domingo, 12 de enero de 2014

CORRUPCIÓN POLÍTICA Y EMBUESTES SEXUALES



La noche de los escarabajos

María Eugenia Siera

Editorial Feriva, Cali (Colombia), 100 páginas

(LIBROS DE FONDO)



    
   Bumanguesa de nacimiento, pero asentada profesionalmente en la capital del Valle del Cauca, esa ciudad, Santiago de Cali, primorosamente cantada por el poeta gallego, Avilés de Taramancos (“Ningunha noite tan fermosa como a noite de Cali”), María Eugenia Sierra es una periodista de amplia trayectoria, sobradamente conocida por los televidentes caleños y merecidamente reconocida por los medios de comunicación de Colombia. Desde España seguimos su pista y este comentarista espera de la labor periodística de María Eugenia Sierra esa versión complementaria de las experiencias vitales, especialmente en sus años caleños, de Antón Avilés de Taramancos., que posiblemente no coincida al cien por cien con la que en Galicia nos fue transmitida de forma canónica. Le sobran capacidades para elaborar ese reportaje definitivo a la mujer que quedó marcada para siempre por la primera imagen que recuerda del día que comenzó a trabajar en la televisión: un guerrillero del M-19, encapuchado y apuntándole con una pistola a su cabeza.

   La crónica que María Eugenia Sierra nos ofrece en su debut en la narrativa, con un título que por si solo es ya un reclamo (La noche de los escarabajos) analiza de forma ficcional dos temas de rabiosa actualidad: la corrupción de ciertos personajes políticos y la impostura y embustes de muchos encuentros virtuales. Temas que la narradora desarrolla a través de una trama argumental cuyo principal protagonista es Pedro, alcalde de una gran ciudad colombiana, inscrito recientemente en el club de los homosexuales principiantes en Internet, acuciado por el deseo y por la urgencia de hallar al hombre de su vida. El protagonista fue uno de los mentores de la polémica ley zanahoria; Pedro el Grande, como se le conoce en los círculos políticos, anda con frecuencia tan embriagado como vinculado a la corrupción con el partido de los contratistas que financian campañas políticas y manipulan a no pocos gestores de la política desde sus despachos.

   Los caprichos de la ficción hacen que el protagonista se  case de forma informal en una playa gallega con una joven romera xacobea, en una ceremonia civil bendecida con el agua santa del vino albariño. Pero muy pronto las cosas cambian de rumbo y toman otros giros. Un giro que se desencadena  a partir del primer encuentro sexual de Pedro con un hombre, encuentro que le gustó. ¡Jamás mujer alguna le había parecido tan placentera! Y de pronto descubre el sexo virtual. Internet y sus engañosos cebos: las páginas de contactos. Y también de repente, y con la misma celeridad, se sumerge en la corrupción. Al final del relato, una original voltereta y giro de tuerca, favorecidos por las infinitas farsas que aguanta Internet, convierten la novela de María Eugenia Sierra en la novela del burlador burlado.

   La noche de los escarabajos es, como he dicho, una ficción rabiosamente actual y tan real como la vida misma. Porque la corrupción es omnipresente y se expande viscosa como el aceite. Todos los días los escarabajos corruptos y moralmente putrefactos saldrán a escondidas a comer y a tener sexo. María Eugenia Sierra lo refleja con la fidelidad del espejo y, al mismo tiempo, con piruetas y seducciones estilísticas muy cercanas a un registro mágico-realista. Y si hay una virtud que en justicia se deba destacar en la escritura de María Eugenia Sierra, ésta es sin duda la mirada irónica y distante, pero a la vez fresca y intrigante, a la espuma de la realidad social y política de cualquier urbe del nuevo o del viejo continente. Una mirada que abarca igualmente a las nuevas tecnologías de la comunicación que permiten con placentera facilidad, insólitos encuentros virtuales únicamente con apretar una tecla. La autora sitúa la acción en la ciudad de Cali, pero muy bien podría radicarla en París, Madrid, Barcelona o Bogotá. Porque en todas las ciudades del orbe pululan y rebullen políticos y regidores como Pedro, el protagonista de esta ficción.

   La noche de los escarabajos  no es un libro para timoratos, como tampoco lo es la vida misma. No deberían dejar de leerlo todos aquellos que, desde la magia de la ficción, pretenden sumergirse en las ocultas entrañas de una urbe de nuestros días, en la que la codicia y los actos más persistentes de corrupción, así como el sexo pluriforme, le sirven de plataforma a las fechorías políticas, casi nunca coyunturales. Libro trepidante, dinámico, en el que la acción no concede respiro, apoyado además en una correcta arquitectura del relato. Novela escrita con la frescura de una debutante, pero sin embargo, muy apropiada para el deleite y la reflexión.



Francisco Martínez Bouzas








Fragmento



“La ventana del programa de Internet para buscar pareja, que permanece abierta en su computador personal, le anuncia una visita. Pedro suspende sus fisgoneos pornográficos y teclea en el número del perfil que aparece en letras azules sobre un recuadro que advierte que la fotografía del usuario es privada. Está tranquilo en la intimidad del estudio de su casa. El contacto en línea se llama David, tiene 25 años, es constructor y vive en Barcelona. Busca un hombre para una aventura virtual nada más. Así las cosas, lo que dice en la casilla de gustos resulta intranscendente. El alcalde no tiene restricciones de acceso a este portal porque es miembro oro y paga cumplidamente una tarifa en dólares que le da derecho a  conocer el perfil de todos los usuarios inscritos. El muchacho le pide que active su cámara web. Pedro no tiene. Entonces ahí te va lo mío, escribe con torpeza el catalán. El alcohol se derrama en su baso y el impoluto caballero de la política local se zambulle en una crápula viscosa.”



(María Eugenia Sierra, La noche de los escarabajos, páginas 29-30)



(Con leves variaciones este texto fue publicado en el periódico El País de Cali (Colombia) el  día 9 de julio de 2006)

jueves, 9 de enero de 2014

ALESSANDRO BARICCO: EN LA DIFUSA LUZ DEL AMANECER



Tres veces al amanecer
Alessandro Baricco
Traducción de Xavier González Rovira
Editorial Anagrama, Barcelona, 2013, 100 páginas.

