jueves, 5 de julio de 2012

EL AMOR Y SUS LABERINTOS


El laberinto del amor
Óscar Pujol
Prólogo de Rafael Argullol
Editorial Libros del Silencio, Barcelona 2011, 166 páginas.

Optimista confianza en la pareja. Eso es lo que Óscar Pujol  confiesa tener en la nota introductoria a este texto, mitad ensayo, mitad ficción y sobre todo reflexión, y en el que se produce una venturosa confluencia de las culturas orientales y europeas y una amalgama de miradas entre la sapiencia antigua y los saberes contemporáneos. Rotulado con un título homenaje a Cervantes y también a una larga tradición literaria universal en la que el laberinto como metáfora del amor aparece una y otra vez.
Un libro pues sobre la ciencia del extravío sentimental, sobre el dédalo amoroso  en el que frecuentemente no se vislumbran salidas. Sin embargo la gente insiste una y otra vez, y quizás tras múltiples fracasos, sigue entrando y perdiéndose en el laberinto amoroso, en esa madeja sentimental, que tiene principio, pero cuyo fin sobrevive con frecuencia más allá de la muerte. En otras ocasiones, por el contrario, arde en segundos.
Echando mano de dos personajes de ficción, Amanda, una joven hermosa con una historia tejida de desengaños, y Paris,  un sabio anciano huérfano del amor que perdió en un accidente, Óscar Pujol teje esta obra con los diálogos de ambas figuras sobre sus deseos, desencuentros y sobre la vida de pareja: las relaciones entre el sexo y el amor, las razones de la brutalidad del macho, de su primitivismo, de su sexualidad muchas veces mecánica. También sobre lo que buscan las mujeres en los hombres y estos en aquellas, qué grado de independencia necesita la pareja para funcionar, la inseparabilidad de amor y sufrimiento, entre otras reflexiones. En un golpe de efecto, el tentador, el infernal ángel caído se transforma en el “señorito Luci”, regando con no pocas gotas de humor cuestiones tan transcendentes.
Sin embargo, la multiculturalidad del autor -largos años de estancia en la India, licenciado en Filología Sánscrita, doctor en la Universidad Hindú, director en la actualidad del Instituto Cervantes en Nueva Delhi -  hizo que irremediablemente en el libro apareciese la formación oriental del escritor. Es por ello que este diálogo iniciático se interrumpe con frecuencia con las intervenciones de Shiva, el andrógino ambivalente que disuelve lo masculino y lo femenino y viceversa. Y con Shiva penetra en el texto la idea tan difundida en la India de que todos somos andróginos, poseedores de una mitad masculina y otra femenina que recuperan su unidad cuando formamos una pareja, independientemente de la orientación sexual de cada uno.
Un libro pues que nació con las pretensiones de engordar el género de los manuales de autoayuda, pero que al final, invirtiendo el sentido negativo de la metáfora medieval y renacentista, va mucho más allá y se convierte en una apuesta a favor del amor como “maraña de enredos y se alaba el espíritu errante y no exento de conflictos de la pareja enamorada" (página 14).
No obstante, Óscar Pujol es consciente del agotamiento de la pareja tradicional y reivindica un tipo de relación donde el amor sea una liberación y no una carga que atenace a los amantes.
Con una prosa dialogada, la exposición y sutiles sugerencias no exentas de buenas dosis de humor, Óscar Pujol nos lleva de la mano en este ensayo filosófico-poético para que seamos capaces de disfrutar de esa felicidad que ahora, igual que en la Antigüedad o en la Edad Media, seguimos creyendo que será más factible y placentera si la compartimos, viviendo en pareja.

Francisco Martínez Bouzas


Óscar Pujol


Fragmentos

“Paris le contó a Amanda que el amor es como un laberinto. Se parte de la periferia de la soledad para llegar al centro de la compañía. Sin embargo, para llegar al centro hay que saber perderse. No hay que tenerle miedo al laberinto. Más bien hay que aprender la ciencia del extravío: perder para volver encontrar. En la vida real la distancia más corta entre dos puntos no es siempre la línea recta. Llegamos alas cosas dando tumbos, retrocediendo y volviendo a avanzar. No somos viajeros lineales, sino peregrinos circulares, y es en el recodo de las curvas donde vemos  la tangencialidad de las cosas”

…..

“Primero el instinto básico y obsesivo de montar a la hembra, de hender la raja femenina, de penetrar en la raíz triangular de las piernas. Y luego, tras el acto, la flacidez del pene, el cansancio del cuerpo, la indiferencia del alma. Por eso no deberíamos confundir el amor con ese instinto básico. Nada tiene que ver, aunque afiance sus pies en ese instinto. El deseo sexual es la antesala del amor, no su dormitorio. Es su punto de partida, no de llegada. No es la habitación íntima, el círculo mágico donde se produce la transfiguración de los cuerpos y la disolución de las mentes.
Amanda leyó una vez que el ochenta por ciento de los orgasmos femeninos eran fingidos. Con los hombres era aún peor, ya que con el tiempo confundían el orgasmo con un pistoletazo de sus penes y andaban por el mundo como vaqueros de tercera en una mala película del Oeste (…)
El sexo es la flor del amor, pero no su fruto. Si buscamos solo la belleza de la flor, no podremos saborear la dulzura del fruto: la miel de la felicidad ante la felicidad del otro. Nada más y nada menos. El amor es fácil de explicar, fácil de entender, difícil de practicar. La inteligencia no sirve para comprenderlo, ni la astucia lo engaña ni el cálculo lo cuantifica.  No le impresiona la erudición ni se deja embaucar por la elocuencia”

…..

