sábado, 18 de junio de 2016

HISTORIAS TEJIDAS CON LOS HILOS DE LA FANTASÍA



Cuentos de la Cábila
Antonio Pereira
Alianza Editorial, Madrid, 168 páginas
(Libros de fondo)

   Antonio Pereira (Villafranca del Bierzo, 1923 – León, 2009), como el mismo reconoce en el último relato de esta colección de relatos, es un chico de la Cábila que llegó a  ser literato y al que hicieron Hijo Predilecto cuando ya era mayor y le blanqueaba la barba. En efecto, si algo de real habita en estas prosas recogidas bajo el epígrafe de Cuentos de la Cábila (2000) es el hecho indiscutible de que Antonio Pereira se sintió literato  ya desde su adolescencia. En uno de los relatos seleccionado, “La orla”, nos hace partícipes de sus anhelos de colaborador espontáneo y de la emoción del adolescente que ve publicadas por primera vez sus décimas en la hoja parroquial. Versos a palo seco, sin orla, sin adornos. Forjado en efecto en las herrerías de la lírica, Antonio Pereira siempre se sintió poeta. También cuando escribe prosa, sus textos están muy próximos a la poesía. No obstante, Antonio Pereira está reconocido como uno de los máximos cultivadores del relato español contemporáneo. Y sobre todo, como gran narrador oral en ese filandón de las tierras leonesas, en el que las mujeres hilaban la lana y los hombres contaban historias.
   Su nacimiento en Villafranca del Bierzo (León) no fue únicamente un hecho biográfico, porque Antonio Pereira asumió como un verdadero patrimonio el testamento cultural del noroeste, con sus mitos y leyendas, con su clima de misterio que envuelve las cosas y los paisajes en una atmósfera de difícil descripción, que empapa sus narraciones y que nosotros percibimos de forma matizada, como escribe José Enrique Martínez. Y en el padrón del noroeste literario de Antonio Pereira, entra la Galicia de los antiguos líricos y de los fabuladores de hoy; la Asturias de la Regenta y, por supuesto, el Bierzo al que dedicó este libro, y en el que irrumpe con frescura, nostalgia y cierta tonalidad irónica la geografía cordial de su infancia y adolescencia.
   El “cuentista aplicado”, como se autodefinió, escribe “relatos memoriosos” y nos permite disfrutar de un amplio elenco de piezas narrativas que tienen en la brevedad una de sus características formales más peculiares, ya que Antonio Pereira se apuntó, sin ninguna duda, a la religión de Borges y, con el escritor argentino, pensaba que no se deben escribir quinientas páginas para narrar una historia que se puede contar en pocos minutos.
   En cuanto a su temática, se puede decir que Cuentos de la Cábila es una aproximación ficcional a la niñez y adolescencia del escritor en el hábitat de su tierra natal, el país del Bierzo. Un haz de fabulaciones que dan cuenta de las experiencias iniciáticas, de la educación sentimental en el territorio de la infancia, y que tienen como centro neurológico, o quizás más bien cordial, el barrio de la Cábila, el barrio del Otro Lado del río; el más populista, heterodoxo y desclasado de Villafranca del Bierzo. Pero, sobre todo, un barrio vivo que nutre de vivencias y de materia ficcional la pluma del escritor.
   Late en estas brevísimas prosas la riqueza cromática de las experiencias lejanas de ese tiempo fronterizo entre la niñez y la adolescencia, como una manera verdaderamente iniciática en los secretos de la vida. Las pequeñas anécdotas, las minúsculas hazañas y aventuras, recuperadas a través de una mirada que, a la vez, parece ingenua, tierna y festiva. Surge así un universo personal construido por vivencias cotidianas que, a los ojos del adolescente, le parecían, sin embargo, fantasías exóticas y novelescas. El silbido reverente de la locomotora fatigada del tren correo de Galicia cuando llega a la ciudad que tiene obispo pero no gobernador civil; el enamoramiento de la joven forastera que inaugura su educación sentimental y la declaración escrita en un documento mercantil; los nervios y la emoción del examen de reválida. Lo que el niño es capaz de captar de la recién estrenada República: las funciones de teatro y danza, el Progreso, las chicas que se dejan llevar en bicicleta. La Guerra Civil convertida en evocación del arroz caldoso que come la familia una mañana de julio; las compañeras de clase más llenas de carne; los amores menos carnales, puros y románticos; el acrecentado fervor católico; la llegadas de las novicias al convento.
                                                