   Es un hecho incuestionable que la destreza narrativa de Alessandro Baricco apenas halla parangón en la actual narrativa europea. Después de haber publicado Seda y Emaús, el gran estilista italiano (en él la escritura es  vocación, no profesión, y no falta quien afirme que no se puede escribir de forma más bella de lo que lo hace  Baricco), agasajó a sus lectores con Mr Gwyn, un thriller poético, una novela metaliteraria sobre el oficio de escribir y sobre esos gestos que, de improviso, hacen que un libro que encierra una hermosa historia, empiece a tener vida. A los pocos meses, la pluma de Baricco escribe este pequeño libro que, aunque es un texto autónomo e independiente, hunde algún modo sus raíces en Mr Gwyn. De ello nos informa el mismo autor en la nota introductoria: en Mr Gwyn, en efecto, se alude a un breve libro escrito por un angloindio, un tal Akash Narayan, titulado Tres veces al amanecer. Se trataba de un libro imaginario al que el escritor italiano decidió darle existencia, “un poco para darle una leve y lejana secuela a Mr Gwyn y otro poco por el puro placer de ir en pos de una idea determinada que tenía en la cabeza” (página 7): el misterio existencial del encuentro azaroso entre seres humano y las consecuencia que de esos encuentros se derivan.
   En efecto, en tres breves relatos, o quizás nouvelles, y siempre  a la luz vacilante y ambigua del amanecer, dos desconocidos, un hombre y una mujer se encuentran en el hall  de un hotel cuando el amanecer deja ver sus primeras luces; lo mismo les acontece a un anciano portero de noche y  a una adolescente y a un chico y a una mujer madura.
   En el primer relato, una mujer todavía joven, tan locuaz como descarada, llega hacia las cuatro de la madrugada al vestíbulo de un hotel donde un hombre reposa sentado en una butaca, con la intención de salir para cumplir con su trabajo de vendedor de balanzas. Tras conseguir que el hombre la suba a su habitación, se inicia entre ellos un interminable diálogo que les permite conocerse, con a la idea dominante de que por mucho que fantaseemos con empezar de cero y dejar la vida atrás, eso será imposible. Y en el desenlace, el absoluto desconcierto para el lector, con una encerrona perfectamente ejecutada por la mujer, colaboradora de la policía.
   En la segunda nouvelle, el diálogo tiene lugar entre “una muchacha deliciosa” que llega a un hotel más bien sórdido acompañada  del que parece  ser su novio, y el portero de noche que la invita a liberarse del aparente novio, un tipo “completamente erróneo”. Y también a partir de ahí surge una historia que se enmaraña con otro final sorpresivo.
   Tercera historia: un hotel igual de deprimente. Una mujer madura haciendo de niñera de un chiquillo de trece años en la cochambrosa habitación del albergue. Salen del hotel en un viejo Honda y se trasladan en la noche. Y entre ellos se inicia otro largo diálogo. Pero algo, una tragedia, ha ocurrido y sigue ahí, enmascarada. El chico pregunta y en el veloz y rápido diálogo surgen complicidades. Los pasados -muy reciente y trágico el del chiquillo, con ausencia / presencia de afecto en el de la mujer policía- salen a flote. Y en el desenlace, de nuevo el desconcierto, pero esta vez preñado de optimismo, brillante como la bella luz del amanecer.
   Tres relatos que se pueden amalgamar en una única novela que el lector puede componer a su gusto, dominados por las ideas-eje de Alessadro Baricco: la imposibilidad del cambio, del borrón y cuenta nueva en el casino de la vida, el destino humano, siempre estocástico y arbitrario, la permanencia de las cosas en la corriente nunca quieta de la vida (página 99), la perseverancia y, a veces, tenacidad del amor. Todo ello a la luz, a la vez ambigua y bella, de los amaneceres que Alessandro Baricco describe de forma profundamente sugerente.
   Novela fragmentaria, modesta sin duda comparada con algunas de sus obras mayores. Ajena a la artificiosidad y a cualquier clase de petulancias. Para leer desde la virginidad de unos ojos frescos, como ha comentado algún lector.

Francisco Martínez Bouzas




Alessandro Baricco


Fragmentos

“El hombre se quedó mirándola unos instantes, le preguntó luego si había vuelto a empezar desde cero, de ese modo que soñaba, mientras tenía al niño en brazos. Sí, respondió la mujer, ¿y sabe de qué me di cuenta? El hombre no respondió. Me di cuenta de que uno nunca cambia de verdad, de que no hay forma de cambiar: como uno es de niño lo será durante toda la vida, no es para cambiar por lo que se puede empezar desde cero. Y, entonces, ¿para qué es?, preguntó el hombre. La mujer se quedó un rato en silencio. No se había dado cuenta de que la sábana se le había deslizado hacia abajo, sobre el pecho, o no le importaba. A lo mejor era eso lo que quería. Se empieza desde cero para cambiar de mesa. Siempre  se tiene la impresión de que nos hemos metido en la partida equivocada y que con nuestras cartas a saber qué podríamos haber hecho únicamente de haber estado sentados en otra mesa de juego (…) Como ya le he dicho, añadió, cambiar las cartas es imposible, lo único que nos queda es cambiar la mesa de juego.”

…..

“Mira qué maravilla.
¿El qué?
La luz, allí al fondo. Se llama amanecer, es luz
Amanecer
Exactamente así. Lo hemos conseguido, señorito
Y, en efecto, desde el horizonte se había levantado una luz cristalina que iba reencendiendo las cosas y que ponía de nuevo el tiempo en movimiento. Tal vez fuera el reflejo sobre el mar, pero había algo metálico en el aire que no todos los amaneceres tienen, y la mujer
pensó que la ayudaría a permanecer lúcida, y calmada.”

