viernes, 16 de enero de 2015

"LA BUENA LETRA": LITERATURA CIEN POR CIEN INTIMISTA



La buena letra

Rafael Chirbes

Editorial Anagrama, Barcelona, 156 páginas

(LIBROS DE FONDO)



   Regreso hoy a la lectura de La buena letra. Una lectura de la segunda edición de esta pieza narrativa escrita por uno de los mejores novelistas españoles de nuestro tiempo. Una edición -la segunda que hizo Anagrama, las hay posteriores y en otros sellos editoriales-, a la que le falta el último capítulo. No es la primera vez que eso sucede, pero sí una de las más significativas. Nada tiene que ver la ausencia con un error de impresión, sino con un remordimiento del propio autor. El arrepentimiento de un cierto voluntarismo literario que le hizo modular en su día el libro bajo el criterio de la circularidad  consoladora, convirtiendo el tiempo en instrumento implacable y justiciero que acaba por poner las cosas en su sitio. La novela apareció por primera ver en el año 1992, un año de euforias (la Expo, las Olimpíadas), cuando estaba de moda ser moderno y aquella literatura que se arriesgaba a mirar hacia atrás, era valorada como desfasada y caduca.

   La buena letra no es la mejor novela de Rafael Chirbes (Tavernes de Valldigna, Valencia, 1949), pero sí una de las que acrecientan la trayectoria inaugurada con Mimou (1988) y jalonada de éxitos como Los disparos del cazador, La larga marcha, La caída de Madrid, Crematorio o En la orilla, novelas, algunas, de esas que marcan cumbres y fronteras.

   En aquella primera versión de 1992, las dos principales protagonistas volvían a encontrase muchos años después. El decurso de una década convenció al escritor de un error de sintaxis narrativa porque, como él mismo afirma, no es misión del tiempo  corregir injusticias, sino al contrario hacerlas más profundas. Por eso, en la reedición y en alguna traducción anterior a otras lenguas, Rafael Chirbes deja al lector compartiendo la rebeldía y el sufrimiento de la madre anciana que no acepta que se hable de su casa, llena de goteras mas también de recuerdos, como de un solar donde se pueden construir nuevas viviendas.

   La buena letra es un ejemplo paradigmático de la llamada literatura intimista. Esa escritura introspectiva que le presta gran atención a las crisis del propio individuo, a sus estados de conciencia o de inconsciencia, que escudriña en las ondulaciones psicológicas de los personajes. Rafael Chirbes siente una cierta aversión por la literatura en abstracto y por eso sutura sus obras al tiempo,  a un tiempo determinado. Deudor indudable de la concepción balzaquiana de la novela, profesa  la máxima de que aquella debe de relatar la vida privada de las naciones. Así pues, el papel del narrador no consiste en escribir editoriales para los periódicos, sino referir lo privado de cada personaje. Novelar así pues historias intimistas que reflejen, no obstante, conflictos mucho más amplios. Los recuerdos que persiguen a sus personajes pero que también los identifican.

   Vemos así como Ana, la protagonista de La buena letra, le cuenta la historia de su generación a su hijo, arrullada por el olor de la madreselva, como si a través de ese acto, se la estuviese refiriendo a ella misma, persiguiendo sombras, las sombras de las ausencias familiares que la han cargado de sufrimientos y le han robado las ganas de vivir. También las miserias familiares, el sufrimiento del padre/abuelo demente, convertido en un niño. El primer invierno después de la Guerra en el que, junto con el frío, la familia es víctima del fanatismo de los vecinos falangistas, como si aún siguiese la guerra, a pesar de haber concluido oficialmente. La lucha por la supervivencia como única forma de amor que se le permite a las familias. Todo eso se lo relata al hijo que ella siente alejado, pero que será el destinatario de la micro épica de su vida y de la de su familia: su resistencia, su rebeldía, el cansancio, la espera de la muerte, viendo como las generaciones de sus descendientes se yerguen sobre las cenizas y sufrimientos de la suya.

   Así pues, cuando se derrumba una casa para construir otra, como sucede en la novela, se arruina una parte fundamental de la memoria, en este caso de la memoria de los perdedores de la Guerra Civil. Todo esto, relatado sin resentimientos, sin maniqueísmos, sin tesis, reflejando únicamente la suave tristeza del tiempo ido. Arropando la novela con una prosa sencilla y natural, con un ritmo pausado que nos muestra, a través del espacio del relato, los vínculos interpersonales y lo privado como espejos de nuestra historia más reciente. Una literatura, en definitiva, en la que la las tristezas y alegrías tienen vida propia y marcan los rumbos de generaciones enteras.



Francisco Martínez Bouzas

                                                     
Rafael Chirbes (foto RTVE)

Fragmentos



“Rumores de fusilamientos que sólo a veces se confirmaban, pero que siempre hacían daño. Aparecieron cadáveres en el manantial, en el huerto de naranjos que tenía una balsa en la que tú siempre querías bañarte cuando eras pequeño y donde una vez casi te ahogas; en la playa, en los arrozales. Aprendimos la suciedad del miedo.

Los fusilados no siempre eran de aquí, de Bovra. Había mujeres que venían en busca de cadáveres desde Gandía, desde Cullera, desde Tabernes. La certeza de la muerte las curaba del miedo. Preguntaban en voz alta, a la puerta de los cafés, por el lugar en que habían aparecido aquella mañana los fusilados, y los hombres volvían avergonzados la cabeza y seguían jugando en silencio al dominó.”



…..



“Cuando regresaba al comedor, tu padre se había servido una copa de coñac y la miraba con insistencia, ya silencioso, hasta que venía a recogerlo José. Entonces recobraba una animación forzada y se ponía a hablar en un tono que no le correspondía, y seguía hablando sin parar, como si temiera derrumbarse si se callaba, hasta que se despedían desde la puerta.

Yo notaba cómo le iba cambiando el carácter. Probablemente nos iba cambiando a todos. Era como si, no teniendo ya que resistir frente al exterior, necesitáramos seguir consumiendo nuestra energía, ahora de puertas adentro. A veces me paraba a pensar qué deprisa nos habíamos olvidado de todo. También pensaba que, en cuando las cosas se quedaban atrás, dejaban de ser verdad o mentira y se convertían sólo en confusos restos a merced de la memoria. No había nada que salvar. El tiempo lo deshacía todo, lo convertía en polvo, y luego soplaba el viento y se llevaba ese polvo.”



