miércoles, 8 de junio de 2016

"EL RUMOR DEL OLEAJE": UNA GRAN HISTORIA DE AMOR



El rumor del oleaje
Yukio Mishima
Traducción de Keiko Takahashi y Jordu Fibla
Alianza Editorial, Madrid, 2016, 229 páginas

   La literatura japonesa, incluida la contemporánea, con la excepción quizás de Haruki Murakami, y la que se publicó en el siglo XX sigue siendo no solo la gran desconocida para el lector occidental, sino que incluso suele resultar extraña. Posiblemente uno de los motivos es que, en los novelistas japoneses recientes, domina una cierta tendencia hacia la crueldad. Y en esas coordenadas, el más célebre es sin duda Yukio Mishima (1925-1970), famoso por sus escritos, pero también por su trágico final: tras haber creado un pequeño ejército personal (La Sociedad del Escudo) como expresión de sus fantasías tradicionalistas y militaristas, puso fin a su vida mediante el suicidio ritual de los samuráis. Conocido desde 1941 por un relato breve, Mishima publicó en 1949 su primera novela, Confesiones de una máscara, mas seguramente su novela más conocida es Pabellón de Oro (1956). Mishima es así mismo autor de una producción dramática importante.
   El rumor del oleaje (1954) es posiblemente su novela más optimista y por eso ha sido traducida repetidamente al español y a otras lenguas. Aunque he de reconocer que no está exenta de esa arrebatada pasión de Yukio Mishima por lo tradicional, no le podemos negar que es uno de los más hermosos relatos de amor de todos los tiempos. Un relato que amalgama en su trama los sentimientos, la carnalidad y también las fuerzas de la tradición. La novela está libre  de esas perversas secuencias y escenas propias de la narrativa del escritor nipón. Su núcleo diegético gira en torno a  una sencilla historia de amor con final previsible, en la que los amantes se enfrentan con la oposición familiar.
   El marco espacial donde Mishima desarrolla la trama argumental es una pequeña isla separada de las grandes ciudades. Una situación espacial que ha dado lugar a la interpretación elusiva de las influencias de la modernidad. Son los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. En esa pequeña isla, arrullada por costumbres tradicionales, surge el amor entre Shinji, un joven y humilde pescador, y Hatsue, una joven muy bella, criada en adopción por una familia rica, y ahora reclamada por su padre biológico; y que debe contraer matrimonio para perpetuar la saga familiar. Mas, como suele ocurrir en las sociedades tradicionales, los distintos orígenes de ambos jóvenes actuarán como el gran obstáculo para la relación sentimental.
   Mishima narra de una forma pausada el surgimiento del sentimiento amoroso entre la pareja de jóvenes isleños. Un idilio que nace y se consolida sin apenas palabras, como una explosión silenciosa de ese eros que habita los cuerpos (“Cada uno notaba los latidos del corazón del otro”). Pero, poco a poco la relación prohibida, debido a la desigual condición económica, se convierte en una gran historia de amor, felizmente exenta de tragedias y suicidios.
   Una historia de amor contextualizada en un marco idílico: los habitantes de la isla conviven en armonía, en un microcosmos alejado de la civilización. La novela refleja con habilidad y verosimilitud las formas de vida, las costumbres de los isleños; la sumisión de los hijos a los padres, y, al mismo tiempo, el deseo de estos de verse libres. Por eso mismo, junto a los dos protagonistas, tienen vida en la novela  un gran número de personajes secundarios. Especialmente el mundo de la mujer, el crepuscular fondo marino porque las mujeres de Utajima son buceadoras que se zambullen en las frías aguas para recoger los frutos del mar.
   Destacable así mismo la fuerza del paisaje, tanto en la bonanza como en la negrura de las borrascas, que Mishima describe de forma minuciosa, como marco perfecto de un amor pleno, y como valor característico de la cultura japonesa, especialmente del sintoísmo: la armonía del ser humano con las fuerzas y realidades naturales. Los habitantes  de la isla habían establecido una alianza con las fuerzas y realidades naturales. Y por esa razón el protagonista masculino confiesa que no sentía ninguna necesidad de escuchar música porque la naturaleza era un perfecto sustituto.
   Lo más interesante del libro no es la historia en si, ese idílico e inocente descubrimiento del amor, y la fortaleza de los protagonistas para mantenerlo, sino la tonalidad con la que Mishima nos lo cuenta. El escritor, en efecto, nos hace percibir la naturaleza, especialmente el mar que actúa como un personaje más. Las páginas de El rumor del oleaje hacen que percibamos, con gran fuerza y plasticidad, los olores marinos, el rumor del oleaje o la furia de las tormentas. En resumen, una exaltación de la belleza del amor, su descubrimiento y su cultivo en un marco espacial y en un ambienta atemporal que están en consonancia con la belleza y armonía de los protagonistas. Novela amena, de fácil lectura, que exalta las formas de vida tradicionales de un Japón que emergía derrotado de la Guerra más destructiva y de la ocupación norteamericana, aunque a años luz de la atormentada creación literaria de Yukio Mishima.

