miércoles, 14 de septiembre de 2011

CHEQUEO DE LA NOVELA LATINOAMERICANA


l8 escritores
La novela latinoamericana contemporánea
Paz Balmaceda
Ediciones Barataria, Barcelona, 2010, 246 páginas.

Este libro tiene su germen en un artículo que Lolita Bosch publicó en El País el año 2009. La escritora se había propuesto leer cien autores latinoamericanos que escribieran en lengua española. Pero, tarea imposible. Los libros de esos escritores no están ni en librerías ni en bibliotecas públicas ni en centros de estudio. En efecto, más allá de los escritores del boom, desconocemos casi por completo la buena literatura que se hace en la lengua común en otras latitudes. Aquella que no se ha hecho merecedora de los premios nacionales o que no haya logrado la apuesta de algún editor independiente. Es un mundo entero por descubrir y en el que zambullirse.
Pero el prólogo de Lolita Bosch es sumamente revelador: los buenos lectores y escritores de otras tradiciones desconocen por completo lo que se escribe en otros países hermanados por la lengua. Apenas existen vislumbres narrativos o poéticos que superen los horizontes nacionales o “el tajante filo de las editoriales españolas”. Vivimos pues sin una ansiada y necesaria globalización literaria entre países hermanos y hermanados por el mismo idioma y tradición cultural. Y todo ello a pesar de ese canal transoceánico que es Internet. La literatura no viaja o viaja muy poco. Solo la de aquellos escritores que escriben literatura de kiosco o de las grandes superficies comerciales y la de los grandes narradores posteriores al boom, Bolaño, Piglia, Pitol, César Aira, entre otros.
La chilena Paz  Balmaceda (Santiago de Chile, 1983) recogió el guante implícito en la propuesta de Lolita Bosch: reunir a escritores latinoamericanos de distintas estéticas y que pudieran aportar una perspectiva muy personal. El colectivo FU, constituido por lectores y con sede virtual en Barcelona, seleccionó a dieciocho autores para un encuentro, Fet a Amèrica, que se celebró en Cataluña en 2010, con la finalidad de que dialogaran sobre la narrativa contemporánea que, en lengua española, se escribe en América.
Aquel encuentro apareció hace unos meses convertido en libro y pone en diálogo a varias generaciones de escritores originarios de catorce países distintos. El aglutinante unificador fue el hecho literario en sus diversas dimensiones, y por parejas estos narradores dialogan con Paz Balmaceda buscando puntos de confluencia. Así pues un estimulante libro de conversaciones conducido por Paz Balmaceda, sobre algunas de las encrucijadas de la actual novela hispanoamericana:
“El contexto social como eje del mundo literario” (Israel Centeno y Luis Humberto Crosthwaite); “¿Cómo ser uno mismo sin repetirse? La identidad literaria” (Tomás González y Antonio José Ponte); “Tradición y modernidad” (Inés Bortagaray y Slavko Zupcic); “La reflexión literaria” (Pola Oloixarac y Marta Aponte Alsina); “La manipulación del tiempo” (Javier Vásconez y Lina Meruane); “La fragmentación ideológica en el lenguaje” (Diamela Eltit y Horacio Castellanos Moya); “Lo complejo y lo simple en la novela” (Sergio Chejfec y Carlos Velázquez); “La lectura: Cómo usamos lo leído en el texto” (Iván Thays y Giovanna Rivero); “La ternura y la crueldad en el discurso narrativo” (Yuri Herrera y Pablo Ramos).

Paz Balmaceda

Temas de gran calado, interpretados por nombres que apenas nos suenan, pero que están ahí, hacen buena literatura, experimentan. El diálogo, en general, fluye a buen ritmo, otras veces, de forma más pausada. Pero, sobre todo, permite  descubrir las inquietudes, temas, estilos y los ejes reales sobre los que orbita una parte muy importante de la narrativa de formato largo que se escribe actualmente en español.
Y con conclusiones poco alentadoras en algunos temas: las lecturas de referencia suelen ser, no las obras escritas en su misma lengua, sino la de los escritores norteamericanos; casi ninguno de los entrevistados conoce a sus propios contemporáneos nacionales y, en mucha menor medida, a los de los países de la órbita hispánica. Y los textos en los que fundamentan sus propia intertextualidad  acostumbran ser los que se cuecen en Argentina, España y sobre todo los “made” in USA que han alcanzado estatuto canónico.
Concluyo con una modesta llamada para repetir encuentros de esta naturaleza en otros géneros y subgéneros, tendentes a romper fronteras geográficas. El relato breve, por ejemplo, tiene hoy en Latinoamérica su campo de cultivo más fértil y dinámico. Un encuentro que reuniera a Lilian Elphick, Rosy Paláu, Antonio Ortuño, Rogelio Guedea, María Elena Lorenzín, Ana María Shua, Paola Tinoco, Jorge Volpi, Isabel Mellado, Eduardo  Berti, entre otros rompería igualmente lindes nacionales y permitiría conocer la realidad del otro en el género de la recompensa inmediata o del premio a corto plazo.
                                          

Fragmento

-“Paz (Balmaceda): ¿Les interesa lo que se escribe actualmente? ¿Siguen la literatura contemporánea? ¿Qué otras expresiones artísticas les llaman la atención?

-Lina (Meruane): Hay escrituras que me interesan y otras que no, pero lo importante es poder acceder a los libros que se escriben o circulan en otros lugares para poder encontrar esas escrituras propositivas, porque siempre las hay. No siempre son las más visibles, no siempre son las más comentadas, pero una pertenece a una comunidad de lectores que recomiendan, que envían, que regalan o prestan libros. Así he ido encontrando autores que se han mantenido o incluso complejizado su propuesta, y también he encontrado jóvenes completamente nuevos para mí que me han llegado a fascinar.
Los talleres literarios son otro espacio que puede ser interesante. De pronto surgen grupos o individuos muy talentosos, y poder entablar un diálogo con sus propuestas siempre resulta desafiante y enriquecedor. Con esto quiero decir que la literatura, la capacidad de la ficción, sigue estando presente como zona de reflexión sobre el mundo, la ficción sigue diciendo a su manera muchas verdades actuales, planteando interrogantes necesarios”

(Paz Balmaceda, 18 escritores. La novela latinoamericana contemporánea, páginas 141-142)



lunes, 12 de septiembre de 2011

"DONDE NADIE TE ENCUENTRE", CON LA VITOLA DEL PREMIO NADAL


Donde nadie te encuentre
Alicia Giménez Bartlett
Ediciones Destino, Barcelona, 2011, 509 páginas.

