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sábado, 22 de abril de 2017

"CLAVÍCULA": DOLIENTE DE LAS ENFERMEDADES DEL CAPITALISMO SALVAJE



Clavícula
Marta Sanz
Editorial Anagrama, Barcelona, 2017, 201 páginas.

   “Narradora proteica, astuta novelista”, así definía, en el año 2014, Rafael Chirbes a Marta Sanz en el prólogo de La lección de anatomía, un viaje autobiográfico de la escritora, percibido, no obstante, como una pieza de ficción. Literatura del yo, un juego que la autora planteó como un artificio de realidad y fabulación. Si en aquel particular autorretrato la mujer Marta Sanz se desnudaba ante los lectores desde el día en el que su madre la parió hasta el momento presente, con una edad entonces de cuarenta años, en Clavícula Marta Sanz literaturiza de nuevo la existencia del personaje Marta Sanz, mas desde una perspectiva mucho más particular: los “inmensos desajustes” -palabras del subtítulo- que se traducen en múltiples dolores somáticos, psicológicos, psicosomáticos; los dolores provocados, sobre todo, por la sobreexplotación  con la que son castigadas las mujeres en las sociedades actuales con la coartada de la crisis, por el machismo y la larga sucesión de mentiras propias de las sociedades neocapitalistas y de otras que se ufanan de no serlo.
   Si algo define a Clavícula es el hecho de que es un libro donde impera el fragmentarismo. Múltiples materiales: anotaciones al estilo de un diario, reflexiones ensayísticas, un amplio registro de anécdotas, un relato de un viaje, correos electrónicos, alguna fotografía y un poema profundamente doloroso. Pero todo ello sustentado por una gran coherencia interna y una tonalidad que impacta al lector, especialmente por la sinceridad y crudeza en la manifestación de opiniones y sentimientos muy íntimos que tendemos a ocultar o a enmascarar.
   Una original propuesta literaria en la que Marta Sanz desarrolla un insólito nudo temático: la indagación y la crónica, al mismo tiempo vivencial y literaria, de un dolor corporal y otros padecimientos por parte de una mujer madura. Y cuyo punto de arranque es un dolor en la clavícula que ella misma sintió durante un vuelo transoceánico. Un dolor que se compacta dentro de su cuerpo como el mortero de las obras. La autora -lo repite cientos de veces- escribe sobre lo que le duele porque ella experimenta sus dolencias como algo real, tangible, pero la medicina oficial las interpreta como afecciones psicosomáticas. No le duele solamente su cuerpo, no solo la corroe la garrapata de su pecho que crece alimentada de la sangre de su ira. Es víctima ciertamente de un dolor físico y mental, pero sobre todo de la duda del significado y origen de ese dolor. Por eso mismo no tiene reparo en confesar que desearía tener una insuficiencia respiratoria, una estenosis de la válvula mitral. Lo que sea con tal de hallar el origen o una razón a su dolor porque quiere alejar la impresión que,  a veces ronda por su cabeza, de que es una enferma imaginaria.
   La autora se abre en canal. Es quizás lo más sorprendente de este libro. Desnuda todas sus intimidades: las relaciones con su marido, con sus padres, la forma de dormir y viajar…hasta las finanzas familiares: sus ingresos y gastos y, por supuesto, sus miedos al colapso económico de una proletaria de las letras. Y lo hace para representar a las víctimas del capitalismo avanzado, porque, como se ha dicho desde el siglo XIX, uno no puede olvidarse, cuando escribe, de las condiciones materiales. Esas condiciones son ciertamente uno de los grandes protagonistas de esta reflexión literaria sobre el dolor, en especial el de las mujeres, porque las secuelas del actual capitalismo avanzado son somatizadas con mayor intensidad por los cuerpos femeninos. La sobreexplotación de las mujeres que friegan los váteres con legía por trescientos euros al mes; la precariedad de los contratos de duración ridícula que disminuyen sin embargo las listas del paro; las injusticias cotidianas: las mujeres son las primeras en perder sus puestos de trabajo cuando las empresas dicen entrar en crisis. También las primeras en sufrir las brechas salariales.
   A Marta Sanz, obrera de las letras, cercana ya a los cincuenta, le duele ciertamente su cuerpo, pero también somatiza esa inmensa retahíla de injusticias de nuestros días. A nivel familiar le duele intensamente la forma mediante la que el capitalismo salvaje expulsa a Chema, su marido del mercado laboral, y posiblemente para siempre, porque ha cumplido cincuenta y seis años.
   Clavícula tematiza muchas otras cosas: los discursos de la medicina oficial tejidos desde patrones masculinos, dolencias y enfermedades femeninas apenas estudiadas porque las mujeres han carecidos de voz durante muchos años para la ciencia. Y cuando se diagnostican sus dolores, se los considera patologías misteriosas que se colocan en el límite de lo psiquiátrico y lo muscular. La menopausia como palabra vedada, impronunciable porque es un tótem y un tabú. Críticas contra el panóptico digital que nos roba la privacidad…
   Libro crudo, descarnado, intensamente sincero, que nos llega con altas dosis de humor y mucha ironía; crítica pero también autocrítica. Y escrito con una prosa natural y certera aunque con chispazos de gran plasticidad e incluso de lirismo.