…..



“Durante toda la noche anterior me acordaba de que tu padre me contó en cierta ocasión que los marineros se niegan  a aprender a nadar porque así, en caso de naufragio, se ahogan enseguida y no tienen tiempo de sufrir. No conseguía dormirme. Estuve dando vueltas en la cama hasta el amanecer. No podía evitar que me diesen envidia los que se fueron al principio, los que no tuvieron tiempo de ver cuál iba a ser el destino de todos nosotros. Porque yo he resistido, me he cansado en la lucha, y he llegado a saber que tanto esfuerzo no ha servido para nada. Ahora espero.”



(Rafael Chirbes, La buena letra, páginas 30, 113, 156)

martes, 13 de enero de 2015

"EL MONO EN EL ESPEJO": UN RELATO DE CULTO ENTRE LO ALEGÓRICO Y LO FANTÁSTICO



El mono en el espejo
Xabier López López
Traducción de Marta García Seoane
Ediciones de Baile del Sol, Tenerife, 2014, 90 páginas

   Tuve la oportunidad de leer el original gallego de esta novela breve de Xabier López López en el año 2002. La releí ya editada y como ganadora del Premio Manuel Lueiro Rey de Novela Curta 2002, al año siguiente. Y tengo ahora el placer de acercarme a la versión española y sigo pensando que El mono en el espejo es una pieza de ficción cuya valía va más allá del interés de su trama argumental, porque, a lo largo del escaso centenar de páginas de la novela, Xabier López López lleva a cabo una verdadera disección de la condición humana. O mono no espello, título de la edición original gallega, fue la tercera aproximación del escritor a la narrativa. Desde entonces, y sin ser un autor que se prodiga en exceso, han salido de su pluma algunas de las propuestas ficcionales más interesantes de la narrativa gallega, escritas con el mismo rigor, la misma tonalidad, la misma calidad de este autor de culto. Novelas como A vida que nos mata (2003), Cadeas (2013), Olympia ring, 1934 (2014), muy alejadas del solaz de los best sellers  de consumo masivo, cimentadas por el contrario en una narrativa reflexiva que no solamente nos traslada una historia, sino que pretende ir más allá, hacer que nos interroguemos, invitarnos a dar respuestas.
   El mono en el espejo, a pesar de su formato de novela breve, comparte esas mismas coordenadas y puedo decir que no ha envejecido. Pero en ella también hay una historia que el autor desgrana a lo largo de ocho capítulos y cuya sinopsis recojo en las siguientes líneas. En una playa repleta de gente se pierden niños con mucha frecuencia. Por los altavoces anuncian repetidamente el extravío de un niño de seis años al que nadie se acerca a recoger. Se aproxima la noche y el protagonista, un profesor solitario y obsesionado con sus lecturas, sube al niño en su motocicleta y lo lleva para su casa, temiendo no obstante que lo consideren un raptor de menores de edad. Le da techo, “comida”, vestido y con eso cree haber cubierto el expediente del buen corazón. Lo único que el chiquillo hace es sonreír con una de esas risas que hacen apartar la vista. Desde ese momento el protagonista cambia sus rutinas de ser solitario. Y se ve sometido a múltiples tensiones y ahogos interiores. Piensa entregarlo a la policía, mas en el último segundo se vuelve para atrás. Cavila consultar a un viejo catedrático jubilado que tiene soluciones para todo. También a un periodista, pero no lo hace. Juega al buen samaritano, mas, sin darse cuenta, es él el que se convierte en muñeco de esta nueva versión del niño-salvaje (sordomudo, engullidor de pescado crudo) que actúa con indiferencia y con el  automatismo de un juguete a pilas. Un desenlace trágico, terrorífico e inesperado sutura Eros y Tánatos, la muerte y los sueños eróticos del protagonista y pincela en buena medida la atmósfera de la novela.
   Por detrás de las pocas páginas del libro, un relato simbólico, con muchos elementos fantásticos y alegóricos, se ocultan las claves del macrotexto de Xabier López López: la creación de atmósferas narrativas cimentadas en el “juego de reflexiones y refracciones, de sombras chinescas, de apariencias, en ese laberinto interior donde soplan de cuando en vez los vientos del surrealismo y del absurdo” y se nos hace presente un ámbito de la realidad próxima y opresiva.
   Las citas de Ánxel Fole, Herman Melville e Alfred Russell Wallace, epígrafes en el pórtico de libro, nos sitúan en la pista del mensaje oculto de la novela. El fundido de este mundo en el ultramundo, de los colores del arco iris  con la imposibilidad de fijar la línea de demarcación, son una verdadera transposición de las dificultades con las que nos encontramos muchas veces a la hora de marcar la frontera que, en nuestro mundo humano, separa la cordura de la demencia. Es esa, en mi opinión, la meta de esta versión posmoderna del mito del niño salvaje, que el escritor desenvuelve a caballo entre la realidad y la fantasía.
   Lo más relevante de la novela de Xabier López López es la creación de un clima que poco a poco, y a medida que avanza el relato, se va fortaleciendo. Un clima sofocante y poblado de silencios inmundos. Un aire que nos envuelve como esas campanadas llenas de fatiga que llegan de lejos, o de muy cerca, por ejemplo de la mirada profunda, terrible y enrarecida del niño que mira al protagonista-samaritano sin quitar de su rostro su siniestra sonrisa de hoja seca.
    Novela erguida con una arquitectura interna muy sencilla, basada en un narrador omnisciente que conduce el relato de forma lineal y recrea ese clima existencial en el que vive el protagonista. El mono en el espejo, es sin embargo una narración densa y compleja. Una lengua concisa, un ritmo apropiado, aunque a primera vista pueda parecer demasiado lento para una obra cuyo formato exige condensación. Pero no sobran las minuciosas descripciones y reflexiones del protagonista que quizás no tengan demasiada influencia en la trama, pero a través de ellas aquel rumia sus problemas, manifiesta su forma de pensar y contribuyen a crear la atmósfera opresiva y sofocante de la novela. En resumen, una literatura en estado puro, mas con la presencia da abundantes referencias literarias, de elementos paródicos y claves simbólicas. La carta de presentación de un autor de culto capaz de deleitarnos con importantes y estimulantes cosechas literarias.

