lunes, 18 de julio de 2011

LA METAFICCIÓN DE LOLITA BOSCH


Ahora, escribo
Lolita Bosch
Editorial Periférica, Cáceres, 2011, 197 páginas.

Lolita Bosch, pese a las reticencias de ciertos lectores y críticos que ignoran que el mundo se mueve constantemente, es una de las voces más originales de la  narrativa  que se escribe actualmente en español. Autora de referencia para aquellos otros cercanos a la literatura hoy en día más vanguardista. También para escritores que practican la postnarrativa. En una de las metanovelas más subversivas del actual sistema literario gallego (A pregunta perfecta. O caso Aira-Bolaño), su autor, Juan Tallón escribe lo siguiente: “Lectura de Tres historias europeas de Lolita Bosch. Trátase dunha nouvelle e dous relatos. Pingüinos, título da nouvelle, vai permanecer moito tempo na miña memoria. Seino. A súa arquitectura e dialéctica narrativas, baixo as que se procede a dividir en cachos inteligentes o feito temporal, presentando os acontecementos do pasado e do futuro en orde indistinta, confusa, pero que non impide unha lectura natural e emocionante, achegan o texto ao que chamaría unha pequena obra mestra”.
“É a primeira obra que leo desta escritora. Comézase a consolidar unha nova xeración de narradores que avanzan en dirección non tanto ao bo, que é algo difuso, como ao novo” (páginas 28-29). Entre esa generación de narradores que avanzan en dirección a lo nuevo, se halla en efecto Lolita Bosch. Natural de Barcelona, su vida, sin embargo, se ha desparramado hasta ahora en el Bajo Ampurdan, EE.UU., la India y, sobre todo, México, donde completó su formación académica y se empapó de lo bueno y de lo malo de la atmósfera mexicana, reflejada en alguna de sus obras. Entre las más conocidas  (Tres historias europeas, 2005, La persona que fuimos, 2006, Esto que ves es un rostro, 2008, y La familia de mi padre, 2008). Ha sido traducida a varios idiomas.
Ahora, escribo es precisamente la narración o correlato de su última novela, La familia de mi padre. Según un texto de Walter Benjamin (El narrador), analizado por Scott Lash, en los actos de escritura ficcional se yuxtaponen dos tipos de textos: por un lado, la novela; por otro, el narrador y su historia. Con ello se evaporan de golpe muchas de las concepciones de la narratología clásica. La narración corresponde a un modo de experiencia personal que precede a la novela o acontece mientras esta se fragua. Lolita Bosch nos introduce, pues, en Ahora, escribo en su “taller de escritora”. En el taller de la escritora durante el proceso de su obra anterior, La familia de mi padre, como ya he dicho. Una novela que confiesa la autora, la dejó exhausta y sumida en un verdadero descalabro emocional. La familia de mi padre es el viaje a la intimidad y es así mismo la demolición de los muros de silencio que ella misma había levantado a su alrededor, tras el fallecimiento del padre en México, sin que pudiera llegar a tiempo a su sepelio. Al finalizar aquel libro, se sintió bloqueada en su profesión de escritora.
Lolita Bosch
Ahora, escribo es  un “ancla transparente” con la que la escritora intenta volver entrar en el mar de la literatura, desde el vacío de la no-escritura. “Ahora no. Ahora la escritura no ha logrado evitar ni construir nada. Porque ahora la escritura es la muerte” (página 79). No es de extrañar, pues, que varias secuencias del libro comiencen con el ritornelo, “Casi se de nuevo caminar” (páginas 93, 127, 130), que, más allá de la anécdota de la rotura del menisco de la rodilla saltando en una cama elástica, el lector, en diálogo con este libro, pueda interpretar  como una recuperación de la libertad para poder volver a escribir.
A lo largo de las tres secuencias que componen este libro, Lolita Bosch va desgranando una narración que echa a andar desde el dolor y esa extrema relación con la literatura, sobrevenida tras La muerte de mi padre. Nos hace partícipes de sus miedos tras preguntarse qué ha sucedido e intenta entenderse a sí misma, para llegar finalmente a la aceptación y a comprensión de que un texto literario es tan incomprensible como un ser humano.
Historia íntima de una escritora, de un lenguaje escrito (página 53), que dan fe de la condición metaliteraria, y al mismo tiempo “intraliteraria” de esta obra de Lolita Bosch, con una clara autorreferencialidad del yo, tal como lo entiende Spires (Beyond the Metafictional mode. Directions in the Modern Spanish Novel), en este libro-narración y una lematización del acto de escribir. Escritura que se refiere a si misma contestando la tradición mimética del arte, para interrogarse sobre su posibilidad/imposibilidad, sobre la enfermedad, la muerte y también la vida.


