miércoles, 3 de octubre de 2012

"AYER NO MÁS" DE ANDRÉS TRAPIELLO. AVANCE EDITORIAL


Ayer no más
Andres Trapiello
Ediciones Destino, Barcelona, 2012, 310 páginas.

  

   Andres Trapiello (Manzaneda de Torío, León, 1953), narrador, ensayista y poeta, es un autor imprescindible de la actual literatura española. Un “must” con un amplio número de títulos salidos de su pluma.  Títulos como La noche de los Cuatro Caminos (2001), Los amigos del crimen perfecto (Premio Nadal, 2003), Al morir don Quijote (2004, Premio de Novela Fundación José María Lara, Prix Littéraire Européen Madeleine Zepter en el año 2005 a la mejor novela extranjera), Los confines (2009); las cuatro entregas hasta ahora publicadas del diario Salón de pasos perdidos forman parte de la mejor narrativa publicada en español en este siglo.
   De las manos diligente de Alba Fité, Cristina Castillón, Silvia Coma... del departamento de comunicación de Ediciones Destino me acaba de llegar la nueva y esperada novela de Andrés Trapiello, Ayer no más, una reflexión en clave ficcional sobre la memoria, el perdón y el olvido y en la que el lector percibirá la guerra civil española desde parámetros o enfoques distintos de los habituales que se están convirtiendo en pocos menos que tópicos. Porque Andrés Trapiello, con visión narrativa alejada de todo maniqueísmo “se ha ganado el prestigio de ser el gran especialista sobre las heroicidades y pecados de ambos bandos de la contienda”
   De la presentación editorial, y en espera de una valoración crítica personal, entresaco las siguientes anotaciones referidas a la sinopsis y a algún otro aspecto de la novela:
   Un niño presencia el asesinato a sangre fría de su padre en los primeros días de la guerra. Setenta años después  reconoce de forma fortuita en una calle de León a uno de los que participó en aquel desmán, un conocido empresario que se niega a confesar dónde enterraron a su víctima. Es testigo del encuentro el hijo de este, José Pestaña, profesor universitario y miembro de una agrupación de la memoria histórica. Este enfrentamiento entre víctima y victimario y el deseo de J. Pestaña de conocer los hechos y de que se haga justicia, le enfrentará  a su padre, y a todos aquellos que tratan de falsear el pasado con tal de justificar sus propios deeos de revancha.
   Es a raíz de esta contundente y radical premisa que Andrés Trapiello construye de forma sumamente incisiva Ayer no más. Una novela que nos recuerda que la Historia no es un mero relato en blanco y negro, de victimas y verdugos, sino una amalgama de grises que pueblan los escenarios en el que vivieron y actuaron víctimas y victimarios.
   Porque la Historia que se ocupa de los hechos generales y de las grandes panorámicas, es siempre incompleta. La novela, contrariamente, se fija en individuos concretos cuyos dramas indaga. Es la premisa que hace que Andrés Trapiello recurra a la novela y a la relación entre un padre de reminiscencias fascistas y un hijo con un pasado comunista. Ambos bucearán en los ojos del otro para encontrar el reconocimiento y la fuerza para descubrir la Verdad.
   Novela construida de forma poliédrica, a través de varias miradas que traducen lo que ven en un relato en primera persona. A medida que avanzan las páginas son estos protagonistas los que hablan directamente al lector sobre sus experiencias y sus sentimientos, adentrándose en la psique de cada uno de ellos para descubrir que nada es lo que parece, que nada es tan simple ni siquiera en tiempos de paz y mucho menos cuando suenan los tambores de guerra.
   Novela pues, libro de culto como Las armas y las letras, un libro de ensayo de su autoría editado en 1994 y revisado en 2010, que no deben perderse todos los buenos lectores que siguen la obra literaria de Andrés Trapiello y están interesados en su visión plural y no maniquea sobre la guerra civil porque Trapiello no piensa volver a escribir sobre la misma. Su posición como escritor sobre el papel de la memoria en esta novela se resume en esta frase: “La memoria es algo que hay que cultivar; el olvido crece solo”

Francisco Martínez Bouzas



Andrés Trapiello, foto: La Vanguardia

Fragmento

“No le pregunté cómo se ha enterado. Me ha llamado mamá. Mi padre ya lo sabe. Supongo que mi padre leería las esquelas. Es lo único que ha leído en su vida. Se publicaron dos, una para él y otra para su madre. Se ve en las dos la mano de Mariví: «Doña Honorina  Álvarez Ardón, viuda de Don Ángel Custodio Reguera, ha fallecido en León a la edad de 102 años sin conocer el paradero del cuerpo de su esposo, asesinado el 15 de agosto de 1936 en La Fonfría (Carrocera) por los enemigos de la democracia y la libertad.» «Graciano Custodio Álvarez ha fallecido en León a la edad de 78 años sin conocer el paradero del cuerpo de su padre, asesinado en La Fonfría (Carrocera) el 15 de agosto de 1936 por los enemigos de la democracia y la libertad.»
   No he hablado con mi padre desde antes del verano, desde que nos encontramos en Seisdedos. Mamá llama a escondidas”