(Alessando Baricco, Tres veces al amanecer, páginas 29-30, 94-95

lunes, 6 de enero de 2014

EL PAISAJE ALUCINADO DE W. BURROUGHS



Marica
William S. Burroughs
Traducción de Mariano Casas
Editorial Anagrama, Barcelona, 150 páginas
(LIBROS DE FONDO)

   Refiere el narrador  y ensayista mexicano Juan Villoro que el día 6 de septiembre de 1951, en el medio de una tranca etílica de la que solamente salía cuando se hallaba drogado, William Serwad Burroughs aceptó el desafío de Joan, su mujer, y probó su puntería al estilo de Guillermo Tell. Sus amigos ya estaban acostumbrados  a los “juegos telepáticos” de la pareja y sabían que la patente homosexualidad de Burroughs y su maratoniana ingestión de drogas impedía cualquier contacto físico entre los dos. El hecho fue que Joan puso un baso encima de su cabeza y Burroughs apretó el gatillo desde tres metros. Fue un asesinato accidental y compartido que provocó que la adicción por la escritura penetrase en el cuerpo de Burroughs. Toda la obra literaria de Burroughs es en efecto un ejercicio sostenido de la estética devastadora de aquella bala disparada en México.
   El inmenso suburbio, la “Interzona”, capital mundial del delito que era la ciudad de México en los anos cincuenta, se convirtió para el futuro autor de El almuerzo desnudo (1959) en un infierno transitable, en un abismo a su medida capaz de ocultar la realidad más  desagradable. Todo esto queda reflejado en buena medida en la novela Queer (1985), traducida al español por Anagrama con el título de Marica.
   Los inicios literarios de Burroughs tienen su origen en la sensación de catástrofe y de pérdida que le supuso la muerte de Joan. “Todo me lleva a l atroz conclusión de que jamás hubiera llegado a ser escritor sin la muerte de Joan” escribía el mismo Burroughs en 1985. Y junto al drama de la pólvora, también las cartas de Jack Kerouac y de Allen Ginsberg se sitúan en al arranque literario de Burroughs. Porque el profeta del  beat, nacido en 1914, y por consiguiente más viejo y menos  ambicioso que Ginsberg y Kerouac, nunca pensó dedicarse a escribir. Su intención era únicamente contribuir con su ingenio a las ufanías y alardes de los otros. “Mi novela son las cartas que te hago llegar” le declaraba Burroughs a Allen Ginsberg.
   Será, sin embargo, en México donde redactará, bajo el pseudónimo de Bill Lee, su primera novela, Yonqui. Confesiones de un drogadicto irredimible (1953). Queer fue concebida como un apéndice de  Yonqui y apareció publicada treinta años mas tarde, junto con la correspondencia que le serviría  de base para su sobra sin duda más conocida. The Yague Letters (1963). La personalidad contradictoria de Burroughs no es merecedora ni de un juicio moral condenatorio ni de una glorificación como ángel exterminador que precisó de un homicidio como motor de  arranque de su obra narrativa. Como escritor, lo debemos juzgar  únicamente por sus obras: un baúl rebosante de las más tremendas experiencias existenciales, de heteróclita vitalidad. También como experimentador de técnicas novedosas de arquitectura narrativa, como el cut-up, que tienen como finalidad descubrir, de forma azarosa, el relato escondido de la realidad.
   La relación polémica que Buroughs establece con la literatura, aparece con fuerza en Marica, el relato del deambular de un joven ambiguo por los locales más sórdidos de esa “Interzona” que abarca desde la ciudad de México DF hasta Panamá. Vagabundea  por locales cada vez más miserables, en los que pulula una fauna humana en estado de podredumbre y descomposición. Y en sus incursiones, como un pícaro alienado, nos surte con añicos radioactivos de un negrísimo humor. Viajes a mundos alucinatorios en búsqueda del yague, la droga absoluta, capaz de  otorgar el control total sobre los cerebros, y por eso mismo, codiciada por estados y por amantes.
   Si el lector desea introducirse en el particular mundo de uno de los escritores menos edificantes del siglo XX y contemplar ese paisaje alucinado que constituye el universo narrativo de este “gurú” de cinco décadas, hallará en Marica un pequeño pero substancioso atlas de la mayoría de los temas de uno de los personajes de mayor carisma biográfico de los últimos tiempos.

Francisco Martínez  Bouzas




Willian S. Burroughs


Fragmentos

La ciudad me atraía. Los barrios bajos no tenían que envidiar a los barrios bajos de Asia en cuanto a suciedad y pobreza. La gente cagaba en la calle y después se acostaba encima mientras las moscas le entraban y salían por la  boca. Algunos emprendedores, entre los que no eran infrecuentes los leprosos, hacían fogatas en las esquinas de las calles y cocinaban unos revoltijos horribles y apestosos, indescriptibles, que ofrecían a los transeúntes. Los borrachos dormían directamente sobre las aceras de la calle principal, y ningún policía los molestaba. Me pareció que en México todos dominaban el arte de no meterse en las cosas de los demás. Si un hombre quería llevar un monóculo o usar bastón, no vacilaba en hacerlo, y nadie se volvía para mirarlo. Los niños y los hombres jóvenes andaban por la calle del brazo y nadie les prestaba atención. No era que a la gente no le importara lo que pensaban los demás; pero a ningún mexicano se le ocurría aceptar la crítica de un extranjero, ni criticar el comportamientote los demás.”

…..

“Lee miró las manos delgadas, los hermosos ojos de color violeta, el rubor de excitación en la cara del niño. Una mano imaginaria se proyectó con tanta fuerza que costaba creer que Allerton no sintiera la caricia de unos dedos de ectoplasma en la oreja, el roce de unos ilusorios pulgares alisándole las cejas, apartándole el pelo de la cara. Ahora las manos de Lee recorrían las costillas, el estómago. Lee sentía la punzada del deseo en los pulmones. Tenía la boca entreabierta, mostrando los dientes mientras ensayaba el gruñido de un animal perplejo.
A Lee no le gustaba la frustración. Las limitaciones de sus deseos eran como los barrotes de una jaula, como una cadena y un collar, algo que había aprendido como aprende un animal, a lo largo de días y años de sufrir los rigores de la cadena, los rígidos barrotes. Nunca se había resignado, y sus ojos miraban entre los barrotes invisibles, vigilantes, atentos, esperando a que el guardián se olvidara de la puerta,  a que el collar se desgastara, a que se aflojara algún barrote…sufriendo sin desesperación y sin darse por vencido.”

