sábado, 12 de mayo de 2018

UNA LÚDICA PARODIA DE CÉSAR AIRA


Festival

César Aira

Editorial Mansalva, Buenos Aires, 126 páginas

(Libros de siempre)



    

   El prolífico y perspicaz escritor argentino, Cesar Aira (Coronel Pringles, 1949) reconoce que existe la falsa creencia de que siempre acaba escribiendo una novela sobre todo lo que le acontece. Mas César Aira niega tal premisa y afirma que detesta las novelas sobre algo, porque un libro sobre algo debe de ser un ensayo o una crónica, no una ficción. Así pues, Festival  no sería, en su opinión, una novela en clave sobre su participación como miembro del jurado del Festival de Cine Independiente de Buenos Aires. Al contrario, todo lo que contiene la novela, confiesa el mismo Aira, es fruto de su fantasía. Con todo, los conocedores de la estética de vanguardia aireana (fuentes temáticas muy amplias, frecuentemente extraídas de su propio trabajo, empleo, en dosis moderadas y razonables, del método de la escritura automática de los surrealistas, combinadas con las expresiones más populares de la cultura), y así mismo tienen experiencia de la dinámica del funcionamiento de un festival de cine independiente, estarán tentados de reconocer en las páginas de este relato-novela, Festival, los avatares, teniendo en cuenta la fauna polimorfa y tirando a cool de los participantes en un festival cinematográfico independiente como el de la ciudad porteña. Aunque es preciso reconocer que el libro de César Aira no habla de ese festival en concreto, ni recrea, como si de una crónica periodística se tratara, las vivencias de alguien perteneciente a la tribu de los cinéfilos.

   La novela de César Aira, breve, como casi todas las suyas, es algo más: una mirada ácida y corrosiva sobre cualquier festival de cine independiente, un retrato de su mundo delirante, que revienta de absurdos alucinantes. El libro de César Aira ha sido traducido a pocos idiomas. Lo ha sido al gallego, en versión de Juan Tallón, un gran conocedor de la obra de Aira. Existe una edición original del texto, impresa y distribuida por Mansalva como parte del catálogo del Festival de Cine Independiente de Buenos Aires del año 2012. Con posterioridad Festival fue igualmente traducido al alemán con ocasión del cincuentenario de la Viennale.

   Festival  es una pequeña obra maestra aireana que le permite al autor reflexionar sobre el estado del cine moderno en su obra, en su doble vertiente: cine comercial y cine de autor. Pero, a la vez, César Aire nos agasaja con una delirante historia en la que el absurdo, la parodia, las situaciones cómicas y el cinismo caminan en paralelo.

   El punto de partida de la narración es la llegada a una ciudad, que bien podría ser Buenos Aires si en la capital porteña hubiera montañas, del prestigioso director de cine belga Alec Steryx para presidir el jurado del Festival de Cine Independiente, y convertirse en la máxima atracción del mismo. Steryx, director de films de ciencia ficción clase B, se había convertido en un director de culto para los entendidos, y ese endiosamiento ya se había hecho global. Sin embargo, en realidad, el cineasta belga no pasaba de imitar con torpeza o con cinismo las producciones del género de los años cincuenta. Así pues, un adelantado, “el Antonioni del espacio exterior”.

   
                                                 
César Aira

 La admiración de los organizadores se transforma en asombro cuando lo ven bajarse del avión en compañía de su madre nonagenaria. Comienza el Festival, y desde el primer momento empiezan a tener lugar una serie de situaciones en las fronteras de lo absurdo y de lo lúdico, derivadas del hecho sorprendente que de que un ser casi centenario, casi sordo, casi ciego y con múltiples achaques y obsesiones asista a un festival de cine independiente, dominado por un ambiente  cool y juvenil. Y que además la nonagenaria, quejica, remilgada y refunfuñadora en grado sumo, decida ir siempre allí donde va su hijo.

