viernes, 5 de septiembre de 2014

"AGNÈS", LOS TORMENTOS DE UN AMOR ABSOLUTO



Agnès

Catherine Pozzi

Traducción de Manuel Arranz

Editorial Periférica, Cáceres, 2014, 62 páginas.



   Pocas veces como en este relato, Agnès, su escritura está tan ligada a la biografía de su autora, Catherine Pozzi, una escritora cuya sensibilidad la convierte en el prototipo femenino de la “letraherida”. Por eso mismo es de agradecer la amplia Nota en la que los editores nos informan de las vicisitudes existenciales de Catherine Pozzi (París 1882-1934) en un excelente resumen biográfico, y del origen, del porqué y del periplo editorial de Agnès, publicado en 1927 de forma anónima, firmado únicamente con las iniciales C.K . Solo en 1931, Catherine Pozzi, aquejada por un agravamiento de la tuberculosis, redacta un testamento con un autorretrato en el que Agnès aparece como introducción al diario que escribió desde 1913 hasta su muerte.

   Catherine Pozzi, nació en un hogar acomodado e ilustrado. Su padre, Samuel Pozzi fue un prestigioso cirujano, médico de la alta burguesía parisina y de grandes creadores como Marcel Proust. Su reputación como médico corría paralela a su fama como hombre mundano, con numerosas amantes, entre ellas, Sarah Bernhardt. Murió asesinado por un paciente descontento con la operación de testículos (varicocele) que le había efectuado. El contrapunto que marcó la infancia y juventud de Catherine, provenía de su parte materna: una madre y una abuela, ricas, practicantes de un rígido catolicismo, hecho que originará en la escritora profundas agitaciones religiosas. En 1909 Catherine contrajo matrimonio con el dramaturgo Eduard Bourdet. Un matrimonio desafortunado desde la misma noche de bodas, según parece intuirse en el enigmático Epílogo que Catherine añadió a Agnès poco antes de su muerte. Al año siguiente de su boda nació su hijo Claude Bourdet y la madre contrajo la tuberculosis que la acompañará el resto de su vida. En 1920, y con su matrimonio hecho trizas, conoce al poeta Paul Valery. Se suceden  años de pasión clandestina, violenta, exacerbada porque en el frío y cerebral Valery, cree haber hallado Catherine al Amante con mayúsculas, incluso al mismísimo Dios, cuando ya no creía en el cristianismo de su infancia.

   Dos años más tarde del inicio de su relación con Paul Valery, y ya divorciada de su marido,  inicia Catherine la escritura de Agnès, relato que será publicado en 1927, con un éxito inmediato y dando lugar a múltiples rumores en los cenáculos literarios con relación a su autoría. A pesar del éxito de este breve relato, Catherine Pozzi apenas publicó otros textos literarios. Consagró su vida a la redacción de su Diario. En 1935 se editaron póstumamente seis poemas de la autora (Ave, Vale, Scolopamine, Nova, Maya  y Nyx) de gran perfección formal que han merecido ser antologados en las grandes colectáneas de la poesía francesa del siglo XX.

   Agnès, el relato que nos ocupa, ha dado lugar a múltiples investigaciones. Inspirado sin duda en la novela Los cuadernos de Malte Laurids Brigge de Rainer Maria Rilke, amigo y corresponsal de Catherine, y sobre todo en la figura de Paul Valery en el que Pozzi cree haber descubierto al hombre de su vida (amalgama de gran inteligencia y ternura, igualmente profunda). Pero la pasión se convirtió pronto en decepción y en dolor y esto es precisamente lo que denotan los diversos períodos en los que la obra está escrita.

   Agnès nos presenta  a una joven soñadora y profundamente apasionada, pero que en realidad se sentía trágicamente sola como ha escrito Ph. Lejeune. Es el texto de una mujer en plena crisis de fe que transita desde un descreimiento religioso a otro amoroso, donde la soledad es su único refugio. Escritura pues del yo que camina entre el relato confesional y el diario, aunque desprovisto de cualquiera anotación cronológica. La tonalidad de esta pequeña obra nos remite a la escritura de los místicos, con una profunda pugna interior entre la realidad y los deseos, entre la ciencia y la fe. Y en el centro de todo, el objeto del delirio amoroso: la figura del amante, un Dios que dota de sentido la existencia de Agnès.

   El relato de Catherine Pozzi es una explosión de lirismo; escrito con un tono que nos puede parecer hoy en día plagado de afectación y cursilería. No obstante, el lector puede acercarse a esta brevísima obra viendo en ella el reflejo, no solo de una época, sino la expresión de los tormentos de una mujer que cree ciegamente en el amor absoluto y que al final la cruda realidad la hace explotar.



Francisco Martínez Bouzas



 
Catherine Pozzi a los 18 años
Fragmentos



“Todo ese amor que nadie recoge, ¿Quién sabe adónde va? Yo en cambio te fuerzo a ser antes de tiempo, comprendes, te tengo ya. Cuando llegue la hora, cuando esté lista, con el vestido y el corazón -cuando diga «Ahora, ahora» y tú no vengas (como tantas otras veces en que no has venido)- no dejaré que lo mejor que tengo se disipe en la otra punta del mundo.

Me siento, te escribo, amor, y te lo envío.”



…..



“Amo, amo cuerpos que no he visto jamás.

¿De dónde vienen?

¿Es eso el pecado original?

¿Dónde están? ¿En lo más profundo de mi memoria? ¿Pero qué memoria?

¿Están en el fondo de mi cuerpo. Es como si tuviera unos cuerpos que han amado mi cuerpo en el fondo de mi cuerpo. Todo lo que es grato los empuja contra mí, el viento, la primavera…Me hace sonreír…y esperar…y desesperar.

Amo…amo…No he hecho nada malo. Cuando un hombre guago me mira, yo miro hacia otra parte y se va.

Ay, que se vaya, que se vaya. Hay besos en mis manos y en mi corazón. Que no me toque, soy portadora de Dios. Me doy la vuelta, el hombre se va, adopto una expresión orgullosa.”