Antonio Pereira
   Y del mismo talante, docenas de historias. Algunas que el mismo escritor no sabe como concluir, un hecho que le desagrada porque, confiesa, cuando uno se pone a contar una historia, debe saber cómo finaliza. Historias basadas en las experiencias de la vida, pero tejidas  con los hilos de la fantasía y de los sueños. Es por ello que, aunque Cuentos de la Cábila posee un componente claramente autobiográfico y memorial, lo importante realmente es la ficción, como pone de relieve el relato “la ilustre casa de Pereira”
   Relatos que destilan humanidad, humor sutil, pequeñas dosis de erotismo -erotismo diocesano o venial como se ha dicho- y que convierten hechos intranscendentes, las minúsculas vivencias infantiles en material literario en el que la lectura placentera está garantizada.

Francisco Martínez Bouzas

martes, 14 de junio de 2016

"ECHEVERRÍA", O COMO HACER UN PAÍS CON LIBROS Y POEMAS



Echeverría

Martín Caparrós

Editorial Anagrama, Barcelona, 2016, 365 páginas



   Con Echeverría se suma Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) a la tendencia de la actual narrativa de convertir a intelectuales y especialmente a literatos en personajes de ficción. Los escritores, o los intelectuales en general, interesan cada vez más a los narradores. Escritores reales y conocidos tratados como “dramatis personae” imaginarios. Acreditados narradores contemporáneos como Philip Roth, J. M. Coetzee, Julian Barnes, Jacques-Pierre Amette, Saul Bellow o Elena Poniatowska, entre otros, se han incorporado, con alguna de sus obras, a esta floración de novelas en las que el protagonista es un escritor real y conocido. Martín Caparrós lo hace a su manera con Estevan Echeverría (Buenos Aires, 1805 - Montevideo 1851), autor de poemarios románticos “grandilocuentes y malos”, en estimación del propio Caparrós, pero, sobre todo, de un texto El matadero, rebosante de violencia primaria, que con Facundo, es una de las obras fundamentales de los inicios de la literatura argentina.

   Martín Caparrós, un verdadero experto en eso que se ha dado en llamar “nuevo periodismo narrativo”, realiza en esta biografía-novela un viaje hasta los orígenes de la nación argentina para encontrase con su protagonista, José Estevan Echeverría, hijo de un vasco emigrado a un pueblo, a la Aldea que, en los siglos XVIII y XIX, era Buenos Aires. Y desde la figura de este personaje, el escritor hace una relectura  de la Historia, especialmente de las arrugas de la Historia argentina, porque Estevan Echeverría no solamente fue el introductor del romanticismo en el país austral y el modelo del poeta nacional, sino también un activo luchador contra el régimen del “peronismo” del siglo XIX, la dictadura de Juan Manuel de Rosas, descrita de forma simbólica en El matadero, la crónica de un espacio marginal escrita cuando aún no existía la crónica.

   Cautivado por el personaje histórico que, como Caparrós también vivió unos años en París y, sobre todo, por el proyecto al que Echeverría dedicó sus esfuerzos -inventar una literatura nacional- el escritor periodista reconstruye, con un narrador en tercera persona, la biografía ficcionalizada de Echeverría que, tras la temprana pérdida de sus padres, intenta suicidarse, sus amores adolescentes con una prima carnal con consecuencias, meses dedicados al juego y a la bebida. Y su viaje a París porque quiere ser una persona educada. Cinco años en la capital francesa de los que apenas se conocen pormenores, y que Martín Caparrós salda en unas líneas, ya que lo que realmente le interesa al narrador es la vuelta, el retorno como literato, la misión que Echeverría se ha dado a sí mismo. Ser un escritor romántico para rescatar las emociones de las viejas tradiciones nacionales de las que carecía Argentina.