Tengo ante mi la novela ganadora del Premio Nadal 2011, publicada por Ediciones Destino en la ya mítica colección Áncora y Delfín. En atención a mis amigos lectores / escritores latinoamericanos y de otras latitudes, considero que no está de sobra recordar que el Premio Nadal, a pesar de su relativamente modesta dotación económica (18.000 euros), goza de un gran prestigio, fundamentalmente por dos razones: es el más antiguo en España (concedido desde el año 1944) y, entre sus ganadores, figuran escritores de una gran categoría literaria. En la actualidad el Premio Nadal no pretende descubrir nuevos valores literarios, sino premiar figuras consagradas.
El prestigio del Premio Nadal y la innegable categoría literaria intrínseca de la novela galardonada este año, explican que Donde nadie te encuentre camine en estos momentos por la séptima edición.
Alicia Giménez  Bartlett (1951), creadora de la serie policíaca Petra Delicado, recupera para la escritura de esta, sin duda, excelente novela, su maestría y buen hacer en el género detectivesco. Pero no es, en efecto, esta una novela negra, ni tampoco una novela histórica como ella misma ha declarado en infinitud de entrevistas, concedidas a raíz de la concesión del Premio. Tampoco estamos ante una “non-fiction novel” que narre hechos y acontecimientos reales con los recursos de la ficción. Donde nadie te encuentre es la historia de una pesquisa y al mismo tiempo, la huida de un personaje convertido en mito, a través de la geografía, sobre todo social, de la España trágica y negra de 1956.
Un personaje central con una sexualidad ambigua: nacida como Teresa por ser inscrita como mujer, murió el 1 de enero de 2004 llamándose Florencio, porque en el años 1980 se resuelve el expediente gubernativo de cambio de sexo oficial, conforme al informe forense (falso hermafroditismo masculino). Mas Donde nadie te encuentre es o pretende ser una ficción, aunque al servicio de un hecho real: las cuadrillas  del maquis en las zonas de Maestrazgo y Els Ports (Provincia de Castellón) en los años posteriores al final de la Guerra Civil. Y de manera singular, del personaje central, “La Pastora”, último superviviente de los luchadores del maquis en aquella zona.
La autora estructura su ficción alrededor de dos personas que siguen el rastro de “La Pastora” y están ansiosos -especialmente uno de ellos- por encontrarse cara a cara con ella. Surge así un libro de aventuras, investigación e itinerancia cuyos actantes fundamentales son un psiquiatra francés experto en psicopatías y mentes criminales y el periodista barcelonés Carlos Infantes. El primero viaja a la Barcelona de 1956 interesado en realizar un estudio sobre el caso de Teresa Pla Maseguer, conocida como “La Pastora”, el maquis más buscado por la Guardia Civil. El segundo, mostrando siempre una actitud cínica, le servirá de guía y enlace por una zona de paisaje agreste, tanto a nivel natural como humano, porque existe entre sus moradores una verdadera “omertà”.
En los registros de la Guardia Civil y en las mitologías populares, “La Pastora” es un ser extraño, huraño que arrasaba los mas castellonenses y acosaba  a las fuerzas represoras. El casi imposible objetivo se esconde en tierras de Maestrazgo. Ante el material recogido a través de la indagación  del periodista barcelonés, copiando en no pocas ocasiones los esquemas detectivescos de sus novelas negras, el lector quedará fascinado con la reproducción de la dramática experiencia vital de la figura de “La Pastora” (Teresa, Teresot, Florencio), a la vez que se sentirá dolorosamente estupefacto ante el clima humano y social de la España rural de aquellos años: odios, traiciones, soplones, heridas que siguen supurando, condena social de los que no comulgan con las ideas imperantes… Una sumersión sin escafandra y protectores sentimentales en la España negra de los años cincuenta.
Alicia Gómez Bartlett recrea con habilidad este transfondo seco de miedos, terror, represalia y, sobre todo, silencio, esgrimidos por las fuerzas del poder como medida represiva y aceptado por los habitantes de la comarca como estrategia defensiva.
Y a la par de este relato indagatorio-itinerante, Donde nadie te encuentre intercala un monólogo interior en primera persona. Son las confesiones íntimas de “La Pastora”, narradas reproduciendo el habla oral, y ajustadas a la escasa formación intelectual del personaje. A través de estos capítulos -en mi opinión lo más fresco de la novela- nos llega la voz poderosa, rudamente vitalista de “La Pastora”. La voz de un personaje semisalvaje y misterioso, de un ser humano maltratado, masacrado, sin haber recibido jamás una mirada piadosa, recrea con gran verosimilitud su vida: una infancia difícil, una juventud oliendo a oveja y durmiendo al raso, las horripilantes escenas de la guerra defendiéndose de los soldados moros violadores, las obscenas brutalidades de los guardias y somatenes, el enlace con los maquis, los únicos que le tratan como persona… Son episodios que pertenecen a la biografía real del personaje. Son también auténticos los hechos narrados en otras partes de la novela donde interviene “La Pastora” Todos ellos basados en la “realidad” del libro de investigación del periodista José Calvo La Pastora. Del monte al mito.
La autora rechaza, como ya señalé, que su relato sea una novela histórica, pero admite que su ficción está basada en material histórico verificable. No estamos pues ante una novela en la que la ficción y la realidad se reflejen mutuamente. Pero al inyectar ficción en la realidad histórica, aquella, como marcador semántico que es, transforma todo lo que toca, en el sentido de que lo convierte en ficción, como señaló Álvaro Pombo. En este caso concreto, la escritura ficcional de Alicia Giménez Bartlett explica e ilustra bellamente la historia de “La Pastora”, un ser humano cuyos restos descansan, no en esa Pirámide del Jardín del Recuerdo del cementerio de Valencia como se afirma en la nota final, sino en un lugar “donde nadie te encuentre”, título de la novela que, en este caso, le hace justicia a la realidad.

