lunes, 27 de noviembre de 2017

LOS ECOS DE LA GUERRA EN LA CONCIENCIA DE UN NIÑO


El año que nevó en Valencia
Rafael Chirbes
Editorial Anagrama, Colección “Nuevos Cuadernos Anagrama”, Barcelona, 2017, 48 páginas.

   

   Tras su publicación en el año 2003, en una edición reducida y poco menos que testimonial, en el número 24 de Cuadernos de Mangana, Anagrama reedita ahora esta pequeña joya narrativa de Rafael Chirbes (1949-2015), en la colección recientemente renacida “Nuevos Cuadernos Anagrama”. Un texto autobiográfico, El año que nevó en Valencia, que estuvo a punto de ser repescado hace tiempo pero que el fallecimiento de Chirbes en el año 2015 dejó en suspenso. Un libro hiperbreve  que nos permite adentrarnos en otra faceta del escritor, del que se ha dicho que fue testigo de su tiempo, el Galdós del siglo XX.
   La trama argumental no es otra cosa que un maravilloso ejercicio memorístico y a la vez nostálgico de las vivencias infantiles circunvaladas  por una Guerra que todavía no había concluido del todo. Esos recuerdos se agolpan en un día en que, siendo un niño, asistía con otros familiares al cumpleaños del hermano del padre difunto. Una fecha invernal de 1956 en la que nevó en Valencia durante varios días hasta el punto de parecer una ciudad nórdica. Una celebración especial -solamente se celebraban los cumpleaños de los niños, no los de los mayores- en la que parecía que iba a ocurrir algo: el último día de  un encuentro familia. La definitiva despedida de la familia, porque a los pocos meses tendrá que llamar tío al nuevo marido de su madre, abandona la ciudad levantina y comprende que ya no era de ningún sitio y que ya no formaba parte de la familia.
   Una historia vivida y sufrida con ojos y mentalidad de niño, pero que dejó un imborrable recuerdo en su memoria. Recuerda, sin inventarse nada, cómo la nieve cubría las calles de Valencia. Una nieve que no se derretía. Revive los olores: el olor a albañal de las noches calurosas, las heridas de la Guerra: las casas en ruinas, las tapias amarillas llenas de carteles, los edificios en los que aparecía la palabra REFUGIO. Es la ciudad destartalada, como destartalada le parece París a la que llega varios años más tarde en un viaje en autostop. El duro aprendizaje de París que no le parece la ciudad de la luz, sino oscura, húmeda y gris.
   El niño vive, y no en diferido, las consecuencias de la Guerra que él identifica con el sufrimiento, la irregularidad y que comprueba cuando la familia escondía víveres, traídos del pueblo, para que no se los requisasen los empleados de consumos.  Recuperación de las mil experiencias infantiles, incluida la diglosia -la gente del pueblo habla valenciano y la de la ciudad castellano-, y especialmente, un recorrido nostálgico por los miembros de la familia. La tía abuela Margarita que le riñe al tío Juan por haberse acercado con su mujer a la Malvarrosa “para contemplar la playa nevada y ver las olas moviéndose por encima de la nieve.”; el padre ausente para siempre, la madre viuda pero que en esta celebración viste de alivio; el tío Antonio que en el pueblo lo llevaba a pescar. En fin, las personas mayores que, en la óptica infantil, no entendía nada, eran hirientes.
   También de este breve texto se puede decir aquello que Rafael Chirbes tenía como lema: “Yo hago literatura de lo que veo.”. En este caso de lo que vieron, escucharon, olieron y palparon los sentidos infantiles, reproducido todo con fidelidad detallista, aunque quizás es más relevante lo que el autor solamente deja entrever. Un relato concentrado, pero no carente de intensidad; escrito con la misma calidad de página que la de algunas de sus novelas que marcaron cumbres y fronteras. Prosa sencilla, natural e intimista, ciertamente galdosiana porque crea una historia, en este caso el fluir de una infancia, imaginándola alrededor de unos personajes y de los acontecimientos de un momento histórico: una Guerra y una Posguerra igualmente hiriente que dejaron huellas amargas en la conciencia infantil.

Francisco Martínez Bouzas


Rafael Chirbes


Fragmentos

“Yo creo que fue en el invierno del cincuenta y seis cuando estuvo nevando durante varios días y Valencia parecía una ciudad nórdica. Recuerdo la nieve en las barandillas de los viejos balcones, cayendo con un ruido sordo desde lo alto de los tejados, cubriendo las aceras. No me lo invento ahora. Fue tal como lo cuento.
Aunque parezca mentira, en las calles de Valencia había montones de nieve, y los barrenderos y los propietarios de las tiendas del centro no daban abasto a quitarla con las palas. Porque es que, además, no se derretía, ya que hacía un frío tremendo. Me gustaría encontrar algún periódico  de entonces para saber qué temperaturas se alcanzaron por aquellos días. Ver de nuevo las fotografías de las calles y las gentes de la ciudad en algún viejo periódico sería sin duda un buen ejercicio de memoria.”

…..

“A mí me parecía que aquella guerra de la que hablaban aún no había concluido del todo, especialmente cuando preparábamos las cestas en el pueblo y las llenábamos de verduras, y hasta escondíamos algún conejo y algún pollo que había que procurar que no descubrieran unos señores que asomaban la cabeza desde el interior de una caseta de madera a la puerta de la estación. Eran los empleados de consumos. Para mí, aquel sigilo con que pasábamos las provisiones, las conversaciones en las que se hablaba de la necesidad y aquellos hombres a los que temíamos -«coge tú la cesta y pasa delante», me decía mi madre al bajar del tren- eran la prueba de que la guerra continuaba.”

…..

“Estoy convencido de que, para entonces, yo había ya empezado a saber que no éramos de ningún sitio, y que, ahora, como le pasaba a la tía Luisa, ni siquiera formábamos parte de la familia. El perro. Por cierto que, mientras mi madre estaba fuera, y el Canario se había ido al bar, pidiéndome que guardara los bultos, bajó del tren que llegaba de Xátiva (uno de esos trenes cuyos vagones llevaban arriba jardineras) cierto hombre que me pareció el tío Juan, por su elegancia. Vestía un traje blanco y un panamá y caminaba con paso medido. Emocionado, corrí hacia él, y salté para abrazarlo. Solo en el último momento me di cuenta de que se trataba de un desconocido. Él se quedó mirando con extrañeza a aquel niño que se le venía encima, y yo me quedé mudo, inmóvil, sin atreverme a levantar la vista. Tenía miedo de que aquel Canario hubiera contemplado la escena, hubiese advertido mi emoción y se diera cuenta de que yo quería seguir perteneciendo a todo aquello.”


(Rafael Chirbes. El año que nevó en Valencia, páginas 7-8, 14-15, 47-48)

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