(Andrés Trapiello, Ayer no más, página 273)

lunes, 1 de octubre de 2012

KURAJ, CRÓNICA DE UN DESARRAIGO

Kuraj
Silvia di Natale
Traducción de Mª. Ángeles Cabré
Tusquets Editores, Barcelona, 437 páginas.
(LIBROS DE FONDO)

 
    Nosotros llamábamos kuraj a las matas secas que en primavera el afghanetz levanta y hace rodar por la estepa; son avalanchas de matas secas que se mueven, y la este entonces «camina», mejor dicho,«corre», tanto que asusta a los caballos y a quien mira desde lejos le parece que un pelotón de jinetes se acerca al galope”. En ese paisaje agreste y removiendo los cimientos de las vidas de sus personajes, coloca la socióloga, escultora y etnóloga italiana Silvia di Natale su primera novela, un excelente trabajo de ficción con bases reales que, cuando fue presentado en la Feria del Libro de Frankfurt (año 2001), atrajo inmediatamente el interés de numerosos editores. Obtuvo posteriormente el Premio Bagutta,  fue traducida a los principales idiomas y supuso el inicio de una fulgurante carrera literaria confirmada   con títulos como Il giardino del luppolo (2004),  L’ombra del cerro (2006), Vicolo verde (2008), o La ragazza di Ratisbona (2009).
   Naja, la protagonista y narradora de esta novela sorprendente, nace en el seno de una tribu de pastores nómadas descendientes de los mongoles, los tuncian, en las estepas del Uzbekistán. Los herederos de Gengis Khan conocen todos los arcanos sortilegios de la naturaleza y los caprichos del viento que levanta y arrastra las matas, al que le tributan un respeto sagrado. En 1947, a los nueve años, la pequeña Naja es arrastrada desde los yermos uzbecos y depositada en la Alemania de la posguerra, como si de un viento fatal se tratase. Un viento que arranca a los vivos de sus raices más profundas.
   Las ancianas del clan de los tuncian advertían a las esposas adolescentes, para evitar su abatimiento al dejar su familia, que el destino de las mujeres no es envejecer al lado de la solera donde vieron la primera luz. El padre de Naja deja a su hija al cargo de un oficial alemán  con quien había combatido contra la Rusia de Stalin. Y Naja tendrá que integrarse en esa nueva familia, en un entorno social nuevo y hostil que la forzará a abandonar su religión. Para sobrevivir en el nuevo e incomprensible universo de la posguerra, Naja fondea en la memoria de su pueblo, en el recuerdo de las historias de los antiguos mongoles, en sus gestas legendarias, secretamente orgullosa de sus propios orígenes. Mas su pasado y las gestas de Gengis Khan se trenzan forzosamente con la locura nazi. En este ambiente la niña es capaz de luchar, de cambiar, de crecer para hallar su lugar en el mundo. Pero en un arriesgado golpe de efecto narrativo, la autora confía igualmente  a la voz narrativa de Naja la memorable reconstrucción coral de la derrota alemana en Rusia.
   Kuraj es la crónica viva de un desarraigo y la elegía de aquellas formas de vida condenadas a la extinción. Y al mismo tiempo, un canto a la voluntad de salir adelante y de edificar una identidad mestiza sin renunciar a las propias raíces. La calidad de la escritura de Silvia di Natale brilla en esta novela llena de personajes, de sucesos y de vidas entrelazadas que la autora refleja mediante una narración a la vez simple y elegante, orlando su relato con un lenguaje ajeno a  cualquier artificio banal.

Francisco Martínez Bouzas


Silvia di Natale

Fragmento

“Hay piojos negros, piojos amarillos y piojos rojos. Ul’an se acordó de su tío abuelo Mongotai, que iba a la yurta de Bairqan y llevaba un gorro de piel de cordero que no se quitaba nunca y que al mirarlo de cerca hormigueba de piojos. Mongotai afirmaba que los piojos adoptan el color del alma de quien se nutren al chuparle la sangre, pues hay almas negras, rojas y amarillas o simplemente incoloras, como el insecto que en aquel momento Ul’an tenía agarrado entre el índice y el pulgar. «Quiere decir que mi alma es transparente como éste», pensó U’lan mientras lo aplastaba con la uña. La idea de que los piojos tuvieran relación con el alma de las personas en la cual y de la cual viven, le parecía a Ul’an perfectamente plausible. De hecho había observado varias veces lo que le sucedía con los soldados recién muertos: enseguida, el enjambre de piojos que lo habitaba se ponía en movimiento, abandonaba las costuras, los pliegues, los dobladillos de la ropa donde habían vivido y dejaba el cadáver antes de que estuviera totalmente frío. Al mirar el montoncito que bullía, daba la impresión de que se trataba de la forma tangible del alma que abandonaba al muerto en busca de otro cuerpo del que chupar el calor”