(William S Burroughs, Marica, páginas 8, 48)

viernes, 3 de enero de 2014

EL ETERNO CARNAVAL DE LA LITERATURA



Retablo de jácaras tristes y farsas jocundas
Álvaro Lago
Ediciones Barataria, Barcelona, 173 páginas
(LIBROS DE FONDO)

  
   Álvaro Lago es un autor bilingüe que escribe indistintamente en gallego y en español y cuyo nombre no figura en los diccionarios de la literatura gallega, aunque pertenece a la AELG (Asociación de Escritores en Lingua Galega), y es autor de una obra considerable en su lengua materna. La publicación de sus obras en canales más bien marginales o ajeno al sistema, (como por ejemplo Fotocopias e loita de  crases, en un Congreso sobre la fotocopia) hacen de Álvaro Lago un perfecto desconocido para la mayoría de los lectores gallegos.
   Sin embargo Álvaro Lago es de los que opinan que la biografía de un escritor es su obra, mientras que la existencia real es una simple crónica que nada tiene que ver con la existencia independiente y libertaria de las obras que son fruto de la creación humana. Miembro, desde el punto de vista cronológico de  la Generación Perdida, aunque Álvaro Lago no tuvo que pagar ese altísimo precio por vivir que sí sufragaron muchas otras personas en esos años. Su infancia, gozada y disfrutada  en lo que él considera el Macondo galaico de Pontecesures, hace verdadera la afirmación de Francisco Castro de que la patria  de un escritor  son su infancia u adolescencia. Pontecesures y Pontevedra, especialmente su Museo, constituyen el ancoraje  de la vida de este escritor, el comienzo de la orgía perpetua reflejada en lo que fue su última obra en castellano. Un libro de extensa rotulación, Retablo de jácaras tristes y farsas jocundas sobre la muerte, el sexo y la vida provinciana, editado por Ediciones Barataria.
   La jácara, un término que no tiene una traducción literal en gallego y cuyo equivalente serían las “cantigas satíricas”, el género de las “cantigas de escarnio y maldecir” y en especial las “cantigas obscenas”, fueron en el siglo de Oro Español pequeñas piezas satíricas que se representaban en el intermedio de las comedias.
   El libro de Álvaro Lago es una  colectánea de relatos que enlaza con lo que Rodrigues Lapa llama la cloaca moral de los cancioneros gallegos-portugueses. En el estrado de los paisajes cotidianos, marionetas esperpénticas representan  múltiples argumentos de la antigua farsa,  disfrazada con diversas vestimentas: farsas rurales, farsas municipales, farsas  legales, farsas nupciales… que nos permiten escudriñar, a través de una lengua florida y rebosante de mordacidad y barroquismo, claros ecos de la picaresca, de la sátira y del modernismo. Cada unidad de esta publicación, cada  narración encierra una historia que tiene pleno sentido en sí misma y a  la vez forma parte de una unidad más grande: el retablo. Y detrás de las “jaracondosas hembras jocundas de apetecibles carnes rotundas” y de los “garzones zarabetos  de esquinado entendimiento”, sentimos los ecos de los grandes maestros de la literatura española: Quevedo, Valle Inclán o el mismo  Cela, cuando era quien de escrutar con ingenio las danzas de la farsa, antes de convertirse en figurante de la misma. Al final, como se nos dice en la presentación editorial, el carnaval eterno de la literatura: el arte es lo que queda.

Francisco Martínez Bouzas


                                                     
Álvaro Lago
 Fragmento

“Salón de té del Palacete Farigola. Rosa en las paredes, en los cojines, en los manteles, en las diminutas braguitas que las muy públicas partes púbicas de Chochin Refajo enmarcan, velan y protegen. El cacareo de interrumpidas conversaciones, el frufrú de medias que se cruzan y se descruzan, el tintineo de  las cucharillas de plata sobre las tazas de Sèvres. Sobre una recargada mesa, tres servicios de té; sobre tres vetustas butacas, las diferentes posaderas de tres distintas damas; en el aire, el hálito etílico del aniseto ingerido.
Además de la anfitriona y de la referida Chochin Refajo, la estancia se honraba con lal presencia de la lúbrica Culín Liguero, mujer de apretadas formas, cincelada en sudorosos gimnasios, onerosos quirófanos y beneficiosos catres. Desde los años mozos, eran las tres señoras todo lo amigas que su condición les permitía. En secreto, a sí mismas se llamaban «las tres Mosqueperras» desde aquel día en que confabularon para obtener de sus entrepiernas mayores beneficios que el mero placer, ora solitario, ora compartido con macho encelado, hembra lujuriosa o múltiple mezcolanza.”

(Álvaro Lago, Retablo de jácaras tristes y farsas jocundas, páginas 106-107)

sábado, 28 de diciembre de 2013

"PLATAFORMA", PANEGÍRICO DE LA PROSTITUCIÓN TAILANDENSA Y LA SUPRANACIONAL DEL SEXO



Plataforma

Michel  Houellebecq

Traducción de Ecarna Castejón

Editorial Anagrama, Barcelona, 316 páginas

(LIBROS DE FONDO)


