viernes, 4 de agosto de 2017

RETRATO DESPIADADO DEL GRAN SUEÑO AMERICANO



El Gran Gatsby
F. Scott Fitzgerald
Traducción y epílogo de  Justo Navarro Velilla
Editorial Anagrama, Barcelona, 2011 (Panorama de Narrativas), 2012 (Compactos)
(LIBROS DE FONDO)

   Francis  Scott Fitzgerald (1896-1940) es uno de los escritores más importantes y emblemáticos de la literatura norteamericana y el mejor cronista de toda una generación que nace, como él mismo escribió, para hallar muertos todos los dioses, terminadas todas las guerras y toda la fe en el ser humano sometida a una duda radical. Nadie como F. Scott Fitzgerald supo definir la llamada “era del jazz”, la prosperidad derivada de la primera Guerra Mundial; y diagnosticar con crudeza su fracaso, la traición que, con su ignorancia y materialismo, la llamada nueva clase, surgida del enriquecimiento fácil, acabaría por volatilizar todos los ideales del alegre sueño americano. Y supo además definir las coordenadas de ese sueño porque F. Scott Fitzgerald representa de forma modélica a aquella “Generación Perdida”, slogan que empleó Gertrude Stein para encuadrar a ciertos compatriotas suyos más jóvenes y osados que ella, que vivían y, sobre todo, bebían bajo los alientos voluptuosos de los felices años veinte.
   En efecto, el autor de El Gran Gatsby representa muchos más que ningún otro escritor, al modelo del perdedor de la época; un hombre a quien sus escritos, y de forma especial sus relatos, hacen famoso de la noche a la mañana y que finiquita sus días, a comienzos de la década de los cuarenta, alcoholizado, sin dinero, su contorno privado de amor y olvidado por el público norteamericano.
   La genialidad de Scott Fitzgerald consistió justamente en convertir todo esto en un tema artístico; en presentar literalmente al dinero en toda su materialidad, algo voluptuoso y volátil, símbolo de un ideal que es al mismo tiempo tan frágil y efímero como el placer.
   El Gran Gatsby forma parte de aquella literatura que hace de la sátira social y del reflejo de la decadencia y de la corrupción de una sociedad su tema central. Una novela que trata de amores nunca logrados, de la muerte, de fiestas disparatadas, de ideales románticos. Y contiene el retrato despiadado e implacable de la sociedad americana en los años posteriores a la primera Gran Guerra, en los que surgen, como clase social, los nuevos ricos, sin que los pobres hayan dejado de serlo.
   Jay Gatsby, el protagonista de la novela, es el prototipo de esta nueva clase social, amoral e independiente, que desvaría por triunfar sea como sea y que finalmente será destruida por aquellos a los que intenta imitar. Sin embargo, Nic Carraway, narrador de la historia, un ser con especiales cualidades para captar la falsedad y la dureza del sistema clasista americano y el fracaso de su sueño, acaba por rendirse delante del incuestionable hechizo de Gatsby. Su aura romántica hace que el personaje no pertenezca por entero al grupo de los ricos de origen, una clase sin moral y sin posibilidades de redención. De hecho, en Gatsby la necesidad de hacerse rico no tiene otro origen y finalidad que los de conseguir el amor de Daisy.
   En el fondo, F. Scott Fitzgerald es heredero de la idea romántica de que la verdad es hermosura, pero también de que es necesario vivir la vida al instante, puesto que nada mortal es eterno. Así pues, sobre la novela planea un cierto aire de tragedia griega. Personajes como Jay Gatsby, con su indomable capacidad de amar a Daisy, la joven que tiene la voz rebosante de dinero, nos recuerdan a los grandes héroes trágicos clásicos que, cuando se aproximan a la meta, esta desaparece en el horizonte.
   El Gran Gatsby fue publicada en 1925, pero no logró el éxito popular de los relatos breves del autor, ni tampoco el de sus primeras novelas (A este lado del paraíso, 1920, Hermosos y malditos, 1922). No obstante, los críticos más exigentes escribieron que era una de las obras de la literatura más notables de la literatura escrita en lengua inglesa. Una categoría que queda demostrada al comprobar los magistrales enfoques narrativos; la complejidad de la voz narradora, a la vez observador y participante en el destino del protagonista; los diálogos perfectos; las descripciones incomparables; la luz del embarcadero de Daisy en Long Island que Jay Gatsby custodia en el verano y que, desde entonces, se convirtió en la gran metáfora de las ilusiones y de los sueños inalcanzables.

