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viernes, 1 de enero de 2016

RESCATE Y ELEGÍA DEL PASADO



La hierba de las noches

Patrick Modiano

Edición de Javier Aparicio Maydeu

Traducción de María Teresa Gallego Urrutia

Ediciones Cátedra, Madrid, 2015, 263 páginas



   No me parece mala idea inaugurar un año bisiesto con un retorno a Patrick Modiano, Premio Nobel en 2014. Y hacerlo retomando la lectura de una de sus obras más conocidas, La hierba de las noches que acaba de publicar Ediciones Cátedra, en una excelente edición de Javier Aparicio Maydeu, que nos regala una Introducción a Modiano, y a esta novela en concreto difícilmente superable. Una edición -confiesa Javier Aparicio Maydeu- que “no existiría sin la inmediata y generosa complicidad de Jorge Herralde (Anagrama es la propietaria de los derechos en España) que me regaló para Reyes nada menos que poder elegir un vrai Modiano (página 85).Un Modiano anotado de forma profusa y muy aclaratoria y que, con el estudio introductorio, la actual edición de Cátedra se transforma en una verdadera guía de lectura para lectores primerizos e incluso avezados. Y como la traducción es la de María Teresa Gallego Urrutia, en esta edición de Cátedra, hallará el lector a un Modiano que habla español con la naturalidad y fluidez del idioma original de la novela. Todo ello en un volumen acrecentado, como ya señalé, por un buen estudio y un amplio aparato de notas que enriquecen la grandeza de la narrativa modianesca.

   Patrick Modiano está considerado por muchos lectores como el novelista vivo más importante. Obras como Dora Bruder, El libro de familia, Calles de las Tiendas Oscuras, Premio Goncourt, Un pedigrí.Una juventud o El lugar de las estrellas, La ronda nocturna, Los paseos de circunvalación publicadas en castellano por Anagrama en un solo volumen (Trilogía de la Ocupación) así lo confirman. El género que más frecuenta Modiano es la novela breve (nouvelle) y La hierba de las noches no se aparta de esas coordenadas; ni tampoco se aleja del estilo habitual de su prosa: escritura sutil, minuciosa y sobre todo poética, que es la marca  de toda su escritura. Hay además en la narrativa de Patrick Modiano varias ideas-eje: la escritura como medio de lucha contra el olvido, como recuperación del ayer. Contra el olvido de todo: familiares, personas amigas, las calles del viejo París y, sobre todo, la barbarie que avasalló el siglo XX. Otra es esa fascinación por penumbras inquietantes, sus incursiones en pasados turbios. Todo eso configura lo que se ha llamado “Universo o país Modiano”, centrado en torno  al París mítico de los años 60, hoy desaparecido, poblado por climas nebulosos, brumas, cafés, calles donde el escritor vivió y creció en su niñez, adolescencia y juventud. Y sobre todo, mucha nostalgia porque ese París es una ciudad que solamente existe en los libros de Modiano.

   En La hierba de las noches Modiano no desentona de ese clima escritural de sus anteriores novelas. En ella, el escritor retorna de nuevo a un pasado ya desaparecido, a una época que solamente cobra vida en los recuerdos que Modiano llega a confundir con los sueños; evocaciones llenas de elementos huidizos que el escritor había anotado en una libreta, como confirmación de su existencia y que, no obstante, llegan a constituir un verdadero enigma. Y como casi todas sus novelas, también ésta mana de la misma fuente: el tiempo misterioso, inquietante, frecuentemente peligroso de su adolescencia, habitado por personajes que acaban de salir de la clandestinidad, como su propio padre de origen judío, con frecuentes incursiones en el mercado negro.

   Jean es el protagonista y voz narradora de la novela, y seguramente alter ego del propio Modiano. Es escritor dependiente de esa libreta negra  en la que apunta infinidad de notas. Solitario y perdido en un mundo hostil y a la vez atrayente, el París de los 60. Gracias a esa libreta, muchos años después, puede mirar hacia atrás y reconstruir la etapa de su vida que se corresponde con esos años. Desde el presente se ve obligado a enfrentarse a varios personajes que conoció en aquellos momentos pretéritos: un antiguo amor, Dannie dice llamarse, que arrastra un pasado enigmático y misterioso que ella misma no desvela. Y a su par, una colección de “personas raras”, los golfantes huéspedes  del Unic Hôtel como Ghali Aghamouri, Langlais, Chastagnier, Duwelz o Gérard Marciano, cuyas verdaderas identidades se esconden bajo antifaces y que eluden las preguntas de Jean.