Fragmento

Hace apenas cuatro meses terminé de escribir La familia de mi padre (2008, Empúries / Mondadori); catalán y castellano. Un texto escrito a la vez en dos idiomas y luego, tras su primera versión, corregido como dos libros independientes. Incluso con personajes distintos y, a veces, otras conclusiones producto de espacios diferentes, construidos con otros lenguajes.
Tras entregarla a mis editores pasé un tiempo absorta que duró casi cuatro meses y luego, cuando pareció que algo que no se que fue se detuvo, tuve la sensación de que habría podido matarme, hacerme análisis médicos y descubrir que padecía cualquier tipo de enfermedad, o permanecer para siempre tumbada, fatalmente sin dormir: escondida bajo las sábanas de franela de casa de la Ciudad de México y poco a poco hacerme volátil, inmaterial, celeste.
Comencé a pensar en la historia que finalmente he contado en La familia de mi padre cuando tenía seis años. Cuando por primera vez quise contar algo completo que me habían contado. Aunque a lo mejor fue antes. Cuando pasaba temporadas en casa de mis abuelos paternos y la tata Pilar, que trabajaba pare ellos desde que mi padre cumplió dos años, me contaba quiénes éramos. Cuando me enseñaba que unas cosas son las que suceden y otras las cosas que se cuentan. Y que mi familia (nosotros) trataba desesperadamente de ser una familia a la que las cosas le sucedieran, a la que no le fuese necesario contar. Una Familia Silencio. Como si  palabra no fuera un elemento esencial para reconocer nuestro entorno y pudiera evitarse. Como si lenguaje no tuviera peso y el tiempo pudiese transcender sin consecuencias, impune”
(Lolita Bosch, Ahora, escribo, páginas 25-26)

viernes, 15 de julio de 2011

FRAY DIEGO LA MATINA Y LA DIGNIDAD DEL HOMBRE

Muerte del inquisidor
Leonardo Sciascia
Traducción de Rossend Arqués
Tusquets Editores, Barcelona, 2011, 140 páginas.

La existencia de la Inquisición fue posible porque a su alrededor no hubo ningún tipo de fuerza mental, afirma Leonardo Sciascia, citando a Américo Castro. Y esa carencia de fuerza mental, el fundamentalismo talibán y el miedo en el que estuvo sumida la cristiandad, es lo que el lector percibe en este pequeño libro que forma parte del “romanzo-inchiesta”, la novela-reportaje, en este caso histórica, el camino que Sciascia emprendió en 1956 con Le parrocchie di Regalpetra. Leonardo Sciascia al que  se le ha calificado como  escritor “amarillo” porque ha aprovechado en alguna ocasión el esquema de la intriga para su investigación social, sigue siendo considerado, más de veinte años después de su muerte, uno de los grandes narradores europeos, con una obra marcada por su radical contestación de cualquier manifestación abusiva del poder. Lo hará en sus “novelas-investigación”, esas en las que, a juicio de Josep Fontana, “es capaz de elevar el relato de un crimen a página de historia”.
Múltiples libros salidos de la pluma del escritor siciliano, pero en realidad un solo macrotexto que gira, para decirlo con sus propias palabras, en torno a la historia de una continua derrota de la razón y de quienes se han visto afectados y destruidos por esa derrota. Una de las víctimas de la sin-razón fue su paisano Diego La Matina (1622-1658) quemado, en uno de esos atroces y alucinantes espectáculos, por la Santa Inquisición del reino de Sicilia.
El tema de la Inquisición de sus horrores, tan extravagantes como abominables, es recurrente en la obra de Sciascia Así, por ejemplo, esa alusión a las “bonitas hogueras de aquella época” del prólogo de Le parrocchie di Regalpetra, porque todo el fanatismo imaginable se halla  elevado a la máxima expresión en aquellos “bellos autos de fe”.
En Muerte del inquisidor Sciascia revisa el caso de Fray Diego La Matina, desde el momento en el que, en un acto de exasperación tras ser condenado una vez tras otra y sometido a horrendas torturas, mata al inquisidor Juan López de Cisneros, golpeándole con los grilletes que le maniataban, hasta el 17 de marzo de 1658, fecha en la que fue quemado en la hoguera por “hereje, apóstata, calumniador y parricida”.
Leonardo Sciascia
Pero el verdadero hilo conductor que guía a Sciascia  en el estudio de toda la documentación disponible y a la hora de escribir esta aproximación al tema, es qué tipo de herejía hizo que Fray Diego se convirtiera en un recalcitrante que salía de la cárcel, volvía a caer en sus errores, abjuraba, volvía recaer, fue condenado a galeras y finalmente a la cárcel de por vida hasta que cometió el “parricidio” de quien era su padre dentro de la jerarquía eclesiástica. Sciascia mantiene que la única hipótesis sostenible es que Fray Diego fue detenido por un delito ambivalente: una acción que era a la vez herejía y quebrantamiento de las leyes ordinarias. El fraile predicaba sin duda y de forma contumaz lo que proclamó sobre la pira poco antes de expirar: que Dios era injusto. Lanzó esta acusación contra Dios a causa de su rebeldía contra la injusticia social, la iniquidad, la abusiva presión fiscal y la usurpación de bienes y de derechos por parte de los poderosos. Comenta el novelista que una herejía cuya base es la afirmación de que Dios es injusto no puede, y menos en el siglo XVII, tener muchos adeptos, sin embargo parece ser que Fray Diego logró tener prosélitos y esta era la gran preocupación del tribunal. Por eso concluye Sciascia que el error herético del fraile fue “plantear el problema de la justicia en una época absolutamente injusta”. Hereje pues pero no de la teología, sino de la injusticia social. En la Sicilia del siglo XVII en la que se acusaba de luteranismo a cualquier ciudadano indiferente para con la religión, tuvo lugar uno de las más atroces actos de intolerancia contra justicia social y contra la libertad de pensamiento. Leonardo Sciascia es su cronista en este libro en el que se conjuga el rigor de la investigación histórica con la pasión por aquellos personajes que son ejemplo vital de la rebeldía en pos de la libertad de conciencia y de la dignidad humana.

