miércoles, 6 de septiembre de 2017

AMORES, TRAICIONES Y DUELOS TRAS UNA DICTADURA QUE NUNCA SE FUE

La procesión infinita
Diego Trelles Paz
Editorial Anagrama, Barcelona, 2017, 215 páginas.

   En convivencia con las narrativas tradicionales, han surgido desde ya hace años las conocidas como posnarrativas. A pesar de su presencia mayoritaria, los discursos narrativos compactos, cerrados y canónicos (presentación-nudo-desenlace) ya no responden a nuestra forma de percibir el mundo, cada día más fragmentado. Dificilmente se puede construir una narrativa que se ajuste a pautas canónicas convencionales, cuando existe apenas muy poco en la realidad que cuadre. Las posnarrtivas, al contrario, intentan responder a nuestra percepción del mundo. Las corrientes posmodernistas o posficcionales son, o pretender ser, el lugar de resistencia a las fábulas maestras de la modernidad. Reniegan por ellos de las categorías convencionales fundamentales, como son la del narrador o personajes, y apuestan por el lenguaje como expresión frente a su funcionalidad representativa.
   Fue William F. Gass quien empleó por primera en 1970 el término metaficción, con significados que fueron traducidos de muy distinta forma: novela autoconsciente (Alter y Waugh) que abarcaría todas las novelas que subrayan la virtud innovadora, su diferencia epistemológica y la conciencia de una rica intertextualidad literaria. Robert Spires (1984) lo entendió en sentido más restrictivo: como novela autorreferencial, la novela que se refiere a si misma como proceso de escritura, de lectura, de discurso oral o como aplicación de una teoría  exhibida en el mismo texto. Conviene igualmente recordar a Henry James, a Borges y quizás también a Walter Benjamin para comprender la condición estructural y metaliteraria de la posnarrativa de la que el lector puede ver un calco, aunque  no estricto, en la pieza narrativa de Diego Trelles Paz que pretendo reseñar. Henry James, un escritor que como crítico también trabajó desde el otro lado del espejo, definió la novela como “casa de la ficción (…), no posee una sino un millón de ventanas (…), cada una de las que han sido abiertas o todavía pueden abrirse”. En el análisis de Walter Benjamin de estas dos formas de escritura, formas artísticas según sus palabras, hay una comprensión de lo lineal y finito por un lado, contra lo multidimensional e infinito por otro. Pero fue Jorge Luis Borges quien en muchos de sus textos actuó como precursor y referencia para poder entender algunas características de la literatura posmoderna. En más de una ocasión habló Borges  de los modelos narrativos infinitos, de la multiplicidad narrativa. Hallamos sin embargo la referencia más precisa en un texto de Ficciones (“Examen de la obra de Herbert Quain”), en el que interpreta la obra de un autor imaginario: “Quian, escribe Borges, se arrepintió del orden ternario y predijo que los hombres que lo imitaran optarán por el binario y los demiurgos y los dioses por el infinito: infinitas historias, infinitamente ramificadas.” Deleuze y Guattari hablarán, buscando modelos epistemológicos, del libro raíz: el libro clásico como bella interioridad orgánica, y el rizoma: el uno que deviene dos, que deviene cuatro, con abundantes ramificaciones laterales y circulares. Y el mismo Roberto Bolaño, con quien Diego Trelles Paz comparte sensibilidades, define el hipertexto de esta manera: “Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino a lo desconocido, no quieren saber nada de los combates de verdad” (2666, páginas 289-290).
   Considero sinceramente que La procesión infinita de Diego Trelles Paz (Lima, 1977) es una muestra paradigmática de la posnarrativa. Una trama que detona en mil direcciones, que rompe el modelo lineal de novela, la linealidad temporal, con saltos en el tiempo, cambio de escenarios, coralidad de voces narrativas, y sobre todo, una apuesta por la narrativa infinita, sugerida ya en el mismo título. La novela, empleando la terminología que Manovich utiliza para referirse al cine y a la novela, es una verdadera base de datos (Database en inglés), con numerosos imputs o puertas, una gran fragmentación. Una auténtica red de historias en las que los personajes y sus eventos no son solo  subjetividades y acontecimientos, sino puntos o nodos de esa red. El carácter fragmentario de la composición de la novela la convierte en puzle -es un puzzle, me ha confirmado el autor- que reta al lector y cuyas piezas, sin embargo veremos que encajan en la “Parte final”. Debilitamiento de barreras entre géneros; ruptura de las estructuras compositivas compactas; habitual empleo de distintos registros y tonos; uso deliberado e insistente, si bien no cansino, de la itertextualidad y del diálogo con la literatura, con guiños a muchos autores, especialmente a Bolaño en la “Segunda parte” (“Dos. La parte de Ubaldo Martínez”, “Cuatro. La parte del Dandi”); uso en alguna ocasión del género epistolar, tematización del arte de la escritura, posiblemente una de las caras más notables de la posnarrativa; reflexión sobre la creación literaria: uno de los personajes más memorables, el Pochito Tenebro le ofrece esta receta escritural a Diego el Chato, uno de los protagonistas de la novela: que escriba, que no vaya por la vida oliendo los pedos de Vargas Llosa. “Para escribir hay que matar, ¿escuchaste? ¡MATAR!” (página 40). Así como el uso deliberado de distintas tonalidades y registros lingüísticos, destacando la oralidad y los malentendidos de las jergas de las calles de Lima, con abundantes peruanismos que no solo dotan al libro de un toque hilarante y exótico, sino también de interrogantes para un lector español. Muchas palabras y giros de la jerga de Pochito Tenebroso, por ejemplo, “rosquetovich” (página 208) son ininteligibles en España, pero ponen de manifiesto la riqueza del idioma común.
