sábado, 11 de junio de 2016

DIALÉCTICA EN LOS METALES



Fiebre y compasión de los metales
María Ángeles Pérez López
Vaso Roto Ediciones, Madrid, 2016, 44 páginas

   También la lírica, uno de los géneros mayores de la literatura, lo aprovecha todo, sin excluir de su espinazo a los metales, elementos físico-químicos aparentemente poco propicios para ser cantados por los poetas, con excepción de los metales nobles que tienen nula presencia en este poemario de María Ángeles Pérez López. Existen, en efecto, algunos poetas que han descubierto los metales, o revelado algunas de sus características. Desde  metales sonámbulos o hechiceros en “Noche de metales” de Gabriela Mistral, hasta la Poesía química de María Mendoza Cruz, o Metales pesados de Carlos Marzal, Premio Nacional de Poesía y de la Crítica, un libro de poesía metafísica y meditativa en el que los metales tienen existencia en el título, mas no en los versos y estrofas del poemario. Pero fue, sin duda, Federico García Lorca, uno de los poetas con los que dialoga María Ángeles Pérez, quien, bajo sutiles y tímidas sugerencias o símbolos agudizados y punzantes, asocia los metales con la muerte. Así por ejemplo, en “Romance del emplazado” los ojos del condenado a muerte “…miran un norte / de metales y peñascos, / donde mi cuerpo sin venas / consulta naipes helados.”
   Mas no me cabe duda de que el gran paradigma de la poesía de los metales y de los objetos con ellos relacionados, será este libro de la profesora de la Universidad de Salamanca, María Ángeles Pérez, una poeta que, sin prisas pero sin grandes pausas, nos está obsequiando con una obra poética de espléndida y soberbia calidad. De ese atributo da fe su último libro Fiebre y compasión de los metales, prologado por Juan Carlos Mestre, con un texto que es en sí mismo un hermoso poema en prosa, una alianza con las palabras, con las viejas palabras.
   Son  veintiocho poemas los que le otorgan forma y contenido a un poemario intenso y poderoso. Fuertísima poesía, elaborada con la precisión del minucioso y experto artesano, del platero que trabaja, no con el oro y la plata, sino con el acero o el hierro. Y entre las múltiples lecturas que tienen cabida en Fiebre y compasión de los metales me decanto por las dos palabras axiales del título: “fiebre” y “compasión”, enlazadas dialécticamente, tal como la dialéctica se entiende a partir de Kant. Si la naturaleza de todas las cosas comparte una oposición de contrarios, y ese es el modo de ser de la realidad, los metales y los múltiples objetos que en el poemario se relacionan (tijeras, cuchillo, bisturí, cuchilla, aguja, martillo, guillotina, punzón, hoz, flecha, anzuelo…) existen y proceden en una marcha dialéctica, en una confrontación de dos puntos de vista, de dos principios en lucha. Contradicciones que, a su vez, requieren una resolución o conciliación. Serán la “fiebre” (la violencia, el daño, las heridas…) y la “compasión” (“la sintaxis de lo misericordioso”, que escribe el prologuista), presentes en la mayoría de los poemas, comenzando por el poema que inaugura el libro: las tijeras que “…cortaron días y raíces…los mechones de los niños de la inclusa / y el fino filamento del wolframio”, pero “…que no quieren ser tijeras / y acercan hasta el fuego su pesar / para romperse ardiendo contra el yunque / y al disolver su nombre en los rescoldos / abrir el corazón y sus ventanas” (página 13). Los opuestos, los contrarios, la dureza de los objetos metálicos, y en las entrañas de su mismo ser, el  envés, la compasión, explosiones o al menos destellos de humanidad, piedad y ternura en los objetos acerados. Y ¿la síntesis, la conciliación? La hallamos sin duda en la esencia misma del poema. Cada poema  reasume, conserva y concilia, en su forma y brillante arquitectura, en sus versos bruñidos como el metal, lo que de positivo hay en las contradicciones.
   Porque María Ángeles Pérez usa con acierto la emotividad de las palabras, esa tonalidad afectiva que se adhiere  a su significado ordinario. Palabras, las suyas, dotadas de una especial carga expresiva derivada de ese rechazo (fiebre) o aceptación (compasión). También los metales y los objetos que con ellos fabricamos denotan un poder emocional, referido a su uso tradicional, en el que frecuentemente se les asocia un significado valorativo. Por eso, en estos poemas, hallamos palabras que engloban, posiblemente en cada verso, aspectos de orden afectivo y sensorial constituyendo, por lo tanto un contorno sentimental, un acréscimo que dirían los diccionarios de mi tierra.