Francisco Martínez Bouzas
                                                      
Yukio Mishima
Fragmentos

“La conversación acerca de aquella muchacha y la imagen de la chica que vio el día anterior en la playa se fusionaron de inmediato en la mente de Shinji. Al mismo tiempo recordó con desánimo su condición humilde, y la muchacha a la que el día anterior había mirado fijamente le pareció ahora muy lejana, pues sabía que su padre era Terukichi Miyata, el rico propietario de dos cargueros de cabotaje fletados a Transportes Yamagata, el Utajima-maru, de ciento ochenta y cinco toneladas, y el Harukaze-maru, de noventa y cinco, y un notable cascarrabias, cuyo blanco cabello se agitaba como los bigotes de un león cuando montaba en cólera.
Shinji había sido siempre muy discreto y comprendía que, a los dieciocho años, era demasiado pronto para pensar en las mujeres. Al contrario de lo que ocurría en la ciudad, rebosante de diversiones para los jóvenes, en Utajima no había ni siquiera un salón de pachinko, ni un bar ni una sola camarera, y el sencillo sueño de aquel muchacho no era más que el de poseer algún día un barco con motor y dedicarse al negocio del cabotaje con su hermano menor.”

…..

“-Dios del mar, te pido que el mar esté sereno, que la pesca abunde y que nuestro pueblo sea cada vez más próspero. Todavía soy joven, pero con el tiempo llegaré a ser un pescador más permíteme tener un gran conocimiento de las cosas del mar, de los peces, los barcos, los fenómenos atmosféricos…de todo. Dótame de una habilidad superior en todo…Por favor, protege a  mi bondadosa madre y a mi hermano, que todavía es un niño. Cuando llegue la temporada del buceo y mi madre se sumerja, te ruego que la protejas de los numerosos peligros…Y ahora me gustaría hacerte una petición diferente…Concede algún día, incluso a una persona como yo, una novia hermosa y de buen corazón…digamos una chica como la hija de Terukichi Miyata, que acaba de volver.”

…..

“Se encaminó al rompeolas envuelto en la oscuridad de la noche, y una vez allí se colocó de manera que la brisa marina le acariciara el rostro. Entonces recordó el barco blanco que había visto navegar contra un fondo de nubes iluminadas por el sol poniente, en el horizonte, el día en que Jukichi le informó de la identidad de Hatsue; recordó la extraña sensación que experimentó mientras veía alejarse el barco. Aquello había representado lo «desconocido». Mientras contempló lo desconocido desde cierta distancia, su corazón estuvo en paz, pero una vez subió a bordo de lo desconocido y zarpó, la inquietud y la desesperación, la confusión y la angustia habían unido sus fuerzas y le afligían.”

(Yukio Mishima, El rumor del oleaje, páginas 30-31, 39, 166-167)

