miércoles, 10 de enero de 2018

LA CULPA QUE JAMÁS SERÁ BORRADA



Calle Este-Oeste
Philippe Sands
Traducción de Francisco J. Ramos Mena
Editorial Anagrama, Barcelona, 2017, 601 páginas.

   

    El autor de este libro, Phippe Sands (Londres, 1960) no es un escritor de ficción sino un prestigioso jurista, profesor de Derecho Internacional en el University College de Londres, abogado con relevantes intervenciones en el Tribunal de Justicia de la Unión Europea y en la Corte Penal Internacional de La Haya; entre ellas la invasión de Irak, Guantánamo y varios casos de genocidio. En el libro, Calle Este-Oeste, que en los últimos meses editó en España Anagrama, escribe sobre acontecimientos y casos reales. Un libro pues non-fiction, y que, sin embargo, despliega algunos de sus elementos: ciertos tintes detectivescos, thriller judicial y, sobre todo, un profundo y muy completo relato histórico sobre el Holocausto -el autor mantiene que es sobre la memoria y los secretos- y acerca de aquellos personajes que consiguieron que los conceptos de Crímenes contra la Humanidad y Genocidio entrasen a formar parte del Derecho Internacional frente a la barbarie. Quizás por eso Anagrama publica este libro en la colección “Panorama de Narrativas”, ya que, como escribe Antony Beevor, “ninguna novela podría plasmar la verdad con tanta precisión.”
   La obra surge como resultado de una invitación. El autor fue invitado, en el año 2010, a impartir una conferencia sobre crímenes contra la humanidad y genocidio en la ciudad ucraniana de Lviv (Leopolis , Lemberg cuando en el siglo XIX pertenecía al imperio austrohúngaro o Lwów a raíz de la Primera Guerra Mundial al pasar a formar parte de Polonia). En esa ciudad que tantas veces cambió de nombre, había nacido su abuelo. También Hersch Lauterpacht, y en ella vivió así mismo el abogado y fiscal Rafael Lemkin, los dos juristas que lograron que los conceptos de Crímenes contra la Humanidad y Genocidio adquirieran carta de naturaleza en el Derecho Internacional. Y en la misma población dejó su huella Hans Frank, abogado y gobernador general nazi de Polonia, responsable de millones de muertes, entre otras las de los familiares de los tres personajes. Philippe Sands siguió investigando y convirtió aquella conferencia en este libro monumental. La coincidencia de esos personajes en la ciudad de Lviv le impulsó a investigar las posibles conexiones entre ellos, sin olvidar la peripecia personal del abuelo que se casó con la abuela Rita y que, más tarde, acabaría en París como amante de un hombre; un secreto convertido en tabú familiar y del que no se hablaba. El abuelo Leon Buchholz jamás habló de aquel período ni de los familiares ausentes. Vivió en la oscuridad de los acontecimientos para resurgir con la dignidad intacta tanto en las “tierras sangrientas” de Lviv, como en Francia.
   También reconstruye Sands parte de las vicisitudes de la abuela Rita, una mujer que jamás sonríe en las fotografías y que nunca intercambió con el marido sentimientos afectuosos, al menos en la correspondencia epistolar. Otro tabú familiar: el hombre de la pajarita: la abuela Rita y un desconocido, posiblemente un nazi alemán -en una foto aparece con calcetines blancos, dato revelador- habían sido amantes en aquella Viena tan hostil a los judíos.
   Acto seguido Philippe Sands sigue el rastro de dos jóvenes que vivieron y estudiaron en Lviv y cuyas ideas han tenido una resonancia capital en el ámbito del Derecho Internacional: Lauterpacht y Lemkin. El primero heredó de Hans Kelsen, su profesor en Viena, la idea de que los individuos tienen derechos constitucionales inalienables frente al concepto conservador del derecho dominado por la idea de que el derecho estaba al servicio del soberano. Su gran aspiración, especialmente a raíz del exilio en Inglaterra, será articular un derecho que concrete los poderes del estado. En Inglaterra llegará a obtener la cátedra Derecho Internacional en la universidad de Cambridge mientras el ruido de fondo del nazismo resultaba cada vez más amenazador. De hecho los nazis arrestan y asesinan a varios de sus familiares. Su gran logro: en el Estatuto del Juicio de Núremberg consigue introducir el concepto de Crímenes contra la Humanidad. Sus argumentos sobre los crímenes del estado contra el individuo se incorporaron así al Derecho Internacional.
