domingo, 17 de noviembre de 2013

SOBREVIVIR EN MEDIO DE LA DEGRADACIÓN HUMANA



El bosque es grande y profundo

Manuel Darriba

Caballo de Troya, Barcelona 2013, 154 páginas





   En los últimos años, y cada vez con mayor frecuencia, se está produciendo un fenómeno normalizador entre la literatura publicada en castellano y la que lo hace en las restantes lenguas peninsulares. No pocos autores que escriben normalmente en las lenguas periféricas, editan al mismo tiempo en castellano, en versiones propias o mediante alguna traducción. Un caso sin duda prototípico es el de Manuel Darriba que el pasado septiembre vio publicada en español y gallego su novela breve El bosque es grande y profundo / O bosque é grande e profundo, en edición respectivamente de Caballo de Troya y Ediciones Xerais.

   El autor, Manuel Darriba (Sarria, Lugo, 1973) es un claro exponente de la narrativa más innovadora  que en estos momentos se está escribiendo en Galicia. Narrador, poeta, periodista y guionista es autor de una obra narrativa no esclava de las urgencias y cuyo último eslabón es esta novela de límites, de interrogantes cruciales para el devenir de nuestra especie, cuya condición está sujeta, quizás como pocas veces a lo largo de la historia, al  más pavoroso sitio y degradación. Caballo de Troya, sello de Random House Mondadori, una editorial “para entrar o salir de la ciudad sitiada” pone a disposición de los lectores que leen en lengua cervantina, esta pequeña novela en cuanto a su extensión. Preñada, sin embargo, de sentido profundo y originalidad.

   Es sin duda afortunada la definición que de la novela se hizo en la edición gallega: “Novela de límites, de cuestiones definitivas, de la mano de un autor que concibe la literatura como laboratorio de experimentación artística y discurso indagatorio en el bosque de lo real”. Presto especial atención a las dos últimas líneas porque me recuerdan el intento de caracterización de su propia narrativa que Manuel Darriba hacía hace  doce años. “Como decía Stendahl, la literatura es poner el espejo a la orilla del camino. Los temas más recurrentes en mi obra son la idea de soledad, la incomunicación, el azar…” Estas palabras servían para precisar muchas de las características de la novela del autor Velada do billarista (año 2000) y delimitan no pocos aspectos, sobre todo técnicos, de su más reciente aportación en el campo narrativo: El bosque es grande y profundo. De nuevo una novela de relatos, incrustada de lleno en los mundos utópicos y apocalípticos, tan frecuentados, sobre todo la literatura apocalíptica, en los últimos tiempos.

   El género apocalíptico, tanto el bíblico que ese extendió durante cuatro siglos (dos antes y dos después de Cristo), como el de la actual narrativa es un fenómeno literario propio de las épocas de crisis, en las que se mira al futuro, ya que tanto el presente como el pasado solamente ofrecen desengaño y desconfianza. He aquí pues la relación entre utopía y apocalipsis. Pero como el lector no ignora, al lado de las utopías positivas, existen las negativas, las distopías o antiutopías, adelantamientos  de la historia haciendo hincapié en los aspectos negativos, derivados de catástrofes o puntos débiles del tiempo presente. Las sociedades distópicas son escenarios donde se desenvuelve la historia más negativa. Y en estos escenarios se situarían todas las tramas apocalípticas, o dicho con mayor precisión, las postapocalípticas.

   En la infinitud de la utopía y en las tramas postapocalípticas se inserta esta novela de dos relatos, un epílogo y un postfacio de Manuel Darriba. La primera  parte o el primer relato nos acerca a  misterioso viajero que viene de la ciudad huyendo de la noche y de la guerra. Se interna en el bosque y el relato sigue su caminar azaroso en este espacio sin nombre  que semeja de otros tiempos históricos. Allí viven seres humanos con oficios y relaciones personales que parecen extraídas de épocas pretéritas. En vez del  hogar que busca el viajero, halla seres deshumanizados, ambientes desolados, un mundo frío, obscuro, batido por el viento y que le llega a parecer un baile de esqueletos cuando luce la luna. El viajero en sus huída-internamiento divisa cabañas entre la bruma y el hambre, gente que vive de oficios de otras épocas, hombres  mujeres que viven en comunas que brotan en la copa de los árboles. Parias. Y sobre todo una repugnante deshumanización: “El hombre y la mujer son planetas en órbitas alejadas” (página 44). Su nomadismo por este bosque frío, grande y profundo, con aldeas y gentes sin nombre, enzarzadas en rapiñas y luchas, semeja un western postapocalíptico, mas de cada encuentro con sus  extraños moradores extrae el viajero algún nuevo aprendizaje o experiencia.

   La narración del segundo relato acerca al lector a la Ciudad. Y en la misma observará otra forma de supervivencia, esta vez ciertamente apocalíptica. Refugiada en un sótano desvencijado, una niña en compañía de su profesora de música y de unos inquietantes vecinos, sobrevive al horror de la guerra. Buscar agua o hallar comida se convierte en una verdadera y arriesgada odisea. Fuera, un paisaje dantesco: bombardeos de aviones, calles llenas de cráteres, casas y coches calcinados, árboles arrancados, hambre y nada que llevarse a la boca. La supervivencia es el único objetivo.

   Dos historias brutales, próximas en algunos momentos a situaciones kafkianas, repletas de profundas cargas simbólicas. El referente más inmediato de la novela de Manuel Darriba es sin duda Cormac McCarthy en novelas como The Road. No obstante, los dos relatos de Manuel Darriba son mucho más concisos, lacónicos, desnudos de cualquier adorno, lo que le permite manejar con precisión los elementos narrativos. Párrafos cortos, tajantes, oraciones con ritmo rápido debido a la supresión de nexos y adornos. Manuel Darriba, como ya señalé, pone el espejo a la orilla del camino y observa, reflejando aspectos, acciones y diálogos de sus personajes con una extrema economía de recursos lingüísticos. Da la impresión de que al autor solamente le interesa reproducir estos dos ambientes hostiles y de esta manera surge nítida la relación del ser humano con el medio, por más desolado que sea, con el desamparo y la devastación por él mismo provocadas.