jueves, 2 de junio de 2016

MONTSERRAT VILLAR GONZÁLEZ: ENTRE MÁRMOL Y TERNURA



Tierra en mármol y ternura

Terra en mármore e tenrura

Montserrat Villar González

Traducción de la versión gallega: Xavier Frías Conde

Lastura, Ocaña, 2015, 85 páginas



   En las dos lenguas madre que son la mía y la suya, la original en la que nacieron los poemas y en la gallega que los auriculares del alma escucharon en Cortegada de Baños (Ourense) durante su niñez y adolescencia, me llega hoy, y la gozo, esta antología de tres de los poemarios de Montserrat Villar: Tríptico de mármol (2010), Ternura incandescente (2012) y Tierra con nosotros (2013). En edición bilingüe, con traducción al gallego de Xavier Frías Conde, y alcanzada ya la segunda edición, vuelve Montserrat Villar a descorrer el velo de una realidad tan inasible, en ese laboratorio de la literatura que es la poesía, como con razón afirmó Natacha Michel. Y algo más, porque, como también con razón mantienen algunas tesis de Alain Badiou, la poesía es pensamiento; el poema es una operación de verdad y no solamente un sencillo o florido encantamiento retórico. Por todo ello, me reitero en lo escrito no hace muchos días: los poemas de Montserrat Villar son verdaderas operaciones de lenguaje y pensamiento, tal como hicieron los poetas de “la edad de los poetas”, esa categoría filosófica acuñada por Badiou, en la que inscribe a Mallarmé, Rimbaud, Trakl, Pessoa, Mandelshtam o Paul Celan. Como ellos, y no obstante que en los poemas de Montserrat Villar hallamos ternura, raudales de ternura, sus versos están alejados de la definición romántica.

   Sé que las comparaciones son odiosas, y no las hago. Solamente pretendo apuntar que, en el nudo de sus poemas, estos asumen, con su acción de lenguaje, bellamente modulado, un procedimiento de verdad. Máximas de pensamiento en el punto nodal del poema. Algunas veces bajo el imperativo visible de la muerte, como sostenía Trakl, o arrancando algo de la muerte, como también afirma un poeta de hoy, Juan Carlos Mestre, por tantos admirado. Otros, con la exaltación de la interioridad absoluta (Pessoa / Álvaro de Campos), o esa operación de hacer prosa de sus versos (Pessoa / Alberto Caeiro).

   Ya en la antítesis del título (mármol y ternura), quizá un estilema que Montserrat Villar hereda de la lengua poética rosaliana, con frecuencia cargada de binarismos opositivos, destacan los dos grandes ámbitos de esta antología. La beldad durísima  del mármol y esa ternura serena, y a la vez incandescente que no me atrevería a decir que la poeta hereda de su tierra madre, sino de su condición humana, porque sapiens sapiens  es ubris, desmesura, pero también intensa afectividad, un ser que ríe y llora.

   Si hay algún paradigma que no interrumpe ni vulnera los poemas seleccionados de Tríptico de mármol, ese poemario de Montserrat Villar apadrinado por Luis Eduardo Aute, este es el romántico. Libro duro, libro cruel, radiografía del dolor, según la propia poeta. Palabras de mármol, latigazos terribles en la miel, mas también resistencia al espanto, más allá de su negada  condición confesional. Por sus cortos poemas vemos desfilar las huellas del tiempo, los ojos tristes del frío que inevitablemente envuelve el cuerpo y el alma; el desaliento del presente que oscurece lo en otro tiempo sido bajo las sábanas. O cuando todo sobra, no solo las caricias, y la vida se define como inexistencia (“Me sobro yo, incluso / con mi tiempo, con mi cuerpo / que cubre aquello que / no sólo es alma.” página 21). Y nos vemos obligados a guardar cola por esas vacunas contra la melancolía. Rodeada de mundos de mármol, de seres de alabastro que se alzan fingiendo amor, la vida es igual a la de cientos de cadáveres. Es tal el dolor de la existencia que la poeta acude a Leopoldo María Panero, “el más cuerdo de los poetas”, y una obsesión para la autora, con el encargo de que suba al cielo y muestre allí el dolor, la rabia y lo que es la vida de los de aquí abajo.

   Poemas intensamente existenciales, escritos en las fronteras de la vida y del dolor, que nos conducen a los bajos fondos de la existencia, es decir, a lo más sórdido y miserable de nosotros mismos. Agujeros negros en la macrofísica de la vida.

   La contraposición semántica aludida, se hace palpable y deja sus huellas en los poemas antologados de Ternura incandescente. Ocho poemas cimentados en la base psicoafectiva que nos define, y generadora de una nueva complejidad a nivel interindividual, propia de nuestra especie, solamente en parte compartida con los mamíferos y fuente de alegría, exaltación, dichas y también de dramas y desesperaciones. Montserrat Villar, como escribe Antonio María Albalate, prologuista de Ternura incandescente, se desnuda ante nuestros ojos como una striper de los sentimientos más ocultos. La expresión del amor mediante la magia de las palabras, que dejan de ser lenguaje objeto, representación estricta, para adquirir esa otra más profunda, rodeada de un aura luminosa. Versos en los que la poeta desgrana la felicidad de tener a su lado al amado, arrullada por el deseo entre sudor y espuma; dibuja la geografía del cuerpo amado, de ese Nacho que la ata a la existencia y al que se agarra “como me asgo a la vida”. Y sus palabras no se arrugan ante esa cama deshecha, velatorio de orgasmos. Desde Baiona suplica, otra vez en forma de anáfora que produce un efecto de simetría rítmica y acrecienta el relieve semántico, para que cuando todo acabe “… la sal se confunda /  con la ceniza que la acompaña” (página 67)

