miércoles, 10 de agosto de 2016

"NEBIROS": NOVELA MALDITA E INFERNAL



Nebiros
Juan Eduardo Cirlot
Epílogo de Victoria Cirlot
Ediciones Siruela, Madrid, 2016, 186 páginas

   Nebiros, la única novela de Juan Eduardo Cirlot (Barcelona, 1916–1973), fue escrita en 1950. Sin embargo, esta de 2016 es su primera edición, porque la censura de la dictadura franquista dictaminó lacónicamente que era una novela de “moralidad grosera, repugnante. No se debe autorizar”. Fue así como la novela de Cirlot se convirtió en un texto más que dejó de existir debido a una censura, revestida muchas veces de tintes kafkianos, del nacionalcatolicismo de los vencedores de la Guerra. La religión y la moral sexual se convirtieron en los temas preferidos de las tachaduras y prohibiciones de la censura posbélica en su primera época. En un epílogo muy documentado y esclarecedor, Victoria Cirlot, hija del escritor, da cuenta de aquella denegación de una autorización solicitada ingenuamente por el que iba a ser su editor, José Janés. Y al mismo tiempo informa de las vicisitudes del manuscrito que Juan Eduardo Cirlot no destruyó, contrariamente a lo que había hecho con todos sus papeles anteriores a 1958. Aquel manuscrito retorna ahora  en forma de libro, editado por Siruela, tomado del original sometido a la censura, con las correcciones realizadas por el autor.
   Juan Eduardo Cirlot fue poeta, compositor, crítico de arte y autor del Diccionario de símbolos, de gran éxito editorial. Un nexo intertextual muy marcado une a Nebiros con la obra poética del autor, de corte surrealista y simbolista.
   En el libro Los secretos del Infierno (1522) halló Cirlot el título para su novela. Nebirus es el marqués del infierno, uno de los demonios superiores, conocido también como Cerberus, Neberus, Neferus. Suprimida la forma latinizada, queda Nebiros, un nombre que, por su cercanía a niebla y por contener la letra n, símbolo de la negatividad (ni, nada, nunca…), agradó al poeta. Con ese nombre rotula Cirlot un bar donde el protagonista vive un estado alucinatorio.
   La acción de la novela la sitúa el autor en una ciudad portuaria carente de nombre, pero fácilmente identificable con Barcelona. El protagonista, igualmente innominado, sale un atardecer de su oficina, y en un pacto con el demonio Nebiros y hasta el alba del día siguiente, realiza un errático y atormentado paseo por los rincones más sórdidos de la urbe: bares, tugurios y prostíbulos del barrio chino de la ciudad. En su vagabundeo casi hipnotizado, sus pensamientos irán siendo ocupados por borrachos, indigentes y sobre todo por prostíbulos. Se encierra en una habitación con una de las prostitutas más feas, preocupado más por lo que debía dejar de hacer que por lo que tenía que hacer. Entre  el asco, el miedo y sus turbios pensamientos nihilistas, así como una fascinante e insuperable fascinación del mal. Un acuciante y animalesco instinto sexual, deshago de sus nervios. Y a medida que avanza el vagabundeo, la tonalidad de la novela se vuelve densa, agobiante, produciendo en el lector una irrespirable sensación de claustrofobia.
   La novela está contada por un narrador omnisciente que nos permite vislumbrar los pensamientos del personaje. De este modo, el deterministico y  maléfico periplo físico se ve completado por el viaje interior del protagonista por los vericuetos de su mente atormentada, que percibe la existencia como algo carente de sentido, en la misma línea del existencialismo, del que sin duda bebió Cirlot. En un repetitivo monólogo interior, se van haciendo evidentes los insondables abismos en los que está sumida la mente humana en relación con el yo personal y con los demás seres humanos.
                                              