   Así pues una fértil utilización de la técnica objetivista, del recurso al minimalismo y a veces a diálogos absurdos que convierten a esta novela breve de relatos en una de las obras más originales e innovadoras de la literatura en castellano y gallego de los últimos tiempos.



Francisco Martínez Bouzas





Manuel Darriba


Fragmento



“El viajero trae los zapatos destrozados; los cortes entre los dedos supuran un líquido amarillo. Delante se agrupan los cazadores, olisqueando el aire. La niebla empezó a despejar; deja al descubierto la corteza de los abedules

-No parece de por aquí- dice un cazador, mirando los pies heridos.

-No soy de aquí- admite el viajero.

-¿ Por qué quieres entrar en el bosque?- pregunta otro, con gesto de mando.

El viajero se encoge de hombros.

-Atrás no queda nada- murmura.

-Es un chico de la Ciudad- gruñe un tercero –Otro más que atraviesa la Garganta.

-Sí- asiente el viajero, bajando la cabeza.

Los cazadores intercambian miradas. El aire del bosque está fresco; trae olores ácidos. El viajero ensancha el pecho y el aire entra como una zarpa. Mete la mano en el morral para extraer los paquetes arrugados. Las cabezas de los cazadores se mueven a la vez; un oleaje de manos ahoga el tabaco.

El viajero esquiva el grupo y entra en el bosque caminando entre abedules que huelen a niebla.”



(Manuel Darriba, El bosque es grande y profundo, páginas 9-10)

lunes, 11 de noviembre de 2013

"CITA EN FISTERRA": RECORRIDO POR UNA GEOGRAFÍA SENTIMENTAL




Cita en Fisterra

Luís Rei Nuñez

Traducción: Equipo Pulp

Pulp Books (sello de Rinoceronte Editora), Cangas do Morrazo  (Pontevedra), 2013, 213 páginas.



   Una vez más  este sello de Rinoceronte Editora que es Pulp Books, traduce y pone a disposición de lectoras y lectores de la lengua de Cervantes la traducción de una obra importante y singular de la narrativa gallega de los últimos años: Cita en Fisterra de Luís Rei Núñez (A Coruña, 1958). Editada en gallego en octubre de 2011, en el día de hoy, 11 de noviembre, se pone a la venta la edición en castellano en las librerías españolas.

   Luís Rei, periodista de de profesión, autor de poemarios y de monografías, sobresale sobre todo como narrador, un autor de ficción ya con una amplia y rica obra narrativa. En su producción ficcional destaco Expediente Artieda (Premio Xerais de Novela en el año 2000), O señor Lugrís en a negra sombra (2007, Premio de la Crítica Española), Monte Louro (2009, Premio Blanco Amor) y la muy reciente colectánea de relatos, Días que non foron (2013).

   Luís Rei es un narrador que frecuenta y domina una pluriforme variedad genérica, aunque la mayoría de sus obras de ficción cementan su estructura en la literatura autorreferencial , y en esos dominios ha sabido elegir buenas historias, recurriendo sobre todo a los manantiales de la memoria. Es además la suya una narrativa poblada de personajes profundamente caracterizados, con recreaciones muy verosímiles de tiempos y espacios, dotadas de gran habilidad resolutiva a la hora de abordar las grandes cuestiones que desde siempre inquietaron al ser humano.

   Sin embargo, este libro es la excepción. Una singularidad convertida en un libro misceláneo, crónica viajera vivida y experimentada por un yo, que no es otro que el del propio escritor. Literatura pues autorrefencial, que lleva al caminante a una tierra mítica, al menos para los gallegos: A Costa da Morte, el País del Confín.

   Debido a la escasez de viajes con marchamo literario por Fisterra o A Costa da Morte (do Sol), como prefiere designarla Luís Rei Núñez, nació el desafío reincidente de este viajero, nativo de esas geografías, en el que, a imitación de otros transeúntes por tierras alpujarreñas, empordanesas  o patagónicas, pretende repetir experiencias gozosamente epifánicas, siguiendo el consejo de Bernardo Soares, el heterónimo de Pessoa: “Para viajar basta vivir”.

   En siete jornadas completas de observación, admiración y denuncias, un narrador autodiegético sale al aire y nos sumerge a nosotros lectores en las rutas, caminos y senderos del “Condado  do Solpor”. Luís Rei une así su voz a esa tendencia, cada vez más frecuentada en la literatura, a la que, tras la senda de Spires, podemos designar a la vez como narrativa  autorreferencial y narrativa-reportaje. En efecto, Cita en Fisterra, sin ser propiamente una novela, tampoco es una guía de viajes. Es un texto narrativo misceláneo que comparte características de las crónicas de viajes, vividas, experimentadas y a veces soñadas. Un espejo con múltiples reflejos emocionales que le abre la puerta a la literatura en estado híbrido en una atrevida mixtura de géneros.

   Un recorrido en siete jornadas por la geografía sentimental de A Costa da Morte, desde la primera parada en Muros hasta la última en Caión, haciendo confluir  la observación con  la fantasía, en una composición de crónica viajera con historia, símbolo, poesía, fotografía, ficción e información. Diluyendo, pues, fronteras genéricas y con un narrador que asume dos funciones en este viaje. Será cronista fiel de lo que los caminos le van entregando, y artesano que se acoge en las trampas de la ficción.

   En su tránsito por “lugares y tribus” bullen delante del lector no solo los paisajes de gozo y celebración telúrica, sino también las denuncias contra las fechorías, contra el feísmo, contra los desastres y estragos, tanto en escenarios urbanos como rurales. Y así mismo, los fundamentos de la memoria de las gentes de estas geografías, en harmoniosa y gozosa amalgama con episodios ficcionados, retratos, conversaciones con amigos o personajes admirados vivos o muertos, sin ignorar a los desconocidos que las propias jornadas viajeras vayan haciendo aparecer.