   Por último, ocho poemas recogidos de Tierra con nosotros, en los que Montserrat Villar deja constancia de su visión dolorosa de la realidad. La poeta representa en sus versos el drama angustioso que cada día tiene lugar en el mundo, provocado por nuestra forma de vida suicida. Y el lenguaje se convierte en un ceremonial de conjuros frente a los poderes depredadores, mercaderes del mundo, mas también nos atañe a aquellos que nos consideramos inocentes, pero nos callamos. Paisajismo de raíz telúrica convertido en elegía por todo aquello que ese “ridicolissime héroe” (Pascal), el animal dotado de razón / sinrazón hace a diario con nuestro planeta: los cipreses convertidos en espectros sin alma, los árboles obscurecidos por las llamas en la Galicia natal, o el agua de mar hecha de lágrimas.

   Tierra en mármol y ternura reúne una amplia muestra de la singular ruta creativa de Montserrat Villar. Un territorio lírico repleto de contenidos singulares, por los que la poeta navega con maestría, dejando a un lado los excesos barroquizantes, dibujando un mapa poético en el que el registro predominante es la reflexión expectante, beligerante algunas veces, elegíaca por el dolor de la tierra otras, con desnuda y amorosa belleza cuando reconstruye su íntimo periplo amoroso, condesando en una palabra: ternura.

   Y si el lector quiere gozar por partida doble, debe leer la traducción al gallego para anegarse también en una lengua también muy propicia para la conmoción poética que producen las “xostregadas na pel”, “o abalo do amor e dos sentimentos”, “o aglaio elexiaco polas desfeitas que os seres humanos xeramos a cotío sobre o noso berce e o noso fogar”



Francisco Martínez Bouzas



                                                     
Montserrat Villar González

Selección de poemas



TRÍPTICO



“Hay un tríptico

sobre nuestra cama

que recuerda lo que fuimos:

ilusiones a pesar de

nuestro destierro.



Ahora aquí estamos

bajo estas sábanas

viviendo el presente

a pesar del desaliento.



El futuro será lo que quiera

bajo el tríptico,

entre las sábanas,

para llegar a ese mármol.”





PALABRAS DE MÁRMOL



“Cada palabra que escribo

cada palabra que callo,

me acerca más a la muerte

de la que todavía escapo.



Cada silencio que otorgo,

cada sueño que duermo,

me lleva más al borde de la nada

en la que todavía no acampo.



Palabras,

palabras de tinta,

de plata, de aire, de agua.



Palabras,

palabras de siempre,

de ahora, de nunca, de mármol.”





TERNURA INCANDESCENTE

                            Para Nacho, porque me ata a la vida.



“Dibujo la geografía de tu cuerpo,

lunares confusos en la blancura de tu piel.

Tiempo compartido

agazapado mientras me esperas,

líquido y ternura

en la palma de tus caricias.



Te reconozco en este lado de mi vida

observándome con los ojos que se aclaran

bajo el sol de los veranos.



Me sondeas y te preguntas, me preguntas

dónde me encuentro,

y tu abrazo me recupera del abismo

que me convirtió en silencio

antes de tu llegada.



Me quieres, te quiero

a pesar del dolor que causa la vida cotidiana,

la confusión de algunos años de distancia.



Me agarro a ti como me asgo a la vida

que a través de sus ojos

he aprendido a mirar.



Dibujo la geografía de tu cuerpo

y mis manos empapadas en tu olor

recorren el leve espacio que nos separa

en busca de tu anhelado sudor.”





INCIENSO EVITABLE EN GALICIA



“Gime el viento entre la sombra

de árboles ateridos de frío

decrépitos y siniestros

oscurecidos por las llamas.



