lunes, 20 de marzo de 2017

"CÁSCARA DE NUEZ": CUANDO LOS ÚTEROS TIENEN OÍDOS



Cáscara de nuez
Ian McEwan
Traducción de Jaime Zulaika
Editorial Anagrama, Barcelona, 2017, 217 páginas

   Si bien ya no escandaliza a sus lectores y buenos burgueses ingleses con sus historias inquietantes como hizo en el pasado con sus ficciones de formato largo o en sus colecciones de relatos, Ian NcEwan (Aldershot, 1948) no ha perdido un solo átomo de pulso narrativo, y mantiene la misma intensidad escritural, a veces penetrando en conflictos con dilemas éticos -narrativa de ideas- o con el retrato de la vileza humana como ocurre en esta novela, no carente así mismo de ciertas dosis de provocación. Ian McEwan es posiblemente el escritor más versátil de aquella generación de los “Young British Novelists”, seleccionados en 1983 por la Revista Granta. Las historias inquietantes y turbadoras de sus comienzos han dado paso a otras más sosegadas y clásicas, aunque McEwan no ha renunciado a abordar audaces experimentos literarios, verdaderos tours de force como Nutshell, recientemente traducido y publicado en español por Anagrama con el título de Cáscara de nuez.
   Un rótulo que hace referencia a Shakespeare, citado en el epígrafe de una novela ciertamente muy hamletiana. El príncipe que soporta la tragedia y la corrupción moral, es en este caso un feto que, desde dentro de la cáscara de nuez del útero materno, es testigo de cómo  la vida de su padre pende de un hilo. Su esposa veinteañera, Trudy, en el tercer trimestre de su embarazo, sostiene una relación adúltera con su cuñado Claude, hermano de su marido John Cairnecross. John es un poeta no reconocido, pero no por ello desfallece. Dirige una editorial en quiebra, tiene sobrepeso y padece psoriasis. Es cómplice de su propia aniquilación al aceptar la petición de la esposa de que se vaya de su propia casa, de que le conceda el “espacio” que ella dice necesitar. Ese “espacio” lo ocupa su hermano Claude, un tipo tan pragmático como insulso, enriquecido en negocios inmobiliarios. La madre y su amante están planeando un acto atroz: deshacerse del padre, vender la casa londinense valorada en varios millones de libras y colocar al bebé en cualquier sitio.
   Pero, a través de la placenta, el nonato se entera de todo, y en una insólita y original pirueta narrativa, McEwan lo convierte en protagonista real y narrador de la novela. Este Hamlet de ocho meses a través del cual nos llega la historia, tiene sus fuetes de información: desde la cáscara de nuez uterina escucha los planes de la conspiración asesina, su consumación, percibe el poder que cada uno de los asesinos tiene sobre el otro y la labor de la inspectora jefe Clare Allison a cargo del caso.
   También es víctima de las acometidas sexuales de su tío, con el pene del rival de su padre a unos centímetros de su padre, ajeno a la cortesía y al imperativo médico. Y a través de la placenta, decanta  los buenos vinos y otras bebidas de mayor graduación que con las que se emborracha su madre. Se permite opinar sobre los mismos y también sobre la desastrosa situación del mundo actual, de la que se entera a través de la radio y de los comentarios de su madre y de su amante, que, cuando no están borrachos o practican sexo, disertan sobre el estado del mundo, en general para quejarse, aunque ellos mismos conspiran para empeorarlo. Así reflexiona este insuperable testigo que también filosofa sobre un mundo cada vez más cercano a la hecatombe. Y lo hace, cuando no se siente arrastrado por la corriente de la borrachera materna, en flujos de conciencia rebosantes de una fina ironía, en un sarcástico himno al actual mundo dorado en el que, entre otras “encomiásticas” bendiciones, los robots roban puestos de trabajo.
   McEwan, en una singular acrobacia literaria, crea un narrador-testigo fiable: el nonato lo conoce todo, los detalles del futuro pero próximo asesinato que, por sus palabras percibimos prácticamente desde el inicio de la novela. Él es ciertamente un futurible (un “nasciturus” como predican los partidarios de “pro vida”) que fotografía un presente, destrozando el orden natural y lógico de los acontecimientos. Pero es así como cautiva McEwan: descubriendo el caos y deleitándose en el desorden natural de las cosas. Y tiene razón, ya que en el fondo, tanto en la naturaleza física como en la realidad humana, conviven orden y desorden, determinismo e indeterminismo.
   La novela es un audaz experimento literario, sobre todo por convertir a un no nacido en fiable narrador, que se adueña además de la narración. Hay antecedentes que se le acercan: escarabajos, perros, gatos, árboles son los relatores de la historia en algunas piezas narrativas modernas. Pero nunca hasta ahora lo había hecho un nonato. Ciertamente con esta novela Ian McEwan explora nuevos textos y fronteras, una de sus obsesiones. Solamente la pericia técnica de un narrador muy curtido hace posible que esta novela transcienda la condición de “tontería” y se convierta en un thriller escrito con un ritmo atrapante, con un excelente dominio del monólogo interior, con alguna incursión metanarrativa, un brillante ejercicio de estilo y una impar ironía.