El Raval, barrio chino de Barcelona, en la posguerra

    La novela ilumina la existencia humana con lo más oscuro de las sombras, a través de un personaje hundido en la noche. Un “desenterrado”, como lo ven las prostitutas. Esta tonalidad sombría, nocturna, con predominio de la degradación de bares que parecen el refugio de almas solitarias, con prostíbulos repugnantes, laberintos del deseo, con oscuras obreras del sexo, no hace más que revelar el estremecedor y desvalido interior de un hombre en su deriva existencial, alejado de toda esperanza.
   La novela es un reflejo de lo siniestro, un “enamoramiento” de la nada, como se ha escrito. Una conjunción de fuerzas maléficas para quien cree en ellas. Por eso, con razón habla Victoria Cirlot de que el relato de su padre se sutura claramente con aquella tradición literaria “tumultuosa” que mantiene relaciones con el mal. Viaje pues a los avernos humanos, a lo más oscuro de lo que somos, alumbrados por titilaciones del mal. Pero este mundo turbio y los soliloquios nihilistas del protagonista aparecen reflejados a través de una potente fuerza poética, plagada de simbolismo y expresividad. Y quizás por un perfecto conocimiento de las interioridades del protagonista, aunque Juan Eduardo Cirlot nunca confiesa que es él el héroe / antihéroe de su relato.

Francisco Martínez Bouzas

                                                   
J. Eduardo Cirlot retratado por Leopoldo Pomés
Fragmentos

“Dejó el tomo de medicina y volvió a tomar el que trataba de las interioridades del infierno. En una especie de tabla, de manera muy científica, estaban indicados los nombres de las altas jerarquías del submundo, con cita de los poderes peculiares que les estaban conferidos. Luzbel, Satanachia, Crararia, Nebiros, Aglipheret, etc. Cada demonio reinaba sobre un pecado capital, pero de Nebiros se decía que sus dominios consistían en un pecado que alude la Biblia, que no se puede nombrar o, mejor dicho, del cual se ignora la esencia. Al ver esta directa alusión, no pudo menos de estremecerse. ¿Cómo no había advertido nunca tal cosa? Si había un pecado desconocido, era equivalente a la enfermedad desconocida, a aquello por lo que él sufría sin saber a ciencia cierta la razón y para llegar a la entraña de lo cual solamente había contado con el paralelismo establecido por la herida de Amfortas, en Parsifal. Nebiros. El gran demonio estaba representado con todos sus atributos; la cola era especialmente poderosa, provista de un garfio agudo como el de un alacrán. Nebiros era su dueño.”

…..

“Prosiguió avanzando y al llegar a una esquina tomó por la calle que conducía a la salida del barrio. Siguiendo luego por la que empezaba  a la derecha llegaría a una plaza que hubiera preferido no ver, pues parecía hecha ex profeso para las ejecuciones públicas. Cuadrada, maciza, de terreno irregular, sin empedrar, los siglos parecían no haber pasado por aquel espacio en el que resonaban aún los aullidos de la muchedumbre y los lamentos de los moribundos, atados al poste del garrote, o al nudo corredizo de la horca. Pero tenía que pasar por allí si quería visitar la serie de tres o cuatro prostíbulos que había al final de la calle. Sin saber la causa acaba siempre por caer en ellos. Eran como el comedor colectivo; ni el tugurio definitivamente miserable, ni el falso aspecto de lo que se presentaba cómoda y alegremente. Estaban pintados de colores chillones y obscuros, en los que predominaba el rojo sangre buey. Una substancial atmósfera se había remansado en tales interiores, los cuales parecían conservar toda la primitividad de aquella institución eterna.”

…..