   Una lectura simplista de la novela no iría más allá de alocado divertimento, pero la narración encierra un cúmulo de reflexiones que transcienden este conjunto de enredos y disparates. Así pues, es preciso leer Festival en clave alegórica, como una denuncia jocosa de la festivalización de la cultura. Las digresiones de Aira, preñadas de ironía sobre el cargado remolino de actividades de un festival de cine, con los estereotipos que lo frecuentan, la cultura de la imagen, los esnobismos, las formas sibilinas o directas de provocar el reconocimiento del público, los límites del fanatismo…convierten el relato de César Aira en un verdadero artefacto que etnografía con valencia brutal las contradicciones de las sensibilidades posmodernas. Nada más apropiado que el escalpelo de César Aira para destripar esa turbulencia de actividades, hoy transformadas en puro y simple festival. O al menos así llamadas.






miércoles, 9 de mayo de 2018

"DOBLE FONDO": EN EL INFIERNO DE LA DICTADURA ARGENTINA


Doble fondo
Elsa Osorio

Tusquets Editores, Barcelona, 2018, 382 páginas.



   

    Es un fenómeno universal, afecta a todos los países, pero lo viven sobre todo aquellos en los que las dictaduras han masacrado, torturado, asesinado a los supuestos disidentes. Cuando la memoria histórica, la verdad de los asesinatos, de los crímenes de lesa humanidad, quedan protegidos por un manto de impunidad, y las instancias judiciales no actúan debido a connivencias con los regímenes políticos o a oprobiosas amnistías, es la literatura la que, con piezas de ficción basadas en hechos reales, saca a la luz del día toda la basura de las cloacas, las torturas y asesinatos que acabaron con la vida de cientos o miles de víctimas. La escritora argentina Elsa Osorio (Buenos Aires, 1952) lo viene haciendo desde hace tiempo. En 1998 publicaba A veinte años, Luz, novela en la que tematizó uno de los asuntos más tenebrosos de la dictadura cívico militar de Argentina (1976-1983): la apropiación ilegal de los recién nacidos, arrancados a las mujeres presas para ser entregados a familias de militares. Esas situaciones terriblemente perversas las vuelve a tratar ahora en su última novela, Doble fondo, aunque con ciertas variantes sobre todo en la tonalidad, y centrándose en las relaciones que se establecieron entre torturadores y víctimas en los centros clandestinos de tortura de la dictadura militar -Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) sobre todo-  y las concesiones de los secuestrados para poder vivir ellos y sus hijos.

   Doble fondo echa a andar con el hallazgo del cuerpo de una mujer, Marie Le Boullec, quizás María Landáburu de soltera, respetable médica de origen argentino, que aparece ahogada y flotando en las playas de La Turballe del pueblo marinero francés de Saint-Nazaire. La autopsia revela que había caído o había sido arrojada desde mucha altura, anestesiada y con fracturas en varias partes de su cuerpo debido al impacto con el agua. El comisario que lleva el caso le señala a Muriel, la reportera del periódico local, las similitudes de esta muerte con los asesinatos en serie ocurridos en los años 70 en Argentina: hombres y mujeres anestesiados y arrojados vivos al río y al mar desde aviones. Muriel y su pequeño equipo serán los encargados de investigar el caso.

   Y a partir de aquí se despliegan los hilos narrativos que le dan forma y contenido a la novela: las investigaciones de la periodista para hallar al asesino en una suerte de policial negro. En forma alterna y paralela y cruzándose al final de la novela, y con retrocesos a 1978, el relato, salpicado de fragmentos que Juana Alurralde, militante de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, secuestrada y detenida en el ESMA junto con su hijo Matías de tres años, le escribe a este contándole su historia y personal calvario en los abismos del centro de detención y tortura, su viaje a París como obligada amante del victimario y torturador Raúl Radías, alias el Rulo, mano derecha del almirante Massera, para infiltrarse entre los exiliados argentinos, formando parte del Centro Piloto París, para averiguar qué está tramando el COBA, la subversión internacional para boicotear el mundial de futbol Argentina 1978. Fingirá amar a un torturador para conseguir la libertad de su hijo secuestrado con ella: “…supo que había que agarrarse a ese hombre como a una tabla en medio del océanos” (página 32), pero sintiéndose igualmente prisionera del ESMA.