Fragmento

“Es  una de las más atroces y alucinantes escenas que nunca la intolerancia humana haya representado. Así como estos nueve hombres imbuidos de doctrina teológica y moral, que se desvivían en torno al condenado (pero de vez en cuando iban a comer a los aposentos del alcaide), perviven en la historia del deshonor humano, Diego La Matina afirma la dignidad y el honor del hombre, la fuerza del pensamiento, la firmeza de la voluntad y la victoria de la libertad” (…)
“Unos ‘bastasi’, o mozos, llevaron a fray Diego al centro de la escena, ‘tal como estaba atado a una silla’. El ruido de la muchedumbre cesó de golpe. ‘Fue increíble la atención de todos los presentes para escuchar sus sacrílegas perversidades y heréticas afirmaciones, que confirmaban claramente el carácter bellaco, obstinado y desvergonzado del reo’. Una imagen que nos conmueve y enorgullece en cuanto hombres libres y tardíos conciudadanos de fray Diego. Es indudable que en ese momento el condenado llevaba el bozal puesto, porque de lo contrario habría manifestado y gritado su desprecio para con el lector, el tribunal y los espectadores” (…)
“Un santo mártir. Pero nosotros hemos escrito estas páginas para dar otra imagen de él, para decir que era un hombre y que mantuvo alta la dignidad del hombre”
( Leonardo Sciascia, Muerte del inquisidor, páginas 80-81, 87, 117)

jueves, 14 de julio de 2011

LA INVENTIVA ALUCINADA DE SJÓN

Maravillas del crepúsculo
Sjón
Traducción  de Enrique Bernárdez
Nórdica Libros, Madrid, 2011, 213 páginas.