   El primer poema publicado que destila más ilusión que arte poética, editado además sin la vanidad de su nombre. Pero es el inicio de su misión: Argentina no será un país mientras no tenga una identidad que demanda una literatura propia. Publicará largos poemas rimados en un supuesto clasicismo en los que vuelca todo su bagaje romántico, pero sin atreverse a firmarlos. También habrá un primer libro (Los Consuelos, 1834), pero no todavía una literatura nacional. Y Echeverría se ha propuesto hacer un país con libros. Seguirán otros poemarios como Rimas que contiene el extenso poema “La Cautiva” en el que Echeverría incorpora el paisaje, el desierto argentino y lo más arcaico e irracional del país: los gauchos, el ganado, los látigos…

   Reuniones clandestinas, fundación de la Asociación de Mayo, La Joven Argentina, para la que Echeverría redacta un listado de quince enunciados que sintetizan los ideales de la nueva generación frente a la dictadura del Restaurador, el dictador Juan Manuel de Rosas. Echeverría seguirá el camino de los restantes miembros del Salón regenerador y se exilia primero en Colonia del Sacramento y finalmente en Montevideo donde fallece.

   La lírica de Echeverría es bastante mala, piensa Caparrós. Su obra literaria más meritoria es un texto literario publicado póstumamente, El matadero, la radiografía realista de un mundo que Echeverría conoce perfectamente desde niño: la marginalidad de un espacio en el que rige la brutalidad y la violencia. Una obra realista que debe de ser leída como la alegoría de la sociedad porteña y del régimen represivo del Restaurador Rosas: el resumen de un país que no quiere: un teatro de la tragicomedia patria, la metáfora de la peor Argentina.

   Uno de los aciertos de esta ficción biográfica escrita por Martín Caparrós es la fusión de las aspiraciones literarias de Echeverría con los sucesos políticos y militares de Argentina, especialmente con la oposición del poeta a la suma del poder absoluto exigido  y concedido al tirano Juan Manuel de Rosas. Difícilmente se puede entender la historia de Echeverría sin traer a escena las circunstancias políticas que le fueron moldeando hasta convertirlo -también en su texto narrativo El matadero- en un conjurado contra Rosas y a favor de la patria y de la libertad.

                                               
Estevan Echeverría
   Sutura de biografía y ficción; fiel en general a los hechos. La parte más ficcional narra, sin profundizar demasiado en ellos, los amores de Echeverría, en especial con Candela, la hija de su esclava Jacinta, para la que Estevan Echeverría será siempre su patrón. Así mismo, sin excesivos análisis, alude a temas como la esclavitud y el racismo, todavía imperantes en la Aldea porteña. El mismo protagonista, no obstante sus ideales liberales, conviven con la esclavitud. Son las flaquezas y pasiones privadas de Echeverría que Caparrós no oculta ni disimula.

   La novela avanza de forma lineal, intercalando entre los capítulos secuencias rotuladas con las palabras “Entonces”, una alusión al tiempo de la historia, y “Problemas”, recapitulaciones reflexivas  del escritor sobre el personaje y su propia escritura. Una muestra: toda escritura es invento, “El mito de los hechos, hechos mitos” (página 47). Si Los Living -la novela de Caparrós más conocida- es un calidoscopio de un país turbulento en los días de la Guerra de las Malvinas y de la dictadura de los 70, Echeverría  es no solo la recuperación de la biografía  de un personaje importante, sino también la relectura reflexiva de un país joven que se está formando entre grandes turbulencias.



Francisco Martínez Bouzas



                                                      
Martín Caparrós

Fragmentos



“Echeverría mira la pistola -ese animal extraño, tan fuera de lugar en su mano apretada- y no piensa en amor: piensa en las culpas que el amor produce. En su madre, muerta el año pasado. En su certeza de que su madre se murió por su culpa. La suya, piensa, la mía, por mi estupidez y mi desidia y mi lascivia y mi crueldad, piensa: por mi culpa grandísima.

Un ojo por un ojo, dicen, piensa: un hijo por su madre, yo.”



…..



“Decidió que va a ser un escritor. En París ha estudiado con ahínco, con tesón, con pertinacia a los grandes románticos -de Hugo a Goethe, de Byron a Schiller, de Shakespeare a Shakespeare- porque quiere usar de ellos la emoción y el rescate de las viejas tradiciones nacionales, de los reinos oscuros de la magia, de los abismos de las sensaciones y las cumbres de las sensaciones, de lo que no sabemos ni queremos entender. Pero también ha estudiado la versificación en castellano, los vericuetos del castellano para creer que puede manejarlos. Es un joven tozudo: sabe que no sabe hacer versos, quiere aprender porque quiere ser poeta. «Era necesario leer los clásicos españoles. Empecé: me dormía con el libro en la mano…», le escribe esos días a un amigo.

