jueves, 26 de abril de 2018

GIRO DRAMÁTICO HACIA LA OSCURIDAD


Magnetizado

Carlos Busqued

Editorial Anagrama, Barcelona, 2018, 147 páginas.



      Carlos Busqued (Presidencia Roque Sáenz Peña, Argentina, 1970) ofrece a los lectores en Magnetizado un libro de no ficción con resonancias a A sangre fría de Truman Capote o a la historia escalofriante de El Adversario de Emmanuel Carrère, y cercana así mismo, en cuanto a su composición escritural, a Una novela rosa, De vidas ajenas, Limonov, Peste & Cólera, Ecuatoria o Viva de Patrick Deville. Títulos tan relevantes como Nada se opone a la noche y Basada en hechos reales de Delphine de Vigan siguen la misma técnica escritural: la irrupción sin cortapisas de la realidad en la ficción, invasión que, en buena medida, está ampliando el concepto de novela hasta desembocar en la novela-verdad. Ficciones en definitiva basadas en hechos reales, con mucho de reportaje y una amplia cuota de entrevistas.

   Esta es la estrategia seguida por Carlos Busqued, una senda con muchas similitudes al acercamiento que hizo Emmanuel Carrère al “monstruo” Jean-Claude Romand en El adversario. Quien, como el protagonista  de Magnetizado también aceptó responder a las preguntas que le formuló Carrère.

   A través de las noventa horas de entrevistas en un penal argentino, el autor siente una cierta dosis de fascinación por los antihéroes porque, piensa, esa malograda condición también es una forma de estar en el mundo. Mas este libro híbrido, que no es novela ni crónica hablando en sentido estricto, es el resultado, como reconoce Busqued en la página final de agradecimientos,  de la edición de las transcripciones de más de noventa horas de conversaciones con Ricardo Melogno, asesino de cuatro taxistas en la capital argentina. Un relato pues con una génesis y una forma no novelesca, fruto de la desgravación de lo gravado  desde noviembre de 2014 a diciembre de 2015. Una edición que respeta formalmente las palabras del asesino entrevistado, pero las estructura (“recorta, agrupa y organiza”) en forma más o menos novelesca.

   El autor añade más materiales además del núcleo central de las entrevistas, tales como recortes de periódicos, la opinión de los vecinos, el testimonio de policías, jueces, el personal sanitario, especialmente psiquiatras. Es un material que contextualiza la elaboración de una transcripción.

   Novela con un rótulo, Magnetizado que alude a una circunstancia ciertamente macabra que le sucede al asesino tras haberle volado el cráneo al tercer taxista: se va tranquilamente a comer como en los asesinatos precedentes, pero se da cuenta de que los tenedores se le pegaban a los dedos debido a los residuos de la sangre del muerto, y llegó a pensar de que se hallaba magnetizado.

   Los cuatro asesinatos de taxistas tuvieron lugar en el período de una semana de septiembre de 1982, en el barrio de Mataderos de Buenos Airea. Asesinatos efectuados con el mismo patrón y una ejecución absolutamente sobria. Tras buscar la policía inútilmente al asesino, el padre y el hermano de Ricardo Melogno hallaron la documentación que, como trofeos, había guardado el homicida. De inmediato, después de su detención, admitió los crímenes, los describió detalladamente y con total carencia de emociones. Su confesión no parecía la de un perturbado mental, sin embargo el acto mismo de los asesinatos era “lo loco”, fundamentalmente porque los cuatro asesinatos habían sido cometidos con absoluta carencia de motivos.

   En las primeras páginas, el escritor contextualiza el origen de los hechos: testimonios de vecinos, respuestas a las preguntas del juez, con silencio absoluto cuando este le pregunta por qué los había cometido. Simplemente admite que una voz interior le señalaba a qué taxista debía matar. A partir de la página 30 es Ricardo Melogno el que habla relatando su vida. Reconoce que ya de chico tenía parafrenia: la capacidad de estar en este mundo y en otro a la vez.

   Mas quizás lo más significativo es la relación que mantuvo con su madre, una mujer espiritista que usaba la religión como arma. Le molía a palos y le decía que no le pegaba ella, que era Dios quien le castigaba a través de ella. Para la madre, Ricardo no pasa de ser una cucaracha. Y tanto a él como a sus hermanos les llamaba chicas. El batiburrillo  espiritista en el que le precipita la madre, volvería loco a cualquiera, tal como diagnosticó una psicóloga: hizo todo lo que pudo para que el hijo tuviera un trastorno metal severísimo. Para librase de la perversa figura materna, se inicia en la santería, y se refugia en un mundo paralelo en el que rehace las películas que ve, sin cuestionar nada, y sin poder unirlo con la realidad. Hace el servicio militar, cuyo mundo estructurado le sentó bien: Lo encajonó y lo mantuvo, pero a los dos meses y medio de haberlo concluido, tiene lugar el gran trastorno: los asesinatos sin ninguna motivación. Solamente menciona que el destino de esas personas que era el de morir.