Llueve, ahora, llueve

bañándolo todo de negra muerte

con olor al miedo ya vivido

al dolor aún eterizado.



Calcinadas masas de huesos

se hunden en las aguas

saltando sus ojos al cielo

mientras esperan un hálito de oxígeno.



La casa se tiñe de barro ceniciento

que devora la poca vida verde que quedaba.



Los cuerpos que respiran

arañan la tierra, limpian el hollín estéril,

esperando comer algo que no resulte

incienso evitable.”



(Montserrat Villar González, Tierra en mármol y ternura, páginas 19, 39, 58, 77)

miércoles, 1 de junio de 2016

"EL BEATO": LA ACCIÓN EMBELLECEDORA DE LA FICCIÓN DE ALFREDO CONDE



El beato
Alfredo Conde
LXII Premio de Novela Ateneo Ciudad de Valladolid
Algaida Editores, Sevilla, 2016, 254 páginas

   No cabe duda de que Alfredo Conde (Allariz, Ourense, 1945) es un narrador importante tanto en el sistema literario español como en el gallego. Su amplísima obra narrativa, escrita prácticamente toda en gallego, se halla traducida al español y en la mayoría de sus libros por el propio autor. Ha escrito piezas narrativas de indudable calidad como Xa vai o Griffon no vento  (El Griffón, 1984), Premio Nacional de Literatura,  Breixo (1981), Premio de la Crítica, Los otros días (Premio Nadal, 1991); la saga familiar de la familia Carou en sus idas y retornos en la emigración venezolana (Siempre me matan, 1995, O fácil que é matar, 1998), o ese paso importante en la construcción de la así llamada novela histórica gallega Azul cobalto. Historia posible del marqués de Sargadelos (2001). Su última novela, lleva por título El beato y fue ganadora de la 62ª edición del Premio de Novela Ateneo Ciudad de Valladolid, el segundo más longevo de la literatura española, y con una considerable dotación económica. La novela está a punto de aparecer en gallego, escrita igualmente por Alfredo Conde.
   Sin nada pues que demostrar, tanto en una literatura como en la otra, Alfredo Conde novela en esta pieza, rotulada con un título muy sencillo varios planos -láminas las llama el autor- de la trayectoria, contaminada seguramente por la leyenda, de un personaje histórico que en la novela recibe el nombre de Fray Julián de Chaguazoso, pero que en realidad corresponde a un colonizador y fraile franciscano, el beato Sebastián de Aparicio Prado, natural de A Gudiña (Ourense), que el año 1533 llega a Nueva España por el puerto de Veracruz y se instala en Puebla. Analfabeto como era, se dedica a la agricultura, especialmente como ranchero. Adaptó los caminos mexicanos al carro gallego, abre vías de comunicación entre la ciudad de México y Zacatecas, negocios que le producen una notable prosperidad. Más tarde compra tierras, se hace hacendado en Azcapotzalco y Chapultec, donde se supone que originó o apoyó la fiesta del Día de los Muertos. Contraerá matrimonio por dos veces, con el infortunio de que sus esposas fallecen a los pocos meses. Viudo y sin hijos, decide hacerse fraile franciscano, pero antes de profesar, tendrá que probar su capacidad física actuando como donado (criado) en el convento de clarisas en México. Finalmente, y ya como fraile franciscano y con fama de santo, fallece en febrero de 1600. A instancias del rey Felipe III, fue beatificado en  1789. Tanto en su pueblo natal gallego como en Puebla de los Ángeles, donde se conserva su cuerpo momificado, está considerado patrón de los automóviles y transportes terrestres.
   Este es el personaje real, cuya vida y aventuras, por medio de evocaciones, reconstruye Alfredo Conde, hilvanando una curiosa y atractiva historia, y empleando como hilo conductor la colección  de láminas, un supuesto manuscrito olvidado en los bancos de una iglesia, de la autoría de Fray Tadeo de Aguadilla.
   El beato no es una hagiografía, sino una ficción, una historia, se nos dice en un texto introductorio, y las historias son “como se cuentan y no como se piensan”, hayan sido o no reales. Sin embargo, El beato no carece de rigor histórico y es fruto de varios años de trabajo de documentación.
   La narración se inicia con el relato de una epidemia de peste que, desde la lejana Colonia y a través del País Vasco, entra en las primeras aldeas gallegas y asola “la tierra de nación”, el mismo año del nacimiento del niño Julián, que es víctima del contagio bubónico. Abandonado en una “palleira” cercana a la casa familiar, una loba, un ángel, los brebajes de una meiga o el propio frío invernal le curan de la enfermedad. Labrador y pastor, trabajará como un cabrón. Y a una edad imprecisa, decide encaminar sus pasos hacia el Nuevo Mundo, tras huir  de los reclamos de una rica viuda salmantina y otras mozas que se interponían en su vocación de célibe. Con lo puesto, inicia la aventura en el virreinato de la Nueva España, sembrando tierras a cambio de diezmos, fabricando  herramientas de cultivo, levantando corrales para domesticar el ganado cimarrón, alimentando bien a los indios que trabajan a cambio de nada, o construyendo el primer carro mexicano, adaptación del gallego, que le generará una gran fortuna.  Y civilizando a los feroces chichimecas.
   Y así se encadena la historia de  la vida del glosador de las estampas de Fray Tadeo de Aguadilla, un entramado de aventuras y acontecimientos en una tierra poblada por hidalgos venidos a  menos, frailes deseosos de ganar el cielo a base del bautizo de indios, militares sedientos de gloria, tahúres y proxenetas. Todos ellos, el protagonista incluido, movidos por el egoísmo. Porque la ilusión de las Américas, como muestra Alfredo Conde, atrapó el corazón de miles de españoles que, como Julián, salían frecuentemente del puerto de Sanlúcar de Barrameda. Hombres dispuestos a ganarse la vida, a enriquecerse. Abundaron las intrigas y las luchas por el poder, actos disparatados tendentes a satisfacer codicias, traiciones, asesinatos. Alfredo Conde no libera a su personaje que se hace inmensamente rico, de estas humas servidumbres, ni tampoco del fornicio, como lo quieren presentar las láminas de su correligionario  franciscano, ya que la india Axaycatl / Lubiana que le había sido regalada por su padre chimicheca, hace que se olvide de que su pene es un colgajo, debido a las lambetadas de la loba o a las mordidas de las ratas,  pruebe el fruto prohibido y siembre la vida en su vientre. Un matrimonio con una niña “virtuosa”, una joven con ojos azules y corazón negro, que pronto fallecerá asfixiada, y otro con una mestiza, fallecida igualmente de forma prematura, incapaces las dos de vulnerar su castidad, cierran el ciclo de la vida secular de Julián, y abren la segunda parte en la orden franciscana, profesando como hermano lego porque sigue siendo analfabeto.
   En El beato Alfredo Conde reproduce algunos rasgos estructurales de sus escritura de ficción: una arquitectura binaria, mediante la que inventa recuerdos, enfrentados con el relato objetivo de la realidad. Es decir, inyecta abundante ficción en los contextos históricos. Y no lo oculta: en más de una ocasión alude el autor por boca de su protagonista a esa vulneración de la historia (“Pero ya advertí que si el dibujante hace conmigo lo que quiere, yo hago lo mismo con la Historia”, nota 12, página 97). Es su obligación como novelista. Pero por eso mismo, no es esta una novela histórica. En puridad no existen novelas históricas. Y apelo, una vez más, al dictum de Álvaro Pombo: la ficción es un marcador semántico que trastorna todo lo que toca, convirtiéndolo en ficción. Pero El beato explica, ilustra bellamente la historia. Y ese es su gran mérito.
   