Sjón es el heterónimo de uno de los escritores más innovadores de la actual literatura islandesa, Sigurjón Birgir Sigurdsson, (Reykiavik, 1962). Escritor prestigioso que frecuenta varios géneros (poesía, narrativa larga y literatura infantil), es así mismo una figura importante de la música islandensa: letrista de Björk y de las canciones de la película “I’ve seen it all” (“Bailando en la oscuridad”) de Lars von Trier, nominada en su día al Oscar a la mejor canción.
Como narrador, su novela El zorro ártico (2008), una indagación en la memoria de Islandia, un país envuelto no solo entre las brumas climáticas, sino también en las del mito, obtuvo un gran éxito. Ahora regresa con Maravillas del crepúsculo, una ficción histórica que gira en torno a la figura de Jónas Pálmason El Erudito, trasunto en la ficción de Jón Guddmundsson El Erudito (1574-1658).
El lector se enfrenta pues a una “fantasía” basada en un personaje histórico. Y a pesar de la advertencia del traductor (“Desentrañar qué hay de historia y qué de ficción en Maravillas del crepúsculo es una labor ardua y, a fin de cuentas, inútil porque esta es una obra de ficción”), he de recordar que la ficción, como marcador semántico que es, al ser inyectada en la historia, lo tiñe todo con el embrujo de su color. La verosimilitud de todos los hechos históricos exactos y personajes verificables, incluidas las palabras de esa lengua pidgin islandesa-vasca, cobra otra dimensión.
No puedo asegurar si Sjón inserta más ficción de la imprescindible en la historia real de Islandia del siglo XVII, un país convulso por el avance de la Reforma protestante, la resistencia de núcleos católicos y esa difícil convivencia entre mitologías, creencias en magias, atavismos y los primeros y vacilantes pasos del empirismo de la ciencia moderna.
Sjón
Los ojos y la pluma de Sjón contemplan, pues, la Islandia del siglo XVII con la visión y la tinta del poeta y, de este modo, ilustran bellamente la historia. En esta novela, la historia de Jónas Pálmason que encarna como nadie esas aludidas contradicciones de su tiempo. El escenario, como ya quedó apuntado, es un país en el que el luteranismo acaba por destruir el anterior sincretismo cristiano, alimentado de personajes y tradiciones paganas y en lucha con los núcleos fieles a Roma. En este contexto crece Jónas Pálmeson, atraido desde niño por la sed de conocimiento y devorado así mismo por las dificultades para adular a los poderosos. Por todo ello, es desterrado junto con su esposa a la isla de Björn, acusado de propagar la magia y la brujería. Allí, desde la isla, comienza Jónas su largo camino de lágrimas por una tierra que las maravillas del crepúsculo de la Reforma habían convertido en la quema de santos, cruces y en la destrucción de viejos libros. Y con Jónas nos adentramos en un universo de exorcismos de fallecidos, adoración a la Virgen, ritos ocultos, culto a la naturaleza, fantasías celestes, fantasías terrestres y visiones del protagonista. La persecución reformista y la injusticia política, el ambiente rural de aquella desolada isla, la presencia de los balleneros vascos que llegan a Islandia, hablan un lenguaje híbrido, mezcla de pidgin vasco-ilandés y serán masacrados sin saberse muy bien las causas.
Jónas es un narrador homodiegético y omnisciente. Narra su vida en primera persona, desde la infancia y la atracción por la medicina y la ciencia empírica. El narrador acopla su discurso a los moldes del relato oral, mezclando una alocución  dirigida a los pájaros que le hacen compañía en su cautiverio, con la disertación erudita. Mezcla pues la espontaneidad de la crónica con la trascripción brillante de un sueño alucinado. De este modo, suturando erudición e inventiva alucinada, reconstruye Sjón las aventuras y avatares de un sabio que, esclavo todavía del oscurantismo, exorciza fantasmas, presencia la masacre de los balleneros vascos y, sobre todo, recupera con su propia historia vivencial de perseguido, la memoria de lo atormentados y perseguidos de todos los tiempos. Un mundo, en definitiva creíble, preñado de temas, descripciones y sensaciones, que está transitando del obscurantismo al gobierno de la razón en el siglo de las luces.


Fragmento

“Un martillo, tres clavos, un tronco de árbol y un travesaño. ¿Cuándo fue la primera vez que un hombre en su sano juicio jugueteó con unos clavos entre los dedos, miró el martillo, que descansaba pesado sobre su entrepierna, y no vio ante sus ojos un trabajo de carpintería, sino a su hermano clavado en la cruz? ¿Dónde estaba el pescador que barajó por primera vez la idea de que no sería ningún absurdo introducir en carne humana anzuelos grandes y pequeños? ¿Qué herrero fue el que levantó unas tenazas al rojo con ardiente violencia y se vio inundado por el deseo de agarrar con ellas el seno de su hermana? ¿Cómo se llamaba el domador de caballos a quien se le ocurrió utilizar el látigo sobre la espalda del mensajero y abusó después de las fuerza de los cabellos sin domar para desgarrar brazos y piernas de personas vivas?¿Qué naturalista ve en el agua y el fuego un método de ahogar y quemar a su prójimo, ve en el viento y en la vegetación de la tierra métodos para matarlo de sed o con veneno?¿A quién se le ocurrió la idea de utilizar todas esas cosas, tan útiles, para atormentar a unas personas hasta la muerte? ¿Por qué se dejaron transformar con tal facilidad en instrumentos para el homicidio en manos de los hombres? (…)¿Y por qué los ensangrentados utensilios que han servido a un crimen han de volver al mundo de los objetos útiles? Nadie lo sabe, y tampoco yo. Aún pueden hallarse en Strandir aperos que hoy en día cumplen tareas esenciales para alimentar las gentes, pero que hace veintidós años se utilizaron para espantosas atrocidades, igual que los hombres los empuñaban”.

(Sjón, Maravillas del crepúsculo, páginas 152-153)

lunes, 11 de julio de 2011

EL AMOR Y SU CONDICIÓN INVERTEBRADA


El final del amor
Marcos Giralt Torrente
Editorial Páginas de Espuma, Madrid, 2011, 163 páginas.