   En resultado es esta Cita en Fisterra, un libro posiblemente menor en la bibliografía del autor, pero ejemplo paradigmático de la narrativa autorreferencial, de la combinación de crónica viajera y episodios ficcionales. Y trazado con los fulgurares  de una escritura muy plástica que combina los frugales hechizos de una prosa viajera amasada con la memoria literaria.



Francisco Martínez Bouzas






 
Luís Rei Núñez (Foto: Patricia Santos)

 
Fragmentos



“La surada impone su ley de agua y en esta última aparición se mantuvo vigente durante media docena de días. Fue un cerco en general desconsiderado, a veces incluso ensañado, con lluvias torrenciales y aparato eléctrico. Hasta que el aire acabó rolando y lo que entonces vino a instalarse entre nosotros fue la llovizna. Ocurrió ayer a la hora en que al sol le llega su turno, y persistió solamente mientras no le dio la gana de aparecer al nordeste, ese viento que pasa la bayeta por nuestro cielo.

Esta vez debutó hace nada, en la alta madrugada. Mi sueño de pajarito se vio interrumpido entonces por el zumbido en la fronda de las acacias de Australia que rodean la casa. Son árboles traídos de allá, tan lejos, por la misma orden a la que debemos la importación de los eucaliptos (con Fran Rosendo salvado como principal promotor y, en gran medida, para aprovechamientos medicinales. Estos ejemplares de australias de aquí son hijos y nietos de los que antes de la actual pandemia de los eucaliptales plantó mi bisabuelo, Domingos Romaní…Papá Domingos.”



…..



“La hermosura recibió el indulto en la punta y santuario de A Barca.

Zona Cero durante la pesadilla del Prestige, el poderío de su enigma propició un antiquísimo culto  a las piedras, cristianizado a partir del siglo XIV. Data de entonces una primera capilla sobre la que en 1719 se alzó el templo actual. Costearon las obras los condes de Maceda, señores de As Terras de Cereixo, que quisieron ser traídos aquí para el descanso eterno. Tienen la compañía de las imágenes del retablo mayor, obra del maestro  compostelano Miguel de Romay, y de las maquetas de barcos que componen toda una flota de exvotos. Sin embargo, la grandeza le viene a A Barca de su enclave, frente al mar infinito, sobre rocas de larga estela mítica.”



(Luís Rei Núñez, Cita en Fisterra, páginas 9, 101)

miércoles, 6 de noviembre de 2013

"LISTA DE DESAPARECIDOS": DOS LENGUAJES PARA RETRATAR LO ORDINARIO



Lista de desaparecidos

Andrés Barba

Pablo Angulo

Epílogo de Enrique Vila-Matas

Editorial Siberia, Barcelona, 2013, 117 páginas.



   
    El que fuera finalista en el año 2001 del Premio Herralde de Novela con La hermana de Katia, Andrés Barba (Madrid, 1975) es sin duda uno de los escritores más interesantes de su generación, uno de esos literatos capaces de abrir nuevos derroteros para la escritura. Así lo acredita la acogida del público, de críticos y escritores como Mario Vargas Llosa o Rafael Chirbes, para quien Barba se ha vuelto un escritor imprescindible. Creador de personajes sumidos en un patetismo turbulento, se ha atrevido con algunos de los problemas de nuestro tiempo más existenciales y espinosos como el desorden y el deterioro que produce el Alzheimer, la reconstrucción de la vejez, la decadencia y la muerte. O el tema de la pedofilia. Sus incursiones en el campo ensayístico son así mismo interesantes y de palpable actualidad, como lo demuestra su ensayo La ceremonia del porno (Premio Anagrama de Ensayo).

   En la publicación que comento, Lista de desaparecidos, publicada al alimón con el pintor y escultor Pablo Angulo, Andrés Barba se instala en otro formato: en el del relato breve y nos ofrece la recompensa inmediata: una colección de historias minúsculas, pero de gran calado y hondura existencial, tan incisivas y descarnadas como la de las tramas de sus novelas. Una colectánea de escenas y esbozos que tienen su correlato pictórico en los retratos de Pablo Angulo que en blanco y negro es capaz de captar la tonalidad y la hondura del instante narrado o la expresión interior del personaje descrito.

   Retrato sentimental de una ciudad, cuyo referente geográfico posiblemente es Madrid, con sus anónimos habitantes, entre los que predominan los personajes femeninos, aunque tampoco está ausente el protagonismo masculino, y en algunos casos, el animal. Una lista de desaparecidos en el sentido más literal, porque Andrés Barba creó en el taller de su escritorio los personajes y Pablo Angulo buscó en sus taller de dibujante a esos personajes, a esos desaparecidos, que plasmó en un retrato robot.

   Doce rótulos (Habitación, Vagón, Colegio, Oficina, Plaza, Frutería, Peluquería, Gimnasio, Restaurante, Taquilla, Bar y de nuevo Habitación) suturan estos microrrelatos, teñidos de un nostálgico sentimentalismo, que nos permiten asomarnos al mundo interior de cuarenta personas anónimas. Detrás de esos retratos descritos y dibujados y que son con los que cada día nos cruzamos en la calle, laten historias profundamente humanas, muchas de ellas preñadas de desasosiego, y en las que el amor actúa, como casi siempre, de tema de fondo e hilo conductor.

   El resultado es efectivamente una novela colectiva de personajes, como confiesa el propio escritor. Personajes inmovilizados en una instantánea captada por la pluma y el lápiz  y que nos introducen, sobre todo, en sus dimensiones internas. El recorrido sentimental por esa innominada ciudad da comienzo en una habitación y concluye en otra. Dos reductos íntimos. El resto de los espacios podrían entenderse como el itinerario de ese viaje por áreas públicas, aunque la idea de aislamiento impone su ley también en los espacios públicos. Personajes muy comunes, urbanitas que viven aislados y cuyo bosquejo pictórico los dota de carne. Carne, sin embargo, poco literaria, porque, si de algo huyeron escritor y dibujante, fue de darle cabida en esta publicación a aquella gente no prescindible, no “desaparecible”.