“Dice la  fábula que en la Edad de Oro el ser humano era capaz de integrar los contrarios e una unidad anterior. Nacían completos y así se evitaban las carencias de ser solo hombre o mujer. Estos andróginos, señores de los extremos, eran tan poderosos que suscitaron la envidia de los dioses, quienes les cortaron en dos mitades: la masculina y la femenina. A partir de ahí esas mitades se buscan desesperadamente como si añorasen su antigua plenitud.
-Amanda, no debes tomarte esta fábula al pie de la letra. Lo que conviene retener es que la vida es el impulso de un deseo insatisfecho que busca su consumación. Hay como una nostalgia de una unidad perdida, un sentimiento de expulsión del paraíso, una condición perpetua de exiliado. Al nacer estamos incompletos y la vida es una búsqueda de esa parte perdida que al final solo podemos encontrar en nuestro interior. La persona amada es un soporte externo para descubrir la mitad escondida”

(Óscar Pujol, El laberinto del amor, paginas 21-22, 26-27, 31-32)

martes, 3 de julio de 2012

"LOS PRINCIPIOS DEL TIGRE" DE FRANCISCO ACUYO: AL DICTADO DEL FELINO

Los principios del tigre
Francisco Acuyo Donaire
Editorial Polibea, Madrid, 2012, 78 páginas.


Necesaria y oportuna reedición de estos tres poemarios de Francisco Acuyo Donaire, amalgamados por un rótulo tan contradictorio como metafórico, Los principios del tigre, que en su día, en el ya lejano 1997, se hicieron merecedores del Premio Internacional de Poesía Gabriel Celaya. Me interno pues en los principios de una fiera que no tiene principios, pero sí una rutilante vitalidad irracional, semejante a la que impulsa en la creación de todo acto poético. Una gozosa inmersión precedida de la lectura de unas clarificadoras y cristalinas prosas cervantinas, con las que el poeta nos aproxima a “la naturaleza tantas veces esquiva y enigmática del discurso y del lenguaje poemático” (pagina 8).
Inmersión en este tigre entre palabras, soberano de beldad e irracionalmente irreflexivo, partiendo de algo que ya formulara Philippe  Sollers de manera insuperable y que es para mí un verdadero dogma: la poesía sigue siendo un remedio para nuestra época, porque el poema es el lugar de pensamiento, un procedimiento de verdad. Y emersión de estos versos dictados por el poderoso felino, a cuya conclusión quedo una vez más convencido -el segundo poemario, “El jardín de los filósofos” es una prueba fehaciente- de que no andaba errado Alain Badiou cuando en 1989 ( Manifeste pour la philosophie) y años más tarde en 1992 (L’âge des poètes) enunció que la poesía había cargado con ciertas funciones de la filosofía. Es “La edad de los poetas”, un momento excepcional para este arte en el momento de la desherencia suturada de los filósofos, entre Hölderlin y Paul Celan, en el que la forma de acceso a la cuestión del ser fue detentada por el poema, porque los filósofos, debido a su flirteo con la ciencia y la política, habían desertado de su papel de declarar y elucidar estrategias de pensamiento propiamente filosóficas.
Y Francisco Acuyo, que no es ni académica ni profesionalmente filósofo, sino un científico del fenómeno literario, dueño además de una importante y numerosa experiencia en el campo de la lírica, prolonga en sus versos la edad de los poetas. Quizás sin pretenderlo, porque para él el poema no es fruto del entendimiento teórico, ni una revuelta lógica, sino de la proverbial razón del amor. Pero ciertos productos de su enunciación poética surgen y se alimentan de las logomaquias del concepto. Es el suyo quizás un nuevo episodio de la revancha sobre Platón (aquella vieja historia de rivalidades entre el poeta y el filósofo) de la que ya Nietzsche fue profeta.
He aquí pues cómo los poemas de este Jardín de los filósofos nos introducen, con su decir tembloroso y con el enigma de la metáfora poética, no seguramente en la cuestión del ser, sino en el pensamiento de los grandes filósofos. Desde los presocráticos (“aquel jardín geométrico del jonio”), pasando por Platón y Aristóteles (“aquella aura que embriagó al mundo con su dulce aliento”), Euclides, Lucrecio, Cicerón, Plotino-Diógenes. Descartes, Spinoza, Hume, Kant, Hegel, Bergson. Heidegger y Sartre, Whithead, Einstein-Eddington, hasta Borh-Heisenberg. La conciencia poética y la intuición viva, frecuentemente irracional, releen hoy para nosotros el pensamiento de estos filósofos/científicos y sus discursos imperecederos sobre el ser y la existencia.
Son las paradojas del tigre, filósofo pero ante todo poeta, dominador de esa razón intuitiva, de ese “insight” que nos hace accesibles en un instante la verdad y la belleza.
El poemario de Francisco Acuyo se completa con otras dos secciones: “El ángel de la ciencia” y “Los principios del tigre”, que incluye un poema inédito con el que el poeta granadino pone el ramo a un macrotexto envuelto en una gran hondura estética. Voz poética a veces existencial. A veces rebosante de una gran belleza sensorial que percibimos a través de los sentidos. El poeta interpreta la realidad desde una actitud íntima, sin renunciar a las cadencias del verso ni a la musicalidad de los artificios literarios. Será en el romance sabiamente modelado que nos inunda de armonía, en la seguidilla con su ritmo festivo, en los cuartetos, algunos con reminiscencias lorquianas, en los sonetos en los que se perciben ecos de nuestros clásicos… Y en una gran suma de hallazgos formales donde Francisco Acuyo veló sus armas para suturar pasión y pensamiento, pero siempre al dictado del felino.