   Las investigaciones que en Francia realiza Muriel le hacen pensar que la doctora Le Boullec no es quien decía ser y que su muerte, anestesiada con pentotal, es la muerte en diferido a la que hubiera sido sometida en la Argentina de la dictadura, como ya había ocurrido con los asesinatos de exiliados argentinos en París a manos de infiltrados de la dictadura como Astiz, el Ángel Rubio o Ángel de la Muerte. Juana llegará a degradarse con Raúl Radías con tal de que su hijo, al que no le permiten ver, se encuentre bien. Pero en el fondo detesta a su amante-torturador, igual que al almirante Massera. Se negará a darle un hijo, le produce náuseas solo pensar que puede llevar en su vientre un hijo de ese canalla. Pero, al mismo tiempo reconoce que es una suerte contar con su protección en el infierno de profesionales del odio, de la tortura y de la muerte.

   A comienzos de la democracia, en 1983, se pierden las pistas de Juana: ¿La mataron los Montonero, sus antiguos correligionarios  que la consideraban la mina de un mafioso y una traidora? ¿Fue la Marina? ¿Radías? Del desenlace, lo único que revelaré es que Juana Alurralde no se suicidó, la mataron; y Muriel y su equipo cree saber quién es el asesino.

   La novela, en una óptica caleidoscópica,  nos permite conocer las distintas versiones de un mismo hecho. En su estructura se aúnan tres grandes hilos narrativos: la investigación judicial y periodística en torno a la mujer muerta en La Turballe, la historia de Juana Alurralde y finalmente fragmentos de sus cartas a su hijo. En la narración cobran presencia el testimonio directo de las víctimas, la necesidad insoslayable, por encima de leyes de amnistía o de punto final, de que las atrocidades salgan a la luz y se haga justicia. Todo ello basado en testimonios de supervivientes de la barbarie dictatorial. También afloran descripciones del dolor y sobre todo del terror, a través de personas que fueron torturadas por una represión en la que cualquiera podía desaparecer porque se había convertido en una represión mafiosa, en un gran negocio, en connivencia con la logia masónica Propaganda Due. Así fue secuestrada y ejecutada por ejemplo la diplomática Elena Holmberg, prima del general Lanusse porque sabía demasiado e interfirió en los turbios negocios.

   Doble fondo es a la vez una novela detectivesca y un documento histórico en el que escuchamos las voces de los supervivientes del abismo de la dictadura argentina. Y un arma de lucha -así lo entiende Elsa Osorio- para descubrir la verdad, la memoria histórica y hacer justicia pese a las inicuas amnistías como las que se produjeron en Argentina -posteriormente derogadas- y en otros países.

   Una atmósfera de thriller negro, narrada con cierta liviandad, sin hacer demasiado hincapié en la épica de las víctimas y en la crueldad de los victimarios. Con habilidad, Elsa Osorio convoca en su novela a personajes contradictorios: un torturador que amenaza a una mujer a la que amenaza con los vuelos de la muerte y al mismo tiempo está loco de amor por ella, se quiere casar y tener hijos. Y una mujer que vive una situación terrible, pero quiere salvar a su hijo e informarse para un día poder denunciar y se aviene a ser la “amante” del torturador.









Elsa Osorio

Fragmentos



“En casa, en la cama, me tapé con el acolchado aunque no hacía frío, pero las palabras del tal Alfredo Scillingo, el marinero arrepentido, me produjeron escalofríos. Él no era un oficial de inteligencia, ni uno de esos temibles torturadores, cumplía funciones de mantenimiento en la ESMA, la Escuela de Mecánica de la Armada, un campo de detención clandestino donde torturaron y mataron a miles de personas. El jefe de la Armada, Emilio Massera, no quería que ningún marino saliera de allí con las manos limpias. Así Scillingo, como todos los otros, participó en dos vuelos de la muerte. En el primero, un Skyvan de Prefectura, tiraron a trece personas al mar, y en el segundo, un Electra, tiraron a diecisiete. En el último vuelo, se asustó porque se resbaló y casi se cae.”