Francisco Martínez Bouzas

                                                     
Xabier López López
Fragmentos

“En la caseta de salvamento y socorrismo espera un niño de seis años que no sabe decir cómo se llama. Lleva una gorra amarilla, bañador negro y tiene el pelo largo. Se ruega a sus familiares que pasen a recogerlo. Repito: en la caseta de salvamento y socorrismo…
Dirigió instintivamente la mirada hacia los postes de los altavoces. Si uno ya reacciona al escuchar las señales sonoras que anuncian la canción de los pequeños desaparecidos, con más razón debe reaccionar cuando dan un mensaje tan peculiar. «No sabe decir cómo se llama»…¿Y entonces que era, un niño mudo? ¡En ese caso cómo pueden saber su edad! ¿A ojo? Se golpeó la frente. Con la …mano. Bastaba usar los dedos de la mano, qué tonto, y se sorprendió a sí mismo contando hasta seis con pequeños golpes en las uñas.”

…..

“El pequeño giró la cara y de repente reparó, con ese andar lento y húmedo de las sorpresas, en aquel, su masticar demorado y viscoso, lleno de mucosidad y tripada. Parecía que estuviese mordiendo un trozo de papel de plata manchado de sangre cuajada, de minúsculos capilares, negros y gelatinosos. Pescado crudo. Una pescadilla. Se la arrebató y la tiró a la basura. Se anticipó a su mano y alcanzó la bandeja donde se apretaba el resto de los peces, aquellos espárragos de mercurio con la boca mordiendo aire, los ojos mirando blando, las agallas irisadas segregando saburra. La levantó sobre su cabeza, mientras el pequeño, repentinamente enloquecido, saltaba a su alrededor para alcanzarla. Lo hizo; se puso a sollozar. Agrietó el rostro con una mueca, dejó escapar el berrido del llanto.
 Pasó del asco al miedo en el tiempo de un suspiro. ¿Pero por qué grita este…? Miró hacia todos los lados, como si los estantes, la fresquera, la mesa, la puerta, la ventana, fuesen a asomar las caras de los vecinos de un momento a otro. Se enervó; se quedó sin resuello. Ya no supo si taparle la boca o coger y darle sin más la bandeja.”

(Xabier López López, El mono en el espejo, páginas 21-22, 47)

sábado, 10 de enero de 2015

"DESPUÉS DEL INVIERNO": NARRATIVA RUTILANTE Y PODEROSA



Después del invierno

Guadalupe Nettel

Editorial Anagrama, Barcelona, 2014, 268 páginas



   Después del invierno, concede su autora, Guadalupe Nettel (Ciudad de México, 1973), es una novela de rapiña, porque este libro arranca, como todos los suyos, de historias reales y, a partir de ellas, se exploran otras posibilidades y se constata especialmente cómo las cosas pueden ir a peor. Una novela tejida en buena parte con hilos ajenos, con fragmentos de vidas de otras personas, con pedazos de historias vividas o contadas por los amigos de la escritora. Trenzada sobre todo con obsesiones, con fascinaciones que a veces ella misma comparte: la afición y el apego por los cementerios. Mas al margen de los orígenes de su escritura, es preciso dejar constancia de que Guadalupe Nettel obtuvo con esta novela el prestigioso Premio Herralde de Novela, 2014 -quinto escritor mexicano en obtenerlo- y forma parte de esa fértil eclosión de narradores que, generación tras generación, tiene lugar en México. Y lo hizo con una gran novela, rutilante, poderosa,  a pesar del desasosiego que puede producir la lectura de su trama. Uno de esos textos enramados de ficción y realidad que aparecen de vez en cuando y son capaces de reconciliarnos con la literatura. Y de paso nos conmocionan, ponen ante nuestros ojos, de forma a veces vitriólica y estremecedora, otras, sumamente tierna o incluso humorística las punzantes brechas que acechan a los seres humanos en la posmodernidad.

   En menos de media línea Guadalupe Nettel describe su obra: encuentro chocante entre dos neuróticos. Efectivamente, también eso es Después del invierno, pero también mucho más y quizás sea preciso recurrir a las palabras de Julio Ramón Ribeyro, un ilustre compatriota  de César Vallejo, a su vez ilustre habitante de uno de los cementerios parisinos: “Seres imperfectos viviendo en un mundo imperfecto, estamos condenados a encontrar solo migajas de felicidad”. Son, en efecto, esas migajas de felicidad las que guían y con frecuencia destrozan las existencias de los dos seres que sienten pasión por los cementerios y que, sumidos en infinitas carencias, sostienen con sus voces narradoras la trabe de oro de este novela. Son Claudio y Cecilia. Dos seres con vidas solitarias. Sobre ellos, sobre sus personalidades neuróticas, psicóticas, solitarias y obsesivas  recae el gran peso de la novela. Él, Claudio, una suma de muchos hombres misóginos, fatuos, machistas. Cubano que comienza  a odiar a los cinco años y que ahora vive encapsulado en su apartamento neoyorquino, presa de sus rutinas sobre las que descansa su existencia, que no acepta que nadie se inmiscuya en su vida, ni siquiera su amante, quince años mayor, y que le atrae por su inquebrantable tranquilidad dopada. Ella, Cecilia, mexicana, estudiante de tesis en París, economía precaria, víctima de múltiples complejos y carencias, encerrada así misma en un miserable apartamento, situado -ese es su atractivo- al lado del cementerio Père-Lachaise. Cecilia vive agobiada por el sinsentido de su propia vida, atada a la enfermedad de su novio y  en algún momento de la narración termina vegetando como un paria, sumergida en la soledad de un despojamiento absoluto que nos hace recordar al austeriano Marc Stanley Fog de El Palacio de la Luna, que vivía como un animal en una cueva de Central Park.

