Mostrando entradas con la etiqueta Editorial Cálamo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Editorial Cálamo. Mostrar todas las entradas

lunes, 2 de diciembre de 2019

"DOS VERSIONES DEL AMOR PERDIDO, O DE LA LLUVIA"


Dos amores perdidos
Juan Villoro
Menoscuarto  (Ed. Cálamo), Palencia, 2019, 105 páginas.

   


    Dos historias sobre la forma en que el afecto y la memoria recuperan amores que no se pueden dar en la vida real, saben o intentar saber cómo sobrevivir en la vida real, es una de las novedades con la que Menoscuarto emprende una renovación, con una única colección de narrativa, y con el propósito de renovar la calidad literaria, incorporando a autores conocidos y de gran valía o al menos prestigio. Dos textos breves, “intermedio” el primero de ellos “Llamadas de Ámsterdam”. Y el segundo “Conferencia sobre la lluvia”, concebido originalmente como monólogo teatral.
   En la calle Ámsterdam de la ciudad de México, en la que los caballos decidieron el destino, sitúa el autor el juego de fortuna de una historia de amor, al menos una posible posterioridad para la pasión no correspondida. Todo ello en un prólogo esclarecedor de la autoría de Juan Villoro que aporta algunas claves de lectura de ambos textos.
   Dos historias de amor figuran como tema central de ambos relatos. No obstante, no se trata de dos historias de amor convencional. En la primera de ellas, “Llamadas de Ámsterdam”, el autor habla del amor y de sus territorios. Tras la ruptura de una relación amorosa, así como de la reflexión de los propios protagonistas sobre el fracaso de su pasión, con un balance crítico de su existencia. Realmente el relato tematiza la obsesión humana por el amor, lo que llegamos a hacer por el amor, aunque sea un amor perdido en las nieblas del pasado, y aunque la deseada conexión amorosa solamente dure unos minutos. Sus protagonistas son Juan Jesús y Nuria. El primero recuerda la vida de pareja con Nuria con sus recovecos (retrasos, olvidos…) y otros desastres menores. También el querer de Nuria con amorosa  aquiescencia. Pero se separan y Nuria desaparece de su órbita camino de Nueva York. Él, no obstante, sigue pensando quizás demasiado en su mujer, perfeccionándola en su imaginación “para hacerse el mayor daño posible” (página 49). Debido a una enfermedad familiar, Juan Jesús había cancelado un viaje a Ámsterdam. Se divorcian sin aspavientos. El azar le impulsó una noche a llamarla. Dialogan y se entera de que Nuria está casada, con una vida feliz y al margen de él. Llamándola desde Ámsterdan, como ella llega a creer, mantiene la ficción con Nuria, aunque en realidad está al otro lado de la esquina. Así recobra virtualmente los recuerdos de Nuria, a veces la imagina. Pasan los días, conversaciones virtuales desde la Ámsterdam mexicana. Una ciudad, no te vayas a mojar, acaba con cualquier intento de recuperar la relación con la ex mujer. Pero la simple posibilidad del reencuentro es en cierto sentido una nueva relación.la conexión, aunque no sea sentimental, los acerca.
   El segundo relato “Conferencia sobre la lluvia” es un monólogo teatral convertido en la narración de un bibliotecario que se ve obligado a improvisar una charla sin guión fijo porque  ha perdido las anotaciones para su conferencia sobre la relación entre la lluvia y la poesía amorosa. No obstante, sigue adelante e improvisa una charla sobre el amor fracasado ante un auditorio expectante, con la posibilidad de quedarse perdido. Por eso mismo opta por la solución de contar, de forma improvisada, su vida personal, sin excluir el relato de sus fracasos amorosos. Antes de eso citará a poetas y a escritores. A Mallarmé: “E mundo existe para convertirse en libro”. Pero él no pretende ser autor, herrar un volumen con su nombre. Y mantiene que los poetas se liberan del mundo con la lluvia (César Vallejo), recuerda así misdo la “lluvia oblicua” de Pessoa.
   Una chimicheca, Soledad, controladora de sus libros se cuela en su conferencia y en su cama. También Laura que se acerca  a la biblioteca para investigar y de la que termina enamorado: “Llovió encima de mí”, y será su rehén amoroso. Una conclusión justifica la conferencia no impartida académicamente: A veces es bueno no encontrar las cosas, porque difícilmente se puede hablar de la lluvia y de la poesía con la prestancia con la que lo hace el bibliotecario olvidadizo de todo menos del amor.
    