Francisco Martínez Bouzas

                                                  
Marta Sanz, fotografía de José Ramón Ladra

Fragmentos

“Hoy he solicitado para mi marido un trabajo como actor de anuncios. Haría muy bien de abuelito dinámico, de señor que usa Grecian 2000 o que está estreñido. Aunque el estreñimiento es una dolencia de mujeres menopáusicas, apretadas, las que no pueden cagar en váteres extraños cuando se van de viaje y necesitan licuar su bolo fecal con un microenema que distiende por fin el rictus de la boca y también el de su ano sellado herméticamente. Nuestro culo es una caja fuerte. Sin embargo, los hombres plantan pinos como rascacielos de Manhattan y se comercializan para ellos eficaces productos contra la diarrea porque sus urgencias intestinales les impiden ligar o conseguir un puesto directivo. Coger un prometedor vuelo a Cuba. Hay que tener en cuenta la calidad y consistencia de la mierda para emitir buenos diagnósticos (…). En un anuncio  mi marido podría ser un médico que recomienda la ingesta de yogures. También haría muy bien el papel de hombre maduro que por las mañanas necesita tomar actimeles para salir a hacer el gilipollas bajo la lluvia sin correr el riesgo de resfriarse. Haría muy bien de padre de familia que come pizza. Espero que lo llamen.”

…..

“Lo que yo no sabía es que la menopausia no consiste exclusivamente en una mutación que te hace sentirte menos bella. Es algo más íntimo que es a la vez algo físico yo lo llamaría algo interior. El climaterio es un asunto interior y pornográfico. No es sólo una cuestión de imagen o de sequedad de piel, paulatina pobreza capilar, arañas vasculares en las mejillas, bolsas en los ojos, retículas de arrugas como el velo de un sombrerito chic. Sí, en todo me he fijado, y a ratos me importa. Empiezo a verme como un personaje prototípico de películas de terror: el cuerpo de una jugadora de balonmano y la cara descascarillada. Sin embargo, lo peor es que la menopausia provoca un estado de sensibilidad que te induce a creerte vulgar y, consecuentemente, a serlo.”

…..

“Tengo cuarenta y ocho años. No. En realidad tengo cuarenta y siete. Hace dos años que no tengo la menstruación. Soy una mujer de éxito llena de tristeza. Temo que se mueran mis padres. Mi marido está en el paro. Trabajo sin cesar. No quiero quedarme sola. He tenido mucha suerte. Me da pánico no disponer de tiempo suficiente para disfrutar de tanta felicidad y tantos privilegios.”

…..

“La fibromialgia parece tener su origen en esos trastornos del sueño que son, a la vez, uno de sus síntomas. En la presentación del libro de un amigo sociólogo descubro que la obligación de dormir ocho horas al día sin despertarse es un imperativo del capitalismo para reforzar el buen funcionamiento y la productividad de los trabajadores. El sociólogo afirma que nadie duerme ocho horas al día de un tirón y que convertir esa característica inherente al ser humano en un deficiencia, una patología, para medicalizarla es un subterfugio más de este mundo enrarecido que nosotros creemos normal. Por eso, explica el sociólogo, ejercemos la violencia con métodos conductistas para que los niños duerman. Duérmete, niño, duérmete YA. Que viene el coco y te comerá. Sin embargo, lo normal, lo natural, lo antropológicamente razonable es no dormir esas ocho horas comatosas porque, de haberlo hecho así a lo largo del largo tiempo de la Historia, habríamos  desaparecido como especie. Se nos habrían merendado depredadores con el ojo abierto y el colmillo largo.”

(Marta Sanz, Clavícula, páginas 22-23, 28-29, 112, 135-136)

sábado, 1 de noviembre de 2014

"LA LECCIÓN DE ANATOMÍA": LA ANATOMÍA TRANSFORMADA EN EJERCICIO LITERARIO



La lección de anatomía

Marta Sanz

Prólogo de Rafael Chirbes

Editorial Anagrama, Barcelona, 2014, 360 páginas.



