martes, 13 de septiembre de 2016

NOVEDADES DE SEPTIEMBRE 2016 DE EDITORIAL ANAGRAMA



   Sigue creciendo el “catálogo de ensueño” de Anagrama, el sello editor barcelonés que creo en el añ0 1969 Jorge Herralde y que ha pilotado desde entonces, en los últimos cuarenta y siete años. El 2 de enero de 2017 Anagrama pasará a manos de la italiana Feltrinelli y se producirá el relevo en la dirección literaria: Silvia Sesé sustituirá a Jorge Herralde, aunque el editor que ha logrado configurar un catálogo con identidad propia, si bien no pétrea, seguirá apoyando sin interferir la labor de la nueva dirección. Más de tres mil quinientos títulos desde la primera publicación en 1969, Detalles de Hans Magnus Enzensberger, en la mítica colección “Argumentos”, con la voluntad de editar “libros”y desechar los “no libros”, tal como se expresa Herralde. Colecciones emblemáticas como “Panorama de narrativas” o “Narrativas hispánicas” en el campo de la ficción, y “Argumentos” en el del ensayo, se han ido completando con otras más ocasionales como “Anagrama compendium” surgida este año y ya con siete títulos: las compilaciones de las mejores novelas o cuentos de Jack Kerouac, William S. Burrouhs, Charles Bukowski, John Fante, Raymond Carver, Roald Dahl. Y la imperecedera Historia del cine de Roman Gubern.
   Este mes de septiembre ha visto aumentar el catálogo de Anagrama en ocho títulos: Las chicas de Emma Cline, Musa de Jonathan Galasi, El ardor de Roberto Calasso (“Panorama de narrativas”); Los diarios de Emilio Renzi de Ricardo Piglia, El amor al revés de Luigé Martin (“Narrativas hispánicas”); De la ligereza de Giles Lipovetsky (“Argumentos); y en “Anagarma compendium”, Bandini de John Fante y Todos los cuentos de Raymond Carver.
   Doy noticia de tres de esas novedades en una primera visual informativa, elaborada primordialmente a base de las presentaciones del editor, siempre sugerentes. En los próximos días volveré a estos títulos con una verdadera valoración crítica.

Francisco Martínez Bouzas


Musa
Jonathan Galassi
Traducción de Jaime Zulaika
Editorial Anagrama, Barcelona, 2016, 233 páginas

“Ésta es una novela sobre libros y pasiones. Una emocionada evocación y un retrato punzante del mundillo editorial neoyorquino. La historia de un joven que intenta abrirse camino; de la rivalidad entre dos titanes de la vieja guardia, cuando el de editor se consideraba todavía un «oficio de caballeros»; y de una poeta legendaria que vive retirada en un palazzo veneciano.
Paul Dukach trabaja en las destartaladas oficinas de Purcell & Stern, prestigiosa editorial independiente cuyas ventanas dan a Union Square y cuyo catálogo reúne una deslumbrante lista de genios literarios y premios Nobel. Paul está destinado a ser el heredero del fundador, Homer Stern, despótico, mujeriego, chismoso y gran editor, cuyo rival declarado ha sido siempre Sterling Wainwright, competidor de pedigrí.
Ambos comparten una obsesión: la poeta Ida Perkins, figura mítica de las letras norteamericanas, de vida escandalosa y obra exquisita. Wainwright, primo suyo y antiguo amante, ha sido su editor. Stern siempre la ha querido incorporar a su catálogo. Y ahora Paul Dukach, admirador rendido de su obra, viaja a Venecia para entrevistarse con ella. Volverá de allí con un manuscrito inédito y un secreto que cambiará muchas cosas…
Roman à clef sobre el mundillo editorial en el que los iniciados descubrirán retratadas con mordacidad a algunas figuras prominentes, sátira feroz de las entrañas de ese universo –la feria de Frankfurt, los egos desbocados de los autores, los tejemanejes de los mercachifles, los excesos de todo tipo, las andanzas sexuales…–, Musa es también un homenaje a un ecosistema en extinción devorado por las grandes corporaciones y la revolución digital, y el perspicaz retrato de un grupo de personas unidas por una pasión: la de descubrir al próximo gran autor, un manuscrito deslumbrante…”