   El lenguaje poético de Fiebre y compasión de los metales no es un desvío, ni una violencia organizada contra la lengua común, como defendían los formalistas rusos. El estrato sonoro de los poemas  (métrica y rima versales) son en ellos la fuente de su expresividad literaria. Tampoco impera en ellos la “antigramaticalidad”. Es verdad que su lengua no puede ser catalogada como la norma o el grado cero del castellano en nuestros días. Son poemas que nos sorprenden por la maestría y habilidad de la poeta en el manejo de los metros clásicos, del endecasílabo bien medido, predominante en el libro; por las rimas asonantes, un arte de difícil temple en un tiempo tan a contracorriente de estos algoritmos versales. Poemas en los que alienta la dicción clásica de ritmos compasados y armonías musicales, también algún topoi literario. Mas sin ser esclava la autora de las regularidades formales y sistemáticas, tanto en los poemas como en las estrofas, elegidas no caprichosamente, pero sí con una clara conciencia innovadora.
   La autora usa con pericia, quizás también con esfuerzo porque en los territorios líricos pocas cosas son innatas, los mecanismos de estructuración de la materia poética, aplicando con rigor técnicas lingüísticas, pero sin olvidarse de la sensibilidad necesaria para la apreciación de la belleza estética. Es por ello que los versos de Fiebre y compasión de los metales rebosan “poeticidad”, aquellos que convierte una pieza literaria en un mensaje artístico.
   Uno de los aciertos más destacados del poemario es la perfecta adecuación entre el fondo temático y la expresión lingüístico-literaria, un trabajo rítmico y métrico impresionante, para conformar una isotopía, en la que la omnipresencia de la materia tiene su correlato en las depuradas elecciones lingüísticas, con predominio de los sustantivos, en la musicalidad repetitiva, en la heterometría imperante en algunos de los poemas, en la permanente persecución de la palabra exacta, en la rima asonante equilibrada, tan alejada del ripio, el pecado y la penitencia de los malos poetas, hoy que hasta hay diccionarios de rima on line,
   Más como elogio que como acusación, se ha escrito que los poemas de Fiebre y compasión de los metales orquestan ritmos barrocos. Asiento si ese barroquismo se refiere a la plausible sonoridad, lograda con esa trabajada instrumentación de palabras, versos y estrofas. Pero son ajenas a estos poemas la mayoría de los recursos barrocos: abuso de metáforas forzadas, de cultismos, de términos parónimos. Son contados los hipérbatos, construidos los que hay con leves dislocaciones sintácticas y semánticas (“Siete metros de lava y de ceniza / izaron en Pompeya la desgracia”, página 20)
   Libro construido con. Con otras voces, “en la fulguración de otros lenguajes y otras bocas”, nos advierte la autora. Ecos y complicidad de poetas a los que María Ángeles Pérez cita (Lorca, Alejandra Pizarnik, Juan Carlos Mestre, Álvaro Mutis, Claudio Rodríguez, Nuno Júdice, Agustín Fernández Mallos, Antonio Colinas, Eugenio Montejo, Roberto Bolaño, Ezra Pound, Cesar Vallejo…). Con sus textos y/o incluso alguna circunstancia vital, pero sin llegar a ser intertextos. Tal es el caso de Juan Carlos Mestre, el hijo del panadero, destinado a repartir panes en las calles de Villafranca del Bierzo, y autor del poemario La bicicleta del panadero (“El hacha silba su canción de agravio / y detiene los trenes, los rotores, / las ruedas impacientes de la bici /  en que canturreaba el panadero / su entrega -melodía y cereal, / amor más absoluto que el del trigo-.” página 17).
   Esta es mi modesta y subjetiva lectura, pero reconozco que la riqueza semántica del magma lírico de este libro justifica otras que ya han sido desarrolladas: descubrir una mirada primigenia en los objetos, captarlos representando la vida o las metamorfosis a las que aspiran, las conexiones entre seres vivos (las naranjas y los peces). Pero también las heridas del presente, la violencia del morir, o los mataderos en los que nuestra especie ha convertido la Historia, como rememora la poeta en ese canto elegíaco, “La sinagoga” (“la sala de oración de las mujeres / en despensa de carne desollada / que gotea despacio su temor”, página 15). Todo ello tiene cabida en un poemario de gran expresividad, comprometido con no pocas causas humanas, pero también con la belleza.