   Es interesante tener en cuenta el punto de vista que en este libro adopta Carlos Busqued. Insiste en la inexistencia de causas, de motivos para matar. Es también el gran problema para los jueces y psiquiatras. Matar sin lógica es lo que le tiene preso tras treinta y cuatro años. Pero sí que hay detonantes: una infancia y adolescencia castrada por una madre desequilibrada, una soledad absoluta y la ausencia de una relación con el mundo real, y, en cambio, bastante intensa con la oscuridad.

   El caso judicial de Ricardo Melogno es hoy una investigación olvidada. No hay familiares, la gente ya no se acuerda. Entonces la labor escritural de Carlos Busqued se proyectó en el empeño de que la mayoría de la historia la contara Ricardo. Lo que el autor descubre, al margen de las entrevistas, lo utiliza como marco contextual que, en algún momento, completa las palabras del protagonista. Hoy el cuádruple asesino, a pesar de haber dado muestras de arrepentimiento y de su buena conducta, sigue entre rejas en un loquero, porque la medicina oficial opina que, al no haber cambiado la estructura de base, como sería el hecho de tener una familia, eso le hace potencialmente peligroso. De un brote psicótico es muy difícil que alguien salga sin contención: las paredes del hospital contienen  lo que no puede contener la cabeza del enfermo.

   Una narración ciertamente desoladora, escrita con una tonalidad lacónica, sobre todo en las respuestas de Ricardo Melogno, con abundancia de giros del español de Argentina puesto que en buena parte de la obra se reproduce el lenguaje oral rioplatense de Ricardo Melogno en este su giro dramático hacía la oscuridad.



Francisco Martínez Bouzas






Carlos Busqued


Fragmentos



“Octubre de 1982. Informe en Capital Federal. No declara, pero acepta ser interrogado. Sus respuestas son concretas y, al parecer, honestas. No tomaba cualquier taxi. Esperaba durante un tiempo hasta que llegaba algo dentro de él que le indicaba que el próximo taxi que apareciera era «el que era». Una especie de orden dentro de él. No una voz, sino más bien una sensación en el cuerpo. Durante el trayecto no advertía a la víctima de lo que iba a suceder, ni la amenazaba. Piensa que de esa manera sufriría menos. Dice que se sintió como si estuviese viendo una película, como si él fuera un observador. Recuerda fragmentariamente los cuatro asesinatos. De ninguno recuerda el momento específico del disparo ni de la muerte de las víctimas. En todos los caso, luego de disparar, tomó los documentos del chofer, apagó el motor y se quedó ahí un rato. Se llevó los documentos por las fotos, por un tema de defensa. Teniendo sus fotos, los espíritus de los muertos nunca volverían a molestarlo. La plata no le interesaba.”



…..



“- De la cantidad astronómica de medicación psiquiátrica que me fue administrada durante mis años en la Unidad 20, la peor de todas fue el Halopidol.

El Halopidol te contractura todo, se te va la lengua para el costado, se pone dura la mandíbula. A mi me pegaba tipo muñequito de colectivo, las piernas todas agarrotadas. No podía estar acostado, caminaba todo el día, se me acalambraban las piernas de caminar. Así me tocara estar en un buzón, un cuadradito de dos metros por uno, caminaba, me acostaba cinco minutos y, pin, saltaba como un resorte, a caminar de nuevo. Es el cuerpo, que lo hace solo, funciona de esa manera, no lo controlás, decís: «La reputa madre, quiero acostarme», y no podés. Te destruye. El loco de Halopidol lo ves que viene caminando como un robotito, babeando, es un muerto vivo. No podés seguir la película, no podes pensar. Lo peor es que te mata la imaginación, la destruye. Te mata el proceso creativo. Es todo algo monótono, gomoso. Te transformás en un ente, un zombi.”



…..



“-En Capital soy inimputable, no comprendo mis actos. En Provincia comprendo y, en consecuencia, soy responsable de mis actos. Premio Nobel de psiquiatría  para la justicia de Provincia, que tiene el remedio para la locura: la avenida General Paz.

El problema central, mi gran problema a nivel judicial, es la falta de motivo para mis hechos. Si yo hubiera dicho que maté para robar, estaría en libertad hace quince años. O que lo hice por placer. Habría una lógica. Pero no recuerdo ninguna causa o detonante. No hubo ningún antecedente previo.

No tengo nada contra los taxistas.

Nunca odié a los taxistas, nunca me hicieron nada, nadie de mi familia tuvo un problema con taxistas, no me molestaba el color de sus autos, ni me importaba la marca de los autos. No podría decir por qué les tocó justo a esas personas.”



(Carlos Busqued, Magnetizado, páginas 24, 105, 120)

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