   Guadalupe Nettel dota de voz a ambos protagonistas para que nos cuenten sus vidas y sus interacciones con otros personajes, sin duda secundarios, pero excelentemente moldeados: Ruth, Tom, Susana, Haydée…A borbotones, a veces difíciles de digerir, vamos conociendo sus neuróticas extravagancias, sus insatisfacciones, la pasión por los espacios y ciudades en los que viven, sus amores, plenos o insatisfechos, con despojos de deseos, sus prácticas sexuales, violentas las de él para liberarse de la cobardía del desamor, o una página en blanco las de ella, una neófita  del sexo. Y sobre todo, sus experiencias de extrema soledad, de dolor, de pérdida, de luto, el recuerdo de aquella primera novia que eligió el suicidio.

En sus vidas hay de todo. Infancias difíciles, estigmas de abandono materno, huellas de un episodio homosexual en la Cuba castrista;  el París huraño, que no es luz, sino lluvia helada, frío invierno, apatía de sus moradores; telarañas emotivas que disfrazan el desamor a la vez que atrapan a un personaje que actúa como un robot.

   Hasta que la novelista hace que sus destinos se entrecrucen, de forma puramente aleatoria y que surja la pasión, acompañada por la fascinación por los cementerios. Y la huida a tiempo de una historia destructiva. Y, a partir de de ahí, el miedo a haber perdido la cordura y la vinculación salvadora con los demás, desde la experiencia del dolor.

  
Guadalupe Nettel
Novela sobre el extrañamiento, sobre la muerte, o mejor dicho, sobre sus cercanías; sobre las fragilidades, la condición pusilánime y la tullidez emocional. Pero también sobre el amor, sobre el amor como trampa, con declaraciones líricas citando a César Vallejo, pero también sobre el amor verdadero (¿o enfermizo?), capaz de darlo todo, de querer acompañar al ser amado en su dramático camino hacia la muerte y morir con él. En cualquier caso, experiencias amorosas ajenas a cualquier cursilería.

   Novela así mismo sobre miserias y mezquindades. Sobre la desazón de los grandes espacios urbanos como París, una ciudad propicia a los suicidios, donde siempre es invierno -una buena metáfora de esta pieza narrativa-, un invierno desabrido, capaz de encapsular a las personas, porque también ellas, desde su soledad y desde sus neuróticas fijaciones, han embotellado a París, convirtiendo a la gran urbe en una miniatura gris, imposible de disfrutar (página 143).

   Después del invierno no es una novela siniestra, pero muchas de sus páginas nos producen escalofríos, nos estremecen y al mismo tiempo nos estimulan, porque al final se apuesta por la vida y las personas recuperan el respeto por si mismas. Escritura desnuda, sin efectivismos, sobriedad narrativa que acrecienta el efecto sobrecogedor de una trama que hace aflorar lo que somos y lo que tenemos, capaz de hacer germinar, pese a sus pinceladas de humor, una solidariedad incondicional con al congoja insondable que entraña la condición humana.

   Una edición que sortea el criterio de traducibilidad al español de España, respetando los localismos latinoamericanos, es un plus que enriquece, en mi opinión, un libro escrito con gran vitalidad narrativa.



Francisco Martínez Bouzas



                                                     
Cementerio Père-Lachaise (París)

Fragmentos



“Templé con Ruth por primera vez en la cocina de su departamento. Se había parado de puntas para buscar no sé qué especia en la alacena. Levanté su falda de seda y le hice el amor como nadie en su vida, ya que nunca antes había estado con un latino, mucho menos con uno de estos hombres que sólo se producen en la isla donde yo nací. A sus cincuenta y tantos años, Ruth grita como una felina cuando mi pinga le golpea los ovarios. Terminamos en su cama entre unas sábanas color durazno y dormimos juntos esa noche. Por la mañana, me fui sin hacer ruido y llegué al trabajo oliendo a alcohol y a desvelo. Ninguno de mis compañeros hizo un solo comentario. Me conocen de sobra como para saber que no soporto las indiscreciones.”



…..



“Los cementerios de París están localizados en sus cuatro extremos: Montmarte en el norte, Père-Lachaise al este, Passy al oeste y Montparnasse en el sur. Mientras volvíamos a pie hacia Bastille, Claudio me contó que, antes de que se construyeran, el principal camposanto de la ciudad estaba en el centro, junto al mercado de Les Halles, exactamente donde ahora se encuentra la Place Joachim-du-Bellay. Fue clausurado a fines del siglo XVIII después de una epidemia terrible, originada por el manejo inapropiado de los cuerpos. Desde entonces se prohibió enterrar a los muertos dentro de la ciudad. «¡Cuántos cadáveres hay debajo del suelo que pisamos todos los días!», recuerdo que pensé. Por si fuera poco esta la red de catacumbas romanas que se extiende en el subterráneo de la ciudad y aloja a su vez una gran cantidad de huesos. Concluí que vivir en parís, dondequiera que uno esté, es vivir sobre la sepultura de alguien. La ciudad es un inmenso cementerio. Si las teorías espiritistas eran ciertas –y cada vez estoy más convencida de ellas-, todos debíamos de haber sido poseídos, por lo menos alguna vez, por un alma en pena.”



…..



“A pesar de mis esfuerzos, nunca escuché las voces que Tom me había prometido. En cambio escuche las de una multitud de seres condenados a vivir solo, añorando a alguien que había pasado al otro mundo. Conocí a decenas de estos seres y a otros semejantes. Conocí a Eleanor Rigby y al padre McKenzie, a gente enferma que esperaba la fecha de su muerte como los prisioneros aguardan el final de una condena y que, como Tom, habían comprado anticipadamente el nicho donde habrían de ser depositadas sus cenizas. Conocí a personas sin esperanza con quienes mantenía largas conversaciones que olvidaba a los pocos minutos, no por su intranscendencia sino por el estado catatónico en el que me encontraba. Incluso presencié el entierro de uno de ellos. En cuanto el cementerio cerraba sus puertas, volvía a mi casa para desplomarme, sobre unas sábanas que nunca lavaba. Ya no me hacía falta la radio. Por las mañanas salía a comprar pan o alimento pero siempre acababa volviendo al Père-Lachaise como si se tratara de un polo magnético alrededor del cual gravitaba mi existencia. Después empecé a interesarme por las historias de aquellos que caminaban entre las tumbas como lo hacía yo misma, pero sobre todo por los difuntos y sus biografías. Me di cuenta de que bastaba con acercarse a la sepultura donde alguien se hubiera detenido, para entablar una conversación acerca del finado.”