                                                
Juan Villoro
 
   Juan Villoro nos deleita con dos obras menores, dos relatos que sin embargo confirman que en las distancias cortas también es una de la voces más destacadas de la literatura latinoamericana. Con profundidad y al mismo tiempo con gestos de humor, le muestra al lector como recuperarnos ante amores imposibles en el mundo fáctico. El estilo de la prosa de estas dos novelas breves -en el fondo la personalidad del escritor- es elegante, cadenciosa y nos desprovista de gotas de ironía.
   Un libro breve, remanso para el escritor y sutil gozo para los que gozamos de los textos “intermedios” o con conferencias con guiones extraviados.

Francisco Martínez Bouzas

jueves, 13 de julio de 2017

DESDE EL OTRO LADO DEL ESPEJO




En tierras de ficción
Recorrido por la narrativa contemporánea.
De Edgar Allan Poe a Evan Dara
Robert Saladrigas
Menoscuarto  Ediciones (Ed. Cálamo), Palencia, 2017, 411 páginas.

   En el año 2013, Robert Saladrigas (Barcelona, 1940) publicó en esta misma editorial y colección el volumen recopilatorio de sus artículos de crítica literaria y ensayos que habían visto la luz con anterioridad en varios medios barceloneses. Para ceñirse a la extensión razonable de un volumen de estas características, se decantó por “uno de los caminos reales de la ficción contemporánea”. Ahora publica  un segundo volumen paralelo al anterior y que bucea igualmente en la ficción moderna y contemporánea ampliando el campo de su procedencia: a textos extraídos de La Vanguardia, se unen otros que fueron publicados en otros medios (Revista de Libros, TeleXpres Literario y El País).  Otra novedad es que en esta recopilación aparecen artículos o reseñas sobre libros de autores españoles y latinoamericanos (Max Aub, Camilo José Cela, Luis Goytisolo, José María Guelbenzu, Jorge Luis Borges, Julio Cortazar, Pablo Neruda, entre otros).
   Noventa y siete autores le dan vida a este segundo volumen. Abre las puertas del libro un “clásico”: Edgar Allan Poe. Las cierra Evan Dara, “uno de los autores posmodernos americanos”. Un apéndice, prescindible desde mi punto de vista, que apareció publicado originalmente en la revista Quimera y que recoge un amplio diálogo entre Robert Saladrigas y José María Guelbenzu, moderado por Fernando Valls, sobre cómo entender y practicar la crítica literaria, clausura la publicación.
   El propósito del libro, además de homenajear a autores predilectos, es el de contagiar el entusiasmo por la lectura literaria, por la magia de la lectura de obras de escritores de nuestro tiempo repleto de incertidumbres, a lectores de nuestro tiempo y a potenciales lectores de generaciones futuras.
   La publicación se estructura en cinco secciones que representan otras tantas tradiciones literarias. Y en su conjunto, viene a ser una buena representación de referencias literarias imprescindibles, no solo para “letraheridos”, sino también para lectores corrientes.
   Sería descabellado dudar de las capacidades de discernimiento literario de Robert Saladrigas, un crítico muy experimentado, uno de los analistas españoles más conspicuos e independientes, poseedor además de una amplia información que transmite al lector; no la información de una publicación académica especializada, sino la que corresponde a un periódico que conjuga contenidos esenciales y amenidad. Además Robert Saladrigas conoce por dentro el mundo de la ficción, ya que él mismo es autor, desde los años 70, de varias piezas de narrativa ficcional como Memorias de Claudi  M. Broch (1986), Premio de la Crítica, o El sol de la tarda (1992), Premio Sant Jordi y Joan Cruxells. Pero en este libro, como en su día hiciera Henry James, trabaja desde el otro lado del espejo y, desde ese envés, ve los textos literarios con ojos independientes y no supeditados a intereses editoriales. Mas sin excluir por ello la admiración y el entusiasmo de un lector privilegiado.
   Por eso mismo, en ambas publicaciones de Saladrigas hallamos criterios claros para acceder a obras fundamentales de la narrativa moderna y contemporánea. Es por ello que, de cara al lector, cabe entender este libro como brújula orientadora entre la vorágine  de publicaciones de nuestros días, de universos ficcionales que quizás superen a un lector corriente -el mismo Saladrigas confiesa haberse sentido vencido por más de un título, entre ellos el Ulises de Joyce-.
  Son indiscutibles la calidad y sutil penetración, acompañadas por la amenidad, con las que Robert Saladrigas nos familiariza con algunos de los grandes maestros de la prosa moderna y contemporánea, especialmente con aquellas novelas por las que siente una atracción irresistible, porque expresan la ambición de conquistas, una supuesta totalidad posible que no significan un debilitamiento  de la lectura crítica, sino su reforzamiento. Al margen de normas y supuestas reglas para ejercer la crítica literaria, ya que en el mundo del arte no hay reglas, y así mismo a  años luz del mito de la autocomplaciente objetividad, el crítico barcelonés pretende entender las claves del ejerció escritural de cerca de un centenar de escritores; dejar constancia de las sensaciones que en él, como lector, han producido y trasladárselas a otros lectores. Ese es en el fondo el porqué de la existencia del crítico, y también la de esta publicación, porque los libros aquí analizados, aunque sea en textos de hace treinta años, son imperecederos.

