jueves, 16 de marzo de 2017

LOS LETAMENDI URRESTI: UNA NOVELA DE HECHOS REALES



 
La hora de despertarnos juntos
Kirmen Uribe
Traducción del euskera: J.M. Isasi
Seix Barral, Barcelona, 2016, 446 páginas.

   Un narrador, Kirmen Uribe (Ondarroa, 1970), enteramente consolidado (Premio Nacional de Narrativa, Premio Nacional de la Crítica, entre otros múltiples galardones) nos ofrece, en La hora de despertarnos juntos, un híbrido y muy potente artefacto literario: una novela de no-ficción que no solo es trascripción de hechos, sino que establece un punto de encuentro entre la realidad y la ficción. El mismo autor, consciente de la recuperación ficcional del pasado, lo refleja con estas palabras en la Nota que clausura el libro: “Ésta es una novela y la lógica que sigue es la de la ficción. Aún así, como todos y cada uno de los personajes que aparecen en este libro son reales e igualmente la historia que protagonizan es verídica, me he tomado la licencia de imaginar y novelar algunos de los pasajes y diálogos que aparecen en la novela” (página 439). Tal como desde años vienen haciendo, entre otros, escritores de la talla de Emmanuel Carrère, Patrick Deville, Elena Poniatowska, Delphine de Vigan (Basada en hechos reales), Rosa Montero, más cercana a nosotros (La ridícula idea de no volver a verte) o los Premiso Nobel  J.M. Coetzee (El maestro de Petersburgo) y Patrick Modiano (Libro de familia). La técnica compositiva y la estética de Kirmen Uribe es la misma: literatura de hechos reales, convenientemente ficcionalizados.
   La hora de despertarnos juntos es una novela muy rica y compleja, exhaustivamente documentada que reconstruye, desde la ficción, una historia familiar: la vida de la pareja Txomin Letamendi y Karmele Urresti y la de sus hijos Ikerne, Txomin y Patxi, mas con el plus añadido de que se convierte así mismo en una novela sobre la historia vasca, española, europea, y en parte norteamericana, durante el pasado siglo y en la primera década del actual; con multitud de personajes, todos reales, que hacen de ella una novela coral. Una historia real, retrato caleidoscópico de tres generaciones, y que el autor define con estas palabras: sueño, impotencia y rendición, esperanza.
   Tras una páginas introductorias sobre la génesis de la novela -el conocimiento real de Karmele Urresti y el autoconvencimiento de que debía escribir un libro basado en su vida, en la de su familia, su generación y, a la postre, en la de todo un pueblo-, la novela se inicia con la descripción de un cuadro de Antonio Gezala (Noche de artistas en Ibaigane) que reproduce el aire distinguido y alocado de los años veinte y en el que aparece un trompetista, Txomin Letamendi Murua, uno de los protagonistas basilares de la novela. Músico y comandante de gudaris durante la Guerra Civil, exiliado en Francia tras la toma de Euskadi por las tropas de Franco. Conoce a Karmele Urresti en París en diciembre de 1937, al coincidir con ella en la embajada cultural que el lendakari José Antonio Aguirre y el empresario Manu Sota habían creado para mantener viva la realidad de Euskadi tras la derrota bélica. Ambos formaban parte del coro Erosoinka, de gira propagandística a favor de la causa vasca por varios países. Pronto surge un romance entre ellos y Karmele se queda embarazada, y como la moral de la época discriminaba a las madres solteras, se casan, siendo notario del acto el lendakari Aguirre, igualmente exiliado. En julio de 1939 nace Ikerne Letamendi Urresti.
   Ambos y sus respectivas historias en común, y la de Karmele tras el fallecimiento de Txomín a finales de 1950, como consecuencia de las terribles torturas a las que fu sometido, son el hilo conductor de la novela. El novelista sigue los pasos de la familia que colabora con los servicios de propaganda del gobierno vasco en el exilio. Txomín Letamendi trabaja con los servicios secretos norteamericanos, y tras una temporada de exilio dorado en Venezuela, acepta la petición del lendakari Aguirre y se traslada a España para apoyar la organización clandestina del Partido Nacionalista Vasco. Doble detención, cárcel, vejaciones y torturas hasta que muere derrotado, pesando apenas treinta y cinco kilogramos.  Karmele regresa Venezuela y allí encuentra trabajo como enfermera.
    A partir de ese momento, en ella y en sus hijos centra  Kirmen Uribe, la historia de la novela. Nos da cuenta del marchitarse de la resistencia antifranquista, el arrinconamiento del gobierno vasco en el exilio debido a la guerra fría, el nacimiento de ETA a finales de los cincuenta porque las generaciones más jóvenes del PNV no aceptaban el derrotismo. Txomin Letamendi Urresti forma parte de aparato propagandístico del grupo etarra que el 2 de agosto de 1968 da un salto crucial en su estrategia y asesina a un conocido torturador y colaborador activo dela Gestapo, el policía Melitón Manzanas. Condenas a muerte a Andoni Arrizabalaga, el Proceso de Burgos de 1970 con nueve condenas a la pena de muerte, que Franco conmuta debido a las movilizaciones tanto nacionales como internacionales. Las escisiones de ETA; el abandono de la organización terrorista por parte de muchos miembros, entre ellos Txomin Letamendi Urresti; la voladura por los aires del presidente del gobierno franquista, Carrero Blanco; los atentados indiscriminados; la espiral de violencia porque ETA sigue matando durante largos años; la violencia estructural y represiva por parte del estado español, no siempre legítima… Todo ello hace que el novelista se interrogue en las páginas finales sobre la indiferencia y pasividad mantenida por la sociedad vasca ante tanta violencia y muerte. Sin embargo, el mismo Kirmen Uribe declara que no es lo mismo la ETA de 1960 que la de 2010. Las víctimas de ETA fueron siempre asesinatos, pero es preciso estar en aquellas circunstancias y aclarar lo que sucedió y por qué.
   Hay dos formas de leer esta novela, formas antagónicas, sin duda: desde el nacionalismo vasco o desde el nacionalismo español. Apología del independentismo para la segunda o recuperación de la memoria histórica de personajes olvidados y afirmación de la voluntad inquebrantable de libertad del pueblo vasco, para la primera. Ninguna de ellas coincide con la necesaria reconciliación, tras recuperar la historia de lo que pasó. ¿Coincide una novela que pretende ser un juicio a los verdugos del franquismo? “Lo que los tribunales no han podido hacer, lo puede hacer un historiador o un novelista”, declaraba hace poco Kirmen Uribe. Pero también será preciso, añadía, reconocer el sufrimiento del otro, de todas las víctimas.
   