Francisco Martínez Bouzas

                                                     
María Ángeles Pérez López
Selección de poemas

El bisturí

“El bisturí inocula su dolor.
En el corte limpísimo florece
el polen que envenenan las avispas,
su aguijón turbulento y ofensivo.
La mesa del quirófano está lejos
de la luz y la tierra del jardín,
su amor desesperado por la vida
y el material mohoso del origen,
lejos de la pasión de los hierbajos
y la piedra porosa en la que sangra
la desgastada edad de las vocales
que escribieron verdad y compañía.

En la asepsia que exige el hospital
el bisturí recorta el corazón
de la página blanca del poema,
la sábana que tapa el cuerpo enfermo.
No queda ni memoria ni alarido,
tan solo un hueco rojo en el lenguaje.
En la mano que empuña la salud
hay sin embargo un corte diminuto,
una línea de sangre y su alfabeto.”
                       con Álvaro Mutis
                       también con Gambarotta

…..

Cada aguja

“En cada aguja gime su puntada
la lágrima metálica que moja
con su piedad, su acero luminoso,
lo quebrado, lo enfermo, lo mendigo.

Su compasión empapa los quirófanos,
la disidencia herida de la piel
que se restaña con cordial violencia
en los guantes quirúrgicos de látex.

Su compasión moja también el viento,
los costureros ralos de la guerra,
las fábricas de lana y zapatillas
los tiempos del agravio y la sutura
para iniciar después la misma noche
en cada noche abierta sin dedal.

Por la lágrima bajan la morfina
y el hilo enrojecido de la sangre
que une el dedo meñique al corazón
como vena que el ojo de la aguja
transformó en hilatura y en vivir.
Filamento de luz en lo invisible,
libélula y metal cada puntada.”

…..

El punzón

“El punzón reconcilia los oficios.
Sobre el cuero y la piel, en la hojalata,
en la lámina ardiente del metal
el punzón atraviesa las tareas,
la matriz que sostiene los objetos
como cobijo firme y silencioso,
expoliación, entrega del vivir.

Percute con violencia amabilísima
en el botón del sastre y su cansancio,
su redonda manera de decir
que noche y madrugada son lo mismo
cuanto canta, agotada, la pobreza.

Percute en las insignias, las medallas,
los  broches que apaciguan su altivez
con el beso de acero, con su herida.
Percute en el troquel del beneficio,
también en las monedas que mancharon
el pan envilecido y harapiento
si lo amasó la usura, y no el amor.

Cuando el lucro emponzoña la mañana
el punzón pide a gritos la alegría
con que las manos aman el trabajo
como el surco que hiere y restituye.”
                              con Ezra Pound

(María Ángeles Pérez López, Fiebre y compasión de los metales, páginas 18, 23, 28)

miércoles, 8 de junio de 2016

"EL RUMOR DEL OLEAJE": UNA GRAN HISTORIA DE AMOR



El rumor del oleaje
Yukio Mishima
Traducción de Keiko Takahashi y Jordu Fibla
Alianza Editorial, Madrid, 2016, 229 páginas