(Catherine Pozzi, Agnès, páginas 21-22, 53-54)

martes, 2 de septiembre de 2014

"PROFECÍA": LA DRAMÁTICA BELLEZA DE UN RELATO PERFECTO



Profecía
Sandro Veronesi
Traducción de Xavier González Rovira
Editorial Anagrama, Barcelona, 2014, 72 páginas.

   En una selección aprobada por el autor, Anagrama publica tres textos de Baci Scagliati Altrove del escritor Sandro Veronesi (Florencia, 1959), uno de los grandes narradores italianos de nuestros días. La edición original (Roma, 2011) contiene catorce cuentos en los que está presente la vida, la muerte y sus rostros dramáticos y misteriosos, reflejados por la pluma magistral y siempre lúcida de Sandro Veronesi. En la edición española, rotulada con el título del primer texto de la italiana, el lector se encuentra con tres de los textos más significativos de Veronesi, comprimidos en muy pocas páginas y que tematizan las relaciones entre padres e hijos en ese trance en el que damos el salto de la adolescencia inocente o inconsciente a la madurez adulta, en la que ya somos capaces de percibir el mal, aunque sea en forma de resentimientos, de dolor o de anuncio sibilino y profético de la propia muerte que se incrusta en nuestra alma a partir del fallecimiento del progenitor.
   “Profecía”, el primero de los relatos y el más extenso, es una verdadera gesta literaria, una historia magistral que nos hace estremecer porque nos pone delante de los ojos asuntos con circunstancias terribles en el entorno de las relaciones humanas más próximas, como lo son las paterno-filiales. Sandro Veronesi, en un monólogo emitido, aunque sea de forma ficcional, por el propio autor (“Yo sé quién eres, Alessandro Veronesi…) presenta la historia de un hijo que acompaña la agonía y la muerte de su progenitor. Una de las historias más antiguas del mundo: el hijo que entierra al propio padre. Sin la más mínima reticencia y vibrando con la trágica profundidad del tema, el narrador que habla de una forma trepidante, caótica, pero poética, sin apenas utilizar puntos y apartes, describe la agonía y la muerte del padre del escritor al que se dirige. El protagonista se esfuerza por proporcionar al padre las mismas atenciones y terapias que prestó a su madre; intenta así mismo recuperar lo más sustancial e importante de las vivencias familiares, reviviendo en la agonía paterna episodios traumáticos de su infancia. Y con una lucidez desazonante, expone sin tapujos lo indecible: que la eutanasia ya existe, es una práctica terapéutica, si bien camuflada por eufemismos (“protocolo nivel A, protocolo nivel B”), que el instinto de matar al padre es tan antiguo como el mundo.
   Un monólogo sorprendente y perturbador que se aproxima al tema de la enfermedad y de la muerte como acontecimientos universales, pero expresado con una voz insólita, evocativa, seca, concentrada únicamente sobre la angustia del sujeto, sin la más mínima concesión al entorno, que convierte a “Profecía”, a pesar de su brevedad, en un relato perfecto, hermoso, una pequeña y extraña joya literaria en el maremágnum de un universo editorial dominado por la falta de sustancia literaria de tantos best sellers.
   Las relaciones padre-hijo aparecen igualmente en los otros dos relatos de la edición española, escritos con prosa igualmente cortante como el filo de un cuchillo que nos hiere en lo más profundo. Aunque, en comparación con “Profecía” poseen menos entidad literaria. En “Muerte por algo”, Ropiten, un joven adolescente que desde los seis años acompaña a su padre en sus partidos de billar en un club, lleva el conteo de los puntos sin equivocarse nunca. Muerto  de un infarto el progenitor, un día se le ocurre hacer trampas y más tarde dejar de hacerlas, provocando un caos entre los jugadores. Entonces pudo decir que su padre había muerto por algo.
   Victorias y derrotas entre padres e hijos es el hilo conductor del relato “Lo que ha sido será”. La batalla entre un padre dominante, siempre con cara de verdugo, y su hijo empeñado en hundirse voluntariamente en su destino, y así vengarse de la figura paterna, empecinada en buscarle un amigo del alma para compararlos y así humillar al hijo. Respuesta simbólica la del hijo -que incluso suspende voluntariamente los exámenes escolares- , aunque el futuro dejará sorpresas impensadas, tragedias pequeñas o mayúsculas para unos seres que deambulan en la vida familiar como en una guerra.
   Sandro Veronesi sabe plasmar en sus relatos, con enorme sabiduría narrativa, acontecimientos vitales que estremecen -la muerte, incrustada en el misterio de la vida-; otros de menor calado, referidos siempre a la relación padre-hijos, mas llenos igualmente de paradojas, sorpresas, contradicciones, que son y seguirán siendo siempre la esencia de nuestra existencia. Así pues, una pequeña gran obra literaria, llena de magia y sobre todo de profundidad.

Francisco Martínez Bouzas


Sandro Veronesi

Fragmentos

“Yo sé quién eres, Alessandro Veronesi, conozco tu intuición, y te digo que te las ingeniarás y te las apañarás para que tu padre no muera en una cama de hospital sino, según su voluntad, en la suya, en el corazón de su morada, en el primer piso del edificio racionalista de la calle Bruno Buozzi, 3, en Prato, proyectado por el mismo en 1968, donde tu fuiste niño. Harás eso por él pocos meses después de haberlo hecho por tu madre. Sé también que, en consecuencia, asumirás la responsabilidad de hacer que le suministren todas las terapias domiciliarias que va precisar, incluidas las necesarias para hacer frente a las frecuentes emergencias provocadas por su graves enfermedades concomitantes, y te digo que te esmerarás en hacer esto sin llamar nunca al 118, con el fin de evitar el peligro de un ingreso, salvo obviamente en los eventuales  casos de vida o muerte, y por eso te estoy diciendo que, a pesar de carecer de competencia médica, asumirás la responsabilidad de distinguir tales emergencias de los eventuales casos de vida o muerte -por ejemplo, una oclusión intestinal-, y que vas a hacer esto pocos meses después de haberlo hecho por tu madre.”

…..

