miércoles, 26 de febrero de 2014

"LA HABITACIÓN OSCURA": DE LA FIESTA A LA RESACA




 

La habitación oscura

Isaac Rosa

Editorial Seix Barral (Biblioteca Breve), Barcelona, 2013, 248 páginas.



    
   Isaac Rosa (Sevilla, 1974) está considerado por algún medio de comunicación como uno de los doce narradores más relevantes del actual panorama narrativo español. Autor, pese a su juventud, de numerosas obras en el género narrativo y alguna en el ensayístico y dramático, ha sido galardonado así mismo con numerosos premios literarios importantes, entre ellos el Rómulo Gallegos (2005).

   Su última obra, editada por Seix Barral, es una muestra más de esa capacidad que tiene la literatura para aprovecharlo todo. En efecto, La habitación oscura es un reflejo de lo que está ocurriendo en nuestro tiempo, una verdadera habitación oscura en la que se encuentra buena parte de la ciudadanía de este país, azotada por la crisis. La imagen de la habitación oscura, piensa el autor, posee, un potente potencial metafórico para narrar el presente y hacerlo, además, desde un lugar extremo en el que la ficción sitúa al lector. Porque Isaac Rosa persigue una narrativa que enfrenta al lector con el conflicto. Y lo hace sin quedarse en la epidermis de la denuncia y tampoco en el discurso simplificador de la compleja realidad de nuestro tiempo, sino que cuestiona al lector. El resultado es una novela “desoladora, amarga y violenta, coherente con el momento que estamos viviendo”.

   La novela echa a andar cuando un grupo de jóvenes, en tránsito hacia la madurez, idea construir una habitación oscura. Esa habitación, cegada a cualquier rayo de luz, será durante un buen número de años el hilo conductor de sus vidas, el fetiche que dota de interés sus existencias. Y en esa cámara oscura experimentan nuevas formas de relación, practican sexo anónimo, las parejas se engañan mutuamente y dan rienda suelta a sus celos. Los heterosexuales descubren a ciegas la llamada de la homosexualidad y su incitación invisible. En las tinieblas de la habitación oscura se reconocen por cualquier atributo. Allí desarrollan una creciente fascinación que llega incluso hasta el hechizo, mas al salir  se convierten de nuevo en desconocidos y los emparejados vuelven a sus rutinas conyugales.

   Hasta que llega un momento en el que la comedia deja de tener gracia y de hipnotizar y entonces la habitación oscura cambia de función: deja de ser un lugar de liberación sexual para convertirse en refugio de silencio. Y es aquí donde comienza la parte más áspera e inquisitiva de la novela. Porque la realidad del incierto contexto social actual, los efectos y consecuencias de la crisis económica, la rutina o la putrefacción de las relaciones sentimentales penetran en el interior de esa cámara oscura. Y todos los que la frecuentan, tendrán que enfrentarse con la vida, sabiendo que todo tiene un precio, el precio de la lucha hobbesiana (“Homo homini lupus”)  en los paraísos capitalistas  y en el contexto de una sociedad que se derrumba mientras ellos follaban felices en su oscuro escondrijo.

   Es entonces cuando la novela de Isaac Rosa se convierte en un explosivo artefacto literario que retrata con fidelidad la miseria en la que subsistimos tras la quiebra del estado de bienestar, tras años viviendo por encima de nuestras posibilidades y engañándonos a nosotros mismo; con todas nuestras ilusiones rotas y con la vulnerabilidad laboral y personal instalándose en las existencias de ese grupo de mujeres y hombres que fueron jóvenes y frecuentaron despreocupadamente el refugio y el hechizo de la habitación oscura, transformada ahora en el lugar a donde huir, para evadir los problemas, morada íntima donde nos consolamos de un ERE, un despido o una derrota amorosa. Un lugar donde estar a salvo, al menos unas horas.

   Isaac Rosa escribe en La habitación oscura una novela fuertemente metafórica que tematiza no solo la crisis social y económica actual, sino también el paso de la ingenuidad juvenil al duro realismo de la edad adulta, convertido por la actual crisis en un laberinto sin salida. Una novela que necesariamente impacta al lector con momentos de gran crudeza tratados con realismo. Hace gala el autor de un estilo muy personal anclado en el realismo, un realismo no obstante a años luz del realismo tradicional asentado en el costumbrismo y el folletín. El retablo de sus personajes representa fielmente a toda una generación: la de aquellos que están soportando el derrumbe de sus ilusiones y de su bienestar. Acierta el autor con su escritura frecuentemente reiterativa e incluso machacona y enunciativa, muy apropiada para describir un elenco de personajes esclavos del trabajo, que reconstruyen su historia personal o incluso la historia social de todo un país. No anda errado tampoco el autor al elegir al narrador, cuyo nombre y género desconocemos, porque en la novela predomina la identidad grupal sobre la individual. Por eso La habitación oscura, como dice la fajilla que acompaña al libro, es la novela de tu una generación. Una pieza narrativa  que no puede pasar desapercibida.



Francisco Martínez Bouzas





 
Isaac Rosa


Fragmentos



“Imposible contar la historia de nuestras vidas en los últimos quince años sin hablar de la habitación oscura. Cuántas horas hemos pasado aquí dentro. Si cada uno echase cuentas y sumase todas esas horas, de sábado, de martes por la tarde, de jueves por la mañana, de visitas fugaces o de noches enteras, de semanas sin entrar y otras en que acudíamos a diario, si las sumásemos veríamos el álbum de nuestra vida entreverado de páginas en negro. A qué habríamos dedicado todas esas horas de no existir la habitación oscura, con qué habríamos llenado el hueco que parecía colmar cuando en realidad lo agrandaba más, sobre todo en aquellos primeros tiempos en que su fuerza gravitatoria era irresistible, un hechizo que nos acompañaba el resto del día, que dirigía nuestros pasos a la salida de clase o del trabajo cuando de camino a casa desviábamos el itinerario y acabábamos aquí…”



…..



“Ellos, que cuando apagábamos la luz en la planta de arriba siempre se apartaban del tumulto y follaban respetando su monogamia, aquella primera vez en la habitación oscura entraron juntos, inquietos. Todavía les duraba la risa floja al cruzar la segunda cortina, se dieron la mano pero ya no podían estar seguros de si esa mano que apretaban era la del otro, a ciegas todas las manos son la misma mano, así que ellos, mudos por obligación, tomaron la más próxima y la apretaron, y a partir de ahí se dejaron arrastrar, uno de los dos tiró o fue tirado hacia un lado mientras el otro lo hacía en dirección contraria y sus dedos se despegaron(…), cayeron en el torbellino, besaron y fueron besados, acariciaron y fueron acariciados, él penetró a alguien, ella sintió que la follaban con una dulzura en la que creyó identificar a sus pareja hasta que besó y no reconoció la otra boca…”



…..