   Literatura intimista con un deje de melancolía, escrita con minúsculas pinceladas, pero dotadas de gran fuerza y aderezada con originales y brillantes metáforas; con un claro protagonismo narrativo de la segunda persona, en la que dos lenguajes -la escritura y el dibujo- interactúan entre sí. Un breve epílogo de Enrique Vila-Matas, escrito con la misma tonalidad que el resto del libro, cierra esta publicación.



Francisco Martínez Bouzas



 
Andrés Barba y Pablo Angulo


Fragmentos



“Venía, se acercaba, se esfumaba, de pronto estaba ahí otra vez, le mirabas, te parecía alguien frágil y al segundo no, como si te separara de él una pared más fina que el hueso de un pájaro, le acompañabas casi hasta su parada, se iba otra vez y estaba de nuevo al día siguiente con los ojos abiertos sobre el paisaje: no le podías empezar a querer y tampoco le podías empezar a odiar, estar con él en aquel vagón te parecía estar constantemente al borde de lo posible, descendiendo, nada de lo que sabías del amor te ayudaba.”



…..



“No era muy distinto el amor de los perros, pero siempre te pareció que tenía algo de repugnante (tal vez por lo humano): se olían, se ladraban, giraban uno en torno al otro, el macho trataba de montarla sin éxito y daba tres golpes sordos al vacío que sonaban como tres palmadas sin gracia en un escenario, tras una función penosa. Tu perra siempre aguardaba inmóvil y luego abría unas fauces llenas de dientes, como si bostezara. Parecía una perra distinta entonces, una perra personificada como una damita aburrida de una novela decimonónica que hubiese estado haciendo, y con toda naturalidad, un acto aberrante. Luego se recomponía, ladraba un poco al incauto, casi por compromiso, y se volvía hacia ti como si preguntara «¿Qué, volvemos?».



…..



“Tu amor se ha marchado y ya no sabes cómo estar con él, ni si transcurrirá lenta o rápida esta tarde en el gimnasio, ni quién te mirará desnuda cuando llegues a casa. No eres tú la que grita, es el mundo el que retumba al compás de la música. Tratas en vano de comparar la vida con cosas sencillas: unos zapatos, una casa de comidas donde todos piden lo que desean y nadie lo obtiene, un avión averiado en el que viajan noventa y cuatro personas que se creen dignas de ser amadas. Y todo es un poco cierto y un poco mentira: que tú hayas sido feliz, que le eches de menos, que después de cuatro años apenas puedas decir nada de él con seguridad, que se parezca a Dios en ciertas cosas.”



(Andrés Barba, Pablo Angulo, Lista de desaparecidos, páginas 26, 56, 82)

lunes, 4 de noviembre de 2013

UN RELATO SOBRE UN SIGLO DE NARRATIVA CONTEMPORÁNEA



De un lector que cuenta
Impresiones sobre la narrativa extranjera contemporánea
De Thomas Mann a Jonathan Franzen
Robert Saladrigas
Menoscuarto Ediciones, Palencia, 2013, 296 páginas.

   La pertinencia del título de esta reseña sobre el libro de Robert Saladrigas  se deriva de las propias palabras del autor en un prólogo de esos que no le sobran a ninguna publicación porque la iluminan con luz propia y majestuosa, me atrevería a decir. Escribe en efecto Robert Saladrigas: “(…) este libro sobre los tejidos del arte de la narrativa contemporánea se fundamenta en su propio relato. Para ser más preciso, es en sí mismo un relato” (página 15). Y después de recordarnos que fue desde niño un lector cegado y rotundamente anárquico, concluye el crítico literario barcelonés expresando la fortuna que ha tenido a lo largo de su vida, de disfrutar de miles de historias imaginarias extraídas de la lectura. Y que desde finales de los años sesenta, y casi sin darse cuenta, se descubrió escribiendo en la prensa diaria y en semanarios sobre literatura, o mejor dicho, sobre sus lecturas de la literatura.
   Fruto de esta pasión por la crítica literaria periodística que Soladrigas diferencia acertadamente de la académica, son cuatro décadas de crítica literaria, una prestigiosa trayectoria de comentarista literario en la prensa diaria que aparecieron en periódicos catalanes como Tele/eXprés (desde finales de los sesenta) y La Vanguardia a partir de 1981.
   El volumen que comento, reúne una selección personal de artículos, críticas y ensayos publicados en este último medio (Suplemento “Libros” y “Cultura/s” en los últimos treinta años), con excepción de algunas introducciones para los libros del Círculo de Lectores.
   Una recopilación que aglutina ochenta y nueve textos, sin ninguna pretensión canónica, correspondientes a lúcidos comentarios sobre novelas, cuentos y libros de ensayo de la autoría de sesenta narradores que desplegaron su obra desde los inicios del siglo XX hasta la actualidad. Una sugerente y muy útil guía de lectura que encauza al lector por una de las sendas reales y más fructíferas de la ficción contemporánea.
   El panorama personal de Robert Saladrigas de la narrativa extranjera moderna y contemporánea se halla distribuido en seis secciones, al margen sin embargo de criterios cronológicos.
   Así pues en este volumen que edita Menoscuarto, Robert Saladrigas, autor él mismo de ficción como Memorial de Claudi M. Broch (1986) que se hizo merecedor del Premio de la Crítica, trabaja, como en sus día hiciera Henry James, desde el otro lado del espejo y elabora desde ese envés textos críticos o simplemente divulgativos en los que amalgama el rigor de unos de los críticos españoles más conspicuos e independientes, con una abundante información para el lector; no la que correspondería a una publicación académica, sino a un periódico. A todo eso se añade un valor impagable: la amenidad.
   La calidad y la sutil penetración de Saladrigas, con la que el autor se acerca a algunos de los grandes maestros de la prosa moderna y contemporánea, significan no un debilitamiento de la lectura crítica, como escribió José Ángel Valente en 1988, sino su reforzamiento. Huyendo de normas y reglas para ejercer la crítica literaria -en el mundo del arte no hay reglas- y sin la autocomplaciente creencia en el mito de la objetividad, R. Saladrigas pretende comprender desde la honestidad las claves del ejercicio de no pocos escritores, las sensaciones que le han producido obras de autores, imprescindibles del siglo pasado como Thomas Mann, Hermann Broch, Robert Musil, Willian Faulkner, Thomas Bernhard, E. Hemingway , Saul Bellow, Italo Calvino… así como de notables autores actuales ( W.G. Sebald, Claudio Magris, J. M Coetzee, Anthony Powell, Cormac McCarthy, Philip Roth, Don DeLillo, Alice Munro, Ian McEwan, Patrick Modiano, Michel Houllebecq, entre otros).
   Soslayando influencias, buscando libros que sobre todo remueven por dentro, reivindicando el derecho a equivocarse, Robert Saladrigas nos acerca de una forma amena y documentada a algunas de las obras literarias más significativas del siglo pasado y del actual. Un volumen pues imprescindible para no extraviarse en uno de los caminos más reseñables y fructuosos de la narrativa actual y en la del siglo XX. Es el relato de Saldrigas que comparte cada semana con sus lectores y ahora también en este libro.

