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miércoles, 14 de octubre de 2015

LAS ESCALAS DE LEVANTE



Las Escalas de Levante
Amin Maalouf
Traducción de Federico Romero Portilla
Alianza Editorial, Madrid, 2015, 266 páginas

   A pesar de haber nacido en Líbano, Amin Maalouf (Beirut, 1949), está considerado como un autor cuya obra literaria -novelas y ensayos especialmente- están escritos en lengua francesa, mamada posiblemente en su infancia y perfeccionada a partir de 1976, fecha en la que Maalouf pasó a residir en Francia. Amin Maalouf debutó en la narrativa el año 1986 con León el Africano, posiblemente su obra más conocida. Pero de su macrotexto forman parte piezas en las que generalmente ensambla historia y ficción, como Samarcanda (1988), Los jardines de luz (1991), La roca de Tanios (1993, Premio Goncourt), o El viaje de Baldassare (2000). Una de sus obras ensayísticas, Las cruzadas vistas por los árabes (1983) ha contribuido a proyectar su figura sobre todo en Occidente. Premio Príncipe de Asturias de las Letras en el año 2010, y miembro de la Academia Francesa desde junio de 2011, ocupando la silla que antes había pertenecido a Claude Lévi-Strauss.
   Su casa editorial en España, Alianza Editorial, acaba de lanzar al mercado la cuarta edición -esta vez en libro de bolsillo- de Las Escalas de Levante, obra que Amin Maalouf publicó en francés el año 1996. La novela extiende su trama a través de casi todo el siglo XX, desde sus inicios hasta mediados de los años setenta. En la misma, el escritor nos transmite la historia de la familia Ketabdar y sus sucesivas residencias en Turquía, (en la ciudad de Adana), Beirut, Haifa y los periplos franceses de Ossyane Ketabdar, su esposa Gloria y Nadia, la hija de ambos. Sobre sus figuras descansa la parte más importante de la trama argumental. Ossyane Ketabdar es descendiente de Iffett, hija de un sultán turco derrocado y substituido por su sobrino, que al caer en la demencia, contrae matrimonio con su anciano médico, abuelo del protagonista. Un hecho tan escandaloso en aquel contexto cultural y temporal impulsa al matrimonio a establecerse en Anatolia, en Adana. La princesa demente, en contra de la moral vigente, queda embarazada y da a luz un niño, el padre de Ossyane que recibe una educación muy avanzada para la época. Debido a un incidente en el que uno de sus amigos, un armenio, corre peligro, parten hacia el Líbano y se establecen en Beirut, ciudad en la que el nieto del sultán y la hija del amigo contraen matrimonio del que nacerá Ossyane. En su juventud viaja a Francia en el periódo de entreguerras, estudia medicina y, durante la Segunda Guerra Mundial, se integra en la Resistencia, se casa con Clara, una mujer judía, que encarna los ideales revolucionarios e inconformistas que para Ossyane había soñado su padre. Una fatal predestinación le impedirá ser el dueño de su destino y acabará sumiéndolo en la locura.
   En la novela se entrecruzan varios hilos narrativos, con el telón de fondo del siglo XX en el Oriente medio y en Francia. En primer lugar, Maalouf hace ver lo compleja y ardua que puede llegar a ser una historia amorosa en el interior de un matrimonio entre un musulmán y una mujer judía, a pesar de que tal unión matrimonial no estaba anatematizada, especialmente si se trataba de personas de clase adinerada. Concita así mismo la atención lectora la narración de las relaciones intrafamiliares en el “clan” de los Ketabdar, muy alejados de los estereotipos convencionales: padre aristócrata revolucionario, la abuela, una princesa desequilibrada, el hermano un verdadero y ambicioso déspota que mantiene internado a Ossyane para apropiarse de su herencia.
   Las Escalas del Levante, un rótulo literario con el que Maalouf se refiere a las ciudades comerciales que a lo largo de la historia fueron puntos de contacto entre Oriente y Occidente, nos permite divisar desde la ficción un atractivo panorama de la historia de Oriente Medio y de la Francia ocupada, así como del conflicto árabe-israelí. Maalouf transmite esta convulsa historia de forma muy coherente, con un estilo cercano al periodismo; y huyendo en todo momento de la tentación sentimentalista. Sin ser quizás la mejor novela de Amin Maalouf,  merece la pena sumergirnos en esta amalgama de historia y ficción, sabiamente modelada por la pluma del escritor libanés asentado en Francia y en su lengua.