   Pero ¿de qué va la novela? Quizás su centro oculto sea la urgencia de los protagonistas, Diego, el Chato de apodo, claro alter  ego del autor, su amigo Francisco Méndez y Cayetana Herencia, “el centro luminoso de esta historia”, de  resolver la procesión sin límites que les corta la respiración, para dejar atrás el duelo culposo, la procesión que va por dentro (página 124) debido a la muerte, el suicidio, la desaparición de amigos y familiares o el abandono de amantes. En cuanto al argumento, transcribo de forma libre y con alguna paráfrasis personal la sinopsis  que nos ofrece Anagrama, el sello editor. Francisco Méndez y Diego el Chato se reencuentran en Lima. El Chato retorna a su ciudad natal. Ambos habían abandonado Perú huyendo de sus vidas en un país desfigurado por la violencia fujimorista y la de los senderistas. Tras un año sin verse, surge el recuerdo de sus aventuras veraniegas en la Europa efervescente del nuevo milenio: viajes promiscuos con abundante alcohol, cocaína, fiestas non-stop, con adicción a los trickies y tríos sexuales. Pero algo inconfesable ocurrió en Berlín porque ningunos de los dos ha vuelto a mencionar lo que pasó en la capital de Alemania, se dice en el inicio de la novela, mas tampoco lo han olvidado. ¿Fue realmente un episodio erótico y traumático con una prostituta alemana y una banda de delincuentes metaleros -los Turcos- que destroza la vida exagerada de ambos amigos? ¿O una invención, la rama ficticia de la historia, para no tener que explicar lo más sórdido? La repentina desaparición de Francisco lleva a Diego, que ahora vive en París, a buscar de forma obsesiva la verdad. Y pretende hacerlo siguiendo los pasos de la única persona que podría saberlo. Es Cayetana Herencia que, a su vez, arrastra más de un desconsuelo por la muerte de su padre y el final de su relación con el Dandi (Francisco Méndez) que este cortó por teléfono de forma cobarde, sin atreverse a mirarla a la cara.
   Novela pues sobre los traumas, la amistad y el amor en un país que sigue sufriendo las secuelas de una dictadura perversa, con referencias al autogolpe de Fujimori: tombos (policías)  y milicos por todos los lados. Desaparición de familiares y amigos; detenciones ilegales; conocidos y camaradas torturados, “pepeados” o que simplemente se perdían y no volvían más (página 90). Razón por la cual La procesión infinita forma parte junto con Bioy de la saga que Diego Trelles está escribiendo sobre el Perú de la dictadura fujimorista y el de los años en los que, con o sin dictadura, todo está torcido y quién sabe hasta cuándo. Por eso los protagonistas de la novela intentan hallar pistas de los amigos que se han evaporado y su desaparición penetra en el terreno de lo misterioso. Es seguramente esta obsesión por descubrir paraderos, la razón del marchamo detectivesco  que se le ha atribuido a la obra de un escritor que cree que la política anula la novela policial.
   Aludo a las secuencias que más hacen sentir la presencia del Bolaño de  2666: los capítulos de las partes de Ubaldo Martínez y del Dandi. En ambas secuencias, Diego Trelles presenta a dos personajes y sus relaciones que muestran que, con o sin dictadura, todo está torcido y seguirá torcido, así como un muestrario de la corrupción endémica de los poderosos especialmente: drogas, sobornos, tráfico de influencias, prostitución de lujo…
   En la novela afloran múltiples obsesiones, quizás simpatías o antipatías tenaces: asesinatos, suicidios, muertes y misteriosas ausencias que provocan en los protagonistas esa “procesión infinita” a la que apunta el título. La violencia en un país que la sufrió a raudales y que la sigue padeciendo porque el gran leitmotiv de la pieza narrativa es la ininterrumpida presencia real de la dictadura en el Perú. Su constatación en la novela aparece por primera vez a las pocas páginas del inicio. “Eso que trajo la dictadura nos persigue porque nos define.”(página 31). E incluso la verbaliza Chequita, empleada doméstica de la familia de Cayetana Herencia, aprendiz de escritora y personaje memorable. En el texto novelesco hallamos igualmente, amor, sexo duro, atracción, intimidad descarnada y hambrienta, travesuras eróticas, infidelidades y mucha coca de por medio.
   Algunas de la más notables estrategias escriturales de La procesión infinita se cimentan, entre otros basamentos, en el ya reiterado amplísimo fragmentarismo, en el virtuosismo compositivo, en la riqueza de tonalidades y voces, cambio constante de escenarios (Lima, París, Londres, Berlín), saltos en el tiempo (desde el año 2000 al 2015), presentación de los personajes sin describirlos explícitamente. Son retratados descubriendo sus historias y antecedentes; reflexiones metaliterarias. Y una prosa pulida y afilada cuando la oralidad queda al margen.
   Una novela “distinta, desarrollada, política y ambiciosa”, como recuerda Silvia Sesé, la actual editora de Anagrama. No apta seguramente para un lectorado habituado a las pautas canónicas y convencionales de siempre y que algún crítico no recomendaría. Un indiscutible festín literario, sin embargo, para todos aquellos lectores que seguimos pensando que la novela es el reino de la subversión, el reino de la libertad de contenido y de forma. Proteica y abierta por naturaleza. Esto es lo que pienso sobre esta tercera novela de “un heredero de Bolaño decididamente salvaje”, como ha apuntado el crítico Gonzalo Torné. Y no creo que sea marketing. Esta novela no precisa mercantilización, se defiende por si misma.