   Con buen tino se nos advierte en la presentación editorial que La lección de anatomía es un libro a la vez viejo y nuevo, porque en el año 2008 Marta Sanz publicó una primera versión de este texto. En el presente año ha aparecido la segunda. Anagrama, en efecto, le ha concedido una segunda oportunidad a la sexta novela de esta doctora en Filología y escritora versátil y poliédrica que frecuenta todos los géneros: narrativa y lírica sobre todo, aunque también es antóloga de la poesía española. Marta Sanz se dio a conocer en 1995 con la novela El frío y desde entonces su trayectoria se ha desplegado de forma fecunda y lúcida. Esta segunda versión de La lección de anatomía es la definitiva, según su autora. Y aparece revisada, reestructurada y enriquecida con un prólogo de Rafael Chirbes, amplio, esclarecedor y sugerente.

   Marta Sanz “narradora proteica, astuta novelista” en opinión de Chirbes, hace que el lector transite, casi sin darse cuenta, por un viaje autobiográfico de la propia escritora, percibido, no obstante, como una pieza de ficción, en un juego que la autora plantea como un artificio de realidad y fabulación. En su particular autorretrato, la mujer Marta Sanz se desnuda ante sus lectores y lo hace desde el día del parto en el que su madre la puso en este mundo. Y en relación especialmente con las mujeres que más han marcado su vida: la madre, la tía, las amigas o los colegas de trabajo. Lo concibe además desde la perspectiva de una mujer que, a los cuarenta años se autorretrata desnuda, “porque su cuerpo es el texto donde se han quedado grabadas las cosas importantes de su vida”, como apunta la propia autora.

   La lección de anatomía reproduce en buena parte, y posiblemente en su totalidad, hechos reales. La escritora nos relata su propia vida desde la infancia, o mejor dicho, desde el día del parto de su madre, hasta el momento presente. Por eso mismo, la arquitectura de la novela se sustenta en tres grandes secciones: “Vallar el jardín”, o la recopilación de los recuerdos de la niñez -el abrigo de serpiente de la infancia (página 163)-; “Los gusanos de seda” que rescata las memorias de la preadolescencia y adolescencia, y finalmente “Desnudo”, donde Marta Sanz recupera su juventud y el inicio de la edad adulta. Mas, aunque dicho así, el libro podría catalogarse como una autobiografía, La lección de anatomía es ficción, porque esta preñada de valores literarios, que son tales cuando la realidad se nos cuenta empujando el lenguaje hacia el límite. De esa manera, con esa precisión de lenguaje, con esa cadencia, intensidad y madurez, como en su día escribió Susan Sontag. Es el estatuto literario de un texto, el acto de individualización de la lengua en tanto que experiencia formal y construcción singular única.

   Y de Marta Sanz se puede decir que “literaturiza” la vida del personaje Marta Sanz mediante una cala introspectiva, narrada muchos años después de lo vivido. De la misma forma en la que, sin darnos cuenta, pasamos por las distintas etapas de nuestra existencia. Y lo hace reflejando intensamente en el espejo de su escritura el halo de esos recuerdos y sensaciones de un tiempo ya ido. Sin olvidarse de los nimios detalles que tanbien componen el singular mosaico de una vida, desde el momento en el que aprende a atarse los cordones de los zapatos, las “bellas palabras que nos conducen al dolor de desarnarnos” y la tasación de braguetas y penes familiares, hasta la edad adulta en la que comprueba la capacidad de sus bolsillos para guardar billetes, sopesa los trabajos a los que puede aspirar, se doctora en Filología, sin obtener el cum laude por no haber citado las publicaciones de los miembros del tribunal, se compadece de sus suegras y otras variadas experiencias familiares, amicales y profesionales que configuran su edad adulta como mujer. Finalmente firma su propio retrato con el impudor de un desnudo integral, pintándose con palabras, lista para que la midamos.

   Al margen del grado de veracidad de los múltiples acontecimientos, situaciones y anécdotas, algunas banales y nimias, de la vida cotidiana de los que Marta Sanz hace una copiosa acumulación, el texto, al que ahora se le regala una segunda oportunidad, se lee como una verdadera novela. En primer lugar porque en la vida de cualquier ser humano y en sus interacciones, existe mucho de novelesco; pero sobre todo porque Marta Sanz transforma todo ese material en un ejercicio literario con el que dibuja la  realidad, de tal modo que la convierte en ficción. Retrata con maestría los ambientes e incluso las tonalidades de esa España del último cuarto del siglo pasado. Y en buena medida esa maestría se hace patente en el hecho de que los contextos y escenarios no oscurecen el protagonismo de una niña-adolescente-mujer llamada Marta Sanz. Ni el de la amplia nómina de personajes secundarios, algunos, como la madre y las tías de la escritora, con gran protagonismo; otros hacen acto de presencia en la narración de un acontecimiento o anécdota y desaparecen definitivamente.

