miércoles, 27 de julio de 2011

WAKEFIELD, EL DESTERRADO DEL UNIVERSO

Wakefield
Nathaniel Hawthorne
Traducción de María José Chuliá García
Ilustraciones de Ana Juan
Nórdica Libros, Madrid, 2011, 76 páginas.

En una excelente edición bilingüe e ilustrada, y como celebración de sus cinco años en la palestra editorial, Nórdica Libros rescata un cuento memorable, Wakefield de Nathaniel Hawthorne (1804-1864), un narrador norteamericano, figura imprescindible para entender el desarrollo de la literatura estadounidense en sus inicios. Nathaniel Hawthorne (Hathorne de nacimiento) tuvo una vida compleja, anclada entre dos pasiones: la literatura y el marchamo puritano, heredado de los primeros colonos que se establecieron en Salem. Aunque escribió varias novelas de formato largo, fue conocido sobre todo por sus relatos breves, generalmente de temática siniestra y contenido alegórico, siguiendo los gustos de la época. Por eso no es de extrañar que tradicionalmente haya sido considerado como un plomazo moralista, rebosante de complejos. La crítica actual, en cambio, ve en Hawthorne un fiel cultivador de la retórica autoconsciente.
Su narrativa breve destaca por el estilo elegante, depurado y sumamente reflexivo. Su contemporáneo Edgar Allan Poe celebró sus colecciones más importantes, Twice-Told Tales y Mosses from an  Old Manse. Y según Borges, Nathaniel Hawthorne es uno de los  cuentistas más importantes, destacando de forma especial Walkefield.
El cuento nos pone en presencia de un hombre que un día sale de su casa con la intención de realizar un corto viaje y no regresa hasta pasados veinte años, con la particularidad de que se instala en la calle contigua, desde la que todos los días podía divisar a su angustiada esposa. Una decisión extravagante e incompresible. La pretensión del escritor es que el lector medite sobre este extraño comportamiento y extraiga una moraleja. Para ello, más que referir los acontecimientos externos, ausentes en el relato, analiza qué clase de hombre era Wakefield, brindándonos una perfecta descripción  de su personalidad: en el ecuador de su vida, con una afectividad conyugal apaciguada, intelectual pasivo, corazón frío aunque no envilecido.
Retrato de N. Hawthorne por Charles Osgood, 1840
Así mismo Hawthorne pretende explicar el porqué de ese capricho que convierte a Wakefield en un ermitaño en el bullicio de la ciudad. Y sobre todo, la incapacidad de una voluntad débil para ejecutar lo que todos los días se dice el protagonista: “Volveré pronto!”. Pero una noche, finalmente, regresa a su antiguo hogar. El autor, sin embargo, decide no seguir al personaje más allá del umbral de la puerta, porque considera que su comportamiento ya ha proporcionado suficientes materiales para pensar y para que surja la moraleja: “En medio de la aparente confusión de nuestro misterioso mundo, las personas están tan pulcramente adaptadas a un sistema, y los sistemas engarzados entre sí y a un todo, que si una persona se ausenta por un momento, se expone al aterrador riesgo de perder su puesto por siempre, pudiendo llegar a convertirse, como le sucedió a Walkefield, en el Desterrado del Universo”(página 54). En mi opinión Hawthorne explora una interesante temática atemporal: la tentación del exilio interior que desemboca a veces en un destierro exterior. Otra cosa es el tratamiento narrativo, contaminado constantemente por la reflexión moral explícita, herencia de otros tiempos.
Esta reseña estaría incompleta sin hacer la obligada mención a las excelentes ilustraciones de Ana Juan. Sus dibujos permiten que esos dos mundos que corren paralelos (el del autor de una excentricidad y el de su resignada esposa). La ilustradora capta perfectamente en sus láminas esos dos mundos: uno lúgubre e inquietante, el otro, resignado y melancólico.

domingo, 24 de julio de 2011

LA LITERATURA DE LOS HIJOS EN CHILE


Formas de volver a casa
Alejandro Zambra
Editorial Anagrama, Barcelona, 2011, 164 páginas.

Nacido en Santiago de Chile dos años después del golpe de estado de Pinochet, Alejandro Zambra pertenece a la generación de los hijos, la generación que vivió los años de la dictadura “escuchando” el silencio de los adultos. Como escritor, es uno de los narradores que, en el Chile actual, se interrogan sobre los miedos, la inocencia y la culpa y repasa la larga lista que da fe de lo que entonces, siendo niños, acontecía en el país andino. Un escritor pues que se viste con la ropa de los padres y se mira al espejo. Es su forma de recuperar, desde el presente, el pasado de los padres, de aquellos padres que sí participaron en política y se jugaron la vida y de aquellos otros que, por tibieza o por miedo, no participaron y, con ello apoyaron a la dictadura. Ya lo hizo en La vida privada de los árboles (2007), en donde un personaje recobra su infancia, y lo hace de forma mucho más explícita y contundente en Formas de volver a casa, que Anagrama acaba de editar en España y en Latinoamérica.
Formas de volver a casa es una novela enteramente chilena, lo cual no le priva de su correlato universal. Su traslación para el lector español o de cualquier otro país en el que las dictaduras se hayan sostenido por el miedo, la pasividad o esa reiterada apoliticidad de tantos ciudadanos, es obvia e inmediata. Un libro, pues, sobre Chile y sobre la generación del escritor, a la que el mismo llama la “literatura de los hijos”, que entraron en la edad adulta creyendo que la novela, la historia, las responsabilidades eran de los padres y que ellos nada tenían que contar. Pero para Alejandro Zambra es imprescindible esa literatura de los hijos, una mirada que haga frente a las versiones oficiales por parte de aquellos que, como el narrador, aprendieron a leer o escribir mientras sus padres se hacían cómplices o se convertían en víctimas o victimarios de la dictadura de Pinochet. Una mirada que no solo recuerde aquel pasado, sino que lo interprete, interpele y asuma, aunque para ello tenga que matar al padre, “enterrarlo en cal” como pretendían hacer, en sus manifiestos, los jóvenes poetas gallegos de finales de los 90.
En la senda de algún otro narrador chileno, su literatura de los hijos en Chile y su asunción  de la memoria histórica, no la ejecuta Alejandro Zambra contándonos resistencias de víctimas o la crueldad o el oprobio de los victimarios, sino con una mirada oblicua y transversal, mediante una historia cuya trama poco tiene que ver con aquellos horrores y sufrimientos, aunque, por omisión, desemboque en ellos.
En una breve sinopsis, cabe decir que Formas de volver a casa es la historia de una niña y de un niño, de sus peripecias y reencuentros. Ella, algo mayor y objeto de fascinación para el niño de nueve años, le pide que vigile a una cierta persona. Trabajo fácil y aburrido, o tal vez complejo, porque ignora exactamente el por qué y busca a ciegas. Veinte años más tarde, en el presente del Chile actual, se reencuentran y ahí se desvelan los motivos. Es entonces cuando el lector empieza a atar los cabos sueltos y comprende por qué durante la infancia los adultos les decían que no era bueno hablar de opciones políticas. Intuimos entonces el miedo, entendemos el por qué de los silencios y de las mentiras de los adultos.
Alejandro Zambra
Lo más llamativo, novedoso e interesante de Formas de volver a casa es la manera de abordar el hecho narrativo. Desde esa perspectiva, estamos ante un libro profundamente literario, que se estructura sobre la base de dos relatos paralelos, de dos historias contadas en cuatro tiempos. La historia inicial es la de la del niño y la niña, preocupados por sus labores de espionaje. En el capítulo segundo, plenamente metadiegético igual que el cuarto, hallamos la historia del narrador, un escritor que nos hace ver cómo la escritura de la novela influye en su existencia y en su relación de pareja. Es la “literatura de los padres”: el relator reflexiona sobre lo que ha contado en el primer capítulo, sobre si mismo y, poco a poco, va surgiendo en el relato la tragedia que vive Chile: los allanamientos, los muertos, esas cosas insondables y serias que los niños no podían saber ni comprender, obligados a vivir con pocas palabras y con el “no lo se” como respuesta universal. El tercer capítulo, la “literatura de los hijos”, es el reencuentro de los niños de los años 80, ahora adultos. Y es entonces cuando surge la mirada que hace frente a  las versiones oficiales, para abandonar aquellas verdades demasiado limpias. Por último, en el capítulo cuarto, el narrador reflexiona sobre el proceso y dificultades de creación de su libro en el día del triunfo electoral de Sebastián Piñera (“Entregamos plácida, cándidamente el país a Piñera y al Opus Dei y a los Legionarios de Cristo”, página 156).
Una vez más un escritor en su taller de escritura, sin abandonar del todo el taller de la vida presente y la de los años 80, en los que la muerte era totalmente invisible para los niños. Pero, desde ese taller, non hace llegar mensajes tan contundentes y elocuentes como estos: cualquiera frase es mejor que el silencio. El pasado nunca deja de doler. Formas de volver a casa entra de lleno en ese pasado, pero no para hablar de culpas o inocencias. Solo para iluminar algunos rincones.


