lunes, 2 de abril de 2018

"MÍRAME": RETRATO Y TRAGEDIA DEL XENÓFOBO EUROPEO


Mírame
Antonio Ungar
Editorial Anagrama, Barcelona, 2018, 190 páginas.

   

   Antonio Ungar (Bogotá, 1974) se dio a conocer en el año 2010 cuando su novela Tres ataúdes blancos obtuvo el Premio Herralde de Novela y fue finalista del Rómulo Gallegos de 2011. Desde aquel thriller político que se desarrolla en la República de Miranda, pensado sin duda en Colombia, el silencio, viviendo con su familia en Haffa, “un territorio sin nombre” según sus mismas palabras. Hasta que en el pasado mes de enero, Anagrama publica su nueva novela Mírame, el retrato y la tragedia de un xenófobo  europeo; expresión de sus propias obsesiones con la Europa cada vez más racista que no sabe qué hacer con sus inmigrantes, como tema de fondo. Y lo hace, no a través de los ojos de un personaje normal, sino mediante el diario de un xenófobo  obsesionado con lo él llama “oscuros”, los inmigrantes hindúes, árabes o gitanos, con independencia de su procedencia (de países árabes, de Asia, América o Europa del Este).
   El autor sitúa la trama de la novela en una ciudad sin nombre, pero que el lector identifica de inmediato con París. Y se halla narrada en primera persona, en forma de diario que el innominado  protagonista escribe para Eva, “la hermanita dulce”, fallecida demasiado pronto, y  a la que se dirige con frecuencia en sus anotaciones. Acechado por los monstruos de la locura, por su absoluta soledad -solamente se relaciona con la hermana muerta- y por una automedicación brutal a base de ansiolíticos, se transforma en un lobo solitario, empeñado en hacer resurgir y devolverle su esplendor  a la vieja república cuyos ciudadanos han sido desplazados por los oscuros, los marrones y los amarillos.
   Vive en un barrio parisino que considera una pocilga porque está copado por inmigrantes. Y de pronto, un día descubre que, al otro lado del patio del viejo edificio, se ha instalado una familia de “oscuros”. El padre, dos hijos y una hija menor de edad. De inmediato se dedica a expiarlos, al principio con binoculares y al poco tiempo con microcámaras y micrófonos que instala en la habitación de la joven. Por una rumana que le vende lo que precisa, se entera de que son paraguayos y que la hija se llama Irina; y poco a poco, el acto de mirar se transforma en una fijación irresistible y total por la joven inmigrante: imagina cómo duerme, cómo respira, intenta meterse en sus sueños, delira con sus tetas grandes y obscenas, demasiado blancas.
   Pero al mismo tiempo los odia, odia al padre, a los lobeznos -sus hijos-, que supone viven de la droga, y a todos los inmigrantes, a los oscuros que han secuestrado a la vieja república que él se propone restablecer con unas artesanías, unas esculturas de ángeles que prepara en una granja. El desprecio infecta todos sus sentidos: cuando abre la ventana que da al patio interior, el olor a curry picante y grasa de mala carne que sale de la pocilga de los inmigrantes, le obliga a salir corriendo hasta llegar al consuelo de la hierba del parque. Un desprecio semejante es el que proyecta sobre los obreros: “Cantan loas a su miseria,  a la fuerza de sus mazos, a su imbecilidad… (página 31). Y mientras tanto sigue mirando a la joven inmigrante, esclavo de la tensión sexual y de los ansiolíticos. Llega un día en el que la adolescente oscura se traslada a vivir con él en su apartamento, y en ella descubre una bestia hipersexuada y delincuente que programa todos los detalles de su destrucción.
   Un personaje plenamente concentrado en sí mismo, que se considera un héroe de nuestro tiempo -un “ridicosissime héroe” que diría Pascal-, lleno de traumas, de debilidades, de soledad, incapaz de socializar, que depende totalmente de sus joven amante, de sus olores y de su tristeza; y a la que desea con su cuerpo pero a la que mataría con su cabeza.
   Antonio Ungar escribe una ficción de carácter político. En la figura de su protagonista, refleja el punto de vista de la extrema derecha europea, cada vez más presente y más compartido: el odio al extranjero expresado en razonamientos como este: ¿por qué tengo que ver al viejo afgano, paquistaní o libio vomitando? ¿Acaso yo voy a Bagdad o a Damasco a ensuciar el aire con mis ruidos y olores?
   La novela hace que la mirada se transforme, una vez más, en tema literario. Las paranoias del protagonista se revelan en su obsesión por mirar, en el voyerismo de un personaje que evoluciona a lo largo de la narración: su soledad, sus fantasmas y psicosis crecen a medida que avanza el relato. Con varios niveles de lectura: la soledad y la paranoia del protagonista, el horror fóbico que siente ante todo lo que es extranjero, y, a la vez, la obsesión sexual por una “oscura” inmigrante que programa su destrucción.
   En la narración se dan cita violencia, durísimo erotismo, amalgama de dolor, placer, odio y rabia prácticamente en cada página de un relato lineal, quizás convencional -al escritor no le interesa la experimentación ni las facetas posmodernas de la narrativa-. Pero, sobre todo, narración inquietante que nos interroga sobre los rumbos xenófobos y racistas que se están apoderando de nuestro viejo continente.