  
K.Uribe y P. Letamendi Urresti en el Museo de Bellas Artes de Bilbao
 

   El gusto del autor por escribir novelas sobre lo que no sabe, le obligó a documentarse de forma muy completa. Y de esa investigación nace esta novela, que no solo narra las duras vicisitudes de los protagonistas, sino también sus conexiones con personajes históricos como el lendakari Aguire, el presidente Roosevelt, el vicepresidente Wallace, Manu Sota, Hemingway… Y, sobre todo, refleja una parte muy desconocida de la posguerra, como fueron los años cuarenta y cincuenta, los movimientos antifranquistas, las transformaciones sociales y políticas desde los años veinte hasta la Segunda Guerra Mundial, la decisión de algunos jóvenes de optar por la violencia y su decepción posterior. Todo ello situado en el contexto de la historia vasca durante el siglo XX.
   Una historia de perdedores, aunque en definitiva la derrota de Txomin Letamendi no lo fue, porque la causa por la que él y otros muchos héroes desconocidos lucharon  (la libertad del pueblo vasco, la democracia, el antifranquismo) acabó ganando. Quizás por eso Kirmen Uribe novela, no la historia de personajes famosos como el lendakari Aguirre, sino la de personas olvidadas, desconocidas, soñadoras, héroes anónimos que nunca, o solo a la hora de la muerte, cedieron a la desesperanza.
   La hora de despertarnos juntos es una historia real bien articulada y verosímil, a la que la ficción retoca proporcionándole, sin alterar los hechos, el contexto, los diálogos, las escenas; y organizando la historia siguiendo procedimientos ficcionales, basándose en una estructura novelística. Escrita en tercera persona buscando un mayor distanciamiento, con ciertas intervenciones en primera, y huyendo de cualquier lucimiento estilístico. Texto no-ficción desnudo y sin efectivismos, pero escrito con gran vitalidad narrativa, que se sirve de eficaces recursos ficcionales para contar hechos reales y rescatar del baúl de los olvidos a figuras que han creado la Historia.

