lunes, 6 de noviembre de 2017

CONTRA EL FALSO OLVIDO. HOMENAJE A LA DIGNIDAD REPUBLICANA

Perros que duermen
Juan Madrid
Alianza Editorial, Madrid, 2017, 431 páginas.

   

   Juan Madrid (Málaga, 1947) es un prolífico escritor de novela policiaca, periodista y guionista de cine y TV. En su haber figura una cuarentena de obras, entre las que sobresalen las novelas protagonizadas por el personaje Toni Romano. Varias de sus novelas como Días contados han sido adaptadas al cine. Como autor de novela negra es uno de los grandes referentes en España. Tal fue el dictum de Vázquez Montalbán: “Los escritores de novela negra en España somos tan pocos que Juan Madrid es uno de los dos”.
   Perros que duermen, una pieza de largo recorrido, es posiblemente la novela más ambiciosa de Juan Madrid. Una novela que admite varias lecturas: novela negra, de investigación, de recuperación de la memoria histórica, homenaje a la dignidad republicana y contra el falso olvido impuesto en España por la Transición. Perros que duermen nos sumerge de lleno en los días sombríos de la Guerra Civil española y en la igualmente sangrienta y tenebrosa Posguerra, cuyos ecos perduran, gritan y chirrían en nuestro presente. Novela con múltiples saltos en el tiempo, con muchos personajes y dos grandes protagonistas: el falangista Dimas Prado y el combatiente republicano Juan Delforo Farrell, padre de Juan Delforo, personaje recurrente en varias piezas de Juan Madrid, y sin duda alter ego del escritor.
   La trama de esta novela de más de cuatrocientas páginas y que solamente se resuelve al final, se inicia a comienzos de octubre de 2011. El periodista Juan Delforo, con un pasado de militancia en la lucha antifascista, es convocado a un chalet de El Viso para recoger un manuscrito propiedad de Dimas Prado, un personaje conocedor de terribles secretos del Estado. Dimas Prado se había suicidado recientemente. Un supuesto hermanastro suyo, Guillermo Borsa, le hace entrega del legado, una narración de ciertos sucesos que habían  acontecido en Brugos, capital del régimen franquista en 1938; con la petición de que utilizará el contenido del legado en alguno de sus escritos. Se trataba de un crimen impune, el asesinato de una joven prostituta por un jerarca del régimen franquista. Dimas Prado, en aquellos años comisario de la policía, recibe el encargo de borrar toda huella de ese crimen y eliminar a todos aquellos que saben algo sobre el mismo. De forma muy eficiente y sin ningún reparo, lo hace, lo que relanzará su carrera. En las pesquisas conoce a Ana, una viuda que no es lo que parece.
   En uno de los saltos en el tiempo, la narración se traslada al Madrid del año 1945: los falangistas sospechan que Franco va a prescindir de ellos y, ante esa posibilidad, Dimas Prado reconstruye el crimen de 1938 con el propósito de devolverles la traición a los franquistas. Ese mismo año, Juan Delforo Farrell, profesor y militante republicano que había participado activamente en la Defensa de Madrid, es detenido, torturado salvajemente y condenado a muerte. Se libra del fusilamiento gracias a la intervención de Dimas Prado a cambio de una información importante para su futura carrera política, y le permite así mismo un encuentro con su mujer, Carmen Muñoz, con la que todavía no se había casado, pero  a la que lo unen lazos nunca revelados. Purgará treinta años de trabajos forzados en un destacamento en Mohedas de la Jara (Toledo) hasta 1949, fecha de la amnistía general promulgada por Franco.
   Hasta aquí la parte más visible de la trama. Pero lo más importante de  Perros que duermen es el relato de los días de plomo de la Defensa de Madrid y de la “larga noche de piedra” de la Posguerra. En ese relato, se dan cita tres grandes ejes narrativos que le dan forma a un triángulo social, engarzado en una narración memorialista. Uno de ellos, sin duda el más importante y el más épico, es el que, en forma de diario carcelario iniciado en la prisión del Puerto de Santa María, compuso Juan Delforo Farrell en el que da cuenta de sus vicisitudes durante la Defensa de Madrid. Los otros son el de Dimas Prado, el falangista comisario que investiga el asesinato cometido en Burgos, y el de Antonio, un macarra de la capital madrileña en los años cuarenta. Su relato nos permite catar la podredumbre de un régimen  que prohibió la prostitución, pero que toleraba los cabarets de mujeres, muchas de ellas mujeres solas que tenían a sus maridos en las cárceles, campos de concentración o habían sido fusilados. La prostitución era su única forma de vida.
   El diario de Juan Delforo Farrell nos permite conocer con detalle las espantosas torturas que tuvieron lugar durante la dictadura franquista, la situación atroz de los presos en el penal del Puerto de Santa María y en el campo de trabajo de Mohedas de la Jara. Así como buena parte de los hechos bélicos, sobre todo los referentes a la Defensa de Madrid: los actos de heroísmo, la nula disciplina de los milicianos, sus huidas ante la presencia de los franquistas, los comportamientos bárbaros de estos últimos sobre todo cuando tomaban una localidad: fusilamientos, violaciones masivas de mujeres… Delforo sueña una y otra vez durante la lucha encarnizada por Madrid, sueños que se repiten en el penal del Puerto de Santa María, que perros hambrientos se mueven en tierra de nadie devorando los cadáveres. Miles y miles de perros, unas veces con uniformes falangistas y otras sin él, aparecen en sus duermevelas y uno de ellos sube a su pecho y lo desgarra.
   Similar es la narración del estado en el que fue hallada la joven prostituta asesinada en Burgos, crimen que los franquistas no quieren que llegue  a oídos de los rojos de ninguna manera. Estaba comida como si unos perros famélicos hubieran destrozado sus partes sexuales.
   La novela es en definitiva una tremendo fresco de la Guerra y de Posguerra. El oprobio, la humillación y la pavorosa represión a la que fueron sometidos los vencidos, así como la lucha que continuaron después de la derrota aquellos milicianos y milicianas que nunca se dieron por vencidos. Una larga lucha contra el dictador, el monumento ético más importante del siglo XX europeo en palabras de Juan Delforo hijo. Por ello mismo Perros que duermen es, desde la ficción, un ajuste de cuentas con el relato falso y artificial de la Transición, un pacto entre las élites y no un renacer de la democracia como se nos ha vendido, confiesa Juan Madrid. Reivindicación de la legalidad republicana y de la lucha por la democracia real, que poco tiene que ver con esa democracia formal de baja calidad, que nos pretenden vender los que mandan. Una novela por consiguiente que huye de las medias tintas y de la equidistancia ideológica.
   Desde el punto de vista técnico, Perros que duermen es una pieza rica y compleja: un abanico de historias que tienen lugar en distintos momentos y en diferentes escenarios, con varias analepsis, múltiples actantes, aunque todo ello está interrelacionado. Excesivo y demasiado minucioso, en mi opinión, el relato que hace Delforo del día a día de sus participación y de la de los milicianos y milicianas que dirige en el frente de Madrid. Un estilo de prosa preñado de fuerza y a la vez seco y cortante, para hacernos llegar algunos de los asuntos más sombríos de la Guerra Civil y de la Posguerra, en las que pulularon perros reales y metafóricos, ciertamente hambrientos de sangre, y que dan la impresión de estar dormidos, pero que están dotados de afilados colmillos para morder cuando les conviene, como estamos presenciando en estas fechas.