Francisco Martínez Bouzas

            
                                                
Diego Trelles Paz


Fragmentos

“Ni siquiera tiene que ver con el billete o con la posición social. Esta vaina no es genética. Somos animales por opción. Eso que trajo la dictadura nos persigue porque nos define. Y no se va a ir nunca. Dale cinco años más y vas a ver que Fujimori volverá a terminar lo que hizo apoyado por los mismos que marcharon contra él. Tú marchaste, ¿no? Pues muy bien, Chatito, hiciste lo correcto. Te felicito. ¿Crees que a alguien le importa? Yo no marché, y aunque voy a sentirme menos cínico que un montón de gente, eso tampoco sirve de ni mierda, así que estamos iguales; pero a mí no me duele y a ti te mortifica, te llega profundamente al pincho que quedemos parches. Lo que admiro en ti, mi Chato, es que sigas creyendo que las cosas van a cambiar en el país, que sigas escribiendo y luchando por algo que está muerto. Por eso nos fuimos del Perú, ¿no?”

…..

“La erección involuntaria de Francisco lo despertó del letargo y lo obligó a  reaccionar. La rubia ya había vuelto sobre él pero ahora estaba encima, moviéndose con dolorosa aspereza, fornicándolo y despreciándolo al mismo tiempo. «Tenía que escapar, salir como sea, Chato, o me mataban», dijo mi amigo con una mueca de sufrimiento. El ruido entrecortado que salió de su boca parecía un sollozo, un gemido quejumbroso que anunciaba lo que tanto temía recordar. Los turcos seguían mirando pero ya no estaban. Habían desaparecido de su relato. Quedaban él y la mujer que lo violaba, y al costado de la cama, sobre una de las mesas de noche, el cenicero de vidrio grueso que cogió atenazando los dos dedos como si cogiera una piedra.
El primer golpe fue en realidad todos los golpes: los cinco o seis que asestó con la ciega brutalidad que le permitió su desesperación. Lo único que recordaba era el impulso automático de su mano aferrada al cenicero.”

…..

“Te digo una cosa que va a sonar un poquito rosquetóvich: me recuerdas mucho a alguien. Por mi mare’, causa, desde que te vi entrar al Sully con esa carita de rufián melancólico, al toque pensé: rechucha, ¡ahí está el Jaime! Me asustaste, broder, en serio me periloquié. Ni siquiera es una vaina física, no: tú eres medio blancón con pecas y el Jaime no tanto, él era un cholo solapa, marroncito como el Pocho pero de cacharro más fino. La hueva’a es una onda como de conexión místico-automática, o sea algo que no te esperas pero, cuando aparece, la sientes recontra intensa. ¡No me mires como si fuera cabro, carajo! Más seriedad, Chato, que estoy a punto de soltar algo importante. (…)
Como ves, broder, éste es un cuento inacabado sobre los años de terror en el Perú, sobre esos años que tú no viviste porque eras muy chibolo o estabas protegido en tu casita de San Isidro City. Vaya, que tienen huevos para escribir sobre algo de lo que no saben ni mierda. ¡Y todavía vas de canchero y le pones Borges! Ta que…Loco, tustás hasta las huevas. No tienes ni idea porque no estuviste. La represión al final de los ochenta, y, peor aún, cuando entró el Chino rata, era una huevada monstruosa. El Pochito todavía era Ezequiel por entonces y estudiaba en San Marcos. Jaime tenía más bille y estaba en la Católica. Daba lo mismo, igual se hicieron patas. Yo soy del Agucho, causa, cholo y misio fue toda mi puta vida. Nací proletario, me hice campa. No había de otra. Había que resistir. El sistema capitalista burgués a nosotros nos oprimía en serio, no era floro ni huevadas pero de eso ustedes no saben. Los hijos de los ricos y de los burgueses nunca van a la guerra. Los de San Marcos, Cantuta, Villarreal estábamos recontra cagados. Cero  chamba, cero oportunidades, el país en la puta ruina, si no te cagabas de hambre era porque hacías olla común, te quejabas, reclamabas, te sumaban a los paros o a las marchas, y los perros te sacaban la conchasumadre y luego te metían preso por terruro. Era eso o te fondeaban, causa, muy simple: una de dos.”