El amor al revés
Luigé Martín
Editorial Anagrama, Barcelona, 2016, 272 páginas

“El amor del revés es la autobiografía sentimental de un muchacho que, al llegar a la adolescencia, descubre que su corazón está podrido por una enfermedad maligna: la homosexualidad: «En 1977, a los quince años de edad, cuando tuve la certeza definitiva de que era homosexual, me juré a mí mismo, aterrado, que nadie lo sabría nunca. Como la de Scarlett O’Hara en Lo que el viento sellevó, fue una promesa solemne. En 2006, sin embargo, me casé con un hombre en una ceremonia civil ante ciento cincuenta invitados, entre los que estaban mis amigos de la infancia, mis compañeros de estudios, mis colegas de trabajo y toda mi familia. En esos veintinueve años que habían transcurrido entre una fecha y otra, yo había sufrido una metamorfosis inversa a la de Gregorio Samsa: había dejado de ser una cucaracha y me había ido convirtiendo poco a poco en un ser humano.»
El amor del revés es la historia de un camino de perfección que trata de poner al descubierto, sin clichés y sin moralismos, la intimidad desnuda de alguien que de repente se siente apartado de las normas sociales y trata de sobrevivir entre ellas. El autor cuenta su propia vida con una sinceridad a veces hiriente: el descubrimiento de su condición sexual, los primeros amores juveniles, los problemas psicológicos derivados de su inadaptación, la terapia conductual que realizó para cambiar sus inclinaciones enfermas, la exploración del sexo, las primeras relaciones afectivas, los contactos con el mundo gay y el descubrimiento progresivo y tardío de la felicidad, «el valor exacto de la ternura».
Es también el retrato de una sociedad infectada por la intolerancia y por el prejuicio, que busca enfermedades imaginarias para marcar su propio territorio moral. Hasta ahora Luisgé Martín había ido filtrando detalles de su biografía en sus novelas. En este libro convierte en objeto de la narración su propia vida, ejemplar en el sentido clásico del término: sirve para vislumbrar a través de ella las debilidades y las grandezas de la naturaleza humana; sus miserias, sus ambiciones y sus logros. El resultado de su empeño es una obra de una franqueza arrolladora y una calidad literaria excepcional que rememora décadas de máscaras, tanteos y exploraciones, en un trayecto primero doloroso y después liberador hacia el conocimiento de uno mismo. Un retrato íntimo y sin velos, una portentosa contribución a la literatura autobiográfica.”

Todos los cuentos
Raymond Carver
Traducción de Jesús Zulaica y Benito Gómez Ibáñez
Editorial Anagrama, Barcelona, 2016, 702 páginas

“Raymond Carver alcanzó el éxito gracias a un puñado de volúmenes de relatos publicados en los últimos doce años de su vida. Su carrera fue breve debido a su temprana muerte. Sin embargo, su obra posee una intensidad sin parangón y ha dejado una huella indeleble; su influencia se ha extendido por todo el mundo. Fue, junto con Richard Ford y Tobias Wolff, el máximo exponente de lo que se bautizó como «realismo sucio». En sus cuentos, lacónicos, precisos, de una contenida intensidad emocional, transforma la vida en literatura siguiendo la estela de Hemingway y sobre todo de Chéjov, su gran maestro. De él aprendió a retratar con profunda humanidad a esos seres desamparados y desolados, golpeados por la vida, a los que convierte en héroes cotidianos: parejas al borde de la disolución, hijos que tratan de comunicarse con sus padres, alcohólicos en busca de una segunda oportunidad, parados, gente corriente de la América más profunda y real.
Sus cuentos forman una elusiva y fragmentaria «gran novela americana». Y es que en Carver está la esencia de la verdadera América –doméstica, desquiciada, perpleja-, y sobre todo la esencia del alma humana retratada a través de una mirada que rechaza cualquier exceso sentimental, pero que, guiada por un depurado estilo, nos hiere directamente en el corazón como sólo es capaz de hacer la gran literatura.”
En este Compedium están:
¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?
De qué hablamos cuando hablamos de amor
Catedral
Tres rosas amarillas
Si me necesitas, llámame