(Silvia di Natale, Kuraj, páginas 248-249)

martes, 25 de septiembre de 2012

GUTIÉRREZ ARAGÓN Y LA FICCIÓN

Gloria mía
Manuel Gutiérrez Aragón
Editorial Anagrama, Barcelona, 2012, 336 páginas

 
    Manuel Gutiérrez Aragón, que se autodefine como cántabro, cineasta y escritor, lleva más de cuarenta años inmerso en el mundo de la ficción. Primero en la ficción cinematográfica con largometrajes como Habla mudita (1973), su debut en la pantalla, Camada negra (1977), La mitad del cielo (1986) o Todos estamos invitados (2008), película con la que hizo efectiva su retirada de la ficción fílmica para dar comienzo a esa otra ficción, cuyas escenas y secuencias se escriben con tinta y se proyectan en el  papel impreso. En 2009, en efecto, reveló su faceta de escritor con la novela La vida antes de marzo. Un estreno afortunado, “de pulida calidad literaria” que se hizo merecedor del Premio Herralde de Novela. Ahora, hace apenas tres meses, retorna a la ficción literaria con una novela que conjuga hábilmente  aventura, drama y diversión y que, como en sus anterior obra seduce al lector desde el “¡Pitas, Pitas!” del primer capítulo. Es Gloria mía, editada por Anagrama.

   Escrita por el puro placer de fabular y sin la presión de asentar una carrera literaria, Gutiérrez Aragón carga las pilas de la ficción literaria soñando, paseando o incluso haciendo el amor. Gloria mía puede ser encasillada como novela moderna de aventuras, que sutura en un mismo personaje, a la vez héroe y antihéroe, la aventura del guerrillero en las selvas colombianas y la aventura, igualmente agresiva, como empresario en la jungla del capitalismo neoliberal. Gloria mía tiene como soporte argumental la historia de un personaje, José Centella, que tras ser víctima de un absurdo incidente doméstico, entra en contacto con un hombre al que relatará su vida, que no es otra que la deriva personal e ideológica de un joven escorado hacia la revolución en el seno de una guerrilla colombiana, secuencia de la novela en la que afloran trepidan
tes escenas (ataques armados, campamentos bajo el paraguas selvático, consejos de guerra amores pasionales…) Y un giro radical, de regreso en España, convertido en belicoso e impúdico alto ejecutivo empresarial, retorciendo así una vez más los argumentos de Kirilov (Los demonios): “si la revolución no es posible, todo está permitido”

Manuel Gutiérrez Aragón

   Gutiérrez Aragón presenta con eficacia, en esta su ficción tejida con lenguaje literario, una peripecia aventurera, pero sobre todo efectúa un gran ajuste de cuentas con las utopías del pasado, con la visión liberadora de las contiendas revolucionarias latinoamericanas. Y un ajuste de cuentas, igualmente incisivo con la vacua inmoralidad del capitalismo occidental donde todo está permitido.
                                           
Francisco Martínez Bouzas

(Este texto es la versión española del que fue publicado en gallego el 25 de septiembre de 2012 en el periódico El Correo Gallego de Santiago de Compostela. Par ver la versión original gallega, pinchar aquí)

lunes, 24 de septiembre de 2012

UN COLOSAL FRISO LITERARIO


Una danza para la música del tiempo: Invierno
Anthony Powell
Traducción de Javier Calzada
Editorial Anagrama, Barcelona, 714 páginas
(LIBROS DE FONDO)