Quiere ser escritor. No ha escrito demasiado pero intenta: va a ser un escritor. Y más allá, por encima de eso: se ha convencido de que un escritor -él como escritor- puede hacer algo importante por su patria. La Patria -se ha dicho muchas veces- necesita  tanto, que cualquier cosa que haga puede ser útil; la Patria necesita tanto que cualquier cosa que haga va a ser insuficiente.”



…..



“Al cuarto día se sienta a escribir. O, en realidad, no quiere escribir: va a tomar notas. Quiere fijar ciertas ideas que le dejó la historia del muchacho. «A pesar de que la mía es historia, no la empezaré por el arca de Noé y la genealogía de sus ascendientes, como acostumbraban a hacerlo los antiguos historiadores españoles de América…», escribe, y recuerda la situación del matadero el año anterior, cuando las lluvias torrenciales impedían que llegara el ganado y no había qué faenar y los ratones se morían de hambre y la Aldea se empezó a quedar sin carne y hubo enfermedades y precios impagables y un par de curas que clamaron la cólera de Dios y redoblaron los esfuerzos del gobierno y al fin después de dos semanas entró una tropa de ganado gordo y todos se precipitaron y el primer novillo que mataron fue, todo entero, un regalo para el Restaurador que le llevó una comisión de carniceros para que el hombre no tuviera que privarse de un asado. «La visión del matadero a la distancia es grotesca, llena de animación…», anota y sigue.”



(Martín Caparrós, Echeverría, paginas 15-16, 65-66, 282)

sábado, 11 de junio de 2016

DIALÉCTICA EN LOS METALES



Fiebre y compasión de los metales
María Ángeles Pérez López
Vaso Roto Ediciones, Madrid, 2016, 44 páginas