   La literatura japonesa, incluida la contemporánea, con la excepción quizás de Haruki Murakami, y la que se publicó en el siglo XX sigue siendo no solo la gran desconocida para el lector occidental, sino que incluso suele resultar extraña. Posiblemente uno de los motivos es que, en los novelistas japoneses recientes, domina una cierta tendencia hacia la crueldad. Y en esas coordenadas, el más célebre es sin duda Yukio Mishima (1925-1970), famoso por sus escritos, pero también por su trágico final: tras haber creado un pequeño ejército personal (La Sociedad del Escudo) como expresión de sus fantasías tradicionalistas y militaristas, puso fin a su vida mediante el suicidio ritual de los samuráis. Conocido desde 1941 por un relato breve, Mishima publicó en 1949 su primera novela, Confesiones de una máscara, mas seguramente su novela más conocida es Pabellón de Oro (1956). Mishima es así mismo autor de una producción dramática importante.
   El rumor del oleaje (1954) es posiblemente su novela más optimista y por eso ha sido traducida repetidamente al español y a otras lenguas. Aunque he de reconocer que no está exenta de esa arrebatada pasión de Yukio Mishima por lo tradicional, no le podemos negar que es uno de los más hermosos relatos de amor de todos los tiempos. Un relato que amalgama en su trama los sentimientos, la carnalidad y también las fuerzas de la tradición. La novela está libre  de esas perversas secuencias y escenas propias de la narrativa del escritor nipón. Su núcleo diegético gira en torno a  una sencilla historia de amor con final previsible, en la que los amantes se enfrentan con la oposición familiar.
   El marco espacial donde Mishima desarrolla la trama argumental es una pequeña isla separada de las grandes ciudades. Una situación espacial que ha dado lugar a la interpretación elusiva de las influencias de la modernidad. Son los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. En esa pequeña isla, arrullada por costumbres tradicionales, surge el amor entre Shinji, un joven y humilde pescador, y Hatsue, una joven muy bella, criada en adopción por una familia rica, y ahora reclamada por su padre biológico; y que debe contraer matrimonio para perpetuar la saga familiar. Mas, como suele ocurrir en las sociedades tradicionales, los distintos orígenes de ambos jóvenes actuarán como el gran obstáculo para la relación sentimental.
   Mishima narra de una forma pausada el surgimiento del sentimiento amoroso entre la pareja de jóvenes isleños. Un idilio que nace y se consolida sin apenas palabras, como una explosión silenciosa de ese eros que habita los cuerpos (“Cada uno notaba los latidos del corazón del otro”). Pero, poco a poco la relación prohibida, debido a la desigual condición económica, se convierte en una gran historia de amor, felizmente exenta de tragedias y suicidios.
   Una historia de amor contextualizada en un marco idílico: los habitantes de la isla conviven en armonía, en un microcosmos alejado de la civilización. La novela refleja con habilidad y verosimilitud las formas de vida, las costumbres de los isleños; la sumisión de los hijos a los padres, y, al mismo tiempo, el deseo de estos de verse libres. Por eso mismo, junto a los dos protagonistas, tienen vida en la novela  un gran número de personajes secundarios. Especialmente el mundo de la mujer, el crepuscular fondo marino porque las mujeres de Utajima son buceadoras que se zambullen en las frías aguas para recoger los frutos del mar.
   Destacable así mismo la fuerza del paisaje, tanto en la bonanza como en la negrura de las borrascas, que Mishima describe de forma minuciosa, como marco perfecto de un amor pleno, y como valor característico de la cultura japonesa, especialmente del sintoísmo: la armonía del ser humano con las fuerzas y realidades naturales. Los habitantes  de la isla habían establecido una alianza con las fuerzas y realidades naturales. Y por esa razón el protagonista masculino confiesa que no sentía ninguna necesidad de escuchar música porque la naturaleza era un perfecto sustituto.
   Lo más interesante del libro no es la historia en si, ese idílico e inocente descubrimiento del amor, y la fortaleza de los protagonistas para mantenerlo, sino la tonalidad con la que Mishima nos lo cuenta. El escritor, en efecto, nos hace percibir la naturaleza, especialmente el mar que actúa como un personaje más. Las páginas de El rumor del oleaje hacen que percibamos, con gran fuerza y plasticidad, los olores marinos, el rumor del oleaje o la furia de las tormentas. En resumen, una exaltación de la belleza del amor, su descubrimiento y su cultivo en un marco espacial y en un ambienta atemporal que están en consonancia con la belleza y armonía de los protagonistas. Novela amena, de fácil lectura, que exalta las formas de vida tradicionales de un Japón que emergía derrotado de la Guerra más destructiva y de la ocupación norteamericana, aunque a años luz de la atormentada creación literaria de Yukio Mishima.