  
   Con la publicación del cuarto volumen -el que corresponde al tiempo de Invierno-, concluye la edición en español de una obra inmensa, una serie torrencial y, a la vez, muy rica y compleja: la melodía épica con la que Anthony Powell (195-2000) interpretó la historia inglesa desde 1914 hasta 1971: Una danza para la música del tiempo, usualmente conocida en Inglaterra como Dance. Su autor es el postrer miembro de una de las generaciones literarias británicas más sólidas y elogiadas que incluía, entre otros a Grahan Greene, Evelyn Waugh, George Orwell, John Betjeman y W. H. Auden.
   Descrito y calificado como un novelista “social comic”, Powell escribe una obra colosal. Cuatro trilogías que llenan el ciclo de las estaciones: Primavera, Verano, Otoño e Invierno. El novelista publicó sus novelas  entre 1951 y 1971, al ritmo con que las escribía, pero con posterioridad un cuadro de Nicolás Poussin, “Una danza para la música del tiempo, le inspiró el título para este magno friso literario, así como la inspiración para su definitiva estructura.
   Echando mano de un protagonista narrador, Nick Jenkins y de sus amigos y amigas burguesas, uno de los más ambiciosos ciclos narrativos avanza lentamente, como la danza de la música del tiempo, en el que las cuatro estaciones se suceden a una cadencia pausada pero inexorable. Se puede afirmar con toda justicia que estamos ante uno de los esfuerzos narrativos más ambiciosos y consistentes de la literatura moderna. Los únicos proyectos equiparables en calidad y magnitud vieron la luz en las primeras décadas del siglo XX en París y Viena, gracias a las plumas de Proust y Musil. Con ambos comparte Powell una clara inquina por el show cultural. Ninguno de los tres fue capaz de escribir solo para complacer y para ellos el éxito comercial se subordinaba siempre a una apasionada seriedad y a una fe sin límites en sus proyectos.
   Pero es sobre todo En busca del tiempo perdido de Marcel Proust la obra con la que Una danza para la música del tiempo comparte la ambición y  el interés memorialísticos, históricos y sociológicos. Como el escritor francés, A. Powell no tiene la intención de contarnos una historia, todo lo que pasó, como pretendía hacer la novela decimonónica, sino representar fragmentos de la vida para que los lectores los enlacen en la perpetua e inagotable factoría de su imaginación.
   Eso es lo que ocurre en las tres novelas que forman el ciclo de Inviern,. publicadas originariamente entre 1971 y 1975. Para los protagonistas de esta Danza ha llegado la madurez del invierno. Todos ellos, a pesar de sus relaciones y valores cambiantes, ya han recogido las definitivas cosechas de sus existencias. Así, en un tiempo mudable, en el que comienzan a asomar caravanas de hippies, se cierra una obra mítica de la literatura inglesa del siglo XX, escrita con prosa lenta, casi narcotizante, por un escritor al que Sir Vidia Naipul calificó como el más ambicioso de la literatura inglesa.

Francisco Martínez Bouzas



Anthony Powell

Fragmento

“Una serie de macizas camareras de mediana edad se afanaban sirviendo en el comedor, intercambiando bruscas instrucciones en su lengua y haciendo ruido al golpear las fuentes. En aquel momento, una de ellas interpuso entre Truscott y yo una gran fuente de pescado, cortando nuestra conexión. Mi vecino ruso aprovechó la oportunidad para darme conversación. Pronto, siguiendo el proceso natural de las cosas, nos encontramos hablando de los autores rusos. Tras los Lérmontov y Pushkin, Gógol y Goncharov, Chéjov y Tolstói, surgió el nombre de Dostoieski. Pernistone -que jamás hubiera permitido que los niveles intelectuales se vieran rebajados por el mero hecho de estar en el ejército y con una guerra en curso, se había quejado de que al hablarle en una ocasión al general Lebedev de la parábola del Gran Inquisidor de Dostoivski, el agregado militar soviético (muy poco convincente como soldado regular) le hubiera recomendado la visión de Nekrasov como más ajustada a la realidad de la vida rusa. En resumen, que siendo imposible ignorar a Dostoievski, e igualmente imposible asimilar en la realidad comunista una figura tan monolítica como embarazosa para sus paisanos, el tema parecía tendencioso para aludir  a él en aquel almuerzo, por muy inequívoca que fuese la tradición política de la novela rusa.”

(Anthony Powell, Una danza para la música del tiempo: Invierno, página 420)

jueves, 20 de septiembre de 2012

UNA IRÓNICA FÁBULA MODERNA


Criaturas de la noche
Lázaro Covadlo
Acantilado, Barcelona, 176 páginas
(LIBROS DE FONDO)