                                       
Fragmento

“Aquello de ser enlace de los maquis me gustaba. No sólo por el dinero que me daban, sino porque además me trataban bien, como a una persona, con respeto (…) Me daban la lista de lo que necesitaban para que se la llevara a El Cabanil y se la pasara a Francisco Gisbert (…) Las risas más grandes las teníamos cuando Gisbert les vendía latas de las que les daban de ración a la Guardia Civil (…) Solían ser chorizos y latas de carne de vaca. Parecía de risa pero la cosa estaba clara: Gisbert vivía delante de la casa cuartel, tenía buena relación con los guardias, que nunca sospecharon nada hasta que lo trincaron (…) ¡Pobre Gisbert, era tan buen hombre, tan trabajador! No se merecía lo que le hicieron esos hijos de puta. Todos dicen que cuando lo detuvieron después del asalto que los civiles hicieron a El Cabanil delató a mucha gente y por eso hubo tantos arrestos de masoveros que vivían cerca. Pero con todo lo que le hicieron yo también hubiera cantado seguramente. Hay un punto en el que el ser humano ya no puede soportar más lo que le hacen (…) Lo peor fue el final que tuvo. Lo tenían recluido en Morella y un buen día, seguramente cuando ya le habían sacado todos los nombres que le podían sacar, lo bajaron a la prisión de pobla de Benifassá. Lo visitó su madre y la pobre mujer, antes de entrar,  les preguntó a los civiles que lo custodiaban si sabían qué sería de él. La engañaron, le dijeron que lo dejarían en libertad. La madre entró a verlo muy contenta y, como lo vio hecho un guiñapo, sólo quería decirle algo que pudiera hacerle bien (…) Entonces lo llevaron un montón de guardias a El Cabanil para que les enseñara algo, a lo mejor algún rincón que la casa tenía para esconderse y que no habían encontrado aún. Pues bueno, llegan allí y les enseña lo que tuviera que enseñarles y luego salen y le dicen: «Ya es suficiente, hemos terminado contigo. Ahora te puedes marchar». Cuando había caminado diez o doce pasos le arrearon una ráfaga de metralleta por la espalda, y adiós Francisco Gisbert. Se quedó allí muerto (…) Les dieron el cadáver a los familiares para que lo enterraran y cuando lo desvistieron para asearlo se dieron cuenta de que le habían arrancado los testículos. Tal como yo se lo cuento así fue. Yo puedo haber sido maquis y bandolera y haber hecho cosas que no estaban bien, pero díganme cómo hay que ser y qué entrañas hay que tener para arrancarle a un hombre los cojones”

(Alicia Giménez Bartlet,  Donde nadie te encuentre, páginas 245-247)
Alicia Giménez Bartlett (Foto Efe)

miércoles, 7 de septiembre de 2011

"EL ASIENTO DEL CONDUCTOR", UNA COMEDIA QUE SE TRANSFORMA EN TRHILLER


El asiento del conductor
Muriel Spark
Traducción de Pepa Linares
Prólogo de Eduardo Lago
Contraseña Editorial, Zaragoza, 2011, 127 páginas.

Precedida de un buen prólogo de Eduardo Lago, que nos proporciona las claves biográficas y literarias de Muriel Spark, una escritora muy poco conocida en España, Contraseña Editorial pone  a disposición del lector una novela corta, cuya proteica y perturbadora trama se ajusta a las intenciones de la escritora escocesa:”aterrorizar deleitando”. Una rápida aproximación a la figura de Muriel Spark, permitirá hacer más familiar la figura de Muriel Sarah Camberg, que firmó su obra escrita con el apellido de su esposo. Nacida en Edimburgo de padre judío y madre anglicana en 1918, falleció en 2006, a los ochenta y ocho años en la localidad Toscana de Civitella della Chiana. Un año antes, vio la luz su última pieza literaria, The Finishing School , en la que retoma las obsesiones que impregnaron su literatura: la envidia y el proceloso mundo de los internados. En 1938 se casó y con su marido se afincó en Rodesia. Se divorcia a los siete años y regresa en 1944 a Londres donde trabajó en el contraespionaje británico de forma muy eficiente. Fue allí donde conocería a Graham Greene que le brindará su apoyo en un momento de profunda crisis  existencial y de salud. En la década de los setenta se trasladó a vivir a Italia que, desde entonces, se convierte en epicentro de su vida. Primero en Roma y al poco tiempo en la localidad Toscana, donde le sobrevino la muerte.
Su universo literario es inclasificable, debido a su diversidad temática, pero todo él, está tamizado por su tendencia a amalgamar lo trágico con lo cómico y lo grotesco. Entre sus obras más representativas cabe destacar La plenitud de la señorita Brodie (1961), The Finishing School (2004), Curriculum Vitae (1993) y por supuesto El asiento del conductor (1970). La mirada fría e intelectualizada de Muriel Spark pone en evidencia el lado más obscuro y absurdo del comportamiento humano, señala el prologuista Eduardo Lago. Sus novelas rebosan de acontecimientos y crímenes que la escritora narra en un tono indiferente y sin emitir juicios puritanos acerca del bien y del mal, porque es consciente de que Dios no pone orden ni justicia en el mundo narrativo. La omnisciencia divina nada tiene que ver con la omnisciencia ficticia de la novela.
El territorio narrativo en el que mejor se mueve Muriel Spark, es el de la media distancia, en la que una prosa rápida y precisa no deja nada sin diseccionar. El asiento del conductor es su perfecto paradigma. Una enigmática narración, cuyo final nada tiene que ver con lo preanunciado al comienzo, da cuenta de su competencia y nos introduce en esa casa encantada, ajustada definición de John Updike de la narrativa de Muriel Spark. Novela negra, rebosante de intriga y tensión que destroza las pautas canónicas del género y nos enfrenta con unos personajes perturbados y una trama inesperada, en la que la autora rompe las expectativas del lector con el que juega mediante con un intratable sentido del humor.
Es preciso dejar al margen nuestros conceptos tópicos de asesinos y víctimas, ya que en El asiento del conductor nada es lo que parece, hasta el punto de que la supuesta víctima, a la que percibimos como cebo propiciatorio de algún perturbado asesino, se metamorfosea a lo largo del relato de tal modo que, en la mente lectora, surge la convicción de que es ella la verdadera asesina. Una asesina que actúa de forma vicaria y, tras su deambular por la ciudad, encuentra al que resulta ser su verdugo.
La narración da comienzo de forma a la vez grotesca e hilarante. Iniciamos la lectura y nos quedamos boquiabiertos, al igual que los dependientes de la tienda que vende vestidos a prueba de manchas, ante el excéntrico comportamiento de Lise, la protagonista. Y para curar sus paranoias, su jefe la “obliga” a tomarse unas vacaciones. Embutida en vestidos psicodélicos, Lise, que sostiene no ser de ningún sitio en concreto, viaja al sur, un sur colorista y luminoso que tiene todos los indicios de ser el sur italiano.