Francisco Martínez Bouzas

                                                    
Kirmen Uribe

Fragmentos

“Manu y su familia lo perdieron todo. Los franquistas les requisaron cientos de barcos, aunque el padre no llegó a verlo porque falleció muy poco antes del comienzo de la guerra. Así y todo, después de muerto, instruyeron un juicio póstumo en su contra. También se incautaron del palacio de Ibaigane. Sobre la chimenea colgaba un escudo de armas familiar del que sobresalía la talla de un caballo medieval. En cuanto los militares se apoderaron de la residencia, cortaron el cuello de ese escudo con un sable.
A muchas familias les arrebataron todo lo que poseían. Una mujer de Mondragón contaba que hasta llegaron a requisarle el carrito de bebé amarillo de su hijo recién nacido. Y, desde entonces, la pareja  joven adepta al régimen franquista a quien adjudicaron el bien incautado se paseaba por el pueblo como si aquel cochecito le perteneciese. Y la mujer de Mondragón veía pasar cada mañana, delante de sus narices, día tras día, su cochecito de bebé amarillo llevando a un hijo que no era el suyo.”

…..

“Este Eduardo Quintela, al mando de una brigada temida por sus consabidos métodos expeditivos, fue el encargado del interrogatorio salvaje al que fue sometido Txomin, quien jamás consiguió recuperarse de las torturas infligidas por aquel y sus adláteres. Sobre la fama de esta brigada constan en el archivo de Benet dos cartas del escritor Josep  Pous i Pagès -cuyo alias, Jaume Marquet, procede de un personaje de sus novelas- fechadas a primeros de septiembre de 1947, donde se refería al asunto en estos términos: «La brigada operante era la del famoso Quintela, de brutal reputación». En estas mismas cartas, Josep Pous reconocía  que el arresto de Txomin había supuesto un duro golpe para la resistencia catalana, ya que propició la caída del propio Benet y del socialista Lluís Torres, ambos del heterogéneo Frente Universitario de Resistencia Catalana, así como la espada de Damocles para otros miembros de este frente universitario.”

…..

“¿Cómo fue posible que pasáramos de un clima propicio a un infierno de indiferencia? ¿También a las conciencias les atraviesan ejes que temblaron y transformaron nuestra moral? ¿Por qué no supimos como individuos y como sociedad predecir lo que ocurriría los siguientes cuarenta años? ¿Por qué no reaccionamos ante la espiral de violencia y muerte? ¿Por qué no detuvimos a tiempo aquella inercia sin sentido? ¿Por qué nos callamos? ¿Por qué negamos el sufrimiento ajeno? ¿Por qué nos volvimos la mayoría un poco de piedra, como las estatuas medievales de la iglesia de Ondarroa?
No me siento capaz de contestar a ninguna de estas preguntas y creerme que mi respuesta vaya a ser la correcta. Pero de lo que sí me siento capaz, lo que en verdad deseo con toda mi alma es volver mi mirada atrás y detenerme en el dolor de todas y cada una de las víctimas.”