“La cama se licuó como el hielo sobre las brasas y el lavabo se convirtió en una enorme bahía llena de luz y de barcos antiguos, con velas de colores y remos de plata. Las piernas de aquella mujer ascendían hasta el cielo convirtiéndose en el eje del universo, en el alma del mundo. Solamente el sexo permanecía allí como una alusión infernal, como un grabado mágico en el que cada rasgo fuera el ideograma de un alfabeto oculto. Su mirada iba de aquel receptáculo teñido de rojo a la infinita espacialidad que se había abierto en la habitación, mientras las manos de ella correspondían a su caricia con la más enervante de todas. Su ardor sagrado se había comunicado a la pobre mujer, cuya cabeza sufría sacudidas espasmódicas y cuyos ojos apagados y tristes se reflejaban dos ciudades lejanas o dos puertos parecidos al que ardía a su lado derecho, mientras la bombilla roja, como una luna desconocida, de otro sistema planetario, parecía transitar por el aire, avanzando y retrocediendo rítmicamente hasta obscurecerse y confundirse con la noche total.”

(Juan Eduardo Cirlot, Nebiros, páginas 56, 76-77, 112)

domingo, 7 de agosto de 2016

"PARA VOS NACÍ": SOLA PERO VISIBLE ENTRE HOMBRES



Para vos nací

Espido Freire

Editorial Ariel, Barcelona, 2016, 2ª edición, 324 páginas



   En el quinto centenario del nacimiento de Teresa de Cepeda y Ahumada, la escritora Espido Freire asume, en Para vos nací. Un mes con Teresa de Jesús, el reto de acercar la existencia vital de esta mujer del siglo XVI a la sensibilidad de nuestro tiempo. El libro de Espido Freire, estructurado en cinco semanas y treinta y un días (capítulos), analiza las diversas facetas de la mujer que es santa y doctora de la Iglesia, pero sobre todo mujer en una época y en un mundo en el que esta era invisible, privada como estaba de voz propia. A la autora de Melocotones helados le viene de lejos el interés por ciertos personajes femeninos, dotados de una vida fecunda y quizás controvertida como Jane Austen o las hermanas Brontë. Y lo hace, en este caso, desde el filtro del agnosticismo, mas con el propósito de que sus páginas sean una nueva forma de ver al personaje y darle vida en nuestros días.

   El libro de Espido Freire puede leerse en un orden distinto del propuesto por la autora. Ella inicia su acercamiento a Teresa evidenciando las dificultades que una mujer del siglo XVI tenía para ser tal en un mundo de hombres: no debía ser vista ni oída, su visibilidad quedaba acotada a ser cristiana, pero desde un status de mosquita muerta. Las diferencias genéricas en el siglo XVI eran abismales: un insignificante número de mujeres letradas, y con una institución, la Santa Inquisición, uno de los grandes temores de Teresa junto con el infierno, acechando herejías, meras discrepancias o interpretaciones que no se ajustaban a la ortodoxia de la Contrareforma tridentina. La mano de hierro de la Inquisición reprimió ferozmente a luteranos y a aquellos religiosos y religiosas que pretendían buscar a Dios por otras vías, por el camino de la mística; la de los “alumbrados” en la versión española con varias “betas” salvajemente torturadas porque  pretendían seguir un camino propio de comunicación con Dios y crearse su propio universo religioso, muchas veces contaminado por la locura o excesos sexuales. En esos terrenos sumamente delicados, se tuvo que mover Teresa Cepeda. Corrían además malos tiempos para aquellos que deseaban mostrar su talento o adquirirlo.

   En la recuperación de su personaje, Espido Freire analiza la posibilidad de que Teresa fuera víctima de enfermedades mentales. No cabe duda de que fue una enferma de espíritu, tal como se definía en su tiempo: gran inestabilidad psicológica, somatizada intensamente en forma de éxtasis: alucinaciones, crisis de felicidad, quizás brotes epilépticos. Obsesionada además desde niña con las llamas eternas del infierno y con el miedo familiar -una familia de conversos- a la Inquisición. La escritura será una de sus terapias, una herramienta de curación.