Francisco Martínez Bouzas

                                                      
Amin Maalouf
Fragmentos

“Puesto que, transcurridas las primeras semanas de luto, seguía vagando por los corredores con la misma mirada, con el mismo jadeo, hubo que rendirse a la evidencia: no se trataba de la aflicción normal de quien llora a un ser querido; Iffett, la hija preferida, la niña mimada, tan jovial y tan coqueta, había perdido la razón. Quizá para siempre.
Su madre no tuvo otra alternativa que hacer llamar al viejo doctor Ketabdar. Descendiente de una familia de eruditos, originaria de Persia, era quien atendía a los que mostraban señales de alienación en las grandes mansiones de Estambul; recurrir a él era así mismo una declaración de angustia.
El médico conocía a la paciente. Se habían encontrado seis meses antes, en condiciones totalmente distintas. Al llegar para tratar a un sirviente aquejado de histeria, el médico había oído  a la princesa, al piano. Tocaba un aire vienés y él se había quedado allí a escuchar, de pie, cerca de la puerta. Cuando ella acabó, el le dirigió unas palabras de ánimo en francés. Ella, sonriente, le respondió. Intercambiaron algunas frases y el anciano se marchó, satisfecho. Nunca había olvidado aquel encuentro, aquella música, aquellas manos finas, aquel rostro, aquella voz.”

…..

“Me senté, dignamente, en una silla de la entrada. Rígido, con la maleta entre los pies, como en la sala de espera de una estación. Repentinamente se abrió la puerta. Cuatro hombres de blanco se abalanzaron sobre mí, me agarraron, me ataron, me aflojaron el cinturón. Un pinchazo en las nalgas, y perdí el conocimiento. La última imagen que conservo  es la de un viejo jardinero y su esposa que lloraban. Me acuerdo también de haber llamado en ayuda a mi hermana. Hacía mucho que ya no estaba allí, pero yo no me daba cuenta. Había vuelto a Egipto una semana después de la muerte de nuestro padre. No podía quedarse mucho tiempo lejos de su marido y sus hijos. Si hubiera estado presente, puede que mi hermano no se hubiese atrevido a hacerme lo que hizo.
Aunque en aquellos tiempos ya obraba sólo a su antojo. Nuestra casa familiar era ahora, a los ojos de todos, la suya. La noticia de mi locura se había extendido, supongo, por la ciudad y por todo el país. Con más rapidez que, no hacía mucho, los relatos de mis hazañas en la Resistencia. Salem no debió de tener dificultad en hacer verificar mi incapacidad y conseguir que le nombrasen tutor, lo que le procuró vara alta sobre mi parte de la herencia.
¡Él, el golfo de la familia, mi tutor!
¡Él, que si no hubiera sido por las sucesivas amnistías habría estado aún en prisión por contrabando y asociación de malhechores, mi tutor!
¡He ahí adónde habíamos llegado, uno y otro!
¡He ahí cómo le iba a ir en adelante a la noble casa Ketabdar!”

(Amin Maalouf, Las Escalas de Levante, páginas 28, 197-198)

lunes, 28 de septiembre de 2015

EL AÑO DE LA BESTIA



El viaje de Baldassare
Amin Maalouf
Traducción de Santiago Martín Bermúdez
Alianza Editorial, Madrid, 485 páginas
(Libros de fondo)