…..



“Juana olió los aviones y los compañeros andes de que el Rulo se lo contara. Esa noche le dijo que, cuando los traslados, no los llevaban aun campo, sino a un avión. El Rulo lo sabía pero nunca había ido; esa noche el Cero se lo ordenó, todos tienen que ir. Él pidió pilotear, es lo suyo, pero no, debía estar dentro del avión, con los prisioneros. Vio cómo los tiraban al río, él mismo tiró algunos, a Silvia, y levantó los brazos como si estuviera sosteniendo a Silvia y la dejara caer. Temblaba y sudaba. Juana supo lo que era ese olor ácido repugnante, el olor del horror de Silvia y de otros compañeros que ya no vería más.

El teniente de novio Raúl Radías, piloto naval, alias el Rulo, le dijo que esa noche sólo necesitaba abrazarla, tranquilizarse, y ella se dejó abrazar con esos brazos que sostuvieron a Silvia antes de dejarla caer, pero Juana se fue de su cuerpo a otro lado, como había hecho cuando la torturaban, y cerró la nariz, y en cuanto escuchó la respiración fuerte del Rulo, se deshizo del abrazo, se sentó enfrente.”



…..



“Se sirve un whisky aunque es la una de la tarde. Llama una vez más a Manuel, le parece que su voz está diferente: ya va a llegar, no te preocupes. Raúl Radías mira la cama del hotel, a los dos les había impresionado cuando llegaron, ¡cama de reyes!, si la Flaca no vuelve…no quiere ni pensarlo. Una aguja eléctrica se clava en su estómago, lo va recorriendo, como él recorrió de electricidad el cuerpo de Juana. No puede vivir sin ella, ahora no es la carrera, aunque también, es ella, su cuerpo tibio, su sonrisa y esos ojos, siempre tristes, sus tetas, su voz, su culo, sus piernas, su concha, esa cocha donde él se zambulle y se pierde y se cura de todo mal, esa cocha que lo perdona de las cosas duras que debe hacer en este momento histórico. Esa mujer lo redime. Pero esa mujer lo enloquece, lo pone fuera de sí, que vuelva por favor, que vuelva. Suena el teléfono.”



(Elsa Osorio, Doble fondo, páginas 26, 119, 139)

sábado, 5 de mayo de 2018

TERROR EN MARES ABISALES


Los botes del Glen Carrig

William Hope Hodgson

Editorial Valdemar, Madrid, 288 páginas

(Libros de siempre)



   

   Marginado al ostracismo durante muchos años, William Hope Hodgson (1877-1918), es sin embargo una de las cumbres de la narrativa de terror marino. Un escritor de aliento profundo, sin límites, capaz de saciar el espíritu aventurero de cualquier lector que disfrute con la narrativa asentada en el llamado terror sobrenatural. Fue sin duda uno de los creadores del terror cósmico que posteriormente desarrollarían H. P. Lovecraft y su círculo. Se suele decir que Lovecraft tuvo muchos discípulos, pero un único maestro: William Hope Hodgson al que consideró que pocos le podrían igualar en la representación de una humanidad asediada por formas innombrables y entidades monstruosas. Hope Hodgson forma parte, por consiguiente, de esa literatura marinera que se inicia con el famoso retorno de los héroes aqueos tras haber saqueado Troya contado por Homero, y que continúa, en tiempos más cercanos con la novelística simbólica y metafísica de Hermann Melville y Joseph Conrad. El viaje en la nave como viaje del alma en los barcos del destino, de la muerte o de la visión salvífica es por lo tanto un tema tan antiguo como el mismo mundo.

   William Hope Hodgson forma parte de pleno derecho de la familia de los narradores de raza. Nace en Blackburn (Inglaterra en 1877). En contra de la voluntad de sus padres, decide embarcarse a los catorce años, como Melville, como Conrad o como otros muchos jóvenes ingleses y americanos prisioneros de la sed de exploración de lo desconocido. Fruto de esas experiencias en los mares de medio mundo es su Trilogía del Abismo (Los botes del Glen Carrig, La casa en el confín de la tierra y Los piratas fantasmas).

