domingo, 7 de agosto de 2016

"PARA VOS NACÍ": SOLA PERO VISIBLE ENTRE HOMBRES



Para vos nací
Espido Freire
Editorial Ariel, Barcelona, 2016, 2ª edición, 324 páginas

   En el quinto centenario del nacimiento de Teresa de Cepeda y Ahumada, la escritora Espido Freire asume, en Para vos nací. Un mes con Teresa de Jesús, el reto de acercar la existencia vital de esta mujer del siglo XVI a la sensibilidad de nuestro tiempo. El libro de Espido Freire, estructurado en cinco semanas y treinta y un días (capítulos), analiza las diversas facetas de la mujer que es santa y doctora de la Iglesia, pero sobre todo mujer en una época y en un mundo en el que esta era invisible, privada como estaba de voz propia. A la autora de Melocotones helados le viene de lejos el interés por ciertos personajes femeninos, dotados de una vida fecunda y quizás controvertida como Jane Austen o las hermanas Brontë. Y lo hace, en este caso, desde el filtro del agnosticismo, mas con el propósito de que sus páginas sean una nueva forma de ver al personaje y darle vida en nuestros días.
   El libro de Espido Freire puede leerse en un orden distinto del propuesto por la autora. Ella inicia su acercamiento a Teresa evidenciando las dificultades que una mujer del siglo XVI tenía para ser tal en un mundo de hombres: no debía ser vista ni oída, su visibilidad quedaba acotada a ser cristiana, pero desde un status de mosquita muerta. Las diferencias genéricas en el siglo XVI eran abismales: un insignificante número de mujeres letradas, y con una institución, la Santa Inquisición, uno de los grandes temores de Teresa junto con el infierno, acechando herejías, meras discrepancias o interpretaciones que no se ajustaban a la ortodoxia de la Contrareforma tridentina. La mano de hierro de la Inquisición reprimió ferozmente a luteranos y a aquellos religiosos y religiosas que pretendían buscar a Dios por otras vías, por el camino de la mística; la de los “alumbrados” en la versión española con varias “betas” salvajemente torturadas porque  pretendían seguir un camino propio de comunicación con Dios y crearse su propio universo religioso, muchas veces contaminado por la locura o excesos sexuales. En esos terrenos sumamente delicados, se tuvo que mover Teresa Cepeda. Corrían además malos tiempos para aquellos que deseaban mostrar su talento o adquirirlo.
   En la recuperación de su personaje, Espido Freire analiza la posibilidad de que Teresa fuera víctima de enfermedades mentales. No cabe duda de que fue una enferma de espíritu, tal como se definía en su tiempo: gran inestabilidad psicológica, somatizada intensamente en forma de éxtasis: alucinaciones, crisis de felicidad, quizás brotes epilépticos. Obsesionada además desde niña con las llamas eternas del infierno y con el miedo familiar -una familia de conversos- a la Inquisición. La escritura será una de sus terapias, una herramienta de curación.
   Entre los capítulos más interesantes y sugestivos del libro, anoto “Teresa y el cuerpo”, “Teresa y el erotismo”, “Teresa y la muerte” o “Teresa y la literatura”. Teresa de Ávila, no obstante admirar a determinados eremitas, nunca se dejó llevar por penitencias extremas, ni permitió que lo hicieran sus monjas. Sin ser objeto de especial atención, llega a ufanarse de su cuerpo, el cuerpo de una mujer hermosa, llegando incluso a la coquetería en ciertas etapas de su vida. Entre interrogantes queda la posibilidad de que Teresa llegara a conocer alguna faceta del sexo. Con uno de sus admiradores “estuvo a punto de perder la honra”, razón por la que su padre la interna en el convento de la Encarnación, sin que eso  a priori estuviera entre sus planes. Un cuerpo finalmente despedazado y desperdigado por medio mundo.
   No fue Teresa una erotómana, a pesar de las manifestaciones amorosas que salpican sus escritos, y de sus intensos apasionamientos. En un tiempo en el que el catolicismo anatematiza el amor y el sexo fuera del matrimonio e incluso dentro de él se aconsejaba días de castidad y huir de la “delectación”, Teresa comprende que debe liberarse de cualquier pasión ya que eso la alejaría de Dios. La salida que halla Teresa es la sublimación a través de la mística: siempre que sea por el amor a Dios, el corazón puede latir de forma intensa e incluso desordenada. Una experiencia capaz de proporcionar un placer intenso y un “dolor sin fin pero exquisito” (página 120).
   En un tiempo en que las Ars moriendi son muy populares, Teresa propone un método distinto de aceptación de la muerte: no solo era un acontecimiento ineludible, sino que no llegaba demasiado pronto. Por eso Teresa concibe la muerte como el gran momento ansiado de unirse a Dios.
   En la sociedad española del siglo XVI con un alto porcentaje de analfabetismo, y con la decisión y el consenso de que las mujeres deberían continuar siéndolo, parecía intolerable que una mujer se atreviese a hablar en público, a escribir y publicar. La condición e incluso virtud que mejor le sienta a la naturaleza femenina es el silencio. Teresa, sin embargo, aprendió a leer a temprana edad y pronto descubrió que una de sus pasiones se encontraba en las letras. Siendo niña se inició en la literatura con la escritura, junto con su hermano Rodrigo, de un relato de caballería: El caballero de Ávila, deudor del Amadís de Gaula. Ya en su edad adulta, el gran placer de Teresa será la escritura, una escritura automática, en la que la pluma volaba, en el decir de las monjas. El Libro de la Vida será su primera obra como adulta. La seguirán Camino de perfección, Desafío espiritual, las Fundaciones, Las Moradas… Una escritura cimentada en un estilo “táctil, sensual, inmediato”, y en una simbología fácilmente reconocible, expresión de su gran riqueza interior.
   Un mes con Teresa da mucho de sí. En treinta y un capítulos, casi todos ellos muy jugosos, Espido Freire traza, no la biografía de la Santa, sino un retrato de la personalidad de una mujer ambivalente y poliédrica, contextualizándolo en su época en la que se convierte en un personaje rebelde, sospechoso, discrepante con el espíritu del tiempo. Y lo hace transitando, aunque sin forzar situaciones, desde el siglo XVI al actual, con no pocas comparaciones con personajes y acontecimientos de nuestro hoy. Todo ello aderezado con un estilo de prosa cercano; una escritura basada en el sentido común y en la empatía entre el personaje perfilado y la dibujante que, en este caso esboza y colorea con el lápiz y los colores de la palabra.