“(…) ya no será el doctor Ciulli sino el doctor Benenato, bajo cuya dirección empezarás por tanto a suministrarle sulfato de morfina a tu padre -primero en comprimidos, MS Contin de 30 mg, uno cada doce horas, luego cada ocho, luego cada seis, luego de 60 mg, luego ya la ampolla, Oralmorph solución oral en recipiente monodosis de 10 ml, una cada ocho horas, luego cada seis, cada cuatro-, y te descubrirás manteniendo una relación con su cuerpo drogado bastante más estrecha y profunda que la que mantendrá él mismo, te encontrarás manipulando, lavando y secando, por ejemplo, masajeando, estimulando y friccionando ese cuerpo, y de éste, del cuerpo enfermo de tu padre, te convertirás en pastor, afeitarás su rostro con la Braun de cuatro cabezales giratorios que le habrás regalado por Navidad.”

…..

“(…) pero también, Alessandro, yo te digo aquí que esta lucidez suya va a durar tan sólo unas horas, y que tras la siesta vespertina se despertará presa de ambas cosas, paranoia y dolor, y rugiendo te acusará de ser la causa y te ordenará que lo saques fuera de allí, fuera de allí, fuera, fuera, y por desgracia tengo que decirte que tú no lo entenderás, y que lo tomarás al pie de la letra, y le contarás con toda la dureza posible que no puedes llevártelo fuera de allí, que ésa es su casa, y le recordarás que él siempre ha dicho que no quería dejarla, etcétera, y él se exasperará, y casi llorará, al ver que su hijo sigue sin entender, y se desesperará, y gritará, y sostendrá que se lo habías prometido, y tú seguirás sin entender, y dejarás de llevarle la contraria para no hacer que se cabree todavía más, pero seguirás tomándolo al pie de la letra y seguirás sin entender lo que te está pidiendo, y de todas formas harás igualmente lo que él quiera que hagas, y que será llamar por teléfono a Benenato  y decirle que hay una emergencia, y Benenato se encontrará en las inmediaciones y acudirá en persona al cabo de pocos minutos, y tu padre te lo agradecerá y se calmará enseguida, y se calmará aún más cuando Benenato decida inyectarle la morfina por vía intramuscular, y cuando se haya marchado, diciéndote que si tu padre no se calma y no se duerme después de esa inyección, él tirará a la basura todos los libros con los que ha estudiado, tu padre te dará las gracias y te pedirá que te eches a un lado, y te cogerá la mano, y te encargará que sus cenizas -que en ese momento, quién sabe por qué, llamará arenas- sean esparcidas en el mar, en el mismo lugar en que pocos meses antes habréis esparcido las de tu madre…”

(Sandro Veronesi, Profecía, páginas 11-12, 19-20, 28-29)

lunes, 1 de septiembre de 2014

"NOS ACOSTUMBRAREMOS": SER MUJER HOY EN TEHERÁN



Nos acostumbraremos
Zoyâ Pirzâd
Traducción de Isabel González-Gallarza
Ediciones Siruela, Madrid, 2014, 257 páginas.

   Prácticamente desconocida en España, como en general toda la literatura iraní, Zoyâ Pirzâd es sin embargo, la escritora persa más reputada en el panorama internacional. Nacida en el seno de una familia cristiana en Abadán (1952), ha conseguido ver toda su obra traducida al francés. Su última novela, Adat Mikonim, a otros muchos idiomas, entre ellos al español. Escribió y publicó relatos breves y en el año 2001 su primera novela, Cheragh - ha ra man Khamush mikonam  recibió múltiples premios tanto en su país como en Francia (Prix Courier Internattional 2009).
   La temática predominante en su escritura son las relaciones familiares a las que se acerca desde un punto de vista feminista. Por eso mismo sus textos, abordan, sobre todo, las normas sociales impuestas a las mujeres por su propia familia y por una sociedad profundamente machista. Zoyâ Pirzâd, muy concienciada de su rol femenino, aborda en sus obras las principales preocupaciones de la existencia de las mujeres dentro de los diferentes estratos sociales. Y sobre todo, quiere aportar visibilidad a sus problemas, a sus conflictos, confrontando con frecuencia dos generaciones para resaltar precisamente esas disonancias que se producen entre las actuales mujeres iraníes  y las que forman parte de las generaciones que las preceden.
   En ese contexto y con esos mimbres teje la novela que Isabel González-Gallarza traduce del francés y edita Siruela, Nos acostumbraremos
   La novela está protagonizada por Arezu, una mujer iraní que ronda los cuarenta, culta y emancipada. Vive en Teherán donde dirige una agencia inmobiliaria, heredada de su padre, lo que le permite sostener dos casas, a su madre y a su hija y pagar las deudas que su progenitor había dejado en el negocio familiar. Está divorciada y habita con su hija y su madre, que viven de espaldas a la realidad, atadas por sus caprichos y, en el caso de la madre, por las convenciones sociales, con las que diariamente se tiene que enfrentar Arezu. Sus días, a pasar de la rutina, trascurren velozmente entre las obligaciones laborales y las ataduras familiares. Hasta que un día, por medio de su amiga Shirine, que actúa como una celestina, conoce a Sohrab Zaryu, un cliente de la agencia. Pronto surge entre los dos una relación amorosa que en un primer momento las personas cercanas a la protagonista, excepto su madre, ven con buenos ojos, pero, cuando Arezu decide contraer matrimonio, las cosas cambian y la protagonista se verá en la tesitura de tomar una difícil decisión: seguir la llamada del amor o ceder a la voluntad de sus familiares y amigos.
   La novela de Zoyâ Pirzâd pivota sobre dos pilares que mantienen toda su estructura: la historia de amor de la protagonista y Zaryu y la imagen del Irán actual. Ambos soportes están construidos, sin embargo, de una forma un tanto superficial: una historia de amor en la que falta la expansión de los sentimientos y emociones y que se limita a un ir y venir por restaurantes, viajes en coche… que silencian los latidos del corazón. La imagen que la novela refleja del actual Irán, es demasiado plana. Falta la descripción profunda del alma de un país, substituida por una suerte de guía turística.
   Resalto, no obstante, la imagen que la narración ofrece de la situación de la mujer en el actual Irán, que contradice esa relación que llega de Occidente, de mujeres ultrajadas, humilladas, lapidadas o forzadas a huir de su país. La autora se esfuerza en demostrar que, aunque atadas a muchas constricciones tradicionales, ser mujer hoy en Teherán es algo muy similar a serlo en cualquier otra parte del mundo: las mujeres iraníes trabajan duramente como la protagonista, estudian, luchan, afrontan los problemas de cada día e intentan obtener las cosas que ansían, que son de su agrado. Justamente como hace Arezu, la protagonista de la novela. En realidad, como en cualquier otro rincón del mundo, entre las mujeres iraníes existen formas muy diversas de vivir su identidad femenina. Es la gran lección que transmite esta novela.