Francisco Martínez Bouzas


Francisco Acuyo


Poemas  de Los principios del tigre

EL TIEMPO DE LOS ALERCES

“¿QUÉ designio, cuál pregunta;
por qué guarda su secreto
la vida? ¿Dónde el vivir?
Vivir, morir con el sueño

que despierta una nueva vida.
El sentido pone cerco
al sentido sin sentido,
urge el deber de tenerlo.

El deber que no radica
en voluntad ni en efímero
conato o firme liturgia
que oficie tránsito eterno.

Tanta angustia contenida
en esa fuete del tiempo
si la corriente infinita
quieta quedó, en movimiento”
(…)

EL TIEMPO DE LOS ÁLAMOS

“MEMORIA. Sol de los muros.
Ángel caído en la tarde:

entre ramos de azucenas,
entre jazmines galanes,

las palomas y las fuentes
de corolas y corales.

Tras del tópico del agua,
el arrayán y el estanque;

y las frutas en los frescos
y atauriques en los cristales.

El horizonte bermejo
sobre sueños verticales.

Tras de su huerto las fuentes,
aunque juguetes de edades

regresan donde el futuro
eternamente se sabe.

En derredor de sus muros
las nuevas antigüedades.

En el vértigo hacinados
proyecta el tiempo los valles:

el anónimo trasiego
de escogidos personajes.

El álamo cotidiano
y las prisas seculares”

SIESTA MINERAL

         El sueño de Kant

“DESDE tu cuello el tiempo en lejanía,
paisaje transparente derramado
en labios del espacio que ofrecía
un deseo de luces constelado.

Memoria cuyo fruto nunca nombra,
si germina el fruto en la mejilla
si la luz de la lágrima la sombra
ofrece en el silencio su semilla.

Tu espada rasga entonces, cuando sales
del agua para hacer a todo frente,
la muralla de manos minerales,

cuando en el vientre estrecha terso empeño,
el nácar belicoso y transparente
que cerca tu cansancio con mi sueño”

LOS PRINCIOIOS DEL TIGRE

           Acostúmbrate a pensar que la
           muerte no es nada para nosotros
            Epicuro (Carta a Meneceo)

                                I

LUZ desde el mundo invisible.
Entre el discurso del tiempo
la eternidad sensitiva.
Sobre la luz del silencio

atenta escucha la sombra.
El caos traza un sendero
en el lienzo de la selva,
el tigre estira concreto

la línea de los bambúes
con los pinceles del sueño.
Un promontorio destaca
de la selva aventurero
y entre el espejo boscaje,
para esplendor del secreto
en la silueta se irisa
la garra de terciopelo.

Para el brillo de su lomo
aliña con vivos pétalos
la prímula, la azucena,
el jazmín, el pensamiento.

Entre la selva una línea
invisible yo recuerdo
que inscribe el tigre con luz
mimética en su cuaderno”

(Francisco Acuyo Donaire, Los principios del tigre, páginas 21. 24-25, 46, 55-56)

sábado, 30 de junio de 2012

"EL LIBRO DE DANIEL", HORROR VACIO "EN UN TIEMPO DE ANGUSTIA"


El libro de Daniel
E. L. Doctorow
Traducción de Carlos Milla e Isabel Ferrer
Miscelánea Editores (Roca Editorial del Libro), Barcelona, 2009, 383 páginas.