Francisco Martínez Bouzas
Espido Freire

                                            Fragmentos

“Como los albigenses o cátaros varios siglos antes, también existían corrientes consideradas heréticas que propugnaban diversas reformas o el regreso a una Iglesia más inmediata o transparente. Teresa se movió ahí en varias ocasiones en terrenos muy delicados, porque su propia reivindicación de una austeridad mayor para sus carmelitas podía ser malinterpretada. Con el protestantismo en auge -y sus versiones patrias, como la de los alumbrados-, cabe entender las precauciones con las que ella, y quienes la querían, se movían.
Los alumbrados no pretendían ninguna estafa religiosa, sino una comunicación distinta con Dios; era un movimiento místico que procedía de algunas ramas franciscanas y que encontró particular acogida en Castilla, sobre todo entre algunos nobles cultos e insatisfechos. Cuestionaban la autoridad de la Iglesia y el que se pudiera ganar el cielo a través de lo que no se encontraba en la Biblia, sino que eran invenciones del clero. Su entrega a Dios era personal, absoluta, y en ocasiones eran favorecidos, como Teresa, por visiones y éxtasis.
Cuando la Inquisición volvió sus ojos a estos grupos rebeldes, Teresa era una niña. En torno a 1525-1530 fueron torturados o apresados la mayoría de sus líderes, entre ellos Pedro Ruiz Alcaraz, las beatas Isabel de la Cruz y María de Cazalla y varios otros defensores del trato directo con Dios. La Santa, por lo tanto, conocía bien esa derivación y huía de ella como de la peste.”

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“Teresa se atreve, en un alarde muy mal visto de originalidad, a gritarle a su entorno, misógino, conservador e inmovilista, que ya no necesita que la guíen, que ella sola puede marcarse el camino y además, indicárselo a otras. No contenta con eso, decide recuperar unos rigores para la vida y la oración que muchos consideraban una muestra de fanatismo, y otros, un reproche para quienes disfrutaban de riquezas y comodidades eclesiásticas. Y lo que es más, todo eso proviene de quien, desde hace años, es la comidilla de Ávila  por sus visiones y sus levitaciones, una monja quisquillosa y que ha cambiado tantas veces de confesor que posiblemente no tenga claras ni sus ideas ni las de la Iglesia. Además, ¿no es de sangre conversa?”

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“Vi a un ángel que se hallaba a mi lado de forma humana (…) El ángel era de corta estatura y muy hermoso, su rostro estaba encendido como si fuese uno de los ángeles más altos que son todo fuego (…) Llevaba en la mano un dardo de oro cuya punta parecía un ascua encendida. Me parecía que por momentos hundía el dardo en mi corazón y me traspasaba las entrañas y, cuando lo sacaba me parecía que las entrañas se me escapaban con él y me sentía arder en el más grande amor a Dios. El dolor era tan intenso que me hacía gemir, pero al mismo tiempo, la dulcedumbre de aquella pena excesiva era tan extraordinaria que no hubiese yo querido verme libre de ella.” (Fragmento de la Transverberación, Libro de la Vida)

(Espido Freire, Para vos nací, páginas 45, 75-76, 120-121)

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