   Los botes del Glen Carrig fue la primera novela que escribió Williann Hope Hodgson, aunque sería una de las últimas en ser publicada (1907). La novela narra en primera persona y por boca de uno de los marineros, las terribles aventuras y hechos sorprendentes en los que se ven envueltos los tripulantes del buque del mismo nombre, náufragos a la deriva en dos botes. Esos dos botes surcan el mar en medio de una gran tormenta. A lo lejos, una isla, promesa de salvación o fuente de nuevos horrores. Los náufragos se introducen en una especie de estuario-laguna, y circunvalan las extrañas costas de la isla, donde crece una vegetación exótica  y desconocida, formada por árboles achaparrados y malsanos. La noche se ve invadida por extraños quejidos  que provocan el terror en los marineros. Más tarde, hallan en una ensenada una nave abandonada. Pero por la noche vuelven a escuchar un grito distante y prolongado que los deja atormentados. Es el peligro, representado para ellos por la Cosa, paradigma del ser maligno. Prosiguen el viaje a la deriva, enfrentándose con temporales, mares de sargazos, monstruos marinos, pulpos gigantes… una verdadera caterva de seres demoníacos llegados de los abismos, y muchos más  aterrorizadores que los que habitan los íncubos más angustiosos.

   El océano se transforma así en la platea de esta increíble aventura en la que los protagonistas afrontan peligros y fatigas en una lucha desesperada contra fuerzas oscuras y ancestrales que generan visiones espantosas, reflejos de los abismos más tenebrosos de la psicología humana.

   William Hope  Hdgson, con una escritura imaginaria muy incitante, crea con gran habilidad una atmósfera de suspense que involucra al lector en una historia apasionante y envolvente. Los botes del Glen Carrig está considerada como un clásico de la literatura fantástica del mar. Las peripecias de los náufragos de Hope Hodgson se transforman en una verdadera peregrinación al lado más obscuro  y ancestral de la mente humana. De esa forma, el mar de Hope Hodgson es en realidad una fiel e inteligente representación del inconsciente colectivo y un paso imprescindible para entender el origen de muchos elementos y formas de terror que serán desarrollados por la literatura a lo largo del pasado siglo.

   Un estilo directo, alternando con algunas digresiones eruditas de naturaleza náutica, y no tan recargados como opinaba Lovecrfat, le sirven de vestimenta a este libro que amalgama aventura y terror n los escenarios de los mares del Sur.









William Hope Hodgson

Fragmentos




"El contramaestre se puso a la cabeza de un grupo y dejó al marinero de mayor graduación al mando del otro, ordenando a todos que tuvieran sus armas a mano. Luego se encaminó a las rocas que rodeaban la base de la colina más cercana, enviando a los demás a la otra; en cada grupo portábamos un barrilete colgando entre dos juncos recios, para echar directamente en su interior la más mínima cantidad de agua que encontráramos antes de que ésta se evaporara en el aire caliente; y para extraer el agua llevábamos unos cazos de latón y uno de los cubos que usábamos para achicar el bote.
Al cabo de un rato, y después de trepar bastante por entre las rocas, encontramos un charco de agua muy dulce y fresca, de donde sacamos casi quince litros antes de que se secara; después de ése hallamos otros cinco o seis más, aunque ninguno tan grande. Sin embargo, no nos pareció insuficiente, pues casi habíamos llenado el barrilete, así que emprendimos el camino de regreso al campamento, preguntándonos cómo le habría ido al otro grupo.
Cuando llegamos al campamento descubrimos que los demás habían llegado antes y parecían muy satisfechos, de manera que no hizo falta preguntarles si habían conseguido llenar el barrilete. Al vernos corrieron a nuestro encuentro para informarnos de que habían encontrado una gran reserva de agua dulce en un profundo hueco cerca de la mitad de la ladera de la colina más lejana, y al oír las nuevas el contramaestre nos indicó que dejáramos nuestro barrilete y fuéramos todos a la colina para poder examinar en persona si esta noticia era tan buena como parecía.
Poco después, guiados por el otro grupo, llegamos a la parte de atrás de la colina y descubrimos que la subida hasta la cima no era complicada, con muchos salientes y grietas, de manera que era casi tan fácil subir por allí como por una escalera. Después de escalar unos veinticinco o treinta metros, llegamos al sitio donde estaba el agua y comprobamos que nuestros compañeros no habían exagerado, ya que el charco tenía casi seis metros de largo por cuatro de ancho, y era tan transparente como si de un manantial se tratase; sin embargo, tenía una profundidad considerable, como comprobamos metiendo una lanza. "