(Diego Trelles Paz, La procesión infinita, páginas 31-32, 102, 208-210)

viernes, 1 de septiembre de 2017

MIRADAS NOSTÁLGICAS, CAMBIOS IRREVERSIBLES



En pleno verano

Zsuzsa Bánk

Traducción de Marina Bornas Montaña

Acantilado, Barcelona, 2016, 137 páginas.



   La escritora alemana Zsuzsa Bánk (Fráncfort del Meno, 1965) es conocida sobre todo por su novela El nadador, traducida y publicada así mismo por Acantilado. El mismo sello editor barcelonés pone ahora a disposición de los lectores esta colección de cuentos, El pleno verano. Doce relatos unidos por varios nexos comunes: el inexorable acontecer del cambio que afecta también a las relaciones personales; la nostalgia, “enfermedad” de personajes generalmente sumidos en la soledad, en la melancolía, y que brota del ser doliente, de los actantes de los relatos con una variedad difícilmente delimitada: parejas que finiquitan años de matrimonio, pero carecen del valor para la definitiva separación; hombres y mujeres propensos al suicidio que, en las mismas fechas de cada año, intentan quitarse la vida; infidelidades puestas de manifiesto por inesperados accidentes; relaciones de amistad que naufragan. La imposibilidad de recuperar el tiempo ido, primordialmente los momentos felices; o la soledad, esa “fiel” compañera que solamente nos es permitido atenuar de forma provisional. En el fondo, narrativa que saca a flote algunas de las dolencias constitutivas del hombre doblemente sabio desde que descendió de los árboles.

   En el relato que abre el libro, “El último domingo”, la escritora alemana compendia varios de los temas del libro: Anna acaba de impartir una conferencia. Márti, hija de su antigua compañera, se le presenta con una pregunta: “¿Eres…?”. Quedan para el día siguiente en una reunión con toda la familia, incluida la antigua amiga, Zsóka. Pretenden resumir todo el pasado en una tarde de charla. Es invierno, pero evocan veranos lejanos, recuperados con el manto de la nostalgia. Pero todos los presentes en la reunión son conscientes del cambio que, con el paso del tiempo, afecta a sus vidas: el pasado se había perdido para siempre y no volverán las sensaciones de los lejanos veranos. Seguirán conectados durante un tiempo de forma epistolar hasta que la correspondencia se interrumpe. Finalmente llegará un telegrama que sintetiza de forma fríamente escueta el adiós definitivo de la antigua compañera. Y Anna se consuela rememorando los veranos compartidos y aquel encuentro que nunca supo que sería el último.

   En “Lydia”, la protagonista pierde la afición por todos los entretenimientos y gustos de la infancia y adolescencia, y a los dieciocho años hace las maletas y se marcha de casa, dejando a su madre y amigas en absoluta orfandad. “Tiempo de hielo” es un de los relatos teñidos por la amargura. En el mismo, al igual que en “Bosque navideño”, la nieve contextualiza de forma muy importante los acontecimientos: la tormenta recluya a las protagonistas en la casa de Becky. Mas la felicidad del reencuentro pronto se tornará en un ambiente sombrío debido al marido de Becky, un prepotente que no cesa de refunfuñar. Y así se desvanecen las ilusiones del caer de la nieve, de los paisajes azucarados. Ahora solamente es un fenómeno climatológico que tiñe todo de color gris. La atención a los detalles de la última secuencia del relato es una muestra maestra del estilo de Zsuzsa Bánk.  La nieve de “Bosque navideño” convierte en peligrosa la excursión de las amigas Sylvie y Lea al bosque que las engulle y donde pretenden repetir las pautas del pasado en un inútil intento por reconstruir el tiempo feliz de la infancia.

   Concluyo este repaso por algunos de los relatos de En pleno verano con una breve sinopsis  de “Delfines”, el texto que cierra el libro. En forma de diario escrito por uno de los miembros de una pareja que recorre Australia en búsqueda de los delfines, se recrean sus playas, paisajes lunares, minúsculos pueblecitos, un mar azul de plomo por la tarde o bancos de delfines que nadan al lado del barco que transporta a los visitantes. Es la afirmación definitiva de que siempre, después del invierno, llega el verano.