Francisco Martínez Bouzas

 
 
Robert Saladrigas


Fragmento

MICHEL HOUELLEBECQ (1958)
El mapa y el territorio

“¿Por dónde empezar? Es lo que plantea,  a la hora de hacer balance, una poderosa novela de clara ambición global, cosmogónica o como se la prefiera llamar, de un autor -por supuesto deicida- que suplanta a Dios, no para hacer suyo el reto de construir un mundo, sino para diseccionar el que tenemos en su progresivo declive, con el propósito (visionario) de predecir que se encamina hacia el triunfo (absoluto), si bien no apocalíptico -como sucedía en La carretera de Cormac McCarthy- de lo vegetal sobre lo humano. El autor es Michel Houellebecq (isla de la Reunión, Francia), y la obra El mapa y el territorio (Le map et le territoire) (Anagrama), su última novela con la que obtuvo el Premio Goncourt del 2010.
En contra de lo que cabría suponer en una obra de tal magnitud que parece no imponerse límite ni restricción alguna, no hay  pasajes crípticos en el texto. Por decirlo de una manera llana, se lee con la fluidez y las expectativas de una novela de género, apasionada, cuyo ritmo, pese a la densidad conceptual, no desfallece en tramo alguno del recorrido. El mérito debe atribuirse a la formidable construcción del artefacto literario, que nunca cruje, y a la alta calidad de la prosa, que mantiene el mismo pulso de la primera a la última línea. Ahora bien, El mapa y el territorio es una de esas novelas de gran calado que, no siendo polifónica pero sí poliédrica, en la que conviven géneros diversos y sus respectivos afluentes, rechaza que, tras la experiencia de su lectura, sea condensable para otro futuro lector. Es como si exigiera de forma imperativa -insolente- ser leída tan solo, sin admitir más opciones.”

(Robert Saladrigas, De un lector que cuenta, página 285)

viernes, 1 de noviembre de 2013

EN EL HORMIGUERO LONDINENSE



Veiga es como un tiempo distinto
Eva Moreda
Pulp Books (sello de Rinoceronte Editora), Cangas do Morrazo, 2013, 128 páginas.


   La canguesa editorial Pulp Books edita en español una novela breve de Eva Moreda (A Veiga, Asturias, 1981), que en el año 2010 se hizo merecedora de la IX edición del Premio Terra de Melide. Publicada originalmente en gallego en abril de 2011, aparece ahora en español, en traducción de Iolanda   Mato. La autora que conoce cabalmente el mundo de la emigración en el Reino Unido -ella misma ejerce labores docentes en el departamento de Música de la Universidad de Glagow- nos acerca ficcionalmente, no a la actual y difícil diáspora de miles de jóvenes emigrantes en Inglaterra, sino al recorrido vital de una comunidad de emigrantes gallego en los años 60. Y lo hace echando mano de dos protagonistas prototípicos, así como de las vivencias de otros personajes secundarios que, a pesar de su rudimentario inglés intuitivo, se las ingenian para ganarse la vida limpiando oficinas siempre de noche o ejerciendo de camareras y ayudantes de cocina en restaurantes y hoteles. Y eran fieles a ciertos hábitos como visitar Portobello Road los domingos. Todo en Londres, ese mayúsculo animal que cambia constantemente, aunque para mucha gente siga siendo su aldea.
   Los dos protagonistas, Gelo de A Beiga y Elisa de los Barreses se encuentran precisamente en Portobello Road y con el encuentro revive el ardor de los sentimientos, la antigua relación, la desidia y la sorpresa. Pero también allí nace el miedo. Así se abre esta novela de Eva Moreda sobre la emigración gallega en Londres. Una pieza literaria de escasas páginas, pero de indudable calidad. Los dos protagonistas de la historia narrada se habían aventurado en la emigración londinense en la década de los 60. Muchos de los que en aquella época o en años posteriores intentamos la misma aventura, sin ninguna otra garantía que la que poseen los que en nuestro tiempo pretenden llegar a las costas de Europa en pateras, nos sentimos necesariamente retratados en esta novela sobre la emigración en ese microcosmos complejo que es la ciudad de Londres. Por eso mismo, y es mérito de la autora, los gallegos y gallegas que emigraron a la capital del Reino Unido en las décadas de los 60 y 70, dejan su huella ficcional en las páginas de este libro. Se sentirán, por lo mismo retratados en los recorridos vitales diferentes e los dos protagonistas y también en las existencias de otros emigrantes económicos, personajes secundarios que asentaron su existencia en la capital británica. Allí trabajaron, ganaron el pan y reaccionaron de forma compleja y desigual frente al nuevo entorno.
   Lejos, case a una distancia infinita queda el lugar natal de los protagonistas, esa A Veiga, metáfora de todas las aldeas gallegas que nutrieron durante aquellos años la emigración, porque, cuando uno marchaba “tan lejos” era marchar de verdad y A Veiga queda congelada, como ese “tiempo distinto” que con tanta elocuencia rotula el libro.
   Los dos protagonistas diseñados por la escritora, actantes de la acción narrativa que articula la historia contada, son, como ya quedó reflejado, Gelo y Elisa. Dos personas de A Veiga que compartieron sentimientos tiempo atrás. Perdida la relación, se encuentran años después en la emigración londinense. Y allí con su inglés incipiente y ejerciendo los trabajos prototípicos de la emigración gallega en Londres (limpiadoras nocturnas de oficinas, camareros/as, cocineros/as), renace entre ellos aquel espacio íntimo que los había unido. Pero cada uno sigue un camino vital diferente y su relación se ve sometida a altibajos.
   Sin embargo, ni Gelo ni Elisa son personajes planos. La narradora sabe moldearlos con acierto, extrayendo de los mismo toda la complejidad de un ser real, por lo que  a veces parecen contradictorios y sorprendentes, especialmente la protagonista femenina. Y en ese animal londinense que cambia constantemente, un hormiguero en transformación, algo insólito en aquellos tiempos en la Galicia de la que provenían, interactúan perfectamente. Descubren el sindicalismo, la organización de los trabajadores, el movimiento de liberación de la mujer, los anticonceptivos, las actions delante del Parlamento. Mas también se dan cuenta de que, después de los años transcurridos en Londres, son extranjeros en su lugar natal, y seguramente lo siguen siendo en la capital británica. De ahí las coherentes palabras que Elisa, la verdadera heroína de esta novela, en las que afirma con rotundidad, antes de entrar en la prisión de Holloway, que ella es de todas las partes del mundo donde hay mujeres, donde existen limpiadoras, extranjeros, donde hay gente que sufre y llora.
   Eva Moreda presenta una novela original, con el empleo de una técnica narrativa cuidada y eficaz. Su relato se asienta en una voz  -la de Gelo- que habla en primera persona. A través de sus ojos y de su monólogo descubrimos a Elisa de los Barreses y al resto de los personajes secundarios que forman el grupo de los emigrantes gallegos en Londres. No obstante, la voz del protagonista masculino desvela eficazmente las características de la emigración gallega y su interacción social, contadas desde una perpectiva femenina, porque es Elisa la que renace constantemente, la que es sensible al cambio social, la que interactúa respondiendo a los apremios novedosos del hormiguero londinense. Una prosa elegante, ágil, bien articulada, pero sin arrebatos líricos -repugnarían con el tema-, un gallego cuidado hacen de esta novela de Eva Moreda un producto narrativo maduro que ahora pueden disfrutar también los lectores españoles.