Francisco Martínez Bouzas


Zoyâ Pirzâd

Fragmentos

“Ni uno ni otro pronunciaron palabra hasta que llegaron a la verja Bagh-e melli. Arezu se preguntaba por qué aplazaba siempre lo que debía y quería hacer. Si les constaba a Ayeh y a Mah-Monir su decisión, ¿qué ocurriría? Mah-Monir seguramente montaría su clásico numerito, y puede que incluso refunfuñara. Y Ayeh le soltaría algunas pullas, o quizá no. Al final Sohrab terminaría por hablar con ellas, ese hombre sabía muy bien lo que hacía. Era muy capaz de hablar con ellas…¿Por qué no se lo permitía? ¿Por qué no se decidía? ¿Por qué? Dudaba, pero ¿de qué? ¿Acaso tenía miedo? Sohrab se detuvo ante la gran puerta de hierro forjado, levantó la vista y miró hacia el parque.”

…..

“Arezu se tendió en la cama. Con las manos detrás de la nuca contempló el techo, preguntándose por enésima vez: «He tomado la decisión correcta?» Lamentaba que su padre ya no estuviera ahí para aconsejarla. Pero ¿en qué habrían cambiado las cosas? Su padre siempre estaba de acuerdo con lo que decía o con lo que quería. Y con Mah-Monir, igual. Poco importaba que madre e hija no estuvieran nunca de acuerdo entre sí. «¿Cómo hacía para contentaros  alas dos?», se preguntaba Arezu. Se volvió sobre la cama y contempló el tocador, los frascos de perfume, los tarros de crema, los tubos de pintalabios, la foto de sus padres a la orilla del río, aquella otra foto, más grande, de Ayeh de niña que sonreía mostrando los huecos dejados por los dientes que se le acababan de caer.”

(Zoyâ Pirzâd, Nos acostumbraremos, páginas 186, 210)

jueves, 28 de agosto de 2014

"EL PASO DE LA HÉLICE": EL PODER TRASFORMADOR DE UN LIBRO



El paso de la hélice
Santiago Pajares
Ediciones Destino, Colección Áncora y Delfín, Barcelona, 2014, 430 páginas.

   El paso de la hélice es una apuesta de Ediciones Destino por una novela que un joven y desconocido autor, Santiago Pajares (Madrid, 1979) comenzó a escribir a los veintitrés años alcanzando un inesperado éxito, con traducciones a varias lenguas, el japonés entre ellas. Santiago Pajares, que cifra como objetivo de su labor como escritor, cuando escribe una novela, no gustar a todo el mundo sino tratar de emocionar a unos pocos, dispone ahora de una plataforma mucho más amplia al ver reeditada su novela en un sello editorial como Destino, grande y prestigioso. Es la breve historia que explica el nacimiento y el recorrido de este libro. Su primera y su segunda vida en este caso.
   El paso de la hélice es un libro de búsquedas. Nos acerca a las peripecias de un hombre que debe buscar a otro, misterioso, oculto tras un pseudónimo, autor de una exitosa saga, La hélice, (algo así como El señor de los Anillos del siglo XXI). Es David Peralta que trabaja en una editora en la que publica sus libros Thomas Maud, el desconocido y exitoso narrador. Al no haber recibido la casa editora el nuevo volumen de la saga, deberá localizar a Thomas Maud y conseguir para su editorial ese original. Pero Thomas Maud oculta su rostro, no quiere ser encontrado y la única pista que de él se posee es que tiene seis dedos en su mano derecha. Y el editor inicia su búsqueda en Bredagós, una perdida aldea del Valle de Arán, un lugar en el que, sin embargo, se mueve una extraña colección de personajes. Mientras David Peralta lleva cabo su frenética y delirante búsqueda de la que depende el éxito de la editorial al borde de la ruina, y pone en juego su matrimonio y felicidad personal, un ejemplar del manuscrito de La hélice corre de mano en mano por Madrid, es leído por numerosas personas a las que transforma hasta el punto de hacerles de nuevo protagonistas de sus propias existencias. Es el poder de un libro sobre el destino de las personas. En el periplo indagatorio del editor, el texto de Santiago Pajares nos permite conocer por ejemplo aun joven drogadicto que lee el original de la novela y su lectura hace que algo reviente en su cabeza y se decida a desengancharse de la droga. El encuentro con éste y otros personajes se convierte en una incursión que le permite al lector bajar al mundo demoledor de la drogadicción y también al arduo camino de la superación. Otros personajes, igualmente problemáticos y con vidas extraviadas, hacen acto de presencia en esta novela porque son igualmente lectores del ansiado y perseguido manuscrito.
   La novela de Santiago Pajares, pese al paso del tiempo de su escritura y primera edición, no ha perdido frescura ni actualidad. El autor relata de una forma sencilla, con diálogos ágiles, con una escritura no pretenciosa pero sí muy plástica que nos permite visualizar no pocas escenas. Estilo pues muy cercano a una filmación cinematográfica. Con un ritmo adecuado que va acompasando la trama en un atrapante “in crescendo”  y un final muy natural que no pretende sorprender pero sí provocar satisfacción en el lector. El relato de la búsqueda del misterioso Thomas Maud en el Valle de Arán se configura como una verdadera “road movie”, con escenas hermosas que a la vez hielan la sangre, como la descripción de los árboles de un bosquecillo con nombres de los habitantes del pueblo escritos en sus troncos, que se convertirán en las maderas de los futuros ataúdes de esas personas.
   La novela no es ajena a la realidad social de nuestros días. La crudeza, por ejemplo, del mundo de la drogadicción aparece retratada sin eufemismos. A pesar de eso, El paso de la hélice es una obra cien por cien optimista, basada en el poder transformador de un libro. Situaciones absurdas, tratadas con buenas dosis de humor, acrecientan esa tonalidad optimista de la novela. Desde la primera página, y especialmente desde el capítulo tercero, el lector descubrirá que ésta es una novela que merece la pena y que disfrutará con su lectura.