(Guadalupe Nettel, Después del invierno, páginas 28-29, 158, 259)

martes, 6 de enero de 2015

YVETTE EN EL MUNDO DE LA PROSTITUCIÓN DORADA



Yvette
Guy de Maupassant
Traducción de Luisa Juanatey
Editorial Pasos Perdidos, Madrid, 2014, 126 páginas.

   Yvette es una novela breve -apenas supera las cien páginas- de Guy de Maupassant (1850-1893), un reconocido escritor naturalista francés que tuvo de maestro a Flaubert. Sin llegar a la suprema sobriedad flaubertiana, tuvo el mérito de dominar la técnica canónica del cuento, del relato que puede condensarse en una páginas o extenderse hasta un centenar. No pocos cultivadores del género como Horacio Quiroga, Gógol, Turgéniev, Tolstoi y el mismo Chéjov lo venerarían en décadas posteriores. Maupassant alcanzó la celebridad con un relato de longitud media, Boule de suif (Bola de sebo, 1880), aunque la más conocida y celebrada de sus novelas es Bel-Ami (1885).
   Yvette constituye una recreación de Yveline Samoris, un relato aparecido en 1882. La primera edición de Yvette es de 1884. Suele considerarse un hecho cierto que en los últimos períodos de su existencia, Guy de Maupassant dio muestras de una enfermiza inclinación hacia las jovencitas, porque seguramente creía que la sífilis, la enfermedad de la que se había contagiado, se vería aliviada evitando el contacto con las prostitutas más veteranas, y dando rienda suelta a su libido con jóvenes prostitutas o cortesanas casi adolescentes. Los salones que frecuentaba, contaban con una amplia nómina de estas seductoras adolescentes. No es de extrañar pues que el escritor conozca de primera mano ese mundo de la prostitución dorada. Yvette es el prototipo de esas “deliciosas criaturas perfumadas”, de la adolescente sensual que, adelantándose en setenta años a Nabokov, constituye la imagen perfecta de una Lolita, la joven mujer-florero, usada, en este caso por su madre, como eficiente reclamo de seducción. Yvette, que vive en efecto con su madre que se hace llamar marquesa de Obardi, es una joven tan bella como ingenua, al menos aparentemente. Su madre, cortesana de lujo, regenta un salón donde se ejerce la “prostitución dorada”, y emplea la hermosura y pueril inocencia de la hija para atraer una selecta clientela de burgueses y falsos aristócratas, pretendientes de los favores sexuales de Yvette, pero excluyendo el matrimonio: “Sabe muy bien que entre nosotros no podría tratarse de matrimonio…se trataría de amor” (página 65), le dice el pretendiente que cree tener más posibilidades de seducirla, el falso duque de Servigny.
   La novela da comienzo en el momento en el que Jean de Servigny, en compañía de su amigo Léon Saval, ambos ricos parisinos, se dirigen a los salones cortesanos de la pseudo marquesa de Obardi. El propósito de Servigny no deja dudas desde las primeras páginas: se ha encaprichado de Yvette, espera cobrar algún día su presa, pero tiene muy claro que con ella no se va a casar. Maupassant mantiene la tensión a lo largo de poco más de cien páginas, alimentando la incertidumbre de si Servigny logrará hacer realidad su plan: seducir a Yvette. Pero la tarea no deja de ser ardua porque la joven, apasionada y novelesca, no es consciente de las verdaderas motivaciones de sus galanes admiradores. Ambas partes, pues, practican juegos distintos. Por eso Yvette, destinada a la prostitución dorada, pero todavía no iniciada por su madre, experimentará en su alma la gran decepción cuando descubre las verdaderas intenciones de los pretendientes de su hermoso cuerpo.
   Y esa gran decepción se viste en la novela de un dramatismo artificial, pero no por ello menos peligroso. Una resbaladiza niñería que en el fondo no es otra cosa que un medio más para llamar la atención de sus pseudo príncipes, duques, condes y barones. Y así penetra la incauta y soñadora Yvette en el mundo de los mayores, que ya no es un cuento de hadas, sino la realidad de los salones cortesanos: ser adorada por los hombres, pero solamente en su radiante y hermosa corporalidad en el pináculo de la prostitución, renunciando a sus ideales.
   Al margen de esta trama y del juego de seducción/inocencia que Maupassant relata con la solvencia del narrador omnisciente que conoce todo lo que pasa por la mente de sus protagonistas, la novela tiene el mérito de reflejar el ambiente en el que se ejercía esa prostitución de lujo, los salones donde los burgueses y la aristocracia del siglo XIX sueñan no solo con dar rienda suelta a sus insititos sexuales, como ocurría en los prostíbulos, sino con la pulsión sexual camuflada bajo el ropaje del juego de la seducción y del amor que nunca va más allá de huecas palabras. Un exacto retrato pues del París burgués y libertino, poblado por vividores y egoístas inmensamente ricos.
   El estilo de la prosa de Maupassant, a pesar de que nunca admitió ser considerado un escritor realista, se explaya en las descripciones de paisajes, objetos y en el reflejo de la psicología de sus personajes, especialmente de Yvette, madame Obardi y Servigny. No obstante, su estilo resulta con frecuencia demasiado enfático y fuerza el peso de una anécdota a base de dramatismo, con frecuencia sobreactuado, como ocurre en el desenlace de esta novela.

Francisco Martínez Bouzas

                                                     
Guy de Maupassant
Fragmentos

“-¿Has sido o eres su amante? –preguntó Léon Saval
-Ni lo he sido, ni lo soy, ni tampoco lo seré. Yo voy allí más que nada por la hija.
-Ah, ¿tiene una hija?
-¡Que si tiene una hija! ¡Ah!, mi querido amigo: una maravilla. Que en este momento es el principal atractivo que hay en el antro aquel. A punto de sazón -dieciocho años-, alta y espléndida, tan rubia como morena es su madre; siempre alegre, la risa suelta a toda hora, siempre con ganas de fiesta, siempre bailando sin freno como una peonza… ¿Quién se la llevará? ¿O quién se la ha llevado? No se sabe. Los que aguardamos, los que nos mantenemos a la espera, somos diez.
Una muchacha  así, en manos de una mujer como la marquesa, es un capital. Y juegan las dos sobre seguro, las muy bribonas: no sueltan prenda. Puede que estén esperando una ocasión…mejor…que yo. Por mi parte te aseguro que no pienso dejarla escapar…la ocasión. Si es que se me presenta.
Me desconcierta por completo esa muchacha, Yvette. Es un misterio. Si no es el monstruo de astucia y perversidad más acabado y perfecto que jamás haya yo conocido, sin duda es el fenómeno de inocencia más portentoso que se pueda encontrar. En ese ambiente innoble ella vive, y triunfa, con una naturalidad  tan absoluta que o es una ingenua admirable o es una bellaca digna de admiración.”