Francisco Martínez Bouzas

                                                
Robert Saladrigas

Fragmentos


MALCON LOWRY (1909-1957)

Bajo el volcán

“Nacido en Inglaterra, Malcom Lowry murió ahogado en mezcal y barbitúricos a los 48 años de edad –el juez de la pequeña localidad de Ripe, en East Sussex, dictaminó: «muerte por desventura»-, eligiendo la única forma de morir que resulta aceptable para un hombre contemporáneo enfermo de lucidez: afirmando por última vez su voluntad de ser frente a la impetuosa corriente de lava que escupe el volcán de la vida y que, por supuesto, acabará arrastrándolo. Diez años antes, en 1947, Lowry había conseguido difundir una gran novela que contenía las claves de los ritmos ocultos de su vida y su destino. Se dice que Under The Volcano fue aclamada por la crítica e ignorada por el público. En cierta manera es lógico. ¿A quién seduce la oportunidad de asistir  a los misterios de la pasión -calvario incluido- de un hombre que es a la vez víctima y verdugo, protagonista y testimonio de una tragedia existencial y por consiguiente colectiva?”

…..

RAYMOND CARVER (1938-1988)

Principiantes

“He aquí una histórica reparación literaria que debería abrir un sustancioso debate. Un día recibimos perplejos la noticia de que Raymond Carver, icono de lo que se conoce por realismo minimalista, no fue exactamente lo que se nos hizo creer que era, sino la inspiración de un editor de talento -a su vez escritor- llamado Gordon Lish (Hewlet, Nueva York, 1934). El caso es ejemplarizante. En la primavera de 1980 Carver pasó a Lish, editor de ficción de Esquire, una colección de cuentos recientes. Este se empleó a fondo en la tarea de remodelarlos según su criterio. Así mutiló los textos en más de un cincuenta por ciento -trabajo de cirugía fina-, modificó los finales de diez de ellos (de un total de diecisiete), cambió los nombres de algunos personajes (por ejemplo Mel por Herb), los ordenó por secuencias, rehusó poner al volumen el título del penúltimo de los relatos, «Principiantes» («Beginners») y lo sustituyó por una frase del texto, aquella que decía De que hablamos cuando hablamos de amor (What We Talk When We Talk About Love, 1981), sin duda el libro más famoso de Carver y que mejor ha definido el código estético fundamentado en el despojamiento y la gelidez.”

…..

EVAN DARA

El cuaderno perdido

“Imposible decir ni averiguar quién es, de dónde procede  o dónde para el estadounidense que se hace llamar Evan Dara, autor de tres novelas, El cuaderno perdido (The Lost Scrapbook, 1995) (Editorial Pálido Fuego) The Easy Chain (2008), cuya traducción está programada para 2016, y Flee (2013) que se tiene el proyecto de que aparezca en español en el 2017. Esos son los datos que se conocen. Evan Dara forma parte de la generación de Jonathan Franzen o David Forster Wallace, fieles a la vocación experimentalista de autores de referencia como Thomas Pynchon, John Barth, Donald Barthelme, Richard Brautigan o William Gass, pero por encima de todo al magisterio de William Gaddis, el símbolo más sólido y radical del posmodernismo literario norteamericano. Ahora bien, el inconveniente de Dara -interesa no perder el prólogo de Stphen J. Burn de la Universidad de Glasgow- es que sus tres obras nunca han sido bendecidas con los atributos comerciales de los libros de Franzen. No obstante, Dara, a quien acabo de descubrir con franco alborozo, creo que con toda certeza bien merece ocupar un lugar destacado en el canon de la novela norteamericana que para algunos supone algo parecido a la palabra Evangelio para los católicos.”