 En el año 2001 Michel Houellebecq publicó su cuarta novela, Plataforme, traducida al año siguiente por Anagrama con el título de Plataforma. Este título y los que le seguirían hasta que con El mapa y el territorio obtuvo el premio Goncourt 2010, sus libros de ensayo, artículos y films, lo han convertido en la primera referencia de la literatura francesa actual. Sin embargo esta novela suscitó en todo el mundo una cruda polémica y transformó a su autor en figura mediática y controvertida. Polémica que él mismo fomenta por las declaraciones negativas que hizo a la revista Lire sobre el Islam, aunque en octubre del año 2001, Michel Houellebecq reconocería, en la presentación de la novela, la desmesura de las mismas.
   Las cuatro novelas escritas hasta ese momento por Houellebecq han hecho de él el fabulador de moda y lo sitúan en el centro del debate. En la primera, Ampliación del campo de batalla (1994), nos muestra, en un texto repleto de humor, los entresijos oscuros del siglo XXI, el siglo de la informática y de la presunta liberación sexual (Xavier Lloveras). Le siguió en l998 Partículas elementales que le catapultó al éxito y le colocó en la estela de la controversia, pero que en el fondo no es otra cosa que una novela confusa que intenta suturar, sin conseguirlo plenamente, la conductas sexuales de los ex-sesentayochistas con inciertas utopías sobre la clonación. Vendría después Lanzarote, un texto híbrido de narrativa y ensayo.
   Y ahora llega la provocación con mayúsculas con el nombre de su cuarta entrega narrativa, Plataforma. Para algunos, entre ellos Fernando Arrabal su gran valedor en España, Houellebecq, es el nuevo genio de la literatura de hoy, el nuevo comentador social de moda al estilo de Ilusiones perdidas de Honoré de Balzac. Y Plataforma sería la muestra.
  Otros críticos aprovecharon la aparición del “fenómeno Houellebecq” para rescatar del olvido la escuela de novelistas que, en los comienzos del siglo pasado, quiso montar el escritor argentino Roberto Arlt, una escuela en la que proponía como senda educativa que los alumnos aprendieran a escribir mal. La academia del argentino nunca dejó de ser un sueño pero las intenciones de Roberto Arlt están siendo asimiladas por Michel Houellebecq que escribe mal, al menos hasta la novela que le supuso el premio Goncourt, en todos los sentidos imaginables.
   Sin embargo, en ningún caso se le puede negar a Houellebecq el valor de elegir con maestría sus temas y argumentos, verdaderas dianas realistas que reflejan las prácticas cotidianas, el ethos de nuestros días y el cinismo erótico de la sociedad de consumo. La novela fue definida por sus censores como el panegírico de la prostitución tailandesa, fronteriza con la pedofilia, con salones de masajes emparentados con los mercados de esclavos.
   Pero no es Plataforma un libro de juzgado de guardia, sino el espejo de la globalización monopolista de las finanzas del amor-sexo. Arranca la narración bajo la sombra ficticia de El extranjero de Albert Camus. Michel, el protagonista y narrador, un funcionario cuarentón, incapaz de experimentar ninguna emoción y habituado a los peep-shows (exhibiciones de gente desnuda) hereda de un padre, al que odia (“el muy cabrón había disfrutado de la vida; se las había apañado de puta madre”), una buena suma de dinero y viaja como turista sexual a Tailandia. Mas la copia de Camus no es tal porque la relación con el padre no es de indiferencia, sino de repulsa, cosa que no le ocurre al protagonista de El extranjero.
   En el oasis del turismo sexual, el sexo femenino no hace aflorar en Houellebecq pensamiento, creatividad heterodoxa, al contrario de lo que le sucede a Henry Miller, sino caudalosos ríos de esperma. Mas allí conoce a Valérie, una mujer capaz de sentir placer y de realizar sus deseos. Será un encuentro trascendental que desentierra a Michel de su existencia apática, racista sin militancia, compulsivamente onanista y enemigo de cualquier forma de seducción, porque para los occidentales, ofuscados por el trabajo, el amor y la seducción se presentan como empresas harto embarazosas.
   No obstante la vitalidad de su nueva amiga transforma al protagonista y, a su regreso a París, emprenden juntos una insólita aventura empresarial: una red mundial de colonias turísticas en las que los deseos se compran y venden, el sexo se practica libremente, la prostitución es una actividad legal y las felaciones con frambuesa una forma cotidiana de placer. Pero entonces surge la tragedia. Un grupo de fundamentalistas islámicos atenta contra una de las colonias y asesina a la regeneradora de Michel y a 117 turistas de la nueva supranacional del erotismo sin que nadie condene a los agresores iluminados.
    Es entonces cuando de los labios de Michel surgen esas palabras terribles que escandalizaron a medio mundo, escándalo acompañado de una condena radical e indiscriminada de Houellebecq, confundiendo la opinión de los personajes de una ficción con su autor: “Cada vez que oía que un terrorista palestino, un niño palestino o una mujer palestina embarazada habían sido asesinados en Gaza, me estremecía de entusiasmo pensando que había un musulmán menos” (página 306).
   Seguramente que el libro de Houellebecq, tejido con una lengua de fácil lectura, no es ese tratado de moral y el poema lírico del amor de nuestro tiempo que quiere Fernando Arrabal. Entre otras razones porque sus líneas delinean un nuevo maniqueísmo al contraponer el universo angelical de los defensores y practicantes del gozo sexual sin barreras con los que condenan el sexo, los islamitas y su "religión insensata". Sin embargo, en el haber de Houellebecq tenemos que reconocer la osada asunción literaria de algo que se encuentra muy cerca de nosotros, porque Plataforma es un reflejo de lo que hay, de lo dado y de esa felicidad a la que no debemos temer, pues no existe como se podía leer en el frontispicio de la página  oficial de Michel Houellebecq.



Francisco Martínez Bouzas




(Texto publicado con leves modificaciones en el periódico El País de Cali, Colombia, el 8 de agostote 2004)






Michel Houellebecq

Fragmentos



“Por lo general, a la salida del trabajo me daba una vuelta por algún peep-show. Me costaba cincuenta francos o a veces, si tardaba mucho en eyacular, setenta. Ver coños en movimiento me despejaba la cabeza. Las tendencias contradictorias del videoarte contemporáneo, el equilibrio entre la conservación del patrimonio y el apoyo a la creación viva…, todo eso desaparecía deprisa ante la magia fácil de los coños en movimiento. Yo me vaciaba agradablemente los testículos. A la misma hora, por su parte, Cecilia se atiborraba de pasteles con chocolate en una confitería que estaba cerca del Ministerio; las motivaciones eran más o menos las mismas.”



…..



“A pesar de las pequeñas dimensiones del establecimiento, la chicas llevaban insignias numeradas. Me decidí rápidamente por la número 7: primero porque era bonita, y luego porque no parecía prestar una atención desmesurada al programa de televisión, ni estar sumida en una apasionante conversación con su vecina. Y en efecto, cuando la llamaron se levantó con visible satisfacción. La invité a una Coca-Cola en el bar y luego pasamos a una habitación. Se llamaba Oôn, o por lo menos eso es lo que entendí, y venía del norte del país: de un pueblecito cerca de Chiang Mai. Tenía diecinueve años.

Después del baño que tomamos juntos, me tumbé, cubierto de espuma, en el colchón; en seguida me di cuenta de que no iba  a lamentar mi elección. Oôn se movía muy bien, con mucha flexibilidad; se había puesto justo la cantidad necesaria de jabón. Me acarició las nalgas con los senos durante mucho rato; era una iniciativa personal, no todas las chicas lo hacían. Su coño, bien enjabonado, me frotaba las pantorrillas como un cepillo pequeño y duro. Con cierta sorpresa, tuve una erección; cuando ella me dio la vuelta y empezó a acariciarme el sexo con los pies, llegué a creer que no iba a poder contenerme…”



…..