…..

“Pero la madre, exaltada, enardecida, continuaba:
-¡Pues sí, soy una cortesana! ¿y qué? Si no fuera una cortesana tú ahora serías cocinera, que es lo que era yo antes, y a cambio de un jornal de treinta céntimos trabajarías el día entero, y fregarías los platos, y tu ama te mandaría a comprar la carne y si te entretenías te echaría a la calle, ¿me oyes?, mientras que así no haces otra cosa que entretenerte el día entero gracias a que yo soy una cortesana: que lo sepas. Cuando una no es más que una mísera sirvienta, una infeliz con unos ahorros de cincuenta francos, más vale que se sepa espabilar si no quieres acabar como una muerta de hambre; ¡y para nosotras no existen dos maneras!, ¡no hay dos para la que es una criada!, ¿lo oyes? Nosotras no podemos hacer fortuna buscando un puesto, ni podemos hacer cambalaches en la bolsa. No tenemos otra cosa que nuestro cuerpo, únicamente nuestro cuerpo.”

(Guy de Maupsassant, Yvette, páginas 14-15, 93)

domingo, 4 de enero de 2015

"PIETRA VIVA": PERSEGUIR LA BELLEZA SIN ALCANZARLA JAMÁS



Pietra viva
Leonor de Recondo
Traducción de Lluís María Todó
Editorial Minúscula, Barcelona, 2014, 178 páginas

   Pietra viva es la tercera novela, y la primera traducida al castellano, de la violinista francesa de origen español Leonor de Recondo. Espoleada por la curiosidad y tras un paciente y riguroso proceso de de documentación sobre los hechos históricos que rodearon la vida de Michelangelo Buonarroti, esta prestigiosa violinista barroca proyecta con gran sensibilidad  su visión narrativa sobre un pequeño episodio de la vida del gran artista. Un pequeño detalle, tan breve como intenso que la pluma de Leonor de Recondo transforma en ficción, o en historia ficticia, pese a que reconozco que la conjunción de ambos términos es contradictora. Pero la autora es consciente de que, a través de la ficción, puede tocar algo más sensible y más emocional que la simple relación de los hechos históricos. Por consiguiente, en puridad no es esta una novela histórica. Hablando con rigor es preciso admitir que no existen novelas históricas, porque la ficción, como marcador semántico que es, inyectado en la realidad histórica, trastorna, como ha defendido Álvaro Pombo, todo lo que toca, anula los contextos históricos, aunque no carece de función, pues la ficción tiene la capacidad de ilustrar bellamente la historia. Es congruente pues el punto de vista de Leonor de Recondo al reconocer que la historia ficticia que nos transmite en esta novela, está envuelta por un cuadro histórico real.
   La novela tiene sus orígenes en un hecho quizás circunstancial pero decisivo en el desarrollo de la personalidad de la autora: el poder seductor de las imágenes de la infancia. Porque Leonor de Recondo, hija de un escultor, pasó varias de sus vacaciones en un pequeño pueblo de la Toscana italiana, Pietra Santa, muy cercano a Carrara. La imagen infantil, el contacto con los canteros del mármol, hicieron surgir en la autora la necesidad de escribir  sobre la montaña, el trabajo del mármol y la escultura.
   El punto de partida de la novela es un breve período real en la vida de Michelangelo: el papa Julio II acaba de encargarle la construcción de su tumba. Es la primavera de 1505 y el escultor, profundamente perturbado por la muerte de Andrea, un monje de belleza fulminante del que se sentía platónicamente enamorado porque encarnaba todos los ideales de la belleza masculina, se traslada a Carrara para elegir personalmente los mejores bloques de mármol, negociar su precio y organizar el traslado marítimo a Roma. Espera así olvidar la fascinante imagen del monje. Y allí, en contacto con la naturaleza y cautivo de la “pietra viva”, de sus pensamientos y oscuros sentimientos, el escultor que ya ha cumplido treinta años, al que ya le precede la fama de haber esculpido el David y la más conocida de sus pietà, oscila entre su misantropía que le fuerza a ser irascible, colérico y a encerrarse en si mismo y un  sinfín de emociones que había arrinconado mucho tiempo atrás.
   En la soledad de Carrara, Michelangelo repasa su vida: la muerte de su madre (“Así fue como a los seis años quedó huérfano  de madre y de memoria”, página 50); la sonrisa y la calidez de los pechos de su nodriza; las disecciones que antaño practicara en Florencia y en Roma hasta que el cadáver de una mujer embarazada le hace temblar; las piras de vanidad purificadoras que Savonarola prende en Florencia, poseído por un ascetismo que excluía toda expresión del yo y de la belleza del cuerpo humano. Mas todo ello no es suficiente para que de sus sueños desaparezca la imagen de Andrea, y así talla su mano para recuperar la esperanza, para comprobar que su carne y su espíritu siguen alerta, puesto que en la imagen del joven monje pretende comprobar todo el esplendor de la belleza masculina y apropiarse de ella, incluso sin tocar su mano carnal.
Leonor de Recondo
   La autora apostó muy fuerte y no dejó de arriesgarse al concentrar el núcleo diegético de su novela prácticamente en un instante de la existencia de un gran personaje. Mas la apuesta no fue en vano, porque Leonor de Recondo, con ponderada sensibilidad e intuición, reproduce la androginia creadora de Michelangelo persiguiendo la belleza sin ser capaz de darle plenamente alcance. La escritura de Leonor de Recondo humaniza al gran artista: sin ocultar su irascibilidad y su cólera, descubre en el personaje sentimientos que podríamos pensar que se hallaban muy alejados del genio artístico de un misántropo: estallidos de asombro ante el entorno de la montaña marmórea, cierta comunión con la durísima existencia de los canteros, una inesperada ternura por un niño huérfano… Sin duda que la estructura de esta historia mínima sobre una personalidad gigantesca le ayuda en su trabajo compositivo. La novela, en efecto, alterna secuencias del presente en Carrara con la rememoración de episodios cruciales en la vida del artista que han dejado un profundo poso en la existencia del artista. Un fino y elegante estilo de prosa, que parece dotado de música, que recrea con primor por ejemplo las canteras de Carrara, a la vez majestuosas y traidoras, reviste con gran eficacia el retrato puntual de la fuerza impresionante de un gran creador en el terreno artístico, pero que a la vez arrastra una personalidad opaca, cerrada y en muchas ocasiones ciertamente huraña.