   Relatos, en definitiva, que captan, como con una cámara, pequeñas instantáneas y que ponen de relieve la complejidad de las relaciones personales, la fugacidad de la amistad y del amor, reencuentros marcados por los signos implacables del paso del tiempo. Y la experiencia de que nada perdura.

   La autora cimenta los relatos en una arquitectura compositiva casi siempre idéntica: el reencuentro de amigas, invariablemente en invierno, con el verano como referencia idílica, el tiempo de los días felices. La atención a los detalles minúsculos, deslumbrantes o sombríos, es otra constante de estas prosas, escritas  en primera persona y en un presente que resalta la inmediatez. Personajes bien diseñados, creíbles y un lenguaje delicado; con saltos en el tiempo y numerosas elipsis para huir de lo superfluo en un subgénero que, por su naturaleza, demanda concisión.



Francisco Martínez Bouzas



               

Zsuzsa Bánk


Fragmentos



“Evocan veranos ya lejanos. Veranos en los que Márti aún no existía. Anna era una niña y Zsóka casi una mujer. Veranos únicos que quedan lejos, pero que aún recuerdan todos los que están sentados a la mesa, salvo Márti. A Anna le duele pensar en aquellos veranos y, mientras alguien pide más cafés, adopta el tono del que sabe que algo ha terminado, que algo se ha perdido para siempre. Recuerdan el agua donde nadaban, su color azul, verde y gris según la hora del día, los jardines donde saltaban, los juegos de cartas ante la ventana cuando llovía y la luz que arrojaba el atardecer para indicarles que al día siguiente podrían volver a bañarse, Recuerdan la sensación que se apoderaba de ellos en cuanto volvían a verse, en cuanto llegaba uno de esos veranos únicos y se abrazaban junto al seto de un jardín tras un largo viaje, un recuerdo que ha permanecido inalterado por muy lejos que estuvieran unos de otros.”



…..



“Becky pide un refresco en la cafetería, todavía les sobra un rato. En la radio, que suena a través de los altavoces, dicen que la nieve se derretirá en los próximos días, porque las temperaturas subirán más de lo normal, y Carola no puede evitar pensar que los carámbanos de hielo de las lámparas y la escarcha de las ventanas desaparecerán, y la nieve de las calles se convertirá en agua. Se imagina el ruido sordo que hará al desprenderse, al caer de los tejados, de todos los tejados de aquella calle, en grandes y sólidos bloques, y cómo la gente apartará los coches y levantará la vista al caminar por miedo a que un bloque de nieve les caiga encima. Y piensa que la nieve, al derretirse, borrará y se llevará a tres niños y una mujer dibujados con lápices de colores en la pared de una casa.”



…..



“Lea ha apartado la mirada, duda un instante y luego se arrodilla, deja caer la cabeza hacia delante contra la barandilla del puente, abre los brazos, los apoya en los barrotes a derecha e izquierda, se asoma entre ellos para contemplar el agua, que parece fluir más despacio ahora que el viento se ha calmado, y entonces vuelve a decir en voz baja:«No quiero oírlo». Se lo dice al agua, como si no se dirigiera a Sylvie sino al río, como si tuviera que hablar con el agua, no con Sylvie, como si pudiera ignorarla. Sylvie se sienta a su lado y contemplan juntas las olas que parecen negras bajo la luz que proviene del puente y de ambas orillas.

El Intercontinental enciende su árbol de Navidad luminoso. Lea levanta la vista hacia la fachada de cemento, cuyas ventanas iluminadas simbolizan un abeto. Se levanta, se sacude el abrigo de plumas con las manos, con esa mirada con la que no ve  nada ni a nadie, y Sylvie cree por un instante que quiere quitarse el abrigo, la gorra y las manoplas, que quiere arrojarse al agua e irse, demostrarle que no tiene frío, ni siquiera sin ropa. Sylvie espera que lo haga, espera un momento, pero Lea vuelve a sentarse más cerca de ella, apoya la espalda en la barandilla, estira las piernas, echa la cabeza hacia atrás golpeando los barrotes y luego la deposita suavemente en el hombro de Sylvie. En algún lugar suenan las campanas.”



(Zsuzsa Bánk, En pleno verano, páginas 12-13, 43, 115-116)

lunes, 28 de agosto de 2017

LAS TINIEBLAS MATEMÁTICAS DE EDGAR ALLAN POE



Cuentos completos

Edgar Allan Poe

Introducción de Thomas Ollive Mabbot

Penguin Clásicos (sello de Penguin Random House Grupo Editorial), Barcelona, 2016, 1272 páginas.