   Y todo esto transmitido con una prosa tan natural como certera y eficaz, en la que impera el realismo, aunque de vez en cuando salten chispazos rebosantes de plasticidad y de estrategias narrativas cercanas al esperpento y a la picaresca, como ha señalado Rafael Chirbes en ese prólogo que enriquece la novela. Con todos estos ingredientes, convierte Marta Sanz su propia anatomía, también la física y la íntima, en realidad diseccionada, en su ser y en lo que aparenta ser, que se expone desnuda ante la mirada lectora.



Francisco Martínez Bouzas





Marta Sanz

Fragmentos



“El día que mi madre me habló de la experiencia de su parto  decidí que nunca tendría hijos. Fue mucho más gráfica la descripción de su parto que la apología de mi nacimiento, aunque ella insistiese en que yo era la niña  más hechita de cuantos bebés había tenido la oportunidad de ver de cerca. Mi madre, cuando narra, tiende a ser minuciosa; en cuanto a mí, siempre he sabido escuchar y soy mucho más impresionable de lo que a simple vista pudiera parecer. No recuerdo exactamente la edad a la que se lo pregunté y ella me respondió. Me acuerdo, eso sí, de que yo ya tenía clara la idea del cómo: los huevos, las semillas, el quererse mucho, el no tomarse la pastilla -a propósito-, los besitos, las flores abiertas y la lubrificación natural, las cáscaras rotas, los niños-pez y los espermatozoides nadadores.”



…..



“Las explicaciones de mi tía hoy me siguen pareciendo válidas. Incluso el argumento del amor como lubrificante de las relaciones sexuales, con la salvedad de que a menudo follar es una forma de enamorarse o de convencerse de que estás enamorada. Eso le debió pasar a mi tía Maribel con su marido. Que se obcecó. No es que mi tío, como muchos otros hombres, a quienes sus mujeres permanecen fieles, fuese un semental o un virtuoso de las artes amatorias -lo que sí era mi tío es un proxeneta y, por ende un putero, pero de ese detalle me enteré años más tarde-, sino que Maribel tomó la decisión de quedarse con ese hombre y ya no se desdijo.”



…..



“Cuando vuelvo  a casa les digo a mis padres que son un par de gilipollas. De 1984 a 1989, asisto a clases habitadas por seminaristas y numerarios del Opus. Desde mi silla veo que una numeraria me acecha, me evalúa, se me acerca con una sonrisa loca y una falda de cuadros. Finjo que no me entero de lo que está sucediendo, aunque me doy cuenta de que esta muchacha emana una felicidad fría y se me va acercando poco a poco en línea recta. No sé si me podré proteger. Me tapo la cara con el pelo. Me concentro en mis papeles -tengo muchos- y doy un respingo cuando por fin la numeraria se dirige a mí con una voz que me recuerda una almendra amarga:

-¿Te puedo hacer una pregunta personal?

En este período de mi juventud me gustan mucho las preguntas personales, las confesiones y los calzones quitados -ahora no-, así que cínicamente le doy permiso reservándome el derecho a  responder sólo si me apetece. La numeraria no deja de sonreír; su tono es íntimo y nos aísla, de modo que ami me parece que las dos estamos dentro de una urna:

-Tú no eres virgen, ¿verdad?

Yo, que ya me sé una vampiresa, no me sorprendo. Quizá estas cosas se noten en la expresión de los ojos o en la manera de sacar la lengua entre los dientes mientras se muerde un lápiz. Debo de tener cara de guarra. Tal vez la numeraria haya mantenido una conversación secreta con el hermano de mi madre, a quien ya he perdonado: quiere mucho a su amigo. Más que a mí.

La numeraria sigue observándome con su felicidad fría y yo, congelada, me tranquilizo y me intranquilizo cuando ella confiesa que me formula esta pregunta porque todos los días llevo pantalones vaqueros. De pronto, esa pobre numeraria me da pena y la imagino en su cuarto, de noche, con miedo de meterse el dedo en el ombligo, de que los pezones se le encojan por una bajada de temperatura, de que le dé un calambre en el clítoris por haber retenido la orina o por un sueño o por dormir con un muslo apoyado sobre el otro, apretando. Respondo con una sonrisa de loca y, sin decir palabra, camino hacia la salida del aula. Me quedo con ganas de acariciarle la mejilla. Quizá ese gesto la hubiese obligado a sonrojarse, a apartarse de mí para evitar la turbación. No quiero que la numeraria se aterrorice por las noches y me guardo la mano en el bolsillo de mi penetrante pantalón vaquero. Al caminar, sorprendentemente no experimento ningún placer.”