Fragmento

“Lo dice para provocarme. Yo lo dejo hablar. Lo dejo decir unas cuantas frases rudimentarias y agrias. Nos han metido mano al bolsillo todos estos años, dice. Los de la Concertación son una manga de ladrones, dice. No le vendría mal a este país un poco de orden, dice. Y finalmente vine la frase temida y esperada, el límite que no puedo, que no voy a tolerar: Pinochet fue un dictador y todo eso, mató a alguna gente, pero al menos en ese tiempo había orden.
Lo miro a los ojos. En qué momento, pienso, en qué momento mi padre se convirtió en esto. ¿O siempre fue así?
Mi mamá no está de acuerdo con los que ha dicho mi padre. En realidad está más o menos de acuerdo, pero quiere hacer algo para evitar que la velada se arruine. Este mundo es mucho mejor, dice. Las cosas están bien. Y la Michelle lo hace lo mejor que puede.
No puedo evitar preguntarle a mi padre si en esos años era o no pinochetista. Se lo he preguntado cientos de veces, desde la adolescencia, es casi una pregunta retórica, pero él nunca lo ha admitido –por qué no admitirlo, pienso, por qué negarlo tantos años, por qué negarlo todavía.
Mi padre guarda un silencio hosco y profundo. Finalmente dice que no, que no era pinochetista, que aprendió desde niño que nadie iba a salvarlos.
¿A salvarnos de qué?
A salvarnos. A darnos de comer.
Pero usted tenía qué comer. Nosotros teníamos qué comer.
No se trata de eso, dice”
(Alejandro Zambra, Formas de volver a casa, páginas 129-130)

viernes, 22 de julio de 2011

ROBERTO AMPUERO: UNA NOVELA EMPOTRADA DENTRO DE OTRA NOVELA


La otra mujer
Roberto Ampuero
La otra orilla (Grupo Norma), Barcelona, 2011, 361 páginas.

Opina el escritor chileno Roberto Ampuero que cuando se acaba una dictadura como la chilena, resulta muy fácil contar historias a posteriori y crear héroes que lucharon contra ella. Es quizás la forma más trillada de bucear y recuperar la memoria histórica desde la literatura. Pero una forma no exenta frecuentemente de maniqueísmo y de cierta simplificación. Su manera de recuperar la memoria histórica de los años 70 y 80 chilenos, de acercarse a la tragedia colectiva del país donde nació, es oblícua, indirecta y asentada además en las corrientes narrativas más experimentales y vanguardistas. No se pierde, sin embargo, Roberto Ampuero en artificios experimentales que, con frecuencia dificultan la lectura, ni renuncia a contarnos una trama argumental que atrapa al lector, como cualquier novela de enigma y tonalidad policiaca, aunque  en La otra mujer no existe ningún tipo de detectivismo en sentido riguroso.
Diré, para comenzar, que el tema de la novela no es trivial, pero sí  muy común y frecuente: la pareja moderna con sus amores, desamores, traiciones y celos. El desarrollo argumental, original y sumamente seductor.
La novela da comienzo con el viaje que realiza a Berlín, un profesor chileno, radicado en EE.UU. para impartir una conferencia. Al término de la misma, una mujer desconocida le entrega un manuscrito de una novela inédita e inconclusa, escrita por un desconocido escritor chileno, Benjamín Plá. El manuscrito se hallaba oculto bajo las tablas de un antiguo apartamento berlinés y está precedido de una nota inicial dirigido a una tal C. La novela hallada relata hechos supuestamente ficticios, pero con muchos visos de haber sido reales, acontecidos en la década de los 80 en Santiago de Chile y Valparaiso, en pleno régimen militar, El profesor, reacio al principio, acepta el manuscrito titulado “La otra mujer” e inmediatamente queda seducido por lo que lee: Isabel, una mujer  de clase alta, católica, cuya experiencia como chilena se reducía a ver el país desde la perspectiva de la élite (pagina 80), encuentra a su esposo muerto en la cama, al parecer, victima de una ataque cardíaco. Pero, al poco tiempo empieza a hallar indicios de una impensada infidelidad. Saber quién es esa otra mujer que ha compartido con su esposo en su propio lecho  matrimonial los últimos instantes de su vida, se convierte en una obsesión. Poco a poco, se desencadenan los acontecimientos que le permiten descubrir quién fue la amante, esa otra mujer a la que sigue y vigila con la intención de vengarse.
Es la novela de las pesquisas de Isabel, la novela dentro de la novela, porque paralelamente, el profesor se obsesiona a su vez por conocer si aquella novela es ficción o una realidad concreta, acontecida entre Santiago y Valparaíso, en medio de acontecimientos tenebrosos, responsabilidad de la represión de la dictadura. Un cuarto de siglo después de la historia de Isabel, explora, pues, el ámbito en el que se entreveran ficción y realidad. Para ello viajará a Chile y busca las huellas de la historia y, sobre todo, al misterioso autor de la misma, Benjamín Plá.
Roberto Ampuero
Roberto Ampuero mueve los hilos de su novela mediante una reduplicación especular, entre dos relatos paralelos. El primero, situado en el presente, se centra en el profesor y su interés, tanto académico como personal, en averiguar qué hay de verdad en ese manuscrito inconcluso, perdido durante años, una buena metáfora, según Ampuero, del tema de la memoria en Chile, que a veces es eclipsada y otras resurge con fuerza. Y dentro de este primer relato, la historia de las obsesiones de la mujer víctima de la infidelidad, que no se relacionan únicamente  con el engaño conyugal, sino también con las sombras del terror de los años 80 en Chile. Esta novela dentro de la novela es una clara muestra del nivel metadiegético de que hablaba Genette: un segundo grado de ficción, en mi opinión, con una función accional. Una novela, pues empotrada dentro de otra, una técnica narrativa que cuenta con ilustres precedentes (Juan Marsé, El embrujo de Shangai, Juan Carlos Onetti, La vida breve, Paul Auster, La noche del oráculo, Roberto Bolaño, 2666), entre otro. Recurso que el mismo Ampuero ya había abordado en Los amantes de Estocolmo. En La otra mujer desarrolla esta técnica novelesca de una forma mucho más consciente.
Resulta así mismo original el enfoque con el que Roberto Ampuero se sumerge en la memoria histórica de las décadas del terror en el Chile pinochetista. El escritor es consciente de que la guerra principal en el mundo se libra entre la amnesia y la memoria. A lo largo del desarrollo narrativo, la dictadura va haciendo acto de presencia  paulatinamente  a través de las alusiones al toque de queda y a los disparos en plena noche que escucha Isabel, para ella intranscendentes, porque es una ingenua respecto a lo que de verdad estaba ocurriendo en Chile. Pero, a medida que avanza en su investigación sobre la identidad de esa mujer y,  a pesar de que tratan de convencerla de que el mal y el bien van unidos como la luz y las tinieblas, comprenderá todo el horror de ese  período  obscuro de la reciente historia chilena. Y quedará desquiciada al enterarse de que los dedos de médico de su marido que eran capaces de salvar vidas humanas y hacerla gozar a ella, lo eran también, y al mismo tiempo, de conservar a personas para que pudieran resistir mejor la tortura y delatar a más personas. La gran novedad de la novela, bajo esta óptica, es que Ampuero desemboca en el horror de la dictadura de una forma indirecta y transversal: través de una historia de amores y de infidelidades.