Algunos de los críticos más reputados, entre los que cabe citar a Frederic Jameson o Edward Said, han dicho que Ewdard Lawrence Doctorow (Nueva York, 1931) es un de los pocos y auténticos escritores de izquierdas que existen en nuestro tiempo, si bien las implicaciones políticas de sus narraciones nunca son obvias, claras y contundentes. El libro de Daniel no es una excepción, porque Doctorow es capaz de casar su ideario político (“pensar en términos de lo que es justo e injusto”) con algo que es consustancial  con el mundo de la ficción: la ambigüedad, amago para eludir una literatura panfletaria.  En lo que no cabe ninguna duda es que Doctorow es un de los grandes escritores del siglo XX en lengua inglesa y que en EE.UU lo consideran un patrimonio nacional. Ganador de todos los premios y eterno candidato al Nobel igual que Philip Roth, Thomas Pynchon o Cormac McCarthy. Él ha sabido reflejar en su prosa, quizás como nadie, la cara oculta de Norteamérica y, bajo esa perspectiva, sus novelas son un sustituto de la memoria colectiva de una nación no carente de mitos a pesar de ser un país ahistórico. Doctorow aborda esos mitos y como efecto colateral los devuelve al terreno de la historia.
El libro de Daniel (1971) figura en el canon occidental de Harold Bloom y, como muchas de las otras obras de Doctorow, es una recreación literaria de personajes y de acontecimientos históricos. La novela, en efecto está basada en las figuras de Ethel y Julius Rosenberg, condenados a cadena capital por traición (acusados de espionaje) y ejecutados en 1953. Los Isaacson son sus alter ego en la novela, recreación literaria del libro Atom Spy Trials. Ambos formaban parte  de la “Young Communist League”. El origen del juicio que terminó con la condena a muerte, se sitúa en la filtración de secretos nucleares a los rusos en plena guerra fría. Mas el juicio a que ambos fueron sometidos, distó de ser justo. Se buscaba a toda costa chivos expiatorios en un momento en que el ambiente anti-comunista y el miedo, generado por el “Mccarthismo” y la guerra fría, a un inminente  enfrentamiento con la Unión Soviética hacía furor en los EE. UU.
Paul Isaacson, un pequeño comunista de barrio y reparador de radios, fue capaz, según la acusación, de dibujar complejos y elaborados planos nucleares, reducirlos hasta el punto de poder acomodarlos a la lámina de una radiografía dental y hacérselos llegar a los soviéticos. Los historiadores actuales, sin embargo, en su gran mayoría, están convencidos de que estas acusaciones fueron falsas, pero en su día el Departamento de Justicia hizo que tomase fuerza la imagen de Paul como jefe de espías. Una cita textual, apócrifa por supuesto de Max Krieger, nos permite conocer el punto de vista de Doctorow: “La historia recoge con vergüenza la persecución y la infame condena a muerte en los Estados Unidos de América de dos ciudadanos estadounidenses, marido y mujer, padres de dos niños pequeños, que a lo sumo eran culpables de cruzar la calle imprudentemente por sus ideas izquierdistas sostenidas con orgullo”.
Sin embargo, la figura central de la novela no son los Rosenberg/Isaacson, sino su hijo Daniel Lewin (apellidos del padre  adoptivo). Desde su infancia, su carrera cursada con una beca y su matrimonio con una mujer que lo ama profundamente y la redacción de sus tesis de final de carrera, recuperamos todos sus recuerdos y sobre todo los fundamentales: la vigilancia de FBI a su padre, la detención de sus progenitores, el juicio, el alejamiento y la traición de los amigos, la visita a sus padres en el corredor de la muerte y la crueldad de la ejecución en la silla eléctrica.
Ethel y Julius Rosenberg
Doctorow escribió esta novela en 1971 y en ella se muestra como una adelantado del fragmentarismo  vanguardista. Su narración es discontinua, se dejan sentir varias voces (abuelas inmigrantes, negros que viven en sótanos, comunistas hippies, policías, jueces, fiscales, judíos ortodoxos…). Una prosa envolvente, pero en esta novela cortada, desquiciada, seca, a veces brutal, violando la gramática, rompiendo párrafos, enlazando múltiples oraciones subordinadas sin detener la progresión narrativa para profundizar en esta herida abierta y todavía no cerrada, en un país donde la culpabilidad o la inocencia se situaban y se siguen situando en horizontes utópicos.

Francisco Martínez Bouzas



E. L. Doctorow


Fragmentos

“Descuartizamiento. Esta particular forma de ejecución era la preferida del gobierno monárquico inglés para todos excepto el círculo aristocrático más cercano, al que se concedía la dignidad de la simple decapitación. Para todos los demás, el método era el siguiente: el transgresor era ahorcado y descolgado antes de morir. Entonces lo castraban y destripaban, y echaban sus entrañas al fuego ante sus ojos. Si el verdugo era misericordioso, extraía el corazón del cuerpo, pero en cualquier caso se llevaba a cabo el último acto del ritual, cortar el cuerpo en cuatro partes, y los cuartos se arrojaban después a los perros. La traición era el delito habitual para este castigo, establecida su definición por los tribunales del rey y a conveniencia del rey”

…..

“Cuando fue vista por última vez, vestía su abrigo negro con el dobladillo suelto y su casquete negro. Cuando mi madre fue vista por última vez, lucía su minúsculo reloj en la muñeca, una muñeca delgada y bonita con su prominente hueso y unas preciosas venas finas y azules. Dejó atrás una casa limpia, y en la nevera un bocadillo de mantequilla de cacahuete y una manzana para la comida. Por la tarde, me tomé la leche y las galletas. Y ella no volvió”

…..


“Tampoco la muerte es lo que parece. Cuando la clase dominante impone la muerte a quienes teme, descubre que la propia muerte pude vivir. Es una paradoja. Ma Ludlow vive. Joe Hill vive. Crispus Attucks vive. Incluso Leo Frank, ¿por qué me viene  a la cabeza Frank colgado de su árbol en Georgia, balanceándose? Pero vale, incluso Frank. Los dos italianos hablan y se mueven y sonríen y levantan el puño en la mente de la historia. Soy su camarada, es a mi a quien hablan, es a mi a quien Sacco dirige su declaración.
Sócrates fue juzgado. Lo declararon culpable. Lo obligaron a beber cicuta. Mediante esta acción, sus acusadores lo elevaron a la vida eterna y se relegaron a la muerte real y a la total oscuridad de los perseguidores de todas partes”

…..