   Lázaro Covadlo  es un lúcido  e irónico cronista de los más obscuros recovecos de la actualidad. Así lo pone de manifiesto la trama argumental de su novela, Criaturas de la noche, con la que obtuvo el Premio de Novela Café Gijón en el año 2004 y que hoy rescato de los libros de fondo. Una pulga de pensamiento reverberante y condición mefistofélica se cuela cierta noche  en el oído de Dionisio Kauffman. Dos motivos provocan que el personaje de condición humana se entere de la presencia del colonizador de su oreja. En primer lugar el dolor del mordisco del parásito que le provoca un desvanecimiento. Pero además la pulga es un parásito humanizado: tiene la capacidad  del habla y llegará a convertirse en la voz de la conciencia de Dionisio que, guiado por los consejos del  minúsculo colonizador de su pabellón auditivo, comenzará a ascender en el escalafón social y no habrá negocio, mujer u hombre que se le resista. Porque el chupasangre llega al oído de Dionisio precedido de una larga experiencia como asesor de imagen. En su hoja de vida figuran los pabellones auditivos del Marqués de Sade, Erzsébet Báthory, Giacomo Casanova, Albert Eistein y el iluminado apocalíptico Vito Tarsicio.
   Adelantaré para todos aquellos que no conozcan a Lázaro Covadlo, un escritor que tiene al absurdo como motor de la vida, que nació en Buenos Aires en 1937 y es en la actualidad un mordaz y lúcido cronista de la actualidad en la edición catalana del periódico español El Mundo. En 1992 había resultado finalista de la versión argentina del Premio Planeta con la novela Conversaciones con el monstruo. Cinco años más tarde edita el volumen de cuentos, Agujeros negros y a partir de entonces, otras novelas y libros de relatos: Remington Rand: una infancia extraordinaria, Bolero, La casa de Patrick  Childers e incluso alguna publicación de humor. Su penúltima creación es la novela ganadora del Premio Café Guijón, publicada por El Acantilado, el sello editorial que edita en los últimos años las piezas literarias galardonadas en este certamen en el que se suele premiar “por los gustos del jurado y no por los gustos del editor”. La última, Las salvajes muchachas del Partido (2009).
   Criaturas de la noche es uno de esos libros que el crítico siente el gusto de reseñar, libros en los que, parafraseando al académico y catedrático de literatura comparada, Darío Villanueva, las palabras de los textos llaman a las palabras de la crítica para ejercitar su función más genuina: la axiología literaria. En el caso que nos ocupa, el juicio de valor no puede ser más que positivo, porque con la frescura de la ironía, con una prosa fluida que avanza ella sola con insólita naturalidad, Lázaro Covadlo nos aproxima a una fábula moderna, al mismo tiempo divertida y moralizante, aunque del libro están desterradas las prédicas y las moralejas.
   Echando mano de la sátira social, tan antigua como nuestra especie y recogiendo los tópicos de la Antigüedad clásica y de la Edad Media (el “ubi sunt”, las damas “du temps jadis” de Villón o el retrato del latido temporal de la vida de Jorge Manrique), L. Covadlo nos atrapa con una fábula de condición a la vez kafkiana y fáustica. Una parábola de nuestro mundo que se convierte en alegato contra aquellos valores que dominan de forma hipertrófica en el mundo actual: el poder, el dinero y el sexo. Serán ellas, las clases dirigentes que detentan estos poderes, las criaturas de la noche del reino humano.
   En el relato comparten protagonismo un hombre un poco pelma, Dionisio, ya habituado a constantes meteduras de pata y la pulga, la criatura de la noche, condenada a la oscuridad, y que halla alivio y sustento en toda clase de humanas secreciones. Este pobre hombre que es Dionisio, habita en un barrio marginal y trabaja como insignificante y mediocre vendedor inmobiliario. Pero una noche escucha la voz que lo llama. Es la de la pulga, una pulga muy especial acostumbrada a “pilotar” seres humanos como si fuesen vehículos y a los que convierte en ricos y les enseña  a ascender en la escala social a cambio de ciertos favores. Así pues, una pulga mefistofélica que vivirá en simbiosis con Dionisio. La relación que establecen entre ambos es un calco de un pacto con el demonio y “una unidad de destino universal”. La pulga quiere sangre, disfruta con todos los humores corporales. Por eso mismo el pacto que con ella realiza Dionisio es muy sencillo: mujeres y riquezas a cambio de humores corporales. Los consejos de la pulga – algunos tan “razonables” como el de que es mejor ir de putas que discutir – le ayudan a Dionisio a tener ventas exitosas, a ser convincente, incluso empleando frases bíblicas inspiradas por Dios, el mejor asesor financiero que jamás existió. Es así como el hombre vulgar se convierte en triunfador. Hasta que Dionisio rompe lo acordado y entonces la pulga emigra a otros oídos y el protagonista vuelve a su condición original, empobrece y es expulsado del club de los afortunados. No tiene otra opción que instalarse en la acera de enfrente donde “van los señoríos derechos a se acabar y consumir”.
   Lázaro Covadlo, como ya señalé, no es un predicador sino un narrador satírico, quizás también escéptico, mas siempre ocurrente y divertido. Su humor transexual, como él lo califica, aleja a la novela de cualquier tipo de maniqueísmo. E incluso en las largas peroratas que se permite el díptero, algunas, discursos muy evidentes, no existe adoctrinamiento. Solamente un recuento de las humanas miserias a través de una trama argumental inverosímil pero que se lee con placer a pesar de ciertas caídas de la tensión rítmica del relato. Una novela pues que afianza a Lázaro Covadlo en el territorio de la más fascinante literatura española contemporánea.

Francisco Martínez Bouzas



Lázaro Covadlo



Fragmentos

“Aquella noche Dionisio dejó aparcado el coche  a menos  de dos calles de su domicilio. Todavía resonaban en su memoria auditiva los gemidos de placer de la pulga mientras el copulaba con una prostituta obesa, la misma que había entrevisto la noche en que Pulga aguijoneó su tímpano. No había sido la que él hubiese elegido, pues la seleccionó el insecto. Él hubiera preferido revolcarse con una rubia esbelta que le hacía recordar a Pamela, pero tuvo que renunciar a ella durante la primera hora en el burdel. Después, cuando la pulga quedó saciada de la gorda, accedió a que fueran con la rubia. No estuvo del todo mal, pero Dionisio se hubiera empleado más  a fondo de haber sido ella la primera de la tarde. De cualquier modo había gozado lo suyo con la puta gorda, más que nada por el estímulo de los gemidos y jadeos de su huésped.”

…..