“El mundo se desmoronaba mientras nosotros follábamos felices, la gente desgraciada era lanzada por los balcones con todos sus muebles y recuerdos mientras nosotros follábamos felices, los enfermos se morían en los pasillos de los hospitales esperando una prueba diagnóstica mientras nosotros follábamos felices, los padres de familia hacían cola con sus hijos en los comedores sociales mientras nosotros follábamos felices, los banqueros y sus políticos robaban a manos llenas mientras nosotros follábamos felices, ella misma no podía pagar el alquiler de la habitación ese mes porque le habían embargado la mitad del paro para abonar una multa mientras nosotros follábamos felices; y así fue enumerando cargos hasta que aceptamos la pena que nos correspondía: pusimos dinero entre todos para que pagase la habitación ese mes y el siguiente; y aceptamos sin discutir su exigencia de otra tarde más, la de los martes, para reunirse con Jesús y el resto de su grupo en el local sin que nosotros estuviéramos.”



(Isaac Rosa, La habitación oscura, páginas 33, 53-54, 158)

sábado, 22 de febrero de 2014

"HUÉSPEDES INESPERADOS", EN LOS ESTERTORES DE LA ÉPOCA VICTORIANA



Huéspedes inesperados

Sadie Jones

Traducción de Isabel Margelí

Tusquets Editores, Barcelona, 2013, 322 páginas.



   Con una ilustración de la cubierta (“Evening Wedding on the Balcony”) de Charles Martin que recrea con fidelidad el ambiente en el que Sadie Jones sitúa su trama, Tusquets Editores nos ofrece la traducción española de la novela The Uninvited Guests, la tercera novela de la escritora londinensa Sadie Jones (1967), cuya obra ha merecido elogios tanto de la crítica:“Luis Buñuel en connivencia con Oscar Wilde y Jane Austen” (New York Times Review of Books) como de los lectores. La trama de Huéspedes inesperados traslada al lector a un día de la primavera de 1912. Es pues una novela de época que permite que nos introduzcamos en la vida y en los hábitos de una importante familia británica. Lo que Sadie Jones narra se limita a un único día con su correspondiente noche, en único escenario donde los protagonistas se verán obligados a adoptar importantes decisiones.

   En una breve sinopsis y sin revelar el argumento, se puede decir que la novela nos sitúa, como he dicho, en 1912 y todo acontece en el espacio de “Sterne”, la mansión de los Torrington, una familia acomodada que actúa como protagonista grupal,  que acoge a unos huéspedes esperados, los invitados a una celebración de cumpleaños, y horas más tarde,  a otros huéspedes inesperados, supervivientes de un trágico accidente ferroviario que ha ocurrido en las proximidades. A partir de entonces no solo se ve empañada la celebración del cumpleaños de Esmerald, la atractiva hija de los Torrington, sino que se inicia un complejo juego de secretos y mentiras, de seducciones y situaciones equívocas. Es el momento en el que Smudge, la hija menor de la familia, pone en marcha su plan secreto, ideado a lo largo del tiempo. Y la intriga va creciendo en coincidencia con una formidable tormenta y con la creciente desazón y molestias de los huéspedes inesperados, acuciados por  el cansancio y el hambre, hasta llegar a un desenlace en el que la elegancia y las formas de las clases acomodadas británicas son superadas por las circunstancias.

   Es mérito y acierto de la autora el hecho de situar la trama narrativa en 1912, un momento de cambio, descrito, no obstante, con lenguaje de 2012, y que más de un lector relacionará con la serie “Dowton Abbey”. Sadie Jones, con una escritura a caballo entre Jane Austen, la comedia dramática y la de enredos, plasma con notable fidelidad el retrato de las clases sociales inglesas, los prejuicios de las familias aristocráticas que juegan, sin embargo con las apariencias. Y sobre todo la energía y el acierto con que narra el momento en el que todo salta por el aire hecho añicos. La autora describe con maestría y elegancia, sobre todo, a la familia que se ve obligada  a acoger a los supervivientes del accidente. Con guiños discretos, pero muy elocuentes, Sadie Jones deja entrever que no todo es lo que parece, empezando por la familia protagonista, que no pasa por su mejor momento. Situaciones divertidas, muchas de ellas excéntricas, en especial las protagonizadas por la pequeña Smudge. Y en medio de todo ello, la autora hace crecer hábilmente la intriga hasta llegar ésta a tomar posesión de la trama.

   Estilo muy personal el de Sadie Jones, que sabe adecuar a la época y al contexto en el que se desarrolla la novela. Y una plausible caracterización histórica de los estertores de la época victoriana, o con más exactitud, del período eduardiano, como transfondo de esta novela. Quizás lo menos positivo de esta pieza narrativa de Sadie Jones es la lentitud, el ritmo pausado con el que la autora hilvana y narra la primera parte del libro, en la que apenas ocurre nada; cargada y rebosante además de descripciones demasiado prolongadas y de diálogos insípidos. Pero todo cambia en la segunda parte de la novela, cuando la intriga se adueña del libro y el lector tiene la impresión de que le han cambiado de novela.



Francisco Martínez Bouzas




Sadie Jones

Fragmentos



“Aunque la rugiente tempestad había amainado un poco, la lluvia, más densa si cabe, seguía cayendo en el suelo empapado.

Esa lluvia es la que Patience Sutton contemplaba desde la ventana del dormitorio de su hermano, en el que ambos se habían refugiado, dejando atrás las humillaciones del comedor, para consolarse el uno al otro. No había ni rastro de sus anfitriones; sólo se oían las canciones escandalosas y groseras y los gritos, que ahora resonaban por toda la casa, circulando por los rincones y cornisas junto con el tamborileo del aguacero:

Ven, ven, ven a hacerme ojitos

Allá en el viejo Bull and Bush…

Ernest permanecía con la espalda contra la puerta, por seguridad tanto como por comodidad, y no le pesaba admitirlo. Observaba a su hermana, junto a la ventana.

-Esto es un horror -dijo ella.

-Sí, Es… -él buscó en su corazón lo mejor que pudo- profundamente ofensivo.”



…..



“Smudge seguía en su dormitorio, sin el menor interés por lo que ocurría más allá de la puerta de servicio. Le  traía sin cuidado ver los pequeños catres de las tribunas; no le importaban las almas difusas que erraban, expatriadas, con sus fardos; no le parecía curioso que hasta su madre se hubiera puesto un delantal y hubiera redoblado esfuerzos, junto a toda la familia, para buscarles donde dormir, ni siquiera le llamaba la atención que, anexa a su casa habitual, una cueva iluminada y amplia rebosara de cuerpos y fuese un hervidero de movimientos y pestilente degradación. Lo único que le interesaba era que, al cabo de un rato, el ruido de pisotones por la casa y los gritos ocasionales de ¡«almohadas»! o ¡«cortinas”! se habían extinguido, dejándola en paz. Tenía la Casa Nueva para ella sola.”



(Sadie Jones, Huéspedes inesperádos, páginas 227-228, 275-276

martes, 18 de febrero de 2014

"LA VIDA ERA ESO" DE CARMEN AMORAGA, PREMIO NADAL 2014



La vida era eso

Carmen Amoroga

Ediciones Destino, Barcelona, 2014, 318 páginas.