“Pocos minutos después de retirar el cuerpo de mi padre en una camilla, y fregar el suelo, y camuflar el olor orgánico de su muerte con el aroma amoniacal del detergente, condujeron a mi madre a la cámara. Llevaba el vestido gris y amorfo de la cárcel y unas zapatillas de toalla. Sabía que mi padre estaba muerto. En su rostro se dibujaba una sonrisa irónica, estudiadamente serena. Dirigió una mirada tranquila a cada uno de los testigos hasta que apartaron la vista. Algunos, al ver que su mirada se acercaba a ellos, sencillamente la eludieron. De pronto mi madre posó los ojos en el rabino de la cárcel. Era el mismo cuyas atenciones había rechazado durante las últimas cuarenta y ocho horas.
-No lo quiero aquí- dijo (…)
Poniéndose de espaldas a la silla, mi madre rechazó con desdén toda ayuda. Abrazó a la celadora que la había custodiado durante su solitaria estancia  de dos años en el corredor de la muerte de mujeres. Habían entablado una estrecha amistad. La celadora  lloró y salió corriendo de la cámara. Mi madre, todavía con su peculiar sonrisa, se sentó en la silla eléctrica y observó el proceso de sujeción de correas como un pasajero en un avión preparándose para el viaje. Cuando le pusieron la capucha, tenía los ojos abiertos. Cuando accionaron el interruptor, inició la misma danza, enarcándose, zumbando y chisporroteando. Desconectaron la corriente. El médico se acercó al cuerpo desplomado y auscultó el latido con su estetoscopio. Manifestó su consternación. El verdugo salió de su nicho e intercambiaron unas palabras. El alcaide estaba muy nervioso. Los tres periodistas conversaron en susurros apremiantes. El verdugo regresó detrás del muro y volvió a recibir la indicación, y volvió a activar la corriente. Después dijo que la primera «dosis» no había bastado para matar a mi madre, Rochelle Isaacson”

(E.L. Doctorow, El libro de Daniel, páginas 53, 168, 327, 377- 78)

lunes, 25 de junio de 2012

"LAS AMANTES", ENTRE EL AMOR Y EL DESENCANTO

Las amantes
Elfriede Jelinek
Traducción de Susana Cañuelo y Jordi Jané
El Aleph Editores, Barcelona, 185 páginas.
(LIBROS DE FONDO)


Quizás Elfriede Jelinek (Mürzzuschalag, 1946) no es la mejor escritora alemana de su generación. Si comparamos su obra con la Sebald o Peter Handke, se entiende que en su momento surgiera la polémica sobre una excelencia artística que en su momento la hizo merecedora del Nobel, con la protesta airada y la abrupta renuncia de uno de los miembros de la Academia Sueca, disconforme con la distinción.
Elfriede Jelinek pasa por ser para la crítica una feminista radical, pero ella confiesa no sentirse a disgusto con esta etiqueta, afirmando que  solamente reivindica poner en evidencia los mecanismos de dominación masculina a los que está sometida la mujer. No obstante sus reivindicaciones nunca las ejerce de forma panfletaria, sino a través de la escritura, una escritura que no suele mostrar ninguna cara amable. Pero al mismo tiempo da la vuelta a los tópicos feministas más socorridos, sin renunciar por ello a la diferencia y a la desigualdad.
En coincidencia temporal con la entrega del Nobel (año 2004), que por cierto no recogió en persona aludiendo como razón  justificante “fobia social”, se tradujeron al español varios libros de esta escritora austriaca, poco conocida entre nosotros. De la mano de la editorial barcelonesa El Aleph nos llegaron Deseo, La pianista y Las amantes.
Si tenemos en cuenta el año de su edición original (1975), Las amantes es una vieja novela. No obstante debe de ser considerada una narración actual porque las estructuras sociales solamente cambiaron en mínimos detalles y las mujeres siguen contando todavía hoy con muchas menos posibilidades que los hombres. Quizás suene grotesco pero en Austria sólo existía  pocos meses antes de la concesión del Nobel a E. Jelinek, una profesora universitaria de ginecología.
Elfriede Jelinek es por antonomasia la escritora de la marginación. Ella misma considera que la marginación, generalmente forzada, es el lugar del escritor. A pesar de todo, no ahorra andanadas verbales, ni en sus obras ni en sus declaraciones, para denunciar la injusticia, la opresión y el sometimiento sexual de la mujer al hombre. Y escribe con la autoridad que le da el hecho de estar del  lado de los oprimidos. Unas líneas introductorias sirven de hilo conductor ideológico a Las amantes: “Si alguien tiene un destino, se trata de un hombre, si alguien consigue un destino, se trata de una mujer”. Tal es, en efecto la realidad cotidiana de la mujer en occidente: no tener destino, carecer de historia. Solamente lo tienen los hombres; las mujeres carecen de una trayectoria propia e independiente. Están rehuidas en el presente, en la rutina de su trabajo y en la renuncia. Ni siquiera existen mayúsculas en sus vidas. La misma sexualidad es dominio masculino. Para las mujeres queda el mundo de los sentimientos, pero están privadas de deseos, ya que el deseo es libertad y, como tal, un privilegio masculino. Así pues, al ser el hombre el que le confiere verdadera identidad a la mujer, será en el matrimonio donde esta encuentre su auténtica existencia. Y las que queden al margen del matrimonio, tendrán una vida insuficiente. Es uno de los grandes paradigmas de la ideología patriarcal, contra el que arremete la escritora.
Por consiguiente las historias de las protagonistas de Las amantes, no son dulces fábulas de amor, sino de insatisfacciones. Retratos de verdaderos infiernos domésticos donde quedan anuladas y destruidas miles de mujeres anónimas, con la complicidad de otras mujeres. La peor forma de machismo.

Francisco Martínez Bouzas




Elfriede Jelinek


Fragmentos

un día brigitte decidió que tan sólo quería ser más mujer, enteramente mujer para un tipo que se llama heinz.
cree que a partir de entonces sus defectos parecerán agradables y sus cualidades estarán más escondidas.
pero heinz no encuentra nada agradable en brigitte, y sus defectos no le parecen sino repulsivos.
brigitte ahora se cuida también para heinz, puesto que cuando se es mujer, no puede una salirse del camino, hay que cuidarse. brigitte desea que algún día el futuro se lo agradezca con un aspecto juvenil, pero tal vez brigitte no tenga futuro alguno, el futuro depende exclusivamente de heinz”

…..
 