(Marta Sanz, La lección de anatomía, páginas 27, 53, 262-263)

domingo, 13 de julio de 2014

CUATRO NOVEDADES DE EDITORIAL ANAGRAMA



Jorge Herralde, fundador y director de Anagrama

Jorge Herralde fundó Anagrama en 1967, "en aquella Barcelona bulliciosa que alentaba toda clase de proyectos culturales". No obstante, y después de varios forcejeos con la censura, los primeros libros no vieron la luz hasta abril de 1969. Libros que aparecieron en tres colecciones ya míticas: “Argumentos”, “Documentos” y  “Textos”. Posteriormente Anagrama amplió sus colecciones: “Panorama de narrativas”, “Narrativas hispánicas”  y “Compactos”, en la que se editan los libros de bolsillo de este sello editor, paradigma de la edición independiente porque desde hace muchos años Jorge Herralde sigue siendo el “último mohicano”. En la actualidad en Anagrama conviven en buena harmonía otras colecciones como “Crónicas”, “Edición Limitada”, colección de bolsillo de tapa dura, inaugurada en 2013; y lo último de lo último, el lanzamiento de una singular colección “La conjura de la risa” que acaba de echar a andar.

   De esta editorial de culto, pero al mismo tiempo ampliamente extendida y valorada en todos los países de habla hispánica,  reseño hoy, aunque solamente de forma informativa y en base a las respectivas presentaciones editoriales, cuatro novedades de la programación mayo-julio 2014. Tiempo habrá, después de la lectura de estas cuatro novedades, para emitir un juicio valorativo sobre sus haberes y deberes. Vaya pues, por tanto años de historia y de tesón para mantener la edición independiente, este pequeño y modesto plus promocional.





La hierba de las noches

Patrick Modiano

Traducción de María Teresa Gallego Urrutia

Colección: “Panorama de narrativas”, 166 páginas

   
 “En La hierba de las noches, Modiano nos invita, como en otras de sus novelas, a un intenso viaje por un París espectral. La ciudad se configura como una geografía interior, hecha de capas de tiempo que se confunden y entremezclan en esa evocación y búsqueda del tiempo perdido que hace Jean, el protagonista de la novela, escritor y tal vez álter ego del propio Modiano. Jean reconstruye en su escritura los fragmentos de su juventud, en los años sesenta, capturados en una libreta negra; abre una brecha en el tiempo y describe su deriva por la ciudad recordada, sigue el rastro de los ausentes e intenta resolver el misterio de un pasado lleno de interrogantes. Y traza una ruta, que oscila entre el hoy y el ayer, siguiendo la pista de una turbia historia de tintes policiales –en la que aparece un leitmotiv del universo modianesco, la exploración del pútrido territorio de la Ocupación– pero también el recuerdo de Dannie, un viejo amor.

Y como en las mejores novelas negras, en el corazón de la trama hay un enigma. Dannie no es quien parece ser, su identidad se desdobla y multi­plica como el laberinto de espacios que transitan los amantes. Jean la acompañará en algunas de sus desconcertantes misiones. Porque ella, junto con los huéspedes del Unic Hôtel, es una de los protagonistas, los perso­najes «verdaderos» de una trama compleja que el lector irá descubriendo a medida que avanza la novela. Y es entonces cuando la ficción de Modiano revela también su poder para documentar una época, y por sus páginas vemos aparecer a los fantasmas de la turbulenta historia de la Francia poscolonial, con el asunto Ben Barka como oscuro corazón de las tinieblas. La hierba de las noches es una novela magistral, un hipnótico relato sobre los laberintos de la memoria y los pasadizos secretos de la Historia que mantiene al lector en vilo hasta la última página.”

 

Profecía

Sandro Veronesi

Traducción de Xavier González Rovira

Colección: Panorama de narrativas, 72 páginas.



   “Algún tiempo después de la muerte de su madre, Alessandro Veronesi tendrá que enfrentarse también a la enfermedad terminal de su padre. Esta situación, en la que se invierten los papeles tradicionales de padre e hijo, siendo éste quien ejerce de guía, dará paso a momentos trágicos pero también grotescos: la burocracia asociada a la enfermedad, la hipocresía de una eutanasia que oculta su nombre, la difícil selección de cuidadores, los destellos de humor del moribundo, la desgarradora paranoia...

   Unánimemente aclamado por la crítica, Profecía nos ofrece la bien conocida historia de la muerte de los progenitores con una nueva luz, gracias a su sabiduría narrativa: un punto de vista inusual (el tú de un desdoblamiento que acaba también implicando al lector) y el uso de un futuro que, como indica el título, remite a los textos apocalípticos (porque de un pequeño apocalipsis cotidiano aquí se trata).