(AVANCE EDITORIAL)



   En las librerías desde el 4 de febrero. Me refiero a la novela La vida era eso de la periodista y escritora valenciana Carmen Amoraga. Su nombre, a fuerza de premios, se ha convertido en una figura representativa de la actual literatura española. El reconocimiento de mayor repercusión hasta el momento ha sido sin duda el apoyo del público, pero también el Premio Nadal otorgado a su novela el pasado 6 de enero. El Premio Nadal de Novela es seguramente el más prestigioso de los convocados en España,  a pesar de su relativamente modesta dotación económica (18.000 euros). Lo avalan otras razones y merecimientos de indudable peso: es el más antiguo de los premios literarios españoles (concedido desde el año 1944), y entre sus ganadores figuran escritores, tanto de España como de Latinoamérica, de gran categoría. En la actualidad el Premio Nadal no tiene como objetivo descubrir nuevos valores, sino premiar figuras consagradas. Carmen Amoraga une así su nombre en esta 70ª edición del Nadal al de los ganadores de los últimos años: Fernando Marías, Ángeles Vallvey, Andrés Trapiello, Antonio Soler, Pedro Zarraluki, Eduardo Lago, Felipe Benítez Reyes, Francisco Casavella, Maruja Torres, Clara Sánchez, Alicia Giménez Bartlet, Álvaro Pombo y Sergio Vila-Sanjuán.

   Ocasiones habrá para volver sobre La vida era eso y ofrecer mi personal valoración crítica sobre una novela intimista. La novela de una mujer que desconoce su propia fortaleza y que descubre que la comunicación con el mundo, aunque sea a través de la virtualidad de las redes sociales, es la herramienta clave para que su herida existencial, aunque no cicatrice, duela un poco menos. Por el momento ofrezco este avance editorial, entresacado en buena medida del dossier de prensa de Ediciones Destino:



Origen de la novela:

   Lo revela la propia escritora: el conocimiento en un cumpleaños de una pareja: Viviana y Walter. Walter era grande y fuerte, pero poco después la autora supo que estaba enfermo y que  murió casi de inmediato. Una tarde se encontró a Viviana y a sus hijas a la salida de la presentación de un libro. Se abrazaron y Carmen Amoraga que quería escribir una historia que contase la suya, la de una mujer que había comprendido que los seres humanos estamos diseñados para sobrevivir y que eso era lo que tenía que hacer para salir adelante junto a sus dos hijas. Hay quien no es capaz de hacerlo, pero hay quien entiende que es preciso sobrevivir que ésa es la única salida y se agarra a ese hilo como si fuese una maroma de barco porque sabe que es preciso aprender a perder para aprender a vivir. Era la historia que la escritora quería contar y así nació La vida era eso. No es sin embargo el reflejo de la vida de la amiga. Es la novela de una mujer fuerte que de pronto comprende la necesidad de comunicarse con el mundo, aunque sea a través del mundo virtual.

   Viviana pasó en la novela a ser Giuliana y Walter, William. Son otros, otra mujer y otro hombre con un pasado distinto y un futuro diferente, con otras caras, pero con el mismo dolor de los personajes de la historia real.



Sinópsis:

   La muerte fulminante de su marido deja a Giuliana devastada y sola con dos hijas pequeñas. Superar ese desamparo un día tras otro pone a prueba su resistencia y su imaginación, mientras pasa de la incredulidad al enfado, y de ahí a la idealización de su relación con William. Descubre entonces el legado más hermoso de William: una intensa red de relaciones que le traerán una nueva forma de estar en el mundo y le enseñarán que aprender a perder es aprender a vivir.

   De este modo el inevitable proceso de duelo se verá mitigado por un descubrimiento al que nunca había prestado atención: el de las redes sociales. William, usuario habitual de Facebook, convenció a su esposa  para que,  a las puertas de la muerte, comenzase a escribir en su perfil y por él, las impresiones que en aquellos aciagos días iba teniendo. Sin embargo cuando sobreviene la muerte, ella continúa escribiendo: canciones, poemas, recordatorios… Como si fuera William el que estuviese narrando su propia muerte y lo que en ese viaje sin retorno siente y experimenta. Giuliana terminará finalmente encontrando refugio en ese mundo virtual. La escritura en el Facebook será una forma de superar la pérdida, como si ese espacio virtual le permitiese reencontrase con él. Será su vía de escape para sobrevivir al pasado y  a sus recuerdos.



Algunas claves:

   La literatura de Carmen Amoraga se convierte en una voz afectuosa que en todo momento sabe decir lo adecuado. Narrativa, lúcida, diestra, pero también reconfortante, cercana, sutil. El texto nunca se pierde en disquisiciones que no aporten vitalidad al texto y, sobre todo, a la emoción de los personajes. La autora profundiza de forma incansable en la psicología de los personajes, sobre todo en el de la protagonista femenina y muestra las transformaciones que en ella se operan a lo largo de los tortuosos meses de duelo que le toca sufrir.

   Novela intimista y real que, sin extremar el dramatismo y huyendo de cualquier tipo de sentimentalismo, sabe hablar de la soledad, del amor, de la pérdida y de la posterior superación. Pero también de la capacidad de las redes sociales para convertirse en cauce de relaciones humanas. Una novela pues sobre el poder de Facebook para influir en nuestras vidas. Será esta red social la que le permita a la protagonista hablar de lo ocurrido, analizar los problemas, contar lo que siente y recibir, en forma de comentarios el aliento de otros seres humanos.

   La pérdida, la muerte y la desolación están presentes en la novela. Sin embargo, La vida era eso se le muestra al lector como una obra vitalista donde la lucha y la emotividad se combinan para aportar luz a todo aquello que pueda nublar la existencia. Así mismo, la esperanza y el humor se esconden tras el dolor y la pesadumbre.




                                                
Carmen Amoraga y Ana María Matute en la entrega del Premio Nadal

La autora:

   Carmen Amoraga (Pincaya, Valencia, 1969) es licenciada en Ciencias de la Información. Ha trabajado para la radio y la televisión. Columnista del diario Levante y colaboradora en diversas tertulias de radio y televisión. Publicó su primera novela en 1991: Para que nada se pierda con la que obtuvo el II Premio De Novela Ateneo Joven de Sevilla. La siguieron Todas las caricias (2000), La larga noche (Premio de la Crítica Valenciana en el año 2003), Algo tan parecido al amor (finalista del Premio Nadal en 2007, El tiempo mientras tanto (finalista Premio Planeta 2010) y El rayo dormido (2012). Ha publicado así mismo la recopilación de sus artículos en prensa: Palabra más, palabra menos (2006), y Todo lo que no te contarán sobre la maternidad (2009).