(Kirmen Uribe, La hora de despertarnos juntos, páginas 74-75, 275-276, 423)

miércoles, 8 de marzo de 2017

LA MEMORIA ENTERRADA




Un extraño viajero
Manuel Rico
Algaida Editores, 2016, 431 páginas.

   Una obra que “abre una puerta a un tiempo pasado para relatar las vivencias de muchas personas en los desconocidos campos de trabajo del franquismo.” Así reaccionó Manuel Rico al recibir la noticia de que su novela había sido galardonada con el IX Premio Logroño de Novela. Y en efecto, a través de una inteligente sutura de novela histórica y de intriga, con el añadido de una historia de amor, Un extraño viajero abre las puertas lectoras a un tema real pero muy poco trabajado ficcionalmente: los campos de trabajo de la dictadura franquista, aunque no sea ese el tema central ni el hilo conductor de la novela. Y a pesar de que la obra de Manuel Rico se desarrolla en el presente (años 2005 y 2006), a través de una trama rebosante de intriga, de hechos y de personajes reales aclimatada ficcionalmente, enlaza con un pasado terrible de la no muy lejana historia española. “Nadie o solo de manera oblicua y tímida ha dado testimonio escrito de la vida en los campos franquistas de trabajo”, escribe Manuel Rico. Sin embargo, el escritor madrileño solamente pretendió escribir literatura, una historia de amor que se mueve en el presente aunque, eso sí, abre ventanas hacia el pasado, hacia la posguerra franquista, con prisioneros, presos políticos esclavizados en campos de trabajo borrados del mapa a partir de los años sesenta,  a lo que contribuyó el interés de muchos testigos por enterrar el pasado.
   No obstante, el tema central de la novela es otro: mostrar el absurdo de una desaparición inexplicada. Solo de forma indirecta y tangencial se acerca a ese mundo canallescamente enterrado que fueron los campos y destacamentos penales franquistas, porque varios de los personajes que actúan en la novela llegan al presente desde los tiempos de la posguerra. Y porque además la reivindicación de la memoria histórica, la recuperación del pasado está presente tanto en la obra poética como en la narrativa de un escritor cívico, comprometido de forma consciente con la realidad y con la denuncia de aquellas facetas sórdidas de nuestra historia.
   No es tarea fácil perfilar una breve sinopsis que no “spoilerice” el argumento y menos el desenlace, de una novela rica y compleja en la que tienen además cabida varios subgéneros: novela histórica, novela de investigación con algunos elementos fantásticos. A un hotel rural situado en las estribaciones de Somosierra, llega en una cruda noche de invierno un extraño viajero humildemente vestido y carente de documentación que dice llamarse Salko Hamzic, originario de la antigua Yugoslavia. A pesar de la carencia de documentación, Lucía, la propietaria del hotel, lo acoge y le proporciona habitación. A los pocos días y tras una noche de amor y de sexo, el extraño viajero desaparece dejando únicamente algún dinero y el resguardo de un laboratorio fotográfico, con la petición de recoger las fotos. La protagonista retira las fotos descubriendo que son de los años cincuenta. En ellas aparecen hombres con el aspecto de presos de los años posteriores a la Guerra Civil española, rostros famélicos, cuerpos perdidos en ropas andrajosas.