“existe en el lugar un odio general que cada vez se extiende más, que todo lo contagia, que no se detiene ante nadie, las mujeres no encuentran nada en común entre ellas, sólo antagonismos, aquellas que gracias a su atractivo físico han conseguido algo mejor, quieren conservarlo o ocultárselo a las otras; las otras se lo quieren arrebatar o algo mejor aún, existe odio y menosprecio.
para ello, la primera piedra se coloca ya en la escuela, que paula tenga la ocurrencia de comparar el amor con flores, brotes, hierbas y hierbas aromáticas es una consecuencia de su paso por la escuela.
que paula relacione el amor con la sensualidad es una consecuencia de las revistas que le gusta leer. Paula ha oído la palabra sexualidad, pero no la ha entendido del todo.
a  nadie le gusta reconocer que el amor sólo tiene que ver con el trabajo. paula sabe cómo cambiar los pañales a un bebé y cómo Darlene comer, incluso con los ojos cerrados. pero paula no sabe cómo  evitar un embarazo”

(Elfriede Jelinek, Las amantes, paginas 11, 33)

miércoles, 20 de junio de 2012

"EL LADRÓN", UNA MUESTRA TURBADORA DEL EXPRESIONISMO LITERARIO ALEMÁN

El ladrón
Georg Heym
Traducción de Eduardo Knörr Argote
Amaranto Editores, Madrid, 147 páginas
(LIBROS DE FONDO)



La obra literaria de Georg Heym es un anticipo de las catástrofes de la primera Guerra mundial, servido con imágenes estremecedoras y violentas. Un anticipo así mismo de la alineación que  se alimenta en el seno de la civilización moderna. Georg Heym fue un notable representante del expresionismo más temprano. Nacido en Silesia en 1887 en el seno de una familia de terratenientes y funcionarios públicos, desde su adolescencia manifestó un comportamiento hostil frente al convencionalismo y al conformismo de la sociedad Guillermina. En 1900 se traslada con su familia a Berlín al ser nombrado su padre fiscal del Tribunal Militar Imperial. Allí reemprende los estudios, pero fue expulsado del instituto debido a su pobre rendimiento. Sin embargo, para contentar a su progenitor, consigue terminar la carrera de derecho en 1911 y obtiene el título de abogado. Es destinado a un juzgado de primera instancia pero a los once días solicita una excedencia y se matricula en el Seminario de Lenguas Orientales de la Universidad de Berlín, con la intención de convertirse en “drogomán”. Simultáneamente su padre había solicitado su ingreso en calidad de alférez en un regimiento de artillería de campaña, pero fallece en enero de 1912 a la edad de veinte y cuatro años, ahogado en el río Havel mientras patinaba acompañado por un amigo, el también poeta Ernst Balcke.
Heym se inicia en la escritura a muy corta edad. Escribe sus primeros poemas a los doce años echando mano de un estilo naturalista. Más tarde, sin embargo, su escritura deriva hacia imágenes visionarias y apocalípticas en las que recrea un universo demencial regido por el caos, la angustia y la violencia psicopática. Mientras preparaba la edición de lo que él consideraba cinco novelas cortas, fallece, patinando sobre el hielo, como he señalado. A pesar de la oposición de su padre, aparecen publicadas finalmente en 1913 bajo el epígrafe de uno de los relatos, Der Dieb (El ladrón). Desde hace unos años, tenemos la ocasión de leerlos, traducidos por primera vez al español y coeditados por Amaranto y Sipiente.
Tanto El ladrón como la mayor parte de los relatos de Georg  Heym son muestras singulares del expresionismo literario alemán. También en el campo literario se guían los expresionistas por el principio general del movimiento estético de que es la expresión la que define a la forma y, por consiguiente, las manifestaciones artísticas pertenecen al ámbito de la subjetividad. Defensores a ultranza de la función social del arte, los expresionistas reaccionaron contra el positivismo burgués y contra la alineación que presidía las relaciones humanas debido a la creciente industrialización que experimentó la sociedad alemana entre los años diez y veinte del pasado siglo. Evidencia al mismo tiempo el expresionismo la crisis de valores morales e intelectuales de la Europa de preguerra, crisis puesta de manifiesto de forma muy clara ya en 1916 en estas palabras de Hermann Bahr: “Jamás existió una época más turbada por la desesperación, por el horror de la muerte. El arte grita en las tinieblas, pide socorro e invoca el espíritu”. La etiqueta “expresionismo” fue aplicada en su origen a las artes plásticas y utilizada por primera vez por el pintor Julien  Auguste Herve para definir el estilo de Matisse, Cézanne y Van Gogh. En ese ámbito de las artes pláticas, hay que destacar la importancia de los grupos Die Brücke, deudor de las aportaciones de Van Gogh, Munch y James Ensor, y Der Blau Reiter, en el que, entre otros participaron Kandinsky, Paul Klee y Georg Gras.
Hallamos el sello del expresionismo literario así mismo en la exaltación de lo subjetivo e irracional a través del empleo de un lenguaje deformado, agresivo, que rechaza el estatismo descriptivo y se apoya en la exploración de la visión interior, marcas todas de la escritura de Georg Heym. El gran narrador expresionista alemán fue sin duda Alfred Döblin (Berlin Alexander-platz, 1929 ). En el campo de la lírica destaca la aparición de una poesía metafísica, no referencial, que llega a los lectores alemanes de la mano de Hölderlin y Novalis teñida de nihilismo y de un pesimismo apocalíptico en relación con los avances de la ciencia.
Incitado por los poetas presimbolistas, sobre todo por Rimbaud y Baudelaire, Heym refleja en efecto en su prosa el nuevo estilo, opuesto al realismo y al naturalismo, y en el que la realidad queda dislocada y llega hasta nosotros por medio de visiones personales llevadas a la escritura con una fuerza extraordinaria. Y para eso, nada mejor que utilizar como protagonistas a  personajes enfermos, locos, alucinados o a seres en situaciones existenciales extremas. Nos sumergen, pues, los relatos de Heym  en un mundo extraño, infestado de enfermedad o locura. Con su fijación por el horror, intenta hacer aflorar toda la inquietud y todo el desconcierto, recluidos en el substrato de la sociedad y que es preciso hacer explotar como un grano de pus para que supure toda su podredumbre.
En el relato que le da título a la colección, el protagonista, un individuo solitario, se considera elegido por Dios para extirpar el mal del mundo. En sus alucinaciones, la divinidad le revela que la mujer es la raíz de todos los males, el mal primigenio que hace inútil la obra redentora de Cristo. Su demencia le lleva a la conclusión de que la Mona Lisa de Leonardo encarna a la mujer por antonomasia. Por consiguiente, debe perecer y el mismo será el ejecutor del plan. En “El loco” relata las acometidas visionarias de un enfermo mental que sale del manicomio poseído por la obsesión de vengarse de su mujer. Su furia delirante le empuja a asesinar a mujeres y a  niños. Ciertos acontecimientos de la Revolución Francesa inspiran otro de los relatos, impregnado de fuerza, “El cinco de octubre”: el pueblo hambriento marcha sobre Versalles en busca de pan: “La palabra pain penetró con toda su blancura y su pringue en el cerebro del populacho y permaneció allí como una piedra de sal, gigantesca, hinchada, crujiente, lista para recibir el primer tajo”. Se consuma así una revolución que revienta  como un inmenso río que todo lo arrastra: “naves divinas gobernadas por los espíritus de la libertad”.
En la misma línea, si bien alimentándose en manantiales imaginativos  del propio autor, los restantes relatos de este verdadero artesano del horror. En “La disección” un muerto sueña mientras le practican la autopsia. En “Jonathan” es un enfermo desahuciado el que delira por la fiebre. “El barco” no muestra el ambiente fantasmagórico que se cierne sobre los vivos con la muerte a sus talones. La obra corta de Georg Heym tiene sin embargo suficiente espacio para que el arte grite en las tinieblas, pida socorro e invoque al espíritu.