“Entonces vi a los atacantes, tres hombres con turbantes que avanzaban rápidamente hacia nosotros, con metralletas en las manos. Estalló una segunda ráfaga, un poco más larga, los ruidos de porcelana y cristal se mezclaron con los gritos de dolor. Debimos quedarnos paralizados durante unos segundos; a pocos se les ocurrió protegerse debajo de las mesas. A mi lado, Jean-Yves lanzó un grito breve; acababa de ser alcanzado en el brazo. Entonces vi que Valérie resbalaba muy despacio de la silla y se desplomaba en el suelo. Me abalancé sobre ella y la abracé. A partir de ese momento ya no vi nada. Las ráfagas de metralleta se sucedían en un silencio roto únicamente por el estallido de los cristales; me pareció interminable. El olor a pólvora era muy fuerte. Luego volvió el silencio…”



…..



“Está claro que uno puede seguir con vida sólo porque alimenta un deseo de venganza; mucha gente ha vivido así. El islam me había destrozado la vida, y desde luego el islam era algo que podía odiar; durante los días que siguieron, intenté sentir odio por los musulmanes. Me salía bastante bien, y empecé a prestar atención otra vez a la información internacional. Cada vez que oía que un terrorista palestino, un niño palestino o una mujer palestina embarazada habían sido asesinados en Gaza, me estremecía de entusiasmo pensando que había un musulmán menos. Sí, se podía vivir así.”



(Michel Houellebecq,  Plataforma, páginas 23, 48, 289, 306)

martes, 24 de diciembre de 2013

"INTEMPERIE" ELEGIDA LA MEJOR NOVELA DE 2013



  No era de extrañar. Muchos de los que hemos podido leer Intemperies, la novela de Jesús Carrasco, escritor debutante, editada a principios del año por Seix Barral,  lo presentíamos. Y en efecto el Gremio de Libreros de Madrid la ha elegido como la mejor obra de ficción de 2013. El jurado valora sobre todo la aparición de “una voz nueva en el panorama literario español, que es a la vez clásica y moderna, una voz que, con un lenguaje intenso y poderoso, se inscribe en la mejor tradición narrativa de nuestro idioma”. La novela, prosigo con el dictamen del jurado, “adentra al lector, con un estilo sin concesiones, en un universo rural -claro protagonista de la historia- de tremenda dureza y violencia ancestral en la que los personajes se mueven, rodeados de sequía y miseria, en un tiempo y espacio indefinidos, pero en el que los valores universales como la amistad, la solidaridad y la compasión prevalecen”.

     El 24 de febrero de este año, en este Cuaderno de crítica literaria, tuve la oportunidad de reseñar Intemperie, coincidiendo en buena medida con el criterio de los Libreros madrileños  Como homenaje a la buena literatura que surge de donde uno menos lo piensa, reproduzco aquella reseña.

   Las obras finalistas a juicio del jurado de los Libreros de Madrid  son En la orilla de Rafael Chirbes, editada por Anagrama y reseñada en esta bitácora; Las lágrimas de San Lorenzo de Julio Llamazares (Alfaguara); La ridícula idea de no volver a verte de Rosa Montero (Seix Barral e igualmente reseñada en este blog) y Nada se opone a la noche de Delphine de Vigan, editada igualmente por Anagrama. A continuación, mi juicio valorativo de Intemperie:



INTEMPERIE”, EL MIEDO Y LA DIGNIDAD EN EL PAISAJE DE LA DESOLACIÓN



Intemperie

Jesús Carrasco

Editorial Seix Barral, Barcelona, 2013, 223 páginas.



   Intemperie es el debut afortunado de Jesús Carrasco, hasta ahora redactor publicitario, porque  antes de que su novela apareciese publicada en español, trece países ya habían adquirido en la Feria de Franckfurt los derechos de edición. Seix Barral, el sello editorial barcelonés está promocionando la novela en España comparándola con la riqueza de Miguel Delibes y con la fuerza de Cormac McCarthy. Todo ello, amalgamado en una voz propia, fresca y diferente. Hoy Intemperie se ha convertido en una de las grandes apuestas editoriales de Seix Barral para 2013.

   Intemperie se yergue sobre el miedo y la dignidad como temas de fondo desarrollados a través e una historia extremadamente austera y de unos actantes, un niño acosado y un cabrero anciano, prácticamente como únicos materiales. Todo lo demás es atemporal y ajeno  a cualquier geografía concreta. Solamente sabemos que ese dúo de protagonistas y sus perseguidores se mueven por un páramo calcinado por el sol y que el muchacho huye de algo, sin que se nos diga el qué, aunque sospechemos que se trata de situaciones malignas. También del desamparo.

   Todo da comienzo en un agujero en el que un niño se esconde después de haber escapado de su casa. Los vecinos lo buscan. Ese es el peligro. Cuando pasa, se encuentra caminando hacia el norte evitando senderos y perdido en una inmensa llanura de terrones de arcilla y piedra, asolados por la sequía. Hasta que se encuentra con un viejo cabrero. Uno y otro irán atravesando el paisaje hostil, sin ningún destino concreto. El niño huyendo de la implacable persecución de un alguacil de quien guarda un obsceno secreto. Ambos, el niño y el cabrero, parecen unir sus destinos porque luchan por la supervivencia en aquel paisaje desolado, atenazados por la sed, la insolación -las leyes del llano- y la violencia del alguacil y sus hombres cuando los localizan.

   A partir de aquí el relato revienta en ciertas  constantes que lo configuran: el miedo, la violencia y la presencia del mal, un mal viscoso, nunca nombrado de forma explícita, pero que ha estado esclavizando al niño. Y una cierta ética como la que impone el deber de enterrar a los cuerpos a los que se ha abatido.

   Intemperie -lo reconoce Jesús Carrasco- es una novela que forma parte de su propio proceso de aprendizaje. El referente más inmediato parece ser sin duda La carretera de Cormac McCarthy: esa itinerancia hacia el sur de un hombre y un chico en un mundo apocalíptico. Pero la novela de Jesús Carrasco  es mucho más escueta y desnuda, lo que le permite manejar con más precisión los elementos narrativos. En la novela, ni el cabrero, ni el niño, ni ningunos de los perseguidores tienen nombres. Tampoco los lugares. Todo esta difuminado en ese medio sumamente hostil y de este modo surge nítida la sustancia de la ficción: la relación del ser humano con el medio por más desolado que sea y la opción por la justicia con la toma de partido frente a la violencia. Los personajes además tienen mucho de arquetipo: ellos son la víctima propicia e inocente, el perseguidor corrupto y la frágil figura del cabrero, paradigma de una justicia primitiva. Por eso mismo, la novela transita toda ella hacia el terreno de la fábula.