Fragmento

“Hablar con su suegro o sus amigos del alma lo consideraba ahora despilfarrar el tiempo, porque la existencia de ellos transcurría al margen de los temas que la agobiaban. No sólo eso, también habitaban un país diferente, que no sufría del mismo modo el toque de queda ni escuchaba con el mismo miedo las sirenas policiales ni temía el allanamiento intempestivo de sus casas por parte de los agentes, ni se veía obligado a buscar refugio nocturno bajo otros techos. Ella había abandonado para siempre ese país despreocupado, frívolo y próspero, protegido por los muros del poder, la riqueza y los abogados influyentes. Se había librado de él la clara mañana en que se había cortado el pelo como un muchacho y había comprado la indumentaria alternativa en un bazar del barrio del puerto”
(Roberto Ampuero, La otra mujer, paginas 253-254)

lunes, 18 de julio de 2011

LA METAFICCIÓN DE LOLITA BOSCH


Ahora, escribo
Lolita Bosch
Editorial Periférica, Cáceres, 2011, 197 páginas.

Lolita Bosch, pese a las reticencias de ciertos lectores y críticos que ignoran que el mundo se mueve constantemente, es una de las voces más originales de la  narrativa  que se escribe actualmente en español. Autora de referencia para aquellos otros cercanos a la literatura hoy en día más vanguardista. También para escritores que practican la postnarrativa. En una de las metanovelas más subversivas del actual sistema literario gallego (A pregunta perfecta. O caso Aira-Bolaño), su autor, Juan Tallón escribe lo siguiente: “Lectura de Tres historias europeas de Lolita Bosch. Trátase dunha nouvelle e dous relatos. Pingüinos, título da nouvelle, vai permanecer moito tempo na miña memoria. Seino. A súa arquitectura e dialéctica narrativas, baixo as que se procede a dividir en cachos inteligentes o feito temporal, presentando os acontecementos do pasado e do futuro en orde indistinta, confusa, pero que non impide unha lectura natural e emocionante, achegan o texto ao que chamaría unha pequena obra mestra”.
“É a primeira obra que leo desta escritora. Comézase a consolidar unha nova xeración de narradores que avanzan en dirección non tanto ao bo, que é algo difuso, como ao novo” (páginas 28-29). Entre esa generación de narradores que avanzan en dirección a lo nuevo, se halla en efecto Lolita Bosch. Natural de Barcelona, su vida, sin embargo, se ha desparramado hasta ahora en el Bajo Ampurdan, EE.UU., la India y, sobre todo, México, donde completó su formación académica y se empapó de lo bueno y de lo malo de la atmósfera mexicana, reflejada en alguna de sus obras. Entre las más conocidas  (Tres historias europeas, 2005, La persona que fuimos, 2006, Esto que ves es un rostro, 2008, y La familia de mi padre, 2008). Ha sido traducida a varios idiomas.
Ahora, escribo es precisamente la narración o correlato de su última novela, La familia de mi padre. Según un texto de Walter Benjamin (El narrador), analizado por Scott Lash, en los actos de escritura ficcional se yuxtaponen dos tipos de textos: por un lado, la novela; por otro, el narrador y su historia. Con ello se evaporan de golpe muchas de las concepciones de la narratología clásica. La narración corresponde a un modo de experiencia personal que precede a la novela o acontece mientras esta se fragua. Lolita Bosch nos introduce, pues, en Ahora, escribo en su “taller de escritora”. En el taller de la escritora durante el proceso de su obra anterior, La familia de mi padre, como ya he dicho. Una novela que confiesa la autora, la dejó exhausta y sumida en un verdadero descalabro emocional. La familia de mi padre es el viaje a la intimidad y es así mismo la demolición de los muros de silencio que ella misma había levantado a su alrededor, tras el fallecimiento del padre en México, sin que pudiera llegar a tiempo a su sepelio. Al finalizar aquel libro, se sintió bloqueada en su profesión de escritora.
Lolita Bosch
Ahora, escribo es  un “ancla transparente” con la que la escritora intenta volver entrar en el mar de la literatura, desde el vacío de la no-escritura. “Ahora no. Ahora la escritura no ha logrado evitar ni construir nada. Porque ahora la escritura es la muerte” (página 79). No es de extrañar, pues, que varias secuencias del libro comiencen con el ritornelo, “Casi se de nuevo caminar” (páginas 93, 127, 130), que, más allá de la anécdota de la rotura del menisco de la rodilla saltando en una cama elástica, el lector, en diálogo con este libro, pueda interpretar  como una recuperación de la libertad para poder volver a escribir.
A lo largo de las tres secuencias que componen este libro, Lolita Bosch va desgranando una narración que echa a andar desde el dolor y esa extrema relación con la literatura, sobrevenida tras La muerte de mi padre. Nos hace partícipes de sus miedos tras preguntarse qué ha sucedido e intenta entenderse a sí misma, para llegar finalmente a la aceptación y a comprensión de que un texto literario es tan incomprensible como un ser humano.
Historia íntima de una escritora, de un lenguaje escrito (página 53), que dan fe de la condición metaliteraria, y al mismo tiempo “intraliteraria” de esta obra de Lolita Bosch, con una clara autorreferencialidad del yo, tal como lo entiende Spires (Beyond the Metafictional mode. Directions in the Modern Spanish Novel), en este libro-narración y una lematización del acto de escribir. Escritura que se refiere a si misma contestando la tradición mimética del arte, para interrogarse sobre su posibilidad/imposibilidad, sobre la enfermedad, la muerte y también la vida.