Francisco Martínez Bouzas

Ian McEwan


Fragmentos

“Así que aquí estoy, cabeza abajo dentro de una mujer. Aguardo con los brazos pacientemente cruzados, aguardo y me pregunto dentro de quién estoy, qué hago aquí. Los ojos se me cierran con nostalgia cuando recuerdo que iba a la deriva en mi bolsa corporal translúcida, flotaba en sueños dentro de la burbuja de mis pensamientos a través de mi océano particular de volteretas a cámara lenta, chocando suavemente contra los límites transparentes de mi encierro, la membrana acogedora que vibraba, mientras las amortiguaba, con las voces de unos conspiradores de una ruin empresa. Esto fue en mi juventud despreocupada. Ahora, totalmente invertido, sin un milímetro de espacio para moverme, con las rodillas apretadas contra el vientre, mis pensamientos, al igual que mi cabeza, están muy ocupados. No me queda otro remedio que tener la oreja pegada día y noche contra las sanguinolentas paredes. Escucho, tomo notas mentalmente y estoy preocupado. Oigo conversaciones íntimas sobre un designio mortífero y me aterra lo que me espera, lo que podría arrastrarme.”

…..

“No todo el mundo sabe lo que es tener a unos centímetros de la nariz el pene del rival de tu padre. En esta etapa avanzada deberían contenerse por mi bien. Lo exige la cortesía, si no el imperativo médico. Cierro los ojos, aprieto las encías, me agarro a las paredes uterinas. Estas turbulencias arrancarían las alas de un Boeing. Mi madre incita a su amante, le fustiga con sus gritos de feria. ¡La Pared de la Muerte! Cada vez,  a cada embestida, temo que la atraviese y me joda los huesos blandos del cráneo y siembre mis pensamientos con su esencia, con la nota torrencial de su trivialidad. Después, con mis lesiones cerebrales, pensaré y hablaré como él. Seré el hijo de Claude.”

…..

“Trudy, obediente, se ha puesto a cuatro patas. Es un a posteriori, al estilo canino, pero no por mi causa. Él se le pega a la espalda como un sapo en celo. Primero encima, ahora dentro de ella, y a fondo. Qué poco de mi pérfida madre me separa del asesino potencial de mi padre. Nada es lo mismo este mediodía de sábado en St. John’s Wood. Esto no es un habitual encuentro, breve y frenético, que podría amenazar la integridad de un cráneo totalmente nuevo. Más bien es un ahogamiento pegajoso, como algo meticuloso que se arrastra por un pantano. Las membranas mucosas pasan resbalando unas sobre otras y con un débil crujido en sus giros. Horas de intriga han conducido accidentalmente a los conspiradores al arte del erotismo deliberativo. Pero nada sucede entre ellos. Se revuelven mecánicamente a cámara lenta, un proceso industrial ciego a media máquina. Lo único que quieren es desahogarse, cumplir, disfrutar unos segundos de un descanso de sí mismos. Cuando llega, en rápida sucesión, mi madre jadea horrorizada. Por lo que le espera y por lo que aún tiene que ver. Su amante emite el tercer gruñido de la tanda. Se separan para yacer de espaldas sobre las sábanas. Después los tres dormimos.”

(Ian McEwan, Cáscara de nuez, páginas 11-12, 32-33, 119-120)

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