   Rafael Lemkin, dos años más joven que Lauterpacht, otro importante jurista, así mismo formado en Lviv. Siendo estudiante se atrevió a discutir con uno de sus profesores sobre el concepto de soberanía del estado, rechazando el argumento del docente de que si un hombre que tiene gallinas puede hacer con ellas cuanto le apetezca, lo mismo puede hacer el estado con sus súbditos. Dedicó su vida a la defensa de su gran obsesión: desarrollar normas internacionales para proteger a los grupos. Los actos de genocidio, en la definición de Lemkin, son aquellos “dirigidos contra individuos no en su calidad de tales, sino como miembros de grupos nacionales. Conocedor así mismo de que sus familiares habían sido aniquilados por aquellos a los que en Núremberg estaban juzgando, tuvo el consuelo de que la palabra genocidio se incorporase finalmente al Proceso en las intervenciones de varios fiscales, pero quedó desolado por la omisión del término genocidio en la sentencia. Sin embargo, unas semanas más tarde, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó una resolución señalando al genocidio como un crimen del Derecho Internacional.
   El otro personaje que estuvo en Lviv, recibiendo allí honores absolutos, fue Hans Frank. Nombrado por Hitler gobernador general de la Polonia ocupada por los nazis, actuó como un soberano, trató de disolver la idea de que Polonia fuera un estado constitucional en el que la gente, especialmente los judíos, tuviera derechos. Asumiría además el control absoluta sobre la vida y la muerte. Philippe Sands investiga su brutal trayectoria. La de el criminal de guerra, el carnicero de Varsovia, apelativo del que se sentía orgulloso. La convergía de las vidas de Hans Frank, Lauterpacht y Lemkin se hizo real cuando en Núremberg el primero fue acusado de crímenes contra la humanidad y de genocidio.
   Y como telón de fondo, el escenario de Núremberg: la primera vez en la historia en la que se llevaba a un juicio a los líderes de un estado por crímenes contra la humanidad y genocidio. Dos delitos nuevos. Protección de los individuos como postulaba Lauterpacht y de los grupos nacionales o raciales en el pensamiento de Lemkin. En ese escenario de Núremberg, y a pesar de ser contrario a la idea de Derecho Internacional, resuenan las palabras de Hans Frank en una de sus respuestas en los interrogatorios:”Pasarán mil años y esta culpa de Alemania aún no se habrá borrado”.
   El dilema entre crímenes contra la humanidad y genocidio, que hoy ya no lo es, actúa como hilo conductor en la obra de Sands. Philippe Sands no es un novelista sino un académico. No obstante el valor más relevante del autor de Calle Este-Oeste es haber convertido una obra de no ficción que se debería limitar a reproducir existencias y acontecimientos reales, en un texto que reúne  todos los ingredientes de la ficción. Profusamente documentada (casi cien páginas de fuentes y citas), sin desviarse un ápice del periplo vital de los personajes reales presentes en el libro. Philippe Sands no inserta ficción en la realidad. A pesar de ello, la habilidad compositiva con la que está escrito este libro, incita a leerlo como una pieza de intriga y eso, a pesar de que el hilo conductor teórico esté formado en base a conceptos del Derecho Internacional. A ese ambiente de suspense contribuye un cierto tinte detectivesco al indagar, con escalofriantes ejemplos, las conexiones entre Hans Frank y la desconocida señorita Tilney, una enigmática misionera que ayudó a varios judíos, entre ellos a la madre del autor, a escapar de los alemanes.
   La obra además bucea en los silencios y secretos de su propia familia a través de la figura del abuelo Leon Buchholz. Historias que permanecían escondidas. Otras como la de Niklas, el hijo de Hans Frank que no tuvo reparo en decirle: “Soy contrario a la pena de muerte, excepto en el caso de mi padre” (página 492). O declaraciones personales del trato recibido por los deportados enviados al este que hielan la sangre. Una de ellas registraba el siguiente testimonio sobre Auschwitz: “cuelgan a la gente sin razón alguna, mientras suena la música” (página 87).
   Esto es algo de lo que planea en este libro: abismos existenciales y familiares en la historia europea del pasado siglo, la banalidad del mal en palabras de Hannah Arendt, una convergencia desquiciante y diabólica de asesinatos masivos de judíos, gitanos y miembros de otras minorías que finalmente, gracias al esfuerzo y empeño de algunos de los personajes a los que el autor da vida en este libro, desencadenarán la gran revancha que, al menos aparentemente, nos ha hecho más humanos o más temerosos, en algunas zonas de nuestro planeta,  y ha significado el fin del estado soberano con poder absoluto sobre la población.