Francisco  Martínez Bouzas


Juan Mdrid



Fragmentos

“En un cuartucho en los sótanos de la comisaría me despojaron de mis pertenencias y me dejaron completamente desnudo. Uno de los escirros arrojó mis gafas al suelo y las hizo trizas a pisotones. Luego me esposaron las manos a la espalda  y comenzaron a golpearme con varillas de acero que silbaban antes de clavarse en mi cuerpo. Tres hombres se turnaban pegándome. Intenté cobijarme acurrucándome en un rincón. Al poco tiempo mi espalda era una pulpa sanguinolenta. Uno de ellos me agarró del pelo y me dio una serie de puñetazos en la boca. Me rompió varios dientes, que escupí. Recuerdo que me dijo:
-No vas a poder comer turrón en tu puta vida, comunista de mierda.
Perdí el conocimiento. Después, en algún momento, me cubrieron con un tabardo militar y me arrastraron descalzo a un despacho. Dejé un reguero de sangre en el suelo. Al pasar por un pasillo, escuché voces de niños y mujeres que parecían ensayar villancicos. Entonces comenzaron los verdaderos interrogatorios.”

…..

“Es curioso, lo que mejor recuerdo de aquel tiempo son los perros.
«Los perros aparecen otra vez». Recuerdo esa frase en los partes diarios que enviaba en diciembre del 36 al cuartel general de la brigada. Los perros vagabundos y hambrientos que estaban por todas partes en el frente de Madrid. Hurgaban entre los escombros y se disputaban los pocos desperdicios que aún eran capaces de tirar los madrileños. Una leyenda añadía que también se alimentaban de los cadáveres sin recoger que quedaban después de los bombardeos. Los milicianos de mi batallón me habían comentado que habían visto perros vagar por la zona de nadie entre nuestras fortificaciones y las del enemigo.”

…..

“Mariano Moreno me despierta bruscamente. Me incorporo en la cama. Soy consciente de que estaba gritando. Sudo copiosamente y respiro como si estuviera ahogándome.
-Estás soñando, Juanito, ¿qué te pasa? Gritaba: «¡los perros, los perros, han vuelto los perros, están ahí! ¡Disparad, que no se acerquen»!
-Lo siento, Mariano…, es un sueño que se me repite una y otra vez. Veo a esos perros hambrientos devorando los cadáveres en la tierra de nadie. Pero en mis sueños nos atacan a nosotros, son miles y miles… Y parecen soldados fascistas, pero son perros, perros de uniforme, un ejército de perros que nos atacan.”


(Juan Madrid, Perros que duermen, páginas 52, 125, 279)

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