   También la lírica, uno de los géneros mayores de la literatura, lo aprovecha todo, sin excluir de su espinazo a los metales, elementos físico-químicos aparentemente poco propicios para ser cantados por los poetas, con excepción de los metales nobles que tienen nula presencia en este poemario de María Ángeles Pérez López. Existen, en efecto, algunos poetas que han descubierto los metales, o revelado algunas de sus características. Desde  metales sonámbulos o hechiceros en “Noche de metales” de Gabriela Mistral, hasta la Poesía química de María Mendoza Cruz, o Metales pesados de Carlos Marzal, Premio Nacional de Poesía y de la Crítica, un libro de poesía metafísica y meditativa en el que los metales tienen existencia en el título, mas no en los versos y estrofas del poemario. Pero fue, sin duda, Federico García Lorca, uno de los poetas con los que dialoga María Ángeles Pérez, quien, bajo sutiles y tímidas sugerencias o símbolos agudizados y punzantes, asocia los metales con la muerte. Así por ejemplo, en “Romance del emplazado” los ojos del condenado a muerte “…miran un norte / de metales y peñascos, / donde mi cuerpo sin venas / consulta naipes helados.”
   Mas no me cabe duda de que el gran paradigma de la poesía de los metales y de los objetos con ellos relacionados, será este libro de la profesora de la Universidad de Salamanca, María Ángeles Pérez, una poeta que, sin prisas pero sin grandes pausas, nos está obsequiando con una obra poética de espléndida y soberbia calidad. De ese atributo da fe su último libro Fiebre y compasión de los metales, prologado por Juan Carlos Mestre, con un texto que es en sí mismo un hermoso poema en prosa, una alianza con las palabras, con las viejas palabras.
   Son  veintiocho poemas los que le otorgan forma y contenido a un poemario intenso y poderoso. Fuertísima poesía, elaborada con la precisión del minucioso y experto artesano, del platero que trabaja, no con el oro y la plata, sino con el acero o el hierro. Y entre las múltiples lecturas que tienen cabida en Fiebre y compasión de los metales me decanto por las dos palabras axiales del título: “fiebre” y “compasión”, enlazadas dialécticamente, tal como la dialéctica se entiende a partir de Kant. Si la naturaleza de todas las cosas comparte una oposición de contrarios, y ese es el modo de ser de la realidad, los metales y los múltiples objetos que en el poemario se relacionan (tijeras, cuchillo, bisturí, cuchilla, aguja, martillo, guillotina, punzón, hoz, flecha, anzuelo…) existen y proceden en una marcha dialéctica, en una confrontación de dos puntos de vista, de dos principios en lucha. Contradicciones que, a su vez, requieren una resolución o conciliación. Serán la “fiebre” (la violencia, el daño, las heridas…) y la “compasión” (“la sintaxis de lo misericordioso”, que escribe el prologuista), presentes en la mayoría de los poemas, comenzando por el poema que inaugura el libro: las tijeras que “…cortaron días y raíces…los mechones de los niños de la inclusa / y el fino filamento del wolframio”, pero “…que no quieren ser tijeras / y acercan hasta el fuego su pesar / para romperse ardiendo contra el yunque / y al disolver su nombre en los rescoldos / abrir el corazón y sus ventanas” (página 13). Los opuestos, los contrarios, la dureza de los objetos metálicos, y en las entrañas de su mismo ser, el  envés, la compasión, explosiones o al menos destellos de humanidad, piedad y ternura en los objetos acerados. Y ¿la síntesis, la conciliación? La hallamos sin duda en la esencia misma del poema. Cada poema  reasume, conserva y concilia, en su forma y brillante arquitectura, en sus versos bruñidos como el metal, lo que de positivo hay en las contradicciones.
   Porque María Ángeles Pérez usa con acierto la emotividad de las palabras, esa tonalidad afectiva que se adhiere  a su significado ordinario. Palabras, las suyas, dotadas de una especial carga expresiva derivada de ese rechazo (fiebre) o aceptación (compasión). También los metales y los objetos que con ellos fabricamos denotan un poder emocional, referido a su uso tradicional, en el que frecuentemente se les asocia un significado valorativo. Por eso, en estos poemas, hallamos palabras que engloban, posiblemente en cada verso, aspectos de orden afectivo y sensorial constituyendo, por lo tanto un contorno sentimental, un acréscimo que dirían los diccionarios de mi tierra.
   El lenguaje poético de Fiebre y compasión de los metales no es un desvío, ni una violencia organizada contra la lengua común, como defendían los formalistas rusos. El estrato sonoro de los poemas  (métrica y rima versales) son en ellos la fuente de su expresividad literaria. Tampoco impera en ellos la “antigramaticalidad”. Es verdad que su lengua no puede ser catalogada como la norma o el grado cero del castellano en nuestros días. Son poemas que nos sorprenden por la maestría y habilidad de la poeta en el manejo de los metros clásicos, del endecasílabo bien medido, predominante en el libro; por las rimas asonantes, un arte de difícil temple en un tiempo tan a contracorriente de estos algoritmos versales. Poemas en los que alienta la dicción clásica de ritmos compasados y armonías musicales, también algún topoi literario. Mas sin ser esclava la autora de las regularidades formales y sistemáticas, tanto en los poemas como en las estrofas, elegidas no caprichosamente, pero sí con una clara conciencia innovadora.
   La autora usa con pericia, quizás también con esfuerzo porque en los territorios líricos pocas cosas son innatas, los mecanismos de estructuración de la materia poética, aplicando con rigor técnicas lingüísticas, pero sin olvidarse de la sensibilidad necesaria para la apreciación de la belleza estética. Es por ello que los versos de Fiebre y compasión de los metales rebosan “poeticidad”, aquellos que convierte una pieza literaria en un mensaje artístico.
   Uno de los aciertos más destacados del poemario es la perfecta adecuación entre el fondo temático y la expresión lingüístico-literaria, un trabajo rítmico y métrico impresionante, para conformar una isotopía, en la que la omnipresencia de la materia tiene su correlato en las depuradas elecciones lingüísticas, con predominio de los sustantivos, en la musicalidad repetitiva, en la heterometría imperante en algunos de los poemas, en la permanente persecución de la palabra exacta, en la rima asonante equilibrada, tan alejada del ripio, el pecado y la penitencia de los malos poetas, hoy que hasta hay diccionarios de rima on line,
   Más como elogio que como acusación, se ha escrito que los poemas de Fiebre y compasión de los metales orquestan ritmos barrocos. Asiento si ese barroquismo se refiere a la plausible sonoridad, lograda con esa trabajada instrumentación de palabras, versos y estrofas. Pero son ajenas a estos poemas la mayoría de los recursos barrocos: abuso de metáforas forzadas, de cultismos, de términos parónimos. Son contados los hipérbatos, construidos los que hay con leves dislocaciones sintácticas y semánticas (“Siete metros de lava y de ceniza / izaron en Pompeya la desgracia”, página 20)
   Libro construido con. Con otras voces, “en la fulguración de otros lenguajes y otras bocas”, nos advierte la autora. Ecos y complicidad de poetas a los que María Ángeles Pérez cita (Lorca, Alejandra Pizarnik, Juan Carlos Mestre, Álvaro Mutis, Claudio Rodríguez, Nuno Júdice, Agustín Fernández Mallos, Antonio Colinas, Eugenio Montejo, Roberto Bolaño, Ezra Pound, Cesar Vallejo…). Con sus textos y/o incluso alguna circunstancia vital, pero sin llegar a ser intertextos. Tal es el caso de Juan Carlos Mestre, el hijo del panadero, destinado a repartir panes en las calles de Villafranca del Bierzo, y autor del poemario La bicicleta del panadero (“El hacha silba su canción de agravio / y detiene los trenes, los rotores, / las ruedas impacientes de la bici /  en que canturreaba el panadero / su entrega -melodía y cereal, / amor más absoluto que el del trigo-.” página 17).
   Esta es mi modesta y subjetiva lectura, pero reconozco que la riqueza semántica del magma lírico de este libro justifica otras que ya han sido desarrolladas: descubrir una mirada primigenia en los objetos, captarlos representando la vida o las metamorfosis a las que aspiran, las conexiones entre seres vivos (las naranjas y los peces). Pero también las heridas del presente, la violencia del morir, o los mataderos en los que nuestra especie ha convertido la Historia, como rememora la poeta en ese canto elegíaco, “La sinagoga” (“la sala de oración de las mujeres / en despensa de carne desollada / que gotea despacio su temor”, página 15). Todo ello tiene cabida en un poemario de gran expresividad, comprometido con no pocas causas humanas, pero también con la belleza.