Fragmento

Hace apenas cuatro meses terminé de escribir La familia de mi padre (2008, Empúries / Mondadori); catalán y castellano. Un texto escrito a la vez en dos idiomas y luego, tras su primera versión, corregido como dos libros independientes. Incluso con personajes distintos y, a veces, otras conclusiones producto de espacios diferentes, construidos con otros lenguajes.
Tras entregarla a mis editores pasé un tiempo absorta que duró casi cuatro meses y luego, cuando pareció que algo que no se que fue se detuvo, tuve la sensación de que habría podido matarme, hacerme análisis médicos y descubrir que padecía cualquier tipo de enfermedad, o permanecer para siempre tumbada, fatalmente sin dormir: escondida bajo las sábanas de franela de casa de la Ciudad de México y poco a poco hacerme volátil, inmaterial, celeste.
Comencé a pensar en la historia que finalmente he contado en La familia de mi padre cuando tenía seis años. Cuando por primera vez quise contar algo completo que me habían contado. Aunque a lo mejor fue antes. Cuando pasaba temporadas en casa de mis abuelos paternos y la tata Pilar, que trabajaba pare ellos desde que mi padre cumplió dos años, me contaba quiénes éramos. Cuando me enseñaba que unas cosas son las que suceden y otras las cosas que se cuentan. Y que mi familia (nosotros) trataba desesperadamente de ser una familia a la que las cosas le sucedieran, a la que no le fuese necesario contar. Una Familia Silencio. Como si  palabra no fuera un elemento esencial para reconocer nuestro entorno y pudiera evitarse. Como si lenguaje no tuviera peso y el tiempo pudiese transcender sin consecuencias, impune”
(Lolita Bosch, Ahora, escribo, páginas 25-26)

viernes, 15 de julio de 2011

FRAY DIEGO LA MATINA Y LA DIGNIDAD DEL HOMBRE

Muerte del inquisidor
Leonardo Sciascia
Traducción de Rossend Arqués
Tusquets Editores, Barcelona, 2011, 140 páginas.

La existencia de la Inquisición fue posible porque a su alrededor no hubo ningún tipo de fuerza mental, afirma Leonardo Sciascia, citando a Américo Castro. Y esa carencia de fuerza mental, el fundamentalismo talibán y el miedo en el que estuvo sumida la cristiandad, es lo que el lector percibe en este pequeño libro que forma parte del “romanzo-inchiesta”, la novela-reportaje, en este caso histórica, el camino que Sciascia emprendió en 1956 con Le parrocchie di Regalpetra. Leonardo Sciascia al que  se le ha calificado como  escritor “amarillo” porque ha aprovechado en alguna ocasión el esquema de la intriga para su investigación social, sigue siendo considerado, más de veinte años después de su muerte, uno de los grandes narradores europeos, con una obra marcada por su radical contestación de cualquier manifestación abusiva del poder. Lo hará en sus “novelas-investigación”, esas en las que, a juicio de Josep Fontana, “es capaz de elevar el relato de un crimen a página de historia”.
Múltiples libros salidos de la pluma del escritor siciliano, pero en realidad un solo macrotexto que gira, para decirlo con sus propias palabras, en torno a la historia de una continua derrota de la razón y de quienes se han visto afectados y destruidos por esa derrota. Una de las víctimas de la sin-razón fue su paisano Diego La Matina (1622-1658) quemado, en uno de esos atroces y alucinantes espectáculos, por la Santa Inquisición del reino de Sicilia.
El tema de la Inquisición de sus horrores, tan extravagantes como abominables, es recurrente en la obra de Sciascia Así, por ejemplo, esa alusión a las “bonitas hogueras de aquella época” del prólogo de Le parrocchie di Regalpetra, porque todo el fanatismo imaginable se halla  elevado a la máxima expresión en aquellos “bellos autos de fe”.
En Muerte del inquisidor Sciascia revisa el caso de Fray Diego La Matina, desde el momento en el que, en un acto de exasperación tras ser condenado una vez tras otra y sometido a horrendas torturas, mata al inquisidor Juan López de Cisneros, golpeándole con los grilletes que le maniataban, hasta el 17 de marzo de 1658, fecha en la que fue quemado en la hoguera por “hereje, apóstata, calumniador y parricida”.
Leonardo Sciascia
Pero el verdadero hilo conductor que guía a Sciascia  en el estudio de toda la documentación disponible y a la hora de escribir esta aproximación al tema, es qué tipo de herejía hizo que Fray Diego se convirtiera en un recalcitrante que salía de la cárcel, volvía a caer en sus errores, abjuraba, volvía recaer, fue condenado a galeras y finalmente a la cárcel de por vida hasta que cometió el “parricidio” de quien era su padre dentro de la jerarquía eclesiástica. Sciascia mantiene que la única hipótesis sostenible es que Fray Diego fue detenido por un delito ambivalente: una acción que era a la vez herejía y quebrantamiento de las leyes ordinarias. El fraile predicaba sin duda y de forma contumaz lo que proclamó sobre la pira poco antes de expirar: que Dios era injusto. Lanzó esta acusación contra Dios a causa de su rebeldía contra la injusticia social, la iniquidad, la abusiva presión fiscal y la usurpación de bienes y de derechos por parte de los poderosos. Comenta el novelista que una herejía cuya base es la afirmación de que Dios es injusto no puede, y menos en el siglo XVII, tener muchos adeptos, sin embargo parece ser que Fray Diego logró tener prosélitos y esta era la gran preocupación del tribunal. Por eso concluye Sciascia que el error herético del fraile fue “plantear el problema de la justicia en una época absolutamente injusta”. Hereje pues pero no de la teología, sino de la injusticia social. En la Sicilia del siglo XVII en la que se acusaba de luteranismo a cualquier ciudadano indiferente para con la religión, tuvo lugar uno de las más atroces actos de intolerancia contra justicia social y contra la libertad de pensamiento. Leonardo Sciascia es su cronista en este libro en el que se conjuga el rigor de la investigación histórica con la pasión por aquellos personajes que son ejemplo vital de la rebeldía en pos de la libertad de conciencia y de la dignidad humana.

Fragmento

“Es  una de las más atroces y alucinantes escenas que nunca la intolerancia humana haya representado. Así como estos nueve hombres imbuidos de doctrina teológica y moral, que se desvivían en torno al condenado (pero de vez en cuando iban a comer a los aposentos del alcaide), perviven en la historia del deshonor humano, Diego La Matina afirma la dignidad y el honor del hombre, la fuerza del pensamiento, la firmeza de la voluntad y la victoria de la libertad” (…)
“Unos ‘bastasi’, o mozos, llevaron a fray Diego al centro de la escena, ‘tal como estaba atado a una silla’. El ruido de la muchedumbre cesó de golpe. ‘Fue increíble la atención de todos los presentes para escuchar sus sacrílegas perversidades y heréticas afirmaciones, que confirmaban claramente el carácter bellaco, obstinado y desvergonzado del reo’. Una imagen que nos conmueve y enorgullece en cuanto hombres libres y tardíos conciudadanos de fray Diego. Es indudable que en ese momento el condenado llevaba el bozal puesto, porque de lo contrario habría manifestado y gritado su desprecio para con el lector, el tribunal y los espectadores” (…)
“Un santo mártir. Pero nosotros hemos escrito estas páginas para dar otra imagen de él, para decir que era un hombre y que mantuvo alta la dignidad del hombre”
( Leonardo Sciascia, Muerte del inquisidor, páginas 80-81, 87, 117)

jueves, 14 de julio de 2011

LA INVENTIVA ALUCINADA DE SJÓN

Maravillas del crepúsculo
Sjón
Traducción  de Enrique Bernárdez
Nórdica Libros, Madrid, 2011, 213 páginas.