miércoles, 7 de septiembre de 2016

"EL MERODEADOR": LAS HERIDAS DE LA EXISTENCIA





El merodeador

Vicente Muñoz Álvarez

ACVF Editorial, Madrid, 2016, 105 páginas



   El pasado año, al comentar Regresiones, por ahora su última pieza en el terreno de la narrativa, tuve la ocasión de afirmar que Vicente Muñoz Álvarez (León, 1966) es un escritor esponja y todoterreno que, además de su labor como editor, antólogo, creador de fazines como Vinalia Trippers, frecuenta la poesía, el ensayo y la narrativa en sus diversos formatos, entre ellos el relato breve como El merodeador que vio la luz en 2007 en la Editorial Baile del Sol, y alcanza ahora la segunda edición en ACVF Editorial. He calificado El merodeador como un libro de relatos y he dicho mal ya que los dieciocho relatos de esta entrega narrativa le dan forma realmente a una novela. Una novela fragmentada en distintas secuencias que comparten el mismo protagonista y, a través de sus angustias, miedos y menguadas esperanzas, podemos captar con inusitada dureza las heridas de la existencia, consubstanciales de la vida moderna. Porque El merodeador es un itinerario a los mundos de las psicopatías, neurosis y obsesiones, de las que, en mayor o menor medida, solemos ser víctimas la mayoría de los que hoy habitamos un mundo preñado de ansiedades, propicio a generarlas. Denuncias de baja intensidad de las que ni siquiera se libran las vacas.

   Las pequeñas cápsulas -relatos de mediana extensión, algunos efectivos microcuentos- que tejen en sus historias vitriólicas, estremecedoras y, al mismo tiempo, tiernas y generadoras de empatía con el protagonista-víctima de todas ellas, tienen la capacidad de generar una novela breve, híbrida en su estructura compositiva, pero capaz de permitirnos adentrarnos en un estado de quiebra mental, o como escribe el mismo autor, el retrato de un narrador “enfrentado en soledad a sus propios fantasmas”, en un entorno, en este caso rural, ya que el protagonista-narrador había huido del agobio y del esplin  de la ciudad.

   En coloquio con una tradición literaria que recrea esas denuncias de baja intensidad (Pessoa, Pavese, Carlos Castaneda, Osho, Céline, Unamuno, Kerouac, Sartre, entre otros.  Y especialmente Bernhard, un escritor cuya dureza y frialdad hielan la sangre. Vicente Muñoz Álvarez luce las armas de excelente narrador, capaz de levantar una estructura novelística con los ladrillos de pequeños relatos.

  El medodeador está relatada por un narrador omnisciente que lo hace en primera persona y es al mismo tiempo el protagonista, o mejor dicho la víctima, de miedos atávicos, del reino inclemente de la soledad y de la incomunicación, un laberinto de tinieblas o el desasosiego bernhandriano, como confiesa el mismo autor. Un personaje roto, sobre todo por el mundo interior de sus propias obsesiones que le hacen percibir pasos imaginarios en sus noches de insomnio. Los fantasmas a los que le da mil vueltas hasta quedar desgarrado por dentro, provocados por unas tarjetas a su nombre que nadie pidió. La frustración que destruye sus nervios, generada por el cartero que pasa de largo. Tampoco el paseo que raramente se permite, remedia su obsesión, y su cabeza no se libera de la oposición que está preparando y de sus temas. El monólogo delirante de un paciente que se sienta a su lado en la sala de espera de un centro médico, pero muy certero cuando le comenta que los médicos se limitan a recetar medicinas contra los síntomas, “en lugar de atender a su origen, el estrés, la depresión, el vacío interior, la falta de miras…” (página 31). El terror de las horas en blanco, sin lograr dormir que hacen surgir en la mente insomne la presencia de la muerte como consumación de la vida. También la metaliteratura hace acto de presencia en “El relato”: el relato terrible sobre un vagabundo y el relato de la escritura del relato. La ruptura sentimental fruto de los fantasmas de la incomunicación, las frustraciones y los desengaños. La necesidad de terminar un artículo que ha de enviar al periódico, pero el ruido  ensordecedor, incluso en el pueblo, lo enerva y lo confunde. Lo que logará escribir será una mera reseña sin fondo. O la muerte concebida como destripar un pez que el narrador ha pescado: un vaciamiento. En “La calera”, el autor, a través de su protagonista, le rinde homenaje a Bernhard y a su novela La calera, mas, en la visita al espacio donde esta se desarrolla, lo único que encuentra son preguntas sin respuesta. No falta un microcuento de terror y crueldad: los gatos arrojados a un contendor en un bolsa de plástico que maúllan desesperados. Cuando el camión de la basura vacía en su interior la carga del contendor, los maullidos lastimosos de los gatos seguirán repiqueteando en su cabeza. En fin, “El merodeador”, con un personaje creación del narrador, pero que deja su existencia ficcional y entra en su casa: “Resuenan los pasos dentro, atravesando lentamente el pasillo…” En esta novela de relatos tiene así mismo cabida la micronovela del pintor suicida. Un reflejo literario de la existencia deprimida que aboca en el suicidio.

