerpo de su hijito. No me sigas contando, pidió. Bueno, pero en realidad todo esto era una respuesta a lo que hacían los de Sendero Luminoso, que quemaban vivos a sus prisioneros y les colgaban carteles a los cadáveres carbonizados. Una costumbre senderista muy extendida: ejecutar a los alcaldes de los pueblos delante de sus esposas y de sus hijos. Los mataban delante de ellos y los obligaban a celebrar. Colgaban los cadáveres de los bebes en los árboles. Todo eso me contaron”

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Chacho y Guayo me habían contado que una sesión de torturas podía durar fácilmente toda una noche si estaban de mal humor. Recordaba haber leído algo sobre eso. Muchos torturadores se vuelven adictos a los gritos, a  las contorsiones, a las súplicas, las pruebas del dolor. ¿Provocar el sufrimiento de alguien puede crear adicciones de grandeza?, ¿ es un bálsamo, una defensa? Si torturaban y mataban a alguien, eso los hacía pensar que no ocurriría lo mismo con ellos. La única gran frustración de los torturadores era ver a los prisioneros morirse. Lo peor seguramente sería verlos morir sonriendo o dando vivas al terrorismo. Un cadáver sonriente enardecía a los solados y los apuraba a  traer el siguiente prisionero. Era tentador imaginarlos. El grupo de prisioneros que debía ir pasando al lugar de las torturas, los ojos de los que cruzaban miradas antes de entrar, los que se daban ánimos, los que arengaban y los que miraban al vacío...Y luego oír los golpes en la cara, el ruido  de los cables en los testículos o en los senos ( como un pequeño chasquido me había dicho Guayo ) y el aullido detrás de la pared, las colas para las violaciones, la pestilencia de la propia carne, la sangre que te salpica la cara tiene un sabor amargo, da un poco de náuseas”

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SOBRE ABIMAEL GUZMÁN:

 “La cara familiar de Abimael era en ese momento una revelación. Una cabeza de grasa, un santo maligno, una explosión silenciosa en una piel inmunda. No era una cara feliz y deforme como la de esos jefes de bandas criminales que se ven en el noticiero, esas caras de una alegría congelada y embrutecida por una vida de diversiones y riesgos. La cara de Abimael era un paquete de facciones disciplinadas por la gravedad, ojos negros y secos como guijarros, el cuerpo grueso agilizado por la rabia, la furia recogida, una sábana fría sobre un horno de sangre. La obscena, oscura violencia de esa cara..., a veces trato de relacionarla con lo que ocurrió. A diferencia de los otros, la rabia le permitía mirar al mundo de frente. Y esa mirada de frente al mundo había sido el don que había ofrecido a sus seguidores, la gente que siempre había mantenido la cabeza gacha y que se había quedado callada y que sólo con él la había alzado...Darle una forma a la rabia, la esperanza de la rabia

(Alfonso Cueto, La hora azul, páginas, 76, 89, 172, 229)

martes, 20 de diciembre de 2011

LAS GLORIAS Y LAS AMARGURAS DE LA EMIGRACIÓN EN LEGUAJE "KHEMÍRICO"

Montecore
Un tigre único
Jonas Hassen Khemiri
Traducción de Martin Simonson
Miscelánea (Roca Editorial de Libros), Barcelona, 2011, 380 páginas.