Con El final del amor el escritor Marcos Giralt Torrente obtuvo el pasado mes de marzo el II Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, el de mayor dotación económica (50.000 euros) para un libro de este género de todas las letras hispánicas. El autor de París (Premio Herralde de Novela en 1999),  con los cuatro relatos que edita Páginas de Espuma vuelve al “antifaz” de la ficción después de  la agobiante inmersión confesional y autobiográfica en las complejas relaciones con su padre de su último libro, Tiempo de vida. Estas “azarosas catas en torno al amor” son su vía de escape de aquel clima asfixiante de las relaciones familiares, convertidas en trama ficcional.
Cuatro relatos, pues, unidos por un  similar motivo temático, que viene sugerido por el título: el naufragio amoroso. Sobre el amor puede orbitar la narrativa de múltiples maneras, dejando de lado los lugares comunes y trasnochados efluvios románticos: el amor como monoteísmo, que, en alianza quizás con el deseo, justifica toda una existencia. Es el amor y todos sus hechiceros conjuros, milagros y aberraciones. O el envés del amor, en esa otra cara que conduce al desamor,  a su condición invertebrada, desarticulada en la lejanía irreparable, que con mucha frecuencia, incluso sin percibirlo conscientemente, comienza a extenderse entre los amantes.
“Nos rodeaban palmeras” inaugura editorialmente estas lejanías. Un narrador homodiegético en el viaje que, con su propia pareja, realiza a una isla del Índico africano. Su matrimonio había alcanzado esa llanura en la que todo resulta demasiado trivial. Ellos dos se comportaban como dos náufragos en tierra que rehúyen mirarse para no tener que reconocer en los ojos del otro su propia condición. Pero sí miran a una pareja de alemanes que con ellos comparte la excursión, intentando captar en la ajena la misma degradación afectiva que carcome su propia convivencia como pareja en claro deterioro. El relato además está aderezado con una constante sensación de amenaza y desasosiego, como el mal de Kurtz, el sonido de la selva, lo irracional.
El amor puede convertirse en un cautiverio. No hacen falta paredes ni cadenas. Basta la ausencia de pasión, un amor invertebrado, que se deja llevar como el que provoca el lento quebranto de las vidas en común de una pareja que, tras un largo peregrinar por medio mundo, termina viviendo en un cigarral toledano. El divorcio de espacios es una elocuente metáfora de ese otro divorcio más perturbador que destrozó sus vidas. Un primo y confidente de la mujer es el discreto narrador y testigo de la ruina.
Marcos Giralt Torrente
Solemos ser injustos con los amores que nos han hecho sufrir, confiesa Marcos Giralt en una de sus múltiples y sutiles matizaciones que proliferan en el relato “Joana”, para mi gusto el más logrado de la serie. En esta historia, el amor muestra su condición invertebrada en un querer de adolescencia. Un hombre maduro, de nuevo narrador homodiegético, evoca un amor de verano, cuyo recuerdo persiste a lo largo de los años, pero marcado, desde el inicio, por una inexorable fecha de caducidad. La empatía lectora no la provoca en esta historia la juvenil pasión amorosa, más platónica que real, sino las agudas y finas observaciones acerca de las interferencias familiares -la abuela, la madre y el hermano de la chica-, así como el inesperado y perturbador desenlace final.
Finalmente en “Última gota fría”, un adolescente con la afectividad deteriorada por las roturas sentimentales de sus progenitores, fantasea con el engañoso espejismo de la posibilidad de un reencuentro de sus padres, cuya relación nunca se ha roto del todo.
Cuentos que desafían el formato del relato breve y se acercan al de la novela corta. El tejido narrativo es de gran calidad. Prosa cuidada que se recrea muchas veces en prolijas matizaciones y sutiles observaciones. Historias contadas por narradores implicados en la acción y, en un caso, por un observador externo, pero muy unido a la pareja al borde del colapso amoroso. Esta densidad de la prosa de Marcos Giralt disfraza posiblemente el momento epifánico de la historia narrada -a diferencia del minimalismo americano- en una sobreabundancia de análisis, observaciones y matizaciones, pero su misma hondura y la calidad del texto hacen posible que los lectores se recreen no solo con estas tramas de amores no convencionales, sino también con la silueta de personajes complejos y con el tejido de climas, sobre todo familiares, preñados de incógnitas.


Fragmento

“Entonces se remontó a la estrecha relación que su padre mantenía con su propia madre, su abuela, y su sospecha de que fue esta la que lo había iniciado en las costumbres contra natura que reproducía con sus hijas, y me habló de una hermana de su padre, a la que nunca conoció, que, según le había relatado una vieja tata que aún vivía en Fort-de-France (Fort-de-France, me aclaró, la capital de Martinica), había consumido la totalidad de su corta vida huyendo de él. Hasta que, a punto de casarse con dieciocho años, horas después de descubrir en la cama de su madre a quien iba a ser su marido, había rasgado una sábana de esa misma cama, había atado un extremo a sus cuello y otro al balcón y había saltado”
(Marcos Giralt Torrente, El final del amor, páginas 124 – 125)

domingo, 10 de julio de 2011

LOS ENTRESIJOS DEL ALMA RUMANA


Dedos meñiques
Filip Florian
Traducción de J. Llinàs
Acantilado, Barcelona, 2011, 224 páginas.