   A partir de aquí la narración se convierte en un caleidoscopio de inquietudes y obsesiones de la protagonista porque no es capaz de desterrar el recuerdo de Salko Hamzic, su circunstancial amante de una noche. Una presencia caleidoscópica aparejada para ella con una inimaginable desolación: un mundo de sufrimientos, de largas condenas, trabajos forzados, depuraciones políticas, seres cuya pista se pierde. Una verdadera intriga en la que Lucía, a través de indagaciones con varios personajes secundarios y sus propias sospechas, es capaz de hacer que vayan aflorando rasgos del fantasma y a la vez una terrible incógnita sobre el extraño viajero. Será la obsesión de la protagonista por hallar noticias de su amante desaparecido la que le obligue a entrar de lleno en los espantosos días de la posguerra española.
   El desenlace de esta novela en la que conviven varias pesquisas y múltiples enigmas, es, en mi opinión, muy apropiado: sin respuestas definitivas, abierto únicamente a una vaga expectativa y a una irracional esperanza.
   Manuel Rico escribe una novela muy rica, mas no demasiado compleja para un lector interesado en la novela de intriga y sensible a los tiempos sombríos de la posguerra. El principal mérito del narrador es el de haber sabido amalgamar, sin distorsiones, el relato de las obsesiones y enigmas surgidas a raíz  una noche de amor y de sexo, con la memoria enterrada de los campos de trabajo, los sótanos de un Régimen dictatorial no derruido -más bien cubierto con una capa de olvido- en la democracia. Por eso mismo, es preciso reconocer la acuidad  del autor al trabar los distintos niveles del universo ficticio establecido en el discurso, dotándoles de coherencia interna. Es una de las propiedades más destacadas de la narratividad o competencia narrativa de esta novela, en la que asistimos, así mismo, a varias vueltas de tuerca.
   Pero hay más razones para leer Un extraño viajero. La certera y profunda caracterización psicológica de los personajes; la habilidad con la que el autor los integra en hechos paralelos, o incluso dispersos, que, así mismo, se orquestan en una sólida arquitectura superior. Manuel Rico hace avanzar la trama, haciendo progresar la acción dosificadamente, logrando mantener la tensión narrativa, aunque sobren secciones o excursos, en mi opinión innecesarios. Sobresalen igualmente el realismo y la verosimilitud con las que se recrean escenarios, tiempos y espacios, con la presencia de personajes reales como el pintor, escritor y activista político Humphrey Slater, cuyo destino sigue envuelto en el misterio. El recurso técnico, inteligentemente aprovechado de lograr que algunos personajes se adentren en el pasado a partir del presente y que otros lleguen al presente a partir de los tiempos de la posguerra.
   Un estilo de prosa elaborado y vigoroso que integra múltiples diálogos instalados en un verismo consistente y creíble. La incorporación oportuna de pocas pero oportunas citas como la del poema “Fin y principio” de Wislawa Szymborska. Anoto en el debe de la novela la función excesiva del actante principal de la acción narrativa: Lucía es el sujeto o fuerza fundamental generadora de la acción, mas su prácticamente exclusivo protagonismo -compartido eso sí con personajes secundarios- quizás debiera ser aminorado con secuencias en las que sus cavilaciones y obsesiones quedasen al margen.
   Una novela que, en cierto modo y como ya señalé, incluye tres novelas: un relato de amor, una novela histórica y una novela de ideas. Pero que es especialmente una narración política, comprometida con un pasado reciente, con la historia y la memoria enterrada, con la objetividad de los dramas dormidos y silenciados en los campos de trabajo franquistas. Hablar de ese tiempo gris y borrado y de sus miles de víctimas como lo hace Manuel Rico no es literatura maniquea.

