miércoles, 19 de agosto de 2015

BAJO EL ENGRANAJE DEL PODER BUROCRÁTICO Y TOTALIZADOR



  Primera edición en español, Editorial Losada (1939)

El proceso

Franz Kafka

Editorial Losada, Buenos Aires, 1939 (1ª edición), 268 páginas

(Libros de fondo)



   El proceso (título original alemán, Der Prozess) es una novela inacabada de Franz Kafka, publicada de manera póstuma en 1925 por Max Brod, basándose en el manuscrito inconcluso de Kafka. Es sin duda una de las obras de la literatura universal que ha logrado más traducciones y ediciones en la mayoría de los idiomas de todo el mundo. La portada de El proceso que aparece en este comentario está tomada de la mítica primera edición de la bonaerense Editorial Losada del año 1939, hoy muy difícil de encontrar.

   La redacción de El proceso data de 1914, coincidiendo con los primeros meses de la Gran Guerra, cuando todavía no se presentía el terrible caos ni el mundo de los campos de exterminio nazis, a los que serían conducidas las hermanas del autor. Estamos, eso sí en la cumbre de la “era de la burocracia”, la misma en la que Franz Kafka desenrollaría un papel destacado como inspector de una entidad de seguros de accidentes que lo obligará a redactar una infinidad de informes sobre medidas preventivas. En la redacción de los mismos, este “judío de excepción”, se familiarizó con un mundo regido por los burócratas y con ese estilo que le es propio: exacto, conciso, muy ramificado no obstante, pero al mismo tiempo construido  con un léxico muy limitado.

   Nace así El proceso, una pieza narrativa cuya lectura nos sumerge en una de las experiencias más extraordinarias por su complejidad e intensidad. No, en cambio, porque su autor, a pesar del carácter “kafkiano” de El proceso se hubiese propuesto envolver la realidad en el misterio, mistificándola, sino justamente  porque fue capaz de penetrar en la esencia y escritura de la misma con tanta profundidad que “existen pocos escritores -como escribió H. Luckas- que hayan representado con tanta fuerza como Kafka la originalidad y la elementalidad de la concepción y representación de este mundo y el asombro ante lo que jamás ha existido”.

   El proceso forma parte del legado póstumo de Kafka, consistente en no más de quinientas páginas, que tendrían que haber sido destruidas por su amigo y testamentario, Max Brod. Porque Kafka las veía como piezas incompletas, a medio hacer. Las vicisitudes de Josef K., detenido y juzgado sin que nadie le diga de qué lo acusan, y por un código penal que resulta ser un libro pornográfico, pueden ser interpretadas, como de hecho se hizo en más de una edición, en clave biográfica y social. En efecto, el protagonista de El proceso, más que símbolo de una absurda tragedia, preanuncia muchos de los conflictos del hombre contemporáneo, víctima de los engranajes del poder burocrático y totalitario. Sin embargo, también es posible otra interpretación: considerar la novela como el fruto de la lógica de los sueños. Tanto el protagonista de El proceso como el de La metamorfosis abren los ojos en la cama, al iniciar sus relatos, y nunca llegaremos a saber si despiertan de verdad o siguen sumergidos en el sueño, amalgamando así las narraciones lo onírico con lo real. Hasta que mueren en la desmesura de esa ambigüedad.

Der Process, primera edición, 1925
   Mas este Kafka profundamente perturbador, que desenvuelve “ad absurdum” una hipótesis o una idea, deja paso con frecuencia al escritor ingenioso, hiperbólico, humorista y más socarrón que turbador. El mismo autor se partía de risa cuando les dio a conocer a sus amigos el primer capítulo de la novela. La misma necesidad emerge en nosotros cuando leemos algunos capítulos de la obra, por ejemplo aquel en el que hace una caricatura de la justicia, a la que describe como una jungla en la que se hunde el procesado, sin saber de qué es acusado, ni dónde se halla su expediente, entre un numeroso grupo de abogados y jueces. En el mismo capítulo, un pintor le explica a Josp K. que solamente podemos aspirara una absolución aparente, jamás a la absolución real que solo puede ser otorgada por un supremo tribunal, inaccesible a todos, y del que nadie sabe ni quiere saber nada. Un proceso, pues, que resulta ser increíblemente inofensivo comparado con los procesos y condenas de la vida real, que no se hallan gobernados por el signo del absurdo, sino por el odio y las ojerizas más ensañadas.

   El estilo conciso, exacto, equilibrado de Kafka, con ciertas concesiones a una ironía contenida, avanza en El proceso sin que se corresponda con una verdadera progresión dramática, sino con una sencilla acumulación de escenas y episodios. Un eje conductor que se alimenta en una “reflexión interminable”, sin necesidad de un verdadero final, convierte a esta novela en un testimonio desesperado de la absoluta deshumanización del mundo histórico que le tocó vivir a Franz Kafka, como mantiene alguno de sus más reputados intérpretes.



Francisco Martínez Bouzas



                                                      
Franz Kafka

Fragmentos



“Era un largo pasillo al que se abrían algunas puertas toscamente construidas que daban paso a las oficinas instaladas en el piso. Aunque en el pasillo no había ventanas por donde entrara directamente la luz, no estaba completamente a oscuras, porque algunas oficinas, en lugar de presentar un tabique que las separara del corredor, tenían enrejados de madera que llegaban hasta el techo, a través de los cuales se filtraba un poco de luz, y podía verse a unos cuantos funcionarios, que escribían sentados a una mesa o que, de pie junto al enrejado, miraban por sus intersticios a la gente que pasaba por el corredor. En el pasillo no se veía a muchas personas a causa, seguramente, de que era domingo. Todas tenían un aspecto muy decente y estaban sentadas a intervalos a lo largo de una fila de bancos de madera dispuestos a ambos lados del corredor. Había dejadez en el vestir de aquellos hombres, aunque a juzgar por su fisonomía, sus maneras, su corte de barba y otros pequeños detalles imponderables, pertenecían obviamente a las clases mas altas de la sociedad. Como en el corredor no existían perchas, habían dejado sus sombreros sobre los bancos, siguiendo posiblemente cada uno de ellos el ejemplo de los otros. Cuando los que estaban sentados cerca de la puerta vieron venir a K. y al ujier, se pusieron de pié cortésmente, visto lo cual sus vecinos se creyeron obligados a imitarles, de modo que todos se levantaban a medida que pasaban los dos hombres. Pero ninguno de ellos se ponía derecho del todo, pues quedaban con las espaldas inclinadas y las rodillas dobladas dando la sensación de ser mendigos callejeros."



…..



“Intentaré ser honesto con usted, dijo K. No te engañes, dijo el sacerdote. ¿En qué podría engañarme?, preguntó K. Te engañas en lo que se refiere al tribunal, dijo el sacerdote, en la introducción a la Ley se ha escrito sobre este engaño: "Ante la Ley hay un guardián que protege la puerta de entrada. Un hombre que viene del campo que se acerca a él y le pide permiso para acceder a la Ley. Pero el guardián dice que en ese momento no le puede permitir la entrada. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde podrá entrar. "Es posible" responde el guardián, "pero no ahora". Como la puerta de acceso a la Ley permanece abierta, como siempre, y el guardián se halla a un lado, el hombre se inclina para mirar a través del umbral y ver de ésta manera qué hay en el interior. Cuando el guardián advierte su intención, ríe y dice; "Si tanto te tienta, intenta entrar a pesar de mi prohibición. Pero ten en cuenta que soy poderoso y que, además, soy el guardián más insignificante. Ante cada una de las salas permanece un guardián, cada uno más poderoso que el otro. La mirada del tercero ya resulta para mí insoportable". El hombre procedente del campo no había imaginado tantas dificultades. La Ley, piensa, debe ser accesible a todos y en todo momento, pero al considerar ahora con más exactitud al guardián, cubierto con su abrigo de piel, al observar su enorme y prolongada nariz, la barba negra, fina, larga, tártara, decide que es mejor esperar hasta que reciba el permiso para entrar. El guardián le da un banquillo y deja que tome asiento a uno de los lados de la puerta. Allí se queda sentado días y años. Hace muchos intentos para que le permitan entrar y agota al guardián con sus súplicas. El guardián lo somete frecuentemente a cortos interrogatorios, le pregunta de su hogar y de otras cosas, pero son preguntas indiferentes, como las que hacen los grandes señores, y al final siempre repetía que aún no podía permitirle la entrada. El hombre, que estaba muy bien provisto para el viaje, utiliza todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Éste lo acepta todo, pero al mismo tiempo le repite: "Sólo lo acepto para que no creas que has omitido algo". Durante todos los años que permaneció allí, el hombre observó al guardián de forma casi ininterrumpida. Se olvidó de los otros guardianes y éste le terminó pareciendo el único impedimento para tener acceso a la Ley. Los primeros años maldijo la desgraciada casualidad, más tarde, ya envejecido, sólo murmuraba para sí en un rincón. Finalmente se vuelve senil, y como se ha sometido durante tantos años al guardián en una larga contemplación, termina por conocer a una de las pulgas que habita en el cuello del abrigo de piel del guardián, por lo que solicita a la pulga que le ayude a cambiar la opinión del guardián. Por último, su vista, ya débil, no sabe reconocer si oscurece a su alrededor o si son sólo sus ojos los que lo engañan. Pero ahora advierte en la oscuridad un brillo que irrumpe indeleble a través de la puerta de la Ley. Ya no vivirá mucho más. Antes de su muerte se concentran en su mente todas las experiencias pasadas, que toman forma en una sola pregunta que hasta ahora no había hecho al guardián. Entonces le guiña un ojo, pues ya no puede mover su cuerpo entumecido. El guardián tiene que agacharse mucho porque la diferencia de tamaños ha variado en perjuicio del hombre de la provincia. «¿Qué quieres saber ahora?» pregunta el guardián, «eres insaciable». «Si todos buscan la Ley», dice el hombre, «¿Cómo es posible que durante todos estos años, sólo yo haya solicitado la entrada». El guardián comprende que el hombre se encuentra en sus últimos instantes de vida y, para que su débil oído pueda percibirlo, le grita: «Ningún otro podía haber recibido permiso para entrar por esta puerta, pues está entrada estaba reservada sólo para ti. Me iré ahora y la cerraré»”. 


(Franz Kafka, El proceso, sin paginación debido a las numerosas ediciones)

sábado, 15 de agosto de 2015

EN MEMORIA DE UN GRAN NARRADOR: RAFAEL CHIRBES




   Si hace unos días recordaba en esta bitácora al escritor norteamericano  E. L. Doctorow recientemente fallecido, hoy los teletipos y la prensa española se hacen eco del fallecimiento de Rafael Chirbes  (Tabernes de Valldigna, 27 de junio de 1949 – Tabernes de Valldigna, 15 de agosto de 2015). Un cáncer drástico y fulminante  se ha llevado la vida de uno de los grandes narradores en español del pasado siglo y del presente. Rafael Chirbes había viajado en los últimos meses por varias provincias españolas e incluso a Portugal para promocionar sus obras. Así mismo participó en Madrid en la presentación de Cicatriz  de Sara Mesa. Rafael Chirbes fue galardonado con numerosos premios, entre ellos el Premio Nacional de la Crítica en dos ocasiones (2007 y 2024) y  el Premio Nacional de Narrativa en 2014. Autor de obras que reflejan fielmente el presente, sin escamotear las crisis que nos atenazan (“Yo hago la literatura de lo que veo” dijo recientemente de su escritura). El pasado años salió incluso de su retiro a la palestra política y social y participó en una plataforma muy crítica con el gobierno del PP de la Generalitat valenciana, pidiendo la reapertura de la televisión pública valenciana.
   En este cuaderno de lecturas y crítica literaria, he comentado algunos de los libros más importantes de Chirbes: La caída de Madrid (2 de enero de 2012), Mimoun (12 de junio de 2013), En la orilla ( 21 de mayo de 2013), La buena letra (16 de enero de 1015). En memoria del gran escritor, reproduzco de nuevo lo que  en mayo de 2013 escribí sobre En la orilla, una de sus novelas más importantes y comprometidas con la realidad.
 
 En la orilla
Rafael Chirbes
Editorial Anagrama, Barcelona, 2013, 437 páginas.

   Después de Crematorio (2007), considerada por varios críticos una de las mejores piezas del escritor valenciano y también una de las grandes novelas de lo que va de siglo, Rafael Chirbes (1949) publica en Anagrama En la orilla, otra novela que marca tanto fronteras como cumbres, pues está siendo valorada por lectores y críticos como la novela definitiva sobre la crisis. No obstante, la novela, editada hace apenas dos meses, no debe de ser considerada como un salto en el camino en el que el narrador literaturiza un fenómeno aislado e independiente, consecuencia de la crisis actual, que sin duda dará lugar a no pocas obras narrativas, porque la literatura, no lo olvidemos, lo aprovecha todo. Sucede justamente todo lo contrario: En la orilla puede y debe de ser leída como un nuevo escalón de esa gran pirámide narrativa que está construyendo Rafael Chirbes, sus episodios nacionales de un país en buena parte del siglo XX y del actual.

   El escritor valenciano ha sido catalogado como un hábil practicante de la literatura intimista, esa escritura introspectiva que fija su atención de manera privilegiada en las interioridades de los personajes, en sus conflictos, en sus estados de conciencia o de inconsciencia, escudriñando en las ondulaciones psicológicas de sus héroes o antihéroes. Chirbes además reniega de la literatura en abstracto y, por eso mismo, “pega” sus historias al tiempo de los acontecimientos narrados. Por todo ello, Rafael Chirbes es calificado a la vez como escritor balzaquiano (avala la tesis de que la novela debe de relatar la vida privada de las naciones) y galdosiano  (crea novelas imaginándolas en torno a unos personajes que, a su vez, están concebidos en profunda relación con los acontecimientos de su momento histórico, tendiendo igualmente a sustituir  el personaje individual por el personaje múltiple.

   De ambos apadrinamientos es una muestra paradigmática En la orilla. La novela inicia su recorrido (el tiempo de la historia), en diciembre de 2010 y con la palabra “carroña” en el frontispicio de la narración. En Crematorio la misma palabra cerraba el relato. Además en la novela hay un pantano (el de Olba), que cumple una importante función tanto teórica como real). Es el  lugar  al que durante años ha ido a parar precisamente toda esa carroña: los residuos y escombros de las obras y de la putrefacción de animales y hombres. Es por ello que En la orilla puede ser leída como el envés de Crematorio: la dura e hiriente resaca derivada  de la burbuja inmobiliaria y fangosa especulación, tematizadas en Crematorio.

   La acción novelesca transcurre en  Olba, una pequeña localidad del Levante español, y se inicia con el hallazgo de un cadáver en el hediondo pantano del mismo nombre. Las páginas del relato nos irán mostrando a diferentes personas -la narración tiene mucho de coral- y especialmente  una tupida telaraña de intereses y enconos. Y sobre todo ello emerge la figura de Esteban, un hombre de setenta años, sin atributos ni sustancia, que se autodefine como un esclavo en busca de amo. La crisis, la actual crisis, le ha obligado a cerrar la carpintería que poseía, así como algún otro negocio inmobiliario, dejando en el paro a los que con él trabajaban. Ahora, mientras cuida a su anciano padre, enfermo en fase terminal, reflexiona e indaga en y sobre los motivos de la crisis, de la sucia voracidad de la actual ruina en la que él ha jugado tanto el papel de verdugo como el de víctima.

   Aunque la novela está compuesta sobre todo por las cavilaciones de este personaje central derrotado, sus recuerdos, la historia familiar y social, los fantasmas que pueblan sus existencia, en contraste con las perspectivas de familiares y allegados, es mucho más, es la historia de un país, de España en su triste e indecente caminar en los inicios del presente siglo y en el momento actual, rebosante de degeneración y podredumbre, de indecencia, de incontables explotaciones del ser humano por parte de los poderosos., de esa carroña que llena el lodazal del nauseabundo pantano, que Chirbes coloca como telón de fondo y donde se inicia y concluye la historia. La segunda parte pues de un espantoso díptico sobre la España de nuestros días.

   Y Chirbes narra lo que ve y tal como lo ve, con mirada realista, incluso materialista. El matrimonio entre La Celestina y Lucrecio (De rerum natura) sigue estando presente en esta novela, como lo estaba también en Crematorio. Y Lucrecio, recordémoslo, es el padre de todos los materialistas.

   En su visión corrosiva y pesimista del momento presente recibe, sin embargo múltiples influencias, tanto de la literatura universal como de la específica tradición literaria española. Jorge Manrique, por ejemplo y su “ubi sunt” en un recitado con palabras tomadas de la actual crisis (“escasea la cocaina”, “está de moda ser pobre”, “no hay tanto traqueteo carnal” desaparecieron los coches de gran cilindrada…) se deja escuchar en el desenlace de la narración. También Calderón y su concepción de la existencia como representación teatral.

   Una buena, muy buena novela pues que da testimonio de las posibilidades estéticas del realismo con flecos expresionistas y un provechoso empleo del simbolismo. Lenguaje directo, tono obsesivo, un carrusel de voces narrativas, amplia gama de recursos, en la que si algo sobra, son algunas reiteraciones que quizás no le hacen ningún beneficio al personaje central, aunque  contribuyen a crear esa tonalidad obsesiva. Escrita con buen ritmo, logrado mediante el dominio y ciertos ajustes que el autor hace con la lengua.

   Radiografía pues de los que hay, viaje a lo más obscuro de la noche que se suma a esa gran mural de “la historia como pura carnicería” que está en el centro de la concepción ideológica y estética del escritor valenciano. Muy recomendable, por consiguiente, para todos aquellos que deseen percibir mediante la literatura la imagen de la voracidad y ruina instalada en la actual España, y gozar además con una espléndida narración.

Francisco Martínez Bouzas

                                                  
Rafael Chirbes en una imagen reciente de Ana Jiménez
Fragmentos


“En la soleada mañana de hoy, todo aparece tranquilo y solitario, ni una grúa rompe la línea del horizonte, ningún ruido metálico quiebra el aire, ningún zumbido, ningún martillo agreden el oído. El primer día que fueron juntos en el coche tras quedarse Ahmed en el paro, su amigo Rachid se rió de él cuando le dijo que lo acompañaba hasta el restaurante porque iba a buscar trabajo en las obras de La Marina. ¿Trabajo? Como no sea de enterrador de suicidas, se burló Rachid. Ma keinch al jadima. Oualó. No hay trabajo, nada. Ni una sola obra en marcha en La Marina, ni media. En los buenos tiempos, muchos peones cobraban la semanada y no volvían a presentarse en el tajo porque encontraban sitios donde les ofrecían mejores condiciones. Ahora, en los balcones cuelgan carteles disuasorio. Alguien que solicita trabajo se ha convertido en animal molesto. TENEMOS CUBIERTA LA PLANTILLA DE JARDINERÍA Y MANTENIMIENTO. NO SE NECESITA PERSONAL. ABSTENERSE, dice el cartel expuesto en los apartamentos que se levantan junto al restaurante.”



…..





Hay un par de chicas (dos niñas, no creo que hayan cumplido los dieciocho) a la entrada del camino por el que me desvío desde la nacional para llegar al pantano, un paraje donde los carrizales alcanzan el límite de la carretera. Están charlando de pie, obstruyen la entrada del camino, y han remoloneado cortándome el paso, sin duda convencidas de que soy un cliente. Me detengo un momento delante de ellas para no atropellarlas. Mueven la lengua, llevándola de una  a otra comisura de la boca, se ríen, se pasan la mano por la entrepierna, donde una de ellas me deja ver un mechón rubio bien recortado, mientras le da con el codo a la otra y se ríe señalándome con el dedo, tal vez advirtiéndola de que el conductor es un viejo. Un viejo mirón. Un asqueroso viejo caliente. Al menos, a mi se me ha pasado ese desagradable pensamiento por la cabeza, he dado un claxonazo y he apretado el acelerador.”



…..


“A Álvaro le cayó el despido por sorpresa, también a mi me ha caído por sorpresa lo que me ha venido encima, ¿o no?, él se creía que la empresa era algo tan inevitable como la piel que te cubre, nunca se interesó por los albaranes, libros de contabilidad ni balances, y miraba burlón cuando yo me quejaba de los problemas o de las dificultades, cuando me veía enredado en los números de los  presupuestos y tenía que hacer malabarismos para dar los pagos de modo que no coincidieran con los cobros y me dejaran al descubierto. Calcular bien o equivocarme, ganar dinero o perderlo. Ya me he equivocado demasiadas veces haciendo presupuestos para los clientes desde que mi padre dejó esa tarea…”



…..



“Así pasó el tiempo que te fue concedido en la tierra, amigo promotor. Así lo pasé también yo. Ahora nos toca vivir la vida que llega después de la vida.

Los nuevos tiempos son menos nerviosos, la gente ya no corre de acá para allá en coches de gran cilindrada, en camiones cargados de mercancía, en furgonetas que llegan tarde a una entrega urgente, hay otra tranquilidad, más reposo, son tiempos menos físicos (no hay tanto tranqueteo carnal, las habitaciones del Ladies están vacías, nadie se tiende sobre las sábanas rosa, nadie hace cola en los pasillos de las notarías para firmar escrituras de compraventa: es el efecto mariposa) y, por supuesto, se trata de tiempos mucho menos químicos, escasea la cocaína y la que circula es de pésima calidad y no la compra casi nadie. ¡Para gastar en coca estamos! Obviamente vivimos menos emputecidos, vivimos desengolfados, o con resaca de golfeo. En el ambiente se palpan nuevos valores, virtudes franciscanas: se aprecia de nuevo la lentitud, el paso tranquilo del atardecer, que es cardiosaludable, incluso se mira con otros ojos el pobreterío: me atrevería a decir que está de moda ser pobre y que te embarguen la casa y el coche (si yo te contara, amigo promotor. Imagino que estarás poco más o menos como yo). Te sacan en la tele como protagonista de reportajes si te desahucian  o te echan de la empresa, te conviertes en héroe; y han dejado de ser cool los acelerones…”

(Rafael Chirbes, En la orilla, páginas 14, 45, 230-231, 435)

martes, 11 de agosto de 2015

SOLEDAD Y SEXO EN LANZAROTE



Lanzarote

Michel Houllebecq

Traducción de Javier Calzada

Editorial Anagrama, Barcelona, 109 páginas

(Libros de fondo)



  No faltan críticos y comentaristas que consideran a Michel Houllebecq (Saint Pierre, Isla de la Reunión, 1958) el nuevo genio de la actual literatura, un nuevo comentarista social al estilo de Balzac en Ilusiones perdidas. La primera novela que le proyectó a la fama, Plataforma, fue considerada por el dramaturgo español Fernando Arrabal como el tratado moral o el poema lírico de amor de nuestro tiempo. Lo de menos es que de los labios de su protagonista salgan estas palabras: “Cada vez que escuchaba que un terrorista palestino, un niño palestino o una mujer palestina embarazada habían sido asesinados en Gaza, me estremecía de entusiasmo pensando que había un musulmán menos”. No obstante, no le podemos negar a Houllebecq el valor y la habilidad de elegir con sagacidad temas y argumentos, verdaderos dardos realistas que reflejan lo dado, el ethos de nuestros días o el cinismo erótico de la sociedad de consumo, tal como sigue poniendo de manifiesto en sus últimas novelas La Carte et le Territoire, 2010, (en edición española, El mapa y el territorio, 2011), Premio Goncourt, o Soumissión, 2015 (en español, Sumisión, 2015).

   En su primera novela Ampliación del campo de batalla (edición original francesa de 1994; versión española de 2001), el escritor, cual insólita amalgama de cinismo y epicureísmo de nuestros días, y que no cesa de pregonar que no le tiene miedo a la felicidad puesto que no existe, concluye, con la desafección de un entomólogo, que el liberalismo sexual está produciendo efectos tan nocivos y desgraciados como el liberalismo económico. Hay quien posee una vida sexual excitante y variada, mientras que otros se hallan condenados a la soledad masturbatoria. El sexo pues, según Michel Houellebecq se está convirtiendo en el segundo sistema de diferenciación social, tan brutal como el dinero.

   La insolencia de M. Houellebecq, un verdadero misántropo, pero también el primer escritor, después de Camus y Sartre, capaz de alborotar las aguas cada día más calmadas de las letras francesas, da la impresión de no tener límites ni fronteras. Y es eso precisamente lo que comprobamos al leer Lanzarote, una novela breve que el escritor publicó  en el año 2000, disponible desde ese mismo año en la colección “Panorama de narrativas” de Anagrama. Si bien en Lanzarote no se hace una apología del turismo sexual como en Plataforma, la novela nos sumerge de nuevo en un viaje turístico. Esta vez, el destino es Lanzarote, la isla que no puede rivalizar con Corfú ni con Ibiza en el formato de las vacaciones crazy techno afternoons. Nada así mismo de turismo verde ni cultural. Los paisajes de la isla canaria, llenos de volcanes de color rojo oscuro en el amanecer solamente pueden competir con una panorámica marciana.

   No obstante, una semana en la isla de los antiguos atlantes se hace soportable, ya que allí el turista puede encontrase con especies curiosas e interesantes. Lanzarote está frecuentada por una población equívoca de jubilados anglosajones, a los que se suman fantasmales turistas noruegos, translúcidos al sol, e ingleses que van a Lanzarote únicamente porque están seguros de encontrar allí a otros ingleses. Allí están los azraelianos, seguidores de los extraterrestres Anakim, que, tras el marchamo de una religión, esconden prácticas pedófilas e incestuosas con sus propios hijos e hijas. Por las playas y hoteles de Lanzarote deambulan además Pam y Barbara, dos alemanas lesbianas no exclusivas.

   En Lanzarote hay soledad, desprecio por los turistas de las agencias de viajes. Y por supuesto, mucho sexo. Sexo de todos los colores con las “bolleras” alemanas que hace las delicias del relator protagonista.

   El tono del relato que rezuma acidez, es, como siempre en la narrativa de Houllebecq, claro, directo y explícito. Encubre, sin embargo, una suerte de dolor profundo y gélido. Una visión de la vida desencantada, pero ferozmente suturada a la sexualidad, percibida como posible instrumento de placer momentáneo en el medio de una realidad amorfa. Un vacio lacerante, abundantes dosis de desolación y de angustia, reflejadas perfectamente en las fotografías de la isla canaria que acompañan el texto y que documentan con precisión las ideas de Houellebecq: se puede vivir muy bien sin esperar nada de la vida.



Francisco Martínez Bouzas



 
Michel Houellebecq

Fragmentos



Anunciaban claramente su credo porque en la primera página aparecía escrito con grandes letras: «RELIGIÓN AZRAELIANA». Yo ya había oído hablar de esta secta; estaba dirigida por un tal Philippe Leboeuf, antiguo cronista de hípica de un periódico de ámbito local, La Montagne de Clermont-Ferrand. En 1973, había tenido un encuentro con extraterrestres durante una excursión al cráter de Puy-de-Dôme. Dichos extraterrestres, que se hacían llamar Anakim, habían creado la humanidad en el laboratorio hacía muchos miles de años y seguían de lejos la evolución de sus criaturas. Ni que decir tiene que entregaron un mensaje a Philippe Leboeuf, quien había abandonado su trabajo de cronista de hípica, se había rebautizado como Azraël, y a renglón seguido había creado el movimiento azraeliano. Una de las misiones que le habían sido encomendadas era la de construir la embajada que serviría para acoger a los Anakim durante su próxima visita a la Tierra. Aquí acababan mis informaciones. Sabía también que la secta estaba catalogada como más bien peligrosa, y era, por lo mismo, objeto de vigilancia.”



…..

  

“Fui a bañarme enseguida junto con Pam y Bárbara. A pesar de permanecer a unos metros de ambas, no me sentía excluido, en realidad, de sus juegos. Tuve la impresión de que valía la pena que me quedara dentro del agua un ratito más con ellas. Y, en efecto, cuando salí a secarme me las encontré abrazadas ya en sus toallas. Pam tenía una mano sobre el pubis  de Barbara, que separaba dulcemente sus piernas. Rudi se hallaba unos metros más arriba, con aire enfurruñado; no se había quitado sus pantalones cortos. Extendí mi toalla a un metro de la de Barbara. Ella se incorporó para decirme: «You can come closer…». Me acerqué. Pam se puso en cuclillas sobre el rostro de Barbara, ofreciéndole su sexo para que lo lamiera. Tenía una linda mata de vello depilada, con una raja bien dibujada, no muy larga. Yo me puse a acariciar los pechos de Barbara. Su redondez era tan agradable al tacto que cerré por un momento los ojos. Volví a abrirlos y desplacé mi mano hasta apoyarla sobre su vientre. Su sexo era muy diferente, con el vello rubio y poblado, y un clítoris grueso. El sol estaba muy alto. Pam estaba a punto de alcanzar el orgasmo y dejaba escapar divertidos grititos. La sangre afluyó de pronto a su pecho y dio rienda suelta a un prolongado y ronco suspiro de éxtasis. Luego respiró profundamente y fue a sentarse a mi lado en la arena.

-¿Te ha gustado?- me preguntó con una pizca de ironía.

-Mucho. Sinceramente mucho.

-Ya lo veo… -Yo seguía en plena erección. Tomó mi mano y la llevó a su sexo para deslizarla sobre él con pequeños y amistosos movimientos de vaivén.- Yo no estoy acostumbrada a la penetración, pero puedes hacerlo con Barbara.”



…..



“En París hacía frío y las cosas eran desagradables, normales, como siempre. ¿Para qué insistir? Cada uno conoce la vida y sus circunstancias. Tenía que volver a habituarme a un invierno interminable; y al siglo XX, que tampoco quería pasar. En el fondo, comprendía la elección de Rudi. Dicho esto, también diré que se había equivocado en un punto: se puede muy bien vivir sin esperar nada de la vida; es lo más corriente, incluso. En general, la gente se queda en casa, se alegran de que su teléfono no suene nunca; y cuando suena, dejan conectado el contestador automático. No hay noticias…, buenas noticias. En general, la gente es así; y yo también.”



(Michel Houllebecq, Lanzarote, paginas 53-54, 67-68, 91-92)