Sjón es el heterónimo de uno de los escritores más innovadores de la actual literatura islandesa, Sigurjón Birgir Sigurdsson, (Reykiavik, 1962). Escritor prestigioso que frecuenta varios géneros (poesía, narrativa larga y literatura infantil), es así mismo una figura importante de la música islandensa: letrista de Björk y de las canciones de la película “I’ve seen it all” (“Bailando en la oscuridad”) de Lars von Trier, nominada en su día al Oscar a la mejor canción.
Como narrador, su novela El zorro ártico (2008), una indagación en la memoria de Islandia, un país envuelto no solo entre las brumas climáticas, sino también en las del mito, obtuvo un gran éxito. Ahora regresa con Maravillas del crepúsculo, una ficción histórica que gira en torno a la figura de Jónas Pálmason El Erudito, trasunto en la ficción de Jón Guddmundsson El Erudito (1574-1658).
El lector se enfrenta pues a una “fantasía” basada en un personaje histórico. Y a pesar de la advertencia del traductor (“Desentrañar qué hay de historia y qué de ficción en Maravillas del crepúsculo es una labor ardua y, a fin de cuentas, inútil porque esta es una obra de ficción”), he de recordar que la ficción, como marcador semántico que es, al ser inyectada en la historia, lo tiñe todo con el embrujo de su color. La verosimilitud de todos los hechos históricos exactos y personajes verificables, incluidas las palabras de esa lengua pidgin islandesa-vasca, cobra otra dimensión.
No puedo asegurar si Sjón inserta más ficción de la imprescindible en la historia real de Islandia del siglo XVII, un país convulso por el avance de la Reforma protestante, la resistencia de núcleos católicos y esa difícil convivencia entre mitologías, creencias en magias, atavismos y los primeros y vacilantes pasos del empirismo de la ciencia moderna.
Sjón
Los ojos y la pluma de Sjón contemplan, pues, la Islandia del siglo XVII con la visión y la tinta del poeta y, de este modo, ilustran bellamente la historia. En esta novela, la historia de Jónas Pálmason que encarna como nadie esas aludidas contradicciones de su tiempo. El escenario, como ya quedó apuntado, es un país en el que el luteranismo acaba por destruir el anterior sincretismo cristiano, alimentado de personajes y tradiciones paganas y en lucha con los núcleos fieles a Roma. En este contexto crece Jónas Pálmeson, atraido desde niño por la sed de conocimiento y devorado así mismo por las dificultades para adular a los poderosos. Por todo ello, es desterrado junto con su esposa a la isla de Björn, acusado de propagar la magia y la brujería. Allí, desde la isla, comienza Jónas su largo camino de lágrimas por una tierra que las maravillas del crepúsculo de la Reforma habían convertido en la quema de santos, cruces y en la destrucción de viejos libros. Y con Jónas nos adentramos en un universo de exorcismos de fallecidos, adoración a la Virgen, ritos ocultos, culto a la naturaleza, fantasías celestes, fantasías terrestres y visiones del protagonista. La persecución reformista y la injusticia política, el ambiente rural de aquella desolada isla, la presencia de los balleneros vascos que llegan a Islandia, hablan un lenguaje híbrido, mezcla de pidgin vasco-ilandés y serán masacrados sin saberse muy bien las causas.
Jónas es un narrador homodiegético y omnisciente. Narra su vida en primera persona, desde la infancia y la atracción por la medicina y la ciencia empírica. El narrador acopla su discurso a los moldes del relato oral, mezclando una alocución  dirigida a los pájaros que le hacen compañía en su cautiverio, con la disertación erudita. Mezcla pues la espontaneidad de la crónica con la trascripción brillante de un sueño alucinado. De este modo, suturando erudición e inventiva alucinada, reconstruye Sjón las aventuras y avatares de un sabio que, esclavo todavía del oscurantismo, exorciza fantasmas, presencia la masacre de los balleneros vascos y, sobre todo, recupera con su propia historia vivencial de perseguido, la memoria de lo atormentados y perseguidos de todos los tiempos. Un mundo, en definitiva creíble, preñado de temas, descripciones y sensaciones, que está transitando del obscurantismo al gobierno de la razón en el siglo de las luces.


Fragmento

“Un martillo, tres clavos, un tronco de árbol y un travesaño. ¿Cuándo fue la primera vez que un hombre en su sano juicio jugueteó con unos clavos entre los dedos, miró el martillo, que descansaba pesado sobre su entrepierna, y no vio ante sus ojos un trabajo de carpintería, sino a su hermano clavado en la cruz? ¿Dónde estaba el pescador que barajó por primera vez la idea de que no sería ningún absurdo introducir en carne humana anzuelos grandes y pequeños? ¿Qué herrero fue el que levantó unas tenazas al rojo con ardiente violencia y se vio inundado por el deseo de agarrar con ellas el seno de su hermana? ¿Cómo se llamaba el domador de caballos a quien se le ocurrió utilizar el látigo sobre la espalda del mensajero y abusó después de las fuerza de los cabellos sin domar para desgarrar brazos y piernas de personas vivas?¿Qué naturalista ve en el agua y el fuego un método de ahogar y quemar a su prójimo, ve en el viento y en la vegetación de la tierra métodos para matarlo de sed o con veneno?¿A quién se le ocurrió la idea de utilizar todas esas cosas, tan útiles, para atormentar a unas personas hasta la muerte? ¿Por qué se dejaron transformar con tal facilidad en instrumentos para el homicidio en manos de los hombres? (…)¿Y por qué los ensangrentados utensilios que han servido a un crimen han de volver al mundo de los objetos útiles? Nadie lo sabe, y tampoco yo. Aún pueden hallarse en Strandir aperos que hoy en día cumplen tareas esenciales para alimentar las gentes, pero que hace veintidós años se utilizaron para espantosas atrocidades, igual que los hombres los empuñaban”.

(Sjón, Maravillas del crepúsculo, páginas 152-153)

lunes, 11 de julio de 2011

EL AMOR Y SU CONDICIÓN INVERTEBRADA


El final del amor
Marcos Giralt Torrente
Editorial Páginas de Espuma, Madrid, 2011, 163 páginas.

Con El final del amor el escritor Marcos Giralt Torrente obtuvo el pasado mes de marzo el II Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, el de mayor dotación económica (50.000 euros) para un libro de este género de todas las letras hispánicas. El autor de París (Premio Herralde de Novela en 1999),  con los cuatro relatos que edita Páginas de Espuma vuelve al “antifaz” de la ficción después de  la agobiante inmersión confesional y autobiográfica en las complejas relaciones con su padre de su último libro, Tiempo de vida. Estas “azarosas catas en torno al amor” son su vía de escape de aquel clima asfixiante de las relaciones familiares, convertidas en trama ficcional.
Cuatro relatos, pues, unidos por un  similar motivo temático, que viene sugerido por el título: el naufragio amoroso. Sobre el amor puede orbitar la narrativa de múltiples maneras, dejando de lado los lugares comunes y trasnochados efluvios románticos: el amor como monoteísmo, que, en alianza quizás con el deseo, justifica toda una existencia. Es el amor y todos sus hechiceros conjuros, milagros y aberraciones. O el envés del amor, en esa otra cara que conduce al desamor,  a su condición invertebrada, desarticulada en la lejanía irreparable, que con mucha frecuencia, incluso sin percibirlo conscientemente, comienza a extenderse entre los amantes.
“Nos rodeaban palmeras” inaugura editorialmente estas lejanías. Un narrador homodiegético en el viaje que, con su propia pareja, realiza a una isla del Índico africano. Su matrimonio había alcanzado esa llanura en la que todo resulta demasiado trivial. Ellos dos se comportaban como dos náufragos en tierra que rehúyen mirarse para no tener que reconocer en los ojos del otro su propia condición. Pero sí miran a una pareja de alemanes que con ellos comparte la excursión, intentando captar en la ajena la misma degradación afectiva que carcome su propia convivencia como pareja en claro deterioro. El relato además está aderezado con una constante sensación de amenaza y desasosiego, como el mal de Kurtz, el sonido de la selva, lo irracional.
El amor puede convertirse en un cautiverio. No hacen falta paredes ni cadenas. Basta la ausencia de pasión, un amor invertebrado, que se deja llevar como el que provoca el lento quebranto de las vidas en común de una pareja que, tras un largo peregrinar por medio mundo, termina viviendo en un cigarral toledano. El divorcio de espacios es una elocuente metáfora de ese otro divorcio más perturbador que destrozó sus vidas. Un primo y confidente de la mujer es el discreto narrador y testigo de la ruina.
Marcos Giralt Torrente
Solemos ser injustos con los amores que nos han hecho sufrir, confiesa Marcos Giralt en una de sus múltiples y sutiles matizaciones que proliferan en el relato “Joana”, para mi gusto el más logrado de la serie. En esta historia, el amor muestra su condición invertebrada en un querer de adolescencia. Un hombre maduro, de nuevo narrador homodiegético, evoca un amor de verano, cuyo recuerdo persiste a lo largo de los años, pero marcado, desde el inicio, por una inexorable fecha de caducidad. La empatía lectora no la provoca en esta historia la juvenil pasión amorosa, más platónica que real, sino las agudas y finas observaciones acerca de las interferencias familiares -la abuela, la madre y el hermano de la chica-, así como el inesperado y perturbador desenlace final.
Finalmente en “Última gota fría”, un adolescente con la afectividad deteriorada por las roturas sentimentales de sus progenitores, fantasea con el engañoso espejismo de la posibilidad de un reencuentro de sus padres, cuya relación nunca se ha roto del todo.
Cuentos que desafían el formato del relato breve y se acercan al de la novela corta. El tejido narrativo es de gran calidad. Prosa cuidada que se recrea muchas veces en prolijas matizaciones y sutiles observaciones. Historias contadas por narradores implicados en la acción y, en un caso, por un observador externo, pero muy unido a la pareja al borde del colapso amoroso. Esta densidad de la prosa de Marcos Giralt disfraza posiblemente el momento epifánico de la historia narrada -a diferencia del minimalismo americano- en una sobreabundancia de análisis, observaciones y matizaciones, pero su misma hondura y la calidad del texto hacen posible que los lectores se recreen no solo con estas tramas de amores no convencionales, sino también con la silueta de personajes complejos y con el tejido de climas, sobre todo familiares, preñados de incógnitas.