Francisco Martínez Bouzas


Santiago Pajares

Fragmentos

“La historia de la literatura estaba llena de escritores que cambiaron su destino gracias a un libro, y los jóvenes aspirantes lo sabían y se esforzaban para que su historia se hiciera realidad. Siempre poniendo lo mejor de sí en cada párrafo, escribiendo docenas de veces algunos de los capítulos que ahora leía David en la cómoda butaca de su despacho. Las esperanzas que depositaban los aspirantes de sus libros, ellos las depositaban en un pequeño cuarto junto al material de oficina.”

…..

“El pequeño riachuelo que vadearon a la ida quedó oculto por la maleza, y sin ese punto de referencia comenzaron a andar a tientas. Tras sortear algunos macizos de rocas llegaron a una explanada donde unas enormes hayas se alzaban delante de ellos en línea recta. Pensaron que sería algún sistema para repoblar el bosque  y que no debían de estar demasiado alejados del pueblo. Flanqueados por los árboles, como si se tratara de un extraño pasillo natural, se dieron cuenta de que en cada una de las cortezas había un nombre y un apellido, como si hubieran bautizado cada árbol para tenerlo identificado (…)
Me gusta cuidar los árboles. Cada uno cuida el suyo.
-Sí, ya nos hemos dado cuenta de que cada uno tiene un nombre. Es muy curioso.
-¿Te importa que ponga el mío en uno? Uno que esté libre, claro.
Esteban no contestó de inmediato, sino que meditó la respuesta. Finalmente dijo:
-Si está libre no es de nadie. Y si lo quieres, adelante.
David sacó su navaja de campo y escribió su nombre cuidando la caligrafía en una superficie sin nudos de un árbol cercano. Detrás de su propio nombre escribió una y, e iba a escribir el de Silvia a continuación, cuando Esteban le detuvo.
-Lo siento, sólo un árbol por persona.
Los dos se miraron sorprendidos, como si hubieran incumplido alguna norma de buena educación.
-Disculpa -dijo Silvia-, ¿es por alguna norma del lugar?
-No. Es que habéis escogido un árbol joven y no va a tener madera para los dos.
-¿Perdón? ¿Madera para los dos?
-¡Desde luego! Ahí no hay madera para dos personas. Ni aunque pasen cuarenta años, confiad en mí.
-¿Madera para qué? – preguntó David
-Para el ataúd por supuesto- dijo Esteban como si fuera algo evidente.
-¿Cómo que el ataúd?
- Cuando un niño nace, sus padres escogen para él un árbol, para que cuando fallezca, se tale y se construya un ataúd. Su ataúd.”

…..

“¡Qué vida de mierda! Fran miraba alrededor y sólo veía a yonquis que iban o  venían de Las Barranquillas, andrajosos, con las costillas marcadas debajo de camisetas llenas de manchas, ojos vidriosos, manos temblorosas y almas tristes. No había sonrisas en esa zona. A un lado vio a una chica arrodillada delante de un tipo con los pantalones bajados. Fran creyó que era una prostituta haciendo un trabajito en plena calle, pero unos pasos más allá se dio cuenta de que le estaba clavando una aguja en el pene. Por eso Fran trataba de picarse siempre a lo largo de la vena, para evitar infecciones. Muchos lo hacían por no dejar marcas visibles, sobre todo los primerizos pero que se te infecten los dos brazos y tengas que inyectarte la droga en el pijo, ya verás qué risa. El hombre tenía los labios apretados y los ojos cerrados, pero su expresión distaba mucho de parecer un orgasmo, al menos hasta que la dosis hiciera efecto.”

(Santiago Pajares, El paso de la hélice,  páginas 38, 160-162, 226)

martes, 26 de agosto de 2014

"JULIO CORTÁZAR Y CRIS", LA MUTUA FASCINACIÓN



Julio Cortázar y Cris
Cristina Peri Rossi
Ediciones Cálamo, Palencia, 2014, 126 páginas.

  
(En recuerdo de Julio Cortázar que hace cien años, el 26 de agosto de 1914, inicio su vida física.)                                  

   Lo primero que Cristina Peri Rossi nos dice en esta crónica de su irrepetible e imposible amistad amorosa con Julio Cortázar es que no fue a su entierro. Se negó a compartir la dudosa complicidad de los supervivientes, los precariamente vivos. Y lo segundo es una revelación que contradice lo que habitualmente se cree: Julio Cortázar no murió de cáncer, sino de una enfermedad en aquel entonces todavía no diagnosticada, sin nombre específico, conocida únicamente como “pérdida de defensas inmunológicas”, que ya se había llevado a la tumba a Carol Dunlop, la segunda esposa del escritor. Enfermedad que Julio Cortázar contrajo debido a una masiva transfusión de sangre contaminada de sida, recibida a raíz de una hemorragia estomacal. Este libro, no escrito precisamente en los meses anteriores a su publicación, sino casi todo él en el año 2000, es la contribución de Ediciones Cálamo y de la escritora nacida en Montevideo en 1941 al “año Cortazar” (centenario de su nacimiento, treinta años de su muerte).
   Cristina Peri Rossi conoció a Cortázar en la última década de la vida del escritor argentino. Tras el encuentro, vivieron una relación intensa, repleta de connivencias y complicidades, literatura, seducción  y de un amor imposible dada la identidad sexual de la joven uruguaya que excluía no solo a Cortázar sino a todos los hombres. No obstante, eso no se interpondría entre ambos, en la profunda amistad que cultivaron, fruto de la cual es la mejor poesía que escribió el Gran Cronopio, los Quince poemas de amor a Cris, escritos y enviados de forma privada a Cristina Peri Rossi y que aparecieron reunidos y editados póstumamente en Salvo el crepúsculo.
   En esa íntima y profunda amistad, cómplice y complicada, ahonda  Cristina Peri Rossi en esta crónica confesional y sentimental; un relato ameno y emotivo, rebosante de situaciones, diálogos, anécdotas que revelan la auténtica cara de Julio Cortázar en la intimidad, y que, según la escritora, no se diferenciaba demasiado de la de su figura pública como escritor, ya que en Cortázar vida y escritura se fusionan y se retroalimentan mutuamente. Visión sobre todo cercana del Cortázar más cotidiano, la persona de carne y hueso alejada del mito literario.
   El texto de Cristina Peri Rossi revela, como he dicho, esa íntima e intensa relación: desde el encuentro epistolar (Fue Cortázar el que descubre a Cristina a través de la lectura de la primera novela de la uruguaya, El libro de los primos, y a raíz de ese hallazgo le escribe una carta que ésta recibe en el exilio barcelonés), el encuentro físico en la gare Austerliz de París, la común afición por los dinosaurios, la fascinación por los caleidoscopios. Las “provincias”  no compartidas, como el gusto de Cortázar por el boxeo. Otras en las que eran plenamente afines, como el amor  por la poesía, por Barcelona, el común rechazo de la homofobia del castrismo cubano y de la triunfante revolución sandinista en la persona de su ministro de Interior, Tomás Borge. El amor de Cortazar hacia otra persona, Carol Dunlop, la fraternidad que nace de inmediato entre ambas mujeres. Cris convertida en la musa de los poemas que Cortázar le envía por carta en 1977.
   En la segunda parte de la publicación, la autora nos revela la trayectoria editorial de los Poemas de amor a Cris y nos permite leer algunos de los textos por ella escritos sobre Cortázar y publicados después de la muerte física de éste.
   Fiel retrato pues del Cortázar íntimo y de la propia Cristina; reflejo de una amistad que pervive más allá de la muerte física  del argentino. También de la mutua fascinación. Lectura agradable, un texto que tira del lector y es a la vez un excelente medio de acercarse o de recuperar al Gran Cronopio que tal día como hoy cumple cien años y que “como escritor de ruptura, eternamente joven, persiste en la memoria” (página 122).

