viernes, 17 de febrero de 2012

"LOS NÁUFRAGOS DEL BATAVIA", UNA DISECCIÓN DE LA INFAMIA HUMANA

Los náufragos del “Batavia”. Anatomía de una masacre
Simon Leys
Traducción de José Ramón Monreal
Acantilado, Barcelona, 2011, 86 páginas.


La cita de Edmund Burque que abre el libro (“Para que triunfe el mal sólo hace falta que la buena gente no reaccione”) y la que lo cierra, un verso de Ifigenia en Táuride, (“El mar lava todos los crímenes”) sirven de perfecta marcación para situar la substancia narrativa de esta pequeña pieza literaria, que bascula entre la ficción-reportaje de aventuras marinas y la más espeluznante narrativa de terror. Un libro que, según el conocido prefacio de Joseph Conrad, uno de los clásicos del género (The Niger of Narcissus), apela a nuestra capacidad para el deleite, para la admiración, para la intuición del misterio que rodea la vida, pero es así mismo capaz de suscitar emociones primitivas como el miedo, la angustia, producidas por elementos amenazantes de la realidad, en este caso de la realidad humana: crímenes, locuras, situaciones límite…)
Es un libro de aventuras porque Simon Leys nos sumerge de lleno en ese periplo de miles de millas que pretendió efectuar  el Batavia, un gigantesco navío, orgullo de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, durante ocho meses desde la rada de Texel  hasta la Isla de Java, en la antigua Insulindia. El autor nos informa de los riesgos y dificultades de la navegación en el siglo XVII, de las condiciones de hacinamiento de la tripulación y viajeros (hombres, mujeres y niños), de la falta de salubridad y finalmente del choque contra un arrecife en las inmediaciones de la Terra Australis Incognita. El Batavia se hundió, en efecto, en 1629 al estrellarse contra los arrecifes de los Houtman Abrolhos, un grupo de islotes coralinos situados a unos ochenta kilómetros mar adentro del continente australiano.
Y es a partir de este desgraciado naufragio, el más sonado y mítico hasta que se produjo el del Titanic, cuando el lector presencia otro naufragio: el naufragio ético de la condición humana, que Simon Leys disecciona con el escalpelo de su pluma. Los cerca de trescientos supervivientes consiguieron refugiarse en cuatro islotes, pero muy pronto cayeron bajo la férula de uno de ellos, el sobrecargo ayudante Cornelisz, ex boticario psicópata que, con la ayuda de un puñado de adictos a los que había logrado seducir, organizó el reino del terror.
El libro de Simon Leys disecciona de forma muy efectiva esa masacre. El mismo autor reconoce que la sobria historia de los pavorosos hechos parece haber sido escrita por un guionista de Hollywood. Mas todo fue real: los asesinatos monstruosos, la violación colectiva de las mujeres que habían sobrevivido, los mismos supervivientes obligados a matarse entre si…Todo dirigido por una lógica inclemente dirigida a la reducción demográfica y al control absoluto de personas y de voluntades.
El estremecimiento surge en el lector casi como un acto reflejo al comprobar como la infamia humana puede traspasar todos los límites, especialmente cuando la arbitrariedad se disfraza de manera eficaz con las vestimentas del terror.
Réplica del Batavia
Simon Leys explora así mismo las pistas ambiguas que pueden explicar la inclinación criminal de este psicópata sanguinario. Cornelisz tuvo como guía al pintor Jan  Torrentius, un personaje de moralidad escandalosa para la época, y su pertenencia a la secta anabaptista que, a la par que adoptó una expresión austera y mística, engendró igualmente tendencias esotéricas, violentas y orgiásticas, haciendo tabula rasa de la conciencia del bien y del mal. (“Es curioso observar, de paso, que son precisamente gentes que no creen en el Infierno las que parecen a veces más inclinadas a producir replicas bastante fieles de él en este mundo”, páginas 67-68).
Narrativa breve basada en hechos reales, escrita con un lenguaje directo, desarrollada con claridad y a la vez con concisión y brevedad que el autor justifica en un texto introductorio, “El libro que nunca existió”. Leys relata únicamente lo necesario, remitiendo al lector a la obra de Mike Dash, Batavia’s Graveyad.
Concluyo el comentario recuperando la idea de las citas iniciales, tan oportunas para comprender que  lo que aconteció después del naufragio del Batavia, que los regímenes del terror y del asesinato masivo no fueron patrimonio exclusivo del psicópata del Batavia y de sus acólitos ni de los verdugos de Auschwitz. Ese loco furor homicida sigue hoy vigente en la faz de nuestro planeta. La buena gente no reacciona. Y así mismo  seguimos sumidos en la opacidad de las conciencias ante la costumbre y el paso del tiempo. Al fin y al cabo, desgraciadamente, el mar acaba lavando todos los crímenes del hombre.