Francisco Martínez Bouzas

 
Tumba del papa Julio II (detalle)

Fragmentos

“Nunca ha tocado el rostro de Andrea. ¿Cómo ahora abrir su cuerpo?
Andrea, eres la belleza en estado puro, la perfección de los rasgos, la armonía de los músculos y los huesos.
Cuando lo vio por primera vez trayendo un cadáver, creyó que era una alegoría de Cristo. Su juventud, su luminosa belleza, su fuerza al levantar tan francamente la muerte no podían proceder más que del hijo de Dios. Y además estaba su mirada. Azul sin miedo. Directa como el rayo del Juicio Final. Michelangelo venía a hacer disecciones en aquel convento romano por el mero placer de contemplar a Andrea.
Apenas hablaron y, pese a ello, Michelangelo reconoció en el acto su cuerpo desnudo, ahora sin brillo. Lo mira por última vez y lo abandona al polvo del haz luminoso que viene  a rebotar sobre su torso.
Repite en voz baja:
-Andrea, eres la belleza en estado puro. La perfección de los rasgos, la armonía de los músculos y los huesos.”

…..

“Michelangelo está viendo perfectamente el rostro de Andrea. Sus manos lo modelarían en la arcilla sin dificultad. Sus pulgares, en un gesto simétrico, alisarían la nariz, los párpados, el mentón, la mandíbula prominente. La boca también, el labio superior fino y modesto sobre el inferior, más carnoso y sensual. Andrea es la imagen de este contraste entre humildad y provocación.
En este momento le importa muy poco la belleza eterna de Andrea. Quiere su piel recorrida de venas, palpitante, y Petrarca no le ofrece ningún alivio. El escultor, como el poeta, se encuentra sumido en el conflicto sin solución del duelo. Con el añadido, en el caso de Michelangelo, de la incertidumbre sobre lo que ocurrió.”

…..

“Aquel día, el escultor entra en su habitación con el alma tranquila y el corazón henchido de alegría. Se apoya en el antepecho de la ventana y contempla la noche estrellada. ¿Cuántos colores, cuántas sombras cambiantes habrá observado desde esta abertura?
Michelangelo se deja llevar por la melancolía de aquellos instantes preciosos que pronto se desvanecerán entre las brumas del olvido.
Maria ha dejado una bandeja durante su ausencia. El hinojo a la brasa se ha enfriado. Toma algunos bocados y después prefiere limitarse al pan. Una buena rebanada de miga oscura y corteza crujiente. Ese pan que tan bien sabe hacer Maria. Moja un trozo de miga en el vino, se pone roja y blanda. Tiene el tiempo justo de llevársela a la boca. Cerca del cuchillo tiene la pequeña Biblia y el libro de Petrarca que, metidos en el zurrón, también emprenderán el camino de Roma.”

(Leonor de Recondo, Pietra viva, páginas 14, 57-58, 165)

jueves, 1 de enero de 2015

"DORA BRUDER": LA MEMORIA EMERGE DE LAS SOMBRAS



Dora Bruder

Patrick Modiano

Traducción de Marina Pino

Prólogo de Adolfo García Ortega

Editorial Seix Barral, Biblioteca Formentor Barcelona, 2014, 127 páginas.



   Dora Bruder es uno de lo títulos de la amplia obra narrativa de Patrick Modiano, traducida al español con anterioridad a ese plus promocional que supuso la concesión de Nobel al escritor nacido en Boulogne-Billancourt. Patrick Modiano la publicó en 1997 y, dos años más tarde, debido al único motivo de su calidad, Seix Barral editaba en español esta pequeña pieza ficcional. Reeditada en varias ocasiones -esta es la cuarta-, Dora Bruder se inscribe en esa escritura de lucha contra el olvido o, parafraseando el comunicado de la Academia Sueca, del arte de la memoria con la que ha evocado los destinos humanos más difíciles de retratar y desvelado el mundo de la Ocupación, un mundo que él no vivió (nació en 1945) pero que considera que constituye su “prehistoria personal”.La crítica no se ahorró elogios -la mejor novela del narrador para muchos-, a la hora de recibir esta pieza de Modiano, aunque desde ángulos diferentes. En este caso, desde la indagación en el pasado en el que, como en otras novelas (La hierba de las noches o Calle de las tiendas oscuras), el escritor asume desde la escritura un papel detectivesco.

   Dora Bruder es una investigación, teóricamente irresoluta al menos de forma expresa, del caso real de una adolescente judía de quince años desaparecida en Francia y posteriormente víctima de la inhumana deportación y de los hornos crematorios de Auschwitz, con el visto bueno de la burocracia colaboracionista francesa, y a la que Modiano convierte en símbolo de todos los judíos cuyas identidades desaparecieron porque se eliminaban familias enteras y por consiguiente dejaba de existir cualquier tipo de memoria familiar. La novela en efecto es la obsesión por rastrear las huellas de una persona a la que el novelista jamás ha conocido y que ha desaparecido. En un ejercicio de memoria histórica, el protagonista que se confunde con el mismo autor, se sumerge en la investigación del extraño caso de esa joven judía que terminó sus días en los hornos crematorios de Auschwitz.