   El relato se centra en el paseo recordatorio  del protagonista por el viejo recinto urbano de su vida, tan alterado por el paso del tiempo. En ese recinto, el protagonista habrá de enfrentarse con lo que fue su desasosiego sentimental, que tenía lugar a la vez que las revueltas populares de la Francia poscolonial, o el secuestro de Ben Barka. Y un enigma que el lector no descubrirá hasta el final de la obra.

   Novela erguida con el aire que respira la memoria, tal como ésta se conserva muchos años después. Recuperando los recuerdos, el pasado, en una beligerancia contra el olvido, mas con la particularidad de que  La hierba de las noches está escrita como una novela negra, como un thriller policial. Rescate y elegía del pasado en el que una investigación policial  viene a ser la última frontera de las geografías pretéritas que, en el presente, se convierten en tiempo ido, en vejez. No sin razón, La hierba de las noches ha sido considerada como el culmen de una autoficción poética-policial. Porque el escritor nacido en Boulogne-Billancourt es capaz de amalgamar una trama de novela negra (un aire de suspense se incrusta en su esencia), con un texto escrito con finas suturas poéticas. No porque la prosa de la novela remede la poesía, sino porque el escritor es capaz de crear, con lengua precisa y mediante numerosas elipsis, una especie de estado onírico en la mente  del lector, que debe completar lo oculto y velado. En cuanto a su arquitectura interna, Modiano sitúa esta novela breve en las antípodas del canon compositivo tradicional. Aquí no hay introducción, nudo y desenlace. Solamente París y Modiano y esa aura melancólica, y por lo mismo triste, que produce la vivencia, muchos años después, del tiempo ido que solamente pervive en la memoria.



Francisco Martínez Bouzas



Patrick Modiano


Fragmentos



“La conocí en la cafetería de la Ciudad Universitaria, donde iba yo a menudo a buscar refugio. Vivía en una habitación del pabellón de Estados Unidos y me preguntaba por qué, porque no era ni estudiante ni norteamericana. Después de conocernos no se quedó ya en ese pabellón por mucho tiempo. Alrededor de diez días apenas. No me decido a poner entero el apellido que anoté en la libreta negra después de nuestro primer encuentro: Dannie R., pabellón de los Estados Unidos, bulevar de Jourdain, 15. A lo mejor vuelve a ser el suyo ahora -después de tantos otros apellidos- y no quiero llamar la atención por si todavía está viva en algún sitio. Y, sin embargo, si leyera ese apellido en letras de molde, a lo mejor se acordaba de que lo había llevado en determinada época y me daba señales de vida. Pero no, no me hago demasiadas ilusiones al respecto.

El día en que nos conocimos, escribí «Dany» en la libreta. Y corrigió personalmente, con mi bolígrafo, la ortografía exacta de su nombre: Dannie. Más adelante me enteré de que ese nombre «Dannie», era el título del poema de un escritor a quien admiraba yo por aquel entonces y a quien veía a veces, en el bulevar de Saint- Germain, saliendo del hotel Taranne. A veces se dan curiosas coincidencias.”



…..



“Ayer por la noche fui recorriendo con el dedo índice en el mapa el trayecto de París a Feuilleuse. Era remontar el curso del tiempo. El presente no tenía ya importancia alguna, con esos días todos iguales con su luz sin brillo, una luz que debe de ser la de la vejez y en la que nos da la impresión de estar sobreviviendo. Me decía que volvería a encontrar la hilera de árboles y las cercas blancas. El perro se me acercaría despacio, recorriendo el paseo. Había pensado a menudo que, aparte de nosotros, era el único habitante de la casa, e incluso el dueño. Cada vez que volvíamos a París le decía a Dennie: «Tendríamos que llevarnos este perro». Se colocaba delante del coche gris para ver cómo nos íbamos. Y después, cuando ya nos habíamos subido al coche y habíamos cerrado las puertas, se iba a la cabaña que servía para guardar la leña y donde solía dormir cuando no estábamos.”



…..