Acantilado publica la traducción de la novela que supuso el debut literario de Filip Florian, editada en Rumania con el título de Degete mici. La selecta editora barcelonesa se ha especializado en “otras literaturas europeas” (narradores del Este), junto con narradores españoles de primerísima calidad, aunque no con un perfil literario que los haga propicios para el consumo masivo. Esta es la razón de que Filip Florian engruese el catálogo de la Colección de Narrativa de Acantilado.
Dedos meñiques en su versión original (2005) recibió numerosos galardones y fue declarada la mejor novela del año 2006 por la Unión de Escritores Rumanos. Con esos avales, con la vitola de un debut excepcional, nos acercamos a esta historia, encerrada en una arquitectura narrativa de cajón de sastre, que sutura, bajo mi punto de vista, intriga policial, relato histórico y novela costumbrista en una trama en la que se hace presente la guerra, la alienación, los juegos de la política e inexplicables intervenciones a las que el alma rumana atribuye un carácter sobrenatural.
Un narrador omnisciente que relata en primera persona, nos refiere que en una minúscula aldea de los Cárpatos se ha descubierto una fosa común en las ruinas de un castro romano. El hallazgo de esos restos humanos suscita toda clase de conjeturas y una gran preocupación entre los habitantes del pequeño pueblo. Surgen los interrogantes, la turbación de las conciencias y el pasado reciente del propio país se pone en entredicho. ¿Fueron víctimas de un fusilamiento colectivo en la época comunista? ¿Son restos humanos de épocas más antiguas, fallecidos quizás como consecuencia de las pestes medievales o de un castigo divino, como piensa el padre Ioanichie? Además cada noche los esqueletos se ven privados de huesos de los dedos de sus manos.
Filip Florian
Para solucionar el enigma, acude al lugar un equipo de antropólogos forenses argentinos, especializados, como si de una enfermedad crónica se tratara, en el análisis de los “desaparecidos”. Para el lector, un joven antropólogo local actuará de guía ante este maremágnum de información confusa, que parece envolver a la cerrada sociedad local, mientras ve llover y escucha a su tía evocar viejas historias familiares.
Filip Florian escribe una novela demasiado parsimoniosa, repleta de evocaciones y digresiones. Así, por ejemplo, la presencia de los antropólogos argentinos es para el narrador una buena excusa para introducir en la escena narrativa el golpe de estado de 1976 que, en el país austral, dio paso a la dictadura de Jorge Rafael Videla y a sus atrocidades. Pero también le permite desviarse para hacernos revivir el Campeonato del Mundo de fútbol del verano de 1986, con un Pibe de Oro que toca el balón con “la mano de Dios” y significó para los argentinos el campeonato, en medio, no de un régimen militar, sino del caos económico.
Escritura, pues, rica, prolija, preñada de ramificaciones que generan un discurso narrativo demasiado frondoso, que ciertamente no facilita la lectura. La mezcla de costumbrismo, de creencias religiosas extravagantes, de denuncia política y una pausada instalación en la cotidianidad y en el imaginario mítico de una aldea de los Cárpatos, permiten acercarnos a los entresijos del alma rumana, pero la carencia de un hilo conductor solvente y un estilo que parece pretender ensimismarse en si mismo, hace que nos olvidemos con frecuencia del enigma de esos huesos a los que les faltan los dedos meñiques y nos veamos envueltos entre las brumas de la exuberancia, cuando esta se convierte en algo interminable

viernes, 8 de julio de 2011

UN PYNCHON LEGIBLE PARA EL VERANO*


Vicio propio
Thomas Pynchon
Tradución de Vicente Campos
Tusquets Editores, Barcelona, 2011, 422 páginas.