   La división en lengua hispana del megagrupo editorial Penguin Random House, quizás el mayor grupo editor del mundo, y del que en la actualidad forman parte cerca de treinta sellos editoriales, algunos tan conocidos como Aguilar, Alfaguara, Sudamericana, Taurus o Grijalbo, edita en un solo volumen los Cuentos completos de Edgar Allan Poe, un total de setenta piezas de las cuales algunas estaban inéditas hasta ahora en español. Una esclarecedora introducción con la firma de Thomas Ollive Mabbot  enriquece el volumen. Así mismo, cada relato está precedido de una breve nota editorial que contextualiza el texto. Completan el volumen los anexos con los prefacios que  el propio autor compuso para Tales of the Folio ClubyTales of the grotesque and Arabesque, y los escritos de su coetáneo y principal valedor en Europa, Charles Baudelaire.

   Edgar Allan Poe pertenece a la edad de oro de la literatura de Estados Unidos, y para muchos estudiosos es, sin ninguna duda, el primer gran autor de las Américas. En Europa fue muy leído y logró una gran relevancia, gracias sobre todo a la resonancia que sus escritos encontrarían en Mallarmé y a las traducciones, carentes de fidelidad que de sus cuentos hizo Baudelaire, purgándolos del sabor arcaizante y retórico de su estilo. La obra de Poe, verdadero palimpsesto de su vida, conjuga el curioso contraste de la frialdad lógica de sus reflexiones con un fondo de misterio y terror. Y lo hace con tal habilidad que mereció que Neruda hablase de las tinieblas matemáticas para referirse a los escritos del escritor norteamericano menos americano de la literatura estadounidense. A la vez, y tanto en la poesía como en la narrativa de Poe, podemos observar una clara superación del Romanticismo, ya que deja en un segundo plano las expresiones íntimas y los mensajes transcendentes para fijar su atención en el funcionamiento interno de la escritura. Un preludio pues del arte por el arte, de la objetividad literaria y de muchas otras líneas y subgéneros de la narrativa contemporánea, entre ellos, el relato policiaco y la ciencia ficción. En este sentido, se reconoce que Edgar Allan Poe llevó a cabo lo que ningún otro escritor había logrado hasta entonces: liberar las terribles imágenes ancladas en el subconsciente, para dejarlas caminar entre páginas de sus cuentos. Abanderado de la novela gótica y precursor del relato detectivesco y de la ciencia ficción, como acabo de expresar, sus historias llevan el suspense, la tribulación y el desasosiego hasta una perfección nunca alcanzada con anterioridad.

   Fue Julio Cortázar quien ordenó los relatos de Poe en consonancia con el interés de sus temas. “Sus mejores cuentos, escribe Cortazar, son los más imaginativos e intensos; los peores, aquellos donde la habilidad no alcanza a imponer un tema  de por sí pobre o ajeno a la cuerda del autor” En su traducción, Cortazar los agrupó en Cuentos de terror, Sobrenaturales, Metafísicos, Analíticos, De anticipación y retrospección, De paisaje y Grotescos y satíricos.

   Resultaría imposible expresar en una sencilla reseña las sinopsis de las setenta piezas que edita Penguin Clasicos. Me fijaré, por consiguiente en algunos de los más conocidos. En primer lugar, en los llamados cuentos de matrimonio, como “Berenice”, “Morella” o “El retrato oval”. En ellos Poe nos acerca una especial descripción espiritual con las mujeres, ajena a toda dimensión carnal, secuela posiblemente de la pérdida de la madre que el escritor sufrió en la infancia, y de la influencia del dualismo platónico que cristaliza en la aparición de personajes duplos, personificaciones del bien y del mal. Hay así mismo cuentos representativos del terror psicológico como “El barril de amontillado”. La confesión de un crimen premeditado en la que se solapan narrador y asesino. Una técnica con la que el escritor pretende conseguir que los lectores nos situemos en la piel del asesino y comprendamos las razones que lo inducirán a cometer el crimen.

   
                                          
Edgar Allan Poe



   Hago referencia, por último, a los relatos que pueden ser catalogados como de raciocinio, la serie en la que sale a la escena el detective Dupin (“Los crímenes de la Calle Morgue”, “El misterio de Marie Roget” o “La carta robada”, entre otros). En todos ellos Allan Poe se convierte en un precursor del moderno género detectivesco.

   En todas estas muestras  y en muchas otras del escritor bostoniano hallamos  las marcas de una escritura inconfundible: un estilo rebuscado, repleto de retórica, de citas eruditas, de imágenes sorprendentes, asentadas en el realismo y al mismo tiempo en el simbolismo y en una cierta concepción de la moralidad, propia de la literatura gótica. Abundancia de personajes duplos y, sobre todo, presencia viva de un terror psicológico que se presenta  a través de la parte perversa que hay en cada persona. Relatados por un narrador que nos presenta la historia en primera persona. La estructura en espiral del relato es sin duda la arquitectura más apropiada para un tipo de narración en la que la trama argumental es una confirmación de las ideas filosóficas que están entre sus fundamentos. No obstante todas estas servidumbre en una forma escritural hoy pasada de moda, los relatos llegan a los lectores de nuestros días como narrativa bastante actual, porque muchas de las aportaciones de Edgar Allan Poe forman parte de los logros más universales de la literatura norteamericana y en la de todos los tiempos



Francisco Martínez Bouzas

miércoles, 16 de agosto de 2017

LAS INCURABLES HERIDAS DE UN INCESTO



Un amor imposible
Christine Angot
Traducción de Rosa Alapont
Editorial Anagrama, Barcelona, 2017, 229 páginas.