   En la víspera de que Alianza Editorial, el sello editor que ha publicado en España todos los libros de Amin Maalouf, ponga en el mercado una nueva edición de dos de las obras más emblemáticas del escritor libanés (Samarcanda, 5ª edición y Las Escalas de Levante, 4ª edición), saludo ambas reediciones con un comentario de otro libro importante de Maalouf, El viaje de Baldasare, cuya primera edición tanto en el original francés,( Le Périple de Baldassare) como en otros muchos idiomas tuvo lugar hace ahora quince años.
   Amin Maalouf (Beirut, 1949), es sin embargo un escritor francés. Toda su obra, en efecto, está escrita en francés, y desde junio de 2011 ocupa uno de los cuarenta sillones de la Academia Francesa. La narrativa de Maalouf amalgama dos importantes realidades: la cultura oriental y la occidental y la historia con la ficción. Desde la publicación de su primer libro, León el Africano es uno de los escritores más leídos en todo el mundo por aquellos lectores interesados en la simbiosis entre Oriente y Occidente.
  El viaje de Baldassare  es un libro admirado y en buena medida embrujador, especialmente si  a la palabra viaje no la privamos de la connotación de “periplo” que tiene en el original francés. El libro de Maalouf es una hermosa y colosal fábula en la que la aventura estalla con fuerza, fresca y reluciente, y en la que el lector perseguirá rutas de tierra y de mar con la misma pasión y perseverancia con las que el narrador protagonista persigue el libro que, en el año 1666, año apocalíptico, año de la Bestia (según el Apocalípse el 666 es el número de la Bestia) revela el centésimo nombre de Dios. Pero teniendo en cuenta que esta es una novela de aventuras muy especial. La esencia de la misma y la meta perseguida no son únicamente la superación de espacios, obstáculos y dificultades que en el libro de Maalouf aparecen de forma muy abundante -lo que los teóricos de la ciencia literaria denominan “la retórica del acto”-, sino algo mucho más sutil y profundo y que en la novela aparece tanto de forma explícita como simbólica.
   La reflexión, la constante tensión entre las vivencias interiores del protagonista y la capacidad que posee Maalouf para reflejar el espíritu del tiempo en un momento convulso y tensionado por creencias mágicas y las luces del racionalismo que de alguna manera ya se preanunciaba en la segunda mitad del siglo XVII, son el gran mérito de esta obra. En cierto sentido, y aunque la escritura de Maalouf -especialmente en aquellas obras en las que se relatan historias en primera persona- es mucho más diáfana, El viaje de Baldassare nos recuerda los relatos de Conrad. En efecto, la aventura, la verdadera aventura,  tampoco la hallaremos en Maalouf, allí donde sería legítimo pensar que se encuentra: en los acontecimientos exteriores. No en el itinerario que lleva al protagonista por el mundo entero, superando dificultades, violencias, peligros, fábulas, amores y engaños, sino en el camino de sus dudas interiores y en esa permanente sensación de sentirse extranjero en todas las partes, lo que lo obligará a seguir un periplo en la búsqueda de una minúscula pizca de seguridad y de felicidad.
   En la novela existe ciertamente una historia central, el viaje de Baldassare Embriaco por Oriente y Occidente a la búsqueda de la salvación a través del conocimiento del nombre íntimo y definitivo de Dios, salpicada de múltiples historias secundarias, como la emotiva historia de amor entre Barinelli y la esclava Liva, la increíble peripecia iluminada y revoltosa de Sabbatäi delante de los ojos omnímodos de la Sublime Puerta, o el contrabando de mastic en el Mediterráneo, pero el lector nunca pierde el norte. En primer lugar por la estructura de la novela en forma de diario, mas sobre todo por la capacidad del autor de suturar los hilos argumentales secundarios en el hilo diegético principal, que se corresponde con la aventura interior del protagonista. Sus perplejidades, la contemplación de su propia angustia en el espejo del mundo, la tensión que constantemente se produce en su interior entre el azar / superstición / providencia y la razón. Baldassare  maldice la superstición y la credulidad, pero, al mismo tiempo, se mueve como un muñeco en las manos del azar.
   Baldassare es un escéptico muy poco constante tanto en la defensa de la razón, como en la búsqueda de quimeras. En su mente se le muestra una y otra vez que la numerología es capaz de sugerir toda clase de cosas sin probar ninguna. Sin embargo, a lo largo de su periplo, va hallando señales que casi siempre derramaban desolación, y el personaje acabará arrodillado delante de la providencia, dejando que otros y la concatenación de los hechos determinen su propio futuro. Y rindiéndose a la evidencia de que el viaje no es más que una ilusión y ese centésimo nombre salvífico, un signo invisible.