Francisco Martínez Bouzas

                                                     
María Ángeles Pérez López
Selección de poemas

El bisturí

“El bisturí inocula su dolor.
En el corte limpísimo florece
el polen que envenenan las avispas,
su aguijón turbulento y ofensivo.
La mesa del quirófano está lejos
de la luz y la tierra del jardín,
su amor desesperado por la vida
y el material mohoso del origen,
lejos de la pasión de los hierbajos
y la piedra porosa en la que sangra
la desgastada edad de las vocales
que escribieron verdad y compañía.

En la asepsia que exige el hospital
el bisturí recorta el corazón
de la página blanca del poema,
la sábana que tapa el cuerpo enfermo.
No queda ni memoria ni alarido,
tan solo un hueco rojo en el lenguaje.
En la mano que empuña la salud
hay sin embargo un corte diminuto,
una línea de sangre y su alfabeto.”
                       con Álvaro Mutis
                       también con Gambarotta

…..

Cada aguja

“En cada aguja gime su puntada
la lágrima metálica que moja
con su piedad, su acero luminoso,
lo quebrado, lo enfermo, lo mendigo.

Su compasión empapa los quirófanos,
la disidencia herida de la piel
que se restaña con cordial violencia
en los guantes quirúrgicos de látex.

Su compasión moja también el viento,
los costureros ralos de la guerra,
las fábricas de lana y zapatillas
los tiempos del agravio y la sutura
para iniciar después la misma noche
en cada noche abierta sin dedal.

Por la lágrima bajan la morfina
y el hilo enrojecido de la sangre
que une el dedo meñique al corazón
como vena que el ojo de la aguja
transformó en hilatura y en vivir.
Filamento de luz en lo invisible,
libélula y metal cada puntada.”

…..

El punzón

“El punzón reconcilia los oficios.
Sobre el cuero y la piel, en la hojalata,
en la lámina ardiente del metal
el punzón atraviesa las tareas,
la matriz que sostiene los objetos
como cobijo firme y silencioso,
expoliación, entrega del vivir.

Percute con violencia amabilísima
en el botón del sastre y su cansancio,
su redonda manera de decir
que noche y madrugada son lo mismo
cuanto canta, agotada, la pobreza.

Percute en las insignias, las medallas,
los  broches que apaciguan su altivez
con el beso de acero, con su herida.
Percute en el troquel del beneficio,
también en las monedas que mancharon
el pan envilecido y harapiento
si lo amasó la usura, y no el amor.

Cuando el lucro emponzoña la mañana
el punzón pide a gritos la alegría
con que las manos aman el trabajo
como el surco que hiere y restituye.”
                              con Ezra Pound

(María Ángeles Pérez López, Fiebre y compasión de los metales, páginas 18, 23, 28)