Muriel Spark

Se ha iniciado la comedia preñada de un salvaje y sardónico sentido del humor. Así, por ejemplo, es antológica la escena de la seducción interactiva en el interior del avión entre Lise y el Iluminado Maestro macrobiótico que precisa un orgasmo diario como parte esencial de su dieta. Pero muy pronto el deleite de la farsa se transmuta en una historia de intriga y tensión, cuyo desenlace, en forma de asesinato en la penumbra de un parque, la autora no tiene reparo en revelar recién iniciado el relato de la trama. Mas nada es lo que parece y Lise no es la mujer desvalida, cosida a puñaladas por un maníaco sexual. Es ella la que ocupa el asiento del conductor, la que guía una historia, la verdadera criminal que encomienda  a otra persona la comisión de un asesinato, cuya victima será ella misma.
La comedia ha cambiado de rostro y se ha transformado en trhiller de una forma perturbadora. Y Muriel Spark ha sabido hacerlo combinando la amenidad, técnicas de entretenimiento y un estilo directo, claro y escueto. Un marco textual sutil,de fácil lectura para revelar el fondo perturbador e inquietante que se oculta en la novela. De este modo, Muriel Spark entra a formar parte de la nómina de los pocos autores que han sido capaces de anular las distancias entra las llamadas bajas y altas literaturas.
                                          

Fragmento

“(…)Lise desenfunda el abrecartas, comprueba el filo y la punta y comenta que no son muy cortantes, pero que servirán.
-No te olvides que es curvo.
Mira la funda grabada en su mano y, con indiferencia, deja que se le escurra entre los dedos.
-Cuando lo claves, cerciórate de tirar hacia arriba para que penetre bien.
Le hace una demostración con la muñeca.
-Te cogerán, pero te queda la ilusión de poder huir en el coche. Así que al
acabar no pierdas tiempo mirando lo que has hecho, lo que acabas de hacer.
Se tumba en la grava y coge el abrecartas.
-Antes átame las manos –dice, cruzando las muñecas-. Átalas con el pañuelo.
Él le ata las manos y Lise le recuerda con voz apremiante e imperiosa que coja la corbata y le ate los tobillos.
-No –dice él, arrodillándose sobre ella- los tobillos, no.
-Nada de sexo..Puedes hacerlo después. Me atas los pies, me matas y se
acabó. Los que vengan por la mañana lo recogerán.
Pese a todo, se hunde en ella al mismo tiempo que levanta el abrecartas.
-Mátame –dice y repite ella en cuatro idiomas.
Cuando el cuchillo desciende hasta su garganta, lanza un grito. Es evidente que ha percibido has qué punto es definitivo el final. Grita y la garganta deja escapar un gorjeo cuando él la apuñala con un giro de la muñeca, siguiendo al pie de la letra las instrucciones. Después, clava donde le apetece, se levanta y contempla su obra”.

(Muriel Spark, El asiento del conductor, paginas 125-126)


martes, 6 de septiembre de 2011

"DE VIDAS AJENAS": CRÓNICA DE DUELOS Y DESGARROS

                                       
De vidas ajenas
Emmanuel Carrère
Traducción de Jaime Zulaika
Editorial Anagrama, Barcelona, 2011, 260 páginas.