“¿Sabes, Pulga?, me decía Vito Tarsicio durante la época que anidaba en su oído. ¿Sabes, Pulga?, la masturbación es el último reducto de la libertad. Cuando no puedes hablar ni dejar de aplaudir o rezar, cuando no te permiten preguntar o mirar a los ojos, cuando está prohibida la risa, las lágrimas y la sonrisa, siempre te queda el recurso de masturbarte. Incluso en los monasterios y conventos más rigurosos era posible masturbarse, estoy seguro de que lo era. Lo era en los países en que imperaban los tiranos, lo era en las cárceles y en los campos de concentración. En cualquiera de tales infiernos siempre debía de haber un ratito libre y un rinconcito para masturbarse a resguardo de las miradas vigilantes.
Pero, mira, Pulga, decía Tarsicio, la masturbación no sólo pertenece al reino de la libertad, es también el único territorio donde se realizan las utopías y las ucronías. Jamás llegué con ninguna de mis mujeres reales a los extremos del placer que he compartido con las hembras de mis masturbaciones.”

…..

“Criaturas de la noche. Vampiros de la selva y de las curvas, criminales degenerados que acechan a sus víctimas entre la puesta de sol y la madrugada, bebedores de sangre, como Erzsébet Bárthory. Todos ellos deberían haber aprendido de la tenia, que es el rey de los parásitos. La así llamada lombriz solitaria, que hace su buena vida en los intestinos sin provocar escándalos; sin plantearse la posibilidad del rejuvenecimiento o la inmortalidad. La tenia, al contrario de Erzsébet Bárthory, no pretende la hermosura. No la pretende porque no la necesita. No tiene que seducir a ningún otro ser: se basta a si misma para los negocios sexuales. ¡Eso sí que es independencia! En cada uno de los segmentos de su cuerpo, que puede llegar a los quince metros, hay órganos sexuales completos, masculinos y femeninos. La tenia se folla a si misma. Criaturita de la noche. Nosotros, los que rehuimos en todo momento la luz del sol, somos los reyes de la oscuridad. No como la Condesa Sangrienta, que aunque depredaba por la noche, no le hacía ascos al día. Nosotros sólo habitamos la oscuridad, Dionisio”

(Lázaro Covadlo, Criaturas de la noche, páginas 47, 106-107, 140)

miércoles, 19 de septiembre de 2012

LITERATURA DE SENTIMIENTOS


El pueblo que yo soñé
Hubeto Pérez Bernate
Editorial Pelícano, Charleston (USA), 2011 (2ª edición), 130 páginas.

   Una vez más con esa “asepsia lectora” que agradece cualquier escritor de quien lee y valora sus libros y por supuesto también el autor de esta novela breve, el profesor colombiano, Hubeto Pérez Bernate, director EE.UU de la Editorial Pelícano, me acerco al último libro de un escritor que por su elevado concepto ético no lo publicita por el hecho de estar publicado en la casa editorial por él dirigida.
   El pueblo que yo soñé, la última pieza narrativa de Hubeto Pérez Bernate, sumerge al lector en la literatura de sentimientos. Acostumbra ser el género lírico donde los seres humanos expresamos nuestros sentimientos. Sin embargo nunca la narrativa ha sido ajena del todo a tal expresión. El género narrativo es el relato de sucesos vividos por unos personajes en un espacio y en un tiempo. Pero esos personajes no son solamente actores de sucesos, sino que también piensan, se emocionan y sienten. Y todo ello puede ser contado. Es lo que hace el relator protagonista de El pueblo que yo soñé: hacernos partícipes de sus vivencias más íntimas, sus estados de ánimo, sus estados amorosos, centrados en este caso en el amor familiar. Narrativa de sentimientos que nada tiene que ver con la novela sentimental de los siglos XV y XVI.
   Hubeto Pérez Bernate le da forma, como he dicho, a una sencilla, pero intensa historia de amor familiar: la crónica de un viaje y de su prólogo para cumplir la última voluntad de un ser especial que arrulló la infancia del protagonista relator con historias rebosantes de mitos y leyendas. Ese ser es el abuelo recién fallecido que, a modo de testamento le encomienda al nieto la aventura  de trasladar sus cenizas desde un país latinoamericano que no nos es revelado, a un hermoso lugar en pleno corazón del Valle del Guadalhorce, Alhaurín el Grande, que en su día enamoró al hispanista Gerald Brenan  y llamado precisamente  “El pueblo que yo soñé” en una novela de Antonio Gala. Ese es el lugar que vio aflorar la vida del difunto abuelo.
   En un relato lineal, basado en la sencillez argumental y en la emotividad y que posiblemente arrancará más de una lágrima, el escritor colombiano nos hace partícipes de la pequeña peripecia de un viaje parco en hechos y en el que afloran las historias familiares y que significará el ajuste de cuentas con el destino en el pueblo soñado.
   El hilo conductor del relato de Hubeto Pérez Bernate es la vivencia de ese artífice necesario de la existencia humana que es el  amor, fuente inagotable de emociones y de sentimientos. Pequeñas digresiones descriptivas adornan  el sencillo núcleo diegético que el autor nos transmite con una lengua en la que están sobre todo presentes la naturalidad, la fluidez y la eficacia, no  exenta además de algún término (“ancianato”) o expresión (“Sonreí de aquello”), manifestaciones enriquecedoras de la común lengua que nos une a pesar de las distancias.
   Memoria estremecida pues de una historia de amor teñida de nostalgia. Literatura del sentimiento, un componente denostado con frecuencia por la crítica, que sin embargo no anula nada, sino que se convierte en un resorte especial que incentiva no solo corazones, sino también el ser entero de la especie a la que pertenecemos, hecha de razón  y también de pasión.