Francisco Martínez Bouzas




Fragmentos

“Pero el muerto dormía. Pacientemente se dejaba zarandear y que le mesaran los cabellos. El muerto dormía.
Y mientras los golpes de martillo retumbaban en su cabeza, en ella se desperezaba un sueño, un resto de amor, como una antorcha que ilumina el interior de su noche (…)
La sangre negra del muerto fluyó por la podredumbre azul de la frente. Se evaporó bajo el intenso calor formando un tremenda nube, y la descomposición de la muerte reptó sobre la frente con sus garras multicolores.
La piel comenzó a resquebrajarse, el vientre se tornó blanco como el de una anguila bajo los ávidos dedos de los médicos, que embutían los brazos hasta el codo en la carne húmeda (…)
La descomposición distendió la boca del muerto: parecía sonreír. Soñó con unas radiantes estrellas y con una tarde fragante de verano. Sus labios expirantes temblaron como tiemblan ante un fugaz beso (…)
Y el cadáver temblaba de dicha sobre su mesa blanca de muerto, mientras las manos de los médicos le reventaban con trépanos de hierro los huesos de las sienes”

…..

“Ocultó el libro, se levantó y pasó otra vez por todas las salas: todo estaba vacío.
Regresó, volvió a colocarse tras el sillón e hizo acopio de todas sus fuerzas.
¿Vencería o sería destrozado?
No obstante, estaba tranquilo, ya no tenía miedo, por mucho que ella se abalanzara sobre él y lo destrozara. Se inclinó de nuevo ante Dios frente a la ventana superior, le encomendó su alma y avanzó con lentitud reclamando en voz alta a cada paso que el cielo le enviara su auxilio.
Se acercó al cuadro. Nadie se movía. Miró a su alrededor. Entonces, en la obscuridad del crepúsculo pareció que en un rincón se balanceaba una gigantesca sombra informe.
Aún no se atrevía a tocarla, pero estaba cara a cara y la contempló. Hundió su mirada en los ojos de ella para entablar la última batalla. Y ella respondió. El infierno había aceptado el desafío.
Allí estaban frente a frente, el loco y la mujer, una tormenta desgarrada y un silencio eterno”.

(Georg Heym, El ladrón, paginas 58-6, 127-128)

martes, 19 de junio de 2012

"ENTRA EN MI VIDA": EL DESPERTAR DE LOS DEMONIOS DEL PASADO

Entra en mi vida
Clara Sánchez
Ediciones Destino, Colección Áncora  y Delfín, Barcelona, 2012, 475 páginas.