                                               
Cuerpo incorrupto del beato Sebastián de Aparicio, en la novela Fray Julián de Chaguazoso
    Por esa misma razón, la novela es una gran historia que alberga en su interior otras muchas historias, como las del carpintero-ebanista alaricano Aser Seara que ayuda a Julián a construir carros, la del vidriero al que vence y perdona, la de la relación amorosa con la dulce chichimeca, la presencia y avatares de Hernán Cortés, reivindicado en la novela, las de los  casamientos del protagonista…
   La voz narrativa es la del mismo beato que glosa los dibujos del promotor de su beatificación, y lo hace desde el presente actual. Tan actual que incluso hace acto de presencia el fundador de los legionarios de Cristo. Novela intensamente gallega, a pesar de su desarrollo en su mayor parte en territorios transoceánicos, con la presencia de meigas, bruxas, la Santa Compaña, la  santa Estadea do Mar, la matanza del cerdo, el salto de las nueve olas, la pérdida de la lengua, la libre sexualidad (la fornicación para los gallegos no era pecado), el paganismo gallego, la castración y doma del reino de Galicia, la referencia a las visitas del Santo Oficio, para mitigar el ejercicio de la fornicación y, de paso controlar los libros erasmistas y luteranos. Por eso mismo, se puede hablar de una cierta intertextualidad de esta novela con El Grifón.
   Me atrevo a afirmar finalmente que El beato es la novela más irónica y sarcástica de Alfredo Conde. He aquí una muestra de esa tonalidad “retranqueira”, un plus añadido para una lectura no solo instructiva, sino también amena: “…ejercitándose en una costumbre que todavía se mantiene hoy en España: la de peritos en todo y trabajadores en nada” (página 76)