   Completan este volumen otros dos relatos que tienen también las relaciones paterno-filiales como tema principal. El primero cuenta la historia de un joven que pretende darle un sentido póstumo a la muerte (y tal vez a toda la vida) de su padre mediante lo que podríamos denominar «una ética del resentimiento». El segundo, en cambio, nos sitúa ante los conflictos más graves de dos jóvenes en el microcosmos de las pequeñas tragedias cotidianas que habitan nuestro día a día, como en esas narraciones de Carver cuyos personajes vagan por su existencia en busca de un sentido que se les escapa. Tres relatos, en definitiva, que presentan diversas perspectivas sobre la experiencia de lo que representa el paso de la inocencia dolorida (con Salinger y Cheever ahora de fondo) a una madurez en la que ese ser maduro nos exige la capacidad de aceptar el Mal en forma de resentimiento, de dolor, de desamor o, en fin, la muerte del padre como imagen de la propia.”





La lección de anatomía

Marta Sanz

Prólogo de Rafael Chirves

Colección: Narrativas hispánicas, 360 páginas.



  “Una mujer se queda desnuda para que los demás la miren. La midan. Su cuerpo es el texto en el que se ha escrito su biografía. La mano derecha es más grande que la izquierda porque es la mano con que la mujer agarra, escribe, acaricia, desencaja la tapa de los botes de legumbres. Antes, a la mujer su abuela le da unos azotazos en el culo. Va al colegio y se forja un pequeño corazón competitivo. Nada como si fuera un besugo. Ama desesperadamente a su madre y la salva de morir en un ridículo incendio. Canta desgañitándose Pájaro Chogüí y se hace amiga de muchas niñas y mujeres, y del niño más gamberro de octavo de egebé. Desprecia a las asistentas y va cada noche a los cines de verano. Para seducir se aprieta las carnes ridículamente como si su cuerpo fuera el de otra persona. Bebe, fuma, se pone mala y tiene miedo de sus alumnos. Se manifiesta. Se casa. Trabaja de ocho a ocho. Miente y dice la verdad. Como casi todo el mundo. Cumple cuarenta años. Se queda quieta. Reclama el derecho a dejar de complacer. El derecho a la lentitud.

   La lección de anatomía es una novela autobiográfica, de aprendizaje, escrita con el sentido del humor y el colmillo retorcido de la novela picaresca: el pudor no tiene que ver con el contenido de lo que se cuenta –morfologías del pene, pelos del pubis, la primera menstruación–, sino con el hecho de saberlo contar. El lenguaje expulsa al relato del espacio de la obscenidad ramplona y del morbo para darle otro sentido: el de una autobiografía novelada o una novela autobiográfica (¿el orden de los factores altera el producto?) que no explota la singularidad de la voz en primera persona, sino que la acerca a su comunidad anulando la distancia entre el nosotros y el yo, dentro y fuera, ser y parecer, porque, como decía Vonnegut parafraseando a Wilde, «somos lo que aparentamos ser, así que deberíamos tener cuidado con lo que aparentamos ser». Las lecciones de anatomía terminan convirtiéndose en lecciones de geografía e historia, y quizá la percepción de los cuarenta años como lugar desde el que echar la vista atrás sea un acto elegiaco, un signo de madurez en un mundo peterpanesco o una conducta forzada por el envejecimiento prematuro al que nos somete el cambio de era y la obsolescencia electrodoméstica.

   Anagrama da una segunda oportunidad a esta La lección de anatomía, que ha sido revisada, reestructurada y ampliada por Marta Sanz. De este libro a la vez viejo y nuevo, singularísimo en el panorama de la narrativa hispánica, escribe Rafael Chirbes en su prólogo: «Su estilo ágil (salpicado de fogonazos brillantes), su inusual habilidad para retratar situaciones y para penetrar en la psicología de los personajes, y su fino oído para capturar la lengua hablada con vivacidad admirable convierten la escritura de nuestra novelista más en una gozosa representación de vida que en una melancólica o sombría manipulación de seres muertos."