   Entre los capítulos más interesantes y sugestivos del libro, anoto “Teresa y el cuerpo”, “Teresa y el erotismo”, “Teresa y la muerte” o “Teresa y la literatura”. Teresa de Ávila, no obstante admirar a determinados eremitas, nunca se dejó llevar por penitencias extremas, ni permitió que lo hicieran sus monjas. Sin ser objeto de especial atención, llega a ufanarse de su cuerpo, el cuerpo de una mujer hermosa, llegando incluso a la coquetería en ciertas etapas de su vida. Entre interrogantes queda la posibilidad de que Teresa llegara a conocer alguna faceta del sexo. Con uno de sus admiradores “estuvo a punto de perder la honra”, razón por la que su padre la interna en el convento de la Encarnación, sin que eso  a priori estuviera entre sus planes. Un cuerpo finalmente despedazado y desperdigado por medio mundo.

   No fue Teresa una erotómana, a pesar de las manifestaciones amorosas que salpican sus escritos, y de sus intensos apasionamientos. En un tiempo en el que el catolicismo anatematiza el amor y el sexo fuera del matrimonio e incluso dentro de él se aconsejaba días de castidad y huir de la “delectación”, Teresa comprende que debe liberarse de cualquier pasión ya que eso la alejaría de Dios. La salida que halla Teresa es la sublimación a través de la mística: siempre que sea por el amor a Dios, el corazón puede latir de forma intensa e incluso desordenada. Una experiencia capaz de proporcionar un placer intenso y un “dolor sin fin pero exquisito” (página 120).

   En un tiempo en que las Ars moriendi son muy populares, Teresa propone un método distinto de aceptación de la muerte: no solo era un acontecimiento ineludible, sino que no llegaba demasiado pronto. Por eso Teresa concibe la muerte como el gran momento ansiado de unirse a Dios.

   En la sociedad española del siglo XVI con un alto porcentaje de analfabetismo, y con la decisión y el consenso de que las mujeres deberían continuar siéndolo, parecía intolerable que una mujer se atreviese a hablar en público, a escribir y publicar. La condición e incluso virtud que mejor le sienta a la naturaleza femenina es el silencio. Teresa, sin embargo, aprendió a leer a temprana edad y pronto descubrió que una de sus pasiones se encontraba en las letras. Siendo niña se inició en la literatura con la escritura, junto con su hermano Rodrigo, de un relato de caballería: El caballero de Ávila, deudor del Amadís de Gaula. Ya en su edad adulta, el gran placer de Teresa será la escritura, una escritura automática, en la que la pluma volaba, en el decir de las monjas. El Libro de la Vida será su primera obra como adulta. La seguirán Camino de perfección, Desafío espiritual, las Fundaciones, Las Moradas… Una escritura cimentada en un estilo “táctil, sensual, inmediato”, y en una simbología fácilmente reconocible, expresión de su gran riqueza interior.

   Un mes con Teresa da mucho de sí. En treinta y un capítulos, casi todos ellos muy jugosos, Espido Freire traza, no la biografía de la Santa, sino un retrato de la personalidad de una mujer ambivalente y poliédrica, contextualizándolo en su época en la que se convierte en un personaje rebelde, sospechoso, discrepante con el espíritu del tiempo. Y lo hace transitando, aunque sin forzar situaciones, desde el siglo XVI al actual, con no pocas comparaciones con personajes y acontecimientos de nuestro hoy. Todo ello aderezado con un estilo de prosa cercano; una escritura basada en el sentido común y en la empatía entre el personaje perfilado y la dibujante que, en este caso esboza y colorea con el lápiz y los colores de la palabra.





Espido Freire


                                            Fragmentos



“Como los albigenses o cátaros varios siglos antes, también existían corrientes consideradas heréticas que propugnaban diversas reformas o el regreso a una Iglesia más inmediata o transparente. Teresa se movió ahí en varias ocasiones en terrenos muy delicados, porque su propia reivindicación de una austeridad mayor para sus carmelitas podía ser malinterpretada. Con el protestantismo en auge -y sus versiones patrias, como la de los alumbrados-, cabe entender las precauciones con las que ella, y quienes la querían, se movían.