“Íbamos cruzando el jardín de Les Tuileries. Me pregunto en qué estación estábamos. Ahora, mientras escribo estas líneas, me parece que estábamos en enero. Veo manchas de nieve en los jardines de Le Carrousel, e incluso en la acera por la que andábamos, orillando Les Tuileries. Al frente, una aureola de bruma envuelve las farolas de debajo de los soportales de la calle Rivoli. Y sin embargo, tengo una duda: podría ser principios de otoño. Los árboles de Les Tuileries todavía tienen hojas. No tardarán en caérseles, pero a mí el otoño no me hace pensar en el final de nada. Creo que el año empieza en el mes de octubre. Invierno, Otoño. Las estaciones cambian y se confunden en el recuerdo como si éste, con el paso de los años, viviera su propia vida, una vida vegetal, y no fuera nunca una imagen fija y muerta. Sí, las estaciones se mezclan a menudo; la primavera del invierno, el veranillo de San Martín…Cuando llegamos bajo los soportales estaba lloviendo, una lluvia muy fuerte o, más bien, uno de esos chaparrones que lo pillan a uno desprevenido en verano.”



(Patrick Modiano,  La hierba de las noches, páginas 109, 141-142, 213-214)

lunes, 15 de diciembre de 2014

"LIBRO DE FAMILIA": MODIANO RELLENA LAS LAGUNAS DE SU VIDA



Libro de familia
Patrick Modiano
Traducción de María Teresa Gallego Urrutia
Ilustración de portada de Pierre Le Tan
Editorial Anagrama, Barcelona, 2014, 199 páginas