El Anticuerpo

Julio José Ordovás

Colección: Narrativas hispánicas, 133 páginas

   
 “Cuando empezamos a leer encontramos en las novelas al amigo mayor que nos abre los ojos y la cabeza. Algunas de las mejores historias que nos han contado son, de hecho, relatos de una amistad entre un adolescente con hambre de aventuras y un adulto que alimenta sus sueños. Hawkins no pudo resistirse al poder de encantamiento de John Silver, y de la relación entre Huckleberry y el negro Jim lo que queda, como escribió Bolaño, es una lección de amistad que es también una lección de civilización de dos seres totalmente marginales que se tienen el uno al otro y se cuidan sin ternezas ni blanduras. El protagonista de El Anticuerpo llega, atravesando los tejados de su pueblo, a una isla en la que un náufrago se consume bajo el sol. El náufrago sabe que de esa isla que es la casa del cura nadie puede rescatarlo, pero agradece la compañía de ese loco que anda por los tejados. Josu es una rata punk que no soporta el azul del cielo y echa de menos el olor de las cloacas. Los dos amigos se parecen más de lo que creen. A ambos les gustan los problemas y son unos traidores a la realidad. Julio José Ordovás ha querido relatar, en su primera novela, el aprendizaje de vivir fuera del orden y cuesta abajo. En la España de los ochenta, Cristo abandonaba las procesiones, se iba de bares y de conciertos y amanecía en un portal con una jeringuilla clavada en cada brazo. España cambiaba para seguir siendo la misma de siempre. Un país beato, represivo, resignado y lleno de moscas. Si Long John Silver era un pirata y Jim un esclavo, Josu es un yonqui. Ni tiene nada ni espera nada. Pero no ha perdido las ganas de reírse y aún le quedan fuerzas para columpiarse sobre el abismo.”


Francisco Martínez Bouzas

miércoles, 28 de agosto de 2013

LA FALSA LIBERACIÓN FEMENINA EN LOS AÑOS DE LA TRANSICIÓN



Daniela Astor y la caja negra
Marta Sanz
Editorial Anagrama, Barcelona, 2013, 267 páginas.


   Marta Sanz que cuenta en su haber con un amplio bagaje tanto teórico -es doctora en Filología- como empírico (novelista con una ya amplia trayectoria, antóloga de la poesía española contemporánea, autora de varios poemarios- se zambulle en esta su última novela, con vocación realista, aunque no exenta de experimentalismo, en los años de la Transición española -la trama de la novela se sitúa en el años 1978- a través de la historia de una mujer, Catalina H. Griñán, que, a los cincuenta, vuelve la vista atrás. Y por medio de su crónica personal y de los inventados documentales que, encerrados en la caja negra, reconstruyen los grandes tabúes de aquellos años (el sexo, el destape, el desnudo femenino, el fantaterror…) y los modelos dominantes de aquella época, así como la nueva imagen que la mujer está adquiriendo frente a la sociedad patriarcal capitalista, aunque sea entregando su cuerpo erotizado, ajustándose a las pautas y cánones de la belleza dominante. Porque en la sociedad democrática española, nacida de la Transición política, la liberación de la mujer no se realiza como sujeto autónomo y, cuando lo hace, se le criminaliza, sino haciendo  suyas los falsos clichés de una liberalización del cuerpo según las pautas consumistas masculinas.
   Por todo lo dicho Daniela Astor y la caja negra puede ser leída como un preciso ajuste de cuentas con aquella España de la Transición, una época en la que la dominación masculina permitió el destape y sin embargo mantuvo en vigor leyes que criminalizaban y mandaban a la cárcel a las mujeres que decidían sobre sus cuerpos. Una verdadera deconstrucción pues de la Transición, analizada desde el puntote vista del papel otorgado a la mujer entonces y en los últimos cincuenta años. Pues si algo es esta novela, es un retrato de la feminidad en las últimas cinco décadas, construido inicialmente a partir de cierto imaginario colectivo, fabricado por ciertas películas y revistas de los años 70 que perpetuaron los valores de una moral machista que, entre otras cosas, nos transmitió una representación obscena y salvaje del aborto.
   Marta Sanz teje su novela alrededor  de una protagonista absoluta, Catalina, H. Griñán que a los cincuenta años, contados a través de la niña que ella era en 1978, vuelve la vista atrás y nos hace saber como, a la caída del sol, ella y Angélica Bagur, su mejor amiga, se encierran en la sala de juegos, su particular leonera, y se convierten en Daniela Astor y en Gloria Adriano, porque no quieren ser como sus madres, sino gozar de una personalidad poderosa, extraída de los modelos de artistas del espectáculo a las que admiran. La novela va descubriendo los recuerdos de Catalina / Daniela guardados en su caja negra junto a un falso guión de un documental de su autoría que recupera el mundo del espectáculo de aquellos años, cuyos modelos femeninos son las estrellas del destape, los mitos eróticos del momento, que seguramente hoy son vistos como un chirrido estético y una comercialización del cuerpo femenino, pero que explican lo que eran aquellas preadolescentes de doce años que construyeron su identidad con retazos de imágenes del cine o de la televisión.
   Hasta que en la familia de la protagonista ocurre algo que queda registrado para siempre en la caja negra,  da un giro imprevisto a la novela y marca a Catalina para el resto de sus días. Y actúa así mismo como una espoleta para que la autora introduzca en el tejido narrativo los recortes de los avances sociales que se quieren implantar hoy en día, incluido el derecho al aborto. La madre de la protagonista sufre las condenas del severo código penal y social de la época. Mas Catalina se niega a convertir la historia de de su madre (el juicio por el aborto, la prisión, las habladurías…) en un silencio, porque el silencio es un modo de borrar las cosas. Y en la novela se aborda, y así lo asume la protagonista, el tema del  aborto como un derecho a decidir sobre su propio cuerpo que tiene cada mujer, sobrando todas las otras razones.
   Daniela Astor y la caja negra es un buen discurso narrativo sobre la historia, a la vez del adulto y del niño, que todos llevamos dentro. La autora deja numerosas constancias de esos dos puntos de vista narrativos que se entremezclan y se nutren entre si y que la autora hilvana  hábilmente mediante una escritura coherente y muy perspicaz. Como también es coherente la técnica del contrapunteado de la voz en primera persona por un lado, que narra la infancia y consolidación de la personalidad de la protagonista, y por otro, el falso guión documental que refleja aquellos años, rodado por la protagonista ya adulta y que Marta Sanz aprovecha para reflejar la época como en otras de sus novelas, y para poner de relieve una evidencia psico-social de primera magnitud: somos frutos de los relatos y de las experiencias que nos vieron crecer. Por eso las dos niñas construyen su propia personalidad a partir del imaginario formado por noticias e imágenes de personas famosas del mundo del espectáculo de aquellos años. El cine del destape y sus personajes más emblemáticos constituyeron el entorno de las dos niñas y empaparon por consiguiente su crecimiento adolescente.