Francisco Martínez Bouzas

domingo, 16 de febrero de 2014

TRAS LA RULETA DEL AZAR



La noche del oráculo
Paul Auster
Traducción de Benito Gómez Ibáñez
Editorial Anagrama, Barcelona, 264 páginas
(LIBROS DE FONDO)


   Para criticarlo, alguien dijo una vez que Paul Auster como escritor era un buen muchacho. Sin embargo, es una evidencia incontestable que este hombre es un gran escritor. Este ‘muchacho’ de 57 años, -66 en estos momentos- que en su infancia quería ser bombero, jugador de fútbol y, ya en su adolescencia, tenía la convicción de que acabaría siendo escritor, sin saber por qué, sin tener muchas cosas que contar, sin apenas saber relatarlas. Una evidencia incontestable, porque Paul Auster escribe tanto con el cuerpo como con la cabeza y a pesar de la flebitis que convierte en dolor cada uno de sus pasos, ni su cuerpo ni su cabeza fallan a la hora de fabular.
   Auster empezó a ser conocido en 1985 después de la publicación de La ciudad de cristal, el primero de sus libros, que más tarde haría parte de la “Trilogía de Nueva York”. Como en el caso de tantas obras de éxito, fue rechazado por múltiples editores. Lo publicó al final una pequeña editora de Los Angeles y Paul Auster comenzó a ser conocido.
   Vendrían luego sus grandes éxitos: El palacio de la Luna, ‘La música del azar, Leviatán, La invención de la soledad, Mr. Vértigo… y otros  éxitos posteriores a la publicación de esta reseña, el último en español, Sunset Park, 2010) Ciertas distracciones cinematográficas y la edición de materiales ajenos, escritos por oyentes de una emisora de radio (Creía que mi padre era Dios), supusieron un alejamiento del escritor del azar de la verdadera ficción.
   Pero Paul Auster regresó de nuevo al género narrativo con una excelente novela, The book of illusións (2002), traducida a los pocos meses al español bajo el título ‘El libro de las ilusiones’. De nuevo los lectores de Auster, en mayor número quizás en Europa que en América donde le consideran un escritor de elite, quedaron seducidos por las trampas del azar, por la búsqueda de coincidencias, por el sentido de las casualidades, de los encuentros no programados; todos esos fenómenos misteriosos que parecen saltar por encima del tiempo, del espacio y de la voluntad humana para acabar repletos de significados ocultos. Un mundo en definitiva ateorizable donde los significados fortuitos se convierten en destino.
Y en el 2003, otra obra emblemática, otro chute de droga austeriana como la define su editor español: Oracle night que vio  ver la luz en español con el título La noche del oráculo en el año 2004 y que en septiembre de ese año había vendido vendió solamente en España ya dos ediciones, coincidiendo con el incremento de la militancia anti-Bush del escritor. Porque Paul Auster, además de excelente narrador es el otro rostro de Estados Unidos. Inteligente, elegante, crítico, embajador natural de la América culta y cultivada que entonces anhelaba liberarse en noviembre de Bush, causa -el relevo del tejano de la Casa Blanca- por la trabajó todo lo que puede tanto él como su mujer, la también escritora Siri Hustvedt.
   Confirma así pues Paul Auster el retorno a la gran novela con La noche del oráculo (Anagrama, 2004), un libro sobre temas que no son ajenos a la narrativa austeriana. De hecho a los conocedores de su literatura les será suficiente leer la cubierta posterior del libro para darse cuenta de que la novela, contando otra historia y poniendo en escena otros personajes, trata de lo de siempre, de las grandes obsesiones del escritor nacido en Newark: la condición humana, las arduas y difíciles relaciones entre las personas, esos hilos invisibles, gobernados por el azar, que convierten la vida en algo caótico, capaz al mismo tiempo de sumirnos en la soledad o de hacernos vibrar con minúsculos momentos de felicidad.
   La noche del oráculo gira en torno a una idea crucial: el perdón. Saber si en el amor somos capaces de superar nuestras vanidades y egoísmos y perdonar los errores de los demás. Sin embargo, esta temática central se despliega a través de una historia que dentro de sí lleva una historia y ésta otra. Cada personaje en el libro cuenta la suya. Una novela construida, pues, como las muñecas rusas y en la que el escritor estadounidense mezcla vida y literatura.
   Pero los pequeños bocetos de historias se suturan finalmente y se unen al borrador de la novela que el protagonista principal, Sdney Orr, escribe en un misterioso cuaderno. Sydney Orr acaba de salir de una grave enfermedad que le tuvo a las puertas de la muerte. A la salida del hospital pasa el día deambulando por Nueva York. En uno de sus paseos, encuentra en una librería de Brooklyn un cuaderno portugués que le devuelve las ganas de escribir, que se le habían evaporado tras la enfermedad.
   Y empieza a escribir la historia de su alter ego, Nick Bowen, un editor que cambia radicalmente de existencia después de un hecho casual; salva la vida al desprenderse una gárgola y caer en el sitio que ocupaba en el instante anterior. Una escena en la que Paul Auster admite haberse inspirado en el personaje de Flitcraft de El halcón maltés de Dashiel Hammet. De la primera muñeca rusa, la historia de Sydney Orr, Auster extrae una segunda novela que su protagonista empieza a escribir en el cuaderno azul. Y de ahí, otra tercera: el protagonista de la novela que redacta Sydney Orr es el editor que inicia la nueva vida tras haberse librado de la muerte en la ruleta del azar.

Y paralelamente, los diversos personajes de la novela cuentan a su vez sus pequeñas historias, como el taxista, Ed Victory, que es poseedor de un manuscrito idéntico (La noche del azar), cuyo contenido también se esboza para el lector. De este modo, una historia lleva a otra historia y así como en La noche americana Truffaut hizo cine dentro del cine, Paul Auster escribe una novela dentro de otra novela y obliga a la realidad y a la ficción a intercambiar papeles y al lector a estar atento para atrapar la complejidad de unos relatos yuxtapuestos y perfectamente suturados.
   La noche del oráculo es Paul Auster en estado puro y sus pilares son los que aparecen prácticamente en toda su escritura: la creencia en los poderes inmanentes del azar, en sus cabriolas muchas veces mortíferas. Llámense casualidades o inconcebibles coincidencias. Paul Auster, como los grandes clásicos de la tragedia griega, cree que el individuo no es libre a la hora de alcanzar su destino. Algo misterioso, inexplicable guía sus pasos por caminos laberínticos que le llevan hasta donde jamás se había propuesto ir. Así la compra inocente de un simple cuaderno azul es capaz de introducir un giro radical en una vulgar existencia humana.
   Añádase a todo esto una continua reflexión sobre los secretos del arte narrativo y sobre la soledad del narrador. Así como la mezcla de vida y literatura. Las palabras son reales y lo real converge dentro de la novela en otras realidades que son ficciones insertas en la ficción que es la propia vida del protagonista principal. Un trapecismo literario que le recordará al lector el magistral juego de espejos que ponía fin a La dama de Shangai de Orson Welles.
   Lo novedoso en la  novela de Auster es la perfección en la ejecución de la estructura narrativa al hacer encajar milimétricamente las piezas de este festival de historias simultáneas en un edificio narrativo, que atrapa desde el primer renglón, y cuyo espinazo es, sin embargo, una cotidiana historia de amor y de perdón en los territorios de una realidad profunda, plural, violenta y vulnerable a múltiples acechos, en especial al de la muerte.