Francisco Martínez Bouzas

                                                 
 
Manuel Rico

Fragmentos

“Salko se sentó a su lado, le rodeó el hombro con su brazo derecho y se quedó, en silencio, a la espera de su reacción, una reacción que Lucía parecía demorar atada a la vieja culpa, a la memoria de su vida con Eladio, a antiguas frustraciones. «Me ha dicho que estoy bella. A los cuarenta años no es fácil recibir piropos, escuchar palabras así», pensó mientras se relajaba abandonándose  a las manos de Salko, ahora entregado a acariciarle la espalda con una delicadeza que no dejaba de sorprenderla y excitarla. Lucía no pudo controlar su pudor, ni su dependencia de viejos remordimientos, y se inclinó hacia la izquierda, hasta sentir la delgadez  firme del tórax de Salko y notar que su mano abandonaba la espalda y buscaba en el interior de su bata y debajo del sujetador hasta provocar la rebeldía casi automática de sus pezones, y la vuelta de un calor que creía perdido para siempre. Se abrazó a él, se abrazó al olvido, arrumbó culpas y memoria, y se dejó llevar por el puro deseo hasta sentir la desnudez compartida bajo una sábanas conocidas y desconocidas a la vez, hasta tantear el cuerpo delgado de Salko y notar la irreverencia de su sexo dentro de ella mientras se desvanecían todas las confusiones y todas las herencias y complejos y una voz antigua y honda la llamaba a recobrar el sentimiento olvidado, a amar a aquel hombre que le devolvía la conciencia del cuerpo, del gozo, des sí misma.”

…..

“Rostros delgados, famélicos, cuerpos casi perdidos en ropas que a Lucía le parecieron desmesuradas. Duros primeros planos de seres anónimos de rasgos como esculpidos con cortafríos sobre una piedra imaginaria. Ojos entre el asombro y el abatimiento. Sombras de árboles desnudos, esqueletos de oscuridad sobre un fondo demasiado claro, sombras humanas caminando en fila, sombras. En un pequeño montículo de roca, un grupo de hombres, con mazos desmesurados para su delgadez,  horadaba  la roca bajo la mirada de varios guardias civiles. Por ese detalle, junto con los contornos reconocibles de las cumbres de Somosierra, Lucía tuvo la plena seguridad de que aquellas escenas procedían de un lugar cercano a Brezo. «Son del pasado, pero de muy cerca de aquí», se dijo.”

…..

El CD CONTENÍA UN MUNDO. HABÍA EN ÉL OTRAS veinte fotografías con escenas en las que se veían hombres trabajando, subiendo piedras por una escalera improvisada en la montaña, el interior en claroscuro de un barracón lleno de camastros sobre los que se advertían bultos humanos con caras sorprendidas, con los ojos desmesuradamente abiertos. Y, en un espacio exterior, contra un muro hecho de rocas, varias filas de hombres, con el brazo en alto, mirando hacia un lugar más allá de la cámara. Lucía pensó que allí latía una realidad desconocida, un universo que podía formar parte de la geografía ignorada de la posguerra, nada que ver con Salko y con Yugoslavia, todo con el tiempo inicial de la dictadura, con los derrotados y con las sevicias que padecieron. Había, además, un paralelismo inquietante con las imágenes que había podido ver en libros de historia y en documentales sobre los campos de concentración del nazismo. Aquellos hombres no vestían uniformes de presidiarios como en los campos de la vieja Europa, pero llevaban ropas elementales, miserables, pantalones atados a la cintura con cuerdas, camisas y chaquetas raídas, y se protegían del frío con precarias mantas que parecían más de tela de arpillera que de lana.”

…..

“Después, se dijo que la prueba de la verdad que quedaba de aquella historia era, ante todo, la realidad que la exposición restituía a una sociedad que había perdido la memoria: presos, obras  interminables, guardias civiles, policías y soldados vigilando columnas de presidiarios, rostros delgados, famélicos, de ojos vencidos, perplejos; andrajos convertidos en ropas, montañas de adoquines, cielos oscuros y fríos, altas cumbres inabordables…el agujero negro de un país avanzando, bajo la paz ficticia de Franco, hacia el vacío.”