   Libro de familia es uno de los títulos de la amplísima obra narrativa de Patrick Modiano que todavía no había sido editado por Anagrama. El plus promocional que supuso que a Modiano le concedieran en octubre el Premio Nobel y la misma calidad de la obra han permitido que esta novela, publicada en francés en el ya lejano 1977, con una primera edición en español  en 1982, nos llegue de nuevo a través de Anagrama, la editorial que desde 2007 nos permite leer en la encomiable versión de la gran traductora de Modiano, María Teresa Gallego Urrutia, este buceo en el pasado que es Libro de familia.
   Libro de familia, novela autobiográfica, pero erguida con ese mismo aire que respira la memoria -uno de los motivos por los que los académicos suecos le concedieran el Nobel- es un buen punto de partida para contactar con el macrotexto o “Universo Modiano” que, como ya he señalado en este cuaderno de crítica literaria, se mueve en torno a varias ideas temáticas fundamentales: la búsqueda de la identidad; la escritura como medio de lucha contra el olvido: olvido de familiares, amigos, de las calles del viejo París y especialmente de la inmensa barbarie que eclipsó el siglo XX; así como las penumbras inquietantes y sus incursiones en pasados turbios para llegar a ese “remate de un recuerdo” como señala la cita de René Char situada en el pórtico de este libro; un personal ajuste de cuentas del propio escritor con su pasado familiar que late con fuerza en todo el manantial creativo de su propia obra, tal como lo reconoció el propio Modiano en su discurso de aceptación del Nobel. Y en el caso de esta novela, una singular exploración de su propio territorio que se desvanece entre la bruma y que la memoria lucha por recobrar.
   Novela autoficcional por consiguiente, con un marcado carácter autobiográfico, amalgamando realidad y ficción, que da comienzo con el relato del nacimiento de la hija del autor (Zina Modiano), las prisas para llegar al ayuntamiento para registrarla y que figure con nombre y apellidos en el libro de familia, el encuentro en el trayecto con un viejo amigo de su padre. Y a partir de aquí, la necesidad de indagar en los orígenes del padre que había añadido otro apellido a su nombre falso, de la madre…de él mismo. El nacimiento de la niña y su nombre plasmado en el libro de familia iban a ser el principio de algo: del propósito de recuperar la partida de nacimiento de la propia existencia. Pero es preciso colmar los vacíos de esa vida y Patrick Modiano hurga en el pasado: “Despego los carteles pegados en capas sucesivas desde hace cincuenta años para dar con los jirones de los más antiguos”. Una paciente y finalmente fructífera indagación que se expande por todo aquello que se relaciona con la propia identidad del escritor. El acta matrimonial de sus padres, él con nombre falso porque había sido un matrimonio celebrado durante la Ocupación nazi y era judío. La calle donde vivió la abuela, los comercios donde compraba, el ascensor que cogía. Su madre, una joven belga que a los dieciocho años inicia una carrera cinematográfica en las tinieblas del año 1940 y anteriores. Saltos en el tiempo: con quince años participa en una montería a la que lo lleva su padre. La guerra de 1973 en Oriente Próximo y la toma de conciencia de que algo se estaba acabando. La búsqueda de la partida de un bautismo casual en Biarritz en 1950, con imágenes que recuerda vagamente. Estancia en Suiza. El encuentro con el hombre responsable de las deportaciones que había pretendido que él no llegase a nacer. Su matrimonio, los meses pasados en Túnez, país de su mujer. Los ecos de Alejandría, de Salónica y de muchas otras ciudades antes de que las incendiaran. El regreso al piso parisino de la infancia, mas en el que ya nada quedaba de lo que había entretenido sus primeros años, y sin embargo muy importante porque allí se habían conocido sus padres.
   Así se va fraguando la recuperación, con su propio ajuste de cuentas con su pasado, con cientos de recuerdos de detalles, de imágenes, de historias, de personas que le ayudan a henchir su pasado, percibido entre brumas espectrales. Y ese París y la Ocupación que reaparecen siempre. No solo el París de la niñez y de la adolescencia. También el París interior, casi onírico, como el mismo Modiano lo ha definido. El París de los tiempos turbios con el veneno de la Ocupación que se adueña incluso de su memoria anterior al nacimiento preñada de detalles íntimos y perturbadores. El periplo indagatorio que había comenzado con el nacimiento de su hija, vista a través de la mampara con dos días de vida, se cierra igualmente con esa niña a la que nada perturbaba porque todavía no tenía memoria.
   No es ésta la mejor novela de Patrick Modiano. Una novela cargada sí de historias, de recuerdos, de peripecias, de pesquisas, pero poco comercial, que no ponen los pelos de punta a no ser cuando tras esa urgencia por recuperar su propia identidad, se vislumbran los días  tenebrosos de la Ocupación nazi. No obstante, como ya señalé, Libro de familia se presta para iniciarse en el conocimiento de un escritor obsesionado no solo por la Ocupación, sino también por la gélida soledad en la que vivió su niñez y adolescencia.
   Un interrogante que el lector puede plantearse versa sobre el estatuto narratológico de este texto: ¿biografía o ficción? Patrick Modiano no es un escritor posmoderno. No obstante en Libro de familia hallamos un texto donde se hace patente la autorreferencialidad del yo, con claras manifestaciones en el plano enunciativo, ejercida por un narrador en primera persona que no solamente le da cabida al punto de vista de la voz narrativa, sino que él mismo, con su nombre y apellido (Patrick Modiano), es el personaje central. Estamos sin duda pues ante un adelanto de varias décadas de lo que hoy se llama autonovela: trabajar  con las técnicas de la ficción la historia real del propio protagonista que no es otro que el mismo escritor. Y hacerlo a base de insinuaciones y recuerdos, amasando realidad y ficción.
   Autonovela tejida con ese estilo de prosa que ha hecho nacer el neologismo “modianesque” y que una alusión de Stendhal define a la perfección: presentar las sombras, no la realidad de los hechos. Una lengua sobria y escueta, como atestigua, con mucho más criterio que el mío, la traductora, que insinúa más que muestra y que se va desarrollando con sutileza a través de hilos casi intangibles. Y no obstante registra minuciosamente los hechos y sus detalles, a la vez que abre pistas para que el lector pueda navegar imaginativamente y recrear hechos y leyendas de un tiempo pasado y que el arte cartográfico de Modiano va insinuando en esta y en otras novelas.

Francisco Martínez Bouzas


Patrick Modiano

Fragmentos

“-¿Has visto? Qué raro es un registro civil, ¿verdad?
¿Y  a él? ¿Lo habían inscrito en algún registro civil? ¿De qué nacionalidad era en origen? ¿Belga? ¿Alemán? ¿Báltico? Ruso más bien, me parece. ¿Y mi padre antes de llamarse «Jaspaard» y añadir «de Jonghe», ese otro apellido? ¿Y mi madre? ¿Y todos los demás? ¿Y yo? Debía de haber en algún sitio registros de hojas amarillentas donde hubieran anotado nuestros apellidos y nuestros nombres y nuestras fechas de nacimiento y los apellidos y los nombres de nuestros padres con pluma y con una letra de trazos enrevesados. Pero ¿dónde estaban esos registros?”

…..

“Ayer paseábamos mi hijita y yo por el Jardín de Aclimatación y llegamos, por casualidad, junto a ese picadero. Habían pasado treinta y tres años. Los edificios de ladrillo de las cuadras, donde hallaba refugio mi padre, seguramente no habían cambiado desde entonces, ni los obstáculos, las vallas blancas, la arena negra de la pista. ¿Por qué he notado aquí más que en ningún otro sitio el olor venenoso de la Ocupación, ese mantillo del que procedo?”