Si usted, lector, disfruta con la novela criminal, pero tiene un verdadero hartazgo con los héroes de Camilleri, Mankel, Roukin o ha llegado un momento en el que le producen cansancio nuestros autóctonos investigadores de crímenes, esos más antihéroes que héroes Frank Soutelo, Nivardo Castro, Horacio Dopico o los menos clásicos y más recientes, Amador Ribeiro o Sindo Romero, apueste entonces en este verano por el “fumeta” Doc Sportello de Thomas Pynchon. De sobra se que Pynchon, ese “célebre desconocido”, considerado un icono de la postmodernidad maximalista y eterno candidato al Nobel de literatura, intimida bastante. Sus temas más recurrentes (la entropía, la paranoia, el giro apocalíptico de la historia reciente, la ausencia de significados) y un estilo que desintegra el lenguaje, convierten la lectura de este hombre, que continúa sin poseer rostro público, descontada una vieja fotografía de hace cincuenta años, es una ardua tarea.
Pero Vicio propio es otra cosa. Pura novela pynchoniana, pero una excepción que confirma la regla. Una novela que se entiende, que no es más obscura ni enredada que cualquier otra pieza del género negro en la que abunden los personajes y los escenarios. Y como regalo, por tratarse de Pynchon, también leves disonantes descomedimientos, como el hecho de que el detective sea un viejo surfero, fanático de la marihuana.
Estas cacofonías narrativas, amalgamadas con un estilo propio y personalísimo, convierten el viaje por la lectura de esta novela en una experiencia agradable y también hilarante.
Los amantes del clásico, del negro-negro tampoco saldrán decepcionados. Multitud de personajes secundarios: malos sin desperdicio, buenos buenísimos, fiambres que no acaban de morir, montones de conspiraciones  y corruptelas, la pesadilla de Charlie Manson y sus sumisas discípulas y, en paralelo, Richard Nixon, como paradigmas del mal, un protointernet con protohackers. Y por supuesto mucho, mucho sexo, droga y rock & roll. Pynchon  mostrándonos la cara más esperpéntica de la cultura americana, con diálogos delirantes, un singular humor negro, iconografías paródicas y grotescas, un leguaje dominador, rico y torrencial.
Flotando sobre la superficie de este fangoso mar, un personaje memorable, Doc Sportello, detective “fumeta” y medio grillado, que recibe el encargo de hallar a un empresario desaparecido al que , a pesar de sus orígenes judíos, lo protege una banda nazi. La trama de Vicio propio es lineal, sin saltos en el tiempo ni sub-tramas. Muchos actores secundarios, pero un solo protagonista, el quijotesco Sportello respirando el aire corrupto y despreocupado de los años finales de la década de los sesenta en el sur de California, onde todos engañan, conspiran, traicionan, mientras en las playas los surfistas  se enfrentan contra el romper de las olas y bandas de hippies le rinden culto a las flores y a la marihuana, en una sociedad en la que se disiparon todos los límites.

* Texto publicado en el periódico El Correo Gallego de Santiago de Compostela el día 8 de julio de 2011. Para ver el original en gallego, pinchar aquí

                                                 Fragmento

Doc, que también se había levantado temprano, estaba sentado tomando el café de Wavos, del que se rumoreaba que contenía anfetas double-cross whites molidas, y escuchaba las conversaciones cada vez más frenéticas, pero básicamente observaba al Santo, que como todas las mañanas esperaba que lo acercaran hasta el punto donde rompían las olas. A lo largo de los años, Doc había conocido un par de surfistas que habían encontrado y cabalgado otras olas ubicadas lejos de la costa, olas que ningún otro tenía lo necesario, ni bajo los pies ni en sus corazones, para surfear, y que salían solitarios cada amanecer, a menudo durante años, sombras proyectadas sobre el agua, dejándose arrastrar sin que los fotografiaran ni grabaran, en cabalgadas de cinco minutos y aún más, prolongadas a través de los túneles bullentes de verdeazul solar, el verdadero e insoportable color de la luz del día. Doc se había fijado en que al cabo de cierto tiempo, esos tipos ya no solían presentarse donde los buscaban sus amigos. Largas esperas en cervecerías de tejados frondosos tuvieron que ser perdonadas, novietas de la costa quedaban olvidadas mirando melancólicamente los horizontes y con el tiempo se liaban con civiles del arcén, tasadores de pérdidas, vicedirectores, guardias de seguridad y demás, y aunque el alquiler de las casas abandonadas de esos surfistas se seguían pagando de algún modo y de vez en cuando aparecían luces misteriosas en las ventanas mucho después de que los garitos hubieran cerrado por la noche, y la gente que creía haber visto a esos ausentes tenía que acabar admitiendo que tal vez no eran más que alucinaciones”.
(Thomas Pynchon, Vicio propio, página 119) 

miércoles, 6 de julio de 2011

MICROSUEÑOS HECHOS PALABRAS

Microsueños
María Elena Lorenzin
Ediciones Asterión, Santiago de Chile, 77 páginas.