En pocas ocasiones como en esta se hace preciso un acercamiento a la génesis de esta novela, De vidas ajenas. Lo demanda la naturaleza non ficcional de la misma y las profundas raíces de dolor real que la generaron y de las que Emmanuel Carrère fue testigo. El mismo escritor francés, que se consagró como narrador, acercándonos la figura criminal de  Jean-Claude Romand en su novela El adversario, reconoce que en De vidas ajenas narra experiencias vitales de gran dureza, pero que las encaró con cierto confort psicológico porque le amparaba la legitimidad. Todo lo que aquí narra Carrère es absolutamente verídico. La certeza y la claridad de la vida frente a la brutalidad de la muerte transformaron al escritor hasta permitirle narrar a corazón abierto todo aquello que contempló: dos dolorosas muertes.
Emmanuel Carrère es escritor, guionista y realizador de cine y televisión. (Con el título D’autres vies que la mienne y dirigida por Philippe Lioret acaba de adaptar su novela al cine). En el año 2004 se encontraba de vacaciones con su esposa en Sri Lanka. El matrimonio hacía aguas, pero allí fueron testigos del brutal desbordamiento de otras aguas: las del tsunami que arrasó el Sudeste Asiático. Ellos estaban a salvo en su hotel, pero vieron de forma muy directa la hecatombe y la desgracia de una pareja de compatriotas cuya hija de cinco años había sido tragada por la ola. Y les acompañaron en su recorrido por las diferentes morgues del país para encontrar el cadáver. A los pocos meses, ya de regreso en Francia, otra ola: Juliette, la hermana de su mujer fallece víctima de un cáncer. En esos momentos, un familiar le propone relatar esas historias, pero le pareció “obsceno y fuera de lugar”. Sin embargo visitó a un juez Étienne, amigo de su cuñada, que en su juventud también había padecido un cáncer que le provocó la amputación de una pierna. El juez le habló de su amistad con su cuñada, del trabajo en común y de las experiencias de la enfermedad y le convenció de que todas esas experiencias extremas debían ser contadas.
Fue Susan Sontag quien postuló el requisito de la necesidad para la literatura. De vidas ajenas cumple con esa exigencia más allá del cien por cien y en todos sus polos o centros de interés narrativo. Y cumple porque todo eso aconteció y Emmanuel Carrère lo cuenta de forma objetiva y honesta.
La catástrofe natural, el gigantesco tsunami en Sri Lanka fue algo que pasó. La ola arrastrándolo todo, la pareja francesa que presencia la desaparición de su hija entre miles de muertos. Sin poder hacer nada. Y el escritor y su esposa Hélène, sintiéndose débil ante una experiencia que les unirá: “Estuvimos un largo rato frente  a  frente, bajo el débil chorro de agua. Sentíamos frágiles nuestros cuerpos. Yo miraba el de Hélène, tan hermoso, tan aplastado por la fatiga y el pavor. Yo no sentía deseo, sino una piedad desgarradora, una necesidad de cuidarla, de protegerla, de conservarla. Pensaba: hoy podría estar muerta. Hélène me es preciosa. Preciosísima. Quisiera que un día sea vieja, que su piel sea vieja y desvastada y seguir queriéndola” (página 58).
Pero la mayor parte del libro está consagrado, a través de los testimonios de las personas próximas, a recuperar a su cuñada y su especial relación profesional y amical con un colega, con Étienne. Ambos jueces, ambos compartiendo una cojera secuela de sendos cánceres sufridos en sus juventudes, ambos apasionados por la justicia, una pasión nada revolucionaria. Simplemente luchaban a favor de la gente con problemas de crédito y sobreendeudamiento, para construir una sociedad un poco más justa. Hasta que surge otra vez la catástrofe. Esta vez una catástrofe íntima: el cáncer que de nuevo hace que Juliette, con poco más de treinta años y madre de tres niñas que todavía no habían alcanzado la adolescencia, comience a morirse.
Emmanuel Carrère narra este veloz deslizamiento hacia la muerte no como una historia triste, aunque no aporte esperanzas ni existan referencias a la fe religiosa. Pero su escritura,  a la vez que supone un estremecedor acercamiento antropológico a la manera occidental de asumir la muerte, ensalza la vida que late con fuerza por debajo de ese río imparable que es el morir. Por eso al concluir la lectura de este texto, sentimos el confort y la alegría ante la parte de felicidad de la que nos hemos podido apropiar, sin dejarla escapar.
Al leer la relación profesional y de amistad entre la pareja de jueces, una relación no amorosa, exclusivamente amical y su pasión “no revolucionaria” por la justicia, me resulta imposible impedir que en mi memoria surjan las palabras con las que Jorge Herralde, director y editor de Anagrama, definió a estos dos jueces: “santos laicos”. Es aquí donde la novela cobra una indudable dimensión social y política. La pasión de ambos jueces por la justicia, vinculada quizás a las injusticias que ellos habían sufrido y a la constatación de cómo las grandes entidades crediticias engañaban a la gente sencilla. Por eso los dos eran capaces de consagrar decenas de horas para demostrar que los intereses y penalizaciones practicadas por algunos bancos sobrepasaban el límite de la usura y que aquella manera de sangrar a la gente no solo era inmoral, sino también ilegal. Y todo ello sin ser nada extravagantes  ni jueces estrella. Simplemente aspiraban a un mundo en el que se tenga derecho a violar la ley y a hacerla respetar como jueces. Absoluto liberalismo, como comenta Étienne.
De vidas ajenas no es una novela siniestra, pero si espeluznante y al mismo tiempo estimulante. Un libro sobrecogedor que profundiza en la tragedia y en el dolor pero huye de la sensiblería y de los recursos lacrimógenos. De la lectura de este texto non-fiction, desnudo y sin efectivismos, pero escrito con gran vitalidad narrativa y que se sirve de los más eficaces recursos ficcionales para contar hechos reales, brota la misma experiencia que el psicoanalista y “canceroso” Pierre Cazenave extrajo de su arte: “una solidariedad incondicional con la congoja insondable que entraña la condición humana”


Fragmentos

“(…) Hombres, mujeres, niños, ancianos, nativos y occidentales, con el rostro enmarcado, deteriorado, tumefacto y los ojos abiertos o cerrados, desfilaron decenas, la pantalla dedicaba unos segundos a cada foto y después, automáticamente, pasaba la siguiente, y por fin apareció la de Juliette. Hélène estaba al lado de Jérôme. Le vio mirar la foto de su hijita muerta. Vio cómo la miraba. Cuando otra foto sustituyó a la de Juliette, Jérôme enloqueció. Se precipitó sobre el ordenador, pidió a gritos que volviese atrás. El empleado pulsó el ratón y consultó la ficha que acompañaba a la foto: Juliette ya no estaba allí, la habían trasladado la víspera a Colombo. Su foto fue reemplazada de nuevo y Jérôrome sucumbió de nuevo al pánico y le pidió que volviera atrás: no conseguía separarse de la pantalla ni aceptar que Juliette desapareciera. El empleado pulsó varias veces seguidas para detener el desfile automático. Jérôme miraba ávidamente la cara de su hija, sus cabellos rubios, los tirantes del vestido rojo sobre los hombros redondos y bronceados. Cada vez que aparecía una nueva foto suplicaba: again! Again, again”.
…..

“(…) Habló de la justicia, de la manera como Juliette y él administraban justicia. En el tribunal de Vienne se ocupaban sobre todo del derecho al sobreendeudamiento y del derecho a la vivienda, es decir, de asuntos en los que existen pudientes y desposeídos, débiles y fuertes, aunque a menudo es más complicado (…) Étienne decía que a Juliette no le habría gustado que dijeran que estaba del lado de los desheredados: sería demasiado simple, demasiado romántico, sobre todo no sería jurídico, y ella se obstinaba en ser jurista. Ella habría dicho que estaba en el bando del derecho, pero llegó a ser, los dos llegaron a ser virtuosos en el arte de aplicarlo realmente. Para ello eran capaces de consagrar decenas de horas al estudio de un plan de reembolso, a descubrir una directiva en la que otros nunca habrían pensado, capaces de apelar al Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas (…) Sus sentencias fueron publicadas, discutidas, violentamente atacadas”.
…..

“(…) Le pidió que le llevara en coche a casa de Aurélie, que también vivía en Sceaux, y que pasara a recogerle más tarde. Salía con Aurélie desde hacía dos años y habían tenido juntos su primera experiencia sexual. Ella era muy bonita, muy fina, y él todavía piensa hoy que muy bien podrían haberse casado. Se acostaron en la cama y él le dijo: el lunes van a cortarme la pierna, y por fin rompió a llorar. Mientras iba anocheciendo, se quedaron horas abrazados, o más bien él permaneció en los brazos de ella, que le estrechaba con todas sus fuerzas y le acariciaba el pelo, la cara, el cuerpo entero, quizá hasta la pierna que pronto ya no existiría. Ella le decía en voz baja palabras tiernas, pero cuando él le preguntó si le seguiría queriendo con una sola pierna, ella fue honesta: no lo sé”
…..