Francisco Martínez Bouzas



Marta Sanz


Fragmentos

“Ésta es una historia sobre el adulto que llevan dentro todos los niños. Vuelvo la vista atrás y tengo doce años. Soy una niña que ya tiene dentro de si a la mujer de cincuenta que será, aunque es muy posible que entonces fuese más vieja que ahora. Los viejos guardan dentro de la tripa al niño que fueron, es más, lo ponen a menudo encima de la mesa porque, a cierta edad, uno sólo se acuerda de su niñez, del calor del escote de su madre, de su perfume a leche hervida o a rositas tempranas. Yo, a mis doce años, tengo dentro de mi a la señora de casi cincuenta que soy ahora o, más exactamente, a otra mujer que ya no conozco pero que, a los doce años, me susurraba  al oído lo que debía hacer.”

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“Revivo lo sonidos que se escapan a través de las puertas que no cierran bien del todo y de los tabiques de papel de los pisos modernos. Como el nuestro. No es buena la calidad de los materiales. Con esas pinceladas tengo de sobra para hablar con autoridad. Para estar a la altura. Sé por qué mi madre se queda embarazada, pero no conozco las razones que le han llevado a decidir que no quiere otro hijo. Tampoco estoy segura de querer escuchar lo que mi madre tenga que decir. Me acosan los juegos detrás de la puerta, la suciedad que presiento, mi desprecio hacia Sonia Griñán por sus ridículas ganas de aprender, por su burda manera de coger un cigarrillo, por esa entonación que me avergüenza delante de la gente.”

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“A mis casi cincuenta años, no me puedo permitir un relato nebuloso de la niñez. Ésta es una historia sobre el adulto que todos los niños llevamos dentro y también sobre la niña que se ha quedado dentro de mi. Mi voz es la de Bette Davis, con tirabuzones, mientras canta, vestida de organdí blanco, un estribillo pícaro: una vieja que finge ser una niña o una niña embalsamada. Aún me sueño masticando cristales que no acaban nunca de salirme de la boca.”

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“En el juicio preguntaron a mi madre si lo médicos la habían obligado a practicarse un aborto. Ella miró a los jueces con extrañeza:
-¿Obligarme?
-Sí. ¿La forzaron?, ¿la obligaron a matar al hijo que llevaba en sus entrañas?, ¿la ataron?, ¿le dieron de beber algo que usted no quería?, ¿la drogaron?
-Estas personas se portaron muy bien conmigo. En todo momento.
Mi madre con estas palabras aseguró su condena. El defensor no pudo esgrimir que Sonia Griñán fue obligada a abortar por unos sádicos que la engañaron. Tampoco pudo aplicar la atenuante de que mi madre abortó por defender el honor de sus esposo, porque quedó demostrado que la acusada no había cometido adulterio. Ella repitió una de sus ideas fijas:
-No soy una enferma.
Después, mi madre, Inés Marco, incluso las amigas de Inés corrieron un tupido velo sobre lo que pasó en aquella dignísima sala. Porque todo fue insultante y vejatorio. Incluso el texto de una sentencia risible que hoy vuelve a dar escalofríos.”

(Marta Sanz, Daniela Astor y la caja negra, páginas 21, 129, 173, 241)