martes, 16 de mayo de 2023

RETABLO CARNAVALESCO DE COMPOSTELA

En el vientre del sielencio

X. L. Méndez Ferrín

Traducción de Moncha Fuentes Arias

Editorial Txalaparta, Pamplona, 2009, 203 páginas.

 

  

   Hay autores y libros que, pese al paso del tiempo desde su primera edición, siguen estando vivos y no dejan de demandar segundas lecturas. Uno de ellos es No ventre do silencio de la autoría del que, en mi opinión es el mejor escritor gallego en la segunda mitad del pasado siglo: X. L. Méndez Ferrín. Fue la última novela publicada hasta el momento  (1999), ganadora de los premio más significativos del sistema literario gallego. Y traducida al español en el año 2009.

   Vuelvo sobre una novela que nunca me cansaré de leer en la versión que al castellano hizo Moncha Fuentes Arias. Ferrín que fue llevado casi por aclamación a la Real Academia Galega y que supo dimitir ante ciertos contubernios; objeto de admiración y reverencia para tantos lectores, incluso para aquellos que lo detestan por su ideología. Las envidias y el ninguneo no impidió sin embargo que Méndez Ferrín fuera propuesto como candidato al Premio Nobel. Méndez Ferrín es un verdadero lujo para cualquier literatura, y  su novela, preñada de una gran riqueza en todos los sentidos, que una visión crítica pueda indagar.

   En el vientre del silencio no es “literatura de cordel”, literatura de fácil lectura. Una vez más Méndez Ferrín le hace caso a Umberto Eco y construye su propio lector que se quedará con el romance, con su fascinante complejidad, con la “complejidad de página”  como se dice desde el pedantismo universal y sobre todo madrileño. Nada pues que ver en esta novela con esa literatura que nos ofrecen golosina melindrera  los mugidores de historias.

   Plagiando al propio autor en el prologo que escribió para Os anos escuros de Franco Grande - un libro muy recomendable para entender este- este comentario, a la hora de cuestionar la naturaleza y el valor de la novela de Ferrín, necesariamente debe empezar por reconocer que,  por variadas vías y modos, puede ser leído este libro.

   En una de ellas, sin duda provisoria, fruto de una primera aproximación a una obra que soporta fácilmente más de una lectura, aparece ante el lector un gran retablo sardónico, carnavalesco, esperpéntico-realista de las mil vidas que transitan por las piedras desgastadas de las rúas  mojadas del vientre del silencio, la ciudad apostólica. Ferrín destripa todas las entrañas, una por una, de la ciudad, porque el gran protagonista de esta narración coral es la urbe compostelana. Ella es el vientre del silencio.

   La trama novelesca se centra en el discurrir diario de la capital a finales de la década de los cincuenta (“en aquellos días de Hungría”), trozos de la vida opresiva y oprimida de decenas de personajes que formaban parte de una colectividad enterrada en el silencio.

   Personajes histórico, personajes de carne y hueso, figuras inventadas, sucesos que acontecieron tal como son relatados y otros desfigurados, carnavalizados, en unos días que, por ejemplo, la indigente y pintoresca vida universitaria ofrecía más que sufrientes argumentos para el chiste y el sarcasmo. Como aquel Barrio Doval, convertido por Ferrín en el profesor ayudante Castro Dorrio (o Tarrío) convertido en un jaimito universitario. Y con el que la estupidez (“asneira” en gallego) entró definitivamente en la historia.

   Pero haciéndole compañía, toda la “carcuncia”  histórica compostelana, la jarana prostibularia, los estudiantes que no frecuentas las aulas, pero sí las copas y el puterío, los derrochadores transmutados en predicadores compulsivos de los Cursillos de Cristiandad; las clases de religión franquista del canónigo Besgo y la burra harinera entrando como conversa en su aula. Y las termites guerras de las Centurias de la Guardia de Franco bajo el  mando del tarugo bravo Xan Cardóniga; los clérigos ostentosos y prostibularios, toda la “clerigalla” compostelana.

    

                                       

                                        X. L. Méndez Ferrín

 

   No está ausente en el mural de Méndez Ferrín el enfrentamiento ideológico entre aquel galleguismo galaxiano que tiene a Heidegger como Führer y conductor y aquel otro ligado a Sartre, al comunismo práctico.

   Sería preciso hablar de muchas otras cosas en este comentario-reseña. Por ejemplo si hay realismo en El vientre del silencio. Hoy es suficiente con confirmar que la técnica es la de siempre, la misma de O crepúsculo e as formigas: una atmósfera de irrealidad, incluso de irracionalidad, lograda a partir de escenarios y personas reales. Con relación a la lengua, al estilo de prosa, y diría que nunca Ferrín escribió tan bien y con tanta fuerza como en algunas páginas de este romance en el que el autor sale al encuentro de aquel tiempo  en el que tanta gente había hecho “el aprendizaje de la muerte, del silencio”.

 

Francisco Martínez Bouzas

 

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