Francisco Martínez Bouzas


Hubeto Pérez Bernate

Fragmento

   “La frescura ha llegado a mi. Ahora siento que me he quedado aquí, a solas con el abuelo y con Alhaurín el Grande, la bella ciudad que solidariamente se escondía en las memorias del abuelo, la ciudad de su infancia y de sus hazañas juveniles, y puedo contemplar con mayor fervor cada rincón de sus calles, calculando sus huellas del pasado, un pasado que –según José- , delatan el asentamiento de fenicios, griegos, romanos, visigodos y árabes y –lo digo yo ahora-, también del abuelo. No por más, me siento libre, con la inocencia de un destino acabado tras haber respetado la memoria del abuelo cumpliendo su voluntad sin reparo”

(Hubeto Pérez Bernate, El pueblo que yo soñé, páginas 121-122)

miércoles, 12 de septiembre de 2012

UN CANTO FÚNEBRE POR KATERINA HOROVITZOVÁ

Una oración por Katerina Horovitzová
Arnost Lustig
Traducción de Patricia Gonzalo de Jesús
Editorial Impedimenta, Madrid, 2012, 160 páginas.

 
    Irónica quizás como ha señalado alguna crítica, pero sobre todo aterradora. Así es esta novela Una oración por Katerina Horovitzová del galardonado escritor checo, Arnost Lustig (1926-2011). Probablemente una de las obras que muestra de forma más plástica y viva las atrocidades de la “Solución final”, seguramente porque el mismo escritor vivió en su juventud la experiencia traumática de los campos de exterminio nazis.
   La trágica ironía de esta novela sobre el Holocausto está confinada en poco más de ciento cincuenta páginas, pero a pesar de su brevedad es una de las mejores novelas sobre la Shoah. Desde la primera página hasta la última, el lector capta de inmediato que  el texto o mejor dicho algunos de  personajes principales en él retratados, en especial el que tiene el poder, dicen cosas aparentemente sin ironías, pero sus palabras significan todo lo contrario. Y el resto de los personajes, las víctimas, esperanzadas por la posibilidad de comprar la vida y saldar la muerte, caen fácilmente en el engaño. Pero el lector sospecha todo desde el principio y por eso no se produce el efecto sorpresa, sino un “in crescendo” del drama, ya que desde las primeras líneas captamos que el grupo de judíos que creen viajar hacia una libertad comprada a base de sus caudales, corren en realidad hacia la muerte.
   Para comprender todo este irónico dramatismo será preciso acercarnos a la trama argumental. La novela sigue el periplo de un grupo de acaudalados hombres de negocios judeoamericanos de paso por un campo de concentración nazi en Polonia. Pertrechados en sus pasaportes norteamericanos y en su dinero, reciben la promesa de su repatriación, intercambiados por otro grupo de altos mandos del ejército alemán. Su interlocutor, guía y extorsionador es un alto oficial de la SS. Ya en la primera escena leemos que la bella y joven judía de diecinueve años, Katerina  Horovitzová, contradiciendo por primera vez a sus padre en el anden del ferrocarril de la muerte con las palabras “Pero yo no quiero morir”, provoca la compasión del portavoz de los prisioneros judíos, Herman Cohen, que consigue a cambio de dinero que Katerina se una al grupo, mientras sus padres y hermanas, sin ella saberlo, son gaseados.
   Y así comienza un viaje sin retorno en un tren que debería llevarlos al lugar del intercambio. Poco apoco pero sin pausa, la retórica verborrea revestida de irónica ironía del oficial alemán que les acompaña y la ceguera del Sr. Cohen, irán extorsionando al grupo, haciéndoles firmar cheques, a cobrar en bancos suizos, por todos los gastos hasta el más mínimo detalle y muchos de ellos inventados, del viaje y del intercambio. También poco a poco comprenden que la suya no es una operación de rescate sino un verdadero expolio y que las ingentes cantidades de dinero comprometidas son el precio de su supervivencia. Pero el lector sabe que se trata de algo mucho más siniestro desde el momento en el que la expresión “la solución final” aparece cada vez con mayor frecuencia y con macabro significado. Van y vienen. El tren les lleva de un lado para otro, sometidos a crecientes extorsiones y siempre regresan al campo matriz donde están las cámaras de gas y los crematorios.
   Al final les espera el abismo que todos presentimos desde el comienzo y cuyos contornos desde la lejanía se habían ido adaptando para moldear sus expectativas, haciéndoles creer que el dinero era capaz de comprar la vida y liquidar las cuentas de la muerte.
   Es mérito del narrador el saber jugar hábilmente con esa información que el lector sospecha desde la primera página, pero no así los prisioneros, sombríamente ciegos por el ansia de vivir. Cuando el expolio de sus bienes se hace palmariamente evidente, Lustig con gran pericia y realismo refleja el terror de los protagonistas que quieren negar la evidencia. Llegará un momento el que unos se dejan dominar por el pánico, mientras otros conservan vanas esperanzas y colaboran con sus verdugos. Solo Katerina reacciona como una heroína, nunca pierde su dignidad y su comportamiento se incrusta  en el mito y en la leyenda de las grandes protagonistas de los dramas del pueblo hebreo, merecedora por consiguiente del impresionante canto fúnebre del el rabino, igualmente prisionero, que incinera los cuerpos gaseados.
   La novela avanza por un cauce regular, aderezada  por un tono fantasmal que Lustig refleja desde el principio con gran lirismo, un lirismo escalofriante, fatalista con alegorías que hielan la sangre (El viento que corre por el campo no es viento, sino ceniza). En definitiva una obra narrativa que de forma magistral reproduce el encuentro y la colisión entre la razón y la barbarie, entre un mundo gobernado por la  brutalidad de la bestia, que se considera a si misma raza superior, que anula cualquier mecanismo humano, y unos pobres hombres desarmados incluso de su dignidad y que, más allá de toda esperanza, siguen confiando en huir del reino de los muertos.