Francisco Martínez Bouzas
 


Eva Moreda


Fragmentos

“Al día siguiente, Tino le escribió a su patrón. Una semana después, recibió la respuesta de su jefe, Mister Stobart. Estaría encantado, decía, delighted, de emplear a Mister Martínez como camarero, con una jornada de cuarenta horas semanales repartida en seis turnos y un salario de quince libras por semana. Casi fue Tino el más ilusionado de los dos; yo andaba demasiado ocupado yendo por las mañanas de la policía al médico y del médico al ayuntamiento y escuchando a mi amigo por las tardes: sus fábulas hablaban de lluvia y mala comida y autobuses rojos de dos pisos y metro y jefes benevolentes y clientes excéntricos y, sobre todo, inglesitas que se dejaban hacer de todo sin poner objeción alguna. Y del verdadero motivo de su estancia en la ciudad, que no me lo desveló hasta que me tuvo seguro en su barca.”

…..

“Londres es una ciudad difícil de explicar a quien no la conoce. Desperdigada sin razón al norte y al sur del río, y creciendo sin control por todos los extremos, ni los que nacieron aquí saben muchas veces dónde empieza y dónde acaba. Los Stobart dicen que Croydon no es Londres. A mí, en cambio, Tino me cautivó desde el principio para      que viniese a Londres, y en Londres estoy, aunque aquí le llamen Croydon. Londres es el único lugar que conozco de Inglaterra, y quizás por eso, cuando pienso en Londres, no puedo evitar también en Brighton -el único otro lugar que conozco de Inglaterra, porque la Isla de Wight está ya mar por medio y no parece el mismo país- como parte de la misma ciudad, como la playa de Londres. Quizá Londres, la misma ciudad que pareció tragarte durante las últimas semanas, llega siempre hasta donde uno quiere que llegue. Y esto, por el sur, puede ser Croydon, o Brighton. Y a veces, cuando pienso en Londres -y últimamente pensé mucho, mucho, pensé en todas sus partes y en cuál pudo haber sido el sitio donde Londres te engulló- el límite de la ciudad por el sur puede estar en Miou.”

(Eva Moreda, Veiga es como un tiempo distinto, páginas 15-16, 97)

lunes, 28 de octubre de 2013

MADURAR Y AMAR BAJO EL ESTALLIDO DE LAS BOMBAS



La madrina del Batallón
Belén García Calvo
Sepha Edición y Diseño, Málaga 2013, 257 páginas.