(Robert Saladrigas, En tierra de ficción, 94-95, 361, 373-374)

sábado, 1 de agosto de 2015

"LA OSCURIDAD": EL AMOR COMO CANIBALISMO EN LA NOCHE ÁRTICA



La oscuridad

Ignacio Ferrando

Menoscuarto Ediciones, Palencia, 2014, 307 páginas



   Ignacio Ferrando (Trubia, Asturias, 1972) es un reconocido narrador, especialmente en el campo de la narrativa breve, subgénero en el que ha obtenido algunos de los galardones más prestigiosos; algunos de sus relatos han sido traducidos al inglés y al alemán y seleccionados en varias antologías. Así mismo, su primera novela, Un centímetro de mar (2011) obtuvo el Premio Ojo Crítico de Radio Nacional de España y el Ciudad de Irún. A finales del pasado año publicó su segunda novela, La oscuridad, un verdadero reto escritural que amalgama un thriller psicológico, ciertas dosis de narrativa fantástica y temáticas de fondo como los problemas de la identidad personal, el tema del doble, lo real y lo falso o las dificultades para acceder a la verdad, conocer al otro y las relaciones de pareja, pobladas por no pocas zonas de oscuridad.

   La trama argumental de La oscuridad, reflejada en una breve sinopsis, no elude el formato compositivo de una novela de tesis. El narrador y principal protagonista, Endre Solberg vive en Storbørg, la ciudad más septentrional de Noruega. Con la llegada de la interminable noche ártica, buena parte de los habitantes de la localidad se trasladan a Oslo persiguiendo la luz. Entre los que quedan, se encuentra Endre Solberg, director de cine experimental de escaso éxito que acaba de perder a Liv su mujer, actriz frustrada, muerta bajo las ruedas de un camión, algo que parece un suicidio. La novela comienza precisamente con el velatorio de Liv. Tras el funeral, al regresar a casa, la encuentra viva en el salón de la vivienda, como si todo siguiera su curso normal y para restaurar la normalidad alterada. Y aquí da comienzo la intriga: ¿quién es esa mujer que afirma ser Liv y que tanto se parece a ella físicamente? ¿Es un fantasma? ¿Alguien  que se entretiene con una broma macabra? ¿Una loca? ¿Una alucinación del marido en la primera etapa del duelo? ¿Un doble entrenada por la difunta para ocupar el lugar que esta había dejado vacío?   El fantasma, el doble o la propia Liv inician la rutina de visitar al marido diariamente y con un horario estricto. Pero solamente es perceptible para los ojos de Endre Solberg.

   El relato sume al lector en una intriga “in crescendo” que se multiplica al compás de la inquietud que oprime a Endre, desconcertado por las numerosas zonas de sombra que se interponen como un muro en sus relaciones de pareja. Son interrogantes y ambigüedades que el narrador no aclara de forma definitiva, pero que favorecen la labor de un lector activo, al que se le otorgan no pocas posibilidades interpretativas, acrecentadas por un final que, en coherencia con las incertezas y dudas del desarrollo de la historia, quedan sin cerrar de una forma concluyente.

   Considero que Ignacio Ferrando ha elegido un escenario muy adecuado para esta historia de oscuras proyecciones: las sombras de la noche ártica en una ciudad casi despoblada en la estación invernal. Un escenario  sombrío, gélido y claustrofóbico que recalca el insoportable ámbito de oscuridad y desconocimiento que suelen existir en el interior de muchas parejas. Una brecha abisal cotidiana en la que el autor insiste con vehemencia, llegando incluso a escribir que el amor es un acto de canibalismo entre los miembros de la pareja, que forcejean para arrancarle pedazos al otro (página 103).

   La oscuridad no es una novela banal e intranscendente. Es, al contrario, una propuesta narrativa rica, compleja con la que el autor no deja de arriesgarse. No obstante su lectura no se hace pesada ni insoportable. A ello contribuye sin duda un lenguaje equilibrado, pero muy rico en las descripciones en las que al autor hace gala de una lujosa adjetivación. Y una cierta tonalidad cinematográfica que tiñe las descripciones, el retrato de los personajes y ciertos ambientes y acontecimientos. Todo ello ayuda a hacer de La oscuridad una novela interesante, en la que se dan cita las penumbras atmosféricas y climáticas con las sombras de la noche que anidan en el interior de los seres humanos y en sus interacciones sociales, incluso en las más íntimas.