“(…) Hubo aún otro silencio y luego Juliette dijo que no quería que la desposeyeran de su enfermedad, como habían hecho a los dieciséis años. Sus padres habían puesto todo su amor, toda su energía, toda su ciencia para protegerla, si hubieran podido habrían sufrido el cáncer en su lugar, pero ella ya no quería que otros sufrieran por ella. Quería vivirlo plenamente, hasta la muerte, si es lo que la esperaba al final, como parecía probable, y contaba con Étienne para que la ayudase”

(Emmanuel Carrère, De vidas ajenas, páginas 46-47, 88, 110, 214)
Emanuel Carrère


sábado, 3 de septiembre de 2011

"EL VIGILANTE DEL FIORDO": ENTRE EL MIEDO, LA ALUCINACIÓN Y EL SARCASMO

El vigilante del fiordo
Fernando Aramburu
Tusquets Editores, Barcelona 2011, 184 páginas.

Cuando se tiene en las manos un nuevo volumen de cuentos de Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959), uno de los narradores españoles más notables y singulares  de las últimas décadas, resulta inevitable que surja en la memoria lectora la experiencia estremecedora de su otra colección de relatos, Los peces de la amargura (2006). Entre otros motivos porque El vigilante del fiordo  se sutura temáticamente con las historias patéticas y con el extrañamiento y la alucinación de Los peces de la amargura. Aunque posiblemente -y así lo reflejan algunos críticos-  no con la fuerza e intensidad del libro de referencia, como si Fernando Aramburu hubiese optado intencionadamente por una escritura menos directa, más elusiva, distanciada o desdibujada y sin la coherencia y homogeneidad temática que se hacía patente en Los peces de la amargura.
El vigilante del fiordo, en efecto, junto a relatos que nos retrotraen al terror provocado por el delirio criminal de los homicidas terroristas, temas muy reconocibles para los lectores del escritor, bucea en otras geografías delimitadas por el desvarío y la extrañeza o por una suerte de ironía sarcástica, con tintes de humor surrealista y de esperpento. La misma ruptura de la homogeneidad se deja entrever en la elección de las modalidades narrativas, con el ensayo incluso de experimentos y variantes genéricas. Al lado de relatos en los que prevalece la narrativa tradicional propia de las fórmulas canónicas de la novela o del cuento, el lector se encuentra con otras de distinta hechura: textos dialogados a semejanza de la literatura dramática y de la modalidad epistolar. Y técnicas narrativas que utilizan el recurso de la concatenación o sucesión de distintas anadiplosis -secuencias que finalizan y empiezan con la misma palabra- con las que el autor experimenta una arriesgada pero plausible elaboración estilística.
El miedo y la obsesión de la vida cotidiana, en un entorno que no es el suyo, del matrimonio que protagoniza “Chavales con gorra”, inaugura el volumen. El mundo hostil, sus vidas rotas ante la amenaza terrorista se ha convertido en un infierno de terror que ofusca su percepción de la realidad. Por el mismo derrotero, bordeado de drama y obsesión, caminan quizás los dos mejores relatos de la colección: “Carne rota” y el que le da el título al libro: “El vigilante del fiordo”. En ambos se hace presente la huella del terrorismo. “Carne rota” es un relato estremecedor, una excelente recreación literaria de los atentados islamistas del 11-M desde la experiencia de las víctimas. Ellos son los protagonistas. El protagonismo de los heridos en sus cuerpos y en sus almas, de  los familiares de los fallecidos, de los seres repentinamente alejados de sus quehaceres diarios. Ellos y ellas en el escenario de los atentados, rememorando la tragedia o exhibiendo sus secuelas en los momentos posteriores. En breves secuencias concatenadas por el recurso poético de la anadiplosis, Fernando Aramburu nos  presenta un encadenamiento de damnificados, victimas del atentado. Los ínfimos detalles (la musiquilla alegre del móvil que suena y vuelve sonar…), los gestos, las palabras solidarias destilan una profunda carga poética y forman parte de una esmerada arquitectura teñida de terror y de sangre que narra con inusitada eficacia literaria los atentados de marzo de 2004 en Madrid. Un grito dolorido surge de la lectura abrumada de tanta “Carne rota”, un relato en el que el escritor se olvida de eludir la tragedia y la retrata a corazón abierto.

Fernando Aramburu (foto de Iñaqui Andrés)

“El vigilante del fiordo” es sin duda el relato de más compleja elaboración de la serie, pero es igualmente abrumador. El relato amalgama técnicas narrativas distintas: diálogo teatral y relato en tercera persona. En ambas modalidades hacen acto de presencia igualmente el dolor, la angustia y las heridas que jamás cicatrizan, provocadas en las víctimas por la violencia terrorista. Un funcionario de prisiones enloquece, víctima de un sentido obsesivo de culpa, y viaja a Noruega para alertar de la presencia de terroristas en la zona. Eso es lo que parece, porque, en realidad, la bomba dirigida contra él que mató a su madre, hizo explotar su cordura mental y ahora vive extraviado en las obscuridades de su mente, que contrastan con la luminosa belleza del paisaje nórdico y con la atmósfera claustrofóbica del relato.
El volumen incluye otros cuentos con otras y dispares inquietudes y que nada tienen que ver con las lacras terroristas. Son las incursiones de Fernando Aramburu en esos contornos delimitados por el desvarío y la alucinación, tales como “La mujer que lloraba a Alonso Martínez”, o por una mezcla de de tragedia, farsa y humor sarcástico, como “Mártir de la jornada”, “Lengua cansada”, “Nardos en la cadera” y “Mi entierro”, una original perspectiva narrativa de alguien que, entre alucinado y atónito, narra su propio entierro.
Una recopilación de relatos no homogéneos, como ya he dicho, con tratamientos novedosos, pero unificados por la maestría de una prosa muy elaborada, de primera calidad, una profunda caracterización de los personajes con la economía de unos pocos trazos y la facilidad para recrear escenarios colindantes con las pesadillas de la tragedia o con los ambientes surrealistas, absurdos o teñidos de un fino humor.
                                       