   Después de una fecunda labor en el campo de la edición en el que ha convertido en libros textos de Rafael Lapesa, Julián Marías, Fernando Lázaro Carreter o Pedro Laín Entrailgo, debuta como narradora Belén García Calvo (Zaragoza, 1962). Y lo hace con una novela de formación, supervivencia y amor en un tiempo sumamente difícil: el escenario de la Guerra Civil española en el Madrid de aquellos años donde el hambre, la lluvia y el frío casi acosaban tanto como la artillería y los aviones franquistas. Un título, en mi opinión, no demasiado afortunado por su simpleza, rotula una novela que da comienzo el 1 de mayo de 1936, en un ambiente prebélico -asesinato de Calvo Sotelo por los guardias de asalto y del teniente Castillo por pistoleros de la extrema derecha- y se prolonga durante toda la contienda hasta el 1 de abril de 1939.
   No obstante, La madrina del batallón no es una novela sobre la Guerra Civil, ni recuperadora de la memoria histórica, aunque su acción narrativa está situada en la contienda, en la encerrona y asedio terrible que padeció la capital del estado en aquellos tres años de horror bélico.
   En ese escenario construye Belén García Calvo una cadena coherente de acontecimientos, regida por las leyes de la sucesividad y causalidad y dotada de un significado unitario. Es la acción narrativa en la que sobrenadan  un gran número de personajes, pero con una protagonista central: la joven Serena Rivera, la hija mayor de un matrimonio afín a los sublevados contra la República, que actúa así mismo como voz narrativa.
   La autora, como digo, hace comparecer en su relato a un gran número de personajes: familiares y amigos -la novela desde este punto de vista puede ser leída como una novela de familia- e, introduciéndose en su piel, intenta hacernos literariamente palpable las reacciones del ser humano al constatar que todo se está hundiendo y que, sin embargo, es preciso seguir adelante, seguir viviendo.
   Pero, en un primer plano y con el telón de fondo de la Guerra Civil en aquel Madrid acribillado por las bombas y el hambre, la novela nos acerca a las vivencias de la adolescente (Serena Rivera) que, con apenas quince años al inicio de la contienda, es espectadora y víctima de los horrores de la Guerra, viviendo en el seno de una familia que la asfixiaba, que escondía una ideología que se identificaba con los sublevados, pero rodeada de milicianos y de soldados defensores del orden constitucional. Inmersa en ese clima a la protagonista no le queda otra opción más que madurar. La realidad del mundo que la circunda choca con su mirada inocente, con el despertar de la pasión amorosa hasta el punto de que los lectores tienen la oportunidad de presenciar el primer amor de la protagonista, de ideología familiar fascista, con un oficial “rojo”. Los acontecimientos que resuelven el final del discurso narrativo, hacen que el desenlace, aunque lo aventuremos trágico, sea  sin embargo incierto.
   En el haber de la novela de Belén García Calvo es preciso destacar la acuidad con que la autora presenta la confrontación entre el despertar a la vida y una realidad hostil, repleta de miedos, de alarmas y del derrumbe del mundo circundante. Así mismo, la huida de cualquier maniqueísmo (en esta novela no existen “buenos” y “malos” y los actos de barbarie son cometidos por igual por ambos bandos). El buen hacer a la hora de hacernos sentir el peso de la rutina de los días que se suceden sin variaciones en aquel Madrid “rojo” asediado por los fascistas. Y en igual medida, una buena delineación de los personajes: unos planos, otros con una progresiva evolución a lo largo del relato. Una prosa sencilla, directa, con acertadas descripciones  viste este debut narrativo en el que, si algo sobra, es la minuciosidad de los conflictos familiares y la excesiva atención que se presta a detalles insignificantes. Y si algo resulta poco verosímil es la presencia de Enrique Lister como testigo de la boda de la protagonista.

Francisco Martínez Bouzas



 
Belén García Calvo


Fragmentos

“Así, dentro del galimatías que era la plaza, la vida y la muerte se mezclaban a partes iguales. También un hombre del pueblo, el señor Juli solía ir de arriba abajo con un carretón con muertos. En él trasladaba hasta las tapias del cementerio a las personas que habían matado en la zona y quedaban tiradas por la calle. Las familias iban allí a reconocer tanto los cadáveres que llegaban en camiones como los que llevaba el señor Juli. A mis hermanos y a mi nos prohibieron subir las persianas, incluso nos despertaban más tarde con tal de que no viéramos lo que pasaba frente a nuestra casa. Pero era muy difícil conciliar el sueño; la mezcla de las voces y los gritos con los motores de los camiones producía un ruido constante. Yo solía mirar a través de las rendijas de las persianas mucho antes de que vinieran a despertarme y a veces veía como el señor Juli, de vuelta del cementerio, giraba la manivela oxidada de la fuente de la plaza y llenaba un cubo de agua que luego vaciaba sobre el carretón. Repetía la operación tantas veces como era necesario, hasta que el líquido era claro y caía al suelo sin teñir la tierra de la plaza de sangre.”

…..

“Nada más entrar, sentí que todo me daba vueltas, no daba crédito a lo que veía, en lugar del coronel Valentín, quien estaba allí sentado era Miguel. Menos mal que vino hacia mi  y me abrazó tan fuerte y durante tanto tiempo que no tuve necesidad de hacer ni decir nada. Mi nariz quedó pegada a la altura de su pecho y cuando aspiré su olor, esa mezcla de tabaco y jabón que siempre me aturdía, fue como si no hubiera pasado el tiempo, como si recuperase de golpe mi lugar natural. Y mi abandono fue tal que no supe si habían transcurrido cinco, diez o cuántos minutos cuando me cogió de la mano y me condujo hasta la puerta de la calle. No pude reaccionar, antes de darme cuenta ya estábamos fuera. Ni siquiera me despedí de Rocío. Sin embargo, en la calle se disipó la tranquilidad que me había producido el abrazo de Miguel. La sola idea de de cruzarnos con Dolores o con cualquier otro miembro de mi familia, me devolvió de golpe a la realidad.”

(Belén García Calvo, La madrina del Batallón, páginas 64-65, 194-195)