Fragmento

“Entonces se remontó a la estrecha relación que su padre mantenía con su propia madre, su abuela, y su sospecha de que fue esta la que lo había iniciado en las costumbres contra natura que reproducía con sus hijas, y me habló de una hermana de su padre, a la que nunca conoció, que, según le había relatado una vieja tata que aún vivía en Fort-de-France (Fort-de-France, me aclaró, la capital de Martinica), había consumido la totalidad de su corta vida huyendo de él. Hasta que, a punto de casarse con dieciocho años, horas después de descubrir en la cama de su madre a quien iba a ser su marido, había rasgado una sábana de esa misma cama, había atado un extremo a sus cuello y otro al balcón y había saltado”
(Marcos Giralt Torrente, El final del amor, páginas 124 – 125)

domingo, 10 de julio de 2011

LOS ENTRESIJOS DEL ALMA RUMANA


Dedos meñiques
Filip Florian
Traducción de J. Llinàs
Acantilado, Barcelona, 2011, 224 páginas.


Acantilado publica la traducción de la novela que supuso el debut literario de Filip Florian, editada en Rumania con el título de Degete mici. La selecta editora barcelonesa se ha especializado en “otras literaturas europeas” (narradores del Este), junto con narradores españoles de primerísima calidad, aunque no con un perfil literario que los haga propicios para el consumo masivo. Esta es la razón de que Filip Florian engruese el catálogo de la Colección de Narrativa de Acantilado.
Dedos meñiques en su versión original (2005) recibió numerosos galardones y fue declarada la mejor novela del año 2006 por la Unión de Escritores Rumanos. Con esos avales, con la vitola de un debut excepcional, nos acercamos a esta historia, encerrada en una arquitectura narrativa de cajón de sastre, que sutura, bajo mi punto de vista, intriga policial, relato histórico y novela costumbrista en una trama en la que se hace presente la guerra, la alienación, los juegos de la política e inexplicables intervenciones a las que el alma rumana atribuye un carácter sobrenatural.
Un narrador omnisciente que relata en primera persona, nos refiere que en una minúscula aldea de los Cárpatos se ha descubierto una fosa común en las ruinas de un castro romano. El hallazgo de esos restos humanos suscita toda clase de conjeturas y una gran preocupación entre los habitantes del pequeño pueblo. Surgen los interrogantes, la turbación de las conciencias y el pasado reciente del propio país se pone en entredicho. ¿Fueron víctimas de un fusilamiento colectivo en la época comunista? ¿Son restos humanos de épocas más antiguas, fallecidos quizás como consecuencia de las pestes medievales o de un castigo divino, como piensa el padre Ioanichie? Además cada noche los esqueletos se ven privados de huesos de los dedos de sus manos.
Filip Florian
Para solucionar el enigma, acude al lugar un equipo de antropólogos forenses argentinos, especializados, como si de una enfermedad crónica se tratara, en el análisis de los “desaparecidos”. Para el lector, un joven antropólogo local actuará de guía ante este maremágnum de información confusa, que parece envolver a la cerrada sociedad local, mientras ve llover y escucha a su tía evocar viejas historias familiares.
Filip Florian escribe una novela demasiado parsimoniosa, repleta de evocaciones y digresiones. Así, por ejemplo, la presencia de los antropólogos argentinos es para el narrador una buena excusa para introducir en la escena narrativa el golpe de estado de 1976 que, en el país austral, dio paso a la dictadura de Jorge Rafael Videla y a sus atrocidades. Pero también le permite desviarse para hacernos revivir el Campeonato del Mundo de fútbol del verano de 1986, con un Pibe de Oro que toca el balón con “la mano de Dios” y significó para los argentinos el campeonato, en medio, no de un régimen militar, sino del caos económico.
Escritura, pues, rica, prolija, preñada de ramificaciones que generan un discurso narrativo demasiado frondoso, que ciertamente no facilita la lectura. La mezcla de costumbrismo, de creencias religiosas extravagantes, de denuncia política y una pausada instalación en la cotidianidad y en el imaginario mítico de una aldea de los Cárpatos, permiten acercarnos a los entresijos del alma rumana, pero la carencia de un hilo conductor solvente y un estilo que parece pretender ensimismarse en si mismo, hace que nos olvidemos con frecuencia del enigma de esos huesos a los que les faltan los dedos meñiques y nos veamos envueltos entre las brumas de la exuberancia, cuando esta se convierte en algo interminable

viernes, 8 de julio de 2011

UN PYNCHON LEGIBLE PARA EL VERANO*


Vicio propio
Thomas Pynchon
Tradución de Vicente Campos
Tusquets Editores, Barcelona, 2011, 422 páginas.