Francisco Martínez Bouzas

Simon Leys


Fragmentos

“En la noche del 3 al 4 de junio de 1629, empujado por una buena brisa, el Batavia hacia la ruta a la luz de la luna, a toda vela. Durante la segunda guardia nocturna, el hombre de vigía creyó percibir, todo recto delante del navío, una blancura en lontananza, como si el mar rompiera contra un bajío. Dio aviso al patrón que se encontraba en el castillo de popa, pero éste, estimando que no se trataba más que de un reflejo de la luna sobre el agua, mantuvo al navío en su rumbo. Se sentía perfectamente seguro: la víspera sin ir más lejos, su última estimación había situado al navío ¡a seiscientas millas de la costa más próxima! En realidad, en ese preciso momento, no estaban más que a cuarenta millas de Australia, y se encontraban exactamente en medio de un vasto y peligroso campo sembrado de arrecifes y de islotes coralinos, el archipiélago de los Abrolhos… Un instante más tarde, se produjo un impacto formidable  acompañado de unos chirridos espantosos: llevado por su peso y su impulso, el Batavia acababa de quedar completamente inmovilizado, literalmente empalado sobre una cresta invisible de coral”
…..
“Cornelisz -que había adoptado ahora el título de capitán general- y sus acólitos formaban una casta de señores: ocupaban las mejores tiendas, disponían a su capricho de las mujeres a las que su juventud había permitido sobrevivir; se pavoneaban en uniformes de fantasía, trajes con galones y cintas, se bebían los vinos del Batavia y circulaban por el islote equipados con espadas, hachas, cuchillos y macanas; cualquiera que llamase de alguna manera su atención se veía de inmediato intimado a probar su lealtad y su sumisión al capitán general: se le designaba al punto una víctima a la que acogotar, estrangular, ahogar o apuñalar, y si dudaba e hacerlo, era el mismo quien sufría idéntico trato.
De este modo todo el mundo acabó por estar implicado en aquella masacre permanente. Al final, ¿quién era cómplice y quién víctima? El propósito de Cornelisz era borrar toda línea de demarcación clara entre aquellos dos estados, pues era sobre esta misma confusión sobre la que se asentaba su poder. Los juramentos de fidelidad que todos habían prestado (y que tuvieron que renovar varias veces) consagraban ya una especie de participación colectiva en el asesinato. En cuanto a los que aceptaban desempeñar un papel activo y personal en los asesinatos, la mayor parte mataban simplemente por miedo a que les mataran a ellos; pero algunos le tomaron finalmente gusto; así, uno de ellos en particular, un adolescente enclenque, lloraba y pataleaba para que le dejasen de una vez degollar a alguien -tarea para la que su debilidad física le hacía relativamente inadecuado-y el entusiasmo sanguinario que demostraba acabó incluso por asquear a sus superiores.”

(Simon Leys, Los náufragos del “Batavia”, páginas 38-39, 56-57)

2 comentarios:

  1. Muy interesante....un abrazo desde azpeitia

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  2. Hola Francisco. En mayo la compañía Errequeerre Teatro estrena la obra "Batavia. Historia de un naufragio". Y como vemos que la aventura del Batavia despertó tu interés queríamos ponernos en contacto contigo. Te dejo mi correo arturo.camacho.sms@gmail.com para seguir la conversación en privado, si te interesa claro. Un saludo

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