   Entre los muchos méritos de la ficción de Jesús Carrasco desearía destacar ante todo lo apropiado del desarrollo narrativo, con variación de ritmos: lento cuando narra el trasiego interminable por ese paisaje desolado, quemados los protagonistas por el sol y la sed. Vertiginoso  cuando el miedo se convierte en acontecimiento real e inminente. Y junto a ello, el exquisito laboreo estilístico. El autor es un gran observador. En esa llanura desolada -“un mar de arena brava”- funcionan todos los sentidos, nuestra plena animalidad, la sensorialidad que es capaz de convertir un secarral en algo estético. Y en esa rica relación con el entorno, el escritor se siente apoyado por el rescate de una prosa tradicional -veja le llama él- que busca la palabra justa, rescatándola muchas veces de un corpus léxico de voces arcaizantes, arrancadas de la vida rural y que hoy parecen olvidadas. Con ellas, una sintaxis simple y precisas y sobrias aunque abundantes descripciones que convierten al erial desolado en protagonista así mismo de la narración, hilvana Jesús Carrasco una buena novela, en la que, si algún pero puede atribuírsele,  es un cierto desajuste al poner en boca de un niño interrogantes y razonamientos impropios de sus edad.



Francisco Martínez Bouzas







Jesús Carrasco (Foto de Claudio Álvarez)

Fragmentos



“Descendieron por una vereda estrecha conteniendo al burro, que perdía apoyo a cada paso. Las cabras, cada una por su lado, najaban haciendo que se deslizaban sobre hachas, hasta llegar al fondo de la sima donde algunas de ellas fracturaban costillas prístinas. Huesos en todas las etapas posibles de degradación. Sedimentos de polvo cálcico, hileras de vértebras vacunas, poderosas pelvis. Arcos costillares y cornamentas. Una res sin ojos a la que todavía le aguantaba el pellejo. Un saco hediendo en medio del día que despuntaba. El faro de su descanso.”



…..



“Entendió que el viejo no sería quien le entregara la llave al mundo de los adultos, ese en el que la brutalidad se empleaba sin más razón que la codicia o la lujuria. Él había ejercido la violencia tal como había visto hacer siempre a quienes le rodeaban y ahora, como ellos, reclamaba su parte de impunidad. La intemperie le había empujado mucho más allá de lo que sabía y de lo que no sabía acerca de la vida. Le había llevado hasta el mismo borde de la muerte y allí, en medio de un campo de terror. Él había levantado la espada en lugar de poner el cuello. Sentía que había bebido la sangre que convierte a los niños en guerreros, y, a los hombres, en seres invulnerables. Creía que el viejo le haría pasar, coronado de laurel por un esclavo, bajo el arco de la victoria.”



(Jesús Carrasco, Intemperie, páginas 68, 162)

lunes, 23 de diciembre de 2013

HACER EL AMOR COMO ASIDERO EN LOS CONFINES DEL FINAL



Hacer el amor
Jean-Philippe Toussaint
Traducción de David Martín Copé
Editorial Siberia, Barcelona, 2013, 120 páginas.


   Hacer el amor es la primera parte de la trilogía -parece ser que habrá más entregas- sobre la ruptura amorosa, escrita por el novelista y cineasta Jean-Philippe Toussaint, nacido en Bruselas en 1957, aunque arraigado en Francia por sus estudios y por haber asimilado la cultura francesa. Sin embargo, ha sido la última en ser traducida al español, pese a que su edición original data del año 2002. La versión española es muy reciente y nos llega de la mano de Editorial Siberia. Con anterioridad se habían incorporado al español el segundo volumen, Fuir (2005, en gallego desde el 2007), así como el tercero, La vérité sur Marie (2009).
   Con la trilogía hasta ahora publicada Jean-Philippe Toussaint, uno de los grandes escritores actuales en francés, legatario literario del Nouveau Roman y que escribe en la tradición francesa, tras la senda de Flaubert y en una línea semejante a Jean Echenoz, ofrece  a los lectores la posibilidad  de bucear en la más dilatada ruptura amorosa de una pareja, convertida en ficción. En un pieza literaria articulada con  paños minimalistas, pero poseedora, no obstante, de un profundo calado literario.
   Hacer el amor es la melancólica crónica de la ruina sentimental de una pareja: la que forman el narrador y su novia Marie. En un especial y casi ilusorio escenario: la ciudad de Tokio que con sus luces de neón desgarrando la noche, con la nieve que blanquea sus calles, con sus olores y sabores, no solo es el fondo escénico de la historia, sino que participa en la dilatada apuesta  de sensaciones en las que se anegan los protagonistas para dilatar su ruptura, el distanciamiento que sigue a una relación.
   El innominado narrador y su pareja Marie, estilista y artista plástica que había creado en la capital nipona su propia marca, viajan a Tokio, viaje que Marie realiza dispuesta a quemar las últimas reservas amorosas de su relación, reservas ya agotadas y cuya imagen más emblemática la constituye el recorrido desde el aeropuerto de Narita al hotel, viajando por separado en dos taxis. Pero no será la única que se reitere en una noche de agotamiento e insomnio y en su amanecer recorriendo alucinados las calles de la ciudad: miradas fulminantes, incidentes aparentemente banales que cada uno macera en su fuero interno, son vestigios elocuentes de que “nos amábamos pero ya no nos soportábamos más” (página 55). Porque con la desintegración del amor sobreviene  de inmediato la desintegración personal y el rechazo de la persona cuyo primer beso fue como un elixir cuyos efectos hubiéramos deseado prolongar para siempre.
   Mas la ruptura de la pareja, que venía de atrás, solamente se prolonga en Tokio en la habitación del hotel en el que se hospedan, en sus calles húmedas y heladas, en las salas del museo donde Marie monta su exposición. Un verdadero seísmo sentimental que coincide con los frecuentes temblores del suelo que sacuden la ciudad. Y hacen el amor por última vez en el desagarro del amor que se lleva la vida. Hacen el amor de una forma violenta, frenética, onanista, alejados de cualquier caricia inútil, de cualquier sentimiento. Como seres desconocidos. Por eso -y es uno de las grandes virtudes de la novela- Toussaint sabe transmitir en este libro una gran desazón, la gelidez  de la ruptura de un amor que se quiebra definitivamente y que, sin embargo, convive con el latente e irresoluto deseo carnal.
   Otra pieza narrativa de un gran escritor que sabe reflejar, a la vez con fuerza y habilidad, el caudal de emociones que nacen y florecen -mustias y melancólicas flores negras- en la alegría y en la tristeza cuando una  pareja que ha compartido muchos años de su vida, intenta pasar página, alejarse, estirando no obstante el tiempo, entre lágrimas femeninas y un frasco corrosivo de ácido clorhídrico y cuya finalidad descubrirá el lector en el desenlace, siempre en el bolsillo del protagonista narrador.
   Y en esta historia de tragedia sentimental toma parte así mismo el escenario, la ciudad de Tokio. La acertada descripción de un Tokio congelado, nevado, inhóspito, sacudido por terremotos, acertada metáfora de las turbulencias del alma, corre en paralelo con la desazón y el desagarro de una pareja que vive sus últimos instantes y trata de superar su desolación con el último encuentro sexual.
   Jean-Philippe Toussaint es un consumado especialista de los detalles. Su prosa, una joya de alta orfebrería minimalista, se proyecta sobre los pequeños detalles y pormenores, los describe con lo que él llama “energía novelesca” e incide sobre personajes, acciones, lugares e incluso objetos como la vestimenta (“el pantalón desabrochado a la altura de las bragas transparentes, página 18). Y con esa prosa exquisita el escritor logra lo que es fundamental en esta novela: el reflejo de las más insignificantes sensaciones, la inmersión  en la vida interior de sus personajes, el lúcido y penetrante retrato del decorado hasta hacer de él poco menos que un personaje.
   En definitiva, una pequeña gran novela, vertida al español con una prosa igualmente refinada y llena de bríos y que ennoblece a una editorial independiente de reciente creación, que echa a andar con cuatro propuestas literarias de gran calidad y hermosamente editadas. Es la “zona cálida” que busca Siberia.