Francisco Martínez Bouzas
                                                      
Yukio Mishima
Fragmentos

“La conversación acerca de aquella muchacha y la imagen de la chica que vio el día anterior en la playa se fusionaron de inmediato en la mente de Shinji. Al mismo tiempo recordó con desánimo su condición humilde, y la muchacha a la que el día anterior había mirado fijamente le pareció ahora muy lejana, pues sabía que su padre era Terukichi Miyata, el rico propietario de dos cargueros de cabotaje fletados a Transportes Yamagata, el Utajima-maru, de ciento ochenta y cinco toneladas, y el Harukaze-maru, de noventa y cinco, y un notable cascarrabias, cuyo blanco cabello se agitaba como los bigotes de un león cuando montaba en cólera.
Shinji había sido siempre muy discreto y comprendía que, a los dieciocho años, era demasiado pronto para pensar en las mujeres. Al contrario de lo que ocurría en la ciudad, rebosante de diversiones para los jóvenes, en Utajima no había ni siquiera un salón de pachinko, ni un bar ni una sola camarera, y el sencillo sueño de aquel muchacho no era más que el de poseer algún día un barco con motor y dedicarse al negocio del cabotaje con su hermano menor.”

…..

“-Dios del mar, te pido que el mar esté sereno, que la pesca abunde y que nuestro pueblo sea cada vez más próspero. Todavía soy joven, pero con el tiempo llegaré a ser un pescador más permíteme tener un gran conocimiento de las cosas del mar, de los peces, los barcos, los fenómenos atmosféricos…de todo. Dótame de una habilidad superior en todo…Por favor, protege a  mi bondadosa madre y a mi hermano, que todavía es un niño. Cuando llegue la temporada del buceo y mi madre se sumerja, te ruego que la protejas de los numerosos peligros…Y ahora me gustaría hacerte una petición diferente…Concede algún día, incluso a una persona como yo, una novia hermosa y de buen corazón…digamos una chica como la hija de Terukichi Miyata, que acaba de volver.”

…..

“Se encaminó al rompeolas envuelto en la oscuridad de la noche, y una vez allí se colocó de manera que la brisa marina le acariciara el rostro. Entonces recordó el barco blanco que había visto navegar contra un fondo de nubes iluminadas por el sol poniente, en el horizonte, el día en que Jukichi le informó de la identidad de Hatsue; recordó la extraña sensación que experimentó mientras veía alejarse el barco. Aquello había representado lo «desconocido». Mientras contempló lo desconocido desde cierta distancia, su corazón estuvo en paz, pero una vez subió a bordo de lo desconocido y zarpó, la inquietud y la desesperación, la confusión y la angustia habían unido sus fuerzas y le afligían.”

(Yukio Mishima, El rumor del oleaje, páginas 30-31, 39, 166-167)

jueves, 2 de junio de 2016

MONTSERRAT VILLAR GONZÁLEZ: ENTRE MÁRMOL Y TERNURA



Tierra en mármol y ternura

Terra en mármore e tenrura

Montserrat Villar González

Traducción de la versión gallega: Xavier Frías Conde

Lastura, Ocaña, 2015, 85 páginas



   En las dos lenguas madre que son la mía y la suya, la original en la que nacieron los poemas y en la gallega que los auriculares del alma escucharon en Cortegada de Baños (Ourense) durante su niñez y adolescencia, me llega hoy, y la gozo, esta antología de tres de los poemarios de Montserrat Villar: Tríptico de mármol (2010), Ternura incandescente (2012) y Tierra con nosotros (2013). En edición bilingüe, con traducción al gallego de Xavier Frías Conde, y alcanzada ya la segunda edición, vuelve Montserrat Villar a descorrer el velo de una realidad tan inasible, en ese laboratorio de la literatura que es la poesía, como con razón afirmó Natacha Michel. Y algo más, porque, como también con razón mantienen algunas tesis de Alain Badiou, la poesía es pensamiento; el poema es una operación de verdad y no solamente un sencillo o florido encantamiento retórico. Por todo ello, me reitero en lo escrito no hace muchos días: los poemas de Montserrat Villar son verdaderas operaciones de lenguaje y pensamiento, tal como hicieron los poetas de “la edad de los poetas”, esa categoría filosófica acuñada por Badiou, en la que inscribe a Mallarmé, Rimbaud, Trakl, Pessoa, Mandelshtam o Paul Celan. Como ellos, y no obstante que en los poemas de Montserrat Villar hallamos ternura, raudales de ternura, sus versos están alejados de la definición romántica.