…..

“El país de la soledad
Hacía cinco días que estábamos en los botes, y en todo ese tiempo no habíamos descubierto tierra. Pero en la mañana del sexto día, el contramaestre, que capitaneaba la lancha salvavidas, lanzó un grito: lejos, por babor, hacia proa, había algo; pero apenas asomaba en el horizonte, y nadie pudo asegurar si era tierra o simplemente una nube matinal. Sin embargo, como la esperanza empezaba a nacer en nuestros pechos, avanzamos fatigosamente hacia aquel sitio, y alrededor de una hora después descubrimos que sí era la costa de algún país llano.
Luego, poco después del mediodía, estábamos ya tan cerca que podíamos distinguir con facilidad qué clase de tierra había más allá de la costa, y descubrimos así que era de una abominable chatura, más desolada de lo que yo hubiese imaginado jamás. Aquí y allá parecía cubierta por retazos de una extraña vegetación, aunque yo no podría decir si aquellos eran árboles o arbustos grandes; pero si de algo estoy seguro es de que no se parecían a nada que yo hubiese visto jamás.
Deduje todo eso mientras nos movíamos con lentitud siguiendo la costa, buscando una abertura por donde desembarcar; sin embargo, tardamos mucho en encontrar lo que buscábamos. Pero al fin apareció: una ensenada de orillas legamosas que resultó ser el estua-rio de un gran río, aunque nosotros lo llamá-
bamos siempre riachuelo. Entramos por él y avanzamos despacio remontando la sinuosa corriente, observando las orillas chatas a ambos lados, buscando algún sitio donde desembarcar; pero no encontramos ninguno: las orillas estaban formadas por un detestable barro que no nos alentaba a aventuramos en él imprudentemente.
Luego de recorrer poco más de una milla río arriba llegamos junto a las primeras plantas que yo había visto desde el mar, y ahora, separados de ellas por una distancia de pocos metros, podíamos estudiarlas mejor. Así descubrí que se trataba principalmente de una clase de árbol muy bajo y achaparrado, de un aspecto que se podría describir como malsano. Noté que eran las ramas lo que me había hecho confundir a esos árboles con un matorral, hasta que estuve cerca, porque eran unas ramas delgadas y lisas que pendían sobre la tierra, bajo el peso de un enorme fruto semejante a un repollo que parecía brotar de cada punta.”

(William Hope Hodgson, Los botes del Glen Carrig)

miércoles, 2 de mayo de 2018

LA DESOLADA HERMOSURA DE "LA BALADA DEL CAFÉ TRISTE"


La balada del café triste

Carson McCullers

Traducción de María Campuzano

Prólogo de Paulina Flores

Editorial Seix Barral, Barcelona, 2017, 168 páginas.

  



   
  Carson McCullers (Columbus, Georgia, 1917- Nyack, Nueva York 1967) forma parte del trío de mujeres escritoras americanas sureñas que crecieron como narradoras a la sombra de Faulkner, si bien no necesariamente bajo su influjo estilístico. Sin embargo, complementan la violencia faulkeriana con sus textos de tonalidad delicada y lentos abatimientos, concediéndole primacía al relato y a la nouvelle sobre la novela larga. La que alcanzó mayor fama de este trío (Eudora Wety, Flanert O’Conor y Carson McCullers) fue precisamente esta última, con piezas como The heart is a lonely hunter, The member of the wedding y, especialmente The ballad of te Sad Cafe (1951), traducida a numerosos idiomas y reeditada por Seix Barral en distintas ocasiones.