Francisco Martínez Bouzas


 
Jean-Philippe Toussaint

Fragmentos

“El mismo día que Marie me propuso acompañarla a Japón, comprendí que estaba dispuesta a quemar nuestras últimas reservas amorosas en aquel periplo. ¿No hubiera sido más sencillo, si de separarnos se trataba, haber aprovechado ese viaje previsto con tanto anticipo para tomar un poco de distancia el uno del otro? ¿Era una buena idea viajar juntos, si era para romper? En cierto modo, sí, ya que aunque la proximidad nos desgarraba, el alejamiento nos hubiera acercado. En efecto: emocionalmente éramos tan frágiles y nos encontrábamos tan desorientados que la ausencia del otro era, sin lugar a dudas, lo único que aún podía acercarnos, mientras que nuestra presencia sólo podía, por el contrario, acelerar el desagarro, sellar la ruptura. Si era ella consciente de aquello al invitarme  a Tokio y si me había invitado adrede para que lo dejáramos, es algo que ignoro, no creo.”

…..

“Era tarde, puede que pasadas las tres de la mañana, y hacíamos el amor, hacíamos el amor lentamente en la oscuridad de la habitación, atravesada aún por largas estelas de luz roja y sombras negras que dejaban sobre las paredes el rostro de su paso. La cara de Marie, inclinada en la penumbra, con los cabellos desordenados en el tumulto de las sábanas deshechas, de los albornoces y los vestidos enmarañados a nuestro alrededor, permanecía como retirada de nuestro abrazo, abandonada en la esquina de un cojín, con los labios apretados, sin renunciar en ningún momento a  esa terrible expresión de angustia grave y muda que yo conocía. Desnuda entre mis brazos, cálida y frágil en la cama de aquella habitación de hotel por cuyo techo pasaban fugaces filamentos de luces de neón rojas, yo la oía gemir en la oscuridad cada vez que entraba en ella, pero apenas sentía sus manos sobre mi cuerpo, ni sus brazos alrededor de mi espalda. No, era como si ella evitara con sumo cuidado todo contacto innecesario con mi piel, toda caricia inútil, toda unión entre nosotros que no fuera puramente sexual. Tan sólo su sexo parecía tomar parte en todo aquello, su sexo caliente  y ávido, que yo había penetrado y que se movía de manera casi autónoma, áspera y furiosa, mientras ella apretaba sus piernas para encerrar mi verga dentro de la presa de sus muslos y se frotaba violentamente contra mi pubis persiguiendo un placer que yo la veía dispuesta a conquistar. Tenía la sensación de que utilizaba mi cuerpo para masturbarse contra él, que restregaba su angustia contra mí para perderse en la búsqueda de un goce deletéreo, incandescente y solitario, doloroso como una quemadura interminable y trágico como el fuego de la ruptura que estábamos consumando…”

…..

“Y a pesar de mi inmenso cansancio esperaba que no amaneciera en Tokio ese día, que no amaneciera nunca más y que el tiempo se detuviera en ese momento, en aquel restaurante de Shinjuku donde nos sentíamos tan bien, cálidamente envueltos en la ilusoria protección de la noche, porque sabía que la llegada del día traería consigo la prueba de que el tiempo pasaba, irremediable y destructor, y que había pasado sobre nuestro amor. Pronto iba a amanecer, y, cuando me disponía a salir a la calle, me di cuenta de que estaba nevando: imperceptibles copos de nieve pasaban lateralmente ante el cristal y desaparecían en la noche, arrastrados por el viento. (…) Yo miraba la nieve caer silenciosa en la calle, posarse ligera e impalpable sobre los neones y los farolillos de papel, sobre el techo de los automóviles y los aislantes de cristal que sujetaban los cables de los postes telegráficos. Y aquella nieve me pareció una imagen del paso del tiempo -al atravesar la claridad de una farola, los copos giraban enloquecidos un instante en la luz, como una nube de azúcar glasé disipada por un soplo invisible y divino-, y en la inmensa impotencia que sentía por no poder evitar que el tiempo siguiera su curso, tuve el presentimiento de que con el final de la noche terminaría también nuestro amor.”

(Jean-Philippe Toussaint, Hacer el amor, páginas 16, 21-22, 46-47)