Los alumbrados no pretendían ninguna estafa religiosa, sino una comunicación distinta con Dios; era un movimiento místico que procedía de algunas ramas franciscanas y que encontró particular acogida en Castilla, sobre todo entre algunos nobles cultos e insatisfechos. Cuestionaban la autoridad de la Iglesia y el que se pudiera ganar el cielo a través de lo que no se encontraba en la Biblia, sino que eran invenciones del clero. Su entrega a Dios era personal, absoluta, y en ocasiones eran favorecidos, como Teresa, por visiones y éxtasis.

Cuando la Inquisición volvió sus ojos a estos grupos rebeldes, Teresa era una niña. En torno a 1525-1530 fueron torturados o apresados la mayoría de sus líderes, entre ellos Pedro Ruiz Alcaraz, las beatas Isabel de la Cruz y María de Cazalla y varios otros defensores del trato directo con Dios. La Santa, por lo tanto, conocía bien esa derivación y huía de ella como de la peste.”



…..



“Teresa se atreve, en un alarde muy mal visto de originalidad, a gritarle a su entorno, misógino, conservador e inmovilista, que ya no necesita que la guíen, que ella sola puede marcarse el camino y además, indicárselo a otras. No contenta con eso, decide recuperar unos rigores para la vida y la oración que muchos consideraban una muestra de fanatismo, y otros, un reproche para quienes disfrutaban de riquezas y comodidades eclesiásticas. Y lo que es más, todo eso proviene de quien, desde hace años, es la comidilla de Ávila  por sus visiones y sus levitaciones, una monja quisquillosa y que ha cambiado tantas veces de confesor que posiblemente no tenga claras ni sus ideas ni las de la Iglesia. Además, ¿no es de sangre conversa?”



…..



“Vi a un ángel que se hallaba a mi lado de forma humana (…) El ángel era de corta estatura y muy hermoso, su rostro estaba encendido como si fuese uno de los ángeles más altos que son todo fuego (…) Llevaba en la mano un dardo de oro cuya punta parecía un ascua encendida. Me parecía que por momentos hundía el dardo en mi corazón y me traspasaba las entrañas y, cuando lo sacaba me parecía que las entrañas se me escapaban con él y me sentía arder en el más grande amor a Dios. El dolor era tan intenso que me hacía gemir, pero al mismo tiempo, la dulcedumbre de aquella pena excesiva era tan extraordinaria que no hubiese yo querido verme libre de ella.” (Fragmento de la Transverberación, Libro de la Vida)



(Espido Freire, Para vos nací, páginas 45, 75-76, 120-121)

viernes, 5 de agosto de 2016

"ANNA": DISTOPÍA EN UN MUNDO SIN ADULTOS



Anna
Niccolò Ammaniti
Traducción de Juan Manuel Salmerón Arjona
Editorial Anagrama, Barcelona, 2016, 293 páginas