   La novela comienza con la reproducción de un anuncio real que el periódico Paris-Soir publica el 31 de diciembre de 1941: unos padres buscan a una joven, Dora Bruder, de 15 años, 1,55 m, rostro ovalado, ojos gris-marrón, abrigos sport gris, pullover burdeos, falda y sombrero azul marino, zapatos sport marrón. Ponerse en contacto con el señor y la señora Bruder, bulevar Ornano, 41, París. Muchos años después Modiano encuentra este viejo anuncio y se siente estremecido, especialmente porque siempre le impresionaron las desapariciones, las ausencias, y porque el domicilio de aquella familia le resulta conocido: en su adolescencia había frecuentado el bulevar Ornano. Por todo ello inicia una actividad investigadora. Descubre que Dora Bruder es judía, que después de la huída había sido detenida por la policía colaboracionista francesa y, meses más tarde, aparece en la relación de deportados a Auschwitz. A partir de esos datos, el escritor intenta reconstruir la historia de Dora, rastreando por las calles que recorrió la niña, revisando archivos policiales, ficheros municipales, viejas guías telefónicas, entrevistando a testigos… No halló nada, solo conjeturas, pero el desenlace de la historia estaba muy claro, o mejor dicho, se adivinaba. A medida que transcurren las páginas vamos presintiendo la tragedia de la niña y de su familia,  a pesar de que, como escribe Modiano, el paso del tiempo es una masacre, un bombardeo.

   Sobre esta breve novela se pueden escribir, y de hecho así ha sucedido, multitud de consideraciones referentes a su valor narrativo. Su nivel estilístico secuencial, escrita como una historia presente, con la técnica de una obra en proceso en la que el narrador nos va informando de sus hallazgos. Su estructura de doble historia: la de la adolescente judía y la historia de la búsqueda efectuada por parte del narrador. Sobre las diacronías presentes en el relato, sobre la espacialización: ese París onírico, interior, que nace de las experiencias de la adolescencia del escritor. Un París vagamente irreal, dilatado, repleto de historias cotidianas. Sobre ese inconsciente proveniente de la infancia que hace que con mucha frecuencia aparezcan garajes. Los adolescentes abandonados a su suerte; la capacidad del autor/narrador de hacer hipótesis y rememorar; la melancolía de un entorno que ya no existe. Sobre la ausencia de valoraciones y condenas expresas del régimen de Vichy y del  Holocausto -en el fondo serían una inútil redundancia en alguien que desde siempre desveló la Ocupación nazi de Francia-; la fuerza con la que Modiano reconstruye los hechos y nos muestra instantáneas en las que el dramatismo habla sin necesidad casi de palabras; la tonalidad autobiográfica, con secuencias metaliterarias.

   Todo eso está y se intuye en Dora Bruder. Pero lo que la convierte en una de las mejores novelas del fin del siglo XX es la maestría de Patrick Modiano para, desde un estilo elíptico, con una escritura descarnada, con pinceladas escuetas -palabras certeras del prologuista-, obligarnos  a tomar conciencia de la existencia de sombras en las que ocultamos los gritos de la conciencia y de la necesidad de que nada se pierda en el olvido: la negación de las personas, la cancelación de la dignidad humana debido a la indiferencia con la que miramos hacia otro lado. Lo hicieron muchos franceses en los primeros años cuarenta, callándose e incluso colaborando con la barbarie hitleriana. Pero la ceguera y la cobardía siguen estando ominosamente  activas. Eso y mucho más es Dora Bruder, un estremecedor regalo narrativo de Patrick Modiano, un novelista marcado de forma indeleble por la fecha de su nacimiento y por el tiempo que le tocó vivir. Por eso mismo es tan sensible a los temas de la memoria y del olvido (Palabras de Modiano ante la Academia sueca en el discurso de agradecimiento del Nobel).



Francisco Martínez Bouzas



                                                     
Patrick Modiano

Fragmentos



“Puede leerse en el registro del internado, bajo el nombre de Dora Bruder y de la anotación «fecha y motivo de salida»; «14 de diciembre de 1941. Por fuga.»

Era domingo. Supongo que aprovechó el día de salida para visitar a sus padres en el bulevar Ornano. Por la tarde no regresó al pensionado.

El último mes del año fue el período  más ominoso, el más asfixiante que París había conocido desde el inicio de la Ocupación. Del 8 al 14 de diciembre de 1941 los alemanes decretaron el toque de queda a partir de las seis de la tarde en represalia por los atentados. Luego hubo una redada de setecientos judíos franceses el 12 de diciembre; el 15 de diciembre se les impuso una multa de mil millones de francos.

Y la mañana del mismo día fueron fusilados setenta rehenes en el monte Valérien. El 10 de diciembre una orden del prefecto de policía instaba a los judíos franceses y extranjeros del distrito del Sena a someterse a un «control periódico», previa presentación de su carnet de identidad, en el que se había impreso el sello de «judío» o «judía».



…..



“Pienso en Dora Bruder. Me digo que su fuga no fue tan sencilla como la mía, veinte años más tarde, en un mundo que se había vuelto inofensivo. Aquella ciudad de diciembre de 1941, su toque de queda, sus soldados, su policía, todo era hostil y buscaba su perdición. A los dieciséis años tenía el mundo entero contra ella y no sabía por qué.

Otras rebeldes, en el París de aquellos años, y en la misma soledad que Dora Bruder, lanzaban granadas contra los alemanes, contra sus convoyes y sus lugares de reunión. Tenían su misma edad. Los rostros de algunas de ellas estaban reproducidos en el Cartel Rojo y no puedo evitar asociarlas, en mi pensamiento a Dora.”



…..



“Me sabía de memoria frases enteras de ese libro. Me viene una de ellas a la cabeza :«Aquel niño me enseñaba que el verdadero fondo del argot parisino es la ternura entristecida.» La frase evoca tan bien a Dora Bruder que tengo la sensación de haberla conocido. Se les había puesto estrellas amarillas a niños de nombre polaco, ruso, rumano, pero tan parisinos que se confundían con las fachadas de las casas, las aceras, los infinitos matices del gris que existen en París. Al igual que Dora Bruder, hablaban todos ellos con acento de París, empleando palabras de aquel argot cuya ternura entristecida había percibido Jean Genet.”



(Patrick Modiano, Dora Bruder, páginas 53,73, 122)