   Entre las numerosas novelas y obras teatrales de Christine Angot, hay dos que son un contexto indiscutible para entender cabalmente lo que la escritora francesa narra en Un amor imposible. La narración de la relación incestuosa a la que se vio forzada por su padre desde la adolescencia, y narrada, aunque desde ángulos distintos al de esta novela, en El incesto (1999) y Una semana de vacaciones (2012). Esas dos novelas, sin ser propiamente el prólogo de Un amor imposible, forman parte de una trama autoficcional en la que la autora perfila su propia biografía marcada  por el incesto a partir de sus años adolescentes. En esta novela, sin embargo, centra el relato en la relación entre su madre, Rachel Schwartz y su padre, Pierre Angot, una relación erguida bajo los postulados de la dominación masculina y la diferencia de clases sociales; así como en la relación entre la madre y la hija, marcada así mismo por los ojos cerrados de la madre ante los abusos  del padre con su hija.
   Ese contexto se retrotrae a finales de los años cincuenta: Pierre Angot pertenece a  la alta burguesía católica. Rachel Schwartz, en cambio, es una mujer soltera, judía y de clase baja. Pierre no le miente a Rachel: jamás se casará con ella, no la presentará a su familia, pero está dispuesto a tener un hijo con ella. La joven, profundamente enamorada, acepta esas vejatorias condiciones y pronto de esa relación nace Christine, que el padre no reconoce ni le da el apellido hasta que la adolescente alcanza los catorce años. Entonces Pierre, casado con una mujer rica, se acerca a la hija, la reconoce, la invita a pasar fines de semana con él. Y en esos encuentros la fuerza a mantener una relación sexual incestuosa.
   En Un amor imposible la escritora francesa incide de nuevo en el tema del incesto, mas bajo distintos ángulos: la relación entre Rachel y Pierre, sus padres, y entre madre e hija, como ya quedó señalado. Por consiguiente, en la trama novelesca basada en la realidad, la autora urde tres historias, la vida de tres personajes impulsados por pasiones tan ciegas como destructoras: la vida de Pierre Angot y Rachel Schwartz y la de Pierre y Christine, su hija. Una relación que esconde un secreto de una relación que la sociedad actual no admite: el incesto. La relación de los padres de Christine está marcada  por la diferencia de clases, diferencia que Pierre Angot verbaliza, sin complejos, con estas palabras: “Si fueras rica, seguramente me lo habría pensado” le dice a la cara a Rachel Schwartz. Por eso ella tendrá que enfrentarse sola al parto que se produce en los meses siguientes y a la inscripción de la hija.
   Sin embargo, el eje y núcleo central de la novela es la complicada y a la vez amorosa y tierna relación entre una madre soltera y una hija no reconocida por el padre durante su infancia y temprana adolescencia. El reencuentro se produce cuando Christine cumple los catorce años. Pierre, que ha formado otra familia, la reconoce finalmente y le da su apellido. Pasan fines de semana juntos y en esos encuentros se produce algo que la hija oculta a su madre y que le será revelado por el primer novio de Christine: la sodomización de la hija. Un secreto desgarrador que dejó a Rachel boquiabierta y enferma, y que hará imposible una relación normal entre la hija y la madre a la que culpabiliza por no haberse cuestionado nada, por no haber reflexionado sobre su propia responsabilidad. Será la capa de plomo que pende sobre sus cabezas, que transforma la relación madre-hija en otro amor imposible, a pesar de lo mucho que se quieren.
   La novela, especialmente en las páginas finales, explora y ahonda en la lógica de la dominación. En las categorías separadas e irreconciliables del que considera que, por naturaleza, le corresponde estar en lo más alto, en una relación frente a la que está destinada a permanecer en lo más bajo. El hecho de tener un hijo con esta paria judía hace más interesante y excitante para el dominador esa relación: “Voy a tener un hijo con ella, pero en lugar de auparla, la hundiré” (página 217). Mundos e identidades separadas. Un rechazo que llega al extremo de violar repetidamente a la hija porque la prohibición fundamental de que el ascendiente tenga relaciones sexuales con sus hijos, a él no le afectaba. Y eso era la distinción suprema. Así pues, también la vulneración de la norma forma parte del rechazo identitario, de la infravaloración definitiva.
   Otro tema que articula la novela de forma recurrente, si bien no con la intensidad del amor imposible entre el trío de protagonistas, es el de las esperas, las despedidas (“Siempre  era igual, una llegada, una partida.”, página 126). Un permanente adiós de Pierre Angot, disfrazado por una relación epistolar que en el fondo se transforma en las ligaduras con las que el burgués parisino somete a la judía Rachel de forma contumaz y de acuerdo con sus propios intereses. Esperas y despedidas perfectamente ilustradas en la imagen de la portada.
   La novela está marcada, como ya quedó señalado, por la irrupción sin cortapisas de la realidad en la ficción. La realidad, la propia biografía, es la materia prima que sustenta la ficción. La autora habla de su vida y de sus traumas solamente en términos literarios, no autobiográficos. Por lo mismo, resulta arriesgado dilucidar lo qué hay de verdad y lo qué hay de fabulación en la novela. “El espacio real y el espacio ficcional, aclara Christine Angot, están separados completamente, pero el segundo nos permite ver y oír al primero”. Apelación pues a la realidad que está ampliando en nuestros días el concepto de novela.
   El desgarro con el que escribe la narradora señala en buena medida la tonalidad de la novela, en especial cuando relata la relación de dominio y desprecio de su padre hacia su madre. Incluso emplea, sin eufemismos, el lenguaje con tintes patriarcales y falocráticos  del padre para verbalizar ese lenguaje de dominación sibilina, pero incuestionable. Novela erguida con una estructura sencilla y lineal, con rápidos avances en el tiempo y que se acelera en la segunda parte del relato.
   Escritura plana en el inicio de la novela. Estilo de prosa claro y conciso, sin apenas florituras que toma forma en el relato en primera persona de Christine, en las cartas del padre y en las que ella misma cruza con su madre. Por eso, Un amor imposible es un modelo paradigmático de la literatura epistolar.