Francisco Martínez Bouzas

(Texto publicado en el periódico El País de Cali, el día 31 de octubre de 2004)


Paul Auster

Fragmentos

“Había estado mucho tiempo enfermo. Cuando llegó el día de salir del hospital, apenas sabía andar, casi no recordaba quién era. Haga un esfuerzo, me dijo el médico, y en tres o cuatro meses volverá a habituarse a las cosas. No le creí, pero de todos modos seguí su consejo. Me habían desahuciado, y ahora que había desbaratado sus predicciones y seguía misteriosamente con vida, ¿qué otra cosa podía hacer sino vivir como si tuviera todo un futuro por delante?
Empecé dando pequeños paseos, nada más que una o dos manzanas y luego vuelta a casa. Sólo tenía treinta y cuatro años, pero a todos los efectos la enfermedad me había convertido en un anciano: uno de esos viejales temblorosos que van arrastrando los pies y no pueden poner uno delante de otro sin mirar cuál es cuál. Incluso a la lentitud con que me movía entonces, andar me producía una extraña y volátil sensación de ligereza, un barullo de señales confusas y fallidas conexiones mentales. El mundo empezaba a girar y dar tumbos ante mis ojos, desplazándose como una imagen en un espejo ondulado, y siempre que intentaba centrar la mirada en una sola cosa, aislar un objeto de la vertiginosa avalancha de colores -un pañuelo azul anudado a la cabeza de una mujer, digamos, o la luz roja en la parte trasera de una furgoneta-, empezaba inmediatamente a descomponerse, a esfumarse, a desaparecer como una gota de tinta en un vaso de agua. Todo temblaba y se estremecía, se disgregaba en todas direcciones, y durante las primeras semanas me costaba trabajo averiguar dónde acababa mi cuerpo y empezaba el resto del mundo. Me daba contra las paredes y los cubos de basura, me enredaba en las correas de los perros y los papeles que llevaba el viento, tropezaba en las aceras más lisas. Llevaba toda la vida viviendo en Nueva York, pero ya no entendía ni las calles ni el gentío, y cada vez que salía a una de mis breves excursiones me sentía como perdido en una ciudad desconocida.”

…..


“Al día siguiente, esparcimos las cenizas de Trause en el césped de Central Park. Debíamos de ser unos treinta o cuarenta aquella mañana, un grupo de amigos, parientes y colegas escritores, sin representantes de ninguna religión y sin nadie que mencionara a Dios entre quienes tomaron la palabra. Grace no sabía nada de la muerte de John, y sus padres y yo habíamos decidido ocultárselo mientras pudiéramos. Bill fue conmigo a la ceremonia, pero Sally se quedó en el hospital con Grace, a quien habíamos dicho que su padre se volvía a Virginia y que yo lo acompañaba al aeropuerto. Grace iba mejorando a ojos vistas, pero aún no tenía fuerzas suficientes para resistir un golpe de tal magnitud. Las tragedias de una en una, dije a sus padres, eso es más que suficiente. Como las gotas que caían de la bolsa de plástico a la sonda introducida en el brazo de Grace, la poción tenía que administrarse en pequeñas dosis. La pérdida del niño era más que suficiente por el momento. Lo de John podía esperar hasta que se hubiera recuperado lo bastante para resistir otra embestida de dolor.
Nadie mencionó a Jacob en la ceremonia, pero estuvo presente en mi pensamiento mientras escuchaba al hermano de John y a Bill y a otros amigos pronunciar el panegírico bajo la resplandeciente luz de aquella mañana de otoño. Qué desgracia que un hombre muera antes de tener ocasión de llegar a viejo, dije para mis adentros, qué deprimente pensar en la obra que aún tenía por delante. Pero si John tenía que morir ahora, pensé, entonces mejor que hubiera muerto el lunes, y no el martes o el miércoles. De haber vivido otras veinticuatro horas, se habría enterado de lo que Jacob había hecho a Grace, y estaba seguro de que nada más saberlo se habría muerto. Y tal como estaban las cosas, nunca tendría que enfrentarse al hecho de que había engendrado un monstruo, no tendría que soportar la carga del ultraje perpetrado por su hijo contra la persona a la que él más quería en el mundo. Jacob se había convertido en lo innombrable, pero yo me consumía de odio hacia él y esperaba con impaciencia el momento en que la policía lo atrapara finalmente para tener ocasión de testificar contra él en un tribunal. Para mi eterno pesar, nunca se me dio esa oportunidad. Mientras estábamos en Central Park aquella mañana rindiendo las honras fúnebres a su padre.”

( Paul Auster, La noche del oráculo, páginas 9-10, 254-256)

jueves, 13 de febrero de 2014

EN KABUL, 1830






El Imperio de las Zarzas

Philip Hensher

Traducción de Alberto Coscarelli
Edhasa, Barcelona, 639 páginas
(LIBROS DE FONDO).
   El multiculturalismo dejó hace tiempo de ser un concepto abstracto. Eso, al menos se observa al comprobar quienes son los componentes de la selección efectuada por la revista Granta el año 2003, “Los mejores novelistas británicos”. En el  Twenty británico  de ese año están representadas en efecto la enorme variedad de etnias, creencias religiosas, opciones sexuales, modelos familiares que convierten a Gran Bretaña en una sociedad sumamente fluida. La misma diversidad encontramos en las temáticas de las obras de los autores seleccionados. En la selección de Granta figura la comedia de costumbres y la sátira, géneros británicos por excelencia, la homosexualidad y el lesbianismo, ambiciones experimentalistas, pero también la novela histórica, representada entre otras por The Mulberry Empire de Philip Hensher, traducida al español y publicada por  Edhasa bajo el rótulo de El Imperio de las Zarzas. Una aventura de la primera guerra afgana.
   Su autor se ha convertido en poco tiempo en uno de los novelistas y críticos británicos más respetados. Sorprendió hace unos años al obtener el Premio Somerset Maughan con Kitchen Venon. Hace diez años  saltó a la fama internacional al convertirse en uno de los escritores de “la lista que establece las lecturas de toda una generación”.
   El Imperio de las Zarzas traslada al lector al Kabul de 1830 y le sumerge en el desastroso primer intento de invasión de Afganistán realizado por el Imperio Británico y que finalizó en una colosal hecatombe ya que del brillante cuerpo expedicionario de 16.000 soldados, sólo sobrevivirá un jinete.
   De raíces realistas pero dotada de una gran originalidad en el tratamiento de los personajes, la novela de Hensher describe las relaciones entre Oriente y Occidente durante la década de 1830, trasladando al lector a los diversos escenarios de toma de decisiones políticas de la época: San Petersburgo, Kabul, Londres, Calcuta. El virtuosismo del narrador hace posible que la novela adopte diferentes tonos según las ciudades en las que se desarrolla la acción: aventuras exóticas, influencia de la novela victoriana, de la narrativa decimonónica rusa, etc. La mayoría de los personajes tuvieron existencia histórica. Tal es el caso del protagonista, el viajero  Alexander Burnes que arriba a Kabul en una de sus expediciones geográficas y descubre todo un mundo de olores, colores y costumbres sorprendentes para un occidental.
   Tanto el tema de la primera guerra afgana como el escenario de Kabul resultan de indiscutible actualidad. Sin embargo, el acierto es puramente azaroso ya que Philip Hensher ya había redactado la novela antes de la  intervención americana en el país y de un conflicto que no cesa. La novela es fruto de las sugerencias del escritor A.S. Byatt que le aconsejó al autor que escribiese una novela de amplias dimensiones sobre el tema. El resultado es El Imperio de las Zarzas, una pieza exuberante, colorista, rebosante de vida, de personajes singulares como el emir Dost Mohammed Kan, padre de cincuenta y cuatro hijos.
   Escrita en homenaje de las grandes obras literarias inglesas del siglo XIX, se modula según sus acentos, se ajusta a sus cánones y preocupaciones, nos introduce en las moradas inglesas de la época, en la geografía de Crimea y en los palacios orientales con el lenguaje propio de un novelista victoriano. Y aporta noticias a los lectores, una de las razones que, según el premio Nobel  V.S. Naipul, justifican la existencia de una novela.