   Sé que las comparaciones son odiosas, y no las hago. Solamente pretendo apuntar que, en el nudo de sus poemas, estos asumen, con su acción de lenguaje, bellamente modulado, un procedimiento de verdad. Máximas de pensamiento en el punto nodal del poema. Algunas veces bajo el imperativo visible de la muerte, como sostenía Trakl, o arrancando algo de la muerte, como también afirma un poeta de hoy, Juan Carlos Mestre, por tantos admirado. Otros, con la exaltación de la interioridad absoluta (Pessoa / Álvaro de Campos), o esa operación de hacer prosa de sus versos (Pessoa / Alberto Caeiro).

   Ya en la antítesis del título (mármol y ternura), quizá un estilema que Montserrat Villar hereda de la lengua poética rosaliana, con frecuencia cargada de binarismos opositivos, destacan los dos grandes ámbitos de esta antología. La beldad durísima  del mármol y esa ternura serena, y a la vez incandescente que no me atrevería a decir que la poeta hereda de su tierra madre, sino de su condición humana, porque sapiens sapiens  es ubris, desmesura, pero también intensa afectividad, un ser que ríe y llora.

   Si hay algún paradigma que no interrumpe ni vulnera los poemas seleccionados de Tríptico de mármol, ese poemario de Montserrat Villar apadrinado por Luis Eduardo Aute, este es el romántico. Libro duro, libro cruel, radiografía del dolor, según la propia poeta. Palabras de mármol, latigazos terribles en la miel, mas también resistencia al espanto, más allá de su negada  condición confesional. Por sus cortos poemas vemos desfilar las huellas del tiempo, los ojos tristes del frío que inevitablemente envuelve el cuerpo y el alma; el desaliento del presente que oscurece lo en otro tiempo sido bajo las sábanas. O cuando todo sobra, no solo las caricias, y la vida se define como inexistencia (“Me sobro yo, incluso / con mi tiempo, con mi cuerpo / que cubre aquello que / no sólo es alma.” página 21). Y nos vemos obligados a guardar cola por esas vacunas contra la melancolía. Rodeada de mundos de mármol, de seres de alabastro que se alzan fingiendo amor, la vida es igual a la de cientos de cadáveres. Es tal el dolor de la existencia que la poeta acude a Leopoldo María Panero, “el más cuerdo de los poetas”, y una obsesión para la autora, con el encargo de que suba al cielo y muestre allí el dolor, la rabia y lo que es la vida de los de aquí abajo.

   Poemas intensamente existenciales, escritos en las fronteras de la vida y del dolor, que nos conducen a los bajos fondos de la existencia, es decir, a lo más sórdido y miserable de nosotros mismos. Agujeros negros en la macrofísica de la vida.

   La contraposición semántica aludida, se hace palpable y deja sus huellas en los poemas antologados de Ternura incandescente. Ocho poemas cimentados en la base psicoafectiva que nos define, y generadora de una nueva complejidad a nivel interindividual, propia de nuestra especie, solamente en parte compartida con los mamíferos y fuente de alegría, exaltación, dichas y también de dramas y desesperaciones. Montserrat Villar, como escribe Antonio María Albalate, prologuista de Ternura incandescente, se desnuda ante nuestros ojos como una striper de los sentimientos más ocultos. La expresión del amor mediante la magia de las palabras, que dejan de ser lenguaje objeto, representación estricta, para adquirir esa otra más profunda, rodeada de un aura luminosa. Versos en los que la poeta desgrana la felicidad de tener a su lado al amado, arrullada por el deseo entre sudor y espuma; dibuja la geografía del cuerpo amado, de ese Nacho que la ata a la existencia y al que se agarra “como me asgo a la vida”. Y sus palabras no se arrugan ante esa cama deshecha, velatorio de orgasmos. Desde Baiona suplica, otra vez en forma de anáfora que produce un efecto de simetría rítmica y acrecienta el relieve semántico, para que cuando todo acabe “… la sal se confunda /  con la ceniza que la acompaña” (página 67)