Si usted, lector, disfruta con la novela criminal, pero tiene un verdadero hartazgo con los héroes de Camilleri, Mankel, Roukin o ha llegado un momento en el que le producen cansancio nuestros autóctonos investigadores de crímenes, esos más antihéroes que héroes Frank Soutelo, Nivardo Castro, Horacio Dopico o los menos clásicos y más recientes, Amador Ribeiro o Sindo Romero, apueste entonces en este verano por el “fumeta” Doc Sportello de Thomas Pynchon. De sobra se que Pynchon, ese “célebre desconocido”, considerado un icono de la postmodernidad maximalista y eterno candidato al Nobel de literatura, intimida bastante. Sus temas más recurrentes (la entropía, la paranoia, el giro apocalíptico de la historia reciente, la ausencia de significados) y un estilo que desintegra el lenguaje, convierten la lectura de este hombre, que continúa sin poseer rostro público, descontada una vieja fotografía de hace cincuenta años, es una ardua tarea.
Pero Vicio propio es otra cosa. Pura novela pynchoniana, pero una excepción que confirma la regla. Una novela que se entiende, que no es más obscura ni enredada que cualquier otra pieza del género negro en la que abunden los personajes y los escenarios. Y como regalo, por tratarse de Pynchon, también leves disonantes descomedimientos, como el hecho de que el detective sea un viejo surfero, fanático de la marihuana.
Estas cacofonías narrativas, amalgamadas con un estilo propio y personalísimo, convierten el viaje por la lectura de esta novela en una experiencia agradable y también hilarante.
Los amantes del clásico, del negro-negro tampoco saldrán decepcionados. Multitud de personajes secundarios: malos sin desperdicio, buenos buenísimos, fiambres que no acaban de morir, montones de conspiraciones  y corruptelas, la pesadilla de Charlie Manson y sus sumisas discípulas y, en paralelo, Richard Nixon, como paradigmas del mal, un protointernet con protohackers. Y por supuesto mucho, mucho sexo, droga y rock & roll. Pynchon  mostrándonos la cara más esperpéntica de la cultura americana, con diálogos delirantes, un singular humor negro, iconografías paródicas y grotescas, un leguaje dominador, rico y torrencial.
Flotando sobre la superficie de este fangoso mar, un personaje memorable, Doc Sportello, detective “fumeta” y medio grillado, que recibe el encargo de hallar a un empresario desaparecido al que , a pesar de sus orígenes judíos, lo protege una banda nazi. La trama de Vicio propio es lineal, sin saltos en el tiempo ni sub-tramas. Muchos actores secundarios, pero un solo protagonista, el quijotesco Sportello respirando el aire corrupto y despreocupado de los años finales de la década de los sesenta en el sur de California, onde todos engañan, conspiran, traicionan, mientras en las playas los surfistas  se enfrentan contra el romper de las olas y bandas de hippies le rinden culto a las flores y a la marihuana, en una sociedad en la que se disiparon todos los límites.

* Texto publicado en el periódico El Correo Gallego de Santiago de Compostela el día 8 de julio de 2011. Para ver el original en gallego, pinchar aquí

                                                 Fragmento

Doc, que también se había levantado temprano, estaba sentado tomando el café de Wavos, del que se rumoreaba que contenía anfetas double-cross whites molidas, y escuchaba las conversaciones cada vez más frenéticas, pero básicamente observaba al Santo, que como todas las mañanas esperaba que lo acercaran hasta el punto donde rompían las olas. A lo largo de los años, Doc había conocido un par de surfistas que habían encontrado y cabalgado otras olas ubicadas lejos de la costa, olas que ningún otro tenía lo necesario, ni bajo los pies ni en sus corazones, para surfear, y que salían solitarios cada amanecer, a menudo durante años, sombras proyectadas sobre el agua, dejándose arrastrar sin que los fotografiaran ni grabaran, en cabalgadas de cinco minutos y aún más, prolongadas a través de los túneles bullentes de verdeazul solar, el verdadero e insoportable color de la luz del día. Doc se había fijado en que al cabo de cierto tiempo, esos tipos ya no solían presentarse donde los buscaban sus amigos. Largas esperas en cervecerías de tejados frondosos tuvieron que ser perdonadas, novietas de la costa quedaban olvidadas mirando melancólicamente los horizontes y con el tiempo se liaban con civiles del arcén, tasadores de pérdidas, vicedirectores, guardias de seguridad y demás, y aunque el alquiler de las casas abandonadas de esos surfistas se seguían pagando de algún modo y de vez en cuando aparecían luces misteriosas en las ventanas mucho después de que los garitos hubieran cerrado por la noche, y la gente que creía haber visto a esos ausentes tenía que acabar admitiendo que tal vez no eran más que alucinaciones”.
(Thomas Pynchon, Vicio propio, página 119) 

miércoles, 6 de julio de 2011

MICROSUEÑOS HECHOS PALABRAS

Microsueños
María Elena Lorenzin
Ediciones Asterión, Santiago de Chile, 77 páginas.

Desde la antípodas australianas, vía Singapur, me llegó hace unas semanas este pequeño pero exquisito obsequio literario. Su autora, María Elena Lorenzin. Argentina de Jáchal, con residencia en Adelaide (Australia del Sur). Enseña lengua y literatura española en la Universidad de Flinders, donde, sin duda, sus alumnos y alumnas levitan con sus sueños convertidos en primoroso verbo español.
Setenta y cinco relatos recompilados en un pequeño volumen dan fe del dominio superlativo que la autora posee sobre el arte de la compresión, en el género de la recompensa inmediata. A María Elena Lorenzin, cualquier cosa o pequeño detalle le provoca una historia que su imaginación convierte en sueño y su habilidad con la lengua en hermosas palabras que nos ayudan a nosotros a recuperar nuestros sueños.
Puede ser el viejo reloj que un día se queda dormido y se despierta aterrado, sin que nadie hubiera reparado en el pequeño retraso. Pueden ser los zapatos que solo esperan la hora de marchar, metáfora del inamor, o el cazador que, frustrado por no haber logrado cazar ninguna pieza, se sitúa a la sombra del manzano, se queda dormido y nunca tuvo mejor caza, pero ahora no sabe qué hacer con Eva. Sueños en blanco y negro, reflejo de vidas anodinas. Hasta sueñan los koalas, sueñan que tienen alas que les permiten volar, pero el golpe a tierra les quiebra esos miembros soñados.
Sueños de escritores a los que les falla la memoria, porque acarrean demasiadas soledades juntas. ¡Hasta cien años de soledad! O de ángeles con alas ortopédicas que les obligan a renunciar a su condición angélica. También sueños encerrados en jaulas para que no se nos escapen.
La fantasía de María Elena Lorenzin se entretiene así mismo con realidades cotidianas. Son unos zapatos, un gato, una rana, una liebre que saltan de los microrrelatos de un joven escritor y le hacen soñar que pertenece a esas especies animales, pero hay días que se siente gata y eso le preocupa. O los consuelos de la mujer infeliz a la que el Espíritu Santo la gratifica con maltratos maritales solo los fines de semana y feriados.
María Elena Lorenzin
Y así hasta la página final, derrochando imaginación, ingrávidas y agudas ocurrencias, juegos de palabras… porque la autora, aunque se alimenta de sueños, no se le escapan los manjares de la fantasía, ni precisa robarlos para vivir y no morir de anemia.
La brevedad, la concisión, el ingenio que fluye  a borbotones, marcan la línea de esta antología de relatos breves, escritos con un personalísimo acento. María Elena Lorenzín, desde la brevedad, homenajea al idioma. Su dominio de la gramática del microrrelato (títulos que ejercen eficazmente su función orientadora, economía lingüística, núcleos diegéticos explícitos o implícitos altamente condensados) suscitan en el lector la sorpresa, la sonrisa, la placidez y el deseo de elaborar su propia historia a partir de las bellas condensaciones de esta perseguidora de sueños, contratada  incluso para atrapar pesadillas.