Francisco Martínez Bouzas


Julio Cortázar y Cristina Peri Rossi

Fragmentos

“Cuántas veces, caminando por Barcelona, por Paseo de Gracia o por la Gran Vía, algún lector, alguna lectora, lo reconocían y se acercaban, emocionados a saludarlo. Julio tenía una admirable cortesía perfectamente distanciadota («¿Dónde aprendiste vos esa politesse tan medida? ¿La traías puesta de Buenos Aires o es una adquisición francesa?», le preguntaba yo.) Siempre admiré esa sabia distancia justa que conseguía de manera espontánea. (Años después de su muerte, Julio, yo escribí un poema que empieza así: «En el amor y en el boxeo / todo es cuestión de distancia». Solo entonces me di cuenta de que la distancia justa no la habías aprendido ni en Buenos Aires ni en París, sino en el ring, de los boxeadores admirados.”

…..

“Ambos amábamos la poesía. Julio, siempre quiso ser poeta, aunque era muy severo con sus poemas.«Por suerte -me escribió una vez- tengo una idea muy clara del lugar que ocupa mi canasto de papeles, y solo acepto los poemas que escribo muy pocas cosas, cada vez menos.» En 1979, me hizo un regalo muy íntimo: me envió una cinta con los poemas de mi libro Lingüística general leídos por él. Me causó una emoción tan honda que hasta el día de hoy no he permitido que casi nadie los oyera. Cuando estoy o muy nostálgica, sin embargo, coloco la cinta en la grabadora y su voz melancólica, pausada, con las erres inconfundibles, me instala en la eternidad sin tiempo de la memoria, allí donde Bergson («leí a Bergson cuando era muy joven y su concepción del tiempo me impresionó mucho») instaló los sentimientos. Desde entonces pienso que tendríamos que conservar la voz de nuestros seres queridos como conservamos las fotografías o los objetos fetiches. Pero mientras la fotografía es plana, la voz guarda, siempre, el aliento de la vida, nos devuelve mucho más entera a la persona añorada.”

…..

“Somos los últimos románticos, te dije un día, y vos que te creías surrealista, asentiste con picardía. En una época que todo lo consume (asesinatos, violaciones, terremotos, diásporas, campeonatos, celuloide, mucho celuloide) resistimos como Noé en su barca. Cuando escribí aquel verso («En toda generación hubo un diluvio») me dijiste que los cronopios siempre sobrevivían, aferrados a un mástil en forma de poema, aferrados al ambivalente goce de escribir, amar y, especialmente, sonreír. «Tenemos un ángel de guarda», dijiste, y yo te contesté: «De la guardia».

(Cristina Peri Rossi, Julio Cortázar y Cris, páginas 33-34, 45, 100)

domingo, 24 de agosto de 2014

LA ESCRITURA COMO LUCHA CONTRA EL OLVIDO



La hierba de las noches
Patrick Modiano
Traducción de María Teresa Gallego Urrutia
Editorial Anagrama, Barcelona, 2014, 166 páginas.