Francisco Martínez Bouzas
                                                       
Alfredo Conde
Fragmentos

En alguna ocasión en la que el visitador del santo Oficio me interrogó al respecto, debí de poner la cara que el padre Tadeo me atribuye en el dibujo, imagino incluso que con aura, porque le respondí sin mentir candor alguno:
-Todavía soy virgen, reverendo padre.
Es inútil insistir en que nunca me creyeron. Ya acabo de advertir que nuestro clero predicaba entonces, habría de seguir haciéndolo aún durante años y más años, que cuando un hombre libre y una mujer libre, libremente yacen juntos, no hay ofensa, y si no hay ofensa, no hay daño y al no haber daño, no hay mal, y al no haber mal, no hay pecado. La coyunda no lo era, en resumen, y pueblo que fornica con tranquilidad y sosiego, también con la debida habilidad, permanece sereno y confiado, siempre y cuando no le falte el alimento que permita a sus cuerpos seguir haciéndolo con la naturalidad que la vida reclama para el ejercicio de tan higiénica gimnasia. Así éramos nosotros. Quizá aún sigamos siéndolo.”

…..

“A veces los dioses tenemos ciertas prerrogativas. Yo era capaz de domesticar caballos, aquellos animales que, montados por gentes como yo, ellos habían creído uno solo y tendiendo a lo divino. Yo había venido por mar a bordo de una fortaleza que flotaba. Además, podía vestirme de azul en cualquier momento. Yo era un dios. Caprichoso y cruel, altivo y veleidoso como son todos los dioses.
-Es mejor cavar que follar sin ganas -le había oído decir  a mi padre, allá en Chaguazoso, durante una niñez que entonces ya no estaba seguro de que la hubiese vivido.
Quizá lo dije intencionadamente, con ánimo de compensarme de la pérdida, para advertirme que, pese a todo, en la vida hay otras realidades igualmente placenteras. Sin embargo, yo no lo pensaba así. Estaba convencido de que, al hablarme de ese modo, mi padre, al tiempo que se consolaba él, me recriminaba a mí la pérdida recordándome, con constancia que yo entendía digna de mejor causa, la amputación durante mi exilio de la casa familiar. Con ella, la imposibilidad de darle descendencia.
¿Cómo explicarle ahora a Lubiana que mi pene era poco más que un muñón renegrido y lleno de costurones?”

…..

“De aquel pecado de amor que quedó narrado creo que al final de la lámina décimo novena, (¿lo recuerdan? Yo todavía lo hago) nació una niña a la que pusimos por nombre  Acicatli, es decir, Gota de Rocío, tan pequeñita era, tan diáfana y se diría que blanca. Fue la única descendencia que tuve. Fue hermosa no desde que nació, sino desde que su madre se encaramó sobre mí buscándola oculta en mis regiones más inaccesibles. ¿Les contaré a ustedes cómo sucedió? No creo que lo necesiten.
Aciclati abrió los ojos enseguida, se diría que nació con ellos abiertos, y sonrió por primera vez a los pocos días de haber visto la luz. Luego lo hizo a menudo, como si parpadease ante el descubrimiento de la vida que iba penetrando en su cuerpo, poco a poco, según iban despertando los sentidos. Su voz amansaba a los animales, conminaba a las fieras al silencio, convocaba a los pájaros al gorjeo y conseguía que cualquiera que permaneciese a su lado se sintiese inclinado al bien. No  a la bondad, al bien que es cosa muy distinta y de difícil fingimiento.”

(Alfredo Conde El beato, páginas 36-37, 130, 177-178)