Francisco Martínez Bouzas

Philip Hensher


Fragmento
“Desde aquí, la enorme y lenta tormenta de tierra, elevada por el viento, anuncia el progreso y lo oculta, ostentoso y secreto al mismo tiempo. Desciende, ahora, hacia esta lineal nube marrón, y allí, en la cabeza de la misma, como si emergiera del smog, está el gobernador general en persona. Cabalga ala cabeza de su procesión como una joya colocada en el centro de una corona. Está sentado en su palanquín y dormita, bamboleándose de lado a lado. De vez en cuando, levanta la cabeza y se mantiene erguido. La etiqueta y los requerimientos de la vasta comitiva  se han sumado, y esto significa que debe levantarse antes de las cinco todos los días, y a esta hora en que anochece, siente el peso de su temprano despertar. Delante y junto a  su engalanado elefante marchan los abanderados descalzos, que agitan estandartes mongoles (para quién es algo que nadie pregunta). Con expresiones graves, levantan y bajan los pies con rápida decisión, como si quisieran imitar al elefante del gobernador general. Detrás del elefante de lord Auckland caminan los elefantes de su grupo doméstico, sus hermanas y los cortesanos.”
(Philip Hensher, El Imperio de las Zarzas, página 230)




lunes, 10 de febrero de 2014

LAS FUGACES VISITAS DEL ÁNGEL LITERARIO


El ángel literario

Eduardo Halfon

Editorial Anagrama, Barcelona, 135 páginas

(LIBROS DE FONDO)


   Las raíces del proceso creativo, los porqués del arranque literario de muchos escritores son un enigma  por lo general muy difícil de descifrar. El escritor portugués, Lobo Antunes hablaba en el año 2004 de la fuerza creadora, un don que no es propiedad del escritor y que lo empuja a escribir. La inspiración de las musas se le llamaba en otras épocas. Cuando se experimenta, la mano se vuelve inteligente y escribe sola.

   Lo curiosa es que la búsqueda de este enigmático don puede tener mucho más calado y llegar a convertirse en el motivo central de una novela. Tal es el caso del escritor guatemalteco Eduardo  Halfon que en el verano de 2004 publicaba El ángel literario, que fuera finalista del Premio Herralde de Novela el año anterior. Fue el segundo título del escritor centroamericano incluido en el prestigioso catálogo de Anagrama.

   Este ingeniero industrial, que desertó de su profesión y se instaló, si bien como extranjero advenedizo en la literatura, retoma el hilo de sus obras anteriores (Esto no es una pipa, Saturno o De cabo roto) y nos vuelve a brindar una muestra exquisita de metaliteratura, que, en un género híbrido, escudriña los momentos y motivos que empujan a alguien a escribir. Empezar a escribir un día es tan misterioso como dejar la pluma al día siguiente. Porque existe el momento específico de la primera inspiración literaria, el primer impacto.

   En su pesquisa, Eduardo Halfon escarba en la vida fangosa de cinco escritores: Herman Hesse, Raymond Carver, Ernest Hemingway, Ricardo Piglia y Vladimir Nabokov. Un narrador pues que teje  materias híbridas (relato, diario autobiográfico, secuencias de influencias literarias) e intenta situar ese instante fugaz pero específico en el que el ángel literario se sitúa encima de alguien y mueve sus alas provocando que reciba  el soplo del arte literario. Puede haber un dato biográfico concreto en la vida del escritor que lo impulsa a escribir. Otras veces ese momento es el fin de la primera escritura, otras la hora exacta y decisiva en la que el escritor pule su artesanía como escritor. Sin embargo nada es definitivo. Lo único que Halfon descubre es que los detonantes literarios son tan variados como la misma gente. El ángel literario, ángel caído, luciferino quizás, no tiene horarios fijos ni momentos planificados.

   Por eso es preciso estar atentos para escuchar las alas del ángel literario que  a veces se disfraza de demonio. Sus alas duelen. El proceso creativo es muchas veces y en buena medida una maldición. El ángel pasa  callado, te señala y luego huye. Pero su sombra siempre queda y el escritor se mantiene alimentándose de esa sombra que hace que la obra literaria quede.

   ¿Y el enigma de la propia iniciación en la escritura? ¿Qué razones le llevaron a él mismo a escribir? El retratista se convierte ante este interrogante en su propio modelo, pero admite frustrado que desconoce la respuesta y que seguramente nunca la sabrá. Lo único que al final queda claro es que las personas entran y salen de la literatura. Y quizás el solo hecho de preguntárselo significa acercarse demasiado al sol y quedar ciego. Sin pedir permiso ni perdón, el ángel literario pasa y se evade. Pero, reitera Eduardo Halfón, su sombra, su silueta siempre queda ahí y el escritor se mantiene  viviendo en esa sombra, ya que las obras literarias de todos los tiempos perduran más allá de esas fugaces visitas. Interesantes reflexiones en esta novela, diario, autobiografía, ensayo o especie de enciclopedia de influencias literarias


Francisco Martínez Bouzas



 


Eduardo Halfón

Fragmento


“Por qué alguien empieza a escribir. Vaya pregunta. Llevo no sé cuantas páginas en esto y cada vez tengo menos claro por qué alguien empieza a escribir, o lo que es casi igual: por qué alguien escribe. Centenares de palabras después y creo no haber avanzado ni un ápice, mis dudas iniciales sieguen siendo mis dudas y temo que siempre lo serán. Busqué tanto, demasiado, que al final ya no podía dormir, estaba sufriendo de algún tipo de fiebres y de un constante malestar comparable a la melancolía. Estaba desilusionado, trepanado, escribí alguna noche de insomnio. Por momentos, creía entender a los bartlebys de este mundo, a todos los escritores que prefieren no hacerlo. Se me ocurre ahora que empezar a escribir un día es tan misterioso como dejar de escribir otro, tanto así que tal vez son reacciones distintas de la misma insatisfacción. Emanan del mismo manantial, por así decirlo.”