   Patrick Modiano está considerado por muchos lectores como el novelista vivo más importante. Y cuando sus novelas son traducidas al español por María Teresa Gallego Urrutia, como  la que acabo de leer, la valoración se acrecienta. Obras como El libro de familia, Calles de las Tiendas Oscuras, Premio Goncourt, Un pedigrí o El lugar de las estrellas, La ronda nocturna, Los paseos de circunvalación publicadas en castellano por Anagrama en un solo volumen (Trilogía de la Ocupación) así lo confirman. El género que más frecuenta Modiano es la novela breve (nouvelle) y La hierba de las noches no se aparta de esas coordenadas; ni tampoco se aleja del estilo habitual de su prosa: escritura sutil, minuciosa y sobre todo poética, que es la marca  de toda su escritura. Hay además en la narrativa de Patrick Modiano varias ideas-eje: la escritura como medio de lucha contra el olvido, como recuperación del ayer. Contra el olvido de todo: familiares, personas amigas, las calles del viejo París y, sobre todo, la barbarie que avasalló el siglo XX. Otra es esa fascinación por penumbras inquietantes, sus incursiones en pasados turbios. Todo eso configura lo que se ha llamado “Universo o país Modiano”, centrado en torno  al París mítico de los años 60, hoy desaparecido, poblado por climas nebulosos, brumas, cafés, calles donde el escritor vivió y creció en su niñez, adolescencia y juventud. Y sobre todo, mucha nostalgia porque ese París es una ciudad que solamente existe en los libros de Modiano.
   En La hierba de las noches Modiano no desentona de ese clima escritural de sus anteriores novelas. En ella, el escritor retorna de nuevo a un pasado ya desaparecido, a una época que solamente cobra vida en los recuerdos que Modiano llega a confundir con los sueños; evocaciones llenas de elementos huidizos que el escritor había anotado en una libreta, como confirmación de su existencia y que, no obstante, llegan a constituir un verdadero enigma. Y como casi todas sus novelas, también ésta brota del mismo manantial: el tiempo misterioso, inquietante, frecuentemente peligroso de su adolescencia, habitado por personajes que acaban de salir de la clandestinidad, como su propio padre de origen judío, con frecuentes incursiones en el mercado negro.
   Jean es el protagonista y voz narradora de la novela y seguramente alter ego del propio Modiano. Es escritor dependiente de esa libreta negra  en la que apunta infinidad de notas. Solitario y perdido en un mundo hostil y a la vez atrayente, el París de los 60. Gracias a esa libreta, muchos años después puede mirar hacia atrás y reconstruir la etapa de su vida que se corresponde con esos años. Desde el presente se ve obligado a enfrentarse a varios personajes que conoció en aquellos momentos pretéritos: un antiguo amor, Dannie dice llamarse, que arrastra un pasado enigmático y misterioso que ella misma no desvela. Y a su par, una colección de “personas raras”, los golfantes huéspedes  del Unic Hôtel como Ghali Aghamouri, Langlais, Chastagnier, Duwelz o Gérard Marciano, cuyas verdaderas identidades se esconden bajo antifaces y que evaden las preguntas de Jean. El relato se centra en el paseo recordatorio  del protagonista por el viejo recinto urbano de su vida, tan alterado por el paso del tiempo. En ese recinto, el protagonista habrá de enfrentarse con lo que fue su desasosiego sentimental, que tenía lugar a la vez que las revueltas populares de la Francia poscolonial, o el secuestro de Ben Barka. Y un enigma que el lector no descubrirá hasta el final de la obra.
   Novela erguida con el aire que respira la memoria, tal como ésta se conserva muchos años después. Recuperando los recuerdos, el pasado, en una beligerancia contra el olvido, mas con la particularidad de que  La hierba de las noches está escrita como una novela negra, como un thriller policial. Rescate y elegía del pasado en el que una investigación policial  viene a ser la última frontera de las geografías pretéritas que, en el presente, se convierten en tiempo ido, en vejez. No sin razón, La hierba de las noches ha sido considerada como el culmen de una autoficción poética-policial. Porque el escritor nacido en Boulogne-Billancourt es capaz de amalgamar una trama de novela negra (un aire de suspense se incrusta en su esencia), con un texto escrito con finas suturas poéticas. No porque la prosa de la novela remede la poesía, sino porque el escritor es capaz de crear, con lengua precisa y mediante numerosas elipsis, una especie de estado onírico en la mente  del lector, que debe completar lo oculto y velado. En cuanto a su arquitectura interna, Modiano sitúa esta novela breve en las antípodas del canon compositivo tradicional. Aquí no hay introducción, nudo y desenlace. Solamente París y Modiano y esa aura melancólica, y por lo mismo triste, que produce la vivencia, muchos años después, del tiempo ido que solamente pervive en la memoria.

Francisco Martínez Bouzas

 
Patrick Modiano (foto de Catherine Hélie)

Fragmentos

“Ayer por la noche fui recorriendo con el dedo índice en el mapa el trayecto de París Feuilleuse. Era remontar el curso del tiempo. El presente no tenía ya importancia alguna, con esos días todos iguales con su luz sin brillo, una luz que debe de ser la de la vejez en la que nos da la impresión de estar sobreviviendo. Me decía que volvería a encontrar la hilera de árboles y las cercas blancas. El perro se me acercaría despacio, recorriendo el paseo. Había pensado a menudo que, aparte de nosotros, era el único habitante de la casa, e incluso el dueño.”

…..

“Sí, a veces la vida es monótona y cotidiana, como hoy, cuando estoy escribiendo estas páginas para dar con líneas de fuga y evadirme por las brechas del tiempo. Estábamos sentados los dos en el banco del paseo central, entre la parada de taxis y el hotel Taranne. El año siguiente me enteré también de que allí, en aquella acera, habían cometido un crimen, detrás de donde estábamos nosotros. Obligaron a subir a un coche -que dijo ser de la policía- a un político marroquí, pero de hecho fue un rapto y, luego, un asesinato. Y el nombre de «Georges», ese que estaba a menudo en el vestíbulo del Unic Hôtel salió en los periódicos como el de uno de los ejecutores de aquel crimen…”

…..

“Las estaciones cambian y se confunden en el recuerdo como si éste, con el paso de los años, viviera su propia vida, una vida vegetal, y no fuera nunca una imagen fija y muerta. Sí, las estaciones se mezclan a menudo; la primavera del invierno, el veranillo de San Martín… Cuando llegamos bajos los soportales, estaba lloviendo, una lluvia muy fuerte o, más bien, uno de esos chaparrones que lo pillan a uno desprevenido en verano.”

(Patrick Modiano, La hierba de las noches, páginas 43-44, 104-105, 114)

domingo, 17 de agosto de 2014

"MANAZURU", LA BARRERA FANTASMAL DEL RECUERDO



Manazuru
Una historia de amor
Hiromi Kawakami
Traducción de Marina Bornas Montaña
Acantilado, Barcelona, 2013, 214 páginas.