Francisco Martínez Bouzas

                                                 
F. Scott Fitzgerald

Fragmentos

“A medio camino entre West Egg y Nueva York la carretera confluye de pronto con la línea del ferrocarril y corre a su lado cerca de cuatrocientos metros, como si quisiera evitar cierta extensión de tierra desolada. Es un valle de cenizas: una granja fantástica donde las cenizas crecen como el trigo hasta convertirse en cordilleras, colinas y jardines grotescos, donde las cenizas toman la forma de casas y chimeneas y humo y, por fin, en un esfuerzo trascendental, de hombres de ceniza que se agitan como sombras y se deshacen en el aire polvoriento. De vez en cuando una fila de vagones grises se arrastra por una vía invisible, se estremece en un crujido espectral y se detiene, e inmediatamente los hombres de ceniza salen como un enjambre con palas que parecen de plomo y levantan una nube impenetrable que nos oculta sus misteriosas operaciones.
Pero sobre la tierra gris y las ráfagas de polvo inhóspito que soplan incesantemente sobre ella, se distinguen, al cabo de un momento, los ojos del doctor T. J. Eckleburg. Los ojos del doctor T. J. Eckleburg son azules y gigantes: sus pupilas casi alcanzan un metro de altura. No miran desde una cara, sino desde unas enormes gafas amarillas que se apoyan en una nariz inexistente. Algún oculista insensato y bromista los debió de poner ahí para aumentar su clientela en la zona de Queens, y luego se hundió en la ceguera eterna, o los olvidó y se fue a otra parte. Pero sus ojos, algo deslucidos por los muchos días expuestos a la lluvia y al sol sin recibir jamás una mano de pintura, siguen meditando tristemente sobre el solemne vertedero.
Un riachuelo sucio limita el valle de cenizas por uno de sus flancos,  y, cuando el puente levadizo se alza para que pasen las barcazas, los pasajeros de los trenes pueden quedarse media hora contemplando el lúgubre lugar mientras esperan. Es inevitable detenerse allí, aunque sea un momento, y precisamente por eso conocí a la amante de Tom Buchanan.”

…..

“Abrimos al azar una puerta que parecía importante y entramos en una biblioteca gótica, de techos altos y paredes recubiertas de roble inglés tallado, probablemente transportada completa desde alguna ruina de ultramar.
Un individuo corpulento, de mediana edad, con gafas enormes y ojos de búho, algo borracho, se sentaba en el filo de una mesa grande y, titubeante, se concentraba en mirar los anaqueles de libros. Cuando entramos, giró sobre sí mismo, nervioso, y examinó a Jordan de pies a cabeza.
-¿Qué les parece? -preguntó con verdadero ímpetu.
-¿Qué?
Señaló hacia los libros con la mano.
-Eso. Y no tienen que molestarse en comprobarlo. Lo he comprobado yo. Son de verdad.
-¿los libros?
Asintió.
-Absolutamente de verdad: tienen páginas y todas esas cosas. Pensé que serían de cartón hueco, resistente. Pero son absolutamente de verdad. Páginas y… Fíjense, déjenme que se lo demuestre.
Dando por sentado nuestro escepticismo, se precipitó hacia los estantes y volvió con el primer volumen de las Conferencias de Stoddard.
-¡Miren! -exclamó triunfalmente-. Es una pieza auténtica de material impreso. Había conseguido engañarme. Este tipo es un verdadero Belasco. ¡Qué triunfo! ¡Qué meticulosidad! Y también supo dónde pararse: las páginas están sin cortar, sin abrir. ¿Pero qué esperaban ustedes? ¿Qué querían?
Me arrebató el libro y lo devolvió corriendo a su estante, murmurando que si quitáramos un ladrillo toda la biblioteca podría venirse abajo.
-¿Quién les ha traído? -preguntó-. ¿O ustedes han venido por su cuenta? A mí me han traído. A casi todo el mundo lo traen.
Jordan lo miraba muy atenta, feliz, sin responder.
-A mí me ha traído una mujer que se llama Roosevelt –continuó-. La señora Claud Roosevelt. ¿No la conocen? Yo la conocí anoche, no sé dónde. Llevo casi una semana borracho, y pensé que sentarme un rato en una biblioteca a lo mejor me despejaba.
-¿Ha funcionado?
-Un poco, sí, creo. Todavía es pronto para decirlo. Sólo llevo aquí una hora. ¿Les he dicho lo de los libros? Son de verdad. Son…
-Nos lo ha dicho.
Le estrechamos la mano solemnemente y salimos.”

(F. Scott Fitzgerald, El Gran Gatsby)

miércoles, 2 de agosto de 2017

LOS "BUENOS PASOS" DE MALPASO EDICIONES



   Considero que una de las formas más apropiadas de iniciar, desde la lectura de buena  literatura, el mes por excelencia vacacional, al menos en el hemisferio norte, puede ser dar cuenta, por el momento con una óptica exclusivamente informativa, de tres novedades de un sello editorial que surgió empujado por los vientos de la crisis. Me refiero a Malpaso Ediciones, una editorial tan independiente como innovadora que por si sola merece que se le preste atención. Una aventura delirante, como reconocen desde este sello editor que inició su andadura en octubre de 2013, bajo el impulso de Malcolm Otero Barral, un verdadero trotamundos de la industria del libro que lleva en la sangre los genes aventureros de su abuelo Carlos Barral, y que con Julián Viñuales, editor igualmente con mucha experiencia y galones, iniciaron esta aventura nacida con ganas, ilusión y, sobre todo, con un catálogo de buenos títulos. En la editorial surgida, como digo, en tiempos difíciles sostienen que las crisis son oportunidades para innovar, aprender, crecer y dar también un mal paso o los que se precisen, huyendo siempre de la grandilocuencia.
   Con un proyecto muy original, los libros de Malpaso Ediciones están llegando a un amplio espectro de libreros y lectores. El mal paso firme que están dispuestos a dar, echó sus raíces en Barcelona, pero paulatinamente van extender sus ramas por México, Buenos Aires, Nueva York, por el momento porque el amplísimo equipo editorial de Malpaso está formado por mujeres y hombres todavía muy jóvenes, no carentes sin embargo de experiencia, de los que cabe esperar que expandan los “buenos pasos” de Malpaso por medio planeta.
   Con un decálogo preciso y original (Malpaso no quiere ser uno más, cree en la literatura de excelencia y en el ensayo comprometido, acepta múltiples tendencias y gustos pero la calidad es cualidad indispensable para todos sus libros…) Malpaso Ediciones ha lanzado hasta ahora cinco colecciones:
Ficción: con la edición por ejemplo de los Cuentos completos de E.L. Doctorow, uno de los grandes de la narrativa contemporánea norteamericana. O la recuperación de una novela perdida, Rumbo al Mar Blanco de Malcolm Lowry, el autor de Bajo el volcán, edición programada para finales de este mes.
No ficción: colección en la que destaco La verdadera vida de Alain Badiou; Panóptico de Hans Magnus Enzensberger o las Memorias de Roman Polanski.
Música: memorias y ensayos de o sobre grandes iconos musicales.
El hombre del TR35: una colección que está colocando en las manos lectoras ensayos que explican el mundo en el que vivimos.
Malpasito: colección que ofrece grandes libros para pequeños lectores.
   Malpaso le brinda a los lectores de forma gratuita la posibilidad de hacerse miembros del Club Malpaso que nos permite una lectura privilegiada de fragmentos de libros a punto de ser lanzados, o descargar extractos de obras ya publicadas.
   Y a continuación, las sinopsis de los tres libros que han llegado a mis manos por cortesía de José Montfort, responsable de prensa de este equipo de “locochones y chingones” que con todas las de la ley están dando “un mal paso firme”. En fechas próximas ofreceré mi valoración crítica personal.

Francisco Martínez Bouzas

 
Tratado de la infidelidad
Julian Herbert
León Plascencia Ňol
Malpaso Ediciones, Barcelona, 2017, 119 páginas.

Sinópsis:
    
   Los relatos incluidos en Tratado de la infidelidad están cargados de imágenes de una potencia turbadora, con escenas de sexo crudo y de deseo sutil, de vida y de muerte, con personajes sórdidos y extraños y otros presuntamente normales pero que siempre parecen eludir la felicidad convencional
Los autores de Tratado de la infidelidad eluden cargar las tintas en la culpa o el remordimiento y desmenuzan el conflicto desde sentimientos complejos, como la lealtad con uno mismo o el deseo ingobernable, de unos personajes que nos hablan desde el tormento o desde un prisma lúdico, pero siempre con acidez y con dosis ingentes de humor negro, negro azabache.
Un libro que nos hace testigos de la más afilada y descarnada intimidad de sus personajes que van desde parejas con furor amatorio, ninfómanas, músicos que buscan prostitutas hasta friquis de La guerra de las galaxias. Como dice Sofía Ramírez en Cuadrivío «Tratado sobre la infidelidad busca provocar a las buenas conciencias» y, efectivamente, la lectura de estos relatos nos coloca constantemente frente a los conflictos morales de los protagonistas que, en el fondo, que no dejan de ser los nuestros.

Los autores:
    
   Julián Herbert: nació en Acapulco en 1971. Es un artista polifacético, autor de los libros de poemas El nombre de esta casa (1999), La resistencia (2003), Kubla Khan (2005) y Pastilla camaleón (2009); del libro de cuentos Cocaína (manual de usuario) (2006); de las novelas Canción de tumba (2011) y La casa del dolor ajeno (2015) y del volumen de ensayos Caníbal. Apuntes sobre poesía mexicana reciente (2010). Es coautor de colecciones de relatos y compilaciones, fundador de un colectivo de arte interdisciplinario, videopoeta, performer de electropoesía… también ha sido miembro de dos bandas de rock.
   León Plasencia  Ňol (Jalisco, 1968) es poeta, narrador, editor y artista visual. Entre otras ha publicado las obras El árbol la orilla (2003), Apuntes de un anatomista de ciudades (2006), Revólver rojo (2011), Lenguaje privado  (2024). Y junto con Rocío Cerón y Julián Herbert, editó la antología El decir y el vértigo: panorama de la poesía hispanoamericana reciente (1965-1979) (2005). Ha sido galardonado con el Premio Álvaro Mutis (1996), el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen (2005) y el Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez (2008). En la actualidad dirige la editorial Filodecaballos; ha sido director así mismo de las revistas Parque Nandino y La Zona, y colabora asiduamente con periódicos y revistas de España, Estados Unidos y de distintas ciudades de Latinoamerica.

 
Un mundo infiel
Julián Herbert
Malpaso Ediciones, Barcelona, 2016, 156 páginas.

Sinópsis:
    
   La escritura áspera y hermosa de Julián Herbert nos lleva de lo salvaje a lo poético. Un mundo infiel es una novela desgarrada que transita por atmósferas sórdidas de perros callejeros, sexo, tragos, drogas y miseria moral. Es también un prodigio literario que combina crudeza con lirismo para llevarnos de viaje por una noche delirante en compañía de unos personajes que, como afluentes, van alimentando el torrente en el que navegan, casi siempre a la deriva.
   Hay páginas de este texto, norteño y fronterizo, que cortan como bisturís, y otras que abren el mundo interior, incluso el onírico, de unos personajes de complejas motivaciones que permanecerán mucho tiempo en nuestra cabeza sin dejar de incomodarnos.
   Un mundo infiel inició el mundo narrativo de Julián Herbert y lo situó, de golpe, entre los narradores mexicanos más importantes de su generación. El autor ha reescrito esta gran historia de historias para Malpaso.

El autor: (Remito a lo escrito en el libro anterior)


Los días de la peste
Edmundo Paz Soldán
Malpaso Ediciones, Barcelona, 2017, 325 páginas.

Sinópsis:
   
  La Casona es mucho más que una cárcel: es un microcosmos donde cada uno de los individuos que lo componen, desde el gobernador de la prisión hasta su mujer, pasando por los presos y los guardias, aceptan su suerte con resignación.
   La religión como salvación, el culto prohibido que todos profesan a una diosa vengativa que pretende destruir el mundo, y la peste, que matará por igual a ricos y pobres, une a estos personajes dispares de un rincón recóndito del mundo.
   En Los días de la peste, una virtuosa novela coral, el autor nos sumerge magistralmente en una prisión narrativa, rompiendo con la manera de narrar clásica y se consagra cómo una de las voces más singulares de la actual narrativa latinoamericana.

El autor:
    
Edmundo Paz-Soldan - Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) es escritor, profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Cornell y columnista en medios como El País, The New York Times o Time. Se convirtió en uno de los autores más representativos de la generación latinoamericana de los 90 conocida como «McOndo» gracias al éxito de Días de papel, su primera novela, con la que ganó el premio Erich Guttentag. Sus obras han sido traducidas a ocho idiomas y ha recibido galardones tan prestigiosos como el Juan Rulfo de cuento (1997) o el Naciones de Novela de Bolivia (2002).

domingo, 30 de julio de 2017

UN ASESINO DISECCIONA LAS FALSAS IDENTIDADES



Apoteosis de las perchas

Xesús Constela

Traducción de Belén Poutón

Pulp Books (sello de Rinoceronte Editora), Cangas do Morrazo, 2017, 98 páginas.



    
   
   Ya en As humanas proporcións, la colectánea de relatos ganadora del Premio de Narrativa Torrente  Ballester  en el año 2003,  Xesús Constela le ofrecía al lector un relato, “Algorítmos”, subtitulado “Divertimento alfanumérico”. Otro “divertimento”, esta vez “napolitano”, es el que aprovecha el autor para encuadrar la trama de esta breve novela. El término “divertimento” se suele aplicar en literatura a los microrrelatos o a una serie de textos, de diversa naturaleza, en los que la brevedad, la ironía y el humor navegan a sus anchas. En efecto, en Apoteosis de las perchas, cobran una cierta primacía, si bien sin excluir otras dimensiones, la del thriller por ejemplo, situaciones y tonalidades aparentemente humorísticas y absurdas que a veces llegan al esperpento.

   Apoteosis de las perchas es una novela corta cuyo principal protagonista, Tommaso Bonnano,  cuenta la historia del mendigo Tommaso Bonnano que arrastra su existencia por los barrios napolitanos. Los vecinos lo consideran inofensivo; jamás había intentado hacerle mal a nadie. Pero un buen día, le propina una descomunal paliza a un desconocido. Los carabinieri  le esposan sin que oponga resistencia y, en el interrogatorio, desmiente que esté muerto como pensaban los agentes, porque “desaparecer y estar muerto son cosas muy distintas” (página 18). Bajo otra identidad, la de Ernesto Basile, había trabajado un  lujoso crucero del que había desaparecido sin dejar rastro, instalándose en Via dei Tribunale, donde vive a cuerpo de rey debido al buen trato que le proporcionan los vecinos. En un interrogatorio, en el que es él quien lleva la batuta y el ritmo, descubre su pasado a bordo del Spirit of the Seas en el que realiza diversos trabajos hasta llegar a ser camarero del salón de primera clase. Su máxima  callar, observar y obedecer le había permitido alcanzar ese puesto. En primera clase, se impone sobre otros olores, el del dinero.

   En una de las travesías, en marzo de 2009, descubre las “odiosas perchas”: los nuevos ricos, míseras perchas sin otra substancia que el vacio material que sostiene lujosos vestidos y joyas. Tommaso parece poseer un sexto sentido para descubrir esas falsas apariencias, las dobles identidades (“patatas que quieren parecer piñas”), de las que se venga: en un primer momento con laxantes, detergentes y escupitajos como especial aderezo para los cócteles que prepara.

   Sobresalen por encima de las demás cuatro perchas que lo que quieren es estar juntas; maniobran para tener sexo hasta desplegar la gran apoteosis triunfal: la ceremonia que, rememorando a los antiguos romanos, las consagre al nivel de los dioses o héroes del dinero.

   En ese mismo viaje, unos operarios descubren en el barco los cadáveres de cuatro pasajeros. Y que un camarero, Tommaso Bonnano, alias Ernesto Basile, se encuentra en paradero desconocido. Los asesinatos y su desaparición lo convierten en sospechoso ante los ojos de los carabinieri. Mas la narración, en un giro radical, descubre que las apariencias engañan y, desde ese momento, adquiere el marchamo de un thriller cuyo desenlace descubre el lector en las páginas finales.

   Xesús Constela ofrece al lector una historia sencilla con un final imprevisto que logra las metas propias del divertimento: recrear mediante una trama sin grandes complejidades pero que, con humor e ironía, descubre y deshilvana las falsas identidades, la hipocresía social, las engañosas y ostentosas apariencias. Y lo hace mediante la confesión de un tipo que se escapa de la casa familiar siciliana porque no soporta, ni el olor ni las escamas, ni las tripas del pescado. Inventa un nombre con el que cruza Italia y acaba como camarero en el salón más lujoso de un barco de crucero. Desde esa atalaya privilegiada, clasifica a los personajes como personas de verdad o como perchas. Crítica despiadada, en definitiva, de las aparentes identidades, del barniz que puede proporcionar el dinero, pero también de los cruceros de lujo, de la explotación laboral de los empleados que en ellos trabajan, de los salarios en negro… Todo ello dosificando el autor la confesión del protagonista que rompe los esquemas y las premisas de la policía. Al lector le resta la satisfacción de descubrir que el camarero y el mafioso asesino coinciden en la descripción de las perchas.



Francisco Martínez Bouzas



                                                 
Xesús Constela


Fragmentos



“Fue el frutero, don Giusseppe Montanari, quien, nervioso a más no poder, llamó por teléfono a los carabinieri. Vengan rápido, por favor. Nunca he visto una desgracia tan grande. Un mendigo que lleva varios meses viviendo en el soportal junto a mi negocio, aquí en Via dei Tribunali, acaba de darle una paliza monumental a un hombre. (…) Sí. Está tumbado en la calle en medio de un charco de sangre enorme. (…) No, por supuesto que no. (…) Nadie se ha atrevido a tocarle, lo único que hicimos fue alejarlo del mendigo. No tuvimos tiempo de hacer nada. ¡Vengan pronto, por lo que más quieran! (…) No les puedo contar mucho más, porque no vi lo que pasó, que estaba descargando unas cajas de fruta que había traído en la furgoneta cuando escuché los gritos de mi señora llamando por mí. ¡Giusseppe!, ¡Giusseppe!, ¡corre, ven! Parecía aterrorizada. Me di la vuelta para saber lo que estaba sucediendo y no daba crédito a lo que veía. El mendigo le estaba pegando a un tipo que pasaba por la calle, un hombre con un abrigo negro muy largo, con una barra de hierro que uso yo para bajas la persiana de la frutería. Y menuda forma de atizarle.”



…..



“La primera vez que vi una percha fue hace alrededor de cuatro años, puede que cinco. El Spirit of te Seas acababa de partir de la Terminal Crociere del puerto de Génova y, para mi horror, vi entrar en mi salón a la pasajera más espantosa que puedan concebir. Llevaba una peluca rubia y los labios pintados de un rojo chillón y verdaderamente nada elegante. ¡Parecía un semáforo diciendo peligro, peligro! Viajaba acompañada de otra percha que a todas luces no estaba en el lugar que le correspondía y se hacía pasar por su pareja. ¡Por favor! ¡Si ni siquiera sabía desenvolverse con los cubiertos en la mesa! Fíjense: la primera vez que les vi cenar fue precisamente mientras el Spirit of the Seas viajaba de Génova hacia esta ciudad de Nápoles para la primera escala, ¿y saben lo que pasó? Pues que cuando acabaron la cena él pidió que le llevase un palillo. Madonna mia! ¡Un palillo! ¡Pretendía limpiarse la dentadura allí mismo, en mi salón, delante de todos los demás pasajeros! ¡Qué vergüenza!”



…..



“Un día me montó una escena absolutamente intolerable delante de la barra de cócteles del salón. ¡Este brebaje repugnante que me ha servido en la copa no tiene nada que ver con lo que ponía en la carta! ¡Hágame otro de inmediato! Gritaba como un loco enfurecido. Le pido mil disculpas, caballero, le contesté. No hay motivo para preocuparse, le dije con la mejor cara de buena persona que pude poner. Ahora mismo le preparo una especialidad mía que a buen seguro será de su agrado. Fue lo único que se me pasó por la cabeza para contestar a tamaña grosería. Lo agasajé con una de mis mejores sonrisas, le retiré la copa, me di la vuelta para darle la espalda y comencé a echar en la coctelera los ingredientes para hacerle una nueva combinación. Le preparé un cóctel delicioso inventado por mí para casos como este, que gracias a Dios no eran abundantes: dos medidas de vodka, un tercio de menta blanca, un cuarto de curasao rojo y, lo más importante, un más que generoso chorro de jabón de fregar los platos y un buen escupitajo de producción propia. Aquí tiene, caballero, e insisto en reiterarle mis disculpas. ¡Le encantó! ¡Se relamió de gusto! Incluso se acercó a la barra para pedirme otro que yo le hice con mucho placer. Mi cóctel había desactivado completamente la detonación de furia del muy gandul. No se imaginan ustedes la cantidad de veces que se lo volví a servir en todos los días que duró el crucero. Copo de Nieve bebió más detergente lavaplatos que el propio fregadero donde yo ponía las copas que tenía que lavar. ¡Todavía no puedo entender cómo no echaba burbujas por la boca al hablar!”



(Xesús Constela, Apoteosis de las perchas, páginas 13, 37, 50-51)