   Desde los estudios de biología que realizaba hace veinticinco años, Niccolò Ammaniti derivó hacia la literatura; y hoy en día es uno de los narradores más prestigiosos no solo en Italia, sino también en Europa. Un escritor de éxito con novelas llevadas al cine (No tengo miedo y Tú y yo, dirigida por Bertolucci). Participó en la famosa antología de Eunandi, Gioventù Cannibale (primera edición en 1996). El pasado año publicó en la misma casa editora Anna, que ahora nos llega en español de la mano de Editorial Anagrama.
   Anna es ficción distópica, la representación de un mundo apocalíptico, poblado solo por niños huérfanos, que el autor coloca en un futuro muy cercano, el año 2020, y en un lugar inhóspito, como suele hacer en la mayoría de sus narraciones. En este caso, una Sicilia en ruinas, un mundo devastado por la Roja, un virus mortífero que, aunque incuba también en los adolescentes, solamente se convierte en enfermedad mortal en los adultos. Los adolescentes desarrollan la enfermedad al alcanzar un determinado umbral hormonal. Una enfermedad desconocida que asola el planeta. El marco espacial donde se inicia y desarrolla la mayor parte de la acción es Sicilia. Hasta esta región de la Italia insular, llega el virus proveniente de Bélgica, y la familia de Anna, la protagonista principal, es barrida del mapa junto con millones de adultos. Sobreviven los huérfanos Anna, una niña de trece años y su hermano Astor de cuatro. En ellos,, igual que en otros niños, el virus permanecerá escondido y dormido, pero despertará al hacerse mayores, y también ellos engrosarán el registro de los muertos. Por esa razón, el mundo se ha transformado en un desierto apocalíptico: viviendas vacías y abandonadas, tierras calcinadas, tiendas saqueadas, basura y destrucción. Sin adultos que impongan orden y sirvan de guía para los niños que, organizados en feroces hordas de desarrapados, recorren Sicilia, asaltando viviendas, negocios o cualquier lugar donde sospechan que puede haber algo para comer o agua para beber. Un escenario pues de silencio, hambre, horror, con manadas de perros transformados en máquinas de matar.
   En este contexto espacial, coloca Ammaniti a Anna, la protagonista principal de la novela que, con uñas y dientes, intentará sobrevivir junto con su hermano Astor. Su único apoyo es un cuaderno donde, antes de morir, su madre anotó las Cosas Importantes que consideraba imprescindibles para la supervivencia en un mundo donde la única ley que rige es la del más fuerte. Circulan extrañan teorías y leyendas para inmunizarse y curarse de la Roja, como quemar a la Picciridduna y comerse sus cenizas. Pero de lo único de lo que Anna tenía absoluta certeza era su visión de miles de adultos, entre ellos sus padres, convertidos en montones de huesos. También estaba segura de que nadie había superado los catorce años sin desarrollar la enfermedad. Y ella tiene trece, pero sospecha  que en el continente hay mayores que han sobrevivido.
   Es la esperanza de que, al otro lado del Estrecho, el mundo se mantenía como antes; sobre todo que la gente no se moría a los catorce años. Por eso, junto con su hermano, decide cruzar el mar. Pero antes, con la ayuda de Pietro Serra, coprotagonista importante de la segunda y tercera parte de la novela, tendrá que encontrar a Astor y rescatarlo de la banda de niños azules y del montón de huesos humanos entre los que reside.
   Calabria es el continente; quizás no es distinto de la Sicilia asolada por la epidemia, quizás tampoco allí haya Mayores, pero el novelista hace que, para los hermanos, represente el horizonte de esperanza para seguir adelante. La utopía que renace en el fragor de un mundo distópico gobernado por la muerte. Y lo es especialmente para Anna que un día, después de su cumpleaños y tras la lucha con un pulpo, descubre que su vagina aparecía empapada de sangre marrón. Es el estrangulamiento de las reglas biológicas: la llegada de la menstruación que representa la fertilidad y por consiguiente la vida, se transforma en la señal de que la muerte acecha y está próxima.
  Anna es a la vez la historia de un largo viaje, de una odisea huyendo de la muerte a través del infierno de un desierto de casas vacías y de bandadas de niños asalvajados y canibalizados con tal de subsistir. Y a la vez, una novela de formación, de iniciación a la vida, especialmente para Anna que, en la arriesgada huida del virus, experimenta la llegada de la pubertad con sus reclamos hormonales, en este caso un anuncio fatídico de la pronta llegada de las manchas escarlatas del virus. Y la experiencia del amor entre la desolación y la barbarie, si bien solamente sabrá de verdad lo que es cuando se lo arrebaten (“El amor es sentir la falta”, página 263). Ella pierde la inocencia, pero se encuentra a sí misma, y llega a comprender que la vida no es sino una interminable serie de esperas.
   En la novela, Niccolò Ammaniti le da rienda suelta a una de sus obsesiones: la presencia de los perros. Manadas de perros salvajes que persiguen a la protagonista; el perro negro en cuyas pupilas “había un estupor casi humano”, una fiera ansiosa de beber la sangre de Anna, y que, sin embargo, como custodio de la libertad, irrenunciable para el ser humano y símbolo de un poder silencioso, será salvado por la adolescente en medio de las corrientes marinas del Estrecho, convirtiéndose con sus siete vidas en una especie de ángel custodio de los hermanos.
   Es preciso reconocer, en el haber de la narración, una exposición cimentada en la claridad, una fuerte y bien lograda caracterización de los personajes, un inestimable retrato realista del apocalipsis. Mas en el debe de Ammaniti, anoto la sobreabundancia de secuencias secundarias, de detalles que aumentan el número de páginas, pero hacen disminuir la tensión dramática de la vecindad de la muerte. Y como mérito o demérito es preciso hacer mención a la relación que establece el texto de Ammaniti con muchas otras novelas, especialmente con El señor de las moscas de William Golding y con La carretera  de  Cormac McCarthy. Hay un cambio de protagonistas. En el relato de Ammaniti son dos niños huérfanos, mas la situación y el contexto son muy semejantes: un territorio asolado, un yermo de la civilización y con la muerte llamando a la puerta, precisamente cuando llega la hora de la vida.