Desde la antípodas australianas, vía Singapur, me llegó hace unas semanas este pequeño pero exquisito obsequio literario. Su autora, María Elena Lorenzin. Argentina de Jáchal, con residencia en Adelaide (Australia del Sur). Enseña lengua y literatura española en la Universidad de Flinders, donde, sin duda, sus alumnos y alumnas levitan con sus sueños convertidos en primoroso verbo español.
Setenta y cinco relatos recompilados en un pequeño volumen dan fe del dominio superlativo que la autora posee sobre el arte de la compresión, en el género de la recompensa inmediata. A María Elena Lorenzin, cualquier cosa o pequeño detalle le provoca una historia que su imaginación convierte en sueño y su habilidad con la lengua en hermosas palabras que nos ayudan a nosotros a recuperar nuestros sueños.
Puede ser el viejo reloj que un día se queda dormido y se despierta aterrado, sin que nadie hubiera reparado en el pequeño retraso. Pueden ser los zapatos que solo esperan la hora de marchar, metáfora del inamor, o el cazador que, frustrado por no haber logrado cazar ninguna pieza, se sitúa a la sombra del manzano, se queda dormido y nunca tuvo mejor caza, pero ahora no sabe qué hacer con Eva. Sueños en blanco y negro, reflejo de vidas anodinas. Hasta sueñan los koalas, sueñan que tienen alas que les permiten volar, pero el golpe a tierra les quiebra esos miembros soñados.
Sueños de escritores a los que les falla la memoria, porque acarrean demasiadas soledades juntas. ¡Hasta cien años de soledad! O de ángeles con alas ortopédicas que les obligan a renunciar a su condición angélica. También sueños encerrados en jaulas para que no se nos escapen.
La fantasía de María Elena Lorenzin se entretiene así mismo con realidades cotidianas. Son unos zapatos, un gato, una rana, una liebre que saltan de los microrrelatos de un joven escritor y le hacen soñar que pertenece a esas especies animales, pero hay días que se siente gata y eso le preocupa. O los consuelos de la mujer infeliz a la que el Espíritu Santo la gratifica con maltratos maritales solo los fines de semana y feriados.
María Elena Lorenzin
Y así hasta la página final, derrochando imaginación, ingrávidas y agudas ocurrencias, juegos de palabras… porque la autora, aunque se alimenta de sueños, no se le escapan los manjares de la fantasía, ni precisa robarlos para vivir y no morir de anemia.
La brevedad, la concisión, el ingenio que fluye  a borbotones, marcan la línea de esta antología de relatos breves, escritos con un personalísimo acento. María Elena Lorenzín, desde la brevedad, homenajea al idioma. Su dominio de la gramática del microrrelato (títulos que ejercen eficazmente su función orientadora, economía lingüística, núcleos diegéticos explícitos o implícitos altamente condensados) suscitan en el lector la sorpresa, la sonrisa, la placidez y el deseo de elaborar su propia historia a partir de las bellas condensaciones de esta perseguidora de sueños, contratada  incluso para atrapar pesadillas.


Crestomatía de Microsueños

Atrapada
“La mujer intentó con mucho esmero construir un enorme cazador de sueños. El suyo sería diferente de todos los que había conocido en su larga vida. Consumió años en la búsqueda de sus preciados materiales, plumas de quetzal, de cacatúas, de kiwuis, pero le faltaba la imprescindible: la pluma de águila. Su cazasueños aguardaba ahí, en el centro, incompleto. Un día, debilitada, decidió terminarlo aún sin la pluma de águila. Desde entonces, en algunos de estos atrapasueños se puede vislumbrar en el fondo la silueta de la mujer”

El secreto de confesión
“Esto de ser mujer y encima virgen, es algo tremendo, te lo puedo asegurar, María Magdalena. No se lo deseo ni al más pintado. Fíjate que ni siquiera figuro en los diccionarios. En los altares soy segundota, primero está siempre el Hijo y los santos y demás beatos. La virginidad pasó a la historia. Tú sí que tienes posibilidades”

DefiSueños
“El sueño de Dios es un sueño eterno. El de los hombres un eterno sueño”

Allium ascanolicum
“La escogió con esmero, ni tan grande ni tan pequeña que no pudiera cumplir su función. Cuando llegó a casa, sin hablarle, la tomó con las dos manos y comenzó a quitarle el ajustado ropaje. Finalmente, después de mucho forcejeo, el hombre la cogió con voluptuosidad y la puso así desnuda como estaba, encima de una gran tabla en la mesa de la cocina. Ella no pudo hacer nada, sólo hacerlo llorar mientras la picaba con destreza de un chef”

Estatua
“Que hoy me caguen las palomas. Que hoy no me caguen las palomas. Que hoy no me caguen las p…”
Consecuencias
“Se casaron un lunes de luna llena. Ahora no saben qué hacer con tantos lunares.”

(María Elena Lorenzin, Microsueños, páginas 11, 28, 34, 47, 49, 57)