Francisco Martínez Bouzas

                                                       
Amin Maalouf
Fragmentos

“Me señaló con el dedo el título en letras cirílicas, y se puso a recitar con fervor «kniga o vere…», antes de darse cuenta de que era preciso traducirlo: «El Libro de la Fe una, verdadera y ortodoxa». Me miró con el rabillo del ojo para comprobar si tal formulación no me había revuelto mi sangre papista. Pero por dentro estaba yo como por fuera. Por fuera, la sonrisa amable del comerciante. Por dentro, la sonrisa socarrona del escéptico.
-Este libro anuncia que el apocalipsis está allegar.
Me señaló una página, hacia el final.
-Aquí está escrito con todas las letras que el Anticristo aparecerá, de acuerdo con las Escrituras, en el año del papa de 1666.
Repitió aquella cifra cuatro o cinco veces, escamoteando cada vez un poco más el «mil» del comienzo. Después me observó, esperando mi reacción.
Como todo el mundo, yo había leído el Apocalipsis de Juan, y me detuve un momento en aquellas frases misteriosas del capítulo decimotercero: «Que el inteligente calcule la cifra de la Bestia; pues es la cifra de un hombre. Su cifra es 666.”

…..

“Por desgracia, los rumores sobre la peste no se han desmentido. Nuestra caravana se ha visto obligada a rodear la ciudad y alzar la tienda hacia el oeste, en los jardines de Meram. Hay aquí una multitud, ya que numerosas familias de Konya han huido de la epidemia y se han refugiado en este lugar, donde sopla un aire sano en medio de unas fuentes.
Llegamos a eso del mediodía, y a pesar de las circunstancias reina un espíritu…iba a decir «de fiesta»…no, no es de fiesta, sino de paseo despreocupado y resignado. Por todas partes hay vendedores de sirope y de zumo de albaricoque, que hacen chocar los vasos que acaban de enjuagar en las fuentes; por todas partes hay puestos humeantes que atraen, seducen y encandilan a grandes y pequeños. Pero yo no puedo desviar la mirada de la ciudad, que está muy cerca, mirar las torres de la muralla, adivinar las cúpulas y los minaretes. Allá hay otra humareda que sube, que oculta todo, que lo ensombrece todo. Ese olor no llega hasta nosotros, a Dios gracias, pero lo olemos con la nariz del alma y nos hiela la sangre. La peste, la humareda de la muerte. Dejo la pluma para santiguarme. Antes de volver a mi crónica.”

…..

“Aquí  tengo, junto a mí, encima de la mesa, El centésimo nombre…¿He de considerarme privilegiado de poseerlo ahora que termina el año fatídico? ¿Nos encontraremos realmente en los últimos días del mundo? ¿En los tres o cuatro días que preceden al Juicio Final? ¿Va a arder el universo para extinguirse después? ¿Es que las paredes de esta casa van a arrugarse y retorcerse como un papel en la mano de un gigante? ¿Es que el suelo sobre el que se alza la ciudad de Génova va a hundirse de pronto bajos nuestros pies, en medio de aullidos, como en un gigantesco y último temblor de tierra? Y cuando ese momento llegue, ¿podré todavía coger este libro, abrirlo, encontrar la página oportuna y ver aparecer súbitamente ante mí en letras fulgentes el nombre supremo que todavía no he conseguido descifrar?
A decir verdad, no estoy convencido de nada. Me imagino todas esas cosas, algunas las temo, pero no creo en ninguna. Durante un año entero he corrido detrás de un libro que ya no deseo. He soñado con una mujer que ha preferido a un bandido. He emborronado cientos de páginas, y no me queda nada…Sin embargo, no soy desgraciado. Estoy en Génova, arropado, soy codiciado y tal vez hasta un poco amado. Miro el mundo y mi propia vida como un extranjero. Nada deseo, salvo tal vez que el tiempo se detenga el 28 de diciembre de 1666.”

(Amin Maalouf, El viaje de Baldassare, páginas 17, 100, 473-474)