Francisco Martínez Bouzas



                                                  
Ignacio Ferrando

Fragmentos



“Con la muerte de Liv, ha llegado el solsticio, y con el solsticio, una oscuridad que no es oscuridad, sino una noche inacabada, parcial, que tiñe el perfil de las casas de un azul hojaldrado. Los balancines del parque Vesteberg, las canastas de baloncesto, incluso los neones de la lavandería de Laa Ingham parecen velado, irreales, como vistos a través de una película de celuloide envejecido. Por Dramsvein bajan dos trabajadores cabizbajos, presurosos. Llevan gorros tipo chapska, gruesas pellizas que casi arrastran por la nieve. Liv ha muerto, pero todo sigue obscenamente igual, la serrería, el patio iluminado. Lo más indignante es esa indiferencia de todo y de todos, los horarios que siguen su curso, las rutinas que sin vacilar ya se han olvidado de ella o que nunca la tuvieron en cuenta. Miro el termómetro. La temperatura es de veinte grados bajo cero. No hay ventisca. Se escucha con claridad el crujido de los tejados, de los canalones macizados por el hielo. Dentro los radiadores desprenden un calor humano, tumefacto, casi asfixiante. Un accidente, oigo que dicen unos; morir así, dicen otros. La función comienza o termina, no se sabe.”



…..



“Para consolarme recordé la vieja teoría de Myklebust. Ha tenido en sus brazos a todo tipo de mujeres (estudiantes, viudas, casadas, incluso una prima) y está seguro de que el amor, eso que se llama amor, es una invención para que la gente triste llene las salas de cine. El amor es solo un prólogo a dos caníbales forcejeando por arrancarle pedazos al otro. Uno de esos conceptos inventados por la burguesía para sobrevivir, «para ser un referente sin referente en la realidad». Se podría entender que  Myklebust es un tipo amargado, un solitario que nunca se ha implicado lo suficiente, por miedo, por complejo, o por lo que sea. Pero el miércoles necesitaba pensar como él, creer que si estaba así era porque deseaba físicamente a Liv. Abrazarla, besarla, algo en todo caso estrictamente carnal. Me dije que incluso para eso existían soluciones mucho más rápidas, más efectivas. Encendí el ordenador. Es fácil encontrar prostitutas por internet, incluso en un pueblo perdido como Storbørg. Antes de llegar a la página de contactos, tuve que soportar un preludio de consoladores, banners de muñecas hinchables, vaginas de plástico y prótesis genitales de lo más increíbles. Entre los anuncios había prostitutas y masajistas (como si se estableciera con claridad una diferencia entre ellas) y casi todas adjuntaban una fotografía. Iban desnudas o casi desnudas, aunque sospecho que muchos de esos cuerpos, la mayoría, eran falsos o retocados. Descarté a las que difuminaban su rostro o no lo mostraban. Del resto, seleccioné una que se parecía remotamente a Liv…”



…..



“Por la mañana, abrí los ojos muy despacio, tratando de distinguir los objetos. Durante la cena había bebido demasiado. A través de los párpados, una luz débil, tamizada, se colaba desde el exterior. La ventana estaba abierta y los primeros rayos de sol se depositaban sobre la cama, sobre la cómoda. Debían de ser más de las diez. Me calcé las zapatillas y fui a cerrar la ventana. Más allá se veía el bosque, la masa apretada y parduzca de la naturaleza reventando ante la llegada de la primavera. Había comenzado el deshielo y el pasto se veía cubierto de brillos irisados. A lo lejos, en las laderas de la montaña, las nieves umbrías se iban apelmazando, dejando claros en los ventisqueros. Se escuchaba el rumor del agua por todas partes. De la vida. Al otro lado de la calle, el vecindario parecía haber reinstaurado su ritmo habitual. Olofsson subía en bicicleta, e Isac, el chico de los Quisling, cortaba el césped cerca de la piscina. La cerca ya estaba arreglada. Cuando su padre me vio en la ventana, alzó la mano para saludarme.

Bajé a la cocina de excelente humor, pero Liv ya no estaba. Deambulé por la casa buscándola, como el primer día, registrando los cajones y tratando de encontrar indicios que desmintieran lo que ya suponía. Con toda esa luz, sin sombras que la cobijaran, su ausencia era más latente, más intensa, más dolorosa. Sobre la mesa, a su marcha, había dejado un periódico doblado por la mitad, justo en la noticia donde se hablaba de la muerte de Øyvind.”



(Ignacio Ferrando, La oscuridad, páginas 9-10, 103-104, 305-306)