Fragmento

“La mano era lo único que asomaba por el borde de la manta. Una mano bien proporcionada, con las uñas pintadas de rojo y una sortija verde de bisutería. La chica aún se movía cuando la depositaron en el suelo. El rumano no le prestó apenas atención. Bastante tenía con lo suyo. Siguiendo las indicaciones de la policía, había venido por su pie con otros heridos al Centro Deportivo Daoiz y Velarde (…) Entre dos sanitarios depositaron minutos después a la chica como a unos dos metros de donde él se encontraba. El pelo le ocultaba la cara. Al principio la chica se movía. Las piernas. La espalda. Un poco. Un ligero temblor. Cada vez menos. Luego dejó de moverse. Vinieron a atenderla. La voltearon con cuidado. No había nada que hacer. Al rato fue tapada con una manta que sólo dejaba al descubierto una de sus manos. Una mano delgada, bonita, inmóvil para siempre. Los sanitarios se dirigieron al siguiente cuerpo tendido. Al rumano, recostado contra la pared, se le cerraban los párpados. Los abría con esfuerzo. Se le cerraban. Los…Se le…L…S… De repente lo sobresaltó la musiquilla de un móvil. El rumano miró en rededor hasta ubicar la melodía alegre a dos metros de él, debajo de la manta. Vaciló un momento. La melodía de notas agudas y saltarinas no cesaba. No venía de su teléfono. Él ya había dado cuenta a sus familiares de lo ocurrido. La musiquilla persistía con una insistencia de súplica en medio de aquel desbarajuste de sanitarios y cuerpos malheridos. Se acercó a la manta, alzó un borde, allí estaba el teléfono móvil, medio a la vista en un bolsillo del abrigo chamuscado. Al otro lado de la línea una voz de mujer entrada en años articulaba palabras en un idioma desconocido para el rumano. Quizá polaco o ruso. Se dio cuenta de que no lograba hacerse entender. Y la voz se alarmaba repitiendo lo que parecía un nombre, el nombre de la depositada en el suelo. Bombas en tren. Señora, bombas. Bum , ¿comprende? El rumano pulsó la tecla de desconexión, volvió al sitio que los sanitarios le habían asignado junto a la pared. Segundos después sonó otra vez el móvil de la chica bajo la manta. El rumano no se movió. Bastante tenía con lo suyo. La musiquilla alegre siguió sonando un rato largo debajo de la manta”

(Fernando Arámburu, El vigilante del fiordo, páginas 53-54)

miércoles, 31 de agosto de 2011

EL AGUJERO DE HELMAND: DEMENCIA BÉLICA EN UN TIEMPO CIRCULAR

El agujero de Helmand
Carlos Fidalgo
Menoscuarto Ediciones, Palencia, 2011, 98 páginas.


El periodista Carlos Fidalgo (Bembibre, León, 1973) debuta en la narrativa de formato largo con esta novela breve, El agujero de Helmand, con la que se hizo acreedor del V Premio Tristana de Novela Fantástica que, con periodicidad bienal, convoca el Ayuntamiento de Santander. Para conocimiento de los lectores/escritores que en este mundo virtual sin fronteras puedan leer este comentario, una breve información sobre el Premio Tristana. Fue creado en el año 2002, especializándose en el 2004 en literatura fantástica y alcanzando entonces un ámbito internacional. A nivel de dotación económica (9.000 euros) es el segundo más importante en España dentro de su especialización. Menoscuarto Ediciones, una editora independiente y con gran prestigio dentro del género breve, publica la obra galardonada.
El agujero de Helmand es en efecto una obra de literatura fantástica, no una novela de fantasía, ambientada en la Guerra de Afganistán, que los americanos desencadenaron tras los atentados del 11 de septiembre. El ejército americano instala un regimiento de Marines junto al río Helmand, que desde el aire parece una serpiente entre el polvo y el viento, sin jamás encontrar el mar. Los soldados combaten a los talibanes y arrasan las plantaciones de opio, entre el temor, la desconfianza o la indiferencia de los lugareños. Uno de los soldados del regimiento es Michael Averill. En primera persona y como protagonista narra una historia de aventuras, pero sobre todo de pesadillas, desasosiego y angustia.
En la base de Hassan Abad permanecen apostados los soldados sin que pase nada. Los talibanes se han convertido en sombra, en leyenda negra. Pero sombras que acechan en la colina, en el promontorio rocoso donde existe un puesto de observación, por donde pasó hace miles de años el ejército de Alejandro Magno, en busca del Gran Mar Exterior, pero sin llegar a ninguna parte. Allí descubren un antiguo osario, son presas del pánico, del horror y de un tiempo que retorna.
Carlos Fidalgo, en efecto, supo sacarle partido al protagonismo del tiempo. Donde el ejército macedonio de Alejandro Magno solo encontró confines, los americanos son víctimas de obsesiones, del pánico, de la sensación de irrealidad, de la soledad y, al final, del desvarío, mientras arrecian tormentas de arena y se respira muy cerca la muerte.
Carlos Fidalgo
La novela quizás adolezca de carga diegética. Su trama es escasa. Pero Carlos Fidalgo sabe crear atmósferas. El autor, con una arquitectura extremadamente sencilla, en una narración lineal que brinda en capítulos muy breves, nos sumerge  con gran sensibilidad en las regiones más profundas y obscuras de la condición humana, haciendo que nos dejemos atrapar por la aventura interior, mucho más que por la exterior. Por el proceso que emerge de puertas adentro de los personajes, por sus reacciones y experiencias humanas, por los males del alma.
A pesar de estar basada en un suceso real, recogido en las páginas del periódico The Times en 2008, el autor, y este es su mayor mérito, envuelve su narración en el marco de una atmósfera atormentada, cuyos efectos multiplica esa constante presencia de la desolación, del polvo, del viento, del calor adormecedor y de la muerte. Y esos seres invisibles que luchan como si fueran los espectros de los soldados macedonios de Alejandro Magno, retornados, en ese tiempo circular, desde más allá de dos mil trescientos  años.
                                   