   Hiromi Kawakami es en la actualidad una de las más reputadas narradoras japonesas, aunque no se dio a conocer hasta comienzos de los ochenta, publicando con el heterónimo Yamada  Hiromi literatura de ciencia ficción. En 1994 apareció su primera novela, Kamisama y dos años más tarde Hebi wo fumu. Ninguna de las dos han sido traducidas al español. Acantilado, sin embargo, ha editado su producción literaria más reciente: Abandonarse a la pasión (1999), El cielo es azul, la tierra blanca (2001), El señor Nakano y las mujeres (2005) y Manazuru (2006), traducida hace unos meses al español.
   Esta novela, narrada primordialmente por mujeres, es un texto con una gran tonalidad melancólica que explora sentimientos amorosos, pero su tema de fondo no es precisamente una historia de amor, como reza el subtítulo, sino la narración de la barrera que se interpone ante el amado, bien sea el marido desaparecido misteriosamente, la hija adolescente que es la razón de la vida de la protagonista, pero que cada día está más distante, o un nuevo amor que llama a su puerta, que hace que vuelva soñar, pero que un arduo duelo no resuelto ni finalizado, le impide atender. Por eso mismo, si por algo puede atrapar a los lectores Manazuru, no es por un ritmo trepidante ni por un inesperado desenlace, sino, como ha escrito algún crítico, “por la armoniosa cadencia del texto, por la sutileza de sus descripciones o por la humanidad y cercanía de sus personajes” (Rafael Martín).
   La trama argumental de Manazuru se ajusta perfectamente a tales marcas de escritura. Como ya se ha dicho, en el núcleo diegético  de la novela están mujeres, tres mujeres: la narradora, su hija y su madre. En su órbita giran dos hombres: el marido de la protagonista que un día se evaneció  sin dejar rastro, aunque sí una única y oscura huella, y el amante que solo lo es entre interrogantes. Kei es una mujer madura. Su marido Rei había desaparecido de una forma brusca y enigmática hace más de diez años. Kei vive con su madre y con su hija cuyo amor la mantiene  a flote. Un nuevo hombre, Seiji, hombre  de negocios, casado, con hijos y muy ocupado, parece haber entrado en su vida, aunque solo la ama en su presencia. Mas la protagonista tampoco exige más, porque esa nueva relación atormenta su alma ya que su marido había dejado una pequeña anotación en su diario: la palabra Manazuru, el nombre de una pequeña población situada en la costa nipona. En búsqueda de una respuesta (saber si Rei está vivo o muerto o el motivo de su desaparición), Kei toma el tren a Manazuru una y otra vez. Pero en la localidad costera no está la respuesta. Una vez allí, realidad y fantasía se funden en un relato onírico y fantasmal: un mundo de espectros conversan con la protagonista y sus recuerdos cobran vida y se materializan en vivas escenas.
   La novela de Hiromi Kawakami puede ser leída  como el relato del proceso catártico  de una mujer que mora en una pausa permanente, impedida por el insalvable muro de los recuerdos. La autora, más que en los acontecimientos externos que rodean a la protagonista y sus preocupaciones familiares, se centra en el gran desasosiego que bloquea su corazón: el hecho de seguir amando al hombre que desapareció de su vida de forma repentina y misteriosa. Por eso mismo, y esa es en buena medida la estrategia narrativa de la escritora, todo lo que narra, todo lo que acontece se halla intensamente mediatizado por la subjetividad de la protagonista, hasta el punto de que todo lo que ocurre a su alrededor, así como sus sueños, visiones y expectativas terminan configurando una indescifrable amalgama entre realidad y ficción.
   Una pequeña obra de arte, narrada con estilo aparentemente muy simple, contenido, con ausencia de grandes énfasis y empaque. Un falso estilo plano, con diálogos perfectamente articulados, símiles insólitos y muy apropiados, una perspicaz mirada sobre la realidad inanimada y, sobre todo, esa tonalidad delicada que sale a flote, incluso en las escenas más fuertes como los tsunamis o en la que narra una carnalidad muy explícita (las escenas de sexo con el marido Rei o con el amante Seiji), y que convierten a Manazuru en un verdadero mapa de los sentimientos.

Francisco Martínez Bouzas




Hiromi Kawakami

Fragmentos

“Aquel paisaje me inspiraba tranquilidad. No recordaba cómo había sido mi vida durante los dos primeros años tras la desaparición de mi marido. Le pedí a mi madre que se instalara en mi casa, aceptaba todos los trabajos que me encargaban y conseguí salir adelante. Conocí a Seiji en esa época. Enseguida empezamos una relación. Ahora que lo pienso, ¿qué se entiende por relación?
Cuando Momo acababa de nacer, me sentía muy cerca de ella mientras la amamantaba, muy próxima. Incluso más cerca que cuando la llevaba en mi vientre. No era afecto ni ternura lo que sentía, sólo proximidad.
Relacionarte con alguien no significa estar cerca de esa persona, aunque no esté lejos de ti. Tengas o no una relación, siempre hay cierta distancia inevitable.”

…..

“Quería enamorarme. Cuando noté que Seiji me atraía, quise enamorarme de él. Él no me rechazó. Mi amor fluyó hacia él. Era mi forma de amarlo. Mis sentimientos, más o menos intensos, se dirigieron hacia Seiji o hacia su entorno. Le agradecí que no me rechazara. Rei había desaparecido  y yo no sabía adónde ir ni adónde dirigir mis sentimientos. Si no hubiera encontrado un lugar donde depositar mi amor, me arriesgaba a perder la noción del espacio y a desorientarme. Era el miedo a no poder determinar en qué dirección fluye la corriente de un río, a no poder distinguir el curso superior del inferior.
Cuando hacemos el amor, Seiji grita de vez en cuando. Cuando ríe, en cambio, no emite ningún sonido.”

…..

“Cayó la noche.
El hotel se llenó de ruidos: el murmullo de las olas, el rugido de los camiones que circulaban por la autopista, el crujido de la silla que ocupaba el cansado vigilante del turno de noche, el zumbido de numerosos insectos que revoloteaban en el exterior de las ventanas…
Hundí la cabeza en la almohada e hice un esfuerzo para recordar lo que había olvidado, lo que había querido olvidar.
La voz de Rei pronunciando mi nombre. Cada vez que me llamaba, el dolor atormentaba una parte de mi cuerpo. La voz de Rei se me clavaba como un cuchillo romo. No podía evitar amarlo. Estaba atrapada en sus redes. Me casé con él, tuve una hija con él y creía que, compartiendo nuestras vidas, conseguiría aplacar aquella pasión obsesiva, pero no pude.”

(Hiromi Kawakami, Manazuru. Una historia de amor, páginas 11, 25, 123)