Crestomatía de Microsueños

Atrapada
“La mujer intentó con mucho esmero construir un enorme cazador de sueños. El suyo sería diferente de todos los que había conocido en su larga vida. Consumió años en la búsqueda de sus preciados materiales, plumas de quetzal, de cacatúas, de kiwuis, pero le faltaba la imprescindible: la pluma de águila. Su cazasueños aguardaba ahí, en el centro, incompleto. Un día, debilitada, decidió terminarlo aún sin la pluma de águila. Desde entonces, en algunos de estos atrapasueños se puede vislumbrar en el fondo la silueta de la mujer”

El secreto de confesión
“Esto de ser mujer y encima virgen, es algo tremendo, te lo puedo asegurar, María Magdalena. No se lo deseo ni al más pintado. Fíjate que ni siquiera figuro en los diccionarios. En los altares soy segundota, primero está siempre el Hijo y los santos y demás beatos. La virginidad pasó a la historia. Tú sí que tienes posibilidades”

DefiSueños
“El sueño de Dios es un sueño eterno. El de los hombres un eterno sueño”

Allium ascanolicum
“La escogió con esmero, ni tan grande ni tan pequeña que no pudiera cumplir su función. Cuando llegó a casa, sin hablarle, la tomó con las dos manos y comenzó a quitarle el ajustado ropaje. Finalmente, después de mucho forcejeo, el hombre la cogió con voluptuosidad y la puso así desnuda como estaba, encima de una gran tabla en la mesa de la cocina. Ella no pudo hacer nada, sólo hacerlo llorar mientras la picaba con destreza de un chef”

Estatua
“Que hoy me caguen las palomas. Que hoy no me caguen las palomas. Que hoy no me caguen las p…”
Consecuencias
“Se casaron un lunes de luna llena. Ahora no saben qué hacer con tantos lunares.”

(María Elena Lorenzin, Microsueños, páginas 11, 28, 34, 47, 49, 57)

domingo, 3 de julio de 2011

DIME ALGO SUCIO: COMO CADÁVERES A LA DERIVA


Dime algo sucio
Diego Ameixeiras
Pulp Books, Cangas do Morrazo (Pontevedra), 2011, 214 páginas.

Dime algo sucio es, junto con Querida Catástrofe, el título con el que debutó hace apenas dos meses un nuevo sello editorial: Pulp Books. Su autor, Diego Ameixeiras (Lousanne, 1976) ha contribuido con aportaciones importantes a la consolidación de uno de los subgéneros de la literatura popular que más lectores atrapa: la novela criminal o el subgénero negro / detectivesco. En el año 2004, con su primera novela Baixo mínimos aparecía en la arena literaria su héroe o atihéroe, el detective Horacio Dopico, con todos los indicios de inaugurar una serie, al estilo, por ejemplo de Carvalho de Montalbán. Y, en efecto, Diego Ameixeiras repite dos años después con O cidadán do mes (Xerais, 2006) y Horacio Dopico intenta penetrar de nuevo, con su sagacidad y también con su sorna punk y desengañada, en los brumosos territorios de los crímenes “made in Galicia”. Ese mismo año, su novela Tres segundos de memoria se hacía merecedora del Premio Xerais de narrativa. De ella están ausentes tanto su detective como el particular homenaje que, mediante la parodia, Ameixeiras quiso tributar a la novela hard boiled.
Dime algo sucio es su penúltima incursión en el género narrativo, una experimentación con el género negro, una novela “casi-negra”, pero ajena a cualquier código policial y a las pautas y convenciones genéricas. Está claro que Diego Ameixeiras no sigue al pie de la letra, ni de ninguna otra forma, los consejos en los que G. K. Cheterton desvela las claves del éxito del género detectivesco, si duda el más popular desde el siglo XIX, a pesar que el comienzo de su novela invita sin dudad a la investigación policiaca.
En el interior de una nave industrial abandonada, el cuerpo de una chica de quince años, con gran cantidad de semen en la vagina. Sobre su cadáver yace un hombre. Su camisa travesada por cuatro agujeros de bala, restos de semen en la ingle. Es el violador de la chica y la policía lo va a encontrar una vez que abra el día. Historia netamente criminal, pero sin detective y con un protagonismo coral: las vidas de la ciudad de Oregón, trasunto literario reconocible desde la primera página de Ourense. En efecto, el verdadero protagonista de esta novela, con estructura circular, es el vecindario de Ourense, sus vidas cruzadas, fragmentadas como los fragmentos que le dan vida a la novela. Vidas que buscan al menos una ilusoria esperanza en ese lugar vacío que es la ciudad cero. Por las páginas de la novela exhiben su deriva seres cuyas existencias nada tienen que ver entre si y que, sin embargo, acaban confluyendo por razones azarosas en la misma y tediosa desesperanza. En esa ciudad pequeña y agobiante, “lugar de fúnebre desconfiguaración”, cruzan sus vidas personas muy diversas: una pareja de novios adolescentes. Él, grafitero. Con “caligrafía pletórica” no solo opera sobre los pechos de su novia, sino también sobre los de alguna otra conquista. Un hombre negro con sueños y pesadillas que mueren cada semana, una pareja madura en plena crisis conyugal, una chica de quince años que se convierte en la nueva abeja reina del instituto, un chico con la cara cruzada por una cicatriz contratado para filmar una violación. Mujeres que fuman por no llorar… Todos y todas, cadáveres a la deriva que conviven con el asesino o el violador.
Ameixeiras en una cruda poética de la desesperanza, de la indefensión, de gente rota, sumerge al lector en el diario vivir de estos personajes insatisfechos, con su soledad, con sus patologías, a pesar de estar perfectamente integrados en el sistema, con el deseo, con el amor, con una sexualidad posesiva. Y, casi de una forma conscientemente dislocada, nos aproxima a la verdadera visión de la sociedad que nos rodea.
La novela estructura el fluir  de su trama de una forma circular. Con un ritmo marcado por la brevedad de sus capítulos por los que hace deambular al coro de sus antihéroes urbanos y a los que también pone en sus bocas las confesiones más triviales: las marcas y copas de los sujetadores, las tangas que comprar, las ventajas de la exfoliación o cosas tan prosaicas como las sensaciones que uno tiene al ponerse un piercing en la lengua. Nada pues de lirismo explícito, que tiene que manar, según afirma Ameixeiras, de la realidad a la que no debe estragar con una adjetivación lujuriosa. Construye pues Ameixeiras este fresco de derivas y derrotas con un leguaje urbano, coloquial. Sobriedad narrativa, prosa minimalista, pero sin renunciar al símil y a la metáfora (“El cuerpo de esa chica tiene unos ojos verdes que son como el mar, pero están muertos como un pozo negro”, página 11), que ponen un poco de luminosidad en la atmósfera desesperanzada de la ciudad cero.
La traductora, Carmen Pereiro, nos brinda una versión correcta, respetuosa con el gallego urbano y coloquial y también con la fraseología de la versión original. Respetuosa, así mismo con la toponimia ourensana y con la antroponimia gallega de este carrusel de personajes que se mueven entre las grietas opresivas y desoladas de la ciudad cero

                                             Fragmento           

La ciudad cero

“El motor asfixiado de un autobús, el llanto de un crío, la sirena de una ambulancia que no llegará a tiempo. La melodía de Oregón al atardecer siempre se ha parecido a una marcha fúnebre. En esa hora incierta, se mezcla la derrota silenciosa del perdedor, que tiene una nómina imposible y a ese barrio de toda la vida con árboles muertos y persianas sucias, con la victoria de los balances y la calidez de las dietas que prefieren el jersey cruzado, el verbo compuesto y las mujeres por delante. Son dos mundos que se odian porque se tocan”(…) “La ciudad cero es un lugar vacío, un desierto inabarcable, una gran extensión seca donde un viento áspero ha barrido las señales del pasado y el sol irradia una luz blanca, cegadora. Para advertir su presencia hace falta llegar a la raíz y generar un cadáver que respire efluvios de la tierra desde la más absoluta desolación. La ciudad cero abre cada mañana su boca llena con un epitafio”
(Diego Ameixeiras, Dime algo sucio, páginas 139, 178)
Diego Ameixeiras