   Por último, ocho poemas recogidos de Tierra con nosotros, en los que Montserrat Villar deja constancia de su visión dolorosa de la realidad. La poeta representa en sus versos el drama angustioso que cada día tiene lugar en el mundo, provocado por nuestra forma de vida suicida. Y el lenguaje se convierte en un ceremonial de conjuros frente a los poderes depredadores, mercaderes del mundo, mas también nos atañe a aquellos que nos consideramos inocentes, pero nos callamos. Paisajismo de raíz telúrica convertido en elegía por todo aquello que ese “ridicolissime héroe” (Pascal), el animal dotado de razón / sinrazón hace a diario con nuestro planeta: los cipreses convertidos en espectros sin alma, los árboles obscurecidos por las llamas en la Galicia natal, o el agua de mar hecha de lágrimas.

   Tierra en mármol y ternura reúne una amplia muestra de la singular ruta creativa de Montserrat Villar. Un territorio lírico repleto de contenidos singulares, por los que la poeta navega con maestría, dejando a un lado los excesos barroquizantes, dibujando un mapa poético en el que el registro predominante es la reflexión expectante, beligerante algunas veces, elegíaca por el dolor de la tierra otras, con desnuda y amorosa belleza cuando reconstruye su íntimo periplo amoroso, condesando en una palabra: ternura.

   Y si el lector quiere gozar por partida doble, debe leer la traducción al gallego para anegarse también en una lengua también muy propicia para la conmoción poética que producen las “xostregadas na pel”, “o abalo do amor e dos sentimentos”, “o aglaio elexiaco polas desfeitas que os seres humanos xeramos a cotío sobre o noso berce e o noso fogar”



Francisco Martínez Bouzas



                                                     
Montserrat Villar González

Selección de poemas



TRÍPTICO



“Hay un tríptico

sobre nuestra cama

que recuerda lo que fuimos:

ilusiones a pesar de

nuestro destierro.



Ahora aquí estamos

bajo estas sábanas

viviendo el presente

a pesar del desaliento.



El futuro será lo que quiera

bajo el tríptico,

entre las sábanas,

para llegar a ese mármol.”





PALABRAS DE MÁRMOL



“Cada palabra que escribo

cada palabra que callo,

me acerca más a la muerte

de la que todavía escapo.



Cada silencio que otorgo,

cada sueño que duermo,

me lleva más al borde de la nada

en la que todavía no acampo.



Palabras,

palabras de tinta,

de plata, de aire, de agua.



Palabras,

palabras de siempre,

de ahora, de nunca, de mármol.”





TERNURA INCANDESCENTE

                            Para Nacho, porque me ata a la vida.



“Dibujo la geografía de tu cuerpo,

lunares confusos en la blancura de tu piel.

Tiempo compartido

agazapado mientras me esperas,

líquido y ternura

en la palma de tus caricias.



Te reconozco en este lado de mi vida

observándome con los ojos que se aclaran

bajo el sol de los veranos.



Me sondeas y te preguntas, me preguntas

dónde me encuentro,

y tu abrazo me recupera del abismo

que me convirtió en silencio

antes de tu llegada.



Me quieres, te quiero

a pesar del dolor que causa la vida cotidiana,

la confusión de algunos años de distancia.



Me agarro a ti como me asgo a la vida

que a través de sus ojos

he aprendido a mirar.



Dibujo la geografía de tu cuerpo

y mis manos empapadas en tu olor

recorren el leve espacio que nos separa

en busca de tu anhelado sudor.”





INCIENSO EVITABLE EN GALICIA



“Gime el viento entre la sombra

de árboles ateridos de frío

decrépitos y siniestros

oscurecidos por las llamas.



Llueve, ahora, llueve

bañándolo todo de negra muerte

con olor al miedo ya vivido

al dolor aún eterizado.



Calcinadas masas de huesos

se hunden en las aguas

saltando sus ojos al cielo

mientras esperan un hálito de oxígeno.



La casa se tiñe de barro ceniciento

que devora la poca vida verde que quedaba.



Los cuerpos que respiran

arañan la tierra, limpian el hollín estéril,

esperando comer algo que no resulte

incienso evitable.”



(Montserrat Villar González, Tierra en mármol y ternura, páginas 19, 39, 58, 77)