Francisco Martínez Bouzas


Antonio Ungar

Fragmentos

“Hace tres días que el viejo paraguayo y sus hijos no pasan por el apartamento. Deben estar cometiendo un crimen o visitando a otros criminales del Paraguay. Irina parece más sonriente y sale del baño llevando puesto un calzón muy blanco y nada más. Tiene las piernas muy largas, muy morenas. Tiene los pezones más oscuros que la primera vez.
He cerrado todas las cortinas, todas las persianas, me he metido en la cama a las cuatro en punto de la tarde. Así he entrado en cuarentena. No pienso ponerme en pie durante tres días, que ayunando me parecerán treinta. Como si estuviera de rodillas, como si tuviera que recorrer un camino empedrado de rodillas  hasta olvidarlo todo.”

…..

“El reencuentro, no puede ser de otra manera, sucede en la cama.
A las nueve de la noche timbraron y no temblé cuando caminé hasta la puerta, cuando la vi a través de la mirilla y sentí que algo se despertaba en mi entrepierna. Supe lo que seguiría. Mi cuerpo, perfectamente preparado para cumplir con su deber. El suyo, desnudo, joven, lleno de vida. Su coño como un animalito despierto, otra vez buscándome, caprichoso como su dueña. Y así fue. Hubo cuerpo desnudo y lleno de vida, hubo animalito despierto y yo cumplí con mi deber, pero todo eso fue solo el vínculo de algo más. Del vértigo, del grito que el vértigo produjo. De la conciencia, deliciosa, inabarcable, de que tanto placer podía hacer desaparecer. Penetrándola fui cayendo al vacío y sentí que la cabeza me iba a explotar y que los pulmones no aguantarían.”

…..

“Irina ha dejado de buscarme para tener sexo. Cree que me he quedado impotente y sabe que no puede tener que ver con ella (ella sigue siendo igual de deseable, tal vez más ahora que se ha gastado mi dinero en comprarse ropa carísima, en hacerse un peinado de moda, en depilarse permanentemente las piernas y las cejas y parte del coño también). Yo la miro sin que se dé cuenta y la deseo y quisiera tener una fuerza de carácter como para olvidar lo que me ha hecho y lo que quiere hacerme, como para mirarla a los ojos sabiendo que me engaña y así, sin quitarla la mirada de encima, penetrarla muy despacio. Pero no soy así. Soy mucho menos que eso, soy uno que se avergüenza de las palabras «penetrar» y «coño», uno que en lugar de enfurecerse cuando se ve acorralado, se encierra y pierde el deseo de vivir.”

(Antonio Ungar, Mírame. Páginas 25-26, 119, 156-157)

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