(Eduardo Halfón, El ángel literario, páginas 130-131)

domingo, 9 de febrero de 2014

EL SEXO COMO ESCONDITE Y VENTANA


Una mujer desnuda

Lola Beccaria

Editorial Anagrama, Barcelona, 209 páginas

(LIBROS DE FONDO)


    
   La ferrolana Lola Beccaria (Ferrol, 1963) es una de los pocos escritores de origen gallego que han logrado ver publicado sus libros en el exclusivo sello editorial  de Anagrama. Con su novela, Una mujer desnuda, la editora de culto por antonomasia cierra su ciclo de títulos con cierta carga erótica en diferentes tonalidades, entre los que sobresalen varios de los títulos de Houellebecq, La vida sexual de Catherine Millet, Falsa identidad y El lustre de la perla de Sarah Waters; El cuarto oscuro de Louise Welsh o Política de Adam Thirwell, otro autor Granta que editó Jorge Herralde, sin que nos olvidemos de que ya en los años setenta había editado a todo Bukowski.

   La novela de Lola Beccaria, lingüista y lexicógrafa de la Real Academia Española, ha sido definida por su editor como “desafiadamente erótica”. Simplemente pornografía en papel, obra procaz, escandalizadora y vulgar, de sex-shop para los críticos de la Cadena COPE. Y la verdad es que cuatro quintas partes de la novela son sexo explícito y sin concesiones a los eufemismos, y las confesiones de la protagonista son equiparables en crudeza a la promiscuidad de Catherine Millet.

   En efecto, esta mujer entra en el sexo por la puerta grande. A los siete años hace eyacular al héroe de su vida; en su adolescencia se convierte en una artista “pajillera”. Y la domesticación sexual le llega de la mano del padre de su mejor amiga. Progresa en la promiscuidad hasta casar con un lelo  en un matrimonio que en el plano sentimental dura menos que cero. Los polvos que tiene con su hombre, escribe Lola Beccaria, “los hubiéramos podido enseñar a nuestras amistades como quien enseña una parte de su casa”.

   La nombran ministra de Interior y se alivia con el ministro de Exteriores y vive duras orgías con sus escoltas. Un personaje femenino que pone a prueba nuestro sentido de la moral, sea cual fuere el que tengamos.

   Sin embargo, reducir la novela a esto, no ir más allá de este erotismo explícito y cercano a la pornografía, no dejaría de ser una lectura muy superficial de la novela de L. Beccaria. La misma autora rechaza el calificativo erótico  para su novela y la define como un texto que habla sobre todo de sentimientos. En mi opinión, un juicio acertado porque el libro es ante todo una constatación, realizada de forma confesional, del lugar que el amor tiene en la vida. Cuando éste nos deja desamparados ya de niños, encontraremos en el sexo una efectiva válvula de escape.

   Es por todo ello que la protagonista, que en su niñez nunca supo lo que era un cariño táctil de su padre, persigue en una sexualidad  socialmente promiscua y compulsiva la recuperación del amante perfecto, del amor soñado. Streptess sexual desde luego, pero sobre todo, streptess emocional en el cuerpo y en la mente de  esta mujer, la protagonista de la historia, ministra de Interior que, horas antes de que los buitres de la prensa amarilla diseccionen su vida sexual, decide desnudarse por completo ella misma e inicia el relato de su existencia erótico-sentimental, bajo la presión de las necesidades afectivas.

   El sexo es sin duda una gran bendición del ser humano, mas cuando lo practica sin amor, con el hambre de una huérfana, la protagonista se siente completamente vacía, porque desvirgar el himen es distinto que desvirgar el amor. El sexo es pues el precio, el substituto del afecto, como puede ser el alcohol o una ludopatía. La crudeza de las palabras de la protagonista en la Introducción de la novela -alter ego en este caso de la autora- reflejan con sagacidad los objetivos de esta pieza narrativa de aprendizaje: “No estamos mal follados solo de cintura para abajo, estamos mal follados de cuerpo entero, porque el deseo humano no es solo sexual, y el deseo no sexual que no se satisface puede producir la misma cara agria que la falta de un buen polvo” (páginas 11-12)


Francisco Martínez Bouzas





Lola Beccaria

Fragmentos


“Esta noche me siento excitada. No en el sentido que se da a la palabra excitación normalmente. No. No estoy excitada desde el punto de vista sexual. En realidad siento una energía que si no saco fuera se me va a pudrir por dentro. ¿Cuántas veces me he sentido así y no he sabido qué hacer con los que se me cocía en el interior, volviéndome entonces, según las circunstancias, un perro rabioso o una frígida cariátide. Es curioso el tópico de que cuando una mujer reacciona desabridamente o de manera seca ante los demás eso significa que «está mal follada». Aunque es un comentario por lo común masculino, yo solía identificarme con esa opinión. Me parecía fundamental estar bien follada, y no me paraba a indagar acerca de otros motivos que pudiesen generar tanta acritud o malhumor como la falta de una vida sexual en condiciones. Ya no pienso así. Hay muchos tipos de energía, y por cada una de ellas, un tipo de frustración diferente, en el caso de que no la saquemos fuera, de que no la empleemos en aquello para lo que ha surgido dentro de nosotros.”


…..


“Sin embargo, cuando estaba a punto de correrme él paró en seco, dejándome al borde del orgasmo. No me lo podía creer. Era una pesadilla inexplicable (…) Aproximé mi mano al coño para terminar de una vez por todas con aquel sufrimiento. Hernán me la arrancó de allí de cuajo, impidiéndome la culminación de una corrida que ya no podía esperar más. Me ordenó que esperara y entonces se bajó la bragueta y sacó un bicho enorme, bellísimo, rumboso, tieso y elegante, ancho y largo. Quedé fascinada por la visión y se me olvidó de un plumazo la meta que hasta el momento había perseguido con tanto ahínco. Él se acarició el miembro mientras yo lo observaba fijamente. Se recreaba en su meneo delante de mí. Adoro que los hombres se la meneen. Lo siento como una llamada, un homenaje, el cortejo de la hembra, una exhibición de hombría solo para mis ojos. Y Hernán se meneaba ese pedazo de belleza con el taimado gesto de un artista, como si me toreara mostrándome el capote a golpes de cadera, incitándome al ataque, provocándome y al mismo tiempo avisándome del calibre de su arma (…)

Y entonces me acerqué y cogí aquel rabo con mi mano, como quien acaricia a un doberman que ha bajado la guardia por un momento. Comencé a juguetear, a sentir su tacto terso y mullido y suave, su carne firme y delicada, su reventota lujuria. Me gusta esa sensación de poder: el doberman se deja acariciar por mí, agacha la cerviz y se me da confiado. Le doy placer a la fiera y se convierte en una mascota tierna, entregada, agradecida y ronroneante. Come en la palma de mi mano mientras yo la masturbo amorosamente. Y en ese instante vuelvo apercibir que no hay mejor camino hacia el sentimiento que encamino sin mentiras del sexo, el instinto alegre y desinteresado de la cercanía erótica. Aunque no dure, no permanezca, aunque sea cronometrado.”