Francisco Martínez Bouzas


Arnost Lustig

Fragmentos


“Después de contemplar la multitud tras las alambradas y la humeante chimenea de detrás de las vías, su padre acababa de decirle: «Hemos venido aquí a morir». En la familia Horovitz nunca había estado bien visto contradecir al cabeza de familia. Ella tampoco era aún lo bastante independiente como para permitírselo. Sin embargo, se apeó del tren exhausta y espantada; en su interior no compartía la opinión de su padre, y por fin se atrevió a expresarlo en voz alta. Puede que fuera su mirada o su flexible paso de bailarina, su orgullo o, en definitiva, su abierta súplica (nadie lo supo nunca con exactitud y, en vista del resultado, tampoco importaba) lo que animó a Herman Cohen a reclamarla como mediadora entre Bedrich Brenske y el grupo. Fue en el instante en el que ella dijo a su padre sin tapujos y con franqueza: «Pero yo no quiero morir…»

…..

“No alcanzaba a escuchar la voz del sastre repitiéndose para sus adentros que también los pulmones del señor Brenske, y el tórax del señor Herman Cohen, y los pechos de la  propia joven, y hasta las vías respiratorias del sargento Emerich Vogeltanz, todos estaban henchidos de aquella ceniza, y que ella, mucho más que ninguno de ellos, estaba inhalando las cenizas de sus seis hermanas, de su madre, de su padre y de su abuelo; pero no le estaba permitido descubrirlo a través de palabras, sino solo leerlo en sus ojos. Habían sido, serían y permanecerían estigmatizados por aquella ceniza.”

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“Al día siguiente, al amanecer, y por orden de Bedrich Brenske, se expuso el cadáver de la bailarina judía de diecinueve años, Katerina Horovitzová en el almacén contiguo al crematorio, donde (como ya se ha dicho ya) se dejaba secar el pelo que se cortaba a las mujeres ejecutadas en las cámaras de gas. Todo el proceso se cuidaba con la más esmerada atención. Una parte de los hombres del comando especial, ayudándose con mangueras, regaban a las gaseadas con chorros para limpiar sus céreos cuerpos de todo lo que se mezclaba con ellos: la sangre que esputaban los pulmones enfermos, la sangre que era muestra de la salud de las muchachas y de las mujeres en edad de concebir, o la sangre que fluía de las uñas que se clavaban en los cuerpos de sus propios dueños o en los de sus inmediatos vecinos.”

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“El rabino Dajem de Lódz acariciaba sin descanso el cabello y el rostro de Katerina Horovitzová como había hecho en cientos de ocasiones anteriores, repitiendo sin cesar:
-Mi pequeña, mi tierna, mi valerosa criatura. Alabado sea tu nombre, antes que el nombre del Señor. Valiente, luchadora. Alabado sea mil veces tu nombre.
Más tarde contempló cómo su cuerpo se hacía cenizas después de que lo hubieran desprendido de su cabello, mientras repetía entre cánticos que ni Bedrich Brenske, ni su ayudante, ni ninguno otro comprendía:
-Cien veces valerosa, cien veces bondadosa, mil veces justa, mil veces bella…”

(Arnost Lustig, Una oración por Katerina  Horovitzová, páginas 11, 55, 156-157, 160)