   Aunque la escritura de Vicente Muñoz Álvarez está preñada de una fuerte carga que parece testimonial, ignoro lo que, en este sacar a flote las heridas existenciales, puede haber de biográfico, si bien en el relato “Alta tensión” hay una secuencia que parece un calco de la existencia personal del autor que incluso comienza a escribir un libro titulado El merodeador.

   Las citas de los autores con los que dialoga Vicente Muñoz marcan el tono de cada relato. Dos de ellas, sin embargo, una de Osho (“Cada vez estamos más fragmentados”) y otra de Omar Jayam (“Pero una voz severa me advierte: el Cielo y el Infierno están en ti”) describen con bastante precisión el centro neurálgico del libro: el individuo, en las sociedades actuales, no solo está fragmentado. Es víctima de la misma angustia y del dolor de vivir. La maestría de la que hace gala el autor en el empleo de diversas técnicas literarias, permiten que este pequeño libro fantasmal se convierta a los ojos del lector, en una pequeña joya literaria que se lee, quizás con desazón, pero de un tirón.



Francisco Martínez Bouzas



                                                 
Vicente Múñoz Álvarez

Fragmentos



“Voy a pensar en otra cosa, me digo, o mejor no voy a pensar, de tanto pensar me estoy agotando, estresando, así que voy  a centrar la atención exclusivamente en mi entorno…Pero no pensar, en el fondo, es complicado. Mantener la mente en blanco, receptiva y limpia estando solo, caminando solo, es complicado: ves un rostro y piensas, ves un perro y piensas, ves un coche, un parque, un vagabundo y piensas, la ciudad te lleva y trae consigo si tú vas con ella, si la observas, si la recorres, si la analizas… Todo mejor que pensar en los temas. Pero qué difícil, de todos modos, dejar la mente en blanco…Esa máquina en constante movimiento que es mi cabeza, un mecanismo imparable, un reloj que incesante y sin cuerda marca las horas, aunque yo no quiera, aunque intente pararla, la máquina de mi cabeza sigue marcando las horas…Eso pienso, porque no puedo dejar de hacerlo, intento no pensar en nada, pero una y otra vez me sorprendo pensando.”



…..



“Por eso venimos a verlos una y otra vez…Todo es un montaje, créame, el sistema entero, la política, la religión, la burocracia y las leyes, los medios de comunicación…Nos manejan, subliminalmente, como a marionetas…Manipulan nuestra conciencia, nuestros hábitos y sentimientos, y manipulan, más que ninguna otra cosa, nuestra salud. Para curarnos una enfermedad nos dan medicinas que nos provocan otras más graves, hasta degenerar en la muerte…Ésa es, una y otra vez, su mentira y su trampa… Pero ¿qué podemos hacer al respecto? Dígale esto a la gente, a los médicos,  a los políticos y a los sacerdotes, que nos manipulan, y verá qué le contestan…Seguramente le tacharán de hipocondríaco y loco y se reirán de usted…Eso es lo que hará conmigo el doctor cuando llegue mi turno y le comente que me sigue picando el lunar y que me parece que sigue creciendo…”



…..



“Y venga otro trago de vino, bamboleante en plena noche, borracho hacia su casa desolada en la estación, con las nalgas de aquella chica bailando en sus ojos y cien estrellas rojas, verdes y amarillas a su alrededor, preguntándose por qué no ha podido él tener suerte, como el resto, una mujer, una casa, hijos, coches, libros, planes de jubilación… por qué, por qué él no y otro cualquiera sí…Se va tambaleando a la estación, decía, tropezando en los bordillos de las aceras y en las alcantarillas y haciendo grandes eses sin saber que yo le sigo, que llevo detrás de él todo el día desnudando su cabeza, ese montón de curvas locas, sus neuronas, sus secretos, el horror de su padre muerto o el miedo a esa paliza gratuita a cargo de los diablos que arroja la noche, encarnación del mal, con cadenas, botas de colores, esvásticas y todo el odio concentrado de su generación de falsos sueños…”