Francisco Martínez Bouzas

                                                 
Christine Angot

Fragmentos

“Y si quisieras casarte, que lo entiendo, para una mujer es importante, no pondría objeciones.
-¿Con otro hombre, quieres decir?
-Ah, eso sí. Ya te lo he dicho, conmigo es imposible. Para nosotros no cambiaría nada. Nos veríamos tanto como quisieras.
-¿No estarías celoso?
-No.
Entonces se puso a darle cachetes en las putas de los senos, como distraído. Le dijo que se concentrara, y que gozase así. Ella hundió la cabeza en la almohada con los ojos cerrados. Después levantó la nuca, rígida. Lanzó un suspiro, la cabeza le pesó de nuevo. Permaneció tendida unos segundos. Acto seguido se sentó en la cama. Y le agarró el sexo con la mano.
-¿Has tenido muchos amantes?
-No. Sólo uno antes de ti. Pero tuve novio. Cuando era muy joven.”

…..

“Vino a vernos un día. Paseamos. Ella estaba contenta. Y triste en el momento de la partida. Toda partida era siempre la partida. La partida con P mayúscula. La de su padre en el andén de la estación de Châteauroux. Ella tiene cuatro años. Las puertas de los vagones todavía no se cierran automáticamente . Un viajero puede quedarse en el resquicio. Ella está en el andén. Mira la silueta en la puerta abierta. La mano se agita. El tren se pone en movimiento. Luego se aleja, con la silueta que desaparece. Y después nada más durante trece años. Entonces, otra vez la silueta en el mismo andén. Ella tenía diecisiete años. Él se apeó del tren, la tomó en sus brazos. Y soltó un sollozo al estrecharla.
-¿Quién es este hombre que solloza al abrazarme?
Por supuesto, sabía muy bien quién era.”

…..

“Ella estaba feliz de haberlo visto. Triste por verlo marchar. Siempre era igual, una llegada, una partida. No había nada estable. Nos quedamos plantadas detrás del coche que arrancaba, ella lloraba en silencio. Alargué la mano hacia ella. Y le apreté la muñeca.”

…..

“Se trataba de la negación automática. Cambio de punto de vista. En su caso, la prohibición fundamental ya no es la de relaciones  sexuales entre ascendientes y descendientes, sino la del matrimonio desigual. De ese modo siempre estarías tú por un lado y él por otro. Dado que eso era lo que había que preservar a toda costa, para ellos constituía la regla fundamental. Él en su mundo superior. Y tú en tu mundo inferior. Con el añadido, en tu caso, en ese mundo inferior, y con el fin de infravalorarte todavía un poco más, de hacerte caer en los más bajos fondos, pues eso, para rematar, tu hija violada por su padre, y tú la madre que no ve nada, la imbécil, la gilipollas, la idiota, incluso la cómplice, vete a saber. Aún bajas unos grados más en la escala de la respetabilidad, de hecho, ya no se puede llegar más abajo. No hay nada más debajo de eso. Estoy segura de que fue así, mamá.”

(Christine Angot, Un amor imposible, páginas 29, 75, 126, 221-222)