Fragmentos

“Me encuentro con las sombras. En las piedras. En la pendiente abrupta que cae al otro lado de la muralla y los sacos de tierra. Si alguien quisiera sorprendernos, no lo tendría fácil. Observo todo con tanta concentración que llega un momento en que la visión se vuelve borrosa. Y es porque he cerrado los ojos. El sueño me ha hecho dar una cabezada.
«No me extraña que las luces se muevan, o que uno vea búfalos o indios en las praderas», me digo buscando mi propia explicación para lo que ha sucedido en las últimas noches. Y es entonces cuando escucho un murmullo. Una voz muy cerca de mi oído.
El miedo me paraliza”


“Lejos de todas partes. Lejos de casa. Me pregunto si los soldados macedonios que hacían guardia en esta roca hace tres mil años se sentirían así. Al menos, ellos acabaron amotinándose. Se negaron a seguir luchando cuando llegaron a las puertas de la India, desmoralizados por el elevado número de bajas que les había costado su última victoria en el río Hidaspes, donde el enemigo les recibió con hileras de elefantes, la máquina de guerra más perfecta de la antigüedad.
Hombres contra elefantes. La Historia es un círculo”

(Carlos Fidalgo, El agujero de Helmand, páginas 52 y 55-56)

domingo, 28 de agosto de 2011

LOS RELATOS "INOLVIDABLES" DE EDUARDO BERTI

Lo inolvidable
Eduardo Berti
Editorial Páginas de Espuma, Madrid, 2010, 124 páginas.


Heredero de una buena parte de la tradición literaria argentina (Borges, Cortázar, Bioy Casares…), pero también de ciertas vetas del romanticismo europeo, a Eduardo Berti (Buenos Aires, 1964) le es aplicable lo que alguien ha afirmado de sus connacionales: tienen un misterio por desvelar. Su último libro de cuentos, Lo inolvidable, así lo pone de manifiesto. En los once relatos que le dan forma al volumen, unos de corte fantástico, otros con un pie en la realidad, en lo cotidiano, el misterio, lo paradójico, lo inexplicable echa raíces en sus tramas para, desde allí, florecer con fuerza.
Eduardo Berti, en efecto, autor de varios libros de cuentos y finalista de premios tan selectivos como el Premio Herralde de Novela, compila en este volumen once cuentos, escritos a lo largo de la última década, que respiran atmósferas diferentes y se visten igualmente de distintos formatos, pero están surcados por temas comunes y reiterativos: el miedo, el olvido, la memoria, la soledad, la extranjería y una variada panoplia de obsesiones. Cuentos, no obstante, de tonalidades diversas, muy dispares en sus enfoques narrativos y en sus desenlaces, pero amalgamados por un sutil filamento que los atraviesa: la irrupción de lo fantástico en lo cotidiano y la presencia de lo inexplicable asentado en la médula de las tramas. El inesperado final hace que salga a flote y nos sorprenda ese secreto sumergido y apenas sospechado en el acto de lectura.
Acontece ya en el primero de la serie y uno de los más breves, “El inicio”: un padre acompaña a su hijo el primer día de la escuela. Es el bautismo escolar (“la palma suda y los dedos tiemblan un poco”, pagina 13). Una estampa cotidiana en cualquiera latitud, que sin embargo, en su brevedad, nos agasaja con un final inopinado. Y sin reposo, el lector se enfrenta a la historia de los dos trabajadores que sobreviven en una triste zona pedregosa haciendo constantemente lo mismo: juntar piedras sin que nadie les explique la finalidad de su monótona labor, hasta que una carta provoca entre ellos el drama.
Eduardo Berti
También con relatos inverosímiles como “Formas de olvido”, en el que la amnesia musical se alarga hasta paralizar las manos del compositor, rival en los aplausos. Eduardo Berti ensaya así mismo formas poco habituales de contar historias, como en “Retrospectiva de Bernabé Lofeudo”. Un formato no literario, el programa de una retrospectiva de cine, con sus fichas técnicas, le sirve al narrador para crear el personaje de un director de cine, contar su vida y su obra y una historia de amor a través de una filmografía apócrifa. Me detengo, por último, en el relato que rotula este volumen. Un cuento de corte fantástico en el que una dentadura postiza una noche, desde la mesita al lado de la cama donde la deposita su dueña, comienza a recitar versos, hasta el punto de hacerle sospechar a su usuaria de que una trama unía los textos.
Prosas pues muy variadas en sus planteamientos, moviéndose entre lo posible y lo que solo cobra vida en la imaginación, pero unidos por la fina sutura de un estilo impecable. Berti pule la expresión hasta convertirla en un excelente material literario. La pulcra fortaleza de su escritura, esa combinación de finales cerrados y otros abiertos, y tramas originales, deudoras de un gran poder imaginativo, hacen de la lectura de esta colectánea de cuentos, edificados sobre moldes distintos, una experiencia inolvidable, como promete su título.
                             

Fragmento

“Hijo y padre caminan en silencio hacia la escuela, a menos de quince minutos de su casa. La mano de uno, más pequeña, va como perdida en la mano del otro; la palma suda y los dedos tiemblan un poco. Es el primer día de clase. Las dos siluetas avanzan recortadas contra un cielo crepuscular. La escuela es un viejísimo edificio, antes blanco, ahora grisáceo, semioculto tras un par de árboles torcidos y flacos.
(…) A medida que se acercan el movimiento es mayor. Unos entran y otros salen de la escuela; chicos de siete, ocho, diez años; adultos con un par de libros bajo el brazo. Los alumnos avanzados escrutan a los novatos sin el menor disimulo. Los novatos, por su parte, tienen el raro instinto de reconocerse, no así el valor o el impulso de saludarse.
(…) Los dos siguen caminando, sin volver a unir las manos, sus pasos son tan iguales que uno parece el reflejo joven del otro.
(…) Sonriéndole desde lejos, el hijo saca un libro que tenía guardado en el bolsillo y hace, abriéndolo, la mímica de leer, una mímica que nunca osó efectuar por un antiguo prurito, el mismo que aún impide a él y a las mujeres del hogar leer delante del padre una revista, un libro o lo que sea.
La mímica no ha caído mal, por el contrario. De modo que el hijo se aproxima al café blandiendo el libro, bien visible, como quien carga con orgullo algún trofeo, como quien carga con cuidado algo valioso.
En este libro, se dice, están las letras que su padre finalmente va a aprender”

(Eduardo Berti, Lo inolvidable, páginas 13-15)