(Vicente Muñoz Álvarez, El merodeador, páginas 24, 31-32, 51)

jueves, 1 de septiembre de 2016

"TIEMPOS DE SAL": HISTORIAS DE ESCLAVAS Y DE AMARGA SAL



Tiempos de sal

Lola Fernández Estévez

Editnovel, Barcelona, 2016, 284 páginas



   Una autora novel  debuta en los territorios, muchas veces poco agradecidos, de la escritura ficcional. Me refiero a la cordobesa de nacimiento, pero residente en Cataluña, Lola Fernández Estevez, cuya vocación de escritora la tiene muy clara desde sus años adolescentes, si bien hasta el año 2010 hubo de posponer sus propósitos. No obstante, había llegado la hora, una hora que le exigió renunciar prácticamente a todo, a sus negocios y actividades. Ahora nos sorprende gratamente con Tiempos de sal, novela ganadora del Premio Editnovel. Un título acertado y muy sugerente rotula una historia en la que confluyen diversos hilos narrativos, todos ellos, excepto el desenlace, ásperos y amargos como la sal.

   Una narradora homodiegética nos cuenta, desde dentro de la diégesis y como principal protagonista, una odisea construida de dolores, calvarios, frustraciones, esclavitud. También de sorpresas y sobresaltos y algún momento de sonrisas y felicidad.

   La novela pone en evidencia el dominio del hombre sobre la mujer. Lo constata Judith, la protagonista principal, que es testigo de que, en todas las historias que se desarrollan a su alrededor, siempre había una mujer víctima de los abusos de un hombre. Y ella es la primera víctima, porque su ilusión de empezar una nueva vida en España y trabajar durante el período de un año para pagar la deuda contraída con la agencia ecuatoriana que la había convencido de que le habían encontrado un trabajo en España, se ve frustrada nada más pisar tierra, al ser secuestrada por una mafia de trata de mujeres y forzada a ejercer la prostitución. Comienza así una historia de esclavas que estará presente, como tema subyacente, en buena parte de la novela; y que la autora desarrolla con realismo, sin disimular los hechos y los atropellos de una terrible explotación. El mes en el que la protagonista se vio forzada  a ejercer la prostitución es el cruel paradigma del esclavismo de nuestros días, debido  al afán insaciable y ancestral de ciertos hombres de someter a los más débiles. Y los más débiles son primordialmente las mujeres. Lo fueron históricamente y lo siguen siendo en el presente de nuestros días.

   La protagonista conseguirá escapar de sus depredadores y refugiarse en una mansión-castillo habitada por una señora ciertamente peculiar. Sin embargo, los proxenetas darán con ella y con una amiga a la que había conseguido rescatar y la perseguirán; y el mismo hecho de haber ejercido la prostitución, aunque había sido en contra de su voluntad, acabará actuando en el subconsciente de la protagonista como una impronta difícil de borrar. Una marca maldita que estará presente en gran parte de la novela. Sin embargo, tras un intento de violación, esa mujer especial que la había confundido con una asistente que una agencia le iba a enviar, cambia su actitud hacia ella. Y sobre todo se desahoga contándole su vida. Son los años de sal de Isabel, la moradora del castillo, encerrada por el padre, junto con su madre, durante cinco años, en un cuarto de tortura por oponerse a su voluntad y ser madre de una niña. Una tortura que visibiliza a través de una personalidad desequilibrada. Es la sal negra que alimenta su parte vital que se niega a emerger. Tiene un pie en el presente y otro en el punzante pasado.

   La autora hace transitar con naturalidad y coherencia la historia de prostitución a la de la lucha contra los proxenetas y al buceo en el pasado de la dueña del castillo, que convierten al  relato en una verdadera novela de aventuras y en una trama detectivesca, una historia de amor y en un descubrimiento intensamente gratificante para los personajes que participan en la novela desde el lado de los “buenos”. Porque, en la novela, aunque sin maniqueísmos, hay buenos y malos.

   El desenlace de la trama que no spoilearé -esa es la obligación del crítico-, es tan inesperado que se convierte en inverosímil: se produce lo que el lector difícilmente puede sospechar y que mantiene en vilo su atención a lo largo de un relato que la autora sabe graduar con acierto, dosificando a medida que avanza  aquellos datos que considera necesarios para la coherencia de la historia y para mantener expectante la atención lectora. Pero lo inconcebible e inverosímil de un desenlace no debe desvirtuar una historia de búsquedas dramáticas, investigación policial y detectivesca, porque en la ficción - he aquí su magia- todo es posible.