   La balada del café triste sumerge al lector en el Sur profundo de los Estados Unidos, en un microcosmos de villas aisladas, pobladas por personajes frustrados y marginados, pero en sus corazones, aunque ellos se hallen hundidos en climas de rechazo, racismo, pobreza…, siempre brota el amor en sus diversas manifestaciones, siendo el amante, no el amado, el que determina el crédito y la calidad de todo amor.

En el volumen que nos ofrece Seix Barral podemos leer la novela corta, La balada del café triste y otros relatos en los que la autora desarrolla los temas de la asimetría en las relaciones sentimentales, así como otros argumentos, tales como el fracaso, la injusticia social, o el alcoholismo y las crisis existenciales.

   Años después de haber escrito y publicada la novela, Carson McCullers reveló el origen de la misma: en una visita a un bar de Brooklyn, tuvo la oportunidad de ver a dos personas: una mujer grande y junto a ella a un chepudo. A las pocas semanas, esa visión comenzó a dar origen a la novela y a los distintos personajes que la pueblan: la figura de la señorita Amelia, una mujer morena, alta, con osamenta y musculatura masculina… Pudo ser una mujer hermosa, de no haber sido un poco bizca. Y de forma semejante entra en escena la figura del primo chepudo, Lymon Willis. Medía poco más de un metro veinte. Sus pequeñas piernas arqueadas parecían demasiado delgadas para soportar el peso de su largo pecho deforme y de la chepa que destacaba entre los hombros. Su cabeza era así mismo muy grande. El trío de personajes centrales se completa con Marvin Macy, un hombre extraño, miserable y violento que se había casado con la rica señorita Amelia, un matrimonio que solamente durará diez días.

   Y como complemento y contexto necesarios, el espacio, una atmósfera desolada. Una villa muy triste; excepto la fábrica de algodón, poco más tiene… si el viajante va por la calle principal una tarde de agosto no halla nada que hacer. Con estas mimbres, Carson McCullers crea un triángulo amoroso no correspondido y un desenlace despiadado e injusto. La protagonista central, la señorita Amelia, ocupa en la villa un lugar prominente. Es rica y posee la única destilería del lugar; sus vecinos la temen debido a que no perdona la más mínima deuda. Solamente el chepudo, el deforme primo Lymon, será capaz de abrir una pequeña rendija en el corazón de la señorita Amelia que lo acoge en la casa y se deja arrastrar por una pulsión incontrolable e irracional hacia el primo deforme. Una extraña relación amorosa, cuyo mando solamente está en manos del amante. La gente más insólita, se afirma en la novela, puede ser un estímulo para el amor.

   Y de esta manera comienza a funcionar el café en el almacén de la señorita Amelia, a la vez que los habitantes del lugar experimentan una profunda transformación. El nuevo café aligera su soledad y les permite comentar lo que acontece en la villa. Incluso la señorita Amelia se vuelve más sociable. Hasta que el ex marido de diez días sale de la cárcel, regresa a la pequeña población y con él llega la mala fortuna, y un desenlace triste y trágico que le da razón al título.

   Porque, en efecto, no hay nada alegre en este relato de Carson McCullers, mas si una gran habilidad de la autora para hacernos partícipes de las miserias del ser humano, de las locuras del amor cuando se convierte en pulsión irracional y da origen a una relación grotesca  entre el amante y el amado. Carson McCullers nos conduce por los vericuetos  de la historia con un ritmo lento, a la manera de una balada. Presenta a los personajes, les da voz, nos sumerge en el pasado y nos precipita en el futuro, habitado de nuevo por la soledad de una villa en la que no hay absolutamente nada que hacer, excepto pudrirse con el aburrimiento. Por eso mismo La balada del café triste, además de una fascinante inmersión en el Sur de la América profunda, es un perfecto modelo de relato circular puesto que concluye donde comienza.