…..

“¿Quién pudo sacar esa foto un atardecer de la Ocupación? Sin esa época, sin los encuentros azarosos y contradictorios que traía consigo, yo nunca habría nacido. Atardeceres en que mi madre, en la habitación del quinto piso, leía o miraba por la ventana. Abajo, la puerta de entrada hacía un ruido metálico al cerrarse. Era mi padre que regresaba de sus misteriosos periplos. Cenaban juntos en el comedor de verano del cuarto piso. Luego, pasaban al salón que le hacía a mi padre las veces de despacho. Allí había que correr las cortinas por el oscurecimiento de la defensa pasiva. Seguramente oían la radio y mi madre escribía torpemente a máquina los subtítulos que tenía que entregar todas las semanas en la Continental. Mi padre leía Cuerpos y almas o las Memorias de Bülow. Hablaban, hacían proyectos. Con frecuencia les daban ataques de risa (…)
La gente esperaba en grupos compactos a que dejase de llover. Y los soportales estaban cada vez más oscuros. Ambiente de expectación, de gestos en suspenso, que procede a las redadas. No se atrevía a mencionar su miedo. Mi madre y él eran dos personas sin raíces, sin el mínimo vínculo, fuere cual fuere, dos mariposas en aquella oscuridad del París de la Ocupación en que se pasaba con tanta facilidad de la sombra a una luz demasiado cruda y de la luz a la sombra.”

(Patrick Modiano, Libro de familia, páginas 24, 186, 191-192)

jueves, 4 de diciembre de 2014

"AHORA": EPÍTOME DEL DOLOR EN LAS HORAS DEL DUELO



Ahora

Brigitte Giraud

Traducción de María Teresa Gallego Urrutia

Contraseña Editorial, Zaragoza, 91 páginas.



   La literatura del dolor se asienta en una dilatada tradición y en ella ocupan un especial espacio dramático los libros que recrean el duelo, si es que una recreación realista de esos momentos de aflicción resulta posible. Este breve libro de la narradora francesa Brigitte Giraud (Sidi-Bel-Abblés, 1960) forma parte de la dimensión emocionante, mas no lacrimosa ni truculenta de esa tradición literaria. Un libro que pretende describir el “ahora” que adviene después de la muerte de un ser querido, cuando es preciso superar el dolor, la soledad y la pena por la desaparición de esa persona que ya forma parte del “antes”, un antes que “era algo blanco, luminoso, ingrávido, evidente…terso, emocionante a veces” pero definitivamente irrecuperable.

   El dramatismo de esta breve novela se acrecienta cuando el lector se entera de que lo que está leyendo es autoficción, literatura testimonial. Brigitte Giraud lo escribe con la conciencia de que nadie será nunca capaz de creer en sus palabras, de percibir lo que ella siente. El día anterior al trágico suceso se había desplazado a París para presentar una de sus novelas. A su regreso, recibe el mazazo  de que Claude, su pareja, se había matado en un absurdo accidente de moto, al perder el control de la peligrosa Honda CBR 900, un modelo incluso prohibido en Japón. La acompaña un amigo, pero de poco importa: “En adelante está una sola para tomar decisiones” (página 19). Y así da comienzo el “ahora”. Un ahora en el que es imposible ovillarse en el viejo sillón de cuero, como muestra el bello dibujo de la portada. Porque se hace preciso gestionar la muerte, esa separación definitiva, ya que es ella únicamente la que habrá de tramitar no solo el dolor sino también todo el peso de la pérdida.

   La aflicción y su vivencia van unidas al necesario cumplimiento de numerosos detalles y requisitos que se disparan tras la muerte de un ser querido: los primeros momentos tras la pérdida, absolutamente insulsos y triviales, la aséptica comunicación del fallecimiento que le hacen los médicos, el atestado policial, la bolsa con los objetos personales del fallecido, el funeral, la elección de la corona de flores, la música… Una inmensa y poco menos que esperpéntica burocracia funeraria repleta de trabas. Todo eso lo exige la simple vulgaridad de la muerte.