martes, 22 de octubre de 2013

"14" DE JEAN ECHENOZ: UN CONCENTRADO DE ARTE PARA NARRAR LA GRAN GUERRA



14
Jean Echenoz
Traducción de Javier Albiñana
Editorial Anagrama, Barcelona, 2013, 98 páginas

   Concentrado de arte, talento de miniaturista, un libro de despojamiento emocional…la reacción de la crítica francesa ha sido prácticamente unánime a la hora de juzgar este libro de Jean Echenoz, publicado en el país vecino el pasado año. El éxito entre los lectores no ha sido menor, colocándose en la segunda semana de su aparición en el primer puesto en el ranking de ventas, por delante de J. R. Rowling y Patrick Mondiano. En España la situación es similar: Anagrama lo edita por primera vez el pasado septiembre y en este mes de octubre aparece la segunda edición. Hablo de la última novela de Jean Echenoz (Orange, 1947), titulada 14 evocando así de la Gran Guerra que se inició ese año, en 1914.
   Una novela breve que no alcanza las cien páginas y en la que el escritor francés, ganador de todos los premios literarios franceses, entre ellos el Goncourt, en un nuevo giro de tuerca después de su exitoso tríptico biográfico protagonizado por el músico Ravel, el atleta Zátopek y el ingeniero Nikola Testa, escribe sobre la primera Guerra Mundial, ofreciéndonos en  formato breve un gran fresco histórico de cuatro años de intensa e indiscernible barbarie.
   La pluma de este exquisito escritor francés describe, en efecto, avanzando junto a los soldados, las interminables jornadas de la Gran Guerra, acuciado de nuevo por la realidad, por los papeles y el diario de uno de los miles de soldados muertos, que por casualidad llegó a su poder. De esto modo, y una vez más, Echenoz resucita muertos para que compartan con los lectores sus calamidades. Testigo omitido pues del horrendo mosaico de una guerra que iba a durar dos semanas y se prolongó durante más de cuatro años.
   En su aproximación a la gran carnicería, Echenoz se sirve de cinco amigos de la provincia de la Vendée. Pero todo arranca con un paseo en bicicleta del joven contable Anthime, bajo el espléndido sol de agosto. Con él nos metemos de lleno en el estupor, en el dramatismo y en las transformaciones que la guerra genera en cinco amigos de la Vendée. El unísono tañido de las campanas de todas las iglesias, su toque de rebato es el introito de la primera guerra industrial, “una sórdida y apestosa ópera”. Anthime se alista en una guerra a la que los franceses consideran casi una excursión de fin de semana por la campiña. También lo hizo su hermano y sus tres amigos. Todos son enviados de inmediato a la contienda. Atrás, en la retaguardia, queda Blanche, embarazada, con una historia de amor  a tres con los dos hermanos. También su familia propietaria de una industria del calzado. Enviados a luchar en una conflagración  en la que la tecnología está por encima del hombre y que se convertirá en la mayor carnicería que conoció la historia, tal como Echenoz nos muestra en el agónico capítulo 8 que describe el fragor de la batalla. Y como contrapunto paralelo a las terribles experiencias en el frente, el narrador de 14 relata la vida de la ciudad de origen de los jóvenes soldados, haciendo así presentes las relaciones entre los personajes y, sobre todo, la historia de amor entre Blanche y los dos hermanos.
   De este modo, con un concentrado de arte, una inigualable precisión poética, una escritura tan incisiva como minimalista –“la última miniatura de Echenoz” para algún medio periodístico- , a la vez delicada y burlona, Echenoz sumerge al lector en la carnicería apocalíptica con diez millones de muertos y cuarenta de heridos. Un matadero de jóvenes confiados en medio de “tempestades de acero”, como describió Jünger la Gran Guerra.
    Una estructura contrapunteada (frente-retaguardia), la acuidad  del autor para hacer visibles con precisión milimétrica las experiencias a las que se enfrentan los incautos soldados, el coctel de humor, ironía y horror, la condensación miniaturística, la plasticidad de muchas imágenes, ciertos párrafos cortos, cincelados, que el lector recibe como fogonazos (“Y así, parecía restablecerse el silencio cuando un caso de proyectil rezagado surgió sin que supiera cómo ni de dónde, breve como una posdata”, página 65) son algunos de los elementos formales que explota el autor con la finalidad de crear un estilo literario tan preciso como elocuente, un artefacto literario contundente para hacer perfectamente visible ese momento de la historia del siglo XX  en el que el hombre se encuentra con su original orden animal -de ahí la presencia de tantos animales en la páginas finales de la novela-, y cuyo significado último lo delata el hecho de que los amasijos de carne putrefacta esparcida por los campos los forman trozos humanos, cadáveres de bueyes, caballos y ratas. Elocuente metáfora para describir un siglo de gélida animalidad que hizo saltar por los aires la vieja estabilidad y nos sumergió en una centuria de inusitada barbarie.

Francisco Martínez Bouzas




Jean Echenoz



Fragmentos

“Regresarán todos ustedes a casa, prometió el capitán Vayssière, levantando la voz en la medida de sus fuerzas. Sí, volveremos todos a la Vendée. Ahora bien, un punto fundamental. Si mueren hombres en la guerra, será por falta de higiene. Lo que mata no son las balas, sino la falta de aseo, que es nefasta y que es lo primero que deben ustedes combatir.”

…..

“Entretanto, mientras la orquesta cumplía su cometido en el combate, el brazo del barítono resultó atravesado por una bala y el trombón cayó gravemente herido: el corro fue estrechándose y, aunque su formación hubiera quedado mermada, los músicos continuaron tocando sin emitir una nota discordante, hasta que al retomar la estrofa en la que se alza el estandarte sangriento, el flauta y el viola cayeron muertos. (…)
Anthime vio, creyó ver de nuevo a unos hombres taladrar a otros ante sus propios ojos, dando a continuación un fuerte tirón para extraer la hoja de los cuerpos por efecto del retroceso. Con las manos crispadas en el fusil, se sentía ahora listo para perforar, ensartar, traspasar el más mínimo obstáculo, cuerpos de hombres, de animales, troncos de árboles o cuanto se le pusiera por delante.”

…..

“Los soldados se aferran a su fusil y a su machete, cuyo metal oxidado, empañado, oscurecido por los gases, apenas reluce ya bajo el fulgor helado de las bengalas, en un ambiente corrompido por los caballos descompuestos, la putrefacción de los hombres caídos y, en zona donde están los que se mantienen más o menos derechos en medio del lodo, el olor de sus orines, de su mierda y de su sudor, de su mugre y de sus vómitos, por no hablar de esos pegajosos efluvios a rancio, a moho, a viejo, cuando en principio están en el frente y se hallan al aire libre. Pues no: huele a cerrado, el olor se extiende sobre las personas y en su interior, tras las alambradas de púas de las que cuelgan cadáveres putrefactos y desarticulados que a veces sirven a los zapadores para fijar los cables telefónicos…”

(Jean Echenoz, 14, páginas 26, 49-50, 61-62)