Francisco Martínez Bouzas

Niccolò Ammaniti
                                               
Fragmentos

“Pasó junto a una fila de automóviles que tenían los cristales rotos. Estaban cubiertos de ceniza y alrededor crecían hierbas y trigo.
El siroco había arrastrado las llamas hasta el mar dejando tras de sí un desierto. La tira de asfalto de la autopista A29, que unía Palermo con Mazara del Vallo, partía en dos una extensión de tierra muerta en la que se alzaban troncos negros de palmeras que parecían de metal y algunas columnas de humo. A la izquierda, más allá de de las ruinas  de Castellammare del Golfo, se veía un mar gris que se fundía con el cielo. A la derecha, una serie de montes bajos y oscuros flotaban sobre la llanura como islas lejanas.
Un camión volcado obstruía la calzada. El remolque había destrozado la mediana y lavabos, bidés, tazas de váter y cascotes de cerámica blanca se habían esparcido en muchos metros a la redonda. La chica pasó por en medio.
Le dolía el tobillo derecho. En Alcamo, había abierto a patadas la puerta de una tienda de comestibles.”

…..

“En los últimos cuatro años, Anna había visto a muchos niños llenarse de manchas y morir. Encerrados en un trastero oscuro, en un coche, como aquel perro, al pie de un árbol o en una cama. Luchaban, pero al final todos, sin excepción, comprendían que era el fin, como si la muerte misma se lo hubiera susurrado al oído. Conscientes de ello, algunos aún sobrevivían un tiempo, otros no lo descubrían hasta un instante antes de expirar.
La mano de Anna, casi por voluntad propia, acarició la frente del perro…”

…..

“Entraron en la ciudad silenciosa. Nada se había librado de la furia devastadora. Ni tiendas, ni edificios, ni pisos. Todas las puertas habían sido forzadas, todas las cocinas saqueadas, todos los armarios abiertos. Los cuadros habían sido tirados al suelo, los cristales rotos, los platos hechos añicos. Algunos barrios parecían bombardeados. Lienzos de pared resistían como escollos en medio de montones de escombros que invadían las calles y sepultaban los automóviles. Vieron los restos carbonizados de dos helicópteros que se habían estrellado.
Cuando llegaron al mar, tuvieron que pasar por encima de barricadas de muebles y contenedores de la basura sobre los que ondeaban jirones deshilachados de banderas negras. Nadie parecía haberse salvado. Y si alguien se había salvado, ya no estaba allí. No había perros ni gatos. Los únicos seres vivos que se veían eran chinches verdes que formaban pelotas vibrantes de patitas y le saltaban a uno a la cara y al pelo.”

(Niccolò Ammaniti, Anna, páginas 18, 65, 205)