(Manuel Rico, Un extraño viajero, páginas 66-67, 117, 121-122, 354)

domingo, 5 de marzo de 2017

LOS FOTÓGRAFOS DESAPARECEN AL FINAL DE LAS GUERRAS. UN POEMA DE WISLAWA SZYMBORSKA


Embalse de Riosequillo cosntruido por presos represaliados por el franquismo

   En la posguerra española, la dictadura franquista mantuvo, al menos durante veinte años, campos de presidio y de trabajos forzados: destacamentos penales, donde los soldados y antifranquistas que habían perdido la guerra eran obligados a levantar muros de presas o a construir líneas de ferrocarril. Era teóricamente una forma de redimir condena. Uno de esos lugares de presidio y trabajos forzados se asentaba al lado del embalse de Riosequillo. Un numeroso destacamento de penados vivía en barracones al pie de la presa. Redimían la pena mediante un trabajo de esclavos, en condiciones infrahumanas, con comida escasa y miserable. Pero en la actualidad no queda ningún vestigio que indique que allí se levantó un campo de concentración semejante a los que construyó el nazismo en Alemania. “Al contrario de lo que ocurrió con los otros campos de Europa, han desaparecido: el franquismo tuvo muchos años a su disposición para borrar las huellas de su vesania, mientras en los campos de Centroeuropa la derrota del nazismo y la entrada de los aliados lo impidió”, escribe Manuel Rico en su blog Al margen (19 de julio de 2015), reproducido como anexo de realidad en su novela Un extraño viajero.

   El escritor reconoce que, tanto su última novela como Trenes en la niebla nacen de la desazón y perplejidad ante la práctica inexistencia de documentos gráficos de la cotidianeidad en estos campos de trabajos forzados. Solamente de forma muy tímida se ha dado testimonio escrito de la vida diaria en los campos de trabajo franquistas. “Apenas nadie cuenta a través de la fotografía de aquel mundo oculto…que expresaba la vertiente más dura de una Guerra Civil que el Régimen prolongaba pese a haberla dada por concluida  el 1 de abril de 1939”. La Guerra Civil española, sin embargo, no está huérfana de documentación gráfica. Pero al acabar la Guerra los fotógrafos y filmadores desaparecieron. En una de las secuencias de Un extraño viajero, el escritor alude a este hecho y lo ilustra con un poema de la Premio Nobel polaca Wislawa  Szymborska: los fotógrafos dejan atrás los desastres, las secuencias más terribles de las posguerras porque también dejan de ser noticia. Y se retiran para dar testimonio de lo que le interesa al morbo del gran público: retratos de otras guerras. Fotografiar lo que es noticioso.

   Como adelanto de la reseña de la novela de Manuel Rico, reproduzco aquí el poema de Wislawa Szymborska.

Francisco Martínez Bouzas

                                              
Wislawa Szymborska

FIN Y PRINCIPIO

“Después de cada guerra
alguien tiene que limpiar.
No se van a ordenar solas las cosas,
digo yo.

Alguien debe echar los escombros
a la cuneta
para que puedan pasar
los carros llenos de cadáveres.

Alguien debe meterse
entre el barro, las cenizas,
los muelles de los sofás,
las astillas de cristal
y los trapos sangrientos.

Alguien tiene que arrastrar una viga
para apuntalar un muro,
alguien poner un vidrio en la ventana
y la puerta en sus goznes.

Eso de fotogénico tiene poco
y requiere años.
Todas las cámaras se han ido ya
a otra guerra.

A reconstruir puentes
y estaciones de nuevo.
Las mangas quedarán hechas jirones
de tanto arremangarse.

Alguien con la escoba en las manos
recordará todavía cómo fue.
Alguien escuchará
asintiendo con la cabeza en su sitio.
Pero a su alrededor
empezará a haber algunos
a quienes les aburra.

Todavía habrá quien a veces
encuentre entre hierbajos
argumentos mordidos por la herrumbre,
y los lleve al montón de la basura.

Aquellos que sabían
de qué iba aquí la cosa
tendrán que dejar su lugar
a los que saben poco.
Y menos que poco.
E incluso prácticamente nada.

En la hierba que cubra
causas y consecuencias
seguro que habrá alguien tumbado,
con una espiga entre los dientes,
mirando las nubes”.


(Wislawa Szymborska, El gran muro. Fin y principio y otros poemas, traducción de Abel. A. Murcia, Madrid, 1997, Ediciones Hiperión, 1997)