Francisco Martínez Bouzas

                                                  
Philippe Sands

Fragmentos

“Pero la soberanía, replicó Lemkin, se había concebido para otros fines, como la política exterior, o la construcción de escuelas y carreteras, o la garantía del bienestar de las personas. No para dar a un Estado el «derecho a matar a millones de personas inocentes». Si lo hacía, el mundo necesitaba una ley contra aquel tipo de conducta. En el relato que hace Lemkin de una conversación con un profesor, que no se pudo verificar, el nivel de la discusión se fue intensificando hasta dar lugar a un grandioso momento de epifanía.
«¿Acaso intentaron siquiera los armenios hacer detener al turco (Pashá) por la masacre?»
«No había ninguna ley conforme a la cual se pudiera detener», respondió el profesor.
«¿Ni siquiera por desempeñar un papel en el asesinato de tanta gente?», repuso Lemkin.
«Tomemos el caso de un hombre que tiene unas cuantas gallinas», replicó a su vez el profesor. « Va y las mata. ¿Por qué no? Eso no es un asunto de usted. Si interfiere, es una injerencia ilegal.»
«¡Los armenios no eran gallinas!», dijo Lemkin secamente.
El profesor ignoró el comentario del joven, y luego cambió de enfoque.
«Cuando uno interfiere en los asuntos internos de un país, está infringiendo la soberanía de dicho país.»
«Entonces ¿es un crimen que Tehlirian se cargue a un hombre, pero no lo es que este se haya cargado a un millón de hombres»?, preguntó Lemkin.
El profesor se encogió de hombros. Lemkin era «joven y vehemente».

…..

“Frank se sentía orgulloso de que el New York Times le identificara como un criminal de guerra. A comienzos de 1943 anunció en una reunión oficial: «Tengo el honor de ser el número uno.» Aquellas mismas palabras fueron consignadas en su diario sin el menor sentimiento de vergüenza. Incluso cuando el curso de la guerra se volvió desfavorable para los alemanes, él siguió creyendo que el Tercer Reich duraría mil años, sin sentir la menor necesidad de mostrar contención en relación con el trato dado a polacos y judíos o las palabras que había pronunciado sobre ellos.«Tienen que marcharse», había declarado a su gabinete. «En consecuencia, voy a abordar los asuntos judíos con la perspectiva de que los judíos desaparezcan.»

…..

“Habló con voz comedida y tranquila del viaje desde el gueto de Varsovia en agosto de 1942, del transporte en tres en condiciones inhumanas: ocho mil personas apretujadas en vagones de ganado. Él era el único superviviente. Cuando el fiscal ruso le preguntó por el momento de la llegada, Rajzman le explicó cómo les habían hecho desnudarse y aminar a lo largo del Himmelfahrtstrasse, el «camino al cielo», un corto paseo hasta la cámara de gas, cuando de repente un amigo de Varsovia lo sacó de la fila y se lo llevó: los alemanes necesitaban un intérprete; pero antes le hicieron cargar la ropa de los muertos en trenes vacíos que partían de Treblinka. Pasaron dos días; luego llegó un transporte procedente de la pequeña población de Vinegrova en el que venían su madre, su hermana y sus hermanos. Él los vio caminar hacia las cámaras de gas, sin poder intervenir. Varios días después le entregaron los papeles de su esposa, junto con una fotografía en la que aparecía esta con su hijo.”

(Philipe Sands, Calle Este-Oeste, páginas 213, 340-341, 405)

2 comentarios:

  1. Bueno, creo que la novela abarca simbolismos importantes dentro de la historia. Una trama que me atrapa, por la aventura que promete. Gracias Francisco, un placer siempre leer tu bello e ilustrativo trabajo. Un abrazo.

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