(Lola Beccaria, Una mujer desnuda, páginas 19, 136-137)

domingo, 2 de febrero de 2014

LA CIUDAD BURBUJA


Animales urbanos

Karin Leiz

Ediciones Barataria, Barcelona, 204 páginas

(LIBROS DE FONDO)


   Karin Leiz es una escritora tardía. Una narradora que llega a la escritura después de una larga vida que parece hecha de fantasías. Fantasías, con todo, que no fueron quimeras, sino largos años de trabajo y entusiasmo. Karin Leiz fue musa e imagen de Pertegaz en los años setenta. Y en los albores de la publicidad moderna, funda con el que fue su marido, los Estudios Pomés de los que saldrían incontables campañas publicitarias y más de tres mil spots.

   Karin Leiz fue en 1966 la primera burbuja Freixenet y también está detrás de la chica en el caballo blanco de Terry. En la actualidad continúa trabajando como estilista, guionista, una profesión que le sigue estimulando, y como autora de libros de gastronomía. Pero de pronto, hace unos años, sintió la necesidad de descargar el disco duro de su infancia  y adolescencia, de descubrir el eje de una vida híbrida (nacida en Sevilla,, hija de padres alemanes), que ella por decreto coloca en Barcelona.

   La ciudad que pretende descubrir en este libro, Animales urbanos, editado por Barataria, es Barcelona. La Barcelona de los años cuarenta, la ciudad-barrio de su infancia que viajará siempre con ella y hacia la que vuelve los ojos no para contemplar, como Kavafis, las obscuras ruinas  de su existencia, sino la obra de una vida miserable pero polícroma y que se renovaba cada día.

   En animales urbanos Karin Leinz retoma la tradición de la prosa poética, enriquecida con la nostalgia y con el humor, con un agradable zumo lírico que desde un yo -el de la chiquilla de ocho años- le sirve de observatorio de un mundo a primera vista sencillo, pero en el fondo poblado de infinitas resonancias. Sencillas escenas cotidianas, pequeños retratos de figuras humildes, de los habitantes de un barrio barcelonés que semeja una aldea. Prosa pictórica, enriquecida con el cromatismo de una amplia galería de tipos humanos, de estampas del barrio barcelonés de Sant Gervasi en los años cuarenta. Prosa cálida, luminosa que transmite, página tras página, el fervor suave de una inmensa humanidad. Prosa que, no obstante formar parte de una obra primeriza, alcanza un gran equilibrio y una eficacia lírica insólita.

   El texto de Karin Leiz es una elegía y al mismo tiempo una recuperación de la ciudad que desaparece y sobre todo del barrio en el que ella se movió de pequeña: Sant Gervasi. La autora recupera sobre todo el alma de las cosas. Su pasión por los pequeños detalles nos hace recordar el mundo maravilloso de Joyce  en su adolescencia, o la elegía andaluza, Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez. También Karin Leiz humaniza los objetos, los oficios, los animales. El oficio de trapero ejercido por los emigrantes murcianos; el de las criadas o “minyones”, madres muchas veces de hijos huidos en la posguerra. Las ceremonias de vaciar los cubos de basura en el carro que acude todos los días, tirado por cuatro caballos, o el de la alfalfa que se hacía presente a la hora de la siesta con el alimento para los conejos del barrio. La vida frustrada de las crías de pájaros que fracasaban en sus primeras tentativas de vuelo. O Canelo, el perro escéptico e imperturbable que siempre acertaba: nada es lo que parece; o el loro de Presumida; las gallinas, los conejos y las palomas que crían en cobertizos improvisados.

   La niña queda así mismo admirada antes las trazas de la gente con la que comparte el barrio: la señorita relamida y cursi que come poco; Rosa que hacía jerseys  por encargo, dueña de un gato republicano; la familia de gitanos taxistas; señoras muy enseñoreadas con marido y amante y que solo comen pechugas de pollo; la misteriosa dama rusa que recibe visitas entre los vuelos de las palomas. Bubi, el niño con el que juramentó amor eterno y sería su primer muerto.

   Desde el muro protector de su casa, la chiquilla queda  fascinada al observar el bullicio de la vida en un barrio que tiene en los “colmados” los lugares donde se fraguan las amistades. Y nutre sus reflexiones imaginando el pensamiento de los adultos. En breve síntesis, libro sencillo, correcto y que posee la virtud de emocionar y despertar estados de conciencia en un tiempo cada vez más opaco.


Francisco Martínez Bouzas





Karin Leiz con Leopoldo Pomés

Fragmentos


“El único comercio de nuestra zona, un «ultramarinos» que tenía de todo, estaba situado en pleno núcleo menestral, frente a nuestro muro sur. Los dueños del colmado, el señor José y la señora María, tenían un hijo que, para redondear la jugada, se llamaba Jesús. Poseían también el perro mejor alimentado del barrio y de eso se ocupaba María, que era un trozo de pan, en prudente equilibrio con su marido, que no lo era tanto. Era un hombre con mala sombra, de permanente malhumor y, a la que uno se descuidaba, hasta tramposo. Se tenía por «rojo», lo que en aquellos tiempos de posguerra justificaría su mal genio.

Me hice explicar por Justa, nuestra muchacha, lo que significaba ser «rojo» y, en principio, no me pareció motivo de disimulo o de secretismo. Yo también era partidaria de que la riqueza se repartiera entre todo por igual. De hecho, ya lo había practicado regalando una de mis dos muñecas alemanas a  unos basureros, con gran escándalo de mi madre.”


…..



“Las comidas con el señor y la señora Sort en aquel inmenso comedor de muebles oscuros y brillantes eran muy interesantes para mí. Ambos hablaban y reían conmigo, pero nunca entre sí. No se dirigían la palabra pero parecían compartir el agrado de mi presencia.

Años más tarde supe que la señora Sort era hermana de un alto cargo municipal, y que tenía un amante. Aunque tardé muchos más años en saber lo que realmente era un amante, sí sabía que se trataba de aquel joven apuesto que paseaba con ella camino de la casa, y de quien se despedía largamente bajo la ventana de mi dormitorio. Un juntar las manos, alguna vez un casto beso, ponían fin a la interminable despedida llena de arrumacos verbales y miradas tiernas. La señora Sort emprendía, sobre sus altos zapatos de colores inverosímiles, la ascensión de la cuesta camino de su casa, mientras el hombre apuesto se alejaba con paso digno y apresurado en dirección contraria.

-Es un caballero…- se comentaba.

El señor Sort, en cambio, rara vez iba a pie. Iba y venía en un gran Chevrolet con chófer, y al pasar saludaba jovialmente a través de la ventanilla. Yo no acertaba a comprender para qué necesitaba la señora Sort un amante, teniendo un marido mucho más simpático que la mayoría de señores, y además tan vital. Quiero decir que debía serlo, pues en el barrio se afirmaba que había puesto piso a una querida y que tenía cuatro hijos con ella.

-Se cuida mucho. Come pollo todos lo días…

A pesar de la evidencia del amante, Emilia no toleraba que se hablara mal de su señora.”


(Karin Leiz, Animales urbanos, páginas 12, 99-100)