 
Carson McCullers

Fragmentos



"Ante todo, el amor es una experiencia compartida por dos personas, pero esto no quiere decir que la experiencia sea la misma para las dos personas interesadas. Hay el amante y el amado, pero estos dos proceden de regiones distintas. Muchas veces la persona amada es sólo un estímulo para todo el amor dormido que se ha ido acumulando desde hace tiempo en el corazón del amante. Y de un modo u otro todo amante lo sabe. Siente en su alma que su amor es algo solitario. Conoce una nueva y extraña soledad, y este conocimiento le hace sufrir. Así que el amante apenas puede hacer una cosa: cobijar su amor en su corazón lo mejor posible; debe crearse un mundo interior completamente nuevo, un mundo intenso y extraño, completo en sí mismo. Y hay que añadir que este amante no tiene que ser necesariamente un joven que esté ahorrando para comprar un anillo de boda: este amante puede ser hombre, mujer, niño; en efecto, cualquier criatura humana sobre esta tierra. Pues bien, el amado también puede pertenecer a cualquier categoría. La persona más estrafalaria puede ser un estímulo para el amor. Un hombre puede ser un bisabuelo chocho y seguir amando a una muchacha desconocida que vio una tarde en las calles de Cheehaw dos décadas atrás. Un predicador puede amar a una mujer de la vida. El amado puede ser traicionero, astuto o tener malas costumbres. Sí, y el amante puede verlo tan claramente como los demás, pero sin que ello afecte en absoluto la evolución de su amor. La persona más mediocre puede ser objeto de un amor turbulento, extravagante y hermoso como los lirios venenosos de la ciénaga. Un buen hombre puede ser el estímulo para un amor violento y degradado, y un loco tartamudo puede despertar en el alma de alguien un cariño tierno y sencillo. Por lo tanto, el valor y la calidad del amor están determinados únicamente por el propio amante. Por este motivo, la mayoría de nosotros preferimos amar que ser amados. Casi todo el mundo quiere ser el amante. Y la verdad a secas es que de un modo profundamente secreto, la condición de ser amado es, para muchos, intolerable. El amado teme y odia al amante, y con toda la razón. Pues el amante está tratando continuamente de desnudar al amado. El amante implora cualquier posible relación con el amado, incluso si esta experiencia sólo puede causarle dolor.”



…..





“La bebida de la señorita Amelia tiene una cualidad especial. Se nota limpia y fuerte en la lengua, pero una vez dentro de uno irradia un calor agradable durante mucho tiempo. Y eso no es todo. Como es sabido, si se escribe un mensaje con jugo de limón en una hoja de papel, no quedan señas de él. Pero si se pone el papel un momento delante del fuego, las letras se vuelven marrones y se puede leer lo que contiene. Imaginen que el whisky es el fuego y que el mensaje es lo más recóndito del alma de un hombre: sólo así se comprende lo que vale la bebida de la señorita Amelia. Cosas que han pasado inadvertidas, pensamientos ocultos en la profunda oscuridad de la mente, de pronto son reconocidos y comprendidos. Un obrero textil que no piensa más que en telar, en la fresquera, en la cama y vuelta al telar; este obrero bebe unas copas el domingo y se tropieza con un lirio de la ciénaga. Y toma esta flor y la pone en la palma de su mano, examina el delicado cáliz de oro y de pronto le invade una dulzura tan intensa como un dolor. Y ese obrero levanta de pronto la mirada y ve por primera vez el frío y misterioso resplandor del cielo de una noche de enero, y un profundo terror ante su propia pequeñez le oprime el corazón. Cosas como éstas son las que ocurren cuando uno ha tomado la bebida de la señorita Amelia. Uno podrá sufrir o podrá consumirse de alegría, pero la experiencia le habrá mostrado la verdad; habrá calentado su alma y habrá visto el mensaje que se ocultaba en ella”



(Carson McCullers, La balada del café triste)