   Con ese final imprevisto se acaban los tiempos de sal, de dolor, de tortura y frustración. Una novela de esclavitudes, con buenas dosis de intriga y misterio, dominada por la fuerza de la principal protagonista que es capaz de soportar y sobrevivir a la esclavitud y opresiones a las que la someten  sus depredadores.

   En el haber de la novela registro, sobre todo, la acuidad con la que Lola Fernández Estévez hace encajar las diversas piezas de un puzzle  complejo. Una estructura narrativa compuesta, como he dicho, de diversos aportes diegéticos y que la autora amalgama con coherencia. Es destacable así mismo la destreza de la escritora a la hora de lograr una perfecta integración de un abanico de personajes y de sus acciones que se orquestan en una organización superior dotada de solidez. También reseñable el equilibrio que existe entre los dramas internos de los personajes y la acción, abundante pero bien dosificada mediante un ritmo cuidado y la coherente adecuación de los elementos narrativos que evitan que existan contradicciones en una trama compleja, que formula además con radicalidad algunas de los grandes interrogantes sobre la enredada y oscura naturaleza humana. Con dominio de una adecuada plasticidad a la hora de acompañar a la trama con buenas descripciones, tanto de los espacios y ambientes como de los fenómenos atmosféricos. Y a los personajes delineados no solo por sus acciones, sino también por una penetración sagaz en su psicología.

   Un estilo de prosa ágil y correcto en el que abundan elementos metafóricos especialmente en la primera parte. Muchos, quizás excesivos, y algunos de ellos sin demasiado o con forzado fundamento objetivo que provocan  la impresión de una cierta artificialidad en la escritura. No deslucen, sin embargo, este plausible debut de Lola Fernández Estévez en la escritura de ficción, con una historia de esclavas y de amarga sal.



Francisco Martínez Bouzas

                                                    
Lola Fernández Estévez



Fragmentos



“Recuerdo el caso de una compañera que no regresó a dormir. Madrugada, tras madrugada, la cama  vacía nos recordaba que todavía podía ser peor. El miedo y alivio de no haber sido elegida para una desgracia mayor tenía más fuerza para borrarla de nuestra memoria que el transcurso del tiempo. Otra de las chicas, Sara, una de las más jóvenes y rebeldes, destinada a trabajos especiales como decían ellos, regresó una noche con los ojos emborronados de máscara de pestañas y sangre en la boca. Cuando se desnudó le vi moratones y quemaduras de cigarro por todo el cuerpo, eso, y el labio partido, dejaban pocas dudas sobre a qué menesteres había sido sometida. Sin embargo,  a pesar de sus diecisiete años y el aspecto de niña delicada, se introdujo en la cama enroscada como un ovillo sin emitir una queja. Desde esa noche, la niña frágil ganó mi respeto y el de las demás, a juzgar por el silencio, igual al que se produce ante las catástrofes, que llenó la habitación.”



…..



“-También hay prostitución masculina -lo decía con cautela, temeroso, debido a la contundencia y seriedad con la que yo hablaba-

-Si descuentas la demanda gay es un tanto por ciento muy bajo, aquí los explotados somos las mujeres y los niños. El dato y el hecho es que la mujer no prostituye sino que es prostituida, ni mata, sino que es asesinada, ni maltrata, sino que es maltratada. Si no existiera esa demanda por parte de los hombres no habría mafias que se dedicaran a secuestrar a jóvenes, vender niñas o iniciar a chicas sin recursos en la droga para anularles la personalidad, enajenarlas y hacerlas suyas.

-Así que los culpables somos los hombres.

-Los que utilizan la prostitución y su condición de machito, sí. Sin ellos el mundo sería un poco mejor para las mujeres. No somos ovejas o vacas, han sido muchos los siglos de sometimiento. Nadie debería condicionar a nadie por el sexo.”



…..



“Sobre la cama, sentada, mi protectora miraba con ojos perdidos a algún lugar del país «Del Vacío», donde seguramente, las gentes vivían en cuevas de sal.. La ventana, vencida de luz, contenía apurada unos rayos de sol que intentaban colarse por sus ranuras. Seguía vestida con el albornoz del desayuno y en la parte superior  del escote, sobre las puntillas del encaje del camisón, sobresalían diminutos montículos de sal. Dudé que en aquella figura petrificada en forma de silla habitara la mujer enérgica de fortaleza indiscutible que había sobrevivido al libre albedrío de un psicópata llamado Joan Aristany.”



(Lola Fernández Estévez, Tiempos de sal, paginas 3-4, 199-200, 214)