   La buena educación sumisa hace que, en el recorrido por su “ahora”, la narradora muestre un dolor domesticado, civilizado, revestido de buenos modales. No obstante, la autoficción de Brigittr Giraud se halla repleta de momentos especialmente conmovedores. Uno de los más impactantes se produce cuando tiene que contarle a su hijo la muerte de su padre. La madre, tras la visita al pediatra del que recibe consejos, intenta hablarle al hijo con normalidad, narrarle brevemente algo que iba  a cambiar para siempre su vida.

   ¿Y el amor? se pregunta la escritora. ¿Ese amor que se nos dice que todo lo puede? Por desgracia no protege nada. No impide la muerte. Pasar veinte años viviendo con alguien, amando a ese alguien no es capaz de evitar algo así. La guadaña de la muerte está inmunizada frente al amor.

   Ahora se presta por su temática a derivar en una novela triste y lacrimógena. Sin embargo, la autora supo evitar ese extremo al hablarnos del “antes” y del “ahora” y de la abisal distancia que separa ambos momentos. La calidad de su prosa, tejida con palabras generalmente contenidas, algunas veces rebeldes, va relacionando ante el lector todos esos pasos inevitables y que, en un país como Francia se eternizan, para poder dar sepultura a un ser querido. Ahora nos habla de todo eso y de la ineludible necesidad de iniciar una nueva vida, cuando llegamos al convencimiento de que la ausencia del ser amado es definitiva, cuando  van a echar del cementerio a todos los asistentes al sepelio, excepto a él, “que a partir de ahora puede trasgredir todas las leyes” (página 89). La muerte de un ser querido lo distorsiona todo, mas la vida sigue y es preciso afrontar el futuro desde el “ahora” y con el dolor en toda su fiera plenitud.



Francisco Martínez Bouzas



                                                    
Brigitte Giraud

Fragmentos



“Esta noche se ha muerto Claude. Yo lo quería. Mi vida se detiene y empieza el tiempo. Para no nombrar el suceso digo «antes» y «ahora» (…)

Esta noche se ha muerto Claude y yo estoy viva. Me deja sin haber querido dejarme, por inadvertencia. Me deja con mi deseo, con mis preguntas. Estoy en el hospital, con G. La señora del mostrador de ingresos me pide el carnet de identidad y el número de la mutua. Nos indica unas sillas de plástico naranja. Le doy las gracias. Hago lo que me piden que haga al pie de la letra. Sentados y sin decir nada, mi amigo y yo; se prohíbe fumar. Llevo unas sandalias de cuero marrón que me están algo grandes; los pies se me mueven solos. Son más o menos las nueve de la noche. Claude ha tenido un accidente de moto; está en el quirófano.”



…..



“Luego llega el momento en que me entero. Poco antes de las doce de la noche. «No hemos podido hacer nada»: la frase que marca la frontera entre antes y ahora…«No hemos podido hacer nada.»  Ya estamos en la nada. Se acabó la historia. Así de sencillo. Estás vivo; y, después, estás muerto. La piel está tibia; luego está fría. Tienes montones de cosas que decir; pero te quedarás callado. Los ojos están abiertos; los ojos están cerrados. No he vuelto a ver sus ojos de terciopelo oscuro. «No hemos podido hacer nada.» Estoy muda. Estoy tranquila, curiosamente. ¿Qué separa la vida de la muerte? Eres todo; luego no eres nada.”



…..



“Voy a esperar a T. al colegio. Vamos juntos por el camino de vuelta, hablamos de todo un poco. Le pregunto qué actividades han hecho. Y ayer, ¿qué tal la fiestecita? ¿Durmió bien en casa de su amigo? Alargo ese rato, miro a T., le paso revista. Sé que es la última vez que voy a verle la cara que tiene ahora, la de antes de la preocupación y del miedo. Lleva un pantalón corto, sandalias y una mochilita. Un niño como todos los niños; lo cojo de la mano; subimos la cuesta que lleva a casa.

T. está sentado en el sofá, y yo en cuclillas, a su lado. Le hablo; la frase es corta, se la digo con voz dulce, esa que pongo muchas veces para hablar con él. Entiende enseguida lo que le estoy diciendo. Acepta oírlo. Ahí estamos; yo con las manos en sus rodillas, en sus pantorrillas, en sus muñecas. Tengo las manos en su pelo, demasiado largo. No tengo nada más que decir; he puesto una detrás de otras las palabras más violentas que darse puedan; y, en la misma frase, la palabra «papá» y la palabra «muerto». De mis labios ha salido eso tan espantoso.”



(Brigite Giraud, Ahora, páginas 13-14, 16-17, 27-28)