Jonas Hassen Khemiri es un escritor nacido en Suecia en 1978 (padre tunecino, madre sueca) que forma parte del boom de las letras nórdicas o escandinavas. Basta con fijar nuestra mirada en la novela negra de estos países para sorprendernos gratamente por la riqueza y profundidad con que germina la noir entre los fríos nórdicos. No resulta aventurado pensar que durante el pasado siglo, especialmente en su primera mitad, la literatura de los países escandinavos vivió una auténtica edad de oro. Los nombres de Karen Blixen. Mika Waltari  o la narrativa de propedeutica filosófica de Jostein Garrder  así lo confirman.
Jonas Hassaen Khemiri prosigue en esa estela con Montecore, una novela-testimonio o biográfica, ganadora de diversos e importantes galardones y traducida a no pocos idiomas.
En una breve sinopsis cabe decir que el “superhéroe” del libro, el mejor padre del mundo, afamado fotógrafo y progenitor de un joven escritor, llamado precisamente Jonas Hassen Khemiri, celebra su cumpleaños en una lujosa azotea neoyorkina. Es Abbas. Le acompañan en la celebración celebridades del mundo de la música, de la cultura, de la fotografía y de la política, como Bono, Kofi Annan, Salman Rushdie, Cartier-Bresson, Richard Avedon. El incipiente escritor se pregunta cómo fue posible que un humilde tunecino emigrante en Suecia haya podido alcanzar un éxito de tal magnitud. Viajemos al territorio del libro y hallaremos la respuesta, nos responde el autor, hijo del padre afamado, pero con el que apenas se relaciona.
La voz que teje el relato y alter ego de Hassen Khemiri nos ofrece en efecto una mordaz y brillante historia en la que se juegan muchas cosas: la identidad y el racismo, el ascenso social, la amistad y la vida familiar. La novela se elabora y ofrece una primera respuesta a ese interrogante que quedó en suspenso, mediante e-mails de un viejo amigo de la familia, Kadir, que llevan agregados documentos Word y que relatan la infancia de Abbas en Túnez. Un intercambio epistolar entre ambos irá reconstruyendo la trayectoria vital de Abbas desde su infancia en Túnez hasta su etapa como exiliado político y padre de familia en el país escandinavo.
Nos convertimos así en asombrados testigos de una vida narrada en tercera persona y magnificada hasta la caricatura en el altar del mito en el que cree sobre todo Kadir y por eso redacta sus e-mails como si lo fueran: “una historia contada de generación en generación se transforma en mito”, afirma Jonas Hassen Khemiri, aunque ahora aquellas luchas e ideales de la juventud hayan quedado engullidas en un acomodaticio aburguesamiento.
Jonas Hassen Khemiri
Narrativa pues en la que las relaciones humanas actúan de  hilo conductor, dando lugar a episodios y reflexiones a través de las que se revela la figura poliédrica del padre y tiene lugar una subversión de los tópicos y clichés acerca de las identidades (personal, familiar, nacional).
Una agradable  sorpresa que nos regala esta novela, es el lenguaje con el que el autor hilvana la historia. Una lengua intencionadamente anárquica que se sirve de las expresiones lingüísticas deformadas por los emigrantes y jergas juveniles tan logradas que hoy en día se ha bautizado como “khemírico” este tipo de escritura.
Todo ello, junto con un sutil sentido del humor, un logrado perfil de los personajes y un inteligente uso de las estructuras narrativas dan como resultado un ingenioso producto literario, que, sin embargo, resultaría beneficiado mediante una reducción de las páginas y una contención en la ejecución de algunos aciertos. Porque, en definitiva, la brevedad, acompañada de calidad es la mejor moneda literaria.

Francisco Martínez Bouzas



Fragmento

“El segundo recuerdo viene de los tiempos en que padres acaba de empezar a conducir metros y vigilar torniquetes y despertar borrachuzos dormidos en las estaciones terminales. Es en esta época cuando padres sella billetes y guía a turistas alemanes hacia la salida desde el laberíntico andén de Kungsträdgärden. Es padres quien encuentra los vespertinos olvidados y hace sonar su manojo de llaves que tiene la solución para todo, donde la llave L abre la puerta a los compartimentos de los conductores entre los vagones cuando los trenes están demasiado llenos y la llave del cuadrado abre las trampillas de las escaleras mecánicas cuando los gamberros han pulsado el botón de parada de emergencia. Padres gira la llave, pone las escaleras en marcha con un empujón y devuelve la sonrisa de los agradecidos padres con sillas de bebé”

(Jonas Hassen Khemiri, Montecore, página 112)

jueves, 10 de noviembre de 2011

"TIEMPOS DE FUGA": NARRATIVA DE SABOR FATALISTA


Tiempos de fuga
Ramón Caride
Traducción: Xoán Fuentes Castro
Editorial Almadía, Oaxaca (México), 250 páginas.


Con una cuidada traducción del gallego, obra de Xoán Fuentes Castro, la mexicana Editorial Almadía pone a disposición de los lectores en español, Tiempos de fuga de Ramón Caride. Sería suficiente un título como este para hacer de su autor  un escritor de culto. Pero la novela es algo más: ante todo, una prolongación y un reencuentro con ese macrotexto que Ramón Caride lleva escribiendo desde siempre, de forma especial en sus últimas obras, en esas historias profundas y dolientes en las que alientan sus grandes obsesiones: la contingencia de la felicidad, la incerteza de los paraísos, la imposibilidad de encerrar en el determinismo  de leyes y de teorías el mundo de sus héroes y personajes. Porque el azar, que todo lo gobierna con mano implacable, es quien en última palabra decide en nuestra vida.
No actuaré de spoiler de la trama novelesca de Tiempos de fuga, pero no me resisto a no cavilar, en la arena de la reflexión pública, sobre alguna de las grandes ideas que, en mi opinión, actúan como vigas maestras de esta excelente novela. Una novela de dolores metafísicos como las del mejor Paul Auster, el escritor por excelencia del azar, uno de los que mejor han sabido novelar las casualidades que gobiernan las existencias humanas.
Ya en el punto de arranque de las historias que en Tiempos de fuga  corren paralelas hasta la confluencia final, hallamos el sabor fatalista que engullirá con tentáculos herméticos a los protagonistas. Los vientos fatalistas soplan, e efecto, ya en la primera página: “A fin de cuentas, nadie puede huir de su destino, ni siquiera de su pasado”. A partir de aquí, todo será un encadenamiento de casualidades. Por puro azar, uno de los protagonistas presencia una persecución automovilística y, también por circunstancias azarosas, decide esconder en su bolsillo la llave metálica que pierde uno de los automóviles. Lo hace sin saber muy bien por qué: “En ese instante ignoraba que aquel sencillo acto de agacharme, apretar el llavín y llevarlo conmigo iba a cambiar para siempre mi vida” (página 23).
También para Natalia, el personaje femenino que comienza a viajar a la deriva para engañar y entretener su soledad suicida, todo tiene el mismo valor: cero. La única valía es la de la casualidad, lo aleatorio, la fugacidad del tiempo que deja apenas mínimos instantes de placer o de asco. Nada más. Incluso el mismo itinerario que elige, estará determinado por el azar; como todos los viajes de esta novela de rememoraciones y de huidas interiores en las que participan seres humanos con la misma conciencia de estar en manos del azar.
Y a la par de todo esto, otra idea recurrente en la narrativa de Ramón  Caride: la contingencia y la precariedad de los paraísos. Ninguno es eterno. Todos son precarios e inciertos.
Tiempos de fuga es una novela rebosante de trama, de argumento, de verdaderas historias. Un núcleo diegético fuerte que no se deja devorar por los aspectos formales, sin duda novedosos, de la narración. Una historia que mantiene siempre la primacía, el interés, la verosimilitud y nos obliga a reflexionar sobre el sentido de nuestras vidas y sus azarosas contingencias.
Novela de carreteras, -road novel, sin duda-, de peregrinaciones, de huidas de uno mismo, de identidades cambiantes, también de pesadillas, relámpagos y frialdades. Con dosis selectas de erotismo, de onirismo, de cabalística, de querencias por la ciencia ficción tan arraigada en la narrativa de Ramón Caride.
Ramón Caride
Atendiendo a la arquitectura y configuración formal, Tiempos de fuga es un verdadero reto para el lector. El autor escribe esta novela con la lengua y con el estilo de siempre: un realismo iluminado con flashes de fantasía. La gran novedad reside en aquellas características que tienen que ver con la arquitectura interior de la obra, congruentes con las técnicas literarias de vanguardia más actuales. Un cóctel de voces narrativas, rupturas y dislocaciones temporales y distintos hilos argumentales articulados en el mismo discurso ficcional. Varios niveles semánticos, una cierta tendencia al fragmentarismo y  a la experimentación que le permiten a cada lector inventar su propia lectura. Todos estos lances y riesgos arquitectónicos convierten Tiempos de fuga en un producto literario interesante, muy alejado de esas golosinas que alimentan a aquellos que se dan por satisfechos con una narrativa cimentada en la levedad y en la intrascendencia.