Clara Sánchez (Guadalajara, 1955), es una de las narradoras españolas más populares, más leídas, hasta el punto de que sus novelas, no exentas de calidad, se han convertido en verdadero bestsellers. Premio Alfaguara de novela en el año 2000 con Últimas noticias del paraíso; así mismo hace dos años obtuvo el Premio Nadal por Lo que esconde tu nombre, un gran éxito de ventas tanto en España como en otros países, especialmente en Italia, con medio millón de ejemplares vendidos. Llega ahora a sus lectores incondicionales con Entra en mi vida, con la personal sensación de la narradora de “haberla escrito lo mejor posible, ser sincera, darlo todo y dar rienda suelta a todos los sentimientos que me ha generado”.
Se ha afirmado, y Entra en mi vida, lo confirma sin ningún género de dudas, que el tiempo narrativo de Clara Sánchez es el presente. En efecto la escritora se siente cómoda acercándoles  a los lectores la realidad que observa, ya sea la “esclavitud” de los trabajadores de los edificios de oficinas acristaladas, el dorado retiro de algunos criminales exterminadores nazis en las costas españolas o el caso de los niños españoles robados en la democracia, tematizado en este amplio texto narrativo, cercano a las 500 páginas. Mas, todo ello acompañado por una aguda reflexión sobre el amor o sobre las monstruosidades que muchas veces, sin saberlo, colonizan nuestro propio interior. Por eso mismo Entra en mi vida, siendo como es una novela sobre el presente, surgida al impulso de las noticias periodísticas, no es, sin embargo, una novela periodística ni un reportaje sobre los niños robados, “sino sobre los sentimientos que esos sucesos han removido en mi”.
La novela narra en efecto la historia de una niña robada en los años ochenta. La naturaleza ficcional del relato hace que la narración de Clara Sánchez no se base en un caso real concreto, sino en uno inventado, aunque con fundamentos en absoluto alejados de la realidad. Saber quién es la niña de una foto supone el arranque narrativo de Entra en mi vida. Verónica, una preadolescente de diez años descubre un día la foto de una niña escondida en una vieja cartera en el armario de sus padres. Es el gran secreto que le hace inquirirse a diario ¿quién es esa niña? ¿por qué su madre vive en una constante angustia que la aleja de la felicidad?  Pero, una vez fallecida la madre, Verónica se verá obligada a afrontar esos secretos y las múltiples mentiras o disimulos en los que ha vivido. En la otra “acera” narrativa está Laura, la otra voz con la que la autora alterna la narración. En ella se concentra todo el dolor de la familia que cree haber perdido a su hija y el perpetuo recelo de la familia que acogió en su momento a la niña robada. Ellas son los personajes en los que, como goznes, gira la acción narrativa. Ellas se ven obligadas a afrontar una vida llena de interrogantes y de secretos familiares.
Clara Sánchez huye, como ya quedó señalado, tanto de la crónica periodística como de la novela detectivesca,  a pesar del alto contenido de intriga de búsqueda, no entre malhechores, sino entre “personajes con uniformes de bondad”. Y proyecta su relato sobre los aspectos psicológicos que constituyen los entramados familiares en los que llega un día en los que se despiertan los viejos demonios dormidos o acallados en el pasado.
En capítulos muy cortos y con una arquitectura binaria (alternancia de los capítulos dedicados a Verónica y a Laura y a sus entornos familiares), la novela avanza narrada con una prosa natural, fluida e incluso a veces dura, que nada tiene que ver con esa escritura ñoña y empalagosa, en la que cierta crítica suele encasillar a la escritora, incluso “sin haberme leído”, como confiesa de forma inconformista la autora.

Francisco Martínez Bouzas




Clara Sánchez


Fragmentos

“En el último estante del armario de mis padres había una cartera de piel de cocodrilo envuelta en una manta que nunca se usaba. Para cogerla tenía que traer la escalera de aluminio desde el tendedero y subirme  a lo más alto. Pero antes debía buscar la llavecita con la que se abría la cartera entre los pendientes, pulseras y anillos del joyero de mi madre.
Nunca le había dado importancia. Hasta mi hermano Ángel, de ocho años, sabía lo de la cartera, y si no nos sentíamos tentados de hurgar allí era porque dentro no había nada de interés (…)
Así que estábamos solo mis padre y yo cuando, con la cartera abierta sobre la mesa le llamaron por teléfono y salió a hablar al jardín con el inalámbrico. Empezó diciendo que por ese dinero ni siquiera metía la llave de contacto. Yo me quedé dentro aburrida (…) A mi me dio por desplegar la cartera del todo, y descubrí que tenía cuatro partes y no tres como había creído hasta ese momento. Quería comprobar lo larga que era y fue entonces cuando vi asomando por una ranura el pico de lo que parecía una fotografía. La saqué con cuidado con la punta de los dedos, como si quemara, y la miré y remiré sin saber qué pensar.
Estaba viendo una niña como yo, mayor que yo. Yo tenía casi diez años y la otra tendría doce. Era tirando a rubia, con melena a la altura de las orejas y flequillo, y la cara redonda pinchada con un cuello largo y delgado, que le daba un aire de superioridad. ¿Quién era esa niña? Por qué estaba en el lugar donde se guardaba lo importante? Llevaba un peto vaquero con una camiseta por dentro y chanclas, y tenía un balón en las manos”

…..

“Laura se negó a conocer a sor Rebeca, la monja comadrona que la vendió a Greta y Lilí y que tenía una relación con la directora de su colegio, sor Esperanza, como si todas las personas de su vida estuvieran unidas por una tela de araña, en que unos vendieran y otros compararan. Dijo que no quería almacenar más imágenes horribles, que no quería saber cómo era esa mujer, que estaba harta de ser el centro de una historia tan cruel. Yo podía hacer lo que quisiera porque también éramos víctimas de esa gente, pero ella de momento arrojaba la toalla”

